{"id":4569,"date":"2021-05-18T16:10:57","date_gmt":"2021-05-18T22:10:57","guid":{"rendered":"http:\/\/latinamericanliteraturetoday.wp\/2021\/05\/other-against-world-fiction-ariana-harwicz-maximiliano-crespi\/"},"modified":"2024-11-03T19:26:38","modified_gmt":"2024-11-04T01:26:38","slug":"other-against-world-fiction-ariana-harwicz-maximiliano-crespi","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/2021\/05\/other-against-world-fiction-ariana-harwicz-maximiliano-crespi\/","title":{"rendered":"&#8220;El otro frente al mundo: Sobre las ficciones de Ariana Harwicz&#8221; de Maximiliano Crespi"},"content":{"rendered":"<div><\/div>\n<div class=\"caption\"><\/div>\n<p>Lo que en una primera instancia despert\u00f3, no digo esc\u00e1ndalo, pero s\u00ed cierto recelo, y hasta incluso cierta incomodidad frente a <i>Matate, amor <\/i>(Buenos Aires: Paradiso, 2012) fue el brillo cegador de la conciencia absoluta que pon\u00eda en escena. No s\u00f3lo la que se presum\u00eda impl\u00edcita en la cr\u00edtica furibunda que desde el mon\u00f3logo interior de esa mujer desquiciada interpelaba a la estructura de socializaci\u00f3n en que ella misma se sab\u00eda inmersa; sino fundamentalmente la buena conciencia que esa interpelaci\u00f3n denunciaba, por contraste, pl\u00e1cidamente hundida en un sopor de hipocres\u00eda, de correcci\u00f3n y de sublimaci\u00f3n paralizante. La primera novela de Ariana Harwicz no narra un aprendizaje: no muestra un despertar ni una \u201ctoma de conciencia\u201d, porque la consciencia de la frustraci\u00f3n ante ese modo de llevar la vida est\u00e1 dada desde el comienzo y es como una piedra pesada que el personaje arrastra indemne a lo largo de todo el relato. No es en efecto el relato de develamiento de una realidad atroz oculta bajo la piel tersa de una realidad cotidiana; es la exposici\u00f3n cruda del estado de hipocres\u00eda con que d\u00eda a d\u00eda se elabora su blindaje.<\/p>\n<p>La voz que narra no escatima fulguraciones po\u00e9ticas ni acidez cr\u00edtica. Arremolinada en una prosa por momentos alucinatoria, casi un barroco sint\u00e1ctico (un barroco cargado de elipsis), despelleja con elegante violencia la realidad que cada vez se le va volviendo m\u00e1s insoportable. Concentrando un notable volumen l\u00edrico y una densidad de letan\u00eda irreversible, la escritura de Harwicz se realiza como cuerpo soberano a medida que el cuerpo de sus personajes se adec\u00faa al orden de lo representado. Y va tomando una consistencia material a lo largo del centenar de p\u00e1ginas en que sostiene su alegato de impugnaci\u00f3n altiva y feroz de cualquier imagen edulcorada de la vida familiar.<\/p>\n<p>Las energ\u00edas lastradas por el trabajo de la maternidad, la decadencia de la sexualidad conyugal, la experiencia simb\u00f3lica \u2014y por ello final y necesariamente frustrada\u2014 de un furtivo adulterio y, luego, el aleg\u00f3rico sacrificio del animal que sufre pautan la condici\u00f3n de una dial\u00e9ctica inm\u00f3vil. La que habla no puede dejar de ser la que es. El suyo es un caso cerrado, una forma sin soluci\u00f3n. Sin puntos de concesi\u00f3n y sin zonas de pasaje, irreversiblemente, los mundos se van despegando uno de otro de manera definitiva. La realidad es percibida como una plancha de metal, r\u00edgida, consistente, uniforme y sin fisuras; la voz que la describe con desprecio no ofrece concesiones. Esa mujer no puede dejar de ser lo que es (desde la primera l\u00ednea hasta la \u00faltima) frente a una escena en la que se descubre incrustada y extranjera como sapo de otro pozo.