{"id":39195,"date":"2025-03-29T15:21:00","date_gmt":"2025-03-29T21:21:00","guid":{"rendered":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/?p=39195"},"modified":"2025-03-29T18:21:07","modified_gmt":"2025-03-30T00:21:07","slug":"el-guerrero","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/2025\/03\/el-guerrero\/","title":{"rendered":"El guerrero"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: right;\"><i><span style=\"font-weight: 400;\">para Leda, mi hija<\/span><\/i><\/p>\n<p style=\"text-align: right;\"><i><span style=\"font-weight: 400;\">Las condiciones del p\u00e1jaro solitario son cinco.<br \/>\n<\/span><\/i><i><span style=\"font-weight: 400;\">La primera, que se va a lo m\u00e1s alto;<br \/>\n<\/span><\/i><i><span style=\"font-weight: 400;\">la segunda, que no sufre compa\u00f1\u00eda<br \/>\n<\/span><\/i><i><span style=\"font-weight: 400;\">aunque sea de su naturaleza;<br \/>\n<\/span><\/i><i><span style=\"font-weight: 400;\">la tercera, que pone el pico al aire;<br \/>\n<\/span><\/i><i><span style=\"font-weight: 400;\">la cuarta, que no tiene determinado color;<br \/>\n<\/span><\/i><i><span style=\"font-weight: 400;\">la quinta, que canta suavemente.<\/span><\/i><\/p>\n<p style=\"text-align: right;\"><span style=\"font-weight: 400;\">San Juan De La Cruz<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: right;\"><i><span style=\"font-weight: 400;\">Blackbird fly. Blackbird fly<br \/>\n<\/span><\/i><i><span style=\"font-weight: 400;\">Into the light of a dark black night.<\/span><\/i><\/p>\n<p style=\"text-align: right;\"><span style=\"font-weight: 400;\">Lennon \/ McCartney<\/span><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Yo nac\u00ed en un lugar agreste de la alta monta\u00f1a. Entre pe\u00f1ascos y farallones. En una casa de piso de tierra batida, paredes blanqueadas con cal, techo de niebla. Casa grande \u2014patio enladrillado y solar con naranjales amargos y una higuera\u2014 situada en las orillas de una aldea de endemoniados, cuchilleros y pastores de cabras.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Un r\u00edo color pizarra cercaba la aldea por el costado sur; y hacia el norte, entre tapiales agrietados, el camposanto. Al oeste, un bosque ralo de arbustos retorcidos, ramas sarmentosas y troncos ennegrecidos como carb\u00f3n. Por las ventanas rocosas del este sal\u00eda el sol.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Yo amaba el r\u00edo y me dejaba arrebatar por su corriente. En los remansos flotaba como una hoja seca, y sent\u00eda un v\u00e9rtigo pr\u00f3ximo a la muerte cuando giraba al igual que un trompo zumbador en el remolino.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Crec\u00ed entre cabras, alisos y boyeros, yendo y viniendo por los senderos de los maizales, jinete en mi potro de ca\u00f1a brava, durmiendo al sol y so\u00f1ando con halcones. Recostado a una laja cenicienta contemplaba la hierba del verano, acercaba mi o\u00eddo al suelo requemado y cre\u00eda escuchar el rumor de una batalla: relinchos y blasfemias, choques de sables y el bramido de alg\u00fan guerrero degollado.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Al llegar las lluvias, mi coraz\u00f3n se alborotaba. Me entregaba entonces a mi juego favorito, que consist\u00eda en saltar entre los charcos a la manera de los sapos. Empapado y con barro en las mejillas regresaba a casa al anochecer, y con apetito de buey devoraba mi raci\u00f3n de pan negro, leche tibia, queso y miel. Luego me retiraba a mi cuarto, y con mi careta de sapo desafiaba en sue\u00f1os a un drag\u00f3n.