{"id":4094,"date":"2020-11-11T02:47:10","date_gmt":"2020-11-11T08:47:10","guid":{"rendered":"http:\/\/latinamericanliteraturetoday.wp\/2020\/11\/requena-sisters-mariana-sandez\/"},"modified":"2023-06-02T13:33:00","modified_gmt":"2023-06-02T19:33:00","slug":"requena-sisters-mariana-sandez","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/2020\/11\/requena-sisters-mariana-sandez\/","title":{"rendered":"&#8220;Las hermanas Requena&#8221; de Mariana S\u00e1ndez"},"content":{"rendered":"<div><\/div>\n<div class=\"caption\"><\/div>\n<p>Dicen que s\u00ed, que Amelia y Mar\u00eda Luisa Requena llegaron hasta el final juntas. Que casi murieron al mismo tiempo, como hab\u00edan nacido. Muchos no creyeron que fueran a lograrlo por todo lo que pas\u00f3 justo en los \u00faltimos a\u00f1os.<\/p>\n<p>Al parecer, el problema empez\u00f3 cuando Amelia se enamor\u00f3 por primera vez. A los setenta y nueve. Y mantuvo un posible romance con un hombre, famoso en el barrio de Belgrano por sus conciertos de calle con un falso viol\u00edn desafinado. Fue por \u00e9l que Amelia se anim\u00f3 a dar pasos impensables para ella en otra \u00e9poca.<\/p>\n<p>Por lo menos en la etapa en que yo tuve m\u00e1s trato con ellas, las mellizas andaban cosidas del codo. Resultaba tan gracioso ver a un par de octogenarias moverse por duplicado. Id\u00e9nticas. Con el pelo blanco, lacio, muy corto, peinado hacia un costado, en un porte distinguido aunque min\u00fasculo, levemente encorvado, y la ropa perfecta. Las dos usaban anteojos de vidrios espesos y zapatos ortop\u00e9dicos. El color de los ojos las diferenciaba. Y el temperamento.<\/p>\n<p>Seg\u00fan esos mitos que les encanta construir y arrastrar a las viejas de cada familia, Mar\u00eda Luisa hab\u00eda nacido siete minutos antes y ten\u00eda ojos azules. Amelia se hab\u00eda resistido a salir durante el parto, complicando las cosas. Los de ella eran pardos. Ese primer pie afuera les hab\u00eda dejado el estigma de que la mayor estaba marcada por un car\u00e1cter dominante, independiente y pr\u00e1ctico, mientras que la segunda dudaba de todo y se mov\u00eda insegura, como una extensi\u00f3n de su madre o de su hermana.<\/p>\n<p>As\u00ed parec\u00eda realmente. Yo me enteraba de sus historias porque mi abuela era vecina de ellas. Pero adem\u00e1s, cuando empec\u00e9 la carrera de Letras, tuve a Mar\u00eda Luisa como profesora de Gram\u00e1tica Espa\u00f1ola. Aunque se hab\u00eda jubilado hac\u00eda ya unos quince a\u00f1os, su c\u00e1tedra segu\u00eda siendo prestigiosa, porque ella conservaba la naturalidad y la lucidez de los grandes maestros. Sab\u00eda expresarse con una oratoria maravillosa, que nos manten\u00eda imantados a pesar de lo \u00e1rido de la materia, y el aula se llenaba en sus lecciones. S\u00f3lo el rigor exagerado acerca de las normas del lenguaje la hac\u00eda un poco anacr\u00f3nica; segu\u00eda pensando el idioma desde su ra\u00edz latina y se remit\u00eda a la construcci\u00f3n gramatical del griego antiguo como modelo del mejor an\u00e1lisis sint\u00e1ctico. Nos repet\u00eda de manera agobiante que consult\u00e1ramos a diario el diccionario. M\u00e1s de una vez, en los recreos del bar, llegamos a jurarnos que no ten\u00eda idea de que el mundo hab\u00eda sido colonizado por las computadoras y por Internet. Se desped\u00eda hasta la clase siguiente con un \u201cDios mediante\u201d, se colgaba la cartera al hombro, abrazaba sus papeles y se enganchaba del brazo de la hermana, que la acompa\u00f1aba como una sombra \u2014o como un lazarillo\u2014 a todas partes. Salvo durante esos meses en que Mar\u00eda Luisa vino sola y muy desmejorada.