{"id":44764,"date":"2026-03-07T15:00:11","date_gmt":"2026-03-07T21:00:11","guid":{"rendered":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/2026\/03\/y-ahora-que\/"},"modified":"2026-03-18T12:35:54","modified_gmt":"2026-03-18T18:35:54","slug":"y-ahora-que","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/2026\/03\/y-ahora-que\/","title":{"rendered":"\u00bfY ahora qu\u00e9?"},"content":{"rendered":"<p><span style=\"font-weight: 400;\">1<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Estaba haciendo la cola para pagar unos libros de poes\u00eda en la librer\u00eda de la Facultad, cuando apareci\u00f3 Mena. Vino por detr\u00e1s, me toc\u00f3 el hombro y dijo: \u00bfqu\u00e9 haces aqu\u00ed, chileno? Estudio ac\u00e1, dije, \u00bfse te olvid\u00f3?\u00a0 No contest\u00f3, pero pregunt\u00f3 de inmediato: \u00bftu escribes bien? Nos hab\u00edamos conocido en un congreso de poetas hispanoamericanos (si es que algo as\u00ed puede existir) en Madrid. Supongo, dije. Era (es) editor, ten\u00eda (tiene) diez a\u00f1os m\u00e1s que yo. Publicaba una revista de poes\u00eda que ten\u00eda un &#8220;succ\u00e8s d\u00b4estime&#8221; en los circuitos de la Barcelona culta.\u00a0 Dijo: m\u00e1ndame unos poemas, si son buenos, te los publico. Y me dio su direcci\u00f3n. Se los mand\u00e9. A los pocos d\u00edas me llam\u00f3 por tel\u00e9fono: son buenos tus poemas, chileno, escribes como poeta peruano. Me re\u00ed. Pero algo de raz\u00f3n ten\u00eda. Yo le\u00eda a Hinostroza, a Belli, a Enrique Ver\u00e1stegui, a Cisneros, a Eielson y Mart\u00edn Ad\u00e1n, sin contar a Vallejo, obviamente. Algo se le pegar\u00e1 a uno, adem\u00e1s, mi madre es lime\u00f1a, le cont\u00e9. Ahora entiendo todo, contest\u00f3 \u00e9l. En realidad eres un tr\u00e1nsfuga. Vente a cenar esta noche, agreg\u00f3. Esta noche no puedo, dije. Carajo, c\u00f3mo no puedo, voy a hacer una feijoada, tienes que probar mi feijoada, es famosa en todo Barcelona. Pude. No s\u00e9 si la feijoada era famosa, pero era muy buena. \u00c9l se llamaba Juan Arr\u00f3spegui Mena, pero todo el mundo lo conoc\u00eda como Mena. Nos hicimos amigos, cosa nada dif\u00edcil en Barcelona: me lo encontraba en las Ramblas, en el Zurich, a veces en la Plaza Real. \u00bfQu\u00e9 haces, chileno? Nada, voy a comprar cigarrillos. Vente a una fiesta donde unas amigas en el Ensanche. Siempre ten\u00eda una cena, una fiesta. O bien cocinaba \u00e9l, en su departamento de la calle Madrazo. Despu\u00e9s de cenar, casi siempre part\u00edamos a bailar salsa al Bikini, en la Diagonal. En banda organizada, porque Mena se las arreglaba con los porteros para hacernos entrar sin pagar. Eso s\u00ed, hab\u00eda que esperar afuera, en una especie de cola paralela. \u00cdbamos entrando de a uno (o una) a la vez, cada cinco o diez minutos, seg\u00fan el humor del portero y la afluencia de p\u00fablico. Nunca supe qu\u00e9 arreglo ten\u00eda Mena con los porteros, algunas veces era m\u00e1s dif\u00edcil, \u00e9l mismo, que entraba siempre primero, como corresponde, sal\u00eda a darnos explicaciones, hoy est\u00e1 complicado, hermano, el portero es un morochito de Salta, no puede soportar que un peruano le pase por delante. Esper\u00e1bamos, a veces hasta una hora, pero al final el portero de turno nos hac\u00eda una se\u00f1a discreta y entr\u00e1bamos. Una de esas noches, en la calle Madrazo, apareci\u00f3 el Zambo Tan. O sea, apareci\u00f3: yo llegu\u00e9 y \u00e9l estaba all\u00ed. Mi primera impresi\u00f3n fue: un franc\u00e9s de las islas \u2014Guadalupe o Martinica, quiz\u00e1s La Reuni\u00f3n\u2014, muy alto, muy moreno, muy bien vestido. Chaqueta de lino azul claro, camisa gris de la misma tela, pantalones blancos, zapatos grises perforados en las puntas. Un profesor de la Sorbona, pens\u00e9. De vacaciones con su mujer. Un profesor de la Sorbona porque Mena me dijo: estos son unos amigos parisinos. Pero \u00e9l era peruano. Viv\u00eda en Par\u00eds, eso s\u00ed. Desde siempre, dijo \u00e9l, cuando me lo presentaron y entablamos el tipo de