{"id":4098,"date":"2020-11-11T03:19:13","date_gmt":"2020-11-11T09:19:13","guid":{"rendered":"http:\/\/latinamericanliteraturetoday.wp\/2020\/11\/duck-hunter-cacador-de-patos-juan-pablo-roncone\/"},"modified":"2023-06-02T13:32:48","modified_gmt":"2023-06-02T19:32:48","slug":"duck-hunter-cacador-de-patos-juan-pablo-roncone","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/2020\/11\/duck-hunter-cacador-de-patos-juan-pablo-roncone\/","title":{"rendered":"&#8220;Cazador de patos \/ Ca\u00e7ador de patos&#8221; de Juan Pablo Roncone"},"content":{"rendered":"<div><\/div>\n<div class=\"caption\"><\/div>\n<p>Nota del editor: Este texto fue traducido del espa\u00f1ol al ingl\u00e9s y al portugu\u00e9s por estudiantes y profesores de la Pontificia Universidad Cat\u00f3lica de Chile. V\u00e9ase m\u00e1s abajo para leer en portugu\u00e9s.<\/p>\n<hr \/>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<ol>\n<li>La carretera es una l\u00ednea recta. Crist\u00f3bal conduce en silencio. Es enero y viajamos al sur. La abuela de Crist\u00f3bal tiene una casita en San Ram\u00f3n. El sol a\u00fan no se esconde. Me duele la espalda. Crist\u00f3bal es delgado y de facciones angulosas. Lleva una polera celeste y jeans.<\/li>\n<li>El padre de Crist\u00f3bal muri\u00f3 hace dos semanas. Se peg\u00f3 un tiro en la cabeza.<\/li>\n<li>Crist\u00f3bal conoci\u00f3 a su padre a los dieciocho a\u00f1os. Ahora tiene diecinueve. Nunca vivieron juntos.<\/li>\n<li>Crist\u00f3bal estudia literatura y yo derecho. Compartimos el gusto por las novelas de C\u00e9line y los cuentos de Joyce, la \u00f3pera italiana del siglo diecinueve, las mujeres dif\u00edciles y el f\u00fatbol. Pero diferimos al menos en tres puntos: Crist\u00f3bal no cree en Dios, es extremadamente disciplinado y piensa que Godard es mejor que Truffaut.<\/li>\n<li>El cielo es naranja. \u00bfTienes hambre?, pregunta Crist\u00f3bal. Un cami\u00f3n viej\u00edsimo nos adelanta Paremos en la bencinera, digo. Abro una cerveza. Est\u00e1 caliente. El l\u00edquido desciende lentamente por mi garganta. Crist\u00f3bal estaciona el auto detr\u00e1s de un cami\u00f3n. Nos bajamos. Hace calor. Caminamos hasta un restaurante, a unos cincuenta metros de la bomba de bencina. Entramos y nos instalamos cerca del bar.<\/li>\n<li>No me gusta dejar Santiago durante las vacaciones. Prefiero dedicarme a escribir y escuchar m\u00fasica. Pero esta vez la situaci\u00f3n era distinta: el padre de Crist\u00f3bal muri\u00f3, y aunque apenas se conoc\u00edan, pens\u00e9 que ser\u00eda bueno acompa\u00f1ar a mi amigo a San Ram\u00f3n.<\/li>\n<li>No hay muchas personas en el restaurante. Nuestra mesa da a un enorme ventanal. Puedo ver el Toyota blanco de Crist\u00f3bal. En el televisor, cerca del bar, dan una pel\u00edcula de karatekas. Una mujer gorda mira embobada la pantalla. Tiene cara de rana y ojos caf\u00e9.<\/li>\n<li>Mi padre cazaba patos, dice Crist\u00f3bal. Los karatekas de la pel\u00edcula se muelen a golpes. Hay un ambiente de penumbra en el restaurante.