<\/p>\n<p>Mi abuela las conoci\u00f3 cuando ya rondaban los setenta a\u00f1os. Pero le contaron ellas, o supo de alguna otra forma, que la profesora se cas\u00f3 joven y que con su marido formaban un buen matrimonio. Viajaron por el mundo, juntaron ahorros trabajando sin descanso.<\/p>\n<p>A Amelia, en cambio, apenas se le conoci\u00f3 alg\u00fan novio. Se resisti\u00f3 a vivir en una casa que no fuera la de su infancia y jam\u00e1s se dedic\u00f3 a nada distinto de las tareas dom\u00e9sticas. En el barrio se especul\u00f3 con que le gustaban las mujeres: una atrocidad impronunciable en su tiempo. Por eso \u2014se supon\u00eda\u2014 se encerraba como una monja de clausura, rendida al cuidado de los padres. Hasta que se la vio parar, tarde por medio, a conversar con el violinista, y las voces oscuras cambiaron el mensaje: Amelia Requena no era lesbiana, pero hab\u00eda perdido la cabeza por un indigente.<\/p>\n<p>Amelia naci\u00f3 y muri\u00f3 en la misma casa de Belgrano. Tambi\u00e9n hizo ese recorrido Mar\u00eda Luisa que, despu\u00e9s de enviudar a los cincuenta, vendi\u00f3 su departamento y se fue a vivir con la hermana. Cuando lleg\u00f3 la hora, enterraron a los padres y anidaron puertas adentro. Se volvieron m\u00e1s inseparables que antes. Con los a\u00f1os, parece que dise\u00f1aron un r\u00e9gimen de rutinas extraordinario. Yo creo que a mi abuela, como hija \u00fanica, le daba un poco de envidia, porque hablaba demasiado de ellas, de la suerte de estar acompa\u00f1adas, y conoc\u00eda hasta el m\u00ednimo detalle sus ocupaciones cotidianas.<\/p>\n<p>Mar\u00eda Luisa se ba\u00f1aba primero, mientras Amelia preparaba el desayuno. Miraban las noticias frescas de la ma\u00f1ana para saber todo sobre el clima, los precios y el tr\u00e1fico. Hac\u00edan las compras, almorzaban, dorm\u00edan la siesta, merendaban. Desde la tardecita, reordenaban la casa o escrib\u00edan cartas, revisaban las cuentas, cenaban, le\u00edan, se acostaban en el mismo cuarto, temprano. Amelia rezaba y apagaba el velador a las nueve en punto, como le hab\u00edan ense\u00f1ado de chica. Mar\u00eda Luisa le\u00eda novelas espa\u00f1olas hasta las diez menos cuarto, dejaba un margen de quince minutos para conciliar el sue\u00f1o.<\/p>\n<p>Los lunes y los jueves tocaba universidad y almorzaban en el bar de enfrente. Las dem\u00e1s ma\u00f1anas las ocupaban con consultas o estudios m\u00e9dicos. Martes y viernes por la tarde hac\u00edan mandados o tr\u00e1mites. Los s\u00e1bados se destinaban al cine, primera funci\u00f3n de la tarde porque costaba la mitad de precio, y los domingos, misa de once. Para su cumplea\u00f1os, todos los a\u00f1os invitaban a las mismas amigas y primas a tomar un caf\u00e9 en la casa con masas finas y s\u00e1ndwiches.<\/p>\n<p>La primera discusi\u00f3n importante la tuvieron poco despu\u00e9s de cumplir los setenta y nueve. Cuando Amelia quiso hacer el camino de todos los d\u00edas hasta la verduler\u00eda pero por una calle diferente. Se empacaron las dos en la esquina de Virrey Loreto y Cabildo. Mar\u00eda Luisa se puso a temblar: su hermana nunca la contradec\u00eda. Ella le ped\u00eda mantener el criterio habitual y Amelia se obstinaba en seguir hasta Virrey del Pino, sin ninguna raz\u00f3n l\u00f3gica. Casi levantaron el tono de voz, con los dientes apretados, para que los vecinos no sospecharan lo que estaba pasando. Mar\u00eda Luisa insisti\u00f3 en que se hiciera como dec\u00eda. Amelia respondi\u00f3 que no, con una convicci\u00f3n totalmente nueva. Y se fue por donde ella quer\u00eda.