Este texto no es un cuento independiente, sino un fragmento que condensa los capítulos iniciales de El pudridero, novela en curso de Rafael Gumucio y continuación de Los parientes pobres (2024). En él se entrelazan la crónica de la conquista de Chile con la historia de Emilia y José Francisco, una pareja contemporánea unida por un parentesco inesperado.
Pienso en las mujeres de esos hombres que no se casaron nunca: Diego de Almagro, Francisco Pizarro, Gonzalo Pizarro. Y en esos otros, casados pero viviendo como si no lo fueran: Pedro de Valdivia y Hernán Cortés. Sus casas, sus tardes, sus siestas, sus literas, sus almuerzos, sus sirvientes, sus letrinas, sus hijas sin esposa legítima, pero con hijos, y muchos hijos, que reconocen, nombran y a los que heredan sus bienes.
Somos hijos legítimos de esos matrimonios bastardos. Descendientes de mujeres estériles. Pienso en Ana Martínez, la indígena panameña con quien Diego de Almagro el Viejo tuvo a Diego de Almagro el Mozo. Ni una línea en ninguna crónica, diccionario, manuscrito o tesis, en inglés o en castellano, de las que reviso en la biblioteca de la Universidad de Columbia, donde espero que se decida algo que no puedo decidir, que está decidido dentro de mí. El monstruito o los monstruos que el doctor nos confirmó. No somos hermanos, no podemos ser hermanos José Francisco y yo, pensamos los dos en silencio los resultados del test que nos acaba de recitar un doctor que es como la versión judía de Pinochet. No somos hermanos pero somos niños, eso si somos niños. Niños que no pueden tener niños. Niños que no pueden penetrar niños, que no pueden ser penetrados por otros niños.No puede ser, no puede ser, repetimos. ¿Pero y si es? Sí, simplemente es. Mis enemigos, mis parientes más próximos, mis amigos, mis hijos, mis sobrinos.
Ana Martínez, la amante de Diego de Almagro, la violaron, seguro. Seguro que así empezó todo, pero luego tuvieron una casa, un hijo. ¿En qué lengua hablaban? Algunas palabras sabía seguro Diego de Almagro en la lengua —¿maya?, ¿náhuatl?, ¿chibcha?— que hablaba ella. Algunas palabras sabía ella de castellano, seguramente también. Colón dice que habla con los indígenas, y los otros cronistas también. Dicen también que tienen intérpretes que muchas veces traducen interesadamente lo que quieren y callan lo que no quieren. Dependen de los traductores, dependen del error, del capricho con que estos inventan, mejoran o callan lo que traducen. La conquista es eso: un enorme malentendido. Uno se entiende cuando no entiende nada. Yo hablo el mismo idioma que José Francisco, tengo la misma religión que José Francisco, y no entiendo nada de él, y él no entiende nada de mí. No entiendo, no entiendo, ni nunca entendí, y sé que nunca voy a entender nada, y no me importa.
Estos adelantados, estos conquistadores, estos encomenderos están parados solos en un mundo que no habla su lengua. Pero hay gestos que no necesitan traducción, pienso. Diego de Almagro ha sido mendigo, mozo, soldado; lo han escupido por todos los caminos de La Mancha. No sabe ni leer ni escribir. Llegó aquí después de matar a un hombre en España. Ana vio morir a muchos de los suyos desde que Cristóbal Colón tomó posesión de esas tierras, antes de ver desesperado cómo su barco se lo comía la broma en los manglares. Sarna y sífilis, bastonazos y espada son su idioma. Ha vivido en chozas y dormido en el bosque, pero sabe cómo se mata, cómo se duerme al lado de una fogata, cómo se pide que le den pan o maíz. Y cómo atar trapos para llevar cosas en su espalda, y cómo encontrar senderos entre las cañas.
