{"id":4722,"date":"2021-08-25T21:17:36","date_gmt":"2021-08-26T03:17:36","guid":{"rendered":"http:\/\/latinamericanliteraturetoday.wp\/2021\/08\/shotgun-grass-cezanne-cardona-morales\/"},"modified":"2023-05-26T17:37:54","modified_gmt":"2023-05-26T23:37:54","slug":"shotgun-grass-cezanne-cardona-morales","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/2021\/08\/shotgun-grass-cezanne-cardona-morales\/","title":{"rendered":"&#8220;Una escopeta sobre la hierba&#8221; de Cezanne Cardona Morales"},"content":{"rendered":"<div><\/div>\n<p>Me faltaban trescientos d\u00f3lares para comprarle un ata\u00fad a mi padre, y no sab\u00eda qu\u00e9 m\u00e1s hacer. Lo hab\u00eda intentado casi todo: escuch\u00e9 el discursito insufrible que me dio el due\u00f1o de la Funeraria Boulevard sobre la durabilidad de los ata\u00fades m\u00e1s costosos; rogu\u00e9 in\u00fatil por un plan de pago; escog\u00ed el ata\u00fad m\u00e1s barato y le ped\u00ed un adelanto a mi jefe de redacci\u00f3n, pero me lo deneg\u00f3 porque yo no era empleado regular, sino un simple free lance. Busqu\u00e9 en mi celular y no supe a qui\u00e9n llamar: no ten\u00eda hermanos; mi madre viv\u00eda en Orlando con su nuevo esposo, mis t\u00edas estaban muy viejas como para pedirle dinero; mis amigos m\u00e1s cercanos estudiaban literatura o daban clases en colegios cat\u00f3licos y Raquel me hab\u00eda abandonado por otro. Tampoco pod\u00eda vender mi Corolla porque sencillamente no era m\u00edo, sino del peri\u00f3dico y hab\u00edan firmado un papel en el que yo me hac\u00eda responsable por choques, robos, incendios, cristales rotos y rayados. Adem\u00e1s, ten\u00eda que entregarlo con el tanque lleno. As\u00ed que volver al peri\u00f3dico no era una opci\u00f3n para m\u00ed; decid\u00ed quedarme en Levittown hasta que consiguiera el dinero.<\/p>\n<p>Abr\u00ed una cajetilla de cigarrillos en el estacionamiento de la funeraria y fum\u00e9 recostado de la jardinera para ver qu\u00e9 se me ocurr\u00eda algo. Deb\u00edan ser las diez, tal vez las once de la ma\u00f1ana, y lo \u00fanico que pens\u00e9 fue maldecir a mi padre por haberse muerto \u2013ahora y no antes\u2013\u00a0 despu\u00e9s de jodernos la vida a mi madre y a m\u00ed meti\u00e9ndose toda la hero\u00edna del mundo. No s\u00e9 si fue la rabia o la resignaci\u00f3n, pero mientras fumaba record\u00e9 su rev\u00f3lver: un viejo magnum que mi padre hab\u00eda tra\u00eddo de Vietnam. Cre\u00ed que pod\u00eda venderlo o empe\u00f1arlo y con eso tal vez podr\u00eda comprarle un ata\u00fad decente. Estaba seguro que todav\u00eda guardaba el rev\u00f3lver en el mismo lugar de siempre: debajo de su cama en una caja de zapatos donde ten\u00eda fotos de su boda con mi madre.<\/p>\n<p>Tir\u00e9 la colilla a la jardinera, entr\u00e9 a la funeraria y le dije al due\u00f1o que le conseguir\u00eda el dinero del ata\u00fad al otro d\u00eda. \u201cTienes hasta las siete de esta noche\u201d, dijo tapando el auricular del tel\u00e9fono. Parec\u00eda que hablaba con otro cliente. Abri\u00f3 la gaveta de su escritorio, sac\u00f3 una calculadora, escribi\u00f3 en un papel una cifra y me pidi\u00f3 que le diera unos minutos. Luego hizo una se\u00f1al para que me sentara frente a su escritorio. Fue inevitable no escucharlo: parec\u00eda que hab\u00eda muerto un ni\u00f1o o algo as\u00ed porque hablaba de medidas y de ata\u00fades especiales m\u00e1s costosos que cualquiera de los ata\u00fades m\u00e1s baratos para adultos. Lo hac\u00eda bien, no lo niego: su voz sonaba profesional, pausada y suave, aunque repet\u00eda las mismas frases que us\u00f3 conmigo cuando llam\u00e9.