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Los perros salvajes eran mis mejores amigos, mis aliados. Aullaban bajo la luna llena, y aun dormido escuchaba su llamado. Me despertaba, dejaba atr\u00e1s mi lecho caliente y me escabull\u00eda por la ventana. M\u00e1s all\u00e1 del lindero del bosquecito, los perros me aguardaban. Celebraban mi llegada con nuevos aullidos, danzaban erguidos en sus patas traseras, algunos de ellos esforz\u00e1ndose por mantener el equilibrio, pues sus cuerpos eran pesados y sus movimientos carec\u00edan de elegancia. Sin embargo, el conjunto resultaba armonioso, y a m\u00ed, particularmente me llenaba de contento contemplar aquellas sombras danzantes proyectadas en la hierba color suero. \u00bfQu\u00e9 m\u00fasica resonaba en sus o\u00eddos cuando bailaban, alborozados, dando vueltas en torno de mi cuerpo? Giraban y giraban hasta quedar exhaustos. Luego se echaban a mis pies y me miraban con ojos mansos. Y yo, rey de la jaur\u00eda, lanzaba mi aullido de lobo del desierto y bailaba para ellos la danza del jaguar. Improvisaba saltos y piruetas, audaces contorsiones y temerarias volteretas que, a la luz del d\u00eda y delante de seres menos nobles, habr\u00eda sido incapaz de repetir. Mis aliados ladraban de alegr\u00eda. Algunas veces me regalaban un bocado de carne de ternera \u2014que masticaba con delectaci\u00f3n, demor\u00e1ndome en cada matiz de sabor, record\u00e1ndolo, de tal manera que a\u00fan despu\u00e9s de una semana permanec\u00eda en mi lengua aquel gusto, ligeramente dulce, a sangre fresca. En otras ocasiones era yo quien repart\u00eda entre mis compa\u00f1eros una pierna ahumada de cordero o una gallina sin plumas. El canto de los primeros gallos marcaba el punto de nuestra separaci\u00f3n. Volv\u00eda mis pasos hacia la aldea, y los perros se alejaban en lenta procesi\u00f3n rumbo a sus guaridas en la monta\u00f1a.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Clavada en mitad del r\u00edo hab\u00eda una enorme piedra, que a la luz del atardecer brillaba con reflejos azules como de cobalto. Quiz\u00e1 fuera negra o simplemente gris, pero en mi memoria arde con aquel color esencial. Una estrecha veta de cuarzo la part\u00eda en dos: vista a cierta distancia parec\u00eda como si una cinta de niebla la sujetara al lecho arenoso. Yo me encaramaba en su lomo redondeado, y le hablaba. No, no hablaba conmigo mismo, le hablaba a la piedra. En voz baja, como si temiera que el r\u00edo me arrebatara las palabras, le susurraba mis secretos. No aguardaba respuestas, nunca le hice ninguna pregunta. S\u00f3lo le confiaba mis sue\u00f1os, los de los ojos abiertos, y sab\u00eda con certeza que ella me escuchaba. Le cont\u00e9 pasajes amargos de mi combate con el drag\u00f3n. Tambi\u00e9n supo de mis viajes en compa\u00f1\u00eda de Simbad y de mis aventuras en el pa\u00eds de los trogloditas. Y conoci\u00f3, y seguramente aprob\u00f3, mi decisi\u00f3n de hacerme a la mar \u2014cuando soplaran vientos propicios\u2014 rumbo a las islas coralinas de la Atl\u00e1ntida. (Yo guardaba un mapa de la regi\u00f3n noreste de aquel continente, y en \u00e9l hab\u00eda se\u00f1alado con tinta roja las l\u00edneas de la traves\u00eda). Nadie me ir\u00eda a buscar en mi lejano refugio, pues s\u00f3lo la piedra azul conoc\u00eda mi secreto.