{"id":4014,"date":"2020-08-13T02:48:04","date_gmt":"2020-08-13T08:48:04","guid":{"rendered":"http:\/\/latinamericanliteraturetoday.wp\/2020\/08\/punk-girl-rodolfo-enrique-fogwill\/"},"modified":"2023-06-03T21:48:27","modified_gmt":"2023-06-04T03:48:27","slug":"punk-girl-rodolfo-enrique-fogwill","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/2020\/08\/punk-girl-rodolfo-enrique-fogwill\/","title":{"rendered":"&#8220;Muchacha Punk&#8221; de Rodolfo Enrique Fogwill"},"content":{"rendered":"<div><\/div>\n<p>En diciembre de 1978 hice el amor con una muchacha punk. Decir \u201chice el amor\u201d es un decir, porque el amor ya estaba hecho antes de mi llegada a Londres y aquello que ella y yo hicimos, ese mont\u00f3n de cosas que hicimos ella y yo, no eran el amor y ni siquiera \u2014me atrever\u00eda hoy a demostrarlo\u2014 eran un amor: eran eso y s\u00f3lo eso eran. Lo que interesa en esta historia es que la muchacha punk y yo nos \u201cacostamos juntos\u201d. Otro decir, porque todo habr\u00eda sido igual si no hubi\u00e9semos renunciado a nuestra posici\u00f3n b\u00edpeda, integrando eso \u2014\u00bfel amor?\u2014 al h\u00e1bitat de los sue\u00f1os: la horizontal, la oscuridad del cuarto, la oscuridad del interior de nuestros cuerpos, eso. Primera decepci\u00f3n del lector: en este relato soy var\u00f3n.<\/p>\n<p>Conoc\u00ed a la muchacha frente a una vidriera de Marble Arch. Eran las diez y treinta, el fr\u00edo calaba los huesos, hab\u00eda terminado el cine, ni un alma por las calles. La muchacha era rubia: no vi su cara entonces. Estaba ella con otras dos muchachas punk. La m\u00eda, la rubia, era flacucha y se mov\u00eda con gracia, a pesar de su atuendo punk y de cierto despliegue punk de gestos n\u00edtidamente punk. El fr\u00edo calaba los huesos, creo haberlo contado. Marcaban dos o tres grados bajo cero y el helado viento del norte ara\u00f1aba la cara en Oxford Street y en Regent Street. Los cuatro \u2014yo y aquellas tres muchachas punk\u2014 mir\u00e1bamos esa misma vidriera de Selfridges. En el ambiente c\u00e1lido que promet\u00eda el interior de la tienda, una computadora jugaba sola al ajedrez. Un cartel anunciaba las caracter\u00edsticas y el precio de la m\u00e1quina: mil ochocientas libras. Ganaban blancas, el costado derecho de la m\u00e1quina. Las negras hab\u00edan perdido iniciativa, su defensa estaba liquidada y acusaban la desventaja de un pe\u00f3n central. Blancas ven\u00edan atacando con una cu\u00f1a de peones que proteg\u00eda su dama, repantigada en cuatro torre rey. Cuando las tres muchachas<\/p>\n<p>se acercaron era turno de negras. Negras dudaron quince segundos, o tal vez m\u00e1s; era la movida diecis\u00e9is o dieciocho, y los mirones \u2014nadie a esas horas, por el fr\u00edo\u2014 habr\u00edan podido recomponer la partida porque una peque\u00f1a impresora ven\u00eda reproduciendo el juego en c\u00f3digo de ajedrez, y un gr\u00e1fico, que la m\u00e1quina compon\u00eda en su pantalla en un par de segundos, mostraba la imagen del tablero en cada fase previa del desenvolvimiento estrat\u00e9gico del juego. Las muchachas hablaron un slang que no entend\u00ed, se rieron, y sin prestarme la menor atenci\u00f3n siguieron su camino hacia el oeste, hacia Regent Street.<\/p>\n<p>A esas horas, uno pod\u00eda mirar todo a lo largo de la ciudad arrasada por el fr\u00edo sin notar casi presencia humana, salvo las tres muchachas y\u00e9ndose. Cerca de Selfridges alguien deb\u00eda esperar un \u00f3mnibus, porque una sombra se col\u00f3 en la garita colorada de esperar \u00f3mnibus y alg\u00fan aliento hab\u00eda nublado los cristales. Quiz\u00e1s el humano se hallase contra el vidrio, frot\u00e1ndose las manos, escribiendo su nombre, garabateando un coraz\u00f3n o el emblema de su equipo de f\u00fatbol; quiz\u00e1 no. Confirm\u00e9 su existencia poco despu\u00e9s, cuando un \u00f3mnibus rumbo a Kings Road se detuvo y alguien subi\u00f3. Al pasar frente a nuestra vidriera, semivac\u00edo, pude ver que la sombra de la garita se hab\u00eda convertido en una mujer viej\u00edsima, harapienta, que negociaba su boleto. Pocos autos pasaban. La mayor\u00eda taxis, a la caza de un pasajero, calefaccionados, lentos, di\u00e9sel, libres. Pocos autos particulares pasaban: Daimlers, Jaguars, Bentleys. En sus asientos delanteros conduc\u00edan hombres graves, maduros, sensibles a las intermitentes se\u00f1ales de tr\u00e1nsito. A sus izquierdas, mujeres ancestrales, maquilladas de party o de \u00f3pera, parec\u00edan supervisarlos. Un Rolls par\u00f3 frente a mi vidriera de Selfridges y el conductor ech\u00f3 un vistazo a la computadora (ensayaba la jugada veintisiete, turno de blancas) y dijo algo a su mujer, una canosa de perfil agrio y aros de brillantes. No pude o\u00edrlo: las ventanillas de cristal antibala de estos autos componen un espacio herm\u00e9tico, casi mas\u00f3nico: insondable. Poco despu\u00e9s el Rolls se alej\u00f3 tal como hab\u00eda llegado y en la esquina de Gloucester Street vacil\u00f3 ante el sem\u00e1foro, como si coqueteara con la luz verde que reci\u00e9n se prend\u00eda. Primera decepci\u00f3n del narrador: la computadora decret\u00f3 tablas en la movida cuarenta y siete.<\/p>\n<p>Si yo fuese blancas, cambiando caballo por torre y amenazando jaque en descubierto, reclamar\u00eda a negras una permuta de damas favorable, dada mi ventaja de peones y mi \u00f3ptima situaci\u00f3n posicional. Me fui con rabia: hab\u00eda dormido toda la tarde de aquel viernes y era temprano para meterme en el hotel.<\/p>\n<p>El fr\u00edo calaba los huesos. Tra\u00eda bajo los jeans un polar-suit ingl\u00e9s que hab\u00eda comprado para un amigo que navega a vela en Puerto Belgrano y decid\u00ed estrenarlo aquella noche para ponerlo a prueba contra el fr\u00edo atroz que anunciaba la BBC. Sent\u00eda el cuerpo abrigado, pero la boca y la nariz me dol\u00edan de fr\u00edo. Las manos, en los hondos bolsillos de la campera de duvet, tem\u00edan tanto un encuentro con el aire helado que me obligaron a resistir a la feroz jaur\u00eda de ganas de fumar, que aullaba y se agitaba detr\u00e1s de la garganta, en mi interior.<\/p>\n<p>En mi exterior las orejas estaban desapareciendo: tarde o temprano ser\u00edan mu\u00f1ones o saba\u00f1ones si no las defend\u00eda; intent\u00e9 guarecerlas con las solapas de mi campera. Sin manos, llevaba las puntitas de las solapas entre los dientes y as\u00ed, mordiente y fr\u00edo, entr\u00e9 a un taxi que ol\u00eda a combustible di\u00e9sel y a sudor de chofer, y una vez instalado en el goce de aquel tufo tibi\u00f3n, nombr\u00e9 una esquina del Soho y prend\u00ed un cigarrillo.<\/p>\n<p>Afuera, nadie. El fr\u00edo calaba los huesos. El ingl\u00e9s, adelante, manejando, era una estatua llena de olor y sue\u00f1o. Antes de bajar, verifiqu\u00e9 que hubiese taxis por la zona; vi varios. Pagu\u00e9 con un papel y s\u00f3lo despu\u00e9s de recibir el cambio abr\u00ed mi puerta. El aire fr\u00edo me ametrall\u00f3 la cara y la papada se me hel\u00f3, pues las solapas, chorreadas de saliva, hab\u00edan depositado sobre mi piel una leve pel\u00edcula de baba, que ahora me her\u00eda con sus globitos quebradizos de escarcha. Vi poca gente en el Barrio Chino de Londres: como siempre, algunos \u00e1rabes y africanos sal\u00edan rebotando de los tugurios porno.<\/p>\n<p>En una esquina, un grupo de hombres \u2014obreros, pinches de vigilancia, tal vez algunos desgraciados sin hogar\u2014 se ilusionaban alrededor de un fueguito de le\u00f1as y papeles improvisado por un negro del quiosco de diarios. Camin\u00e9 las tres o cuatro cuadras del barrio que s\u00e9 reconocer y como no encontr\u00e9 d\u00f3nde meterme, en la esquina de Charing Cross abr\u00ed la puerta trasera izquierda de un taxi verde, sub\u00ed, di el nombre de mi hotel, y decid\u00ed que esa noche comer\u00eda en mi cuarto una hamburguesa muy condimentada y una ensalada bien salada para fortalecer la sed que tanto se merece la cerveza de Irlanda. \u00a1L\u00e1stima que la televisi\u00f3n termine tan temprano en Londres! Mir\u00e9 el reloj: eran las once; quedaba apenas media hora de excelente programaci\u00f3n brit\u00e1nica.