Madrid: Kalathos Editorial, 2025. 124 páginas.
Siempre he creído que lo cotidiano exige más imaginación que el ansioso artificio de la variedad. O, dicho de otra manera: la necesidad de variedad es el recurso del que no tiene imaginación. Lo demuestran los niños, que gustan de la repetición porque necesitan saber que el mundo sigue ahí, donde lo dejaron, pero cuyas miradas no se aburren porque son capaces de encontrar una mágica novedad en lo conocido.
La vida que a cada quien fue dada se compone de unos pocos movimientos, de contados gestos, de viejas conversaciones que se reciclan, como una forma de mitigar la certeza de que el camino que transitamos conduce indefectiblemente a la desaparición. Nuestra tragedia no es ser perecederos sino tener conciencia de ello.
“Todo se repite / todo regresa / los años se desandan en el encuentro / juran esos pequeños pájaros que cantan / el mismo canto día a día”. Por eso, la mirada poética busca y encuentra el ardor vital en paisajes que parecen inertes. En la fulgurante existencia de lo quieto. Eso sentí cuando me sumergí en la mirada que nos ofrece absoluto, el más reciente poemario de la poeta venezolana María Antonieta Flores (Caracas, 1960): el placer de adentrarme en un viaje por los pliegues del universo sin salir del mismo domesticado espacio. Habitando un espacio infinito en que convergen lo conocido y lo previsto y lo soñado y lo imaginado. Es decir, encontrar al universo en el mismo domesticado espacio al que estamos condenados. ¿Es que acaso no lo está? Hace muchos años se nos advirtió que como es arriba, es abajo; como es adentro, es afuera.
“En vano es vario el orbe, la jornada que cumple cada cual ya fue fijada”, dejó dicho Borges en su poema a la pantera. Y, en efecto, lejos de la ilusoria variedad de la vida, franqueamos un camino que suspende el tiempo para poder atravesarlo, como una fruta que, sin moverse en el espacio, desplaza su vida frente a nuestros ojos.
absoluto es el camino que encuentra su clave y su esplendor en la existencia cotidiana (aburrida) y en una tenue pero persistente indolencia, palabra interesante que nos ofrece valiosas pistas para abordar el tema, y que encuentra su origen en el latín indolentia (insensibilidad), que a su vez proviene de indolens, indolentis (el que no sufre dolor). Esto es, la inquietante sospecha de que la ausencia del dolor es un claro atisbo de la muerte.
“Leo entonces absoluto como una especie de apología al amor cotidiano, al amor aburrido que, en su simpleza, en su ausencia de artificios, termina por desnudarse de decorados.”
Y allí entra en juego lo anteriormente mencionado: el requerir de la perenne estimulación de los sentidos para sentir una vida, que en todo caso está latiendo en cada modesto e inadvertido rincón de esa vida, ajeno a la mirada que requiere fuego sin entender que lo está viendo; que requiere fulgor sin notar que está inmerso en él.
Lo que se nos plantea es una mirada contrapuesta a la idea de que en esa “belleza erosionada de los ojos”, no sentir dolor (no sentir angustia, no sentir el paso del tiempo) equivale a no sentir, y no sentir equivale a morir. Ofrecer otra mirada a aquella según la cual el dolor parece el estado natural de la vida, y la vida natural del amor. Del amor romántico, específicamente, asentado en la literatura en millones de versos y líneas que lo invocan y lo veneran como el gran combustible de la vida.
Sin tragedia ni dolor, parece irse agotando en su capacidad de hacer decir, cuando en realidad se repliega o se transmuta a paisajes más mansos, no menos hermosos, solo más mansos y, por ende, forzosamente menos espectaculares.
Leo entonces absoluto como una especie de apología al amor cotidiano, al amor aburrido que, en su simpleza, en su ausencia de artificios, termina por desnudarse de decorados para aceptar, con serena y digna franqueza, esa carne que muere inevitablemente, como fruta que se vence frente a nuestros ojos (después de todo, como es arriba es abajo; después de todo, somos la frágil fruta de algún dios).
absoluto habla del encuentro de amantes a través del universo, que se invoca y se conjuga en un mismo lugar y un mismo instante, para decirnos que la belleza, la felicidad, el erotismo no son esas fugaces atracciones que anhelamos, sino una cualidad persistente e innata de las cosas, un modesto resplandor que se percibe en la pausa y en la interioridad. No es incandescencia sino fosforescencia.
El amor suele cantarse en su breve apoteosis, y se ignora en esa larga estancia de la cotidianidad. En el día a día de esos amantes “hartos de conocerse”. Pero volviendo sobre lo manso cotidiano, volviendo a la mirada de niños y poetas, se entiende que cuando la pasión va menguando, cuando la mirada deja de buscar variedad, se vuelve sutil y potente ternura, dimensión humana, sencilla claridad. Va muriendo en una forma conocida para dar paso a otra, callada e invisible, como “el parpadeo del musgo”. Se va venciendo en su peligro, en la fascinación del vértigo y del deseo de posesión, para pasar a ser otra cosa, casi tan tenue que parece haber desaparecido. “Una certeza que sabe todo en su lugar”, como la portentosa imaginación de los niños.
absoluto habla de lo que ya no teme morir, lo que no tiene nada que perder. La clave de lo eterno, como la pantera de Borges: “Derrochar / secreto de nuestro absoluto”.
En esa indolente cotidianidad de los amantes, en la ausencia de fuego abrasador, en la plana normalidad, yace una secreta magia sin artificio. Es la vida que no se busca porque, de hecho, se tiene. Es la intimidad con el otro que mimetiza su potencia al despojarse de toda intención y se entrega al río de los días. Que es una forma de encontrarse con la eternidad. Donde reside, quizá, el viejo secreto del amor.
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