Eso saben los dos: dormir sin techo o con techos frágiles de ramas y hojas temblando sobre sus cabezas. Se toman la punta de los dedos, pienso. Sin palabras, se quedan frente a frente, él siendo dueño de ella de cualquier modo, pero al mismo tiempo esperando que le peine la frente, que le abrigue los hombros. Son rudos los dos, o al menos Diego de Almagro es rudo. Abandonado por su padre y su madre, sirve a un tío suyo, Hernán Gutiérrez, que lo golpea día y noche. No aguanta el trato y va donde su madre, a la que le va a pedir un pedazo de pan para sobrevivir: “Tan poco que, dado el pan que el vagabundo solicitaba, y algunas monedas para sosegar su conciencia, le dijo: “Toma, fijo, e no me des más pasión, e vete e ayúdate Dios a tu ventura”.
Expulsado por su madre, después de andar por los caminos de La Mancha, desierto de calor extremo en verano y frío extremo en invierno, se convierte en mozo de Luis Polanco, poderoso consejero de los Reyes Católicos. Piensa que dejó atrás esas cuevas blancas donde vive gente, esas cuadras y cuadras de polvo donde no crecen ni los cerdos ni la mala hierba, esos valles donde rebotan voces de peregrinos perdidos. Su suerte parece haber cambiado. Polanco lo ayuda y promueve hasta que acuchilla a otro criado en Sevilla. ¿Por qué pelearon? ¿De qué lo acusaron? ¿Qué le recordaron? Polanco lo salva de un juicio. Se embarca para América para no agravar su caso. Tiene la ventaja sobre otros conquistadores de que sabe que no puede volver a Sevilla, que una vez allá le toca la prisión.
Navega días y noches olvidando cualquier nombre, cualquier fama que tuvo antes. Llega a Santa María de Darién después de pasar por varias islas, y ahí prospera. Animales, casas. Financia expediciones, es dueño de esta mujer indígena y de la casa en que vive; cuadras de polvo, algunas casas al borde de una selva en que siguen comiéndose los jaguares a los inmigrantes venezolanos hasta el día de hoy.
Almagro no se arriesga. Duerme con Ana Martínez, con la que nunca llega a casarse. ¿Cómo la conoció? Trato de leer entre líneas en los documentos. ¿Cómo le dijo que fuera su esposa? No se sabe. No es hija de cacique o de rey; lo diría la crónica. Le ponen el nombre más común, el apellido más común que pueden: Ana Martínez. No hay Martínez en el árbol genealógico que me mandó a hacer la tía Julieta a Julio Retamal Favereau cuando supo la noticia de mi embarazo. ¿Por qué somos hermanos si no tenemos la misma madre ni el mismo padre? Raramente; ni Fernández ni López; sí González, sí Araya, sí Pérez, sí Aguirre en ninguna rama del árbol genealógico. Valenzuela en el árbol de José Francisco, Bolaños también, su López; ninguno en común. Los apellidos cambian de ortografía con los siglos, dice Julio Retamal. Mi tío Mario vio con espanto que dos de sus hijos, de distintas madres, se enamoraban, hasta que una de las madres los calmó confesando que ella no era hija de mi tío. Ninguno de los hijos de mi tío era, después de todo, su hijo; se supo después. Solo embarazadas, sus amantes aceptaban ser sus esposas. Uno de ellos desapareció en la dictadura y nadie —su madre muerta, sus hermanos, que saben que no son sus hermanos— lo salió a buscar.
Escuchan la lluvia juntos Diego de Almagro y Ana Martínez. Van a misa los dos. Vuelven de misa los dos. Las lluvias insolentes del Caribe. La iglesia donde los curas lo sermonean por maltratar a los indios, que son la mitad de los feligreses, sus pelos aún teñidos de rojo, como lo vi yo desde la moto de José Francisco cuando viajamos hacia el sur de Puerto Limón. Las plumas en algunos casos; el humilde sayal que les ponen los monjes; otros con ropa de españoles, soldados y capitanes de su ejército, escuchando todos en latín, que ni indios ni españoles entienden, el ritual de la carne y la sangre que será perdonado por nosotros, por el perdón de los pecados.