<\/p>\n<p>Cont\u00e9 del fr\u00edo, cont\u00e9 del polar-suit. Ahora voy a contar de m\u00ed: el fr\u00edo, que calaba los huesos, desalentaba a cualquier habitante y a cualquier visitante de la antigua ciudad, pues era un fr\u00edo de lontananza inglesa, un fr\u00edo hecho de tiempo y de distancia y \u2014\u00bfpor qu\u00e9 no?\u2014 hecho tambi\u00e9n de m\u00e1s fr\u00edo y de miedo, y era un fr\u00edo \u00e1rtico y masivo, resultante de la ola polar que ven\u00eda siendo anunciada y promovida durante d\u00edas en infinitos cortes informativos de la radio y la televisi\u00f3n. En efecto, la radio y la televisi\u00f3n, los diarios y las revistas y la gente, los empleados y los vendedores, los chicos del hotel y las se\u00f1oras que uno conoce comprando discos \u2014todos\u2014 no hablaban sino de la ola de fr\u00edo y de la asombrosa intensidad que hab\u00eda alcanzado la promoci\u00f3n de la ola de fr\u00edo que calaba los huesos. Yo soy friolento, normalmente friolento, pero jam\u00e1s he sido tan friolento como para ignorar que la campa\u00f1a sobre el fr\u00edo nos ven\u00eda helando tanto, o m\u00e1s a\u00fan, que la propia ola de fr\u00edo que estaba derram\u00e1ndose sobre la semiobsoleta capital.<\/p>\n<p>Pero yo estaba ya en la calle, no ten\u00eda ganas de volver a mi hotel y necesitaba estar en un lugar que no fuese mi cuarto, protegido del fr\u00edo y protegido cuidadosamente de cualquier referencia al fr\u00edo. Entonces vi, dos cuadras antes del hotel, un local que d\u00edas atr\u00e1s me hab\u00eda llamado la atenci\u00f3n. Era una pizzer\u00eda llamada The Lulu, que no exist\u00eda en oportunidad de mi \u00faltimo viaje. Yo recordaba bien aquel lugar porque hab\u00eda sido la oficina de turismo de Rumania en la que alguna vez hice unos tr\u00e1mites para mis clientes italianos. Desde el taxi le\u00ed el cartel que probaba que el boliche permanec\u00eda abierto, vi clientes comiendo, not\u00e9 que la decoraci\u00f3n era mediocre pero honesta, y de las mesas y las sillas de mimbre blanco induje una noci\u00f3n de limpieza prometedora. Golpe\u00e9 los vidrios del chofer, pagu\u00e9 sesenta pence, baj\u00e9 del auto y me met\u00ed en la pizzer\u00eda. Era una pizzer\u00eda de espa\u00f1oles, con mozos espa\u00f1oles, patrones espa\u00f1oles y clientes espa\u00f1oles que se conoc\u00edan entre s\u00ed, pues se gritaban \u2014en espa\u00f1ol\u2014, de mesa a mesa, opiniones espa\u00f1olas y frases triviales en espa\u00f1ol.<\/p>\n<p>Me promet\u00ed no entrar en ese juego y en mi mejor ingl\u00e9s ped\u00ed una pizza de espinaca y una botella chica de vino Chianti. El mozo, si ya hab\u00eda padecido un plazo razonable de exilio en Londres, me habr\u00e1 supuesto un viajero del continente, o un nativo de una colonia marginal del Commonwealth, tal vez un malvinero.<\/p>\n<p>Yo tra\u00eda en el bolsillo de mi campera la edici\u00f3n a\u00e9rea del diario <i>La Naci\u00f3n<\/i>, pero evit\u00e9 mostrarla para no delatar mi car\u00e1cter hispanoparlante. El Chianti \u2014embotellado en Argel\u2014 era delicioso: entre \u00e9l y el aire tibio del local se estableci\u00f3 una afinidad que en tres minutos me redimi\u00f3 del fr\u00edo. Pero la pizza era mediocre, dura y desabrida. La mastiqu\u00e9 feliz, igual, leyendo mis recortes del <i>Financial Times<\/i> y la revista de turismo que dan en el hotel. Tuve m\u00e1s hambre y ped\u00ed otra pizza, reclamando que le echasen m\u00e1s sal. Esta segunda pizza fue mejor, pero el mozo me hab\u00eda mirado mal, tal vez porque me descubri\u00f3 estudiando sus movimientos, perplejo a causa de la semejanza que puede postularse en un relato entre un mozo espa\u00f1ol de pizzer\u00eda inglesa y cualquier otro mozo espa\u00f1ol de pizzer\u00eda de Par\u00eds, o de Rosario.<\/p>\n<p>He elegido Rosario para no citar tanto a Buenos Aires. Querido. Masqu\u00e9 la pizza n\u00famero dos analizando la evoluci\u00f3n de los mercados de metales en la \u00faltima quincena; un disparate. Los precios que la URSS y los nuevos ricos petroleros segu\u00edan inflando con su descabellada pol\u00edtica de compras no auguraban nada bueno para Europa Occidental. Entonces aparecieron las tres muchachas punk.<\/p>\n<p>Eran las mismas tres que hab\u00eda visto en Selfridges. La m\u00eda eligi\u00f3 la peor mesa junto a la ventana; sus amigotas la siguieron. La gorda, con sus pelos te\u00f1idos color zanahoria, se ubic\u00f3 mirando hacia mi mesa. La otra, de estatura muy baja y con cara de sapo, ten\u00eda pelos te\u00f1idos de verde y en la solapa del gab\u00e1n tra\u00eda un p\u00e1jaro embalsamado que pens\u00e9 que deb\u00eda ser un ruise\u00f1or. Me repugn\u00f3. Por fortuna, la fea con p\u00e1jaro y cara de sapo se coloc\u00f3 mirando hacia la calle, mostr\u00e1ndome tan s\u00f3lo la superficie opaca de la espalda del grasiento gab\u00e1n. La m\u00eda, la rubia, se pos\u00f3 en su sillita de mimbre mirando un poco hacia la gorda, un poco hacia la calle: yo s\u00f3lo pod\u00eda ver su perfil mientras com\u00eda mi pizza y procuraba imaginar c\u00f3mo ser\u00eda un ruise\u00f1or. Un ruise\u00f1or: record\u00e9 aquel soneto de Banchs. El otro tipo tambi\u00e9n dec\u00eda llamarse Banchs y era teniente de corbeta o fragata. Era diciembre; lo hab\u00eda cruzado muchas veces durante el a\u00f1o que estaba terminando. Esa misma ma\u00f1ana, mientras tomaba mi caf\u00e9, se hab\u00eda acercado a hablarme de no s\u00e9 qu\u00e9 inauguraci\u00f3n de pintores, y yo le mencion\u00e9 al poeta, y \u00e9l, que se llamaba Banchs, jur\u00f3 que o\u00eda nombrar al tal Enrique Banchs por primera vez en su vida. Entonces comprend\u00ed por qu\u00e9 el teniente desconoc\u00eda la existencia de los polar-suits (al ver mi paquetito con el Helly Hansen, se hab\u00eda asombrado) y tambi\u00e9n entend\u00ed por qu\u00e9 recorr\u00eda Europa derrochando sus d\u00f3lares, tratando de caer simp\u00e1tico a todos los residentes argentinos y buscando colarse en toda fiesta donde hubiese latinoamericanos. Fumaba Gitanes; tambi\u00e9n en esto se parec\u00eda al Nono Pugliese.<\/p>\n<p>Jam\u00e1s vi un ruise\u00f1or. Pero cuando estaba por terminar la pizza, desde atr\u00e1s me vino un vaho de musk. Mir\u00e9. La m\u00e1s fea de las gallegas de la mesa del fondo estaba sent\u00e1ndose. Vendr\u00eda del ba\u00f1o; habr\u00eda rociado todo su horrible cuerpo con un vaporizador de Chanel, o de Patou, o de alguna marquita de esas que ahora les agregan musk a todos sus perfumes.<\/p>\n<p>\u00bfC\u00f3mo ser\u00eda el olor de mi muchacha punk? Yo mismo, como el tal Banchs, me hab\u00eda condenado a averiguar y averiguar; faltaba bien poco para finiquitar la pizza y el asuntito de las cotizaciones de metales.<\/p>\n<p>Pero algo suced\u00eda fuera de mi cabeza. Los due\u00f1os, los mozos y los otros parroquianos, en su totalidad o en su mayor\u00eda espa\u00f1oles, me miraban. Yo era el \u00fanico testigo de lo que estaban viendo y eso debi\u00f3 aumentar mi valor para ellos. Tres punks hab\u00edan entrado al local, yo era el \u00fanico no espa\u00f1ol capaz de atestiguar que eso ocurr\u00eda, que no las hab\u00edan llamado, que ellos no eran punk y que no hab\u00eda all\u00ed otro punk salvo las tres muchachas punk y que ning\u00fan punk hab\u00eda pisado ese local desde hac\u00eda por lo menos un cuarto de hora. S\u00f3lo yo estaba para testimoniar que la mala pizza y el excelente vino del local no eran desde ning\u00fan punto de vista algo que pudiera considerarse punk. Por eso me miraban, para eso parec\u00edan necesitarme aquella vez.