<\/li>\n<li>Un mozo nos trae la carta. Una botella de pisco, hielo, una coca-cola grande y papas fritas, dice Crist\u00f3bal. Enciendo un cigarrillo.<\/li>\n<li>Recuerdo algo que no tiene mucho sentido. La ni\u00f1a que me gusta dej\u00f3 de acerc\u00e1rseme, seg\u00fan ella, porque solo hablo de \u00f3pera. Me has contado un mill\u00f3n de veces el final de <i>Peter Grimes<\/i>, sol\u00eda decir. Es probable que mis padres y mi hermana piensen lo mismo.<\/li>\n<li>Crist\u00f3bal le echa ketchup a sus papas fritas. Bebemos en silencio.<\/li>\n<li>El humo del cigarrillo se mueve entre nosotros. Mi padre se vol\u00f3 los sesos con la escopeta de caza, dice Crist\u00f3bal, y muerde una papa frita. La mujer gorda con cara de rana voltea la cabeza y nos mira detenidamente. Luego regresa a la pel\u00edcula de karatekas.<\/li>\n<li>Desde que salimos de Santiago, hoy en la ma\u00f1ana, hemos tomado cuatro litros de cerveza. Pero a Crist\u00f3bal siempre le ha gustado m\u00e1s el pisco.<\/li>\n<li>Hace muchos a\u00f1os, en el colegio, tuve un compa\u00f1ero de curso que aseguraba tener largas conversaciones con el esp\u00edritu de Jimi Hendrix. Una noche, muy tarde, me llam\u00f3 por tel\u00e9fono y me dijo que Hendrix estaba en su casa tomando pisco. Y yo le cre\u00ed.<\/li>\n<li>No sabemos por qu\u00e9 se mat\u00f3, tartamudea Crist\u00f3bal, no hab\u00eda ning\u00fan motivo. Afuera, la noche ya inund\u00f3 la carretera y los cerros. No s\u00e9 si lo alcanc\u00e9 a querer, concluye.<\/li>\n<li>Imagino a Crist\u00f3bal en un bosque espeso. Tiene un gorro de caza y al hombro lleva la escopeta de su padre.<\/li>\n<li>Tengo la escopeta en el auto, dice Crist\u00f3bal. Me sirvo otra piscola. \u00bfHablas en serio? S\u00ed, responde, la traigo porque en San Ram\u00f3n hay patos. Aplasto mi cigarrillo en el cenicero. \u00bfQuieres verla?, me pregunta.<\/li>\n<li>Acabamos r\u00e1pidamente tres cuartas partes de la botella. Cuando me levanto, me doy cuenta de que el alcohol hizo efecto. Casi al mismo tiempo, Crist\u00f3bal sonr\u00ede y me dice que est\u00e1 borracho, \u201cAy\u00fadame a ponerme en pie\u201d. Lo tomo de un brazo y lo atraigo hacia m\u00ed. Primero un pie y despu\u00e9s el otro, digo. La mujer con cara de rana bosteza.<\/li>\n<li>Salimos del restaurante abrazados con un solo brazo, para no tropezar. Un perro ladra. Llegamos con dificultad al Toyota. Las luces de la bencinera nos iluminan. El restaurante se ve mucho m\u00e1s chico desde afuera. Crist\u00f3bal introduce la llave con dificultad, la gira y abre la maletera.<\/li>\n<li>Ah\u00ed est\u00e1, dice, y se\u00f1ala la escopeta. El arma descansa sobre un pa\u00f1o amarillo. Es bonita, digo por decir algo, yo no s\u00e9 nada sobre escopetas. El perro contin\u00faa ladrando. La mujer con cara de rana nos observa por el ventanal. Distingo apenas su figura. El mozo est\u00e1 junto a ella. Tomo la escopeta. Es pesada y fr\u00eda. Crist\u00f3bal tapa el ca\u00f1\u00f3n con un dedo.<\/li>\n<li>Una nube avanza sobre nosotros. Es una nubecita gris y espumosa.<\/li>\n<li>Crist\u00f3bal guarda la escopeta y cierra la maletera.