Ana Martínez espera del hombre con el que viven sin palabras. ¿Cómo se lo dice a Diego de Almagro? ¿Necesita decírselo? Han crecido entre animales que se cruzan y paren sin parar. Saben de ese ritmo, que es el de los árboles también. No hay más explicación que esta. Un día Ana engorda y Diego sabe, sin decir nada, lo que pasa. La puede repudiar, expulsar, devolverla a la tribu, pero no lo hace. Nace, le pone su nombre: Diego de Almagro. No es su nombre tampoco, es un nombre artístico: se llama Diego de Montenegro Gutiérrez, pero, para no confundirse con otro Montenegro o con otro Gutiérrez, lleva el apellido de su pueblo, en La Mancha, cuando casi todos vienen o de Extremadura o de Andalucía. Agrega un “de” a su apellido, que le da un aire de nobleza. Son artistas los conquistadores, eso es lo que no se dice. Pedro de Valdivia, que se llamaba Pedro Gutiérrez de Valdivia; Hernán Cortés, que se llamaba Hernán Cortés de Monroy. Como cantantes de rock o de salsa, eligen sus nombres, su pasado. Eso complica todo el trabajo de los genealogistas, dice Julio Retamal: tres apellidos diferentes pueden venir del mismo conquistador, que puede llamarse, a su vez, de tres maneras distintas. Hernando de Aguirre, del que vienen casi todas las familias de La Serena, puede llamarse de Aguirre, Aguirre, Araya, Toro o incluso Torres.
Tiene un hijo Diego de Almagro, le pone su nombre: Diego de Almagro, que todos van a llamar “el Mozo” para distinguirlo del viejo. Porque se hace viejo. Porque ese es el secreto de la conquista del Perú, o sea, de la de Chile: la hacen hombres viejos. La hacen hombres que ya tienen fortuna en Darién, que podrían haberse quedado en su casa. Su casa terminada, su hacienda suficiente, un hijo que cuida y alimenta una criada negra, Malgarida, que compró a otro español, que puede ser Francisco Díaz, que pasó doce ducados a Juan Bibaldo, genovés que la compró, no se sabe por cuánto, a Juan de Fiuco, que la compró preñada por doce mil maravedís.
¿La sífilis que enloquecerá a Diego Almagro en sus últimos años la contrae abrazado a Ana Martínez o a Malgarida? No lo sabemos. Hay muchos documentos, muchas actas, muchos contratos, muchas declaraciones, pero ninguna carta personal, ninguna confesión sentimental. Eso es lo que me espanta y me gusta de esos libros, legajos, microfilms que reviso para olvidar lo que aún no se mueve en mi vientre. No hay coquetería, no hay excusas, no hay perdón, no hay novela en los legajos coloniales. Hay culpa, hay crímenes, hay santos, hay canallas, pero nadie gimotea, nadie suspira, nadie explica, nadie justifica en las novelas de ahora. No hay mujeres; pocas. No hay “minas”, sobre todo. No hay jóvenes. A Diego de Almagro lo abandonaron al nacer; quizás por eso no abandona a su vez. Su madre había sido prometida de su padre, pero la boda no tuvo lugar, aunque ella quedó embarazada igual. La vergüenza de que la novia no fuese virgen la hizo esconder al hijo que no se casa nunca con Ana Martínez, pero reconoce inmediatamente al hijo, al que hace inmediatamente heredero de la empresa de conquista que emprende con otros dos rezagados en Panamá, dos conquistadores tímidos hasta ahora: Francisco Pizarro y el padre Hernando de Luque, que, como Moisés ante la tierra prometida, nunca llegará al Perú.
