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BOOK REVIEWS
Issue 37
El año en que hablamos con el mar de Andrés Montero
By Francesco Di Bernardo
“La respuesta que propone la novela es una declaración poética: el verdadero arte no emerge del individualismo —de la isla del yo—, sino de la capacidad de articular la voz colectiva de la comunidad.”
Fiction
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  • March, 2026

Santiago de Chile: La Pollera. 2024. 224 páginas.

El año en que hablamos con el mar de Andrés MonteroAndrés Montero (Santiago de Chile, 1990) es cofundador de La Matrioska, compañía de cuentacuentos profesionales fundada en 2012, y director de Casa Contada, escuela de literatura y oralidad. Su obra literaria comprende cuentos, novelas y narrativa juvenil. Su novela Tony ninguno (2016) fue galardonada con el “X Premio Iberoamericano de Novela Elena Poniatowska”. Sin embargo, el ápice de su carrera de escritor llega quizás con la publicación de La muerte viene estilando (2021), una colección de cuentos que, mediante conexiones temáticas y entre personajes, conforman una unidad novelesca. Los cuentos se sitúan en un universo rural y manifiestan resonancias rulfianas trasladadas al ámbito geográfico del sur chileno, configurando un paisaje narrativo donde lo espectral permea la cotidianidad pueblerina. 

El año en que hablamos con el mar vuelve al relato coral, enraizando una historia actual en las tradiciones orales chilenas. En esta ocasión, el registro adopta un tono más desenfadado y burlesco que la novela anterior, pero sin perder profundidad, ya que la novela reflexiona sobre el paso del tiempo, los caminos tomados o no tomados, el amor y la muerte. La trama se centra en Jerónimo Garcés, quien, tras varias décadas como periodista y cronista en España, regresa a la isla que abandonó de joven, movido por el deseo de explorar el mundo. Su partida precede por poco tiempo al golpe de Pinochet de 1973, coincidencia temporal puramente fortuita que, sin embargo, marca su estancia europea: “Yo llegué a Europa algunos años antes del golpe militar de 1973, pero no hay caso: para todo el mundo fui siempre un exiliado, así que tuve que aprender a comportarme como tal”. Su regreso a la isla, tras casi cinco décadas de ausencia, coincide con otro momento de quiebre histórico, la pandemia de covid-19. Sin embargo, al igual que otros acontecimientos mayores, “cuando llegaron los milicos” (la dictadura militar) y “cuando lo del tsunami” (el terremoto de 2010), la pandemia apenas roza la realidad insular. Así, la única consecuencia concreta de la pandemia es que Jerónimo debe prolongar su visita de unas semanas a un año completo debido a la suspensión de las conexiones con el Chile continental. Esta extensión inesperada le permite acercarse a los pobladores de la isla y reanudar la relación con su hermano Julián, interrumpida casi medio siglo atrás. La novela se estructura en cuatro partes que corresponden a las estaciones del año. Durante ese ciclo, los hermanos y los habitantes de la isla se reúnen para reconstruir colectivamente la historia de la isla y de la familia Garcés.

“La prosa de Montero recrea la cadencia de la oralidad, sus personajes transcienden la individualidad y funcionan como voces de una memoria colectiva.”

A primera vista, la novela podría evocar la llamada “literatura de los hijos” en Chile, centrada en el retorno al hogar, las reflexiones sobre la infancia, los vínculos familiares y la revaluación de la historia nacional. Sin embargo, Montero se distancia del impulso autoficcional que domina la narrativa contemporánea. En El año en que hablamos con el mar el relato es coral, construido a través de las múltiples voces de la comunidad isleña. En contraposición a las narrativas del yo, los relatos de la novela se inscriben en la tradición de la narración oral: “los que cuentan historias han sido siempre campesinos o marineros. Campesino sería el que recoge la memoria local, y la cuida, y la traspasa. Marinero, aquel que se va por las aguas y regresa con historias de otras tierras”. Incluso cuando Jerónimo asume la enunciación, se configura una parodia implícita del predominio autoficcional en las letras contemporáneas, dado que relata que los colegas le habían advertido que llegaría el momento de sentir “que te toca hablar de ti mismo”. Sin embargo, el personaje confiesa con ironía que ese yo narrador era en gran parte una máscara que le permitía esconderse “dejando ver a alguien mejor, más comprometido, más aventurero, más inteligente, tantísimo más deseable” que quien era realmente. 

Uno de los aspectos más significativos de la novela es la indagación sobre la posibilidad de la creación artística en el contexto insular: “¿Puede hacerse un artista en una isla?”, se pregunta Jerónimo. La pregunta actúa en dos planos. Por un lado, alude al espacio geográfico; por otro, funciona como una metáfora de la creación artística y literaria autorreferencial. La respuesta que propone la novela es una declaración poética: el verdadero arte no emerge del individualismo —de la isla del yo—, sino de la capacidad de articular la voz colectiva de la comunidad. Cada habitante contribuye a tejer esa historia compartida, entrelazando raíces y memoria.

La prosa de Montero recrea la cadencia de la oralidad, sus personajes trascienden la individualidad y funcionan como voces de una memoria colectiva. Asimismo, la isla no es meramente un escenario, sino que se constituye en personaje dotado de personalidad propia, guardián de secretos ancestrales y depositario de las historias que sus habitantes han tejido a lo largo de generaciones. Es un espacio que respira, que tiene memoria y que participa activamente en la construcción del relato, estableciendo con quienes la habitan una relación de reciprocidad donde el territorio moldea a las personas tanto como estas moldean el territorio. 

Como las canciones de Violeta Parra, El año en que hablamos con el mar se construye desde lo colectivo, desde la sabiduría popular que se comparte en un ritual comunitario, exactamente como proceden los personajes de la historia que narran la historia de la isla durante una fiesta. En una época signada por lo autorreferencial, Montero nos recuerda que las historias más perdurables son aquellas que pertenecen a la comunidad, aquellas que se nutren de la memoria colectiva y que buscan en la tradición no una mera nostalgia del pasado, sino una herramienta para contar el presente.

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Updated 06/27/2024 12:00:00
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