<\/p>\n<p>Trabado para mirar a mi muchacha \u2014pues la forma de la de p\u00e1jaro embalsamado y cara de sapo la tapaba cada vez m\u00e1s\u2014, me concentr\u00e9 sobre mi pizza y mi lectura desatendiendo la demanda de complicidad de tantos espa\u00f1oles. Al terminar la pizza y la lectura, ped\u00ed la cuenta, me fui al ba\u00f1o a pishar y a lavarme las manos y all\u00ed me hice una larga friega con agua calent\u00edsima de la canilla. Desde el espejo, mir\u00e9 contento c\u00f3mo sub\u00edan los tonos rosados de los cachetes y la frente reales. Hab\u00edan vuelto a nacer mis orejas; fui feliz. Al volver, un rodeo injustificable me permiti\u00f3 rozar la mesa de las muchachas y contemplar mejor a la m\u00eda: ten\u00eda hermosos ojos celestes casi transparentes y el ensamble de rasgos que m\u00e1s me gusta, esos que se suelen llamar \u201caristocr\u00e1ticos\u201d, porque los arist\u00f3cratas buscan incorporarlos a su progenie, tom\u00e1ndolos de miembros de la plebe con la secreta finalidad de mejorar o refinar su capital gen\u00e9tico hereditario. \u00a1Florecillas silvestres! \u00a1Cenicientas de las masas que engullir\u00e1n los insaciables cromosomas del se\u00f1or!\u00a1Se inicia en vuestros \u00f3vulos un viaje al porvenir so\u00f1ado en lo m\u00e1s \u00edntimo del programa gen\u00e9tico del amo!<\/p>\n<p>Es sabido, en \u00e9pocas de cambio, lo mejor del patrimonio fisiogn\u00f3mico heredable (esas pieles delicadas, esos ojos transparentes, esas narices de rasgos exactos \u2014\u201ccinceladas\u201d\u2014 bajo sedosos p\u00e1rpados y justo encima de labios y de enc\u00edas y puntitas de lengua cuyo carm\u00edn perfecto titila por el mundo proclamando la belleza interior del cuerpo aristocr\u00e1tico) se suele resignar a cambio de un campo en Marruecos, la mayor\u00eda accionaria del Nuevo Banco Tal o Cual, una acci\u00f3n heroica en la guerra pasada o un Premio Nacional de Medicina, y as\u00ed brotan narices chatas, ojos chicos, bocas chirlonas y pieles chagrinadas en los cuerpitos de las recientes cr\u00edas de la mejor aristocracia, obligando a las familias aristocr\u00e1ticas\u00a0 a recurrir a las malas familias de la plebe en busca de buena sangre para corregir los rasgos y restablecer el equilibrio est\u00e9tico de las generaciones que catapultar\u00e1n sus apellidos y un poco de ellas mismas a vaya a saber uno d\u00f3nde, en alg\u00fan improbable siglo del porvenir.<\/p>\n<p>La chica me gust\u00f3. Vest\u00eda un traje de hombre de tres o m\u00e1s n\u00fameros mayor que su talle. De altura normal, no pesar\u00eda m\u00e1s de cuarenta y cuatro kilos. Su piel tan suave (algo de ella me record\u00f3 a Grace Kelly, algo de ella me record\u00f3 a Catherine Deneuve) era m\u00e1s que atractiva para m\u00ed. Calzaba botitas de astrac\u00e1n perfectas, en contraste con la rasposa confecci\u00f3n de su traje de lana. Una camisa de cuello Oxford se le abr\u00eda a la altura del busto mostrando algo que cre\u00ed su piel y comprob\u00e9 despu\u00e9s que era una campera de gimnasta.<\/p>\n<p>Ella, a m\u00ed, ni me mir\u00f3. Pero en cambio su amiga, la m\u00e1s gorda, la del pelo te\u00f1ido color naranja, ven\u00eda emitiendo una onda asaz provocativa. No quise sugerir sexual: provocativa, como buscando ri\u00f1a, como buscando o planificando un ataque verbal, como buscando una humillaci\u00f3n, como ella misma habr\u00eda mirado a un oficial de la polic\u00eda inglesa. As\u00ed mir\u00e1bame la gorda de pelo zanahoria. La m\u00eda, en cambio, no me miraba. Pero\u2026<\/p>\n<p>\u2026 Tampoco miraba a sus acompa\u00f1antes. Miraba hacia la calle vac\u00eda de transe\u00fantes, con las pupilas extraviadas en el paso del viento. As\u00ed me dije: \u201cse pierde su mirada pincelando el fr\u00edo viento de Oxford Street\u201d. Era et\u00e9rea. Esa nota, lo et\u00e9reo, es la que mejor habr\u00eda definido a mi muchacha para m\u00ed, de no mediar aquellas actitudes punk y los detalles punk, que luc\u00eda, punk, como al descuido, negligentemente punk, ella. Por ejemplo: fumaba cigarrillos de hoja; los tomaba con el gesto exultante de un europeo meridional, pitaba fuerte el humo y lo tiraba insidiosamente contra el cristal de la vidriera. Al pasar por su mesa hab\u00eda visto en sus manos una mancha amarilla, azafranada, de alquitr\u00e1n de tabaco. \u00a1Y jam\u00e1s vi manitas tan sucias de alquitr\u00e1n de tabaco como las de mi muchachita punk! El \u00edndice, el mayor y el anular de su derecha, desde las u\u00f1as hasta los nudillos, estaban embebidos de ese amarillo intenso que s\u00f3lo puede conseguir alg\u00fan gran fumador para la primera falange del dedo \u00edndice, tras a\u00f1os de fumar y fumar evitando lavados. Me impresion\u00f3. Pero era hermosa, ten\u00eda algo de Catherine Deneuve y algo de Isabelle Adjani que en aquel momento no pude definir: me estaba confundiendo. Pagu\u00e9 la cuenta, ech\u00e9 las r\u00e9moras de mi botella de Chianti en la copa verde del restaurante, y copa en mano \u2014so british\u2014, como si fuese el parroquiano de alg\u00fan pub confianzudo, me aperson\u00e9 a la mesa de las muchachas punk asumiendo los riesgos. Antes de partir hab\u00eda calculado mi chance: una en cinco, una en diez en el peor de los casos; se justificaba. Voy a contarlo en espa\u00f1ol:<\/p>\n<p>\u2014\u00bfPuedo yo sentarme\u2026?<\/p>\n<p>Las tres punk se miraron. La gorda punk acariciaba su victoria: debi\u00f3 creer que yo bajaba a reclamar explicaciones por sus miradas punk provocativas. Para evitar un r\u00e1pido rechazo me sent\u00e9 sin esperar respuestas. Para evitar desanimarme ech\u00e9 un trago de vino a mi garguero. Para evitar impresionarme mir\u00e9 hacia arriba, expulsando de mi campo visual al pajarito embalsamado. La gorda re\u00eda. La punk m\u00eda mir\u00f3 a la del pelo verde, mir\u00f3 a la gorda, sopl\u00f3 el humo de su cigarro contra la nada, no me mir\u00f3, y sin mirarme tom\u00f3 un sorbito de aquella mezcla de Coca-Cola y Chianti que estuvo preparando en la p\u00e1gina anterior, pero que yo, con esta prisa por escribirla, hab\u00eda olvidado registrar. Habl\u00f3 la punk con p\u00e1jaro, la sapifacial:<\/p>\n<p>\u2014\u00bfQu\u00e9 usted quiere?<\/p>\n<p>\u2014Nada, sentarme\u2026 Estar aqu\u00ed como una sustancia de hecho\u2026 \u2014dije en cachuzo ingl\u00e9s. Sin duda mi acento raro acicate\u00f3 los deseos de saber de la gorda:<\/p>\n<p>\u2014\u00bfD\u00f3nde viene usted de\u2026? \u2014ladr\u00f3. La pregunta era fuerte, agresiva, despectiva.<\/p>\n<p>\u2014De Sudam\u00e9rica\u2026 Brasil y Argentina \u2014dije, para ahorrarles una agobiante explicaci\u00f3n que llenar\u00eda el relato de lugares comunes. Me preguntaba si era ingl\u00e9s: se asombraba. \u201c\u00bfC\u00f3mo puede venir uno de Brasil y Argentina sin ser brit\u00e1nico?\u201d, imagin\u00e9 que habr\u00eda imaginado ella. \u00bfSer\u00eda un ingl\u00e9s?<\/p>\n<p>\u2014No. Soy sudamericano, lamentado \u2014dije.<\/p>\n<p>\u2014Gran campo Sudam\u00e9rica \u2014se ensa\u00f1aba la gorda.<\/p>\n<p>\u2014S\u00ed: lejos. As\u00ed, lejos. Regresar\u00e9 mes pr\u00f3ximo \u2014le respond\u00ed.<\/p>\n<p>\u2014Oh s\u00ed\u2026 Yo veo \u2014dijo la gorda mirando fijo a la de cara de sapo que hamac\u00f3 su cabeza como si confirmase la m\u00e1s elaborada teor\u00eda del universo. Entonces habl\u00f3 por vez primera y s\u00f3lo para m\u00ed mi muchacha punk. Ten\u00eda voz deliciosa y t\u00edmbrica en este p\u00e1rrafo:<\/p>\n<p>\u2014\u00bfQu\u00e9 usted hace aqu\u00ed? \u2014quiso saber su melod\u00eda verbal.<\/p>\n<p>\u2014Nada, paseo \u2014dije, y record\u00e9 un modelo que siempre march\u00f3 bien con beatniks y con hippies y que pens\u00e9 que pod\u00eda funcionar con punks. Lo puse a prueba\u2014: Yo disfruto conocer gente y entonces viajo\u2026 Conocer gente, me entiende\u2026 Viajar\u2026 Conocer\u2026 \u00a1gente!\u2026 Eh\u2026 As\u00ed\u2026 Gente\u2026<\/p>\n<p>Funcion\u00f3: la carita de mi muchacha punk se iluminaba.<\/p>\n<p>\u2014Yo tambi\u00e9n amo viajar \u2014fue desgranando sin mirarme\u2014. Conozco \u00c1frica, India y los Estados (se refer\u00eda a USA). Yo creo que yo conozco casi todo. \u00a1Yo no nunca he ido yo a Portugal! \u00bfC\u00f3mo es Portugal? \u2014me pregunt\u00f3.