{"id":4718,"date":"2021-08-25T20:26:15","date_gmt":"2021-08-26T02:26:15","guid":{"rendered":"http:\/\/latinamericanliteraturetoday.wp\/2021\/08\/water-sugar-carlos-pintado\/"},"modified":"2024-05-13T06:26:00","modified_gmt":"2024-05-13T12:26:00","slug":"water-sugar-carlos-pintado","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/2021\/08\/water-sugar-carlos-pintado\/","title":{"rendered":"&#8220;Agua con az\u00facar&#8221; de Carlos Pintado"},"content":{"rendered":"<div><\/div>\n<p><i>En cuarentena en South Beach, Miami, un escritor reflexiona sobre literatura (y abejas) mientras contempla la pandemia global.<\/i><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Puse una cuchara con miel en la ventana.<\/p>\n<p>Me quedo mir\u00e1ndola, mir\u00e1ndola fijo por mucho tiempo: la gota de miel que se deposita con delicadeza en el hueco de la cuchara, un glaciar en c\u00e1mara lenta, un \u00e1mbar que se transforma en un dorado sedicioso.<\/p>\n<p>No s\u00e9 hace cu\u00e1nto tiempo estoy as\u00ed, pero estoy seguro de que pas\u00f3 casi m\u00e1s de media hora.<\/p>\n<p>La imagen de miel que cubre el metal brillante parece una de esas fotos que manipulamos en 3D.<\/p>\n<p>Estoy arrodillado de frente a la ventana. La luz de la ma\u00f1ana es tenue, noble y blanquecina, la luz de Miami Beach en primavera. El aire que llega desde la playa es un leng\u00fcetazo refrescante. Si alguien entrara en mi habitaci\u00f3n, seguramente pensar\u00eda que soy un monje que ensaya un ritual o un lun\u00e1tico que intenta desesperadamente establecer un encuentro del tercer tipo.<\/p>\n<p>Pero no va a entrar nadie. Estoy en autocuarentena. Ni siquiera el fantasma del padre de Hamlet est\u00e1 m\u00e1s solo que yo en este momento.<\/p>\n<p>Darme cuenta de eso me saca de mis pensamientos profundos. Un fogonazo muy adentro de mi piel, un jarr\u00f3n que se cae de ning\u00fan lado y est\u00e1 destinado a estrellarse en ning\u00fan lado, dentro de m\u00ed. En eso pienso.<\/p>\n<p>Me recuesto un poco: ahora s\u00e9 por qu\u00e9 la cuchara con miel\u2026<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><b>Hace diez d\u00edas<\/b><br \/>\n<b><i>(Esto no es Bizancio)<\/i><\/b><\/p>\n<p>Me devor\u00e9 una hogaza de pan duro. Pienso en el pan que comen los prisioneros de guerra, un pan que estuvo guardado d\u00edas enteros. Para tratar de ablandarlo un poco, le pongo miel arriba. Me com\u00ed el pan, pero me olvid\u00e9 de sacar la cuchara de la ventana.<\/p>\n<p>El Tiempo, esa cosa interminable y caprichosa, no existe en confinamiento. O tal vez existe, pero tiende a distorsionarse a s\u00ed mismo tanto que ahora es un tiempo sin l\u00edmites; no puedo imaginarlo como una mera acumulaci\u00f3n de horas. No puedo explicarlo sin quedar encerrado en una cascara de nuez y sentirme rey del espacio infinito.<\/p>\n<p>Hay un momento en el que, simplemente, no s\u00e9 qu\u00e9 tan tarde es el atardecer o qu\u00e9 tan nocturna es la noche. Agarro el tel\u00e9fono para averiguarlo. Miro hacia afuera, por mi ventana, para ver los toques de luz que reinan sobre el vecindario, los balcones cercanos, los autos estacionados en la calle, para tener una idea de qu\u00e9 hora podr\u00eda ser.