conversaciones que se suelen producir en esas circunstancias. La mujer, una francesa rubia, no muy alta pero muy p\u00e1lida, bailaba salsa como una cubana profesional. Nunca supe su nombre. Le dec\u00edan Pistolita. Adem\u00e1s del Zambo Tan y su mujer, esa noche hab\u00eda una pareja de escritoras catalanas y un cr\u00edtico de arte. \u00a1Baila, Pistolita!, le dec\u00edan. Y la francesa se paraba y comenzaba a girar moviendo las caderas, al son de H\u00e9ctor Lavoe o de Henry Fiol, que eran los Homero de la salsa seg\u00fan Mena. \u00bfPor qu\u00e9 bailaba tan bien? Mena, acerc\u00e1ndome un pisco sour, preparado con pisco peruano de Par\u00eds (el Zambo Tan le hab\u00eda tra\u00eddo la botella), me explic\u00f3: es que es japonesa, es decir, ha vivido casi toda su vida en Jap\u00f3n, y como t\u00fa sabes los japoneses son los mejores bailarines de salsa del mundo, la salsa all\u00ed es casi el baile nacional. Pistolita daba vueltas, en las paredes retumbaba la percusi\u00f3n y las voces nasales de los cantantes y parec\u00eda que el \u00fanico problema en este mundo hubiese consistido en mover las caderas y girar y luego beber un pisco sour en la terraza dej\u00e1ndose envolver por la c\u00e1lida brisa de la noche de verano. La vida parec\u00eda f\u00e1cil, en suma. Y eterna. Fuimos al Bikini y, al alba, terminamos desayunando en un chiringuito de la Barceloneta que pasaba por ser uno de los mejores lugares de churros y chocolate de la ciudad. Bajo el cielo gris del amanecer, la l\u00e1mina plateada del mar. Un mar en calma como una taza de leche y a lo lejos las siluetas del Zambo Tan y la francesa caminando sobre la arena. De pronto ella le da una bofetada, corre, \u00e9l la persigue, la agarra por los hombros, pero ella se debate, se libera, vuelve a correr, \u00e9l enciende un cigarrillo, se queda mirando el horizonte, quieto como una estatua, s\u00f3lo mueve el brazo, con la mano en el extremo de ese brazo llevando el cigarrillo a la boca. Estas francesas son terribles, me dice Mena, que ha estado mirando la escena conmigo desde la terraza del puesto de churros, sobre todo cuando son medio japonesas, esa es la peor combinaci\u00f3n, no te metas nunca con una francesa del Jap\u00f3n. \u00bfY con una japonesa de Francia?, le pregunto. Esa es la otra cara de la misma moneda, pero en las ant\u00edpodas, explica Mena, lo mejor de lo mejor, una geisha que sabe de quesos y vinos y al mismo tiempo es sinto\u00edsta, imag\u00ednate, la s\u00edntesis perfecta, dice Mena y estalla en una carcajada. Esa fue la \u00faltima vez que vi al Zambo Tan. Bueno, la \u00faltima vez en Barcelona.\u00a0<\/span><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">2<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Una noche, muchos a\u00f1os despu\u00e9s, no frente al pelot\u00f3n de fusilamiento sino Chez Gina, un restaurant peruano de Par\u00eds, me lo encontr\u00e9. Nos reconocimos y estuvimos conversando un rato. Vest\u00eda con la misma elegancia de caballero lime\u00f1o \u2014traje gris, camisa rayada, zapatos negros, abrigo de cachemira, cruzado, con doble hilera de botones\u2014, y se mostr\u00f3 extremadamente cordial y afable, a pesar de que hac\u00eda a\u00f1os que nos hab\u00edamos conocido aquella noche en Barcelona. Compartimos un vaso de vino y antes de marcharse, me dio su tarjeta. Yo era portero de noche en un hotel de Montparnasse, no ten\u00eda tarjeta, as\u00ed que le dije: yo te llamo. Por supuesto, constest\u00f3 \u00e9l, no dejes de hacerlo. Al salir a la rue Rambuteau, record\u00e9 que Mena me hab\u00eda contado que el Zambo Tan era pintor: este Zambo es uno de los buenos pintores peruanos de Par\u00eds&#8230; No s\u00e9 por qu\u00e9 vino a mi mente una fotograf\u00eda de Matta. O sea no s\u00e9 por qu\u00e9, claro que s\u00e9: por el traje. En la fotograf\u00eda aparec\u00eda Matta m\u00e1s o menos joven, unos cuarenta, cuarenta y cinco, la edad que el Zambo Tan tendr\u00eda en ese momento, con chaqueta de tweed, corbata, pantalones de vestir y un impermeable en la