<\/p>\n<p>No s\u00e9 cu\u00e1nto esper\u00e9, pero fue lo suficiente como para aborrecer los cuadros con vers\u00edculos b\u00edblicos y las cruces que colocan en las oficinas de las funerarias. Tan pronto colg\u00f3, se disculp\u00f3 como se disculpa alguien calvo, gordo y que se ti\u00f1e la barba de negro todas las semanas. Explic\u00f3 que el cuerpo de mi padre llevaba casi dos d\u00edas en la funeraria y que por ley no pod\u00eda tener un cuerpo por m\u00e1s de tres d\u00edas. Le pregunt\u00e9 al due\u00f1o de la funeraria si pod\u00eda hacer una rebaja y dijo que ya la hab\u00eda hecho. \u201cSin ata\u00fad no hay entierro\u201d, dijo serio y decidido. Me levant\u00e9 de la silla con rabia, y sin querer le di al escritorio y tumb\u00e9 una foto familiar que estaba al lado de la computadora. No lo arregl\u00e9 y antes de marcharme dijo que no olvidara comprar la ropa para el cuerpo de mi padre. \u201cDebe ser nueva\u201d, dijo, \u201cincluso la ropa interior\u201d. \u00bfPor qu\u00e9 carajo hay que comprarle ropa interior nueva a un muerto? Lo requiere la ley, dijo o se lo le\u00ed en el rostro, y sal\u00ed pensando en la \u00fanica cosa que pod\u00eda pensar en ese momento: el rev\u00f3lver de mi padre.<\/p>\n<p>La casa de mi padre quedaba a dos cuadras de la funeraria, en la marginal de la carretera 165. Hac\u00eda dos o tres a\u00f1os que no pasaba por all\u00ed. La \u00faltima vez fue cuando mi padre me llam\u00f3 desesperado porque no se encontraba las venas. Casi todas las casas que quedaban por all\u00ed se hab\u00edan convertido en negocios de comida o en iglesias independientes. La \u00fanica casa que quedaba con el dise\u00f1o original era la de mi padre. \u00c9l fue de los primeros en comprar: le dieron un buen precio por ser veterano a principios de los setenta, cuando Levittown ya era lo que es hoy: un suburbio para gente de clase media baja o para nuyoricans que decidieron regresar. Pero a mi padre le gustaba decir que a los ricos no les gust\u00f3 Levittown y que por eso se fueron. \u201cEsto ahora es de nosotros\u201d, dec\u00eda. \u201cPodemos ir a pescar al lago artificial cuantas veces nos d\u00e9 la gana.\u201d Nunca fuimos.<\/p>\n<p>La casa estaba abandonada. El pasto estaba alto y amenazaba con entrar por las ventanas. El viejo Datsun sin motor y sin nada parec\u00eda el caparaz\u00f3n de una langosta que Dios no se atrevi\u00f3 a comerse. Siempre guardaba una llave en mi cartera, pero no la tuve que usar: la puerta estaba media abierta y cuando entr\u00e9 hab\u00eda un televisor roto casi en la entrada, como si alguien se le hubiera ca\u00eddo mientras intentaba abrir la puerta. El techo filtraba agua y el empa\u00f1etado estaba desprendido; las varillas oxidadas parec\u00edan ra\u00edces de un \u00e1rbol a\u00e9reo que busca tierra firme. Hab\u00eda baldes para goteras por todos lados y charcos de agua.<\/p>\n<p>En la sala hab\u00eda una pecera en el suelo con piedritas azules y sin agua, pero con un buzo de juguete al lado de un cofre con oro pl\u00e1stico despintado. Al lado una bocina de componente, marca Pioneer, un tocadiscos y discos de vinil mojados. La cocina era una pocilga. La nevera no estaba, los gabinetes amenazaban con caerse, y en el fregadero hab\u00eda un ej\u00e9rcito de latas de at\u00fan viejas y abiertas que le serv\u00edan de cama a una rata muerta, ya casi esquel\u00e9tica. La \u00faltima vez que habl\u00e9 con mi padre se quejaba de las ratas, que hab\u00eda demasiadas, m\u00e1s que en Vietnam, dec\u00eda: \u201cHan hecho demasiados negocios por aqu\u00ed de fritanga, pizza, ostras y almejas, y el olor las atrae. Los otros d\u00edas llamaron a la polic\u00eda porque supuestamente yo me la pasaba dispar\u00e1ndoles a las ratas\u2026 Pendejos: ni que tuviera tan buena punter\u00eda.