En la obra de Antonio Rivero Taravillo (1963-2025), la literatura cobró un protagonismo fundamental. Novelas como Los huesos olvidados, Los fantasmas de Yeats o 1922 son una buena prueba de ello. Recibió el Premio Antonio Domínguez Ortiz por la vida de Juan Eduardo Cirlot y el Premio Comillas por la biografía de Luis Cernuda. Profundo conocedor de la literatura irlandesa y del gaélico, realizó una importante labor como traductor, de la que cabe destacar su traducción de la poesía completa de W. B. Yeats. Como poeta publicó los libros La lluvia y Lo que importa. Esta entrevista tuvo lugar hace algún tiempo. Que su publicación sirva como un sentido homenaje a su figura.
Eduardo Suárez Fernández-Miranda: 1922 es un libro que viene a celebrar los cien años de unos acontecimientos fundamentales para la literatura. Junto a la figura compleja de James Joyce y el Ulises, usted da protagonismo a T. S. Eliot y la publicación de La tierra baldía. Las primeras páginas están dedicadas a Ezra Pound. ¿Qué papel jugó Pound en la publicación de ambos textos?
Antonio Rivero Taravillo: Eliot tiene en el libro la importancia que merece, que es mucha: si el año comienza con la publicación de Ulises, en octubre y noviembre La tierra baldía aparece en Gran Bretaña y en los Estados Unidos. La obra de Joyce modifica la idea que tenemos de novela, pero la de Eliot hace lo mismo con la idea de poema. Qué es y de qué habla La tierra baldía, son cosas de las que aún se discute un siglo después, y el debate no está cerrado. Para la publicación de ambas obras, y para que sus autores pudieran tener tiempo, atención, contactos e ingresos, fue providencial Ezra Pound, benefactor además de otros como Hemingway, quien también aparece en 1922. Pound fue mucho más que el defensor de las teorías políticas de Mussolini o el paciente de un hospital psiquiátrico finalizada la guerra: fue un defensor de la mejor poesía y la literatura innovadora toda su vida. Para entendernos: Pound está mucho más cerca de Dante que de Meloni.
E.S.F-M.: Podemos considerar 1922 formalmente una novela. Sin embargo, al leerla puede dar la sensación de que estamos ante un documental. Todos los personajes o acontecimientos son tratados de forma rigurosa y veraz. ¿Ha sido difícil mantener el equilibrio para que la novela no se convirtiera en ensayo?

A.R.T.: Los protagonistas son autores a los que conozco bien desde hace mucho. De todos los principales he traducido o escrito, y conforme se acercaba 2022, el centenario de los hechos que se cuentan en mi libro, fui teniendo claro que me apetecería hacer algo sobre ellos, acerca de la feliz coincidencia de tanto genio dando el do de pecho al mismo tiempo. Pero lo que fue inicialmente la idea de un ensayo divulgativo se convirtió en novela, novela sui generis del tipo que yo hago. Es como tener la partitura que ofrecen biografías, epistolarios y otros documentos y a partir de ahí, hacer una interpretación propia, como la ejecutaría un músico, y más tradicional o de jazz que clásico, con amplio margen para introducir un toque personal. Todo lo importante que se narra en 1922 es cierto, solo me he permitido aderezarlo con descripciones y diálogos (también verosímiles) y, sobre todo, una vocación de estilo en la que no falta el humor, como no escasea en Ulises (Flann O’Brien destacó en su compatriota sobre todo su humor, algo de lo que él mismo no andaba escaso, y según Djuna Barnes, Joyce dijo de su libro: “No hay una sola línea seria en él”. A la hora de la redacción definitiva he procurado que los datos no abrumen; quitar fechas y detalles y poner el foco en la atmósfera.
Sobre la verosimilitud en Ulises, leía hace poco en un artículo de Anne Enright, paisana también de Joyce, en el que aquella venía a decir que: “A veces parece que los comentadores fetichizan la fetichización de la verosimilitud por parte de Joyce, pues, pese a todo el uso que hace de mapas, directorios y horarios de trenes, también escribió lo que le dio la real gana”. Esto es, sí, lo principal: convertir en creación lo que podría ser una guía de teléfonos o un manual de literatura.
