{"id":4006,"date":"2020-08-13T00:53:04","date_gmt":"2020-08-13T06:53:04","guid":{"rendered":"http:\/\/latinamericanliteraturetoday.wp\/2020\/08\/snapshots-fogwill-roberto-brodsky\/"},"modified":"2023-06-03T21:48:58","modified_gmt":"2023-06-04T03:48:58","slug":"snapshots-fogwill-roberto-brodsky","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/2020\/08\/snapshots-fogwill-roberto-brodsky\/","title":{"rendered":"&#8220;Instant\u00e1neas de Fogwill&#8221; de Roberto Brodsky"},"content":{"rendered":"<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Soy un escritor que busca evitar que otros lo escriban a \u00e9l, coment\u00f3 o escribi\u00f3 alguna vez Rodolfo Enrique Fogwill, cuyo tercer nombre era Samuel. Pasados los a\u00f1os, el tiempo transcurrido relaja sus cl\u00e1usulas de olvido y el recuerdo resurge en la forma de instant\u00e1neas mentales que testimonian sobre la experiencia de una vida, de un encuentro, de una lectura que qued\u00f3 en suspenso, esperando ser recuperada. Es la experiencia sensible, dir\u00eda el mismo Fogwill, quien faculta y autoriza estas instant\u00e1neas para compartir.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><b>1. La mesa de Santiago<\/b><\/p>\n<p>Conoc\u00ed a Fogwill en la mesa de un bar restaurante de la calle Rancagua, en Santiago, hacia fines del a\u00f1o 2004. Iba bien vestido, cosa rara en un moderno: chaqueta y pantal\u00f3n oscuros, camisa blanca, zapatos marrones perfectamente lustrados. No recuerdo si fue \u00c1lvaro Matus o Pedro Pablo Guerrero, dos dedicados periodistas culturales de la prensa chilena, quien me curs\u00f3 la invitaci\u00f3n. Sol\u00edan reunirse con \u00e9l en ese restaurante desali\u00f1ado cada vez que Fogwill visitaba la ciudad por cuestiones de trabajo, algo no infrecuente en esa \u00e9poca, cuando fung\u00eda como asesor de marketing en una empresa donde confiaban a ojos cerrados en sus consejos como inventor de una publicidad de goma de mascar que se hizo c\u00e9lebre en Argentina. No hab\u00eda le\u00eddo nada de \u00e9l, entonces, y luego no dej\u00e9 de leer todo o casi todo lo que hab\u00eda publicado y seguir\u00eda publicando hasta su muerte, seis a\u00f1os m\u00e1s tarde. Con su mostacho bien cuidado y el pelo revuelto, Fogwill dejaba que la mesa hablara, algo a\u00fan m\u00e1s raro en sus compatriotas escritores. Simpatizamos de inmediato: no soportaba el caf\u00e9 recargado de leche que serv\u00edan en el caf\u00e9 Tavelli, respetaba y segu\u00eda con atenci\u00f3n a Zurita, dec\u00eda que la virtud de Aira era conocer todas las jugadas posibles de un texto y tomar el camino menos pensado: jaquemate para el que leyera. \u00bfY vos?, me dijo: \u00bfsos sicobolche, no? No s\u00e9 si lo adivin\u00f3 o se lo contaron antes de llegar a la mesa, pero nos re\u00edmos. Yo tra\u00eda para \u00e9l <i>Ultimos d\u00edas de la historia<\/i>, una novela breve ambientada en los a\u00f1os de Allende, y la tom\u00f3 con cari\u00f1o y se la guard\u00f3. Fumaba un cigarrillo tras otro, casi con desesperaci\u00f3n, y frunc\u00eda un poco los labios al exhalar el humo por su boca bigotuda. Durante la cena comparti\u00f3 con Guerrero el entusiasmo por Bruce Chatwin, ponder\u00f3 con distancia las frivolidades de los nuevos narradores de su pa\u00eds, y cont\u00f3 el modo azaroso en que hab\u00eda conocido a su mujer actual y los motivos que lo decidieron a casarse: ella nada sab\u00eda del escritor Rodolfo Enrique Fogwill, autor de <i>Los pichiciegos<\/i> y de <i>Muchacha punk<\/i>, provocador cultural, soci\u00f3logo de profesi\u00f3n, poeta por repulsi\u00f3n, narrador