mano. Matta sonr\u00ede en esa foto con la misma afabilidad con la que sonre\u00eda el Zambo Tan, una sonrisa un poco melanc\u00f3lica un poco p\u00edcara, una sonrisa, digamos, latinoamericana. Pero no pens\u00e9 en eso: me imagin\u00e9 al Zambo Tan en su taller, un espacio grande, lleno de vidrieras por donde la luz se colaba a raudales, no s\u00f3lo por los modales y la elegancia del Zambo, sino porque adem\u00e1s la tarjeta indicaba una direcci\u00f3n en la rue du Faubourg Saint-Honor\u00e9 que es quiz\u00e1s la calle m\u00e1s reputada y cara de Par\u00eds. Pasaron unos tres meses, quiz\u00e1s m\u00e1s. Una noche volv\u00edamos de cenar en un marroqu\u00ed de la rue du Louvre con mi amigo Fernando Undurraga. Fernando era hijo de un exembajador de Chile que hab\u00eda pasado a engrosar la numerosa hueste del exilio y parec\u00eda \u00e9l mismo un embajador, pero \u2014o quiz\u00e1s por eso mismo\u2014\u00a0para ganarse la vida se dedicaba a conducir turistas adinerados por Par\u00eds en unos cochazos de lujo. Esa noche hab\u00eda conservado el autom\u00f3vil, pues al d\u00eda siguiente, muy temprano, ten\u00eda que ir a dejar a una pareja de hind\u00faes al aeropuerto. Al salir del restaurant, Fernando me propuso: te llevo, tengo el auto aqu\u00ed cerca, en un parking. Un ascensor nos dej\u00f3 en el piso menos tres y subimos a un Mercedes Benz tan grande y elegante como el despacho de un ministro. El auto enfil\u00f3 por la rampa, llegamos frente a una especie de caseta con una barrera, donde hab\u00eda que pagar. Fernando alarg\u00f3 el ticket y un billete al tipo que cobraba. Entonces me di cuenta de que era \u00e9l. All\u00ed, dentro de la caseta, estaba el Zambo Tan. Me baj\u00e9. Nos dimos un c\u00e1lido apret\u00f3n de manos, qu\u00e9 tal, c\u00f3mo va la vida, me cont\u00f3 que trabajaba all\u00ed, claro, desde hac\u00eda a\u00f1os. Fernando esperaba con el Mercedes en marcha y detr\u00e1s llegaban otros autos, as\u00ed que quedamos de vernos pronto. No lo llam\u00e9, pero un par de semanas m\u00e1s tarde yo caminaba desde Montparnasse hacia el barrio de Pigalle, donde ten\u00eda mi \u201cchambre de bonne\u201d y me encontr\u00e9 atravesando la rue du Faubourg Saint Honor\u00e9 justo frente al parking. Baj\u00e9. Dentro de la caseta, como si no se hubiese movido de all\u00ed desde la \u00faltima vez que nos hab\u00edamos visto, estaba el Zambo. Me dijo que esa semana ten\u00eda turno de d\u00eda: de siete de la ma\u00f1ana a siete de la tarde. Estuvimos conversando un rato y quedamos de vernos a la semana siguiente, porque ten\u00eda turno de noche y sal\u00eda a las siete de la ma\u00f1ana, igual que yo, podr\u00edamos entonces encontrarnos en el caf\u00e9 que hab\u00eda en la esquina. Nos encontramos un d\u00eda lunes por la ma\u00f1ana en el caf\u00e9 de la esquina de la rue du Louvre con la del Faubourg Saint Honor\u00e9. Me acuerdo que era lunes porque para ir a tomar el turno al hotel yo caminaba por las calles envueltas en la paz burguesa de los domingos (ese era el \u00fanico momento en el que echaba de menos algo parecido a una familia, o a una casa, empanadas, carne mechada con arroz, siesta junto al partido de f\u00fatbol en la radio, cosas de la infancia perdida) y sal\u00eda al d\u00eda siguiente al ritmo trepidante y trist\u00f3n del d\u00eda lunes. El caf\u00e9 se deb\u00eda llamar Caf\u00e9 du Louvre, o Caf\u00e9 Saint-Honor\u00e9, era en todo caso un cafet\u00edn infecto, una especie de pasillo embutido entre dos tiendas de lujo. El Zambo me cont\u00f3 que viv\u00eda all\u00ed mismo, en los altos del parking, porque sus jefes eran due\u00f1os no s\u00f3lo del estacionamiento sino del edificio entero y le daban una de las buhardillas del \u00faltimo piso a manera de sueldo. Le pregunt\u00e9 si eso era todo, o sea, si trabajaba s\u00f3lo a cambio del alojamiento. Me dijo que s\u00ed. Aunque ahora me quieren echar, es decir, me est\u00e1n proponiendo que abandone la \u201cchambre\u201d y acepte un sueldo, porque te imaginar\u00e1s que, al precio que