<\/p>\n<p>La realidad es una construcci\u00f3n cognoscitiva, una urdimbre fina y sedosa, cambiante y maleable: un \u00fanico suceso inesperado y se interrumpe el final feliz prometido, una estructura piramidal que se derrumbar\u00e1 si se le saca un solo ladrillo. Gracias a nuestros tel\u00e9fonos o televisores, podr\u00edamos se\u00f1alar perfectamente esos desastres que se produjeron en el pasado: el incendio de la catedral de Notre Dame, la explosi\u00f3n de Chern\u00f3bil o un terremoto devastador en Hait\u00ed. Esta covid-19 (suena como un tipo malo de una pel\u00edcula de ciencia ficci\u00f3n) tiene una omnipresencia tan gigantesca \u2014solo podemos recordar su origen\u2014 que nos deja pr\u00e1cticamente sin herramientas para decir d\u00f3nde est\u00e1 ahora. Pero, en realidad, es f\u00e1cil: est\u00e1 en todas partes. Abres la puerta y el Mal est\u00e1 ah\u00ed afuera, esperando. Cierras la puerta y el Mal est\u00e1 adentro, tomando vino de tu vaso, leyendo la novela que dejaste sin terminar, vestido con tu ropa, afeit\u00e1ndose la cara en tu espejo, haci\u00e9ndole el amor a tu novia o novio, jugando al ajedrez de <i>El s\u00e9ptimo sello <\/i>sin invitarte, escuchando algunos solos de John Coltrane, fumando cigarrillos, cambiando de canal en tu televisor para mirar las noticias, o incluso bes\u00e1ndote en la boca. El Mal hasta tiene un cumplea\u00f1os: 17 de noviembre de 2019. Despu\u00e9s de ese d\u00eda, el Mal tiene una edad desde\u00f1osa; es el nuevo Proteo, que huye de un murci\u00e9lago a un pangol\u00edn, y de un pangol\u00edn a cualquier ser humano con el que se encuentre.<\/p>\n<p>Me gusta esta vuelta repentina a la Edad Media, otro <i>volver al pasado, <\/i>aunque yo mismo me sienta privado de mi rutina. En cierto punto, me siento m\u00e1s conectado a mi vecindario, y cuando digo vecindario quiero decir ciudad, quiero decir pa\u00eds, quiero decir universo. Estoy en una cuarentena voluntaria para despu\u00e9s pasar a otra cuarentena en la casa de mi madre. Vive sola. No puedo ir a verla sin antes que nada asegurarme de que no soy una colonia del mal.<\/p>\n<p>Mi plan es quedarme con ella todo el tiempo que pueda. Nunca antes estuve tan alerta a las se\u00f1ales de mi cuerpo. Este tambi\u00e9n tiene que ser un pa\u00eds para viejos, querido W. B. Yeats. Tenemos que completar un ciclo de vida. Deber\u00edamos cuidar a nuestros padres y abuelos como ellos nos cuidaron cuando \u00e9ramos ni\u00f1os.<\/p>\n<p>Mi casa es el \u00fanico lugar en el que existo. Desde aqu\u00ed miro todo, adentro y afuera. Soy un <i>voyeur <\/i>inexperto, una <i>obra inconclusa; <\/i>mi visi\u00f3n se agudiza, se ajusta a los nuevos matices de luz, descifrando la nueva manera de ser de las cosas que me rodean.<\/p>\n<p>Quiero entender qu\u00e9 cosa es el tiempo cuando se lo aparta de nosotros. El confinamiento me incita a descifrar esa sucesi\u00f3n de horas a la que me aferro, como el prisionero se aferra a esa noci\u00f3n de tiempo entre comidas, destellos de naturaleza o de luz artificial, duchas y castigos. El d\u00eda y la noche ser\u00edan una amalgama inextricable de no ser por esos eventos de \u201crutina\u201d que le dan estructura al Tiempo. El Tiempo es una dictadura, la mejor de las calumnias, escribo en alguna parte. No se nos permite hacer nada que no est\u00e9 sometido al Tiempo. Constantemente buscamos eventos que decapiten nuestras rutinas, eventos que le dejen una marca memorable. El guion infalible est\u00e1 escrito por el Tiempo. Igual que el prisionero, vivo en las cosas que confirman que soy un ser humano en este mundo, en ese cuento narrado por alguien \u2014tal vez un idiota\u2014, <i>que no significa nada.