famoso por equivocaci\u00f3n. Dijo que se hab\u00eda enamorado de inmediato de esa mujer que le confer\u00eda un anonimato dom\u00e9stico. Despu\u00e9s habl\u00f3 de sus hijos, a los que adoraba, y de aventuras varias. Alojaba no muy lejos de all\u00ed, en el hotel NH de calle Condell, y al terminar la cena, ya en la calle, ofrec\u00ed llevarlo en el viejo Escarabajo blanco que yo ten\u00eda. \u00bfD\u00f3nde est\u00e1?, pregunt\u00f3, pensando seguramente que no val\u00eda la pena, considerando la escasa distancia al hotel. Se lo indiqu\u00e9 y Fogwill abri\u00f3 esos ojos de huevo frito que exageraban sus facciones: \u00a1un descapotable!, dijo, encantado: \u00a1qu\u00e9 maravilla! Subimos y me cont\u00f3 la historia completa del auto con que Hitler pensaba ganar la guerra, hasta que la industria alemana prefiri\u00f3 perderla a cambio de ganar dinero, convirtiendo el Volkswagen en el veh\u00edculo mundial del pueblo llano. En el camino al hotel, en alg\u00fan momento Fogwill se dio impulso y se puso de pie en el asiento, la cara al viento a trav\u00e9s del techo abierto del Escarabajo. Mir\u00e9 de reojo: parec\u00eda un ni\u00f1o feliz. Cuando llegamos al hotel, me pidi\u00f3 que lo esperara unos minutos. Subi\u00f3 a su habitaci\u00f3n y volvi\u00f3 con <i>Runa<\/i>, su \u00faltima publicaci\u00f3n, mezcla de reflexi\u00f3n po\u00e9tico-antropol\u00f3gica y golpe de dados. Esa noche comenc\u00e9 a leer a Fogwill. Y no par\u00e9.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><b>2. Una visita a la oficina<\/b><\/p>\n<p>Una tarde, meses despu\u00e9s, cuando ya nos conoc\u00edamos y amist\u00e1bamos cit\u00e1ndonos en la librer\u00eda Metales Pesados, Fogwill apareci\u00f3 en la oficina cultural donde yo trabajaba como director, empleado, bedel y en ocasiones tambi\u00e9n nochero (cuando se presentaban problemas en el barrio Bellavista y la polic\u00eda llamaba exigiendo la presencia de alguien responsable para cortar la alarma). El caso es que Fogwill tra\u00eda bajo el brazo un libro de Onetti, no recuerdo qu\u00e9 t\u00edtulo exactamente pero s\u00ed estoy seguro de haber quedado estampillado por la sorpresa: era la primera vez que \u00e9l le\u00eda a quien yo consideraba el maestro absoluto de la narrativa latinoamericana. Para Fogwill, en contraste, Onetti estaba resultando meramente interesante. No mucho m\u00e1s. Se sent\u00f3 en la \u00fanica silla disponible para las visitas, al frente de mi escritorio, y comenz\u00f3 a fumar y comentar su lectura. Yo no estaba dispuesto a discutir las cualidades de Onetti, as\u00ed que me dediqu\u00e9 a escucharlo. Supe entonces que Fogwill era un bien escaso en el oficio de las letras, tanto como la libertad de acci\u00f3n entre los escritores latinoamericanos: todos demasiado bien portados, disciplinados, correct\u00edsimos al poner los puntos y las comas donde correspond\u00eda. Fogwill no ten\u00eda agente por ese entonces, se hab\u00eda peleado con sus antiguos editores, y m\u00e1s le importaba nadar que ser traducido al chino. Si a la saz\u00f3n la narrativa argentina estaba dividida entre \u2018aireanos\u2019 y \u2018piglianos\u2019, Fogwill ven\u00eda a configurar un tercer espacio: el del imaginario rioplatense roto por todos sus costados. Era el escritor de la crisis terminal, y la propagaba con total libertad: prescind\u00eda de las normas de estilo para privilegiar en cambio la incoherencia, la paradoja, el movimiento suspendido, la burra en el abismo. Borges hab\u00eda dicho de \u00e9l que era el escritor que m\u00e1s sab\u00eda de coches, como llaman a los autom\u00f3viles