E.S.F-M.: Por las páginas de su libro transitan Paul Valéry, André Breton, Marcel Proust, Virginia Woolf, André Gide, Pablo Picasso… ¿Fue 1922 un año irrepetible para la cultura?
A.R.T.: Fue desde luego un año muy importante, en el que terminada la Gran Guerra eclosionaron las vanguardias que estaban latentes y despegaban, pero que habían quedado en sordina por la tragedia bélica; es decir, apagadas por los cañones. En el libro cuento todo lo que se estaba cociendo en 1922 y también en español, desde el estridentismo en México a César Vallejo en Perú, quien ese año publicó el rompedor Trilce y al siguiente se fue a vivir a París, el espacio en el que casi todo esto sucedió. Porque París, junto con el año, es el protagonista del libro. No solo era la capital de la literatura en francés, también de la escrita en inglés y, de algún modo, de muchas otras literaturas.
E.S.F-M.: Volviendo al Ulises de Joyce, ¿por qué cree que es un libro que suscita tal fascinación? ¿Qué significó para la literatura su publicación? ¿Cómo fue su encuentro con la novela del escritor irlandés?
A.R.T.: No hay un solo factor. Hay recursos narrativos como el flujo de conciencia que ya habían sido empleados por otros. Pero Joyce usa este de manera magistral, junto con otros tonos, métodos, estilos. Prácticamente cambia de procedimiento en cada capítulo. El triunfo de Ulises es el del lenguaje y de las maneras de encauzarlo. Siempre he amado Irlanda y su riquísima tradición literaria, en la que Joyce es, si brillante y grande, enorme, un eslabón más. Estudié filología inglesa hasta cuarto curso, y si no llegué a licenciarme fue porque me dio la ventolera de lo gaélico (escocés e irlandés). Este es uno de los caudales (solo uno de ellos) que confluyen en Joyce. Luego me vinculé a los actos del Bloomsday en Sevilla y coordiné un volumen colectivo publicado por la Fundación José Manuel Lara cuando en 2004 se cumplió un siglo del día en el que Bloom recorre Dublín y los vericuetos del alma humana.
E.S.F-M.: Joyce recomendaba a su tía Josephine, que tantos datos útiles le había facilitado sobre Dublín, leer previamente la Odisea, o Las aventuras de Ulises de Charles Lamb: “Puedes leerlo en una noche y lo encontrarás en Gill’s o Browne and Nolan’s por un par de chelines; después vuelve a probar con Ulises”. ¿Qué cambiaría nuestra lectura si tuviéramos en cuenta el poema de Homero?
A.R.T.: Veríamos que las obras literarias dialogan unas con otras en diferentes grados. Al final de 1922 se habla de una versión que hizo Cocteau de Antígona y estrenó aquel año. También Sófocles está vivo. Y tantos otros. Los clásicos son perros viejos y cariñosos, que nos piden, cada tanto, que los saquemos a pasear y les demos agua fresca.
E.S.F-M.: En el ensayo Por qué leer a los clásicos, Italo Calvino señala que “cuanto más uno cree conocerlos de oídas, tanto más nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlos de verdad”. El Ulises de Joyce tiene un enorme aparato crítico. ¿Cree que es importante conocerlo previamente a su lectura, o habría que “zambullirse directamente en sus páginas, dejándose llevar por el poderío musical y ambiental de su palabra”, como aconsejaba José María Valverde?
A.R.T.: Creo que Calvino y Valverde tienen razón. No hay que hacer deberes previos. Cuanto más se sepa, mejor; pero para comprender perfectamente Ulises haría falta ser un dublinés de 1904. Y si se llamara no Patrick O’Halloran, por ejemplo, o Perico el de los Palotes, sino James Augustine Aloysius Joyce, mejor que mejor. Lo bueno es que a lo largo de cien años ha habido muchas personas que se llamaban de otra manera y que en mayor o menor grado han disfrutado del libro. Su extensión puede disuadir, pero afortunadamente se puede gozar también leyendo sus capítulos de manera independiente si uno se fija sobre todo en sus procedimientos y estilos.
E.S.F-M.: Es usted un profundo conocedor de la literatura irlandesa y del gaélico. Ha traducido a Flann O’Brien, recuerdo ahora La saga del sagú de Slattery, y la poesía completa de W.B. Yeats, publicada en la editorial Pre-Textos. ¿Cómo surgió la idea de traducir a Yeats?

