Mientras
Para mi hijo Juan Miguel
Mientras te veo dormir
recostado en tu cuerpo
de veinte años,
los grillos y el silencio
inventan el jardín.
Los escucho cantar
en las noches futuras,
entre la hierba irreductible,
más allá de mi ausencia.
En esos días por venir,
recordarás
acaso
las horas dedicadas
al juego y la vagancia
en un lugar preciso
de la ciudad incalculable:
el espacioso parque de la Nápoles.
¿En qué modo verbal
suceden
para mí
esos recuerdos
tuyos,
fragmentos de un pasado acontecible,
entrevistos
por mí
en tu memoria
desde este ahora vacilante?
Me encuentro ahí contigo,
en ese raro espacio
conjetural y cierto:
pateamos un balón,
lanzamos a la tierra unas canicas,
tirados en el césped
nombramos los fantasmas
que el viento recolecta entre las nubes.
Y en un exacto enlace
de mientras simultáneos
—mientras te veo dormir,
mientras jugamos
en el parque,
mientras un coro de chirridos
hace visible lo invisible,
mientras pienso en mi padre
y en nuestras semanales
visitas al mercado,
mientras miro al abuelo
póstumamente aparecer
en los relatos de su hijo—,
saludo emocionado
al que entonces seré:
el interino de mí mismo,
el habitante
de una presencia restaurada.
Mientras,
el silencio y los grillos
restablecen
las tenues coordenadas de la noche.
Háblame de ti como al principio hablabas,
con el hambre de hablar
desde algún lado.
Muéstrame todas tus almas, tu voz
más improbable, las lenguas que sabrías.
Dame tu nada a cuenta, tu nada
sin vestigios,
lo que nunca serás
porque de serlo
perderías las ganas de perderte. Ven
a confirmar que no
podrías siempre estar siempre
porque no estás de ti,
porque no hay cosa cierta
que te alcance o te faltan memorias
por haber
y te sobran leyendas por habidas.
Ven a sembrar las lunas
que te faltan. Vuelve
a ser nadie.
Una cierta distancia
No escribo desde mí,
porque conmigo
el verdor del carmín,
los dengues del cadáver,
el pajar en la aguja,
la madrugada del crepúsculo
devienen forma y juicio,
se ordenan, se deslindan,
se refutan, se apagan.
Trabamentes
Todo es nuevo bajo el sol
de cada día. Y todo
lo que ves
lo has visto
siempre
por primera vez.
Pero si aquello que ves
ocurre
siempre
por primera vez,
entonces
lo que ves
lo has visto
siempre
por última vez.
Retorno
El mar trabaja en calma:
todas las cosas caen
al remolino quieto
de su espera.
La piedra vuelve al mar,
la grava mínima,
la roca edificada.
las ciudades ascienden
para vencer el mar
y en lo más alto aguardan
una señal marina,
un puerto sostenido.
La madera es del mar:
sueña con los vaivenes
de su volumen insondable.
Un barco es sólo un puente:
los hombres se desvelan
aunque mil puentes cubran,
decididos,
toda extensión de mar.
El hombre sueña el mar:
en las playas se agita
como reptil con luna,
extiende su espinazo,
y con los ojos húmedos,
horizontal, absorto,
se entrega a sus lejanos nacimientos.
Canción del sueño
Nada se hunde ya
Como este absurdo anhelo de no ahogarnos.
Profundo mar insomne
como un desesperado:
sólo en tu entraña vemos
largos peces pasar
como presagios.
Todo fuera emerger
para eludir la muerte.
Pero el agua se cierra como un párpado.
Rodeos
La ciudad ha crecido
y sin embargo
la vence en amplitud
el parque de mi infancia.
Sus caminos se extienden
al centro y los suburbios
de este valle vaciado de espesuras:
es un ancho domingo
vagando entre semana.
De sus sobrados árboles
uno creció torcido, por fortuna;
que andaba tras la luz yo no entendía,
pero supe por él y sus jorobas
que no hay mayor destreza
que andarse por las ramas.
Árboles del parque aquel,
siempre dispuestos:
yo no sé si los miro o se me ocurren,
pero se alzan tan libres y tan árboles,
tan señores del aire y de la meta
sin red y sin larguero,
que no hay gol que se cante
si el balón no termina
rodando en el asfalto.
Paseos de aquel parque
zigzag de la esperanza,
diagonales y curvas de enredo,
andenes para el tren de la sorpresa:
quizás habito aquí
porque, después de todo,
cada nuevo suburbio,
cada nuevo rincón aparecido,
guarda un poco de inmensidad ingenua,
de intrincado jardín para buscarnos.
Nota del editor: La presente selección fue realizada por Blanca Luz Pulido, Alicia García Bergua y Fabio Morábito, como homenaje a la obra y memoria del poeta y amigo.
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Foto: Eduardo Hurtado, poeta mexicano.