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Aunque no carec\u00edan de emoci\u00f3n, mis otros viajes eran menos ambiciosos. Un d\u00eda me aventur\u00e9 hasta la aldea de los alfareros. Me sorprendi\u00f3 el color rojizo de las casas, el rostro caballuno de las mujeres y las pir\u00e1mides de tiestos sec\u00e1ndose al sol. En corredores estrechos techados de paja o zinc, algunas mujeres, canturreando, amasaban bolas de greda; otras, con pa\u00f1uelos negros atados a la frente, se afanaban delante de los hornos. Los hombres, echados en catres de lona o en esteras, dorm\u00edan la siesta. El aire ol\u00eda a humo de le\u00f1a verde, orines de perro y bosta quemada. No se ve\u00eda ning\u00fan cultivo, ni \u00e1rboles; una que otra gallina escarbaba el piso o vagaba entre escombros. Y en los patios soleados, ni\u00f1os desnudos jugaban al gato y el rat\u00f3n. Detr\u00e1s de una ventana, una muchacha de pelo negro me mir\u00f3 con sus grandes ojos amarillos, y yo le sostuve la mirada. Me sonri\u00f3 con encanto y luego se ech\u00f3 a re\u00edr nerviosamente como si le hicieran cosquillas con una pluma de gallo en la planta del pie. Me asust\u00e9 de aquella risa y sal\u00ed corriendo, prometi\u00e9ndome nunca m\u00e1s volver.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Otro d\u00eda acompa\u00f1\u00e9 a mi padre en un largo viaje por el p\u00e1ramo. Yo montaba un caballo de verdad, que se fatigaba en las cuestas, y mi padre el suyo, ma\u00f1oso y retinto. Bramaba el viento y se me helaban las manos. En la tardecita llegamos a un caser\u00edo de piedras, entre las nubes. Pasamos la noche en casa de unos parientes hoscos y barbudos. Nos dieron de comer un caldo horrible, salado y grasiento, que hice a un lado dispuesto a dejarme matar si me obligaban a tomarlo. Mi padre hablaba entre dientes, los dem\u00e1s callaban o respond\u00edan con monos\u00edlabos desganados; y de vez en cuando se escuchaba, desde una habitaci\u00f3n pr\u00f3xima, un llanto de mujer. Yo no sab\u00eda cu\u00e1l era el tema de la conversaci\u00f3n, pero imaginaba alg\u00fan asunto turbio, rencores contenidos, una deuda de honor. Me ca\u00eda de sue\u00f1o cuando uno de mis primos se me acerc\u00f3 al sesgo y en voz baja, venenosa, me ret\u00f3 a pelear. El regreso, al d\u00eda siguiente, fue un calvario. Se desat\u00f3 un aguacero del demonio, me ard\u00edan los rasgu\u00f1os y mi caballo se atasc\u00f3 en un barrial. Con el ala del sombrero intentaba ocultar una cortadura cerca de la ceja izquierda, y las r\u00e1fagas de lluvia me imped\u00edan levantar la mirada: s\u00f3lo ve\u00eda el camino enchumbado y la cola negra del caballo de mi padre. Por a\u00f1adidura, maldita sea, me hab\u00eda cundido de piojos. Me consolaba pensando que aqu\u00e9l no ser\u00eda mi \u00faltimo combate, me aguardaban nuevos desaf\u00edos y enemigos m\u00e1s poderosos. Qu\u00e9 me importaba el bochorno de la derrota si yo era capaz de confiar mis anhelos a una piedra y compartir con los perros un bocado de carne. \u00bfC\u00f3mo se sentir\u00eda alguno de mis enemigos victoriosos si supiera que puedo hacerme invisible? \u00bfQu\u00e9 cara pondr\u00eda si me viera volar?