Hay una casa en Santa María de Darién, pueblo tragado por la selva del que no queda nada, que Diego de Almagro abandona un día para tomar un barco y luego, a caballo, bajar por el camino del Inca, conquistar las torres de oro y las ciudades de plata, y el imperio sin fin del que vienen hablando los indios, traductores, yanaconas, primos, hermanos, tíos de Ana Martínez, que, sin ser su esposa, es su mujer, lo único que se ha parecido alguna vez a una familia en su vida. Esa casa, esa tarde que deja atrás, la madre india dando leche a su hijo. ¿O es la criada negra quien le da leche al niño? ¿Alguna nodriza? ¿Qué entiende Ana Martínez de su vida? ¿Qué entiende Diego de Almagro de la suya? Ese hijo que ella pare. Eso ordena todo, eso explica.
—Lo podemos devolver —descubre José Francisco tímidamente a la salida de Columbia Hospital.
¿Devolverlo dónde? ¿Devolverlo adonde? ¿Devolverlo cómo?, ¿sabemos de dónde viene para que podamos devolverlo? ¿Cómo se devuelve eso que no se sabe cómo existe, donde existe, eso que no se sabe si existe siquiera?
—Devolver no es la palabra, perdona, me equivoque—vacila José Francisco—… no quise decir devolver… lo contrario de devolver ¿Cómo se dice?—sigue trastabillando ante mi silencio que no tiene que decir. ¿Lo contrario de devolver que es? ¿Revolver, volver? Esa arruga que late de más y menos dos centímetro en la materia negra, ese pedazo fluorescente que interrumpe la caverna en la ecografía, células, membranas, anfibio embrión.
—Devolver, por favor, no quise decir eso… Las palabras, me fallaron las palabras perdona mi amor. Me equivoco siempre cuando elijo las palabras, quería decir otra cosa, lo contrario de devolver… – Devolver, revolver, volver. Volver a la universidad, a ese barrio en que todos son estudiantes o ancianos, nos ha vuelto niños de nuevo a José Francisco y a mí, pienso. Columbia Hospital, Columbia University, Colombia país, parte de la gran Colombia, Colón, Columbus Circus, la universidad en que no termino de empezar mi doctorado en códigos, jurisprudencias, bulas, sermones y cánones de cuando los españoles llegaron América he hicieron con las locales que son nuestros ancestros comunes a José Francisco y a mí.
Malgarida llega a Chile sin óvulos que fecundar, como llegara luego Inés de Suarez la amante de Pedro de Valdivia y Marina Ortiz de Gaete la esposa del mismo. Estéril, viejas, menopáusicas las tres madres de Chile. Ni un hijo que parir. Es la patria estéril, el país al que se va con la amante. Claudia Cardinale cuando se baja del tren en “Érase una vez en el Oeste”. Cómo camina por el pueblo en construcción, el ruido, los caballos, el polvo, su perfecto cuerpo, su sorpresa a cada paso. Es evidente: los westerns son la historia no contada de la conquista. Spaghetti western, western católico (los de John Ford son católicos, pero católicos irlandeses).
Claudia Cardinale atraviesa el barro, las planchas de madera de unas calles que no existen, hasta que llega a la casa de su prometido, con el que se casó por cartas. Llega levantando las polleras, espantada, pero tranquila, a la casa que le prometieron, para encontrarse con los cadáveres del que tendría que ser su marido y sus hijos, acostados sobre unas mesas a la vista de todos. Su nueva vida, muerta ante sus ojos antes de empezar. Claudia Cardinale, que, violada por Henry Fonda, recuerda la prostituta que fue y goza y hace gozar para alargar su vida, como la profesional que es.
Inés Suarez que Pedro de Valdivia casa con unos de sus lugartenientes para acallar el escándalo de su “amancebamiento”. La esposa oficial Marina Ortiz de Gaete que llega a Chile para que le informen que el marido ha muerto devorado por los indios.¿E Inés Muñoz, que se encargó de los hijos de Inés Huaylas, la princesa inca que casaron con Francisco Pizarro? ¿Y la concubina de Atahualpa, Angelina, con la que también casaron Francisco Pizarro y sus primas, casadas a la fuerza con Gonzalo Pizarro? Todo se enreda, todos son hermanos de todos en el Cuzco cuando llegan los hermanos Pizarro, que no tuvieron ningún hijo que no fuera mitad inca y ninguna esposa que no fueran esas concubinas de sangre real de Atahualpa, su víctima.