<\/i><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><b>Hace nueve d\u00edas<\/b><\/p>\n<p>He estado refunfu\u00f1ando demasiado sobre la posibilidad de tener un mes entero de soledad absoluta para terminar de escribir el \u00faltimo cap\u00edtulo de <i>Breakfast in the Snow, <\/i>una novela con la que lucho hace casi tres a\u00f1os. Un mes entero. No pido m\u00e1s. Casi treinta d\u00edas de devoci\u00f3n tit\u00e1nica a la p\u00e1gina en blanco. Sin vacaciones, sin viajes, sin teatros, sin leer libros de otros autores, sin caf\u00e9s, sin pel\u00edculas con amigos, sin paseos por la playa, sin partidos de <i>frisbee,<\/i> sin pedalear por Ocean Drive, sin gloriosos <i>happy hours, <\/i>sin bares, sin fiestas, sin sexo, sin org\u00edas, sin amor. La soledad como si fuera la celda de un monje. Un mes entero para cumplir un anhelo: tener un desayuno en la nieve.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><b>Hace ocho d\u00edas<\/b><\/p>\n<p>Me acuerdo perfectamente del argumento: los personajes siguen vivos para m\u00ed. Emma, una mujer inteligente, una madre modelo, maneja un Chevrolet azul por la calle Jefferson. Sin aire acondicionado, el auto es un horno con ruedas, con temperaturas que superan los 37 grados. En el asiento de atr\u00e1s, va una beb\u00e9 de seis meses atada a su sillita; lleva puesta una blusa vieja color dorado.<\/p>\n<p>Mi improbable futuro lector no sabr\u00e1 (es imposible que sepa) que Emma est\u00e1 huyendo de su esposo y que sufre de depresi\u00f3n postparto. Exactamente en el cruce entre las calles Jefferson y North 15th, Emma frena el auto, sube las ventanillas y se dirige al cajero autom\u00e1tico del US Bank sin darse vuelta para mirar el auto. La veo caminar con gracia, como si hubiese salido a comprar flores, como Clarissa Dalloway. Cuando tiene el efectivo, deja las llaves del auto en el cajero autom\u00e1tico; las llaves del auto, que evocan la miel petrificada sobre una superficie brillante de metal. Emma nunca vuelve al auto.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><b>Hace siete d\u00edas<\/b><br \/>\n<b><i>(Pr\u00edmulas)<\/i><\/b><\/p>\n<p>Ayer no escrib\u00ed nada. La historia qued\u00f3 inconclusa, como esos paisajes que viajan con nosotros antes de entrar a un t\u00fanel largo y oscuro.<\/p>\n<p>Camino por mi habitaci\u00f3n, una especie de altillo grande y hexagonal, con paredes pintadas de color naranja y una chimenea justo en el centro. Un <i>realismo m\u00e1gico <\/i>absoluto si consideramos que vivo en Miami Beach, rebosante de luz y calor.<\/p>\n<p>Las cosas que me rodean permanecen en ese universo extra\u00f1o que crea el Silencio. El confinamiento \u2014\u00a1ay, qu\u00e9 pena! Tiene m\u00e1s <i>sonido <\/i>y menos <i>furia<\/i>\u2014<i> <\/i>me ayuda a ver y o\u00edr mejor: el mu\u00f1equito del Principito, algunas espadas con grabados celtas, la imitaci\u00f3n de una l\u00e1mpara de Bagdad que cuelga de la misma cadena que uso para encender y apagar la luz. Tal vez todas estas cosas tienen un nuevo significado ahora, o tal vez est\u00e1n ocultando algo. Algunos son regalos de cumplea\u00f1os, otros, de Navidad. Estoy casi seguro de que tienen otra simbolog\u00eda que a\u00fan no fue descubierta. Y cerca de esas cosas, como guardianes, est\u00e1n los libros que ya le\u00ed y aquellos cuya lectura tengo pendiente; algunos est\u00e1n escritos por colegas amigos.