est\u00e1n los alquileres en Par\u00eds, les saldr\u00eda mucho m\u00e1s conveniente arrendar esa pieza y pagarme a m\u00ed como a los dem\u00e1s empleados del parking. Me parece obvio, pero, \u00bfde qu\u00e9 vives? Porque, como todo el mundo, adem\u00e1s de un techo, necesitaba dinero para comer, para desplazarse, para vestirse (y se vest\u00eda caro). Me las arreglo por ah\u00ed, contest\u00f3, sin entrar en detalles. La verdad es que nunca supe mucho c\u00f3mo se las pod\u00eda arreglar porque ten\u00eda cuatro turnos semanales en el parking, una semana de noche y la otra de d\u00eda, y eso no te deja casi ning\u00fan tiempo libre para trabajar en otra cosa. Yo lo sab\u00eda bien: estaba tres noches por semana en el hotel y apenas lograba sobrevivir, pero era incapaz ni siquiera de pensar en tener otro trabajo. La verdad, todas esas casetas de parking, esas recepciones de hotel, esos puestos de portero uniformado en las entradas de los restaurantes de lujo son la puerta abierta a un submundo del que casi nunca se sale. Hay un subsuelo m\u00e1s bajo que el metro y las alcantarillas parisinas: son los subterr\u00e1neos donde se queman a fuego lento los sudacas y otros inmigrantes poco prestigiosos. T\u00fa sabes cuando entras all\u00ed, nunca cu\u00e1ndo saldr\u00e1s. Ni c\u00f3mo. Con el Zambo Tan nos encontr\u00e1bamos de tanto en tanto, casi siempre por las ma\u00f1anas, en el caf\u00e9 de la rue du Faubourg Saint Honor\u00e9. Por lo general cuando yo sal\u00eda del hotel y sub\u00eda caminando hacia Montmartre. El Zambo ten\u00eda cincuenta y cinco a\u00f1os, mucho m\u00e1s de lo que representaba, y llevaba treinta en Par\u00eds. \u00bfLlegaste a los veinticinco? A los veinticinco, hermano, es bastante tiempo, \u00bfno? Claro que lo era. Sobre todo: trabajaba en el estacionamiento desde hac\u00eda veinte a\u00f1os. Por eso no lo pod\u00edan echar de la \u201cchambre de bonne\u201d. El contrato lo estipula clarito, me dec\u00eda, no me lo pueden cambiar as\u00ed como as\u00ed. M\u00e1s de alguna vez, deambulando por el barrio, pas\u00e9 a verlo al parking y conversamos un rato dentro de la caseta. En una de esas ocasiones me cont\u00f3 que estaba preparando una exposici\u00f3n en Lima, donde \u00e9l casi no hab\u00eda vivido. Es que yo soy de Ca\u00f1ete, me explic\u00f3, y adem\u00e1s, imag\u00ednate, mi padre era chino y mi madre negra. Y cuando eres de Ca\u00f1ete, hijo de chino y negra y pretendes ser artista, es muy dif\u00edcil hacerte un lugarcito al sol en Lima. Zambo en Lima, dec\u00eda el Zambo, con suerte chofer de taxi.\u00a0 Nos re\u00edamos. El caso es que le hab\u00eda parecido m\u00e1s f\u00e1cil tratar de hacerse directamente un lugarcito bajo la llovizna parisina que en la capital del Virreinato. Y all\u00ed estaba. O est\u00e1bamos. En pleno centro de Par\u00eds. Una ma\u00f1ana, en el caf\u00e9 de la rue du Louvre, el Zambo quiso mostrarme sus pinturas. Subimos a su buhardilla. Yo, como he dicho, hab\u00eda imaginado un espacio en un \u00faltimo piso, del tama\u00f1o de la superficie del edificio, unos cien o ciento cincuenta metros cuadrados, separado del cielo por una vasta vidriera con cortinas blancas como un velamen, una especie de nav\u00edo bajo el cielo parisino&#8230; Tonter\u00edas que se imagina uno, eso es el Grand Palais, y el cuarto del Zambo era una \u201cchambre de bonne\u201d t\u00edpica: una cama, un anafe, un lavamanos, una ventana. El mismo espacio en el que viv\u00eda yo, cerca de Pigalle: entre ocho y doce metros cuadrados. Pero hab\u00eda un detalle en la casa del Zambo: la ropa. Era mucha. Y colgaba del techo, en tres barras de aluminio que cruzaban la habitaci\u00f3n de un extremo al otro. M\u00e1s que la casa o el cuarto de alguien, parec\u00eda un probador. Abrigos, camisas, ternos, todo colgaba del techo como si el cuarto hubiese sido el desv\u00e1n de alguna de las lujosas tiendas del Faubourg Saint-Honor\u00e9. No tengo donde guardarla, me explic\u00f3, mientras me abr\u00eda paso entre las hileras de pantalones y abrigos. Frente