Pienso en Malgarida, que algunos llaman Margarita, la única mujer en la expedición de Diego de Almagro. La primera mujer no indígena que pisa tierra chilena. La expedición es una enorme columna de infinitos kilómetros. Una sola línea de cabezas, de mulas, de caballos. Pocos caballos, que no paran de morirse; llamas, alpacas. Cabezas, muchas cabezas de indios amigos que aparecen y desaparecen en el camino sin dar explicaciones. Los españoles no pillan a nadie por sorpresa en su expedición; todos saben que vienen. Sus víveres, sus curas, sus avanzadas, sus animales y sus hombres, muertos de hambre, los preceden. En la avanzada, Pablo Inca, el hijo de Manco Cápac, y el sacerdote Villaq Umu, encargados de advertir de su llegada y recoger el suficiente oro para que Diego de Almagro no sospeche que es una trampa, un error, una estafa, la muerte que lo espera desde que es el hijo del copero de La Mancha al que su propia madre mandó a mendigar lejos, al fin del mundo.
¿Duerme con Malgarida Diego de Almagro, el Viejo, en los tambos incas en que solo caben los españoles? Descansan cuando ya no tienen aire. Escuchan riachuelos que no ven. Preguntan a los indios por qué se escapan y no responden. Preguntan qué hay más allá. Se instalan unos días en oasis. Sus perros, los primeros perros que ladran en esos valles, buscan cuyes que devorar. Llega la noche. Las estrellas tan próximas en el cielo de la cordillera, a tajo abierto. Malgarida, o Margarita como la llaman otras crónicas, que se abriga y abriga al hombre que la compró a su dueño anterior en Panamá. El hielo recorre el tambo. Piensan que no van a aguantar la noche, pero aguantan, aunque tienen apenas ramas con que alimentar el fuego. Al otro día, un mensajero: un grupo de españoles que mandó antes, masacrados sin piedad. La fortuna gastada de Diego de Almagro desgastada en la partida infinita, la larga línea de indios y esclavos negros, y caballos muertos, zapatos congelados que se quedan con los pies de los que los llevan. Y la impresión cierta de que se adentra en una trampa, que lo alejan del Cuzco para que no pueda proteger allá sus intereses, sus tierras, sus animales, sus títulos, que quieren con igual afán los incas y los Pizarro.
Otra noche. Las estrellas tan cerca que da miedo, que da asco, que da vértigo. Malgarida, que duerme entre los cuerpos de los soldados que intentan, como pueden, juntarse para no morir de frío. Los rugbistas uruguayos que se devoraron entre sí, que antes durmieron entre los restos de su avión, pienso. Chile tiene ese precio: comerse el cadáver de tus amigos. Se llega a Chile cuando ya no tienes fuerza para llegar a ningún lugar más. La nieve y las montañas y las estrellas, que debieron verse tan cerca, tan apretadas en el cielo, como las vio el Adelantado, el Mariscal, como lo llama Diego de Rosales, el jesuita que leo.
Hace frío y demasiado calor en los valles por los que bajan los que siguen la senda que dejaron los incas. Su nuevo guía, el «Desorejado», Gonzalo Calvo de Barrientos, un soldado español que había perdido las orejas cuando los Pizarro se las cortaron por robo. Una enorme venda rodeando su cara, obligado a huir de entre los españoles, caminando por la costa miles de kilómetros hasta convertirse en uno más de los indios del valle del Aconcagua. Él y su socio en el crimen y la huida, Antón Cerrada, que encontró una casa y unas esposas en lo que hoy es Conchalí. Esos dos, los primeros chilenos, dos forajidos sin ley que se hacen indios, pero que recuerdan que son españoles cuando llega Almagro y traducen, esta vez, en buen español y buen quechua —o lo que hablaran los indígenas del valle—. Y saben de repente que no son bienvenidos, que de repente los van a matar a todos.