\u201d<\/p>\n<p>Entr\u00e9 al cuarto para ver si encontraba el rev\u00f3lver. La cama no estaba. En su lugar hab\u00eda un catre militar, ropa fuera del gavetero y una columna de discos de vinil, en mejor estado que los de la sala, como si fuera una mesita de noche: una l\u00e1mpara sin bombilla reinaba sobre un disco de Jimmy Hendrix y una novela de vaqueros de Elmore Leonard. A mi padre le encantaban los vaqueros y nunca supe por qu\u00e9. Todav\u00eda me parece verlo en una hamaca leyendo con su pose de hippie: una cola de caballo canosa y barba de una semana. Al lado del catre encontr\u00e9 zapatos, ropa h\u00fameda, vieja, y un bulto para bates de b\u00e9isbol marca Wilson. Adentro hab\u00eda dos bates, mi viejo guante de b\u00e9isbol y una gorra de Los Calamares de Levittown. Lo cerr\u00e9 y lo puse cerca de la puerta para llev\u00e1rmelo como si supiera que eso fuera lo \u00fanico que pod\u00eda heredar de mi padre.<\/p>\n<p>Mir\u00e9 debajo del catre y encontr\u00e9 la caja de zapatos. Me alegr\u00e9 de que todav\u00eda estuviera all\u00ed. Record\u00e9 las veces que, sigiloso, yo abr\u00eda la caja y sacaba el rev\u00f3lver. Era negro y pesaba. Le apuntaba a todo lo que se mov\u00eda: sapos, lagartijas, moscas, hormigas, cucarachas, ventanas, nubes, y a Dios (en ese orden). Mi padre nunca lo supo: la marihuana lo pon\u00eda so\u00f1oliento, el alcohol lo hac\u00eda roncar y con la hero\u00edna era realmente invisible. Nunca jal\u00e9 el gatillo, pero ahora pienso que deb\u00ed hacerlo. Quiz\u00e1s as\u00ed las cosas hubieran sido de otra forma, incluso hasta con Raquel.<\/p>\n<p>Cuando abr\u00ed la caja no vi el rev\u00f3lver. Solo hab\u00eda casquillos, fotos, papeles guardados en bolsas ziploc, y caca de ratas. Fui al carro y busqu\u00e9 guantes; siempre ten\u00eda por si acaso llegaba a una escena de asesinato o de accidente fatal antes que los polic\u00edas. Me sent\u00e9 en el catre a rebuscar. No quise mirar fotos; no ten\u00eda mucho tiempo. De todas las bolsas ziploc, solo una no ten\u00eda fotos. La abr\u00ed pensando encontrar documentos, pero lo que hall\u00e9 fueron recortes de peri\u00f3dicos doblados y amarillentos. Cuando los saqu\u00e9 vi que all\u00ed estaban todos los art\u00edculos, reportajes y notas policiales que yo hab\u00eda escrito en el peri\u00f3dico. Odi\u00e9 ver mi nombre repetido debajo de aquellos rid\u00edculos titulares que yo nunca escog\u00eda: \u201cMueren cuatro calcinados en Noche Buena\u201d; \u201cDescuartizan a joven madre\u201d; \u201cLa primera Masacre del a\u00f1o\u201d; \u201cMat\u00f3 a su familia, pero no pudo suicidarse\u201d. Encontr\u00e9 algunos m\u00e1s, pero los guard\u00e9 en la ziploc y extra\u00f1\u00e9 a mi padre cuando llamaba por tel\u00e9fono orgulloso por su hijo periodista. \u00bfC\u00f3mo carajo pod\u00eda emocionarse por eso?<\/p>\n<p>Le puse la tapa a la caja de zapatos, cog\u00ed el bulto para bates de b\u00e9isbol, algunos discos \u2013los cinco que pod\u00eda salvar\u2013 y el tocadiscos para ver si pod\u00eda sacarle algo de dinero. Los puse en el ba\u00fal, sub\u00ed al Corolla y pas\u00e9 por la Avenida Boulevard buscando una casa de empe\u00f1o.<\/p>\n<p>Algunas cosas no hab\u00edan cambiado: el tanque de agua segu\u00eda en el mismo lugar. Arriba todav\u00eda dec\u00eda \u201cLevittown, Toa Baja\u201d. Record\u00e9 que mi padre dec\u00eda que el tanque parec\u00eda un calamar gigante, como esos que aparec\u00edan en las pel\u00edculas de los cincuenta y se com\u00edan parte del barco y los tripulantes le cortaban los tent\u00e1culos con hachas y se llenaban de tinta. Segu\u00ed buscando: cl\u00ednica dental, Gomicentro, Tacolandia, Los cerditos, Wah Lunng, Levittown Mufflers, Cari\u00f1os Pizza, Laboratorio Boulevard. Encontr\u00e9 una casa de empe\u00f1o entre dos bares cerrados; uno de ellos estaba abandonado. El due\u00f1o era un anciano flaco, podr\u00eda decir hambriento. Deb\u00eda tener setenta a\u00f1os o m\u00e1s.