a la cama, una mesa estrecha, pero larga, bueno larga: cruzaba de pared a pared. Debajo, varias cajoneras. En los cajones, dentro de cajas rectangulares como de camisas finas, estaban las pinturas. Eran s\u00f3lo miniaturas, peque\u00f1os paisajes marinos y des\u00e9rticos, en papeles de dos por dos o tres por tres cent\u00edmetros. Las diminutas composiciones se presentaban como variaciones infinitas del mismo paisaje lunar: dunas, cielos, oc\u00e9anos. S\u00f3lo aqu\u00ed debe haber unas tres o cuatro mil, me explic\u00f3. Pero all\u00ed tengo m\u00e1s, dijo. Abri\u00f3 una peque\u00f1a puerta escondida tras una hilera de chaquetas. Era una especie de closet. Adentro hab\u00eda m\u00e1s cajas con pinturas. No s\u00e9 cu\u00e1ntas ser\u00e1n en total, dijo. Pero, sin duda alguna, si hubiesen sido azulejos se habr\u00eda podido recubrir la fachada de un edificio con ellas. No s\u00e9 si me impresion\u00f3 m\u00e1s la obsesi\u00f3n o la soledad de la que hablaba esa obsesi\u00f3n. No s\u00e9 si las pinturas eran buenas. No entiendo nada de arte. Lo \u00fanico cierto es que el Zambo Tan hab\u00eda dedicado la vida a esos paisajes que cab\u00edan en el hueco de la mano con una obstinaci\u00f3n de demente, o de condenado. No pude decir nada. \u00c9l tampoco me pidi\u00f3 mi opini\u00f3n. Me cont\u00f3 que hab\u00eda expuesto algunas en una galer\u00eda de Lyon y que a trav\u00e9s de ese galerista lo hab\u00edan contactado unos muchachos que acababan de abrir una galer\u00eda en Lima. A lo mejor resulta algo, coment\u00f3. Seguro, dije yo, ya ver\u00e1s como comienzan a pasar cosas. Conversamos todav\u00eda un rato y luego fuimos a almorzar a un chino que ten\u00eda un men\u00fa muy barato, cerca de Ch\u00e2telet. En el cuarto, a causa de la ropa, no se pod\u00eda cocinar nada. Aqu\u00ed s\u00f3lo me hago t\u00e9, me explic\u00f3 el Zambo, a veces, de noche, cuando hace mucho fr\u00edo y no quiero salir, una sopa de sobre.\u00a0<\/span><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">3<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Estuve seis meses en Chile y cuando volv\u00ed a Par\u00eds, alguien me consigui\u00f3 un trabajo mejor que el de portero de noche. Consist\u00eda en hacer traducciones para un editor de cat\u00e1logos comerciales. Me instal\u00e9 a trabajar en mi \u201cchambre de bonne\u201d de la rue M\u00fcller. Al a\u00f1o siguiente, ya era el traductor oficial del Sal\u00f3n del Mueble, del Sal\u00f3n de la L\u00e1mpara y la Iluminaci\u00f3n, del Sal\u00f3n de la Peluquer\u00eda y los Cuidados Caninos: me pude mudar a un \u201cdeux-pi\u00e8ces\u201d, en la rue Andr\u00e9 del Sarte. Del Zambo Tan no supe nunca m\u00e1s nada, hasta que un d\u00eda son\u00f3 mi tel\u00e9fono y del otro lado de la l\u00ednea una voz de mujer pregunt\u00f3 por m\u00ed.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014Soy Sandrine \u2014dijo\u2014, nos conocimos en Barcelona, aunque t\u00fa no te debes acordar \u2014pareci\u00f3 vacilar unos segundos y agreg\u00f3 \u2014yo estaba con&#8230;quiero decir, era la pareja de Manuel Tan.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014\u00a1El Zambo, pero claro, y t\u00fa eres Pistolita!<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Escuch\u00e9 como una risa t\u00edmida.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014As\u00ed me dec\u00edan \u2014dijo.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Pens\u00e9: por qu\u00e9 me est\u00e1 llamando.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014\u00bfTe molesto?<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014No.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014Encontr\u00e9 tu tel\u00e9fono en la agenda de Manuel.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Pens\u00e9: est\u00e1 muerto. Dije:\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014\u00bfC\u00f3mo est\u00e1 el Zambo?