Y el Desorejado, que le aconseja a Almagro irse, que decide irse con él a pesar de los hijos, la casa y la cosecha que acumuló en su nueva tierra. Y Almagro que ordena la partida cuando, más al sur, la expedición que mandó volvió diezmada y asustada por la lluvia de flechas. Diego de Almagro, que, temeroso siempre de que lo traicionaran, quema en una noche a treinta caciques, cada uno amarrado a un poste. Esa noche iluminada por los cuerpos de los caciques. Sus gritos, el olor de su carne quemada, los otros indios aterrados mirando el espectáculo. Almagro sin escuchar un solo ruego. ¿Malgarida que pensara? ¿Qué habrá dicho? Ha visto cosas terribles: la muerte de Atahualpa y de todo su séquito. Pero esos gritos, esas llamas. Y Felipillo, su traductor, con el que había viajado de norte a sur de Ecuador y Perú, que de pronto arranca sin avisar. Felipillo, que corre y corre desesperado sobre la nieve, un solo punto negro en medio del glaciar, cuenta la crónica. Uno de los pocos detalles de color en la crónica de Cristóbal de Molina: una mancha en la nieve que corre y corre desesperada.
Felipillo, que pierde sus fuerzas en la nieve. Felipillo, torturado hasta que confesara que traducía mal, a propósito, los dichos de Atahualpa cuando, preso en Cajamarca, dependía de sus palabras. Felipillo, que confiesa también que estaba enamorado de una de las concubinas (¿cuántas eran? ¿Veinte? ¿Treinta?) de Atahualpa, y confiesa que por eso hizo lo posible para que lo mataran. Atadas sus manos y sus pies a distintas cuerdas, que tiran distintos caballos hacia los cuatro puntos cardinales, separando de su tronco los miembros, colgados a la orilla de distintos caminos para advertir lo que les sucedería a los traidores Y la historia de doce indios atados a la misma cadena, que van muriendo de a poco hasta que el español que los empuja por el desierto decide decapitar al último para no darse el trabajo de sacarle la cadena.
Esa información precisa y terrible que los propios españoles que marchan con esos criminales, que comparten su pan, que batallan con ellos, cuentan al rey, a la reina, sin que los censuren del todo. No me importa la historia, me importa mi historia, la que tengo en el vientre, que no siento: solo mucha sed, solo ir mucho al baño a mear. Solo vaciarme para que haya hueco dentro de mí para los monstruos.
Castigando a todos los indios que puede y a los españoles que quieren amotinarse con ellos, llega Diego de Almagro vuelve al Cuzco: “Los rotos de Chile” lo llaman. La ropa ajada, la piel reseca, los caballos reemplazados por mulas, las mulas por sus pies, que perdieron la mitad de sus dedos en la helada. “Muera el Roto Quezada”, escrito en los muros de Pelotillehue, en Condorito. La estatua del roto chileno en la playa Yungay. Diego de Almagro, que va de fracaso en fracaso tratando de levantar contra Pizarro al resto de los españoles. La batalla de Salinas. Almagro, que pierde la batalla y suplica por su vida a Hernando Pizarro, el hermano mayor de Francisco, su socio. Diego de Almagro, que, según el cronista Pedro Cieza de León, “En la cárcel, pidió confesión y, tras recibirla, fue estrangulado. Su cuerpo fue sacado a la plaza y decapitado públicamente”.
Decapitado después de muerto, al centro de una plaza del Cuzco. Su esclava liberada, Malgarida, recogiendo los pedazos. Uniendo por primera vez la cabeza al cuerpo de su amante, que fue antes su amo. Diego de Almagro, que le dio su libertad en herencia. Los incas, que miran el espectáculo sin saber qué decir. Los españoles, que tampoco saben qué hacer o decir ante la paciencia con que la esclava liberta reconstruye el cuerpo de su amado.