\u00a0 Saqu\u00e9 los discos y el tocadiscos y los puse en la vitrina: uno de Jimmy Hendrix, tres de Bob Dylan y dos de Dizzy Guillespie. Cuando los vio me mir\u00f3 por encima de los espejuelos: \u201c\u00bfEres hijo de Manny?\u201d, pregunt\u00f3. Le dije que s\u00ed con una sonrisa; hac\u00eda tiempo no escuchaba su apodo. \u201cTu pap\u00e1 intent\u00f3 venderme todo eso hace unos meses.\u201d Le dije que hab\u00eda muerto y no me crey\u00f3. Dijo que mi padre lo hab\u00eda enga\u00f1ado muchas veces y que no se iba a tragar ese cuento. \u201cCuando vea a tu pap\u00e1 en la caja entonces creer\u00e9 que est\u00e1 muerto\u201d, me dijo. No ten\u00eda energ\u00edas para comprobarle que estaba muerto, al fin y al cabo no pod\u00eda invitarlo ni al velorio. Recog\u00ed los discos con resignaci\u00f3n y cuando estaba a punto de salir me detuvo. \u201cTe voy a ayudar a ti, no a tu padre\u201d, dijo. Y lo puse todo otra vez en la vitrina. Pens\u00e9 quedarme con algo, quiz\u00e1 con uno de los discos de Dizzy.<\/p>\n<p>Recuerdo el d\u00eda en que mi padre compr\u00f3 las taquillas para ir a ver a Dizzy. Le dije que s\u00ed, pero poco antes de salir al concierto me llamaron del peri\u00f3dico. Ten\u00edan una emergencia y no hab\u00eda qui\u00e9n cubriera un doble asesinato en un motel en Toa Baja. Mi padre comprendi\u00f3. En realidad no fue un doble asesinato, sino un matrimonio que muri\u00f3 asfixiado por mon\u00f3xido de carbono. Quer\u00edan hacer un tr\u00edo y la mujer que esperaban demor\u00f3 demasiado. Al parecer dejaron el carro encendido y murieron. Todav\u00eda recuerdo los cuerpos, las entrevistas que hice, la mujer que encontr\u00f3 los cuerpos y el maldito titular que le pusieron: \u201cQuer\u00edan hacer tr\u00edo en motel y terminaron muertos\u201d. Mi jefe lo puso. Le grit\u00e9 moralista y pendejo y no s\u00e9 qu\u00e9 otras cosas m\u00e1s. No me despidieron porque -me imagino\u2013 no se puede ser algo peor que un periodista free lance. Tuve que aceptar el titular a rega\u00f1adientes. Mi padre no me llam\u00f3 cuando sali\u00f3 publicada la noticia, como siempre hac\u00eda; fui yo el que lo llam\u00e9. Nos dimos unas cervezas en el bar La peseta y fuimos a comprar marihuana cerca del parque: fui yo el que se lo propuse y fue la primera vez \u2013y la \u00fanica\u2013 que fumamos juntos.<\/p>\n<p>Como necesitaba el dinero, dej\u00e9 el disco de Dizzy junto a los otros. El viejo de la casa de empe\u00f1o me dio setenta d\u00f3lares por todo. Los acept\u00e9 como un favor, aunque sab\u00eda que si hubiera ido a un coleccionista le hubiera sacado por lo menos doscientos d\u00f3lares. Antes de irme le pregunt\u00e9 si por casualidad mi padre hab\u00eda ido por all\u00ed vendiendo un rev\u00f3lver. Dijo que no, que \u00e9l no compraba ni vend\u00eda armas, que para eso ten\u00eda que ir a Sabana Seca o a Candelaria, pero no me lo recomendaba. Di las gracias y sal\u00ed.<\/p>\n<p>A las tres de la tarde todav\u00eda me faltaban doscientos d\u00f3lares para comprar el ata\u00fad. Eso sin pensar en la ropa nueva; hab\u00eda pensado en una guayabera o una camisa de b\u00e9isbol, que no fuera de los Yankees, por supuesto. Manej\u00e9 por la Boulevard sin rumbo. No sab\u00eda qu\u00e9 m\u00e1s hacer. Llam\u00e9 a redacci\u00f3n y le dije a mi jefe, con algo de sentimentalismo, que mi padre hab\u00eda muerto, que estaba en Levittown, que necesitaba dinero para el funeral (no quise darle detalles), y que por favor me asignara algo, cualquier cosa, que yo lo escribir\u00eda al momento. \u201c\u00bfY tu padre ya no se hab\u00eda muerto?