<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><span style=\"font-weight: 400;\">***<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Un d\u00eda de comienzos de enero se reuni\u00f3 en mi casa mucha gente para cantar. Llegaron m\u00fasicos a caballo, copleros de sombrero ladeado y mujeres de largas crinejas que escond\u00edan sus sonrisas con pa\u00f1uelos de seda. No recuerdo el motivo de la fiesta, pero s\u00ed algunos detalles: un arco de palmas con guirnaldas, bambalinas en los corredores, caballos atados a la talanquera, el vestido verde con flores rojas de una muchacha. A escondidas me hab\u00eda tomado unos tragos de ponche y me sent\u00eda feliz. Con pasos resueltos recorr\u00eda la casa enfiestada adoptando un aire de suficiencia que cre\u00eda propio de una persona mayor. Mi atrevimiento alcanz\u00f3 l\u00edmites insospechados cuando decid\u00ed adornar mi sombrero con una pluma negra. Si me hubiera contemplado al espejo habr\u00eda sonre\u00eddo de satisfacci\u00f3n delante de aquel peque\u00f1o bandido.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Desde temprano anduve merodeando en la esquina del corredor donde se agrupaban los m\u00fasicos. A decir verdad, no me atra\u00eda la m\u00fasica. No la entend\u00eda. Disfrutaba otros sonidos: el canto del gonzalito, el golpear de la lluvia contra la ventana de mi cuarto, el ruido del r\u00edo que me hac\u00eda so\u00f1ar. Tambi\u00e9n, en mis ratos de ocio e incluso dormido, me escuchaba silbar. Sin embargo, aquel d\u00eda de fiesta flotaba en el espacio algo sutil e indefinible que me reclamaba. Quiz\u00e1 no fuera m\u00e1s que cierta transparencia de la luz, acaso un aroma de laurel. Y yo, en mi curiosidad y en mi ligera embriaguez, estaba dispuesto a averiguarlo. Al atardecer supe que el llamado ven\u00eda de la m\u00fasica, y no me sorprend\u00ed, m\u00e1s bien me puse triste. Me ubiqu\u00e9 en un lugar estrat\u00e9gico, apoyado en un pilar, ocultando los ojos con el ala del sombrero. Mi atenci\u00f3n se centraba en los instrumentos de la banda, hasta que al fin descubr\u00ed cu\u00e1l de ellos era el causante de mi desaz\u00f3n: el viol\u00edn dejaba escapar un lamento casi humano, que por momentos opacaba o silenciaba por completo el sonido de la guitarra o del bandone\u00f3n. Delante de mis ojos el aire se te\u00f1\u00eda de un amarillo quemado, que las notas m\u00e1s agudas hac\u00edan virar hacia el \u00e1mbar, y cuando parec\u00eda que el hechizo estaba a punto de romperse, un nuevo movimiento barr\u00eda el espacio, y el arco iris con sus siete colores se instalaba en una densa red de rombos transparentes que se multiplicaban dentro de una gigantesca telara\u00f1a hasta donde ya no alcanzaba la mirada. Sent\u00ed miedo y quise huir, pero una fuerza para m\u00ed desconocida me manten\u00eda atado al pilar. Fue entonces cuando me di cuenta de que alguien me estaba observando. Y mi cuerpo se puso a temblar, de pura rabia. El violinista, de reojo, me sonre\u00eda con la mirada. El muy maldito se burlaba de m\u00ed, ca\u00ed en su trampa. Y ahora, como si disfrutara de su triunfo, me mostraba sus dientes torcidos. \u00a1Demonio! Ya le ajustar\u00e9 cuentas al cabr\u00f3n. Me desatar\u00e9 e ir\u00e9 a buscar la escopeta de dos ca\u00f1ones y se la descargar\u00e9 en mitad del pecho y lo ver\u00e9 retorcerse en el piso bramando y ahog\u00e1ndose en sangre como un buey degollado. \u00bfQu\u00e9 estoy diciendo? Desvar\u00edo. Alguien me arrebatar\u00e1 la escopeta. Mejor ser\u00e1 emboscarlo. No, tampoco servir\u00e1 de nada. Ya me debe haber le\u00eddo el pensamiento, pues ahora r\u00ede a carcajadas y luego bebe de una botella y vuelve a re\u00edr. Me acord\u00e9 de la muchacha de la aldea de los alfareros, y, derrotado, me alej\u00e9 mirando los ladrillos del patio. Despu\u00e9s corr\u00ed hasta agotarme por completo. Me encaram\u00e9 en mi \u00e1rbol y ah\u00ed permanec\u00ed, agazapado entre las ramas como un p\u00e1jaro bobo, escuchando el latido de mis sienes y el golpear acelerado de mi coraz\u00f3n. Desde mi atalaya se pod\u00edan ver los techos enmohecidos de algunas casas, el vallecito de \u00e1rboles enanos y piedras enormes semejantes a elefantes dormidos, y el lejano horizonte manchado de gris y de sangre.