<\/p>\n<p>La f\u00e1bula incluye el protocolo previsible de un par de intentos de \u201cnormalizaci\u00f3n\u201d \u2014que, felizmente, no desaguan por el lado de la adicci\u00f3n farmacol\u00f3gica. El fracaso de la reincorporaci\u00f3n a la realidad la va despegando de la escena. No hace falta llegar a la \u00faltima p\u00e1gina del libro (donde se la sabr\u00e1 \u201cperdida entre los matorrales\u201d de un bosque oscuro) para presentir el destierro \u2014sobre cuyo car\u00e1cter aleg\u00f3rico se podr\u00eda sin duda abundar. Pero lo que ese cierre hace patente es sin duda una sutura que se inscribe como resignaci\u00f3n: \u201cbaj\u00e9 sin abrir la puerta\u201d, dice sugestivamente en la \u00faltima p\u00e1gina del libro la protagonista. La f\u00e1bula acredita la p\u00e9rdida (la que se pierde en esa noche es la bestia ind\u00f3mita que ha sostenido la novela) y el duelo ocurre del \u00fanico lado en que se la siente (un \u201cpuro dolor\u201d, \u201cese tipo de dolor que no se comparte ni con uno mismo\u201d y que, en \u00faltima instancia, se vuelve \u201cuna tristeza excitante, salvaje\u201d). Harwicz lo sabe: la que se queda es la que finalmente acepta el lazo. La otra, la que baja sin abrir la puerta, s\u00f3lo puede sostenerse en un plano irresistible. \u201cEl que escribe no necesita un saco de piel porque en su universo ficcional es verano\u201d. La opci\u00f3n ser\u00e1 siempre para ella absoluta: o escribir o tirarse por la ventana.<\/p>\n<p><i>Matate, amor<\/i> es la novela de la sublimaci\u00f3n y del conjuro. La que all\u00ed se pronuncia es la conciencia al borde de la locura, la que all\u00ed juzga es la ley al borde de la excepci\u00f3n, la que all\u00ed habita es la humanidad en el umbral de una mutaci\u00f3n imposible. Por eso en el espacio ficcional lo narrativo aparece estrictamente supeditado al juicio. El r\u00e9gimen del relato se aboca al trabajo de dar cuerpo, sentido y verosimilitud a esa voz, a esa perspectiva (culturalmente cargada de incorrecci\u00f3n pol\u00edtica) que se afirma bajando l\u00ednea, justific\u00e1ndose. Pero no se justifica por sus actos; se justifica m\u00e1s bien por sus pensamientos, por los pensamientos que no se resuelve a llevar a la acci\u00f3n y que, aunque la inundan, no salen nunca de su cabeza. En ese sentido, la voz del personaje se justifica no ante la mirada de los otros sino ante s\u00ed misma, ante su propia conciencia culpable, como si \u2014aun sabiendo que ser\u00e1 vencida\u2014 la que ser\u00e1 desterrada quisiera dejar constancia plena de su paso por la vida antes de que la otra se quede irremediablemente con lo que alguna vez fue suyo.<\/p>\n<p>Desde la aparici\u00f3n de aquella <i>opera prima<\/i> han pasado casi siete a\u00f1os en los que Harwicz ha publicado otros dos soliloquios novel\u00edsticos donde, desde los t\u00f3picos de la pasi\u00f3n incestuosa y del infanticidio \u2014<i>La d\u00e9bil mental<\/i> (Buenos Aires: Mardulce, 2014) y <i>Precoz<\/i> (Buenos Aires: Mardulce, 2015)\u2014, la autora ha ido consolidando un proyecto narrativo singular que <i>Degenerado<\/i> (Barcelona: Anagrama, 2019), concentrado en el t\u00f3pico de la pedofilia, viene a ratificar. En esta \u00faltima novela, la estrategia se repite casi sin variaciones. Una vez m\u00e1s el mon\u00f3logo se articula sobre una disociaci\u00f3n que, bajo cuerda, se deja leer como patolog\u00eda. De nuevo una voz en flujo; de nuevo un mundo visto desde una perspectiva pol\u00edticamente incorrecta y moralmente repudiable; de nuevo un universo organizado s\u00f3lo por funciones en una red de relaciones atadas a la voz que los narra. En la l\u00ednea abierta por Mart\u00edn Kohan con<i> Fuera de lugar<\/i> (2016), Harwicz produce una ficci\u00f3n inc\u00f3moda que a la vez liga y separa al \u201cvecino sin historias\u201d, al \u201chombre normal\u201d y al que se deja arrastrar por el \u201ctrineo inmundo\u201d de la mente. Pero lo que en la novela de Kohan se resuelve como narraci\u00f3n en desv\u00edo y bajo la disposici\u00f3n de una trama policial constituida por huellas, actos y consecuencias, en la de Harwicz se imprime \u2014deliberadamente\u2014 en una dial\u00e9ctica inm\u00f3vil, como un relato hecho trizas, reconstruido desde las ruinas de un testimonio ausente, como el fresco hecho jirones desde el cual podr\u00eda llevarse a cabo la in\u00fatil defensa en un juicio que siempre estuvo predeterminado. No se trata de probar los hechos sobre los que se dispone la acusaci\u00f3n; se trata de revolver en los escombros de la mente que los ha concebido para comprender el estado de la imaginaci\u00f3n desde el que eventualmente pudieron haber sido realizados.