<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014Por eso te llamo, est\u00e1 mal \u2014contest\u00f3 ella\u2014, tiene un c\u00e1ncer terminal y la verdad&#8230;<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014\u00bfD\u00f3nde est\u00e1? \u2014la interrump\u00ed.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Le cost\u00f3 contestarme porque se puso a llorar. La escuch\u00e9 sollozar un instante, mirando la lluvia repiquetear sobre mi ventana.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014En la Piti\u00e9 Salp\u00eatri\u00e8re \u2014murmur\u00f3, al fin\u2014, servicio de oncolog\u00eda, pero no creo que te dejen verlo.\u00a0<\/span><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">4<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">No hay nada m\u00e1s triste que un hospital bajo la lluvia. Un hospital como una verdadera ciudad, con anchas alamedas entre los pabellones del siglo XIX. Entr\u00e9 al servicio de oncolog\u00eda. Pregunt\u00e9 por monsieur Tan. Me dijeron que no se lo pod\u00eda ver. Insist\u00ed: soy un amigo de infancia. Y de alguna manera lo era. Una enfermera con pinta de venir de alguna isla africana, o antillesa, que podr\u00eda haber sido la hermana del Zambo, me dijo que lo m\u00e1ximo que pod\u00eda autorizar era que se lo viera, pero de lejos, desde el pasillo. Acced\u00ed. Me tuve que poner una bata, un gorro y unas protecciones para los zapatos, como de papel, o de una tela muy delgada, azul. La enfermera me indic\u00f3 un ascensor y un n\u00famero de habitaci\u00f3n. Sub\u00ed. Otra enfermera me condujo por un largo pasillo y se detuvo frente a una especie de ventana. Al interior, una habitaci\u00f3n, una cama de hospital con el dorso levantado casi en noventa grados, una serie de monitores alrededor que emit\u00edan se\u00f1ales verdes y rojas, varias bolsas con sueros diferentes colgando de una varilla de aluminio y, al centro de ese dispositivo, el Zambo. O lo que quedaba de \u00e9l. La piel, ahora gris, pegada al rostro, el antebrazo en el que se clavaban las agujas, la mano: huesos nom\u00e1s, como una momia de esas que viven dos mil o tres mil a\u00f1os en el desierto de nuestros pa\u00edses. La enfermera hab\u00eda desaparecido. Abr\u00ed la puerta y entr\u00e9. Parec\u00eda la sala de mando de una nave espacial. Pilotada por un muerto. Le agarr\u00e9 la mano. Estaba fr\u00eda. Quisiera creer que, tras los p\u00e1rpados cerrados, los ojos se movieron, que los labios resecos, hundidos, quisieron esbozar una sonrisa. Pero probablemente s\u00f3lo era mi imaginaci\u00f3n. Est\u00e1 absolutamente prohibido entrar a las habitaciones, se\u00f1or, susurr\u00f3 casi en mi o\u00eddo otra enfermera. Se va a tener que marchar. Perdone, dije. Sal\u00ed. Cuando estuve afuera, encend\u00ed un cigarrillo y camin\u00e9 bajo la lluvia por la larga avenida bordeada de \u00e1rboles a\u00f1osos, pl\u00e1tanos orientales, casta\u00f1os, y macizos de flores. Cruc\u00e9 el boulevard de l\u00b4H\u00f4pital y me met\u00ed al primer caf\u00e9 que encontr\u00e9. Ped\u00ed un cognac y despu\u00e9s otro. Fum\u00e9 un par de cigarrillos m\u00e1s y luego regres\u00e9 al bullicio de mediod\u00eda, el tr\u00e1fico y la lluvia parisinos.\u00a0<\/span><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">5<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Sandrine me volvi\u00f3 a llamar a los dos o tres d\u00edas: el Zambo hab\u00eda fallecido y lo velaban en el crematorio de P\u00e8re Lachaise. A pesar de que era invierno, hac\u00eda un d\u00eda radiante en Par\u00eds, un cielo azul como s\u00f3lo se ve en las pel\u00edculas y un par de veces por a\u00f1o o tres en la realidad del com\u00fan de los mortales. Fui. El crematorio del P\u00e8re Lachaise es un edificio relativamente moderno, a un costado del cementerio. Me cost\u00f3 encontrarlo, pero el recorrido val\u00eda la pena, todas esas tumbas bajo el sol, un verdadero paseo. En la capilla funeraria estaba el ata\u00fad. Sellado. Sandrine, con un abrigo corto, de piel y unos anteojos negros, un se\u00f1or de terno, tambi\u00e9n negro, que me present\u00f3 como su marido. Mucho gusto. Detr\u00e1s, lejos del ata\u00fad