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Anochec\u00eda y arreciaba el fr\u00edo cuando lo vi venir. No s\u00e9 c\u00f3mo logr\u00f3 encontrar mi escondite. Yo, que me sent\u00eda tan seguro en mi refugio, quer\u00eda salir volando, pero aun cuando me convirtiera en \u00e1ngel se me enredar\u00edan las alas en el follaje. As\u00ed, pues, no me quedaba otra alternativa que enfrentarlo. Inici\u00e9 el descenso y antes de llegar al suelo escuch\u00e9 su voz: \u201cMuchacho, no es \u00e9se el mejor procedimiento para hacerse invisible\u201d. Percib\u00ed en aquellas palabras un timbre c\u00e1lido, aterciopelado, un tono firme y seguro, no obstante, familiar. Se me quit\u00f3 la rabia, pues un ser que me hablara de esa manera no pod\u00eda ser mi enemigo. Luego, cuando pis\u00e9 tierra firme, agreg\u00f3 en voz baja como si quisiera hacerme una confidencia: \u201cPrimero tienes que pasar inadvertido&#8230; Nada de andar por ah\u00ed exhibi\u00e9ndote como un monigote\u201d. Despert\u00e9 de mi leve borrachera y me sent\u00ed liviano, muy liviano. Si hubiera soplado el viento del sur me habr\u00eda elevado hasta las copas de los \u00e1rboles \u2014pero no hab\u00eda aire para sustentar mi vuelo. En mi euforia me escuch\u00e9 hablar, precipitadamente. Las palabras flu\u00edan de mi boca, se enredaban y se atropellaban, rodaban como un torrente. A \u00e9l fui capaz de confiarle mis aventuras con los perros salvajes. Le habl\u00e9 de mi traves\u00eda en alta mar, de mi amistad con ciertos p\u00e1jaros y de mi costumbre de silbar en sue\u00f1os. Despu\u00e9s \u2014demasiado tarde\u2014 ca\u00ed en la cuenta de que le hab\u00eda ocultado, sin quererlo, \u00bfqui\u00e9n sabe?, el secreto de la piedra azul. Y nunca supe cu\u00e1l fue el prop\u00f3sito del violinista al revelarme la f\u00f3rmula que me har\u00eda invisible. Tres veces me hizo repetir el conjuro. Y se asegur\u00f3 de que la posici\u00f3n de mis pies y el movimiento de molinete de mis brazos se correspondieran con la rotaci\u00f3n de la tierra en torno al sol. Cuando quise preguntarle por el significado de aquella danza, me interrumpi\u00f3: \u201cNo tienes por qu\u00e9 saberlo todo&#8230; Adem\u00e1s, me llevar\u00eda media vida explic\u00e1rtelo\u201d. Satisfecho con mi silencio, y esta vez con un hilo de voz, me advirti\u00f3: \u201cEl d\u00eda que reveles el secreto, morir\u00e1s\u201d.\u00a0\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Cuando ya la luna extend\u00eda su manto de leche sobre los tejados, regresamos al caser\u00f3n. Al separarnos, el violinista se volvi\u00f3 para decirme, repentinamente, como si lo hubiera descubierto en ese instante: \u201cEres un ser afortunado, no tienes madre\u201d. Y mientras se alejaba, me pareci\u00f3 o\u00edr que comentaba: \u201cA los infelices como yo no nos queda otro recurso que matarla\u201d.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Al d\u00eda siguiente, muy temprano, lo ataron con sogas a su caballo, cruzado sobre la montura. El viol\u00edn colgando en bandolera. Un jinete p\u00e1lido, