{"id":4688,"date":"2021-08-24T20:27:33","date_gmt":"2021-08-25T02:27:33","guid":{"rendered":"http:\/\/latinamericanliteraturetoday.wp\/2021\/08\/hands-fire-katya-adaui\/"},"modified":"2023-05-26T09:32:58","modified_gmt":"2023-05-26T15:32:58","slug":"hands-fire-katya-adaui","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/2021\/08\/hands-fire-katya-adaui\/","title":{"rendered":"&#8220;Las manos al fuego&#8221; de Katya Adaui"},"content":{"rendered":"<div><\/div>\n<p>Marina Colasanti, legendaria autora brasile\u00f1a, fue a partir de 1967 la editora de Clarice en el <i>Journal du Brasil<\/i>. Nos conocimos en Quito durante una feria del libro y le pregunt\u00e9 si Clarice se dejaba editar. \u201cNooo\u201d, dijo, \u201cpero yo tampoco lo hubiera intentado\u201d.<\/p>\n<p>Me cont\u00f3 del miedo tremendo a que se perdieran sus originales.<\/p>\n<p style=\"margin-left: 40px;\">No hac\u00eda copias. No lograba utilizar papel carb\u00f3n; sus manos no ten\u00edan esa habilidad. Eran \u00e9pocas de m\u00e1quinas de escribir. Siempre me dec\u00eda: \u201cCuidado con mis textos. Porque el carb\u00f3n se frunce\u201d, y yo deb\u00eda responderle: \u201cTranquila\u201d, y copi\u00e1bamos de inmediato; \u201cadem\u00e1s, sabes que hay una casilla en el diario tan solo para tus textos\u201d.<\/p>\n<p>En ese dormirse nefasto en su cama, con el cigarro encendido, cuando se despierta dentro del humo y todo se est\u00e1 incendiando, Clarice quema sus manos intentando apagar el fuego que ya alcanzaba sus anotaciones en papelitos. Hab\u00eda tomado somn\u00edferos, por eso tard\u00f3 en despertar.<\/p>\n<p>Le arrancan piel de las piernas. Las manos reciben injertos de las piernas. Injertos: tanto cicatriz como herida.<\/p>\n<p>Las manos que tipeaban misterios sobre la falda, que enviaban cartas, que evad\u00edan preguntas, que se turnaban para mimar a dos ni\u00f1os, que luc\u00eda orgullosa en retratos, no eran h\u00e1biles para calcar o preservar los papeles de un accidente dom\u00e9stico.<\/p>\n<p>Por habilidad entendemos algo que se hace bien y que se hace f\u00e1cil.<\/p>\n<p>Marina dijo que le daba tristeza que Clarice nunca hubiera sido dichosa. Hab\u00eda un peso, una imposibilidad, sufr\u00eda al escribir y sufr\u00eda cuando no lograba escribir. Llamaba por tel\u00e9fono tarde por la noche a los amigos: \u201cNo logro escribir, ay\u201d.<\/p>\n<p>Le recuerdo a Marina que Clarice dec\u00eda: \u201csi no escribo estoy muerta\u201d.<\/p>\n<p>\u201cS\u00ed\u201d, dijo ella, \u201cpero si escribo: qu\u00e9 l\u00e1stima, qu\u00e9 peso\u201d. Una cierta capacidad de vivir, concluye, Clarice nunca la tuvo.<\/p>\n<p>A\u00f1os antes del encuentro con Marina, le pregunt\u00e9 a Hebe Uhart qu\u00e9 pensaba de esta frase de Clarice y ella golpe\u00f3 la mesa. Una mesa con horror al vac\u00edo. Plagada de posavasos, ceniceros e individuales que saltaron a la vez y se quedaron un instante en el aire:<\/p>\n<p style=\"margin-left: 40px;\">Te lo voy a decir: me parece imp\u00fadico. A lo mejor es cierto, no lo s\u00e9, pero me parece imp\u00fadico decirlo. Las manos, peque\u00f1as, pecosas, vivarachas, todav\u00eda temblaban. Como si toda mi fuerza, mi energ\u00eda estuviera puesta en eso, y a lo mejor uno es capaz de hacer otras cosas. Por ejemplo, si estuviera dedicada a una ayuda social, algo tan absorbente como la vida de los otros o estudiando a los chimpanc\u00e9s\u2026 \u00bfNo tuviste en la adolescencia m\u00faltiples vocaciones? A m\u00ed me gustaba el salto largo, la paleta, la pelota, jugar v\u00f3ley, se me iba el alma a la hora de la siesta buscando gente para el v\u00f3ley.<\/p>\n<p>Virginia Woolf, como Clarice, necesitaba escribir todos los d\u00edas. Si no la abstinencia ansiosa que se transformaba en amargura, malhumor. Adoraba la lenta marcha de la tarde hacia la noche, entre las seis y las diez, concentrada junto al fuego de la chimenea. Leyendo. Anotaba en su diario cuando ella y Leonard deb\u00edan recoger le\u00f1a con sus propias manos. Odiaba verse interrumpida por visitas no anunciadas. No pod\u00eda creer que hubiera gente tan maleducada tocando la puerta a cualquier hora, en vez de avisarse por la ma\u00f1ana con un llamado. La \u00fanica irrupci\u00f3n que celebraba: la del cartero. Aunque llegara con libros que deb\u00eda rese\u00f1ar de inmediato.<\/p>\n<p>Clarice, comparada tantas veces con Virginia, no le perdonaba que se hubiera suicidado.<\/p>\n<p>Escribe en papelitos que reparte por el escritorio de su habitaci\u00f3n. La escritura salpicada, conoce su t\u00e9cnica, solo en fragmentos, solo en collage. Pide que nadie los toque, que no los ordenen, ella les encontrar\u00e1 un sentido apenas pueda. Junta para despu\u00e9s. Acumula.<\/p>\n<p>En alg\u00fan momento ir\u00e1n a quemarse.<\/p>\n<p>Ella pondr\u00e1 las manos al fuego para salvarlos. Un acto suicida. Y un acto de amor.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<h6 class=\"caption\">Foto: Clarice Lispector, escritora brasile\u00f1a, 1961. Cr\u00e9dito: Claudia Andujar \/ Instituto Moreira Salles.<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Marina Colasanti, legendaria autora brasile\u00f1a, fue a partir de 1967 la editora de Clarice en el <i>Journal du Brasil<\/i>. 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