<\/p>\n<p>Mi abuela no hab\u00eda visto llorar a una Requena hasta ese d\u00eda, cuando Mar\u00eda Luisa le describi\u00f3 el episodio. Estaba indignada, seg\u00fan exager\u00f3 al contarme, le estallaban los ojos. Yo creo que mi abuela lo disfrut\u00f3 en parte porque esa distancia entre las hermanas les agrandaba la soledad que ella sufr\u00eda horrores.<\/p>\n<p>Mucho despu\u00e9s se supo que tardaron en reconciliarse y que, a partir de ese hecho aislado, se les rompi\u00f3 entera la rutina. Empezaron a hacer algunas cosas por separado. Primero las compras, despu\u00e9s el orden del ba\u00f1o o el horario del cine. Se mantuvieron juntas en las salidas en las que era necesario sostener las apariencias. Ir a clases, por ejemplo. O a misa. En esos lapsos s\u00f3lo se dirig\u00edan la palabra para decirse formalidades frente a otras personas.<\/p>\n<p>Lo que m\u00e1s le enervaba a Mar\u00eda Luisa era la alegr\u00eda inexplicable de Amelia y \u2014en realidad yo sospecho esto\u2014 que se negara a compartirla. Se mor\u00eda de ganas, pero se abstuvo de preguntarle por qu\u00e9 estaba dejando que le crecieran hilos sueltos a la convivencia. En particular, la enloquec\u00eda escucharla cantar mientras se duchaba, silbar cuando planchaba o hablar por tel\u00e9fono \u2014excesivamente\u2014 con alguna amiga.<\/p>\n<p>Verla mirando programas idiotas en la televisi\u00f3n, ri\u00e9ndose, con comentarios en voz alta dirigidos a nadie en particular. Comprarse chocolates o galletas de manteca, tomarse una copita de vino alguna noche. Todas cosas que nunca hac\u00eda, menos que menos por su cuenta. Lo que m\u00e1s la enojaba, desde luego, era verla salir de la casa a cada rato, sin avisar a d\u00f3nde o si volv\u00eda.<\/p>\n<p>Desconozco si por esa raz\u00f3n o por otra, Mar\u00eda Luisa empez\u00f3 a enfermarse. Quiz\u00e1 porque la rutina que antes era pareja ahora estaba coja. Recuerdo clar\u00edsimo que hubo un momento, como a mitad de ese a\u00f1o, en que comentamos con mis compa\u00f1eros que la memoria le estaba fallando. Nos correg\u00eda construcciones bien elaboradas y despu\u00e9s se contradec\u00eda, llegaba tarde, no entregaba las notas en fecha. Entonces se lo atribuimos a la edad y seguimos yendo a sus clases por no hacerla sentir peor.<\/p>\n<p>Un d\u00eda decidi\u00f3 seguir a Amelia sin que su hermana se diera cuenta. Camin\u00f3 detr\u00e1s de ella unas cuantas cuadras hasta Virrey del Pino y O\u00b4Higgins. La vio conversar con aquel violinista de la calle. Descubri\u00f3 el modo en que se sonre\u00edan. C\u00f3mo \u00e9l le mostraba la caja con cuerdas que oficiaba de instrumento, mientras ella estrujaba una punta de su pul\u00f3ver de lana hasta que la mano se le pon\u00eda roja. Cu\u00e1nto \u00e9l perd\u00eda el control de las monedas que ca\u00edan en el estuche, la forma en que ella le ofrec\u00eda una magdalena rellena con dulce.<\/p>\n<p>Le result\u00f3 absurdo que una mujer educada como su hermana, a esos a\u00f1os, anduviera con un hombre as\u00ed de descalabrado y sucio, desafinado y hasta un poco loco. Nadie sab\u00eda d\u00f3nde viv\u00eda o pasaba las noches el m\u00fasico.<\/p>\n<p>A pesar de lo mucho que le costaba sincerarse, se atrevi\u00f3 a aclarar los puntos con Amelia. Discutieron. Mar\u00eda Luisa le dijo que no pensaba mantenerla para que ella anduviera dando verg\u00fcenza por el barrio, como una pordiosera. Con un ro\u00f1oso, con un vago. Se jugaba el honor de la familia. Amelia tosi\u00f3 forzada. Le respondi\u00f3 que para empezar se pod\u00eda arreglar sola y no precisaba su sacrificio. Adem\u00e1s le pregunt\u00f3 qu\u00e9 honor le enrostraba si ya todo el mundo estaba al tanto de que su marido hab\u00eda tenido amantes surtidas. De todos los colores, proveniencias y rangos. Hab\u00eda sido un adicto a los caballos y a la bebida. De qu\u00e9 nobleza y de qu\u00e9 pilares estaban concretamente hablando.