<\/p>\n<p>El acusado de abuso y pedofilia no se defiende; se justifica. El irritante y laber\u00edntico mon\u00f3logo de ese hombre que habla porque est\u00e1 siendo juzgado por la buena conciencia de \u201cun pueblo que sufre porque fue enga\u00f1ado\u201d se aboca simplemente a dar explicaciones por esa \u201cavidez\u201d sexual por todas \u201clas chicas que juegan a las escondidas en los matorrales\u201d. Enfrentado a una sociedad sometida que le pide que sea \u201calguien normal\u201d, se justifica dispensando la monstruosidad que ha descubierto viva en su interior. No s\u00f3lo consigna su posici\u00f3n ideol\u00f3gica (\u201cNadie me pregunt\u00f3, pero yo soy filos\u00f3ficamente de derecha y pol\u00edticamente anarquista\u201d) sino tambi\u00e9n afirma su identidad por oposici\u00f3n a una \u201celite\u201d que se permite licencias s\u00f3lo en zonas de consumo como la literatura, donde \u2014por supuesto\u2014 la transgresi\u00f3n no tiene consecuencias y muchas veces se identifica con la marca distinguida de la excentricidad. La argumentaci\u00f3n del personaje no escatima iron\u00eda: \u201cLa elite biempensante lee a Genet porque est\u00e1 bien fallecido, recuerdan a C\u00e9line y visitan su casa de campo como mausoleo porque termin\u00f3 pobre, y a Kerouac pero a ese no lo aguantar\u00edan ni un solo segundo, Malcolm Lowry, lo echar\u00edan a patadas al tan adulado, desde la mirilla lo oler\u00edan y no le abrir\u00edan la puerta en una cena de navidad ni bajo orden policial\u201d (p. 11).<\/p>\n<p>El que habla es un anciano abusador de menores. Un jubilado viudo perdido en un teatro de vida marcado por esquirlas de un pasado hecho de traumas familiares, desencantos, infortunios e im\u00e1genes indelebles de la guerra. Como en <i>Matate, amor<\/i>, una vida rota lleva adelante un relato de destrucci\u00f3n que empieza por su propia voz. Una vez m\u00e1s Harwicz subraya el car\u00e1cter \u201cletrado\u201d de esa voz que emerge de una niebla de confusi\u00f3n y vacilaci\u00f3n senil, donde fragmentos de memoria de los diferentes tiempos se pisan con restos on\u00edricos o se pierden bajo inesperadas r\u00e1fagas de encono reaccionario, que se materializan, con violencia, en una escena de matiz guerniqueano. Toro, caballo, paloma, la defensa en confesi\u00f3n es aqu\u00ed un auto de fe: \u201cHay que reprimir, hay que guardarse, hay que ajustar el cinto de las palabras, gobernar el tim\u00f3n, seleccionar lo que se piensa y tener el coraje de descartar cada palabra que no sea justa\u201d, dice. Est\u00e1 claro: el que habla habla a la defensiva, justific\u00e1ndose. Pero no se justifica ante los \u201cbuenos vecinos\u201d indignados que, desde afuera de la casa donde est\u00e1 acuartelado, lo acusan de haberlos enga\u00f1ado. Tampoco ante los implacables agentes de gendarmer\u00eda, ni ante la amarillista \u201ccarro\u00f1a postcrimen\u201d; tampoco ante los \u201chonorables miembros del jurado\u201d, ni ante los otros reclusos que lo violar\u00e1n una y otra vez en el goce perverso de la venganza; ni siquiera ante los \u201cseguidores\u201d que eventualmente se sumar\u00e1n a su \u201ccausa\u201d. Se justifica m\u00e1s bien ante un estado de la imaginaci\u00f3n soldado sobre la hipocres\u00eda del consenso del \u201csentido com\u00fan\u201d que aniquila el deseo. La sentencia aparece ya dictada (\u201cno hace falta defenderme ni desperdiciar oratoria\u201d); no habr\u00e1 o\u00eddos abiertos a su confesi\u00f3n. Lo que el flujo de conciencia presenta es un registro: el exergo de un \u201canormal\u201d, la carne de lenguaje que no deja de enrostrarnos que <i>eso<\/i> tambi\u00e9n habita en nosotros. Como en la perspectiva de Julia Kristeva, el otro aparece en efecto constituyendo algo as\u00ed como una proyecci\u00f3n del miedo inconsciente al monstruo que podemos llegar a ser.