<\/p>\n<p>Compuse un Portugal a su medida:<\/p>\n<p>\u2014Portugal es lleno de maravilla\u2026 Hay all\u00ed gente preciosamente interesante y bien buena. Se vive una ola en completo distinta a la nuestra\u2026 \u2014Segu\u00ed as\u00ed, y ella se fue envolviendo en mi relato. Lo percib\u00ed por la incomodidad que comenzaban a mostrar sus punks amigas. Lo confirm\u00e9 por esa luz que vi crecer en su carita aristocr\u00e1ticamente punk. Susurraba ella:<\/p>\n<p>\u2014Una vez mi avi\u00f3n tom\u00f3 suelo en Lisboa y quise yo bajar, pero no permitieron \u2014dijo\u2014: Encuentro que la gente del aeropuerto de Lisboa son unos cerdos sucios hijos de perra. \u00bfEs no, eso, Lisboa, Portugal? \u2014La duda tintineaba en su voz.<\/p>\n<p>\u2014S\u00ed \u2014adoctrin\u00e9\u2014, pero en todos los aeropuertos son iguales: son todos piojosos malolientes sucios hijos de perra.<\/p>\n<p>\u2014Como los choferes de taxi, as\u00ed son \u2014me interrumpi\u00f3 la gorda, sacudiendo el humo de su Players.<\/p>\n<p>\u2014Como los porteros del hotel, sucios hijos de perra\u2014concedi\u00f3 la pajar\u00f3fora gorda cara de sapo, quieta.<\/p>\n<p>\u2014Como los vendedores de libros \u2014dijo la m\u00eda\u2014. \u00a1Hijos de perra! \u2014Y flotaba en el aire, et\u00e9rea.<\/p>\n<p>\u2014S\u00ed, de curso \u2014dije yo, festejando el acuerdo que reinaba entre los cuatro. Entonces ocurri\u00f3 algo imprevisto; la de pelo verde habl\u00f3 a la gorda\u2014: Deja nosotros ir, dejemos a \u00e9stos trabajar en lo suyo, eh\u2026 \u2014y desenroll\u00f3 un billete de cinco libras, lo apoy\u00f3 en el platillo de la cuenta, se par\u00f3 y se march\u00f3 arrastrando en su estela a la cara de sapo. Bien hab\u00eda visto yo que ellas hab\u00edan consumido diez o quince libras, pero dej\u00e9 que se borraran, eso simplificaba la narraci\u00f3n.<\/p>\n<p>\u2014Bay, Maradona \u2014me grit\u00f3 la cara de sapo desde la vereda, amagando sacar de su cintura una inexistente espadita o un pu\u00f1al; entonces me alegr\u00e9 de ver tanta fealdad hundi\u00e9ndose en el fr\u00edo, y me alegr\u00e9 a\u00fan m\u00e1s pensando que asist\u00eda a otra prueba de que el prestigio deportivo de mi patria ya hab\u00eda franqueado las peores fronteras sociales de Londres. Pregunt\u00e9 a mi muchacha por qu\u00e9 no las hab\u00eda saludado:<\/p>\n<p>\u2014Porque son unas cerdas sucias hijas de perra. \u00bfVe? \u2014dijo mostr\u00e1ndome los billetitos de cinco libras que iba sacando de su bolsillo para completar el pago de la cuenta. Asent\u00ed. Como un cern\u00edcalo, que a trav\u00e9s de las nubes m\u00e1s densas de un cielo tormentoso descubre los movimientos de su peque\u00f1a presa entre las hierbas, atra\u00eddo por el fluir de las libras, un mozo muy gallego brot\u00f3 a su lado, frente a m\u00ed. Gui\u00f1\u00f3 un ojo, cobr\u00f3, recibi\u00f3 los pocos penns de propina que mi muchacha dej\u00f3 caer en su platillo, y yo ped\u00ed otra botella de Chianti y dos de Coke y ella me devolvi\u00f3 un hermoso gesto: abri\u00f3 la boca, frunci\u00f3 un poquito la nariz, alz\u00f3 la ceja del mismo lado y movi\u00f3 la cabeza como queriendo devolver la pelota a alguien que se la habr\u00eda lanzado desde atr\u00e1s. Conjetur\u00e9 que ser\u00eda un gesto de acuerdo. Poco despu\u00e9s, su manera golosa de beber la mezcla de vino y Coca-Cola acab\u00f3 confirm\u00e1ndome aquella presunci\u00f3n de momento: todo hab\u00eda sido un gesto de acuerdo. Me cont\u00f3 que se llamaba Coreen.<\/p>\n<p>Era et\u00e9rea: al promediar el di\u00e1logo sus ojos se extraviaban siguiendo, tras la ventana de la pizzer\u00eda espa\u00f1ola de Graham Avenue, al viento de la calle. Tomamos dos botellitas de Chianti, tres de Coke. Ella mezclaba esos colores en mi copa. Yo beb\u00eda el vino por placer y la Coke por la sed que hab\u00edan provocado la pizza, el calor del local y este mismo deseo de averiguar el desenlace de mi relato de la muchacha punk. La convid\u00e9 a mi hotel. No quiso. Habl\u00f3:<\/p>\n<p>\u2014Si yo voy a tu hotel, tendr\u00e1s que a ellos pagar mi permanencia. Es no sentido \u2014afirm\u00f3 y me invit\u00f3 a su casa. Antes de salir pagamos en al\u00edcuotas todo lo bebido; pero yo necesito hablar m\u00e1s de ella. Ya escrib\u00ed que ten\u00eda rasgos aristocr\u00e1ticos. A esa altura de nuestra relaci\u00f3n (eran las doce y treinta, no hab\u00eda un alma en la calle, el fr\u00edo ingl\u00e9s del relato calaba los huesos argentinos del narrador), mi deseo de hacerla m\u00eda se hab\u00eda despojado de cualquier esnobismo inicial. Mi muchacha\u2014aristocr\u00e1tica o punk, eso ya no importaba\u2014 me enardec\u00eda: yo me extraviaba ya por ese ardor creciente, ya era un ciego, yo. Yo era ya el cuerpo sin huellas digitales de un ahogado que la corriente, delatora, entra boyando al fiord donde todo se vuelve nada. Pero antes, cuando la vi frente a mi vidriera de Selfridges, hab\u00eda notado detalles raros, n\u00edtidamente punk, en su tenue carita: su mejilla izquierda estaba muy marcada, no supe entonces c\u00f3mo ni por qu\u00e9, y el lado derecho de su cara ten\u00eda una peculiaridad, pues sobre el ala derecha de su nariz se apoyaba \u2014cre\u00ed\u2014 una pieza de metal dorado (cre\u00ed) que trazando una comba sobre la mejilla derecha ascend\u00eda hasta insertarse en la espiga de trigo, que cre\u00ed dorada, afeando el l\u00f3bulo de su oreja a la manera de un arete de fantas\u00eda. Del tallo de esa espiga, de unos dos cent\u00edmetros, colgaba otra cadena, m\u00e1s gruesa, que ca\u00eda sobre su cuello libremente y acababa en la miniatura de la lata de Coke, de metal dorado y esmalte rojo, que siempre iba y ven\u00eda roz\u00e1ndole los rubios pelos, el hombro y el pecho, o golpeaba la copa verde provocando una m\u00fasica parecida a su voz, y algunas veces se instalaba, quieta, sobre su hermosa clav\u00edcula blanca, curvada como el alma de una ballesta, arm\u00f3nica como un lance de taichi. Durante nuestra charla aprend\u00ed que lo que hab\u00eda cre\u00eddo antes metal dorado era oro dieciocho kilates, y descubr\u00ed que lo que hab\u00eda cre\u00eddo un grano de ma\u00edz de tama\u00f1o casi natural aplicado sobre el ala de su nariz era una pieza de oro con forma de grano de ma\u00edz y tama\u00f1o casi natural, sostenido por un mecanismo de cierre delicad\u00edsimo, que atravesaba sin pudor y enteramente la alita izquierda de su bella nariz. Ella misma me mostr\u00f3 el orificio, haciendo un poco de palanca con la u\u00f1a azafranada de su \u00edndice, entre el ma\u00edz y la piel, para lucir mejor su agujerito en forma de estrella, de unos cuatro mil\u00edmetros de di\u00e1metro. \u00a1Estaba chocha de su orificio\u2026! Del lado izquierdo, lo que temprano en Oxford Street me hab\u00eda parecido una marca en su mejilla, era una cicatriz profunda, de unos tres cent\u00edmetros de largo, que parec\u00eda provocada por algo muy cortante. Surcaban ese tajo tres costuras bien desprolijas, trabajo de un aficionado, o de alg\u00fan practicante de primer a\u00f1o de medicina m\u00e1s chapucero que el com\u00fan de los practicantes de medicina ingleses y en ausencia de los jefes de guardia.<\/p>\n<p>Segunda decepci\u00f3n del narrador: la cicatriz de la izquierda, a diferencia de las cositas de oro de su lado derecho, era falsa. La hab\u00eda fraguado un maquillador y mi muchachita se apenaba, pues hab\u00eda comenzado a deshacerse por la humedad y por el fr\u00edo y ahora necesitaba un service para recuperar su color y su consistencia original. Poco antes de irnos, ella fue al ba\u00f1o y al volver me sorprendi\u00f3 cavilando en la mesa:<\/p>\n<p>\u2014\u00bfCu\u00e1l es el problema con t\u00fa? \u2014me pregunt\u00f3 en ingl\u00e9s\u2014. \u00bfQu\u00e9 eres t\u00fa pensando?