\u201d, dijo. La pregunta era leg\u00edtima: mi padre llevaba a\u00f1os en los que casi se mor\u00eda por sobredosis. \u201cPero esta vez fue la definitiva; ya no se iba a morir m\u00e1s\u201d, le dije. Hubo silencio en la l\u00ednea por un momento y dijo que cre\u00eda que ten\u00eda algo, que estuviera pendiente y me ofreci\u00f3 una esquela gratis. Le di las gracias y lo mand\u00e9 al carajo. \u201cNo estoy jugando, Vargas\u201d, le dije. \u201cYo tampoco\u201d. Cont\u00f3 que cuando su padre muri\u00f3 gast\u00f3 una millonada: \u201cFueron cinco mil, Dani. Tuve que hacer un pr\u00e9stamo de emergencia en una financiera de mierda y me dieron los chavos porque ten\u00eda permanencia en el peri\u00f3dico.\u201d Despu\u00e9s del p\u00e9same, dijo que estuviera pendiente del tel\u00e9fono, que iba a hablar con el de policiales y me llamaba.<\/p>\n<p>Par\u00e9 en la gasolinera Shell de Lago Vista. Y mientras echaba\u00a0 gasolina dese\u00e9 que ocurriera una tragedia. Mir\u00e9 hacia el carro que estaba a mi lado y vi un se\u00f1or llenando un envase de gasolina y quise que rociara a la mujer que estaba en el asiento delantero, luego que \u00e9l se echara por encima, sacara un encendedor y se prendieran en fuego. Luego pens\u00e9 en un asalto, en un accidente fatal en la Boulevard, en una familia completa ahogada en el lago artificial, en un tiroteo de carro a carro. Antes de sacudir la pistola de gasolina pens\u00e9 que mejor ser\u00eda cubrir una masacre, porque las pagan bien, porque la gente compra m\u00e1s el peri\u00f3dico cuando eso pasa, y uno los escucha decir que las cosas est\u00e1n malas. Fue la primera vez que me sent\u00ed otro. Que las cosas ya no ser\u00edan como antes.<\/p>\n<p>Puse el tap\u00f3n de gasolina, sub\u00ed al carro y pens\u00e9 en mi padre; en la muerte y en mi padre, porque la primera vez que pens\u00e9 en la muerte andaba con \u00e9l. Fue una tarde de verano, poco antes del anochecer, y mucho antes de que le diera con regresar con mi madre. Yo ten\u00eda siete, tal vez ocho a\u00f1os, y camin\u00e1bamos por la orilla de la carretera 165, esa que conecta Dorado con Levittown. No recuerdo c\u00f3mo est\u00e1bamos vestidos; s\u00ed recuerdo el pastizal a un lado, y el mar al otro. En una mano mi padre cargaba un envase de gasolina rojo, y en la otra mi mano. A\u00fan hoy, si cierro los ojos, puedo ver mi mano dentro de la suya, su mano gruesa y callosa. Y lo recuerdo porque apretaba fuerte, como si hubiera acumulado en alg\u00fan lugar de sus huesos todas las veces que nunca me tom\u00f3 de la mano, o como si no quisiera ense\u00f1arme nunca la l\u00ednea exacta entre la caricia y el crimen. No importaba que su carro se hubiera quedado sin gasolina, ni lo peligroso que resultaba caminar por la orilla de aquella carretera solitaria, mucho menos la distancia que nos faltaba por recorrer. Yo solo quer\u00eda que no me soltara nunca. Solo quer\u00eda que la noche nos sorprendiera as\u00ed, tomados de la mano.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">*<\/p>\n<p>Cuando estaba a punto de abandonar Levittown, recib\u00ed una llamada de la redacci\u00f3n. Dijeron que estaba de suerte, que hab\u00edan matado a alguien en la Urbanizaci\u00f3n Camino del Mar, en la 165. \u201cQuiero buenas fotos, Dani.\u201d Dije que no hab\u00eda problema, que las tomar\u00eda con el celular y que las enviar\u00eda junto con la nota. Apunt\u00e9 el n\u00famero de la casa y fui hasta all\u00e1. El coraz\u00f3n me lat\u00eda fuerte, casi pod\u00eda ponerle nombre a cada latido, y cuando me puse el carnet de periodista juro que hasta el pl\u00e1stico y la foto tambi\u00e9n lat\u00edan.