y de nosotros, a un costado de la salida, otra se\u00f1ora, muy vieja, enfundada en una especie de capote militar, largo, verde oscuro. Es madame Barth\u00e9lemy, me explic\u00f3 Sandrine, la due\u00f1a del parking donde trabajaba Manuel. Estuvimos ah\u00ed, en esa inmensa sala vac\u00eda, en completo silencio, hasta que vinieron unos empleados, desplazaron el ata\u00fad que reposaba sobre una especie de camilla rodante, abrieron una compuerta en el muro, metieron el ata\u00fad adentro, cerraron la compuerta y uno de ellos dijo en voz alta, golpeando las palmas de las manos: <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">messieurs dames, c\u00b4est fini<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">. Y agreg\u00f3 que en dos horas los familiares podr\u00edan volver a recuperar las cenizas.\u00a0<\/span><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">6<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014Lo cremaron \u2014dice Mena, ahora.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Estamos en el Cusco, en la casa de Mena, en la calle Palacio, justo detr\u00e1s de la catedral. En el patio interior de esa casa, que en realidad es un edificio del siglo XVII, junto a la noria, sentados en un banco, bajo la noche y las estrellas andinas. Le estoy contando, porque \u00e9l no sab\u00eda, o sea, sab\u00eda que hab\u00eda muerto s\u00ed, pero no los detalles.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014Si\u00e9ntate aqu\u00ed, chileno y cu\u00e9ntame \u2014me ha dicho hace un momento.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Y acaba de poner una botella de pisco en el borde de la noria, con dos vasitos. Tomo la botella, leo la etiqueta: Don Benedicto, Quebranta.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014Bueno para los quebrantos -digo\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Mena se r\u00ede.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014Este es verdadero pisco, huev\u00f3n, no la mariconada esa que hacen en tu pa\u00eds. Cuenta.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">As\u00ed que all\u00ed estamos, \u00bfcu\u00e1ntos a\u00f1os despu\u00e9s de esa noche en Barcelona? \u00bfDiez, quince?\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014M\u00e1s bien veinte, Mena \u2014le digo yo.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014Veinte a\u00f1os no es nada, chileno.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Fuimos a un bar, del otro lado del cementerio, en la avenue Gambetta. S\u00f3lo ella y yo, porque el marido ten\u00eda que volver al trabajo. Nos tomamos un caf\u00e9, fumamos, paseamos por el cementerio, al azar de las tumbas c\u00e9lebres, Balzac, Jim Morrison, Trujillo&#8230; La esper\u00e9 en otro caf\u00e9, mientras ella iba a buscar las cenizas. Volvi\u00f3 con una caja de pl\u00e1stico. Adentro, en una bolsa de terciopelo: el Zambo.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014\u00bfQu\u00e9 hicieron con las cenizas? \u2014me pregunta Mena ahora, en su patio cusque\u00f1o.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014Sandrine me las dio. Me explic\u00f3 que ella estaba casada, ten\u00eda dos ni\u00f1os, y que su marido aceptaba de buen grado que ella se quedara con las pinturas, bueno, con las miniaturas, que como t\u00fa sabes eran varios miles, pero no le gustaba la idea de que conservara las cenizas y ella tampoco quer\u00eda conservarlas, era algo m\u00e1s fuerte que ella, sencillamente no pod\u00eda. As\u00ed que me las dio.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Mena, que est\u00e1 sirviendo los vasos, se queda con la botella suspendida en el aire y me mira abriendo mucho los ojos:\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014\u00bfMe est\u00e1s diciendo que t\u00fa tienes las cenizas del Zambo?\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Le quito la botella de la mano, termino de servir, bebo mi vaso al seco.