en Argentina. Y s\u00ed, es verdad; tan escaso era su conocimiento del infinito que retruc\u00f3 al maestro del <i>Aleph<\/i> con la prosa de <i>Help a \u00e9l<\/i>, una inversi\u00f3n literal y sarc\u00e1stica de los hallazgos borgeanos en clave mundana, extravagante y carnal. El texto hab\u00eda sido publicado en 1982 y ser\u00eda republicado por Perif\u00e9rica en 2007, pero entonces Fogwill no pod\u00eda adivinar el inter\u00e9s que adquirir\u00edan sus chanzas y desprop\u00f3sitos modernos. No le gustaba cargar con libros, y me pidi\u00f3 que lo acompa\u00f1ara al hotel antes de irnos a cenar. Dejamos la oficina de Bellavista y atravesamos el puente hacia la calle Condell donde estaba el NH. Una vez en el cuarto, Fogwill dej\u00f3 el libro de Onetti a un lado y parti\u00f3 a la ducha. Cinco minutos despu\u00e9s sal\u00eda del ba\u00f1o envuelto en una nube de vapor, ahog\u00e1ndose a pecho descubierto. Tom\u00f3 un cigarrillo del velador, lo encendi\u00f3, y retom\u00f3 aliento con la falta de aire que necesitaba para respirar.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><b>3. De etiqueta ante Panero<\/b><\/p>\n<p>Corr\u00eda el a\u00f1o 2006 y mi oficina en Santiago era anfitriona de un encuentro de escritores y poetas donde Leopoldo Mar\u00eda Panero figuraba como el invitado estelar. Este privilegio no se deb\u00eda a una adoraci\u00f3n cualquiera, sino al dificultoso hecho de tener que sacarlo de un hospital siqui\u00e1trico en Canarias, donde estaba internado hac\u00eda a\u00f1os, para hacerlo venir al extremo sur del mundo donde se celebrar\u00eda a la poes\u00eda hispanoamericana. Fogwill era el invitado argentino. El d\u00eda de la inauguraci\u00f3n, en el sal\u00f3n de actos de la universidad que hac\u00eda de patrocinadora del encuentro, vi a Fogwill llegar vestido entero de blanco y abrirse camino entre los cientos de curiosos que cercaban a Panero e imped\u00edan con sus solicitudes de aut\u00f3grafos que el acto comenzara. Como en una pel\u00edcula antigua, Fogwill se impon\u00eda sobre la confusi\u00f3n, haciendo de novia que llegaba al altar toda vestida de blanco. Avanz\u00f3 hasta donde estaba Panero, se plant\u00f3 delante de \u00e9l, tom\u00f3 su mano, la bes\u00f3, y enseguida se sent\u00f3 a los pies del poeta chiflado en gesto de humildad y reconocimiento. Una chifladura sobre otra, pero que ten\u00eda la virtud de poner orden en el podio y permitir que se diera comienzo a la ceremonia de inauguraci\u00f3n con las intervenciones del caso. Qu\u00e9 pens\u00f3 Panero entonces, es dif\u00edcil decirlo, si acaso sab\u00eda d\u00f3nde estaba y los motivos por los cuales hab\u00eda sido llevado hasta all\u00ed, pero la presencia de Fogwill vestido de etiqueta y recogido a sus pies no pasaba inadvertida: el \u2018loco lindo\u2019 que era Fogwill dibujaba un c\u00edrculo de tiza alrededor del \u2018loco loco\u2019 que era Panero. Tanto que el caos del sal\u00f3n se fue aquietando seg\u00fan pasaban los minutos, dominado ahora por la estampa casi griega de un Di\u00f3genes de ojos alucinados con su disc\u00edpulo a los pies, esperando ambos que el tumulto se disipara para comenzar a hablar.