<\/p>\n<p>Natalia Ginzburg<br \/>\nCheryl Strayed<br \/>\nAlexander Chee<br \/>\nGeorge Steiner<br \/>\nMarlon James<br \/>\nHilary Vaughn Dobel<br \/>\nValeria Luiselli<br \/>\nDavid Ebershoff<\/p>\n<p>Wagner habr\u00eda hecho otra <i>Tannh\u00e4user<\/i> moderna con todo esto. Es dif\u00edcil no abandonar mi novela. \u201cDonde liba la abeja, all\u00ed libo yo. Me poso en la campanilla de una pr\u00edmula\u201d, me recuerda Arundhati Roy desde <i>El dios de las peque\u00f1as cosas<\/i>.<\/p>\n<p>Por alg\u00fan motivo, me acuerdo del calor, de la temperatura que sube y de una beb\u00e9 de seis meses. De repente, le doy una bofetada al aire para ahuyentar a la abeja imaginaria que vuela sobre mi frente.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><b>Hace seis d\u00edas<\/b><\/p>\n<p>Puse la misma cuchara con m\u00e1s miel en la ventana. Cuando trat\u00e9 de sacar la cuchara ayer, hab\u00eda una abeja volando encima. Podr\u00eda haber sido la misma abeja, pens\u00e9. Hay una cita de Einstein \u2014aunque todos concuerdan en que es ap\u00f3crifa\u2014 que dice que la raza humana va a desaparecer cuatro a\u00f1os despu\u00e9s de que muera la \u00faltima abeja.<\/p>\n<p>Una vez que est\u00e1 en el aire, una abeja es una extensi\u00f3n de la miel en vuelo. Miro detenidamente a la m\u00eda; su belleza es casi desafiante, un ballet a\u00e9reo de una Giselle demente. S\u00e9 que la abeja sigui\u00f3 el rastro de ese poco de miel que yo hab\u00eda dejado en la cuchara. Esa destreza que usa para exigir la \u00fanica cosa que le otorga sentido a su vida es una virtud en el mundo de las abejas, pero una nebulosa en el nuestro.<\/p>\n<p>En alg\u00fan lugar le\u00ed que las abejas tienen memoria, que el funcionamiento de su cerebro es casi como el nuestro, lo cual les permite reconocer caras. Me acerco m\u00e1s a la ventana (obviamente estoy manteniendo el distanciamiento social) y me pregunto c\u00f3mo me ver\u00e1n sin ropa presentable y, desde luego, sin estar para nada afeitado.<\/p>\n<p>Las alas se mueven r\u00e1pido en su cuerpo a rayas, un misterio total para la aerodin\u00e1mica: ninguna abeja deber\u00eda volar con un cuerpo de esas dimensiones.<\/p>\n<p>S\u00e9 que la esperanza de vida de las abejas mel\u00edferas trabajadoras es de cuarenta y cinco d\u00edas, que es m\u00e1s o menos lo que dura la cuarentena. \u00bfNo es ir\u00f3nico que deban enfrentar los mismos peligros que nosotros, una invasi\u00f3n de virus y pesticidas, la mayor\u00eda creados u ocasionados por el ser humano?<\/p>\n<p>Sin abejas no hay polinizaci\u00f3n, sin polinizaci\u00f3n no hay semillas, sin semillas no hay plantas y sin plantas no hay vida.<\/p>\n<p>En esos cuatro a\u00f1os que nos quedan despu\u00e9s de la muerte de la \u00faltima abeja, deber\u00edamos luchar por sobrevivir usando ese instinto aconsejado por el narrador de Dostoievski en <i>Los hermanos Karam\u00e1zov: <\/i>\u201clas malezas, los insectos, las hormigas, la abeja dorada, todos ellos conocen su camino en la vida con una certeza tan maravillosa, por instinto\u201d.