<\/p>\n<p>Mar\u00eda Luisa se tap\u00f3 la boca escandalizada por el modo en que la trataba su hermana. Y se mud\u00f3 de cuarto. Reabri\u00f3 la habitaci\u00f3n intacta de los padres. Ol\u00eda a museo, a naftalina y a l\u00e1pida. Llev\u00f3 el jarr\u00f3n con las cenizas a un rinc\u00f3n del living. Aire\u00f3, cambi\u00f3 las s\u00e1banas, puso flores y traslad\u00f3 sus cosas. La ropa, los libros de la c\u00e1tedra, sus l\u00e1pices negros con punta fina para el an\u00e1lisis sint\u00e1ctico, la colecci\u00f3n de gomas de borrar, los remedios para el asma, sus perfumes.<\/p>\n<p>Eso fue un domingo de octubre. Justo cuando a nosotros nos alarm\u00f3 que un lunes por esas fechas viniera sola a dar clases. No nos animamos a preguntarle, por si acaso la hermana se hubiera muerto. Supimos que no, que estaba mal de salud pero a salvo, seg\u00fan explic\u00f3 el portero de la facultad (fue una versi\u00f3n de Mar\u00eda Luisa para no hacer p\u00fablico el desastre con su melliza). Nos alivi\u00f3 enterarnos de que estaban bien, les ten\u00edamos cari\u00f1o a las dos.<\/p>\n<p>Lo tremendo que debi\u00f3 ser para la profesora volver esa tarde a la casa y descubrir que la hermana tambi\u00e9n se hab\u00eda mudado, pero afuera. Era la primera vez en su historia octogenaria que Amelia pon\u00eda ropa en una valija y dorm\u00eda en otra cama, o en cualquier otro sitio que \u2014seg\u00fan le confes\u00f3 alarmada Mar\u00eda Luisa a mi abuela\u2014 se imaginaba como un cuarto con aspecto de caverna en un hotelucho cualquiera.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s hay un per\u00edodo del que no se sabe nada. Por lo menos, de Amelia. Pas\u00f3 seis meses en otra parte. El hombre del viol\u00edn sigui\u00f3 rayando las calles con esa eufon\u00eda insoportable, transportado en un rictus como de ensue\u00f1o. De compositor realizado. Incluso hay quienes comentan que en ese periodo se le notaba la expresi\u00f3n del enamorado, que sol\u00eda afeitarse y perfumarse m\u00e1s seguido. Desde el d\u00eda en que Amelia se fue, Mar\u00eda Luisa empez\u00f3 a pasar por esa esquina para ir a hacer los mandados. Ve\u00eda al violinista de lejos. Alguna vez le pareci\u00f3 que \u00e9l le hac\u00eda una reverencia, pero ella dio vuelta la cara. Nunca se hubiera rebajado a preguntarle por su hermana.<\/p>\n<p>Dicen tambi\u00e9n que Amelia volvi\u00f3 cuando cumpl\u00edan ochenta. Entr\u00f3 con su llave, arrastr\u00f3 la valija. Por un momento se hizo un silencio. Salud\u00f3 a las amigas y primas que conversaban animadamente en el living, tomaban caf\u00e9 y t\u00e9 con masas. Mi abuela estaba esa tarde ah\u00ed. La vio mirar la torta que ten\u00eda las dos velas, sacarse el abrigo, cargar un plato de s\u00e1ndwiches en la cocina y repartirlo entre las invitadas. Nunca nadie pregunt\u00f3. Ni se supo d\u00f3nde hab\u00eda estado o por qu\u00e9 volv\u00eda.<\/p>\n<p>Sin haberlo determinado, las mellizas Requena fueron retomando la vida cotidiana tal cual la hab\u00edan dejado el d\u00eda antes de aquella pelea inicial en la esquina. Como si el tiempo no hubiera pasado. Como si el amor no hubiera roto algo.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Dicen que s\u00ed, que Amelia y Mar\u00eda Luisa Requena llegaron hasta el final juntas. Que casi murieron al mismo tiempo, como hab\u00edan nacido. 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