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><b>4. Un paseo por el perif\u00e9rico<\/b><\/p>\n<p>En julio del 2008 viaj\u00e9 a Buenos Aires para presentar la novela <i>Bosque quemado<\/i>, que hab\u00eda sido premiada en Espa\u00f1a y tendr\u00eda ahora su edici\u00f3n argentina. Fogwill ser\u00eda el presentador en un bar de la zona norte, adonde llegaron viejos amigos argentinos y tambi\u00e9n algunos chilenos. No ve\u00eda a Fogwill desde el a\u00f1o anterior, cuando nos hab\u00edamos despedido en Santiago, antes de yo emigrar a los Estados Unidos, y me hizo notar cierto desaliento. La energ\u00eda no le alcanzaba para viajes largos en materia de escritura, y la agencia en Chile se estaba quedando sin dinero para mantener su contrato de asesor\u00eda. Pero no se iba a quejar. Luego de la presentaci\u00f3n, donde \u00e9l hizo de interrogador desconfiado y astuto observador de las trampas de mi novela, nos fuimos a cenar con un grupo reducido. Cont\u00f3 una historia inveros\u00edmil e inc\u00f3moda que sin embargo hizo re\u00edr a todos, algo sobre los seres de raza negra que nunca estornudaban ni tomaban leche, y la conversaci\u00f3n sigui\u00f3 por esos meandros dif\u00edciles de comprobar pero apoyados siempre en datos que parec\u00edan ver\u00eddicos. Un poco como el realismo destellante de su escritura. Y luego salimos a la calle y \u00e9l se ofreci\u00f3 llevarme al hotel. Caminamos hasta el estacionamiento y s\u00f3lo entonces ca\u00ed en la cuenta de lo que estaba ocurriendo. El escritor que m\u00e1s sab\u00eda de coches en Argentina viv\u00eda en uno de ellos; Fogwill hab\u00eda transformado el auto en su casa. Los asientos traseros hab\u00edan sido volcados para aprovechar el m\u00e1ximo de espacio disponible, y el interior estaba repleto de libros y papeles que llegaban hasta el techo. Divis\u00e9 dos maletas semi-abiertas desde las cuales sobresal\u00edan algunas ropas. Nos metimos al auto. Me explic\u00f3 que estaba reci\u00e9n separado y viv\u00eda en estado de nomadismo hasta encontrar un lugar. Supongo que fue esa deriva en la conversaci\u00f3n la que nos desvi\u00f3 hacia el perif\u00e9rico de Buenos Aires. Ninguno de los dos ten\u00eda prisa y Fogwill condujo el auto como un gu\u00eda experto en la cat\u00e1strofe social de la ciudad: la miseria al borde de la autopista, los ranchos levantados con tablas, los rostros amenazantes que surg\u00edan de la noche, descamisados a pesar del fr\u00edo, y los perros vagos que me impresionaban porque pensaba que solo en Santiago pod\u00eda encontrarlos en semejante cantidad. Estuvimos una hora dando vueltas, recorriendo el perif\u00e9rico de una ciudad que en realidad yo nunca hab\u00eda conocido, a pesar de haber vivido dos a\u00f1os cruciales all\u00ed. Fogwill manejaba y fumaba sin pausa, con la ventanilla abierta mientras desarrollaba una teor\u00eda propia sobre la crisis, las falsas soluciones, el embudo de la derrota. A ver si la pr\u00f3xima vez que vengas ya tengo casa nueva, coment\u00f3 en un momento. Pero eso no iba a ser posible. Un moderno, si lo es de veras como lo era Fogwill, tiene en las calles su \u00fanico lugar. All\u00ed pod\u00eda ir de blanco o mal vestido, con las ropas y las corbatas en el maletero; de todas formas no habr\u00eda rol que calzara con su furiosa individualidad. Me dej\u00f3 en la puerta del hotel y se perdi\u00f3 en la noche con su casa propia a cuestas, tal como un Di\u00f3genes en su tinaja.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><b id=\"docs-internal-guid-7aae2c65-7fff-56c3-8877-f17962bbbdda\"><a href=\"https:\/\/bookshop.org\/shop\/LALT\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Visita nuestra p\u00e1gina de Bookshop y apoya a las librer\u00edas locales.<\/a><\/b><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Soy un escritor que busca evitar que otros lo escriban a \u00e9l, coment\u00f3 o escribi\u00f3 alguna vez Rodolfo Enrique Fogwill, cuyo tercer nombre era Samuel. 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