<\/p>\n<p>Supe cu\u00e1l era la casa porque hab\u00eda una patrulla y en la puerta un polic\u00eda hablaba por celular. Parec\u00eda que hablaba con una amante o algo as\u00ed, porque sonre\u00eda como cuando uno intenta convencer a una mujer de su propia belleza. Me dej\u00f3 pasar cuando vio mi carnet: \u201cEst\u00e1 atr\u00e1s en el patio cerca de la piscina. No toques nada\u201d, dijo. Cuando dijo est\u00e1 atr\u00e1s me decepcion\u00e9 porque ten\u00eda esperanza de que fuera m\u00e1s de un muerto. Solo rogu\u00e9 que no fuera un ni\u00f1o ahogado en una piscina. Una vez me toc\u00f3 cubrir uno y llam\u00e9 a Raquel casi llorando dici\u00e9ndole que quer\u00eda llenarla de hijos, pero que nunca pondr\u00edamos una piscina. Creo que desde ese d\u00eda todo comenz\u00f3 a joderse.<\/p>\n<p>La casa era lujosa, parec\u00eda que el due\u00f1o era doctor, ingeniero o dentista. No hab\u00eda huellas de violencia adentro, pero s\u00ed de que hubo fiesta. Hab\u00eda platos de comida en la cocina y en el comedor; picadera, tostitos, guacamole, salsas llenas de moscas. Tan pronto sal\u00ed al patio me encontr\u00e9 con una mujer muerta en el suelo, boca abajo, en traje de ba\u00f1o, justo a la orilla de la piscina casi a punto de caer al agua, como si se hubiera arrastrado para esconderse en el agua o intentar llamar a alguien, porque en el fondo hab\u00eda un celular. Era rubia y ten\u00eda los ojos abiertos. Deb\u00eda tener treinta y cinco, tal vez cuarenta a\u00f1os. Ten\u00eda los ojos abiertos y parec\u00eda mirar su reflejo en el agua. Hab\u00eda recibido varios impactos de bala en la espalda y ten\u00eda una mano suspendida sobre la superficie del agua. Por el brazo le hab\u00eda bajado mucha sangre, pero no como para te\u00f1ir la piscina de rojo. En el agua flotaba un inflable de juguete en forma de dinosaurio, de esos que tienen el cuello largo y no comen carne.<\/p>\n<p>Tom\u00e9 algunas fotos; unas de cerca, otras de lejos y, mientras buscaba un \u00e1ngulo, di algunos pasos hacia atr\u00e1s en la hierba y tropec\u00e9 con algo. Al principio pens\u00e9 que era un bate de b\u00e9isbol. Luego supe que era una escopeta. Cuando le iba a tomar una foto, pens\u00e9 en mi padre, en el ata\u00fad, y hasta en Raquel. Pens\u00e9 que tal vez podr\u00eda sacarle trescientos, quien sabe si cuatrocientos d\u00f3lares, no sab\u00eda en realidad. Ser\u00eda muy obvio si me la llevaba as\u00ed o si buscaba alguna toalla de las que descansaban sobre las sillas de playa. De pronto, record\u00e9 el bulto para bates de b\u00e9isbol de mi padre que ten\u00eda en el ba\u00fal. Regres\u00e9 a la casa, atraves\u00e9 la sala hasta la puerta de entrada y vi que el polic\u00eda segu\u00eda hablando por celular. Le dije que iba un momento al carro para\u00a0 buscar la c\u00e1mara y el tr\u00edpode. No ten\u00eda tr\u00edpode ni c\u00e1mara, pero fue lo \u00fanico que se me ocurri\u00f3 decirle. Abr\u00ed el ba\u00fal y saqu\u00e9 el bulto. El guardia ni mir\u00f3, parec\u00eda que invitaba a una mujer a comerse un mantecado o algo as\u00ed. \u201cAnda, un momentito, nadie nos va a reconocer: te recojo en la patrulla y prendo la sirena: te va a gustar\u201d, dec\u00eda.