<\/p>\n<p><b><i>(Instinto)<\/i><\/b><\/p>\n<p>David Hackenberg fue el primero en alertarlo: miles de abejas estaban desapareciendo misteriosamente. Pero lo que le pas\u00f3 a Hackenberg fue lo mismo que le pas\u00f3 al doctor Li Wenliang cuando alert\u00f3 sobre los primeros casos de coronavirus: sus palabras fueron ignoradas. Ahora todos sabemos que las abejas contaminadas por pesticidas o por el virus <i>Nosema ceranae,<\/i> un virus originario de Asia, sufren de da\u00f1os en el sistema nervioso central y, como consecuencia, se pierden y mueren.<\/p>\n<p>Cuando le\u00ed el libro <i>Voces de Chern\u00f3bil, <\/i>una obra maestra de Sveltana Alexievich, me desconcert\u00f3 enterarme de que las abejas estuvieron entre las primeras en entender que el fin del mundo estaba cerca. Un sobreviviente de la radiaci\u00f3n recuerda que, incluso antes de que se anunciara nada por radio o televisi\u00f3n, las abejas se rehusaban a abandonar sus colmenas, que ni una sola abeja se atrev\u00eda a salir en busca de alimento y as\u00ed rechazaban la posibilidad de alimentarse de una flor radioactiva.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><b>Hace cinco d\u00edas<\/b><\/p>\n<p>Estuve trabajando con alegr\u00eda en <i>Breakfast in the Snow, <\/i>pero volv\u00ed a perder ese impulso. Me encantar\u00eda haberlo escrito igual que Marguerite Duras escribi\u00f3 <i>El arrebato de Lol V. Stein. <\/i>Tal vez es una locura escribir sobre la nieve cuando es primavera en Miami; tal vez simplemente estoy disfrutando esta soledad impuesta, que antes que escribir sobre la soledad de otros prefiero escuchar las campanadas internas de mi propia soledad, que hablan dentro de m\u00ed, sordas, solitarias, como un zumbido que se desvanece.<\/p>\n<p>Todav\u00eda camino por mi habitaci\u00f3n, <i>mi habitaci\u00f3n propia, una habitaci\u00f3n con vista.<\/i><\/p>\n<p>La Feria del Libro de Miami me pidi\u00f3 que hiciera una lectura de quince minutos en vivo. Estoy buscando entre los libros que publiqu\u00e9 para elegir los poemas m\u00e1s adecuados para una lectura virtual en tiempos como estos, pero no es tan f\u00e1cil como parece. Desde mi ventana, veo la ventana de mi vecina. El a\u00f1o pasado, un tipo viv\u00eda con ella. Primero llegaron los gritos y las peleas constantes, despu\u00e9s los golpes, despu\u00e9s los moretones en el cuello de ella.<\/p>\n<p>Una vez la vi paseando a su perro por la acera. Le vi los moretones en los brazos. Ambos tuvimos la cobard\u00eda silenciosa del c\u00f3mplice.<\/p>\n<p>Ella no lo sabe, pero es probable que le deba la vida a un argentino indocumentado que viv\u00eda en mi edificio y llam\u00f3 al 911 cuando vio las manos del tipo apret\u00e1ndole el cuello una noche.<\/p>\n<p><i>Viejo, le salv\u00e9 la vida con la llamada al 911, te lo juro, <\/i>me dijo, d\u00edas despu\u00e9s.<\/p>\n<p>Pas\u00f3 un a\u00f1o de esa llamada.<\/p>\n<p>Vuelvo a mi novela. Hago un avance sorprendente en el \u00faltimo cap\u00edtulo. Por momentos, hago recreos breves de la trama para divagar: aquellos que viven este confinamiento sin familia ni asistencia del gobierno, desempleados o indocumentados, \u00bfc\u00f3mo se las arreglan? Y aquellos que viven en la misma casa con el opresor, \u00bfc\u00f3mo sobreviven?<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><b>Hace cuatro d\u00edas<br \/>\n<em>(La generosidad de los extra\u00f1os)<\/em><\/b><\/p>\n<p>Tal vez nos olvidamos de que todo lo que pasa ahora ya pas\u00f3, en mayor o menor medida, en Londres en 1906 o en Florencia en 1348 o en cualquier otra ciudad o a\u00f1o en el pasado.