—Ya no puedo ser un niño—me explica José Francisco—, aunque quisiera. ¿Te das cuenta? Tenemos que ser adultos tú y yo ahora. Tenemos que tomar decisiones aunque nos duelan. Perdona, yo entiendo el shock, la noticia. Yo quizás lo dije mal con eso de devolver. Quizas yo tampoco reaccione bien, pero luego pensé, he estado pensando todo este tiempo. Pensando como un adulto. Es doloroso pero tenemos que hacer eso, pensar como adultos los dos. Pensar en lo que es lo mejor para los dos. Entiendo que no puedas ahora por eso pienso por los dos.
—¿Para qué?
—¿Cómo para qué? Esas preguntas que haces tu a veces. Esas cosas que dice, es eso. Ese es el problema tu no piensas como nadie más en el mundo. Es lo que me gusta de ti pero no puede ser. El test, tú no eres para mí y yo no soy para ti.
—¿Para qué?—repito no para molestarlo sino porque no se me ocurre ninguna pregunta más, aunque esa tampoco se me ocurre, aunque esa solo la repito para repetir algo, para no que
—¿Para qué qué? Tu no quieres entender. Con lo brillante que eres, con todo lo que sabes. No quieres ver lo que todo el mundo ve. Las cosas mínimas. Yo te quiero, pero no eres responsable. No puede ser ahora, ¿lo ves? Alguna vez, yo sé que con el tiempo, que otra situación tú y yo sí…Eres lo más maravilloso que me ha pasado nunca, pero no se puede. No eres tú, no soy yo…
Y como si hubiese recibido una bofetada en el centro mismo de la cara se fue separando de mí hacia su lado de la vereda de Columbus Avenue. De a poco al principio, a grandes pasos después, volviendo su cara hacia mi cada cierto tiempo para asegurarse que seguía ahí, que no había desaparecido, que había existido alguna vez, que alguna vez había sido real.
Y Diego de Almagro el Mozo, el hijo al que Pizarro jura conservar la vida el título de gobernador de Nueva Toledo después que su padre terminó decapitado en esa plaza del Cuzco. Es piedad impensable de esos hombres con sus hijos y los hijos de sus enemigos. Asesinos de multitudes, crueles capitanes que no desheredan nunca a sus bastardos, que los casan con otras princesas deshonradas.
Diego de Almagro el Mozo y sus amigos que todos conocen como “los caballeros de la capa” porque tienen una sola capa que se turnan para ir a mendigar por la Cuidad de los Reyes (actual Lima).
“Los caballeros de la capa” que esperan miserables y olvidados alguna falla de los Pizarros, para matar al marqués, a Pizarro a palo. La rebelión que no puede salir bien porque los hombres de Pizarro se unen contra Diego de Almagro el Mozo que solo tiene 20 años y quiere ser el nuevo Inca. Diego de Almagro Martinez, ¿Qué recuerda de su madre, de Panamá, la lluvia de allá, la casa de Darién? Es hijo de su padre solo, acompañado por Malgredida que es lo más cercano que tiene a una madre.
Mata a sus ayudantes que se asesinan entre ellos. Intenta una batalla en que El cañonero apunta mal, Almagro el Mozo sospecha de traición lo mata ahí mismo. Mueren 500 españoles de los pocos cientos que habitaban el Perú. Otra emboscada hasta que Diego de Almagro el Mozo que es condenado a la misma pena que su padre.
Y Malgerida que de nuevo une la cabeza y el cuerpo del hombre que amó. Y Malgerida que de nuevo envuelve de una sola manta de lino el cadáver del que sin ser su hijo, fue su hijo. Y Malgerida que de nuevo hace que Diego de Almagro, otro y el mismo Diego Almagro, sea un solo cuerpo y lo entierra en el mismo subsuelo que su padre del monasterio de la Merced del Cuzco, reservándose para ella, gastándose toda la fortuna que le dejaron el padre y el hijo, un lugar para ella entre los dos decapitados que amo.
¡Compra libros de los autores y traductores incluidos en este número en nuestra página de Bookshop!