<\/p>\n<p>Por eso la conclusi\u00f3n a la que llega esa voz ganada por la vejez, aunque es sin duda categ\u00f3rica (la fuerza del deseo vive necesariamente al margen de ese sentido com\u00fan y por eso \u201chay que animarse a pensar menos en el violador como un monstruo y m\u00e1s en el acusador como un experto ventr\u00edlocuo\u201d), s\u00f3lo es recibida como un ruido blanco en la arena del proceso judicial. Nadie est\u00e1 dispuesto a seguir ese razonamiento hasta el final porque nadie quiere correr el riesgo de coincidir con \u00e9l. Lo conveniente es \u201ccortar por lo sano\u201d, aun cuando la acusaci\u00f3n se origine en un rumor sin fundamento o en un oscuro deseo de reconocimiento o visibilizaci\u00f3n p\u00fablica desde el recurso a la autoinculpaci\u00f3n.<\/p>\n<p>La deliberada ambig\u00fcedad desde la cual est\u00e1 construida la novel\u00edstica de Harwicz deshace la demanda de cualquier pesquisa policial y ridiculiza todo se\u00f1uelo de moralizaci\u00f3n reduccionista. Lejos de la buena conciencia y de la mala fe, pero sobre todo lejos de toda simplificaci\u00f3n c\u00ednica, produce una literatura del sabotaje al placer administrado por la ideolog\u00eda, del atentado terrorista frente al consenso obediente a lo naturalizado como \u201cnormalidad\u201d. All\u00ed retoma dos puntos recurrentes que atan su obra literaria al transgresivo cine de Gaspar No\u00e9 y que ciertamente provocan en la lectura sentimientos encontrados: por un lado, una zona f\u00e9rtil para la indagaci\u00f3n de la condici\u00f3n humana (ese umbral imaginario en que el \u201chombre normal\u201d empieza a transformarse en el \u201cdegenerado\u201d y en el que el m\u00e1s repulsivo \u201cdegenerado\u201d puede tambi\u00e9n aspirar a cierta \u201chumanizaci\u00f3n\u201d); y, por el otro, la fuerza ciega, irreductible y atractiva que anida acechante en las voces sublimadas de lo inaceptable, de lo monstruoso, de lo anormal.<\/p>\n<p>Leer a Harwicz es sin duda tomar el desaf\u00edo de enfrentar la letra de la ficci\u00f3n desde su m\u00e1s cruda y fascinante condici\u00f3n: esto es, dando por descontado que, como la de la muerte y como la del deseo, la verdad de la literatura no se puede legislar.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Lo que en una primera instancia despert\u00f3, no digo esc\u00e1ndalo, pero s\u00ed cierto recelo, y hasta incluso cierta incomodidad frente a <i>Matate, amor <\/i>(Buenos Aires: Paradiso, 2012) fue el brillo cegador de la conciencia absoluta que pon\u00eda en escena. No s\u00f3lo la que se presum\u00eda impl\u00edcita en la cr\u00edtica furibunda que desde el mon\u00f3logo interior de esa mujer desquiciada interpelaba a la estructura de socializaci\u00f3n en que ella misma se sab\u00eda inmersa; sino fundamentalmente la buena conciencia que esa interpelaci\u00f3n denunciaba, por contraste, pl\u00e1cidamente hundida en un sopor de hipocres\u00eda, de correcci\u00f3n y de sublimaci\u00f3n paralizante. La primera novela de Ariana Harwicz no narra un aprendizaje: no muestra un despertar ni una \u201ctoma de conciencia\u201d, porque la consciencia de la frustraci\u00f3n ante ese modo de llevar la vida est\u00e1 dada desde el comienzo y es como una piedra pesada que el personaje arrastra indemne a lo largo de todo el relato. 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