<\/p>\n<p>Sin memoria perdemos el Tiempo y, cuando eso sucede, solo nos queda un Presente incierto, que no tiene columnas ni espejos para multiplicarse o de los cuales aferrarse, una pesadilla interminable en la que todos estamos gritando, haciendo llamadas telef\u00f3nicas, jugando al juego de la vida mientras el Presente nos borra, minuto a minuto, sin cesar. Somos lo que recordamos.<\/p>\n<p>Sin hacer comparaciones funestas, no olvidemos que Shakespeare sufri\u00f3 un infortunio similar y, aun as\u00ed, de alg\u00fan modo, se las arregl\u00f3 para escribir tres de sus mejores obras durante una cuarentena: <i>Rey Lear, Macbeth<\/i> y <i>Antonio y Cleopatra.<\/i><\/p>\n<p>Ya s\u00e9 que no soy Shakespeare; nadie es Shakespeare, ni siquiera Shakespeare.<\/p>\n<p>Mi lectura empieza a las cinco de la tarde desde el perfil de Facebook de la Feria del Libro de Miami, pero los que se conectan me miran leer desde el hex\u00e1gono naranja en el que vivo en Miami Beach. La virtualidad es la filial del Presente, un milagro en este momento. Mi tel\u00e9fono celular se convierte en ese Aleph borgiano, el punto en el espacio que contiene todos los puntos: a mi hermana y mi sobrina en el norte de Italia, amigos en Madrid, amigos en M\u00e9xico, amigos aqu\u00ed en Miami.<\/p>\n<p>El Futuro no lleg\u00f3 a nosotros, como pens\u00e9 una vez, cuando empez\u00f3 el virus. En su lugar, fue el Pasado, que es un plagio del Futuro, lo que lleg\u00f3 a nosotros.<\/p>\n<p>En ese futuro, vivieron aquellos escritores que ya escribieron libros sobre virus y pandemias, con personajes que se enferman como nosotros, que se lavan las manos como nosotros, que se cubren la boca y la nariz con mascarillas, personajes que se adaptan a una nueva vida, que sobreviven.<\/p>\n<p>El futuro que ya ocurri\u00f3 contiene algunos de estos nombres: Asimov, Bradbury, Dick, Le Guin, Brian W. Aldiss, Stanis\u0142aw Lem, personas que contaron historias que ahora deber\u00edan catalogarse como libros realistas (algunos ahora deber\u00edan ser considerados novelas costumbristas), y cualquiera que hoy est\u00e9 escribiendo otro <i>Madame Bovary <\/i>o<i> El gran Gatsby <\/i>\u2014con toda esa acumulaci\u00f3n de gente y abrazos y besos y fiestas sin distanciamiento social\u2014 est\u00e1 destinado a escribir la nueva novela dist\u00f3pica futurista del pasado.<\/p>\n<p>El primer poema que le\u00ed en el evento de Facebook es uno que escrib\u00ed bajo la influencia del personaje de Blanche DuBois. El \u00faltimo verso nos recuerda que, en la vida, siempre dependemos de la generosidad de los extra\u00f1os.<\/p>\n<p>Cuando se termina la lectura, pongo m\u00e1s miel en la cuchara. Soy tan extra\u00f1o para el insecto como \u00e9l para m\u00ed.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><b>Hace tres d\u00edas<br \/>\n<em>(Fl\u00e2neur)<\/em><\/b><\/p>\n<p>Deambulo por mi habitaci\u00f3n como si estuviera en cualquier ciudad. Trato de moverme tan lento como puedo, disfrutando tanto el tiempo como los espacios. Obedezco una religiosidad deslumbrante de rutas incre\u00edbles: <i>cama, ba\u00f1o, cocina, cama. <\/i>La mayor parte del tiempo, llevo conmigo un libro o mi tel\u00e9fono. Hablo con amigos en Madrid y Nueva York mientras entro en la cocina; veo los estantes de sus bibliotecas: ropa colgada, ventanas que explotan de luz, plantas naturales, plantas de pl\u00e1stico. Vuelvo a la cama mirando un video que grab\u00e9 en Cinque Terre el verano pasado. (El video ahora es una porcioncita de tiempo atrapada en un celular). Desde el balc\u00f3n de un piso alto, una mujer italiana sacude un mantel. Veo todo desde mi punto de vista de transe\u00fante.