<\/p>\n<p>\u2014Nada \u2014respond\u00ed\u2014. Pensaba en este fr\u00edo maldito que estropea cicatrices\u2026 \u2014Pero ment\u00ed: yo hab\u00eda pensado en aquel fr\u00edo s\u00f3lo por un instante. Despu\u00e9s hab\u00eda mirado la calle que se orientaba hacia la nada, y hab\u00eda tratado de imaginar qu\u00e9 andar\u00eda haciendo la poca gente que, de cuando en cuando, produc\u00eda breves interrupciones en la constancia de aquel paisaje urbano vac\u00edo. Toqu\u00e9 el cristal helado; ol\u00ed los bordes de la copa verde de ella para reconocer su olor, y volv\u00ed a pensar en las figuras que iban pasando tras los cristales, esfumadas por el vapor humano de la pizzer\u00eda. Entonces quise saber por qu\u00e9 cualquier humano desplaz\u00e1ndose por esas calles, siempre me parec\u00eda encubrir a un terrorista irland\u00e9s, llevando mensajes, instrucciones, cargas de pl\u00e1stico, equipos m\u00e9dicos en miniatura y todo eso que ellos atesoran y mudan, noche por medio, de casa en casa, de local en local, de taller en taller, y hasta de cualquier sitio a cualquier otro sitio.<\/p>\n<p>\u201c\u00bfPor qu\u00e9? \u2014me preguntaba\u2014. \u00bfPor qu\u00e9 ser\u00e1?\u201d Trataba de entender, mientras mi bella muchachita estar\u00eda cerqu\u00edsima pishando, o lav\u00e1ndose con agua tibia, y cuando apenas tirone\u00e9 del hilito de la tibieza de su imagen, estall\u00f3 en mil fragmentos una granada de visiones y asociaciones \u00edntimas, intensas, pero por m\u00edas, por argentinas y por inconfesables, poco leales hacia ella.<\/p>\n<p>\u00bfHay Dios? No creo que haya Dios, pero algo o alguien me castig\u00f3, porque cuando advert\u00ed que estaba siendo desleal e innoble con mi muchachita punk y sent\u00ed que empezaba a crecer en mi cuerpo \u2014o en mi alma\u2014 la deliciosa idea del pecado, cruz\u00f3 por la vidriera la forma de un ciclista, y lo vi pedalear suspendido en el fr\u00edo y supe que \u00e9se era el hombre cuyo falso pasaporte franc\u00e9s ocultaba la identidad del ex jesuita del IRA que alguna vez har\u00eda estallar con su bomba de pl\u00e1stico el pub donde yo, esperando alg\u00fan bur\u00f3crata de BAT, encontrar\u00eda mi fin y entonces cerr\u00e9 los ojos, apret\u00e9 los pu\u00f1os contra mis sienes y la vi pasar a ella apurada por la vereda del pub, zaf\u00e9 de all\u00ed, corr\u00ed tras ella respirando el aire libre y perfumado de abril en Londres, y en el instante de alcanzarla sentimos juntos la explosi\u00f3n, y ella me abrazaba, y yo ve\u00eda en sus ojos \u2014dos espejos azules\u2014 que ese hombre que rodeaban los brazos de mi muchacha punk no era m\u00e1s yo, sino el jesuita de piel escarbada por la viruela, y adivin\u00e9 que pronto, entre pedazos de mamposter\u00eda y flippers retorcidos, Scotland Yard identificar\u00eda los fragmentos de un autor que jam\u00e1s pudo componer bien la historia de su muchacha punk. Pero ella ahora estaba all\u00ed, sal\u00eda del texto y comenzaba a o\u00edr mi respuesta:<\/p>\n<p>\u2014Nada\u2026 pensaba en este fr\u00edo maldito que arruina cicatrices\u2026 \u2014o\u00eda ella. Y despu\u00e9s inclinaba la cabeza (\u00a1chau irlandeses!), me clavaba sus espejos azules y dec\u00eda \u201cgracias\u201d, que en ingl\u00e9s (\u201cagradecer t\u00fa\u201d, hab\u00eda dicho en su lengua con su lengua), y en el medio de la noche inglesa, me hizo sentir que agradec\u00eda mi solidaridad; yo, contra el fr\u00edo, luchando en pro de la conservaci\u00f3n de su preciosa cicatriz, y que tambi\u00e9n agradec\u00eda que yo fuera yo, tal como soy, y que la fuera construyendo a ella tal como es, como la hice, como la quise yo. Debi\u00f3 advertir mis l\u00e1grimas. Justifiqu\u00e9:<\/p>\n<p>\u2014Tuve gripe\u2026 adem\u00e1s\u2026 \u00a1El fr\u00edo me entristece, es un baj\u00f3n\u2026! \u201cIt downs me!\u201d \u2014traduje. \u00a1Eso ab\u00e1jame!\u2014. \u00a1Vayamos al hotel! \u2014dije yo, ya sin l\u00e1grimas.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Hotel no! \u2014dijo ella, la historia se repite. No insist\u00ed. Entonces no sab\u00eda \u2014sigo sin saber\u2014 c\u00f3mo puede alguien imponer su voluntad a una muchacha punk. Salimos al fr\u00edo. Calaba. Los huesos. Ni un alma. Por las calles. Llam\u00e9 a un taxi. \u00c9l no par\u00f3. Pronto se acerc\u00f3 otro. Se detuvo y subimos. Ol\u00eda a transpiraci\u00f3n de chofer y a gasoil. Mi muchacha nombr\u00f3 una calle y varios n\u00fameros. Imagin\u00e9 que vivir\u00eda en un barrio bajo, en una pocilga de subsuelo, o en un helado altillo y calcul\u00e9 que compartir\u00eda el cuarto con media docena de punks malolientes y drogados, que a esa altura de la noche se arrastrar\u00edan por el suelo disputando los restos de la comida, o, peor, los restos de una hipod\u00e9rmica sin esterilizar que circular\u00eda entre ellos con la misma arrogante naturalidad con que nuestros gauchos se dejan chupar sus piorreicas bombillas de mate fr\u00edo y lavado. Me equivoqu\u00e9: ella viv\u00eda en un piso paquet\u00edsimo, frente a Hyde Park. En la puerta del edificio dec\u00eda \u201cShadley House\u201d. En la puerta de su apartamento \u2014doble batiente, de bronce y de lujuria\u2014 dec\u00eda \u201cR. H. Shadley\u201d.<\/p>\n<p>\u2014Es la casa de mi familia \u2014dijo humilde mi punk y pasamos a una gran recepci\u00f3n. A la derecha, la sala de armas conservaba trofeos de caza y numerosas armas largas y cortas se exhib\u00edan junto a otras, m\u00e1s medianas, en mesas de cristal y en vitrinas. A la izquierda, hab\u00eda un sal\u00f3n tapizado con capiton\u00e9 de raso bordeaux que brillaba a la luz de tres ara\u00f1as de cristal grandes como Volkswagens. El pasillo de entrada desembocaba en un sal\u00f3n de m\u00fasica, donde sonaban voces. Al pasar por la puerta ella grit\u00f3 \u201chello\u201d y una voz le devolvi\u00f3 en franc\u00e9s una ristra de guarangadas. Detr\u00e1s pasaba yo, las escuch\u00e9, memoric\u00e9 nuestra oraci\u00f3n ritual \u201cqueterrecontra\u201d y con una mirada rel\u00e1mpago, busqu\u00e9 la boca sucia y gala en el sal\u00f3n. No la identifiqu\u00e9. En cambio vi dos pianos, una peque\u00f1a tarima de concierto, varios sillones y dos viejos sof\u00e1s enfrentados. Entre ellos, sobre almohadones, media docena de punks malolientes fumaban haschisch disputando en franc\u00e9s por algo que no alcanc\u00e9 a entender. Un negro desnudo y esquel\u00e9tico yac\u00eda tirado sobre la alfombra purp\u00farea. Por su flacura y el color verdoso de su piel me pareci\u00f3 un cad\u00e1ver, pero despu\u00e9s vi sus costillas que se mov\u00edan espasm\u00f3dicamente y me tranquilic\u00e9: epilepsia.<\/p>\n<p>Imagin\u00e9 que el negro punk entre sus sue\u00f1os estar\u00eda muri\u00e9ndose de fr\u00edo, pero no ser\u00eda yo quien abrigase a un punk esa noche de perros, estando \u00e9l, punk, reventado de droga punk entre tantos est\u00fapidos amigos punk. Copamos la cocina. Mi muchacha me dijo que los batracios del sal\u00f3n de m\u00fasica eran \u201csu gente\u201d y mientras trababa la puerta me explic\u00f3 que estaban enculados (\u201cangry\u201d, dijo) con ella porque les hab\u00eda prohibido la entrada a la cocina. Ellos argumentaban que era una \u201czorra mezquina\u201d, creyendo que la veda obedec\u00eda a su deseo de impedir depredaciones en heladeras y alacenas, pero el motivo eran las quejas y los temores de los sirvientes de la casa, que en varias oportunidades hab\u00edan topado contra semidesnudos punks que com\u00edan con las manos en un \u00e1rea de la casa que el personal consideraba suya desde hac\u00eda tres generaciones y en la que siempre deb\u00edan reinar las leyes del Imperio. Ese d\u00eda hab\u00eda recibido nuevas quejas del ama de llaves, pues uno de los punks, el marroqu\u00ed, hab\u00eda estado toqueteando las armas autom\u00e1ticas de la colecci\u00f3n y cuando el viejo mayordomo lo reprendi\u00f3, el punk le hab\u00eda hecho oler una daga beduina, que siempre llevaba pegada con cinta adhesiva en su entrepierna. Coreen estaba entre dos fuegos y muy pronto tendr\u00eda que elegir entre sus amigos y la servidumbre de la casa. Vacilaba:<\/p>\n<p>\u2014Son unos cerdos malolientes hijos de perra \u2014me dijo refiri\u00e9ndose a los dos franceses, el marroqu\u00ed, el sudan\u00e9s y el americano, quien adem\u00e1s \u2014cont\u00f3\u2014 ten\u00eda \u201ccostumbres repugnantes\u201d.