<\/li>\n<li>Miro hacia el restaurante. La mujer con cara de rana y el mozo ya no est\u00e1n. El perro deja de ladrar. Subimos al auto.<\/li>\n<\/ol>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<hr \/>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<ol>\n<li>A estrada \u00e9 uma linha reta. Crist\u00f3bal dirige em sil\u00eancio. \u00c9 janeiro e viajamos para o sul. A av\u00f3 de Crist\u00f3bal tem uma casinha em San Ram\u00f3n. O sol ainda n\u00e3o se esconde. Me d\u00f3i as costas. Crist\u00f3bal \u00e9 magro e de fei\u00e7\u00f5es angulares. Usa uma camiseta azul-clara e jeans.<\/li>\n<li>O pai de Crist\u00f3bal morreu h\u00e1 duas semanas. Deu um tiro na cabe\u00e7a.<\/li>\n<li>Crist\u00f3bal conheceu o seu pai aos dezoito anos. Agora tem dezenove. Nunca viveram juntos.<\/li>\n<li>Crist\u00f3bal estuda literatura e eu direito. Compartilhamos o gosto pelos romances de C\u00e9line e os contos de Joyce, pela \u00f3pera italiana do s\u00e9culo dezenove, pelas mulheres dif\u00edceis e pelo futebol. Mas divergimos pelo menos em tr\u00eas pontos: Crist\u00f3bal n\u00e3o acredita em Deus, ele \u00e9 extremamente disciplinado e pensa que Godard \u00e9 melhor que Truffaut.<\/li>\n<li>O c\u00e9u \u00e9 laranja. Est\u00e1 com fome?, pergunta Crist\u00f3bal. Um caminh\u00e3o velh\u00edssimo nos ultrapassa. Paremos no posto de gasolina, digo. Abro uma cerveja. Est\u00e1 quente. O l\u00edquido desce lentamente por minha garganta. Crist\u00f3bal estaciona o carro atr\u00e1s de um caminh\u00e3o. Descemos. Faz calor. Caminhamos at\u00e9 um restaurante, a uns cinquenta metros da bomba de gasolina. Entramos e nos instalamos pr\u00f3ximos ao bar.<\/li>\n<li>N\u00e3o gosto de sair de Santiago durante as f\u00e9rias. Prefiro me dedicar a escrever e escutar m\u00fasica. Mas esta vez a situa\u00e7\u00e3o era diferente: o pai do Crist\u00f3bal tinha morrido, e ainda que mal se conhecessem, pensei que seria bom acompanhar o meu amigo at\u00e9 San Ram\u00f3n.<\/li>\n<li>N\u00e3o h\u00e1 muitas pessoas no restaurante. Nossa mesa d\u00e1 pra uma janela enorme. Posso ver o Toyota branco do Crist\u00f3bal. Na televis\u00e3o, pr\u00f3xima al bar, passa um filme de caratecas. Uma mulher gorda olha abobalhada para a tela. Tem cara de r\u00e3 e olhos castanhos.<\/li>\n<li>Meu pai ca\u00e7ava patos, diz Crist\u00f3bal. Os caratecas do filme se espancam com socos. H\u00e1 um ambiente de penumbra no restaurante.<\/li>\n<li>Um gar\u00e7om nos traz o card\u00e1pio. Uma garrafa de pisco, gelo, uma coca-cola grande e batatas fritas, diz Crist\u00f3bal. Acendo um cigarro.<\/li>\n<li>Lembro de uma coisa que n\u00e3o tem muito sentido.\u00a0 A menina que gosto deixou de se aproximar, segundo ela, porque s\u00f3 falo de \u00f3pera. J\u00e1 me contou um milh\u00e3o de vezes o final de <i>Peter Grimes<\/i>, costumava dizer. \u00c9 prov\u00e1vel que meus pais e minha irm\u00e3 achem a mesma coisa.<\/li>\n<li>Crist\u00f3bal coloca ketchup em suas batatas fritas. Bebemos em sil\u00eancio.<\/li>\n<li>A fuma\u00e7a do cigarro se move entre n\u00f3s. Meu pai explodiu seus miolos com a escopeta de ca\u00e7a, diz Crist\u00f3bal, e morde uma batata frita. A mulher gorda com cara de r\u00e3 vira a cabe\u00e7a e olha para n\u00f3s cuidadosamente. Depois volta para o filme dos caratecas.<\/li>\n<li>Desde que sa\u00edmos de Santiago, hoje de manh\u00e3, tomamos quatro litros de cerveja. Mas o Crist\u00f3bal sempre gostou mais de pisco.<\/li>\n<li>H\u00e1 muitos anos, no col\u00e9gio, tive um companheiro de curso que jurava ter longas conversas com o esp\u00edrito de Jimi Hendrix. Uma noite, muito tarde, me ligou e me disse que Hendrix estava na sua casa tomando pisco. E eu acreditei nele.<\/li>\n<li>N\u00e3o sabemos por que se matou, gagueja Crist\u00f3bal, n\u00e3o tinha nenhum motivo. L\u00e1 fora, a noite j\u00e1 inundou a estrada e os morros. N\u00e3o sei se cheguei a gostar dele, conclui.<\/li>\n<li>Imagino o Crist\u00f3bal em um bosque espesso. Usa um gorro de ca\u00e7a e no ombro carrega a escopeta de seu pai.<\/li>\n<li>Tenho a escopeta no carro, diz Crist\u00f3bal. Me sirvo outra <i>piscola<\/i>. Est\u00e1 falando s\u00e9rio? Sim, responde, trouxe porque em San Ram\u00f3n tem patos. Amasso meu cigarro no cinzeiro. Quer ver?, pergunta.<\/li>\n<li>Acabamos rapidamente tr\u00eas quartos da garrafa. Quando me levanto, me dou conta de que o \u00e1lcool fez efeito. Quase ao mesmo tempo, Crist\u00f3bal sorri e me diz que est\u00e1 b\u00eabado. \u201cMe ajuda a ficar de p\u00e9.\u201d O agarro por um bra\u00e7o e o trago em minha dire\u00e7\u00e3o. Primeiro um p\u00e9 e depois o outro, digo. A mulher com cara de r\u00e3 boceja.<\/li>\n<li>Sa\u00edmos do restaurante abra\u00e7ados com s\u00f3 um bra\u00e7o, para n\u00e3o trope\u00e7ar. Um cachorro late. Chegamos com dificuldade at\u00e9 o Toyota. As luzes do posto de gasolina nos iluminam. O restaurante parece muito menor de fora. Crist\u00f3bal introduz a chave com dificuldade, a gira e abre o porta malas.<\/li>\n<li>A\u00ed esta, diz, e aponta para a escopeta. A arma descansa sobre um pano amarelo. \u00c9 bonita, falo por falar, n\u00e3o sei nada de escopetas. O cachorro continua latindo. A mulher com cara de r\u00e3 nos observa pela grande janela. Mal distingo a sua figura. O gar\u00e7om est\u00e1 perto dela. Pego a escopeta. \u00c9 pesada e fria. Crist\u00f3bal tampa o cano com um dedo.<\/li>\n<li>Uma nuvem avan\u00e7a sobre n\u00f3s. \u00c9 uma nuvenzinha cinza e espumosa.<\/li>\n<li>Crist\u00f3bal guarda a escopeta e fecha o porta malas.<\/li>\n<li>Olho para o restaurante. A mulher com cara de r\u00e3 e o gar\u00e7om j\u00e1 n\u00e3o est\u00e3o. O cachorro para de latir. Entramos no carro.<\/li>\n<\/ol>\n<p style=\"text-align: right;\">Tradu\u00e7\u00e3o para o portugu\u00eas de Luciana Pissolato e Let\u00edcia Goellner<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La carretera es una l\u00ednea recta. Crist\u00f3bal conduce en silencio. Es enero y viajamos al sur. La abuela de Crist\u00f3bal tiene una casita en San Ram\u00f3n. El sol a\u00fan no se esconde. Me duele la espalda. Crist\u00f3bal es delgado y de facciones angulosas. 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