A.R.T.: La literatura irlandesa es extraordinariamente rica. Tuve la suerte de lanzarme a ella, a través de la música y la mitología, cuando era joven, y de estudiar por mi cuenta irlandés o gaélico (aunque en puridad este segundo nombre corresponda a la lengua céltica de Escocia, que también estudié y que traduje). Fue eso lo que me permitió poner en español la única novela que escribió en irlandés Flann O’Brien, La boca pobre, y una selección de columnas suyas, La gente corriente de Irlanda, en las que juega con el idioma. Él lo hablaba y escribía a la perfección, no así Joyce o Yeats, quienes tenían un conocimiento muy superficial de la lengua. A Yeats empecé a traducirlo a partir del deslumbramiento de algún poema extraordinario como “Un aviador irlandés prevé su muerte”. Luego decidí embarcarme –empecé de grumete y acabé de capitán– en la traducción de su poesía reunida, sí. Hay poemas suyos muy oscuros, lastrados en mi opinión por un esoterismo confuso, pero los compensan con creces otros, ya sea de amor de su primera época, ya de preocupación social y política, como “Meditaciones en tiempo de guerra civil”, sobre la contienda irlandesa de cuyo inicio también se ha cumplido ahora un siglo (le dedico un capítulo de 1922).
E.S.F-M.: Siendo su afinidad por las letras irlandesas tan grande, ¿nunca ha pensado en traducir el Ulysses o el Finnegans Wake?
A.R.T.: Ambas son tareas titánicas, y la segunda, además, tiránica con la deformación del lenguaje que demanda. No obstante, en tercero de carrera traduje junto a un compañero un párrafo de Finnegans Wake, tratando de mantener los múltiples sentidos y el festín de las palabras que entre nosotros ha conseguido reproducir como nadie alguien que tiene un apellido que es variante del mío: Julián Ríos. La traducción de Finnegans Wake tendría que ser una recreación. No me importaría hacerla, pero quizá tenga más sentido, aunque no parezca tener sentido, leer el original.
E.S.F-M.: Con ocasión del centenario de Ulysses, se han reeditado las traducciones al español que han aparecido hasta ahora –Salas Subirat, Valverde, revisado, Venegas y García Tortosa, o Joaquim Mallafrè, en catalán–, ¿qué le parecen?
A.R.T.: También está la de Marcelo Zabaloy (traductor a su vez de Finnegans Wake), y en septiembre ha aparecido la de Carlos Manzano. Todas me merecen un gran respeto. Las he comparado parcialmente (el libro completo solo lo he leído en inglés), y todas tienen sus hallazgos. Quizá optaría por la de Valverde revisada, aunque la de Venegas y Tortosa tiene en Cátedra (no en Alianza, donde se ha reproducido) una excelente introducción del segundo. A la traducción de Mallafrè no me he asomado, pero las referencias que tengo son excelentes.
E.S.F-M.: “Hay que tener en cuenta la traducibilidad de las creaciones lingüísticas, aunque los humanos no sean capaces de llevar a cabo tal tarea”. Estas palabras de Walter Benjamin hablan de la dificultad de la tarea del traductor. ¿Cómo se enfrenta al texto literario que debe traducir, de qué materiales se sirve?
A.R.T.: Con audacia y humildad. En general, si hay una sintonía con el autor o con la trama, mejor que mejor. Prefiero traducir poesía porque es el género que con más devoción practico y porque, a pesar de las limitaciones que impone, me siento con una gran libertad. Estos días estoy traduciendo una novela escrita en irlandés: la disponibilidad de diccionarios digitales me ahorra esfuerzo (aunque algunos de esos volúmenes los tengo en papel). Creo que el texto resultante ha de provocar un efecto. Y si se trata de un poema, trasladar la música. En poesía, la traducción literal es la más infiel de las traducciones.
E.S.F-M.: Como novelista ha publicado Los fantasmas de Yeats, una recreación del viaje que realizó el poeta irlandés con su esposa a Sevilla en 1927, época del homenaje a Góngora de la Generación del 27; o Los huesos olvidados, donde aparece Octavio Paz como uno de los protagonistas. Parece que ha encontrado en la literatura la protagonista fundamental de sus novelas. ¿Es así?