<\/p>\n<p>Paso de la cama a la ventana de atr\u00e1s. El poeta y escritor John Freeman publica una foto en sus historias de Instagram. Es una foto de una ciudad de Nueva York vac\u00eda. No hay ni un perro cruzando la calle. El insoportable peso de la soledad, pienso. La cuarentena nos convirti\u00f3 en hombres de las cavernas con wifi y iPhones. Aventurarse a salir hoy es igual a aventurarse a salir de una cueva hace siglos: hay que tener cuidado con las garras del oso, la picadura de la serpiente, el rayo de un dios o un virus. De la ventana voy al ba\u00f1o. Hay una foto clavada en la puerta; es la foto en la que me desnud\u00e9 para Spencer Tunick entre cientos de personas en el Hotel Sagamore: estamos todos desnudos, muy apretados, muy cerca, hoy un bufet suculento para un virus hambriento. El agua que me cae sobre el cuerpo me recuerda a una noche lluviosa que viv\u00ed en Estambul: las casas resplandec\u00edan bajo la lluvia; el brillo que se escurr\u00eda por las grietas de las casas se convert\u00eda en un brillo l\u00edquido, que chorreaba por el umbral centelleante de las puertas; los faroles se multiplicaban en charcos, estuarios de agua dorada.<\/p>\n<p>El agua que cae en forma persistente sobre m\u00ed es casi la misma agua de Estambul: las dos limpian mi cuerpo de un mal contagioso, un virus invisible, la p\u00e1tina del amor.<\/p>\n<p>Para Baudelaire, un<i>\u00a0fl\u00e2neur<\/i>\u00a0debe experimentar esa dicha inconmensurable una vez que se instala en el centro de una multitud. Mi dicha actual es sospechosa. Prefiero la descripci\u00f3n de Balzac: <i>la<\/i> fl\u00e2nerie<i> es la gastronom\u00eda para los ojos.<\/i><\/p>\n<p>El sue\u00f1o me est\u00e1 conquistando en mi cama, pero sigo deambulando por calles imaginarias. Improviso la cartograf\u00eda de mis sue\u00f1os. Soy un <i>fl\u00e2neur<\/i> virtual. Mi habitaci\u00f3n es una ciudad en miniatura.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><b>Ayer<\/b><\/p>\n<p>En 2006 Hackenberg habl\u00f3 sobre colmenas sin abejas, como ciudades fantasmas, dijo. Una colmena tiene una poblaci\u00f3n aproximada de 90.000 abejas. La poblaci\u00f3n total de Miami es de 91.178 habitantes. En<i>\u00a0El libro del desasosiego<\/i>, Pessoa acusa a ese ser humano inconsciente, enormemente inferior a la abeja, que a\u00fan no aprendi\u00f3 a organizarse como parte de la sociedad.<\/p>\n<p>Hoy, Miami Beach es una ciudad fantasma, un teatro abandonado. Los pesticidas est\u00e1n debilitando tanto a las abejas que basta con un \u00e1caro como el <i>Varroa destructor <\/i>para aniquilar una comunidad entera, lo cual las deja indefensas ante la llegada de otros virus letales. Las abejas que salen a recolectar alimento, polen y n\u00e9ctar, a veces vuelven infectadas con esos virus. Pronto tengo que ir a un Publix o Whole Foods cercanos. Voy a correr el mismo riesgo que corren ellas.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><b>Hoy<\/b><\/p>\n<p>Abril es el mes m\u00e1s cruel.