<\/p>\n<p>No pude saber cu\u00e1les, pero me sent\u00e9 en un banquito a imaginar media docena de posibilidades punk, mientras ella filtraba un delicioso caf\u00e9 con canela. Cuando la cafetera ya borboteaba, me cont\u00f3 que aquel departamento hab\u00eda sido de los abuelos de su madre, que era una cr\u00edtica de museos que trabajaba en New York. El padre, veinte a\u00f1os mayor, se hab\u00eda casado por prestigio, tomando el apellido de la mujer cuando lo hicieron caballero de la reina vieja en recompensa de sus servicios de esp\u00eda, o polic\u00eda, en la India. Vinculado a la compa\u00f1\u00eda de petr\u00f3leo del gobierno, el viejo hab\u00eda hecho una apreciable fortuna y ahora pasaba sus \u00faltimos a\u00f1os en \u00c1frica, administrando propiedades. Mi muchacha punk lo admiraba. Tambi\u00e9n admiraba a su madre. No obstante, al referirse a las relaciones de los dos viejos con ella y con su hermana mayor, puntualiz\u00f3 varias veces que eran unos \u201chijos de perra malolientes\u201d. Cre\u00ed entender que hab\u00eda un banco encargado de los gastos de la casa, los sueldos de los sirvientes y choferes y las cuentas de alimentos, limpieza e impuestos, y que las dos muchachas \u2014la m\u00eda y su hermana\u2014 recib\u00edan cincuenta libras. \u201cCerdos malolientes\u201d, hab\u00eda vuelto a decir toc\u00e1ndose la cicatriz y explicando que el service \u2014que en tiempos de humedad deb\u00eda realizarse semanalmente\u2014 le costaba veinticinco libras, y que as\u00ed no se pod\u00eda vivir. Ped\u00eda mi opini\u00f3n. Yo prefer\u00ed no tomar el partido de sus padres, pero tampoco quise comprometerme dando a su posici\u00f3n un apoyo del que, a m\u00ed, moralmente, no me parec\u00eda merecedora. Entonces la bes\u00e9.<\/p>\n<p>Mientras beb\u00eda el caf\u00e9 la muchacha sali\u00f3 a arreglar algunos asuntos con sus amigos. Yo aprovech\u00e9 para mirar un poco la cocina: est\u00e1bamos en un cuarto piso, pero uno de los anaqueles se abr\u00eda a un s\u00f3tano de cien o m\u00e1s metros cuadrados que oficiaba de bodega y dep\u00f3sito de alimentos. Hab\u00eda jamones, embutidos y ciento cuarenta y cuatro cajas con latas de bebidas sin alcohol y conservas. Vi cajones de whisky, de vinos y champanes de varias marcas. Contra la pared que enfrentaba a mi escalera, dorm\u00edan millares de botellas de vino, acostadas sobre pupitres de madera blanca muy suave. Hab\u00eda olor a especias en el lugar. Calcul\u00e9 un stock de alimentos suficiente para que toda una familia y sus amigos argentinos sitiados pudiesen resistir el asedio del invasor normando por seis lunas, hasta la llegada de los ej\u00e9rcitos libertadores del Rey Charles, y al avanzar los atacantes, oblig\u00e1ndonos a lanzar nuestras \u00faltimas reservas de bolas de granito con la gran catapulta de la almena oeste, apareci\u00f3 otra vez mi princesita punk, que re- puesta del fragor del combate, volv\u00eda a trabar la puerta con dos vueltas de llave y me miraba, carita de disculpa.<\/p>\n<p>Yo dije, por decir, que me parec\u00eda justificado el temor de sus sirvientes. \u201cNunca se sabe\u201d, dije en espa\u00f1ol, y le aclar\u00e9 en ingl\u00e9s \u201ces no f\u00e1cil saber\u201d. Ella se encogi\u00f3 de hombros y dijo que sus amigos eran capaces de cualquier cosa, \u201ccomo pobre Charlie\u201d. Quise saber qui\u00e9n era \u201cpobre Charlie\u201d y me cont\u00f3 que era un pariente, que se hab\u00eda hecho famoso cuando arranc\u00f3 las orejas de una bebita en Gilderdale Gardens pero que ahora envejec\u00eda olvidado en un asilo cercano a Dondall, fingi\u00e9ndose loco, para evitar una condena.<\/p>\n<p>Entonces volvi\u00f3 a preguntar mi nombre y el de mis padres y se ri\u00f3. Tambi\u00e9n volvi\u00f3 a hablarme de su cicatriz que ya le hab\u00eda costado cincuenta libras: el precio de su pensi\u00f3n semanal, \u201ccomo una sustancia de hecho\u201d. El banco le liquidaba cincuenta libras por semana a mi muchacha y otras tantas a su hermana mayor, pero el maquillaje requer\u00eda service. (Estoy seguro de haberlo escrito, pero ella volv\u00eda a cont\u00e1rmelo y yo soy respetuoso de mis protagonistas. El arte \u2014pienso\u2014 debe testimoniar la realidad, para no convertirse en una torpe forma de onanismo, ya que las hay mejores.) Necesitaba service la cicatriz y le imped\u00eda, entre otras cosas, la pr\u00e1ctica de nataci\u00f3n y de esqu\u00ed acu\u00e1tico. Coreen adoraba el esqu\u00ed y las largas estad\u00edas al aire libre en tiempo de humedad y me invit\u00f3 con un cigarrillo de marihuana: un joint. Lo rechac\u00e9 porque hab\u00eda bebido mucho, me sent\u00eda ebrio de planes, y no quer\u00eda que una ca\u00edda s\u00fabita de mi presi\u00f3n los echara a perder.<\/p>\n<p>Mi muchacha empapaba el papel de su peque\u00f1o joint con un l\u00edquido untuoso que guardaba en la miniatura de Coke de su colgante de oro. \u201cAceite de hero\u00edna\u201d, explic\u00f3. Ella hab\u00eda sido adicta y friendo ese juguito que impregnaba el papel y la yerba, tranquilizaba sus deseos. Hac\u00eda un a\u00f1o que ven\u00eda abandonando el h\u00e1bito, tem\u00eda recaer en los pinchazos que hab\u00edan matado a sus mejores amigos una noche en Par\u00eds \u2014septicemia\u2014 y ahora quer\u00eda curarse y salir de aquello porque su pensi\u00f3n no le alcanzaba para solventar el h\u00e1bito: ya bastantes problemas le tra\u00eda el service de su maquilladora. Despu\u00e9s volvi\u00f3 a dejarme solo en la cocina, fue al ba\u00f1o y yo rob\u00e9 del s\u00f3tano una lata de queso camembert, y a medida que me lo iba comiendo con mi cuchara de madera, hice una recorrida por las dependencias de la cocina: arte testimonial. Am\u00e9n de varios hornos verticales, y un gran hogar revestido de barro para hacer pan, en la sala contigua ten\u00edan una m\u00e1quina de asar el\u00e9ctrica, con un spiedo que medir\u00eda tres metros de ancho por uno de circunferencia. Calcul\u00e9 que un pueblo en marcha hacia la liberaci\u00f3n pod\u00eda asar all\u00ed media docena de misioneros mormones ante un millar de fervientes watusi desesperados por su al\u00edcuota de dulzona carne de misionero morm\u00f3n rot\u00ed. M\u00e1s all\u00e1 de la sala estaba el dep\u00f3sito de tubos de gas, le\u00f1as, carb\u00f3n y especias. Ol\u00eda a ajo el lugar, pero no vi ajo sino ramas de laurel y bolsas de yute con hierbas arom\u00e1ticas que no supe calificar. \u00bfRomero? \u00bfPeter Nollys? \u00bfKelpsias? \u00a1Vaya uno a distinguir las sofisticadas preferencias de esos mani\u00e1ticos magnates brit\u00e1nicos\u2026!<\/p>\n<p>Cuando Coreen \u2014mi muchacha punk, due\u00f1a y se\u00f1ora de la casa\u2014 volv\u00eda del ba\u00f1o, trab\u00f3 la puerta que separaba la cocina del office \u2014al que ella llamaba \u201chogar\u201d en ingl\u00e9s\u2014 de los salones donde segu\u00edan grit\u00e1ndose barbaridades sus amigos. Ignoro lo que habr\u00e1n dicho ellos, pero como resumen dijo que eran unos piojosos hijos de perra; grave. Prendi\u00f3 otro joint con la brasa de mis 555, y \u2014\u00a1achalay!\u2014 nos fuimos con \u00e9l a apestar el dormitorio de su hermana, donde dormir\u00edamos, pues el suyo ven\u00eda desordenado de la tarde anterior.