<\/p>\n<p>Entr\u00e9 r\u00e1pido, abr\u00ed el bulto y puse la escopeta entre los bates. No sab\u00eda si estaba cargada, era poco lo que sab\u00eda de armas. Estaba caliente, eso s\u00ed, pero imagino que era por el sol. Disimul\u00e9 un poco, aguard\u00e9 un rato y sal\u00ed; el polic\u00eda estaba de espaldas cuando le pas\u00e9 por el lado. Puse el bulto en el ba\u00fal, sub\u00ed al carro y arranqu\u00e9 justo cuando se acercaba otra patrulla. Tom\u00e9 a la derecha y cog\u00ed la 165. Me temblaban las manos y no pod\u00eda sostener bien el cigarrillo. Entonces ca\u00ed en cuenta que no sab\u00eda a qui\u00e9n venderle el arma. Eran casi las cinco de la tarde y no ten\u00eda hambre. Dobl\u00e9 por la luz del Restaurante Campo Mar y cog\u00ed otra vez la Boulevard para ir a la pista; de seguro todav\u00eda estaba el mismo tipo que me vendi\u00f3 marihuana la otra vez y a lo mejor pod\u00edan ayudarme con lo de la escopeta. Pas\u00e9 por all\u00ed y solo encontr\u00e9 gente haciendo ejercicio, y viejos caminando.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">*<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de dar vueltas por horas buscando qui\u00e9n me pod\u00eda comprar la escopeta, termin\u00e9 por regresar a la funeraria. No hab\u00eda estacionamiento porque, al parecer, hab\u00eda un funeral. As\u00ed que estacion\u00e9 m\u00e1s adelante frente a Cano\u2019s Pizza. Adentro hab\u00eda un equipo completo de b\u00e9isbol juvenil comiendo pizza. El olor a pizza me abri\u00f3 el apetito. Saqu\u00e9 cuenta de cu\u00e1nto faltaba y supe que no conseguir\u00eda el dinero a tiempo: mi padre seguir\u00eda all\u00ed, congelado en una nevera. Lo \u00fanico que ten\u00eda que hacer era escribir la nota para el peri\u00f3dico, pero no quer\u00eda, no despu\u00e9s de llevarme la escopeta. Si la escrib\u00eda pod\u00eda incriminarme. O tal vez no. A lo mejor eso me libraba de cualquier sospecha. \u00bfY si escrib\u00eda la nota utilizando seud\u00f3nimo? \u00bfMe proteger\u00eda el peri\u00f3dico si dec\u00eda que la escena hab\u00eda sido alterada? \u00bfY si asaltaba la funeraria? Podr\u00eda entrar con el bulto de b\u00e9isbol y nadie se dar\u00eda cuenta. \u00bfY si le ped\u00eda al due\u00f1o de la funeraria que me diera el cuerpo de mi padre? No tendr\u00eda ni que apuntarle, solo abrir el bulto, amenazarlo. \u00bfCabr\u00eda el cuerpo de mi padre en el ba\u00fal? Quiz\u00e1s en el asiento de atr\u00e1s. Lo llevo a otra funeraria y ya. Pero se dar\u00edan cuenta, llamar\u00edan a la polic\u00eda. Estaba dentro del carro todav\u00eda. Ni siquiera hab\u00eda apagado el motor. Solo fumaba y pensaba.<\/p>\n<p>Me qued\u00e9 mirando a los muchachos comer en la pizzer\u00eda. Parec\u00eda que hab\u00edan ganado el partido. El uniforme era el mismo de hace a\u00f1os: gorra azul con una L y una C, camisa blanca con el s\u00edmbolo de un calamar con los tent\u00e1culos estirados atrapando una bola de b\u00e9isbol. Record\u00e9 cuando mi padre quiso que entrara a Los Calamares de Levittown; yo nunca fui muy bueno en el b\u00e9isbol, me gustaba, pero yo francamente no ten\u00eda talento: lo supe porque cerraba los ojos cuando la bola se acercaba. Era un movimiento involuntario. Un exceso de instinto, tal vez. Lo intent\u00e9 muchas veces, hasta que una bola golpe\u00f3 mi frente. Me cogieron siete puntos. Tengo una herida en la ceja izquierda que a Raquel le gustaba; dec\u00eda que iba con mi rostro, que no me pod\u00eda imaginar sin esa cicatriz. Me dieron ganas de llamarla, pero desist\u00ed. En ese momento, algo terrible me vino a la cabeza; atroz y hermoso.