<\/p>\n<p>Somos un poema que se escribe a s\u00ed mismo.<\/p>\n<p>El sinsentido recorre la pandemia como los chismes recorren las cortes de la realeza.<\/p>\n<p>El presidente de los Estados Unidos dice que el virus es el <i>nuevo fraude <\/i>e ignora todas las alertas de la misma manera que China ignor\u00f3 las primeras alertas del doctor Li Wenliang.<\/p>\n<p>Vivimos en panales diezmados; somos ciudades vac\u00edas andantes.<\/p>\n<p>Puse una cuchara con miel en la ventana, pero, despu\u00e9s de investigar un poco m\u00e1s sobre la alimentaci\u00f3n de las abejas, me doy cuenta de que en realidad es m\u00e1s saludable reemplazarla por jarabe de glucosa, que es lo mismo que decir agua con az\u00facar.<\/p>\n<p style=\"text-align: right;\"><i>South Beach, Miami<\/i><\/p>\n<p style=\"text-align: right;\">Traducci\u00f3n de Gabriela Rabotnikof<\/p>\n<p style=\"text-align: right;\">Publicado originalmente en ingl\u00e9s en\u00a0<a href=\"https:\/\/www.worldliteraturetoday.org\/2020\/summer\/water-sugar-carlos-pintado\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\"><em>World Literature Today <\/em>vol.\u00a094 nro. 3, verano\u00a02020<\/a><\/p>\n<h6 class=\"caption\">Foto: <a href=\"https:\/\/unsplash.com\/@okcapturas\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Leandro Fregoni, Unsplash<\/a>.<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Puse una cuchara con miel en la ventana. Me quedo mir\u00e1ndola, mir\u00e1ndola fijo por mucho tiempo: la gota de miel que se deposita con delicadeza en el hueco de la cuchara, un glaciar en c\u00e1mara lenta, un \u00e1mbar que se transforma en un dorado sedicioso.<\/p>\n","protected":false},"author":3,"featured_media":4715,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_acf_changed":false,"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[2998,4445],"genre":[2012],"pretext":[],"section":[2349],"translator":[2762],"lal_author":[3231],"class_list":["post-4718","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-uncategorized","tag-cuba-es","tag-numero-19","genre-fiction-es","section-fiction-es","translator-gabriela-rabotnikof-es-2","lal_author-carlos-pintado-es-2"],"acf":[],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/4718","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/users\/3"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=4718"}],"version-history":[{"count":1,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/4718\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":33502,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/4718\/revisions\/33502"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/media\/4715"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=4718"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=4718"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=4718"},{"taxonomy":"genre","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/genre?post=4718"},{"taxonomy":"pretext","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/pretext?post=4718"},{"taxonomy":"section","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/section?post=4718"},{"taxonomy":"translator","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/translator?post=4718"},{"taxonomy":"lal_author","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/lal_author?post=4718"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}