<\/p>\n<p>El pasillo que llevaba a los cuartos estaba custodiado por grandes cuadros que parec\u00edan de buena calidad. Repar\u00e9 en el piso: listones de roble enteros se extend\u00edan a lo largo de quince o veinte metros. Sin alfombra ni lustre alguno, la madera blanca repulida me evoc\u00f3 la cubierta de aquellos clippers que se hac\u00eda construir la pandilla de nobles que rondaba a Disraeli para gastar sus vacaciones en Gibraltar. \u00a1Un derroche! El cuarto de la hermana era amplio, sobriamente alfombrado, y en un rinc\u00f3n hab\u00eda una piel de tigre, en otro, una de cebra viel y otras pieles gruesas que supuse ser\u00edan de alg\u00fan lanar ex\u00f3tico, pues eran m\u00e1s grandes que las pieles de las ovejas m\u00e1s grandes que mis ojos han visto y que las que cualquier humano podr\u00eda imaginar con o sin joints embebidos en sustancias equis. Nos acostamos.<\/p>\n<p>Tercera decepci\u00f3n del narrador: mi muchacha punk era tan limpia como cualquier chitrula de Flores o de Belgrano R. Nada previsible en una inglesa y en todo discordante con mis expectativas hacia lo punk.<\/p>\n<p>\u00a1Las s\u00e1banas\u2026! \u00a1Las s\u00e1banas eran m\u00e1s suaves que las del mejor hotel que conoc\u00ed en mi vida! Yo, que por mi antigua profesi\u00f3n sol\u00eda camuflarme en todos los hoteles de primera clase y hasta he dormido \u2014en casos de errores en las reservas que de ese modo trataron los gerentes de reparar\u2014 en suites especiales para noches de bodas o para hu\u00e9spedes vip, nunca sent\u00ed en mi piel fibras tan suaves como las de esas s\u00e1banas de seda suave, que ol\u00edan a lima o a capullitos de bergamota en v\u00edsperas de la apertura de sus c\u00e1lices.<\/p>\n<p>Tercera decepci\u00f3n del lector: Yo jam\u00e1s me acost\u00e9 con una muchacha punk. Peor: yo jam\u00e1s vi muchachas punk, ni estuve en Londres, ni me fueron franqueadas las puertas de residencias tan distinguidas. Puedo probarlo: desde marzo de 1976 no he vuelto a hacer el amor con otras personas. (Ella se fue, se fue a la quinta, nunca volvi\u00f3, jam\u00e1s volvi\u00f3 a llamarme. La franquean otros hombres, otros. Nos ha olvidado; creo que me ha olvidado.) Cuarta decepci\u00f3n del narrador:\u00a0 no dir\u00e9 que era virgen, pero era m\u00e1s torpe que la peor muchacha virgen del barrio de Belgrano o de Parque Centenario. Al promediar eso (\u00bfel amor?) se larg\u00f3 a declamar la letan\u00eda bien conocida por cualquier visitante de Londres: \u201cai camin ai camin ai camin ai camin ai camin\u201d, gritaba, gritaba, gritaba, sustituyendo los conocidos \u201cai voi ai voi ai voi ai voi\u201d de las pebetas de mi pago, que sumen al var\u00f3n en el m\u00e1s turbado pajar de dudas sobre la naturaleza de ese sitio sagrado hacia el que dicen ir las muchachas del hemisferio sur y del que creen venir sus contrapartidas brit\u00e1nicas. Pero uno hace todo esto para vivir y se amolda. \u00a1Vaya si se amolda! Por ejemplo:<\/p>\n<p>Y despu\u00e9s se durmi\u00f3. Habr\u00e1 sido el vino o las drogas, pero durmi\u00f3 sonriendo, y su cuerpo fue presa de una prodigiosa blandura. Mir\u00e9 el reloj: eran las cinco y treinta y no pod\u00eda pegar un ojo, tal vez a causa del caf\u00e9, o de lo que agregamos al caf\u00e9. Revis\u00e9 los libros que se apilaban en la mesa de luz del cuarto de la hermana de mi muchacha punk. \u00a1Buenos libros! Blake, Woolf, Sollers: buena literatura. \u00a1Cort\u00e1zar en ingl\u00e9s! (\u00a1Hay que ver en una de esas camas se\u00f1oriales lo que parece el finado Cort\u00e1zar puesto en ingl\u00e9s!) Hab\u00eda manuales de f\u00edsica y muchos n\u00fameros de revistas de ciencias naturales y de Teor\u00eda de los Sistemas. Separ\u00e9 algunas para informarme qu\u00e9 era esa teor\u00eda que yo desconoc\u00eda pero que justificaba una publicaci\u00f3n mensual que ya iba por el n\u00famero ciento treinta y cuatro. Las mir\u00e9. Interesante: enriquecer\u00eda mi conversaci\u00f3n por un tiempo.<\/p>\n<p>Andaba en eso cuando lleg\u00f3 la hermana de mi muchacha punk con su novio. La chica dijo llamarse Dianne y era naturista, marxista, estudiaba biolog\u00eda, odiaba las drogas, despreciaba a los punks y no tom\u00f3 nada bien que estuvi\u00e9semos acostados en su cuarto, pero disimul\u00f3.<\/p>\n<p>Cuando le habl\u00e9, su expresi\u00f3n se hizo a\u00fan m\u00e1s severa como reprochando que un desnudo, desde su propia cama, se dirigiese a ella en ese ingl\u00e9s tan choto. No le gust\u00e9 y ella no pudo disimularlo m\u00e1s. En cambio el novio me mostr\u00f3 simpat\u00eda.<\/p>\n<p>Era estudiante de biolog\u00eda, naturista, marxista, odiaba profundamente a las punks y manifest\u00f3 un intenso desprecio hacia las drogas y sus clientes. Creo que de no haber mediado el episodio del encuentro y la irritaci\u00f3n de su novia, habr\u00edamos podido entablar una provechosa amistad. Me convidaron con sus frutas, algo muy delicioso, parecido al n\u00edspero y tan refrescante, que erradic\u00f3 de mis enc\u00edas el gustito a Coreen. Ella, a pesar de nuestra conversaci\u00f3n en voz muy alta, mis gritos angloargentinos, mis carcajadas y los mendrugos de risa que algunos de mis chistes lograron de la bi\u00f3loga, no despertaba. Dije a los chicos que me vestir\u00eda y que deb\u00eda partir pues me esperaban en mi hotel. Ellos dijeron que no era necesario, que siempre dorm\u00edan en el suelo por motivos higi\u00e9nicos y que yo pod\u00eda seguir leyendo, pues \u201cla luz de la luz no nos molesta\u201d. As\u00ed dijeron. Se desnudaron, se echaron sobre una piel de oso y se cubrieron hasta los ojos con una manta hind\u00fa. De inmediato entraron en un profundo sue\u00f1o y los vi dormir y respirar a un mismo ritmo, boca arriba y agarraditos de las manos. Pero yo no pod\u00eda dormir; apagu\u00e9 la luz de la luz y estuve un rato velando y escuchando el contraste entre las respiraciones sim\u00e9tricas de la pareja, y la de Coreen, m\u00e1s fuerte y de ritmo m\u00e1s que sinuoso. Prend\u00ed la luz y revis\u00e9 el reloj: ser\u00edan las siete, pronto amanecer\u00eda. Acarici\u00e9 los pelos de mi muchacha, su carita, sus lind\u00edsimos hombros y sus brazos, y casi estuve a punto de hacer el amor una vez m\u00e1s, pero tem\u00ed que un movimiento involuntario pudiese despertarla. Aprovech\u00e9 para mirar mejor su piel tan delicada y suave. Nada punk, muy aristocr\u00e1tica la piel de mi muchacha. Le estudi\u00e9 el agujerito de la nariz: med\u00eda seis mil\u00edmetros de ancho y formaba una estrella de cinco puntas. \u00bfO eran cinco mil\u00edmetros y era la estrella lo de seis?<\/p>\n<p>Nunca lo volver\u00e9 a mirar. Para esta historia basta consignar que estaba dibujado con precisi\u00f3n y que debi\u00f3 ser obra de alg\u00fan cirujano pl\u00e1stico que habr\u00e1 cargado no menos de quinientos pounds de honorarios. \u00a1Un derroche! Mir\u00e9 la cicatriz de la mitad izquierda de mi chica: hab\u00eda perdido m\u00e1s color y estaba apelmazada por el roce de mi ment\u00f3n que la barba crecida de dos d\u00edas torn\u00f3 abrasivo. Me apen\u00f3 imaginar que en la tarde siguiente, al despertar, mi muchachita punk me guardar\u00eda rencor por eso. Escrib\u00ed un papelito diciendo que el service quedaba a mi cargo y lo dej\u00e9 abrochado con un clip junto a un billete de cincuenta libras que hab\u00eda comprado tan barato en Buenos Aires, en la garganta de su botita de astrac\u00e1n. As\u00ed asum\u00eda mi responsabilidad, y ella no necesitar\u00eda esperar otra semana para poner su cicatriz a cero kil\u00f3metro. Actu\u00e9 como hombre y como argentino y aunque nadie atine nunca a determinar qu\u00e9 espera un punk de la gente, yo no pod\u00eda permitir que al otro d\u00eda mi muchachita se amargase y anduviera por todas las discotheques de Londres insinuando que nosotros somos unos hijos de perra que perturbamos sus cicatrices y no pagamos el service, desfigurando a\u00fan m\u00e1s la horrible imagen de mi patria que desde hace un tiempo inculcan a los j\u00f3venes europeos. Me vest\u00ed. Al dejar el cuarto apagu\u00e9 las luces. Para salir destrab\u00e9 la cerradura de la cocina pero volv\u00ed a cerrarla y deslic\u00e9 la llave bajo la puerta. Los punks segu\u00edan peleando: el africano reprochaba a los otros no haberlo despertado para la cena. Otro lloraba, creo que era el franc\u00e9s. Despu\u00e9s o\u00ed unas s\u00edlabas rar\u00edsimas: era alguien que hablaba en holand\u00e9s. Gracias a Dios no me vieron y encontr\u00e9 un taxi no bien sal\u00ed a la calle, fr\u00eda como una daga rusa olvidada por un ge\u00f3logo ruso reci\u00e9n graduado en la heladera de un hotel pr\u00f3ximo a las obras suspendidas del Paran\u00e1 Medio. La tarde siguiente, le\u00ed en <i>The Guardian<\/i> que durante la noche catorce vagabundos, a causa del fr\u00edo, hab\u00edan muerto, o crepado, estirando sin rencor sus veintitantas vagabundas patas inglesas, en pleno coraz\u00f3n de la ciudad de Londres. Hicieron no s\u00e9 cu\u00e1ntos grados Fahrenheit; calculo que ser\u00edan unos diez grados bajo cero, penique m\u00e1s, penique menos. En el hotel me pegu\u00e9 un ba\u00f1o de inmersi\u00f3n y calentito y con el agua hasta la nariz le\u00ed en la edici\u00f3n internacional de <i>Clar\u00edn<\/i> las hermosas noticias de mi patria. Quise volver. Al d\u00eda siguiente vol\u00e9 a Bonn y de all\u00ed fui a Copenhague. Al cuarto d\u00eda estaba lo m\u00e1s campante en Londres y no bien me instal\u00e9 en el hotel quise encontrar a mi muchacha punk. Yo no hab\u00eda agendado su tel\u00e9fono y su nombre no figura en el directorio de la vieja ciudad. Corr\u00ed a su casa. Me recibi\u00f3 amistosamente Ferdinand, el novio de la hermana: mi muchacha estaba en New York visitando a la madre y de all\u00ed saltar\u00eda a Zambia, para reunirse con el padre. Volver\u00eda reci\u00e9n a fines de abril, y \u00e9l no me invitaba a pasar porque en ese momento sal\u00eda para la universidad, donde daba sus clases de citolog\u00eda.<\/p>\n<p>Tipo agradable Ferdinand: ten\u00eda un Morris blanco y negro y manejaba con prudencia en medio de la rough hour de aquel atardecer de invierno. Se mostr\u00f3 preocupado porque hac\u00eda un a\u00f1o le ven\u00edan fallando las luces indicadoras de giro del autito. Le suger\u00ed que deb\u00eda ser un fusible, que seguramente eso era lo m\u00e1s probable que le suceder\u00eda al Morris. Rumi\u00f3 un rato mi hip\u00f3tesis y finalmente concedi\u00f3:<\/p>\n<p>\u2014Yo no lo s\u00e9, tal vez t\u00fa tengas raz\u00f3n\u2026<\/p>\n<p>Me dej\u00f3 en Victoria Station, donde yo deb\u00eda comprar unos cat\u00e1logos de armas y unos art\u00edculos de caza mayor para mi gente de Buenos Aires. Nos despedimos afectuosamente. El armero de Aldwick era un jud\u00edo ingl\u00e9s de barbita con rulos y trenzas negras, lubricadas con reflejos azules. Entre \u00e9l y el librero de Victoria Embankment \u2014un paquistan\u00ed\u2014 acabaron de estropearme la tarde con su poca colaboraci\u00f3n y su velada censura a mi acento. El jud\u00edo me pregunt\u00f3 cu\u00e1l era mi procedencia; el pakistano me pregunt\u00f3 de d\u00f3nde yo ven\u00eda. Contest\u00e9 en ambos casos la verdad. \u00bfQu\u00e9 iba a decir? \u00bfIba a andar con remilgos y tapujos cuando m\u00e1s precisaba de ellos? \u00bfQu\u00e9 habr\u00eda hecho otro en mi lugar\u2026? \u00a1A muchos querr\u00eda ver en una situaci\u00f3n como la de aquel atardecer trist\u00edsimo de invierno ingl\u00e9s\u2026! Oscurec\u00eda. Inapelable, se estaba derrumbando otra noche sobre m\u00ed. Cuando escuch\u00f3 la palabra \u201cArgentina\u201d, el armero jud\u00edo hizo un gesto con sus manos: las extendi\u00f3 hacia m\u00ed, cerr\u00f3 los pu\u00f1os, separ\u00f3 los pulgares y gir\u00f3 sus codos describiendo un c\u00edrculo con los extremos de los dedos. No entend\u00ed bien, pero supuse que ser\u00eda un adem\u00e1n ritual vinculado a la manera de bautizar de ellos. El paki, cuando oy\u00f3 que dec\u00eda \u201cBuenos Aires, Argentina, Sur\u201d, arregl\u00f3 su turbante violeta y adopt\u00f3 una pose de danzar\u00edn griego \u2014tipo Zorba\u2014 (\u00bfo ser\u00eda una pose de danza del folklore de su tierra\u2026?). Gir\u00f3 en el aire, chist\u00f3 r\u00edtmicamente, palme\u00f3 sus manos y cant\u00f3 muy desafinado la frase \u201ccidade maravilhosa lhenha dincantos mil\u201d, pero apoy\u00e1ndola contra la melod\u00eda de la opereta Evita. Despu\u00e9s volvi\u00f3 a girar, se toc\u00f3 el culo con las dos manos, se aplaudi\u00f3, y se qued\u00f3 entreabierto mostr\u00e1ndome sus dientes perfectos de aut\u00e9ntico marfil. Sent\u00ed envidia y ped\u00ed a Dios que se muriera, pero no se muri\u00f3. Entonces le sonre\u00ed argentinamente y \u00e9l sonri\u00f3 a su manera y yo mir\u00e9 el pedazo visible de Londres tras el cristal de su vidriera: pura noche era el cielo, deb\u00eda partir y se\u00f1al\u00e9 varias veces mi reloj para apurarlo. No era antip\u00e1tico aquel mulato hijo de mil perras, pero, como todo propietario de comercio ingl\u00e9s, era petulante y achanchado: tard\u00f3 casi una hora para encontrar un simple cat\u00e1logo de Webley &amp; Scott. \u00a1As\u00ed les va!<\/p>\n<p style=\"text-align: right;\">Lee m\u00e1s sobre Fogwill en la <a href=\"http:\/\/www.latinamericanliteraturetoday.org\/es\/section\/featured-author-fogwill\">secci\u00f3n especial<\/a> dedicada a su obra en el presente n\u00famero de\u00a0LALT.<\/p>\n<h6>De la portada de la primera edici\u00f3n de \u201cMuchacha punk,\u201d Planeta, Biblioteca del Sur, 1979.<\/h6>\n<p><b id=\"docs-internal-guid-a6aa907f-7fff-1721-ab7b-3b2db0034e05\"><a href=\"https:\/\/bookshop.org\/shop\/LALT\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Visita nuestra p\u00e1gina de Bookshop y apoya a las librer\u00edas locales.<\/a><\/b><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>In December 1978, I made love with a punk girl. To say \u201cI made love\u201d is just an expression, because love was made long before my arrival in London, and what she and I made, that multitude of things she and I made, were not love, nor were they even\u2014today I\u2019d dare say it\u2014a love: they were what they were and that\u2019s all that they were. What\u2019s interesting about this story is \u201cI slept with\u201d the punk girl. Another expression, because of course everything would\u2019ve been the same had we not renounced our bipedal position, incorporating that\u2014love?\u2014into the realm of dreams: the horizontal, the darkness of the room, the darkness of our bodies\u2019 interiors; all of that. First disappointment of the reader: in this story, I\u2019m a man.<\/p>\n","protected":false},"author":3,"featured_media":4011,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_acf_changed":false,"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[4449],"genre":[2025],"pretext":[],"section":[2426],"translator":[2528],"lal_author":[3559],"class_list":["post-4014","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-uncategorized","tag-numero-15","genre-featured-author-es","section-featured-author-fogwill-es","translator-will-vanderhyden-es-2","lal_author-rodolfo-enrique-fogwill-es"],"acf":[],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/4014","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/users\/3"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=4014"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/4014\/revisions"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/media\/4011"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=4014"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=4014"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=4014"},{"taxonomy":"genre","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/genre?post=4014"},{"taxonomy":"pretext","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/pretext?post=4014"},{"taxonomy":"section","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/section?post=4014"},{"taxonomy":"translator","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/translator?post=4014"},{"taxonomy":"lal_author","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/lal_author?post=4014"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}