<\/p>\n<p>Por primera vez pens\u00e9 en un titular: \u201cPeriodista asalta pizzer\u00eda para comprar ata\u00fad a su padre\u201d. Imagin\u00e9 las letras negras en primera plana; imagin\u00e9 mi vida en la c\u00e1rcel, hablando con los reclusos de mis art\u00edculos, de mis notas, de cu\u00e1ntas veces les salvaron la vida porque esa era la forma de probar que hab\u00edan hecho el trabajo; imagin\u00e9 conversaciones con Raquel desde la c\u00e1rcel. Imagin\u00e9 sus visitas y sus promesas: que iba a dejar al abogado para casarse conmigo o que el abogado me iba a ayudar con un nuevo juicio. Y pens\u00e9 en mi padre all\u00ed en la funeraria: congelado y feliz. Entonces cog\u00ed el bulto, me puse mi carnet de periodista y sent\u00ed \u2014todav\u00eda me parece verme\u2014 que mi vida ya no iba a ser la misma, que la mejor parte de mi vida estaba a punto de comenzar.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<h6 class=\"caption\">Foto: Faro del Castillo San Felipe del Morro, San Juan, Puerto Rico, de <a href=\"https:\/\/unsplash.com\/@taylor_deas_melesh\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Taylor Deas-Melesh, Unsplash<\/a>.<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Me faltaban trescientos d\u00f3lares para comprarle un ata\u00fad a mi padre, y no sab\u00eda qu\u00e9 m\u00e1s hacer. Lo hab\u00eda intentado casi todo: escuch\u00e9 el discursito insufrible que me dio el due\u00f1o de la Funeraria Boulevard sobre la durabilidad de los ata\u00fades m\u00e1s costosos; rogu\u00e9 in\u00fatil por un plan de pago; escog\u00ed el ata\u00fad m\u00e1s barato y le ped\u00ed un adelanto a mi jefe de redacci\u00f3n, pero me lo deneg\u00f3 porque yo no era empleado regular, sino un simple free lance. Busqu\u00e9 en mi celular y no supe a qui\u00e9n llamar: no ten\u00eda hermanos; mi madre viv\u00eda en Orlando con su nuevo esposo, mis t\u00edas estaban muy viejas como para pedirle dinero; mis amigos m\u00e1s cercanos estudiaban literatura o daban clases en colegios cat\u00f3licos y Raquel me hab\u00eda abandonado por otro. Tampoco pod\u00eda vender mi Corolla porque sencillamente no era m\u00edo, sino del peri\u00f3dico y hab\u00edan firmado un papel en el que yo me hac\u00eda responsable por choques, robos, incendios, cristales rotos y rayados. Adem\u00e1s, ten\u00eda que entregarlo con el tanque lleno. As\u00ed que volver al peri\u00f3dico no era una opci\u00f3n para m\u00ed; decid\u00ed quedarme en Levittown hasta que consiguiera el dinero.<\/p>\n","protected":false},"author":3,"featured_media":4719,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_acf_changed":false,"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[4445,41,2988],"genre":[2012],"pretext":[],"section":[2349],"translator":[2817],"lal_author":[3243],"class_list":["post-4722","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-uncategorized","tag-numero-19","tag-puerto-rico","tag-puerto-rico-es","genre-fiction-es","section-fiction-es","translator-heather-houde-es-2","lal_author-cezanne-cardona-morales-es"],"acf":[],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/4722","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/users\/3"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=4722"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/4722\/revisions"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/media\/4719"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=4722"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=4722"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=4722"},{"taxonomy":"genre","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/genre?post=4722"},{"taxonomy":"pretext","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/pretext?post=4722"},{"taxonomy":"section","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/section?post=4722"},{"taxonomy":"translator","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/translator?post=4722"},{"taxonomy":"lal_author","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/lal_author?post=4722"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}