“En las vísperas nacen las cerezas” de Estercilia Simanca Pushaina

Todas las mañanas me despertaban las campanas de la iglesia. La primera vez que las escuché, deseé siempre despertar como los arijunas, lejos del canto de los gallos y el cacaraqueo de las gallinas, lejos de la manivela del molino y del saco de maíz. Le rogaba tanto a mamá me sacara del monte. En ese tiempo no conocía de Dios y tampoco sabía que a Él era al único que se debía rogar; pero, también aprendí que a fuerza de ruegos se logran todos los deseos de tu corazón y así mi mamá a cambio de huevos de gallina, leche y queso de cabra, logró que mi madrina aceptara tenerme en su casa. Al principio mi madrina se negaba aceptarlos, pero en mi casa abundan las cabras y las gallinas y contra la voluntad de papá aquí estoy, hablando con el papel y el papel hablando conmigo. Sin embargo, no hay noche después de las lunas que he vivido aquí, que no me sienta como si estuviera durmiendo en el chinchorro que me tejió mamá, despertándome aturdida por el golpe al caerme de la cama y antes que suene el primer campanazo de la iglesia han llegado a través de mis sueños el olor de las cerezas, los cantos de los gallos, el llanto de los cabritos mirando amarrados a sus madres mientras papá y mis hermanos mayores las ordeñan.