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014S\u00ed&#8230; o sea, no las tengo yo, las tiene mi amigo Fernando Undurraga en la bodega de su departamento de Par\u00eds.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Mena insiste, con la misma expresi\u00f3n de incredulidad.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014\u00bfTu amigo Fernando Undurraga tiene las cenizas del Zambo Tan en su bodega?\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014As\u00ed es, dentro de una maleta muy grande que le dej\u00e9 cuando me vine a Chile, hace ocho a\u00f1os, con algunos libros, dos pares de zapatos, mi colecci\u00f3n de revistas Ritmo y las cenizas del Zambo.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Mena bebe su vaso al seco, llena los vasos de nuevo y murmura:\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014Concha su madre, no puede ser.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Yo bebo el m\u00edo y digo:\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014Pero es.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014Hay que organizarle una ceremonia, tirar las cenizas al Sena, tenemos que ir a Par\u00eds, carajo.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014Pens\u00e9 en llev\u00e1rtelas a Barcelona \u2014digo yo\u2014, pero entonces me enter\u00e9 de que te hab\u00edas venido al Cusco.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014Concha su madre \u2014murmura nuevamente Mena\u2014, la vida es rara, huev\u00f3n.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Y se sonr\u00ede, con una sonrisa un tanto melanc\u00f3lica.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014Hay otra cosa \u2014le digo.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014\u00bfOtra cosa?\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Saco mi billetera, tras el carnet de identidad y el de conducir, extraigo las cuatro pinturas, envueltas en una bolsita de pl\u00e1stico.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014Tambi\u00e9n me las dio Sandrine esa ma\u00f1ana \u2014le explico\u2014. Las tengo conmigo en mi billetera desde ese entonces.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Sobre el borde de la noria deposito las cuatro miniaturas. Las alumbro con un encendedor. Son peque\u00f1as estampillas de un cent\u00edmetro cuadrado: un \u00e1rbol, una playa con lo que parece una ola, una casa en un p\u00e1ramo, una luna con estrellas plateadas sobre un cerro.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014Son tuyas.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014No, son tuyas \u2014dice Mena.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014Elige dos \u2014le digo.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Mena elige la casa en el p\u00e1ramo y la luna con las estrellas sobre el cerro.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014Vamos a acostarnos \u2014dice\u2014, es tarde.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Miro al cielo. Como en la miniatura, las estrellas plateadas ruedan sobre nuestras cabezas.\u00a0<\/span><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><span style=\"color: #000080; font-size: 10pt;\"><a style=\"color: #000080;\" href=\"https:\/\/bookshop.org\/lists\/issue-37\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\"><b>\u00a1Compra libros de los autores y traductores incluidos en este n\u00famero en nuestra p\u00e1gina de Bookshop!<\/b><\/a><\/span><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<h6><span style=\"font-weight: 400;\">Foto: Mauricio Electorat, escritor chileno. Cr\u00e9dito: Universidad Diego Portales.<\/span><\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>1 Estaba haciendo la cola para pagar unos libros de poes\u00eda en la librer\u00eda de la Facultad, cuando apareci\u00f3 Mena. Vino por detr\u00e1s, me toc\u00f3 el hombro y dijo: \u00bfqu\u00e9 haces aqu\u00ed, chileno? Estudio ac\u00e1, dije, \u00bfse te olvid\u00f3?\u00a0 No contest\u00f3, pero pregunt\u00f3 de inmediato: \u00bftu escribes bien? 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