A.R.T.: Así es. No me considero un autor de ficción. Lo que suelo hacer en el ámbito de la narrativa es dar forma de novela a crónicas enfocadas en autores que por un motivo u otro me han interesado, pero con un tratamiento literario en el manejo del lenguaje. En 1922, por ejemplo, hay numerosos guiños y homenajes a lo escrito por los protagonistas. Al igual que está la ciencia ficción o la novela histórica, se podría decir, si no sonara tan raro, que lo que yo hago es literatura ficción.
E.S.F-M.: Sevilla y Dublín se unen cada 16 de junio para conmemorar el Bloomsday. ¿Cómo surgió esta celebración en la ciudad andaluza?
A.R.T.: El alma de todo fue Juan Antonio Maesso, de la Diputación de Sevilla, que convenció a su institución para celebrar ese día, una jornada especialmente bonita porque no se trata de la efeméride ni del nacimiento o de la muerte de Joyce, ni de la publicación de Ulises, sino del día en que se desarrolla la acción de la novela. El más literario de los festejos, con lecturas, cerveza negra y riñones. Fue también providencial que fuera catedrático en Sevilla Francisco García Tortosa, especialista en Joyce y uno de los traductores del libro, que supo inculcar el amor por el autor irlandés a muchos alumnos, algunos de ellos, además, luego profesores.
E.S.F-M.: Precisamente en Sevilla dirige la revista Estación Poesía. ¿Puede hablarnos algo de esta publicación?
A.R.T.: Es una revista que propuse al Centro de Iniciativas Culturales de la Universidad de Sevilla (CICUS). Comenzó a publicarse en 2014 y se han publicado ya 25 números. Incluye obra de poetas muy reconocidos y de otros que comienzan, además de reseñas, traducciones y algún artículo, y presta atención tanto a la poesía que se hace en España como a la escrita en Hispanoamérica. Ahora incluirá en cada entrega un cuaderno monográfico. En el primer caso ha sido dedicado a Cernuda en el 120 aniversario de su nacimiento.
E.S.F-M.: Los hilos rotos es su último libro de poemas, Premio Nacional de Poesía Ciudad de Lucena “Lara Cantizani”. Antes había escrito El bosque sin regreso o Lo que importa. ¿Qué lugar ocupa la poesía dentro de su producción literaria?
A.R.T.: Empecé escribiendo poesía y en ello sigo, aunque a veces me ronda la idea de que no tengo ya nada que decir. Esto, sin embargo, pienso que es un error, porque aunque los temas lleguen a estar trillados, siempre hay formas nuevas de abordarlos.
E.S.F-M.: Para terminar, nos gustaría saber en qué proyectos literarios está trabajando en estos momentos.
A.R.T.: En el primer trimestre del año que viene aparecerá en la colección Vandalia un libro de poemas mío, y transcurridos unos meses, para darle a ese libro cierta vida sin que lo atosiguen sus hermanos, quiero empezar a sacar de forma ordenada el resto de los libros de versos, pues tengo numerosos inéditos, una cifra que no voy a dar aquí porque me parece obscena (no son 69, pero se acercan). Por otra parte, tengo terminada una novela más de ese tipo particular que frecuento: es la biografía novelada de un poeta inglés muy singular que, por cierto, estuvo internado cuarenta años en el mismo sanatorio psiquiátrico en el que lo estaría Lucia, la hija de Joyce. Biografía ortodoxa y canónica, sin más ficción que la que sobre su propia vida proyectó el protagonista, muy fantasioso, también estoy escribiendo: estos días pulo la de uno de los mejores escritores españoles del siglo XX. En cuanto a traducciones, he decidido dejar a un lado las que pueden hacer otros, libros de prosa sin mayores complicaciones, y centrarme en la traducción de poesía, que me exige y da más. Textos preferentemente de lenguas a cuyo estudio he dedicado mucho tiempo y que, si no lo hago yo, me temo que se van a quedar sin traducir: textos escritos en irlandés de cualquier época, más otros gaélico escocés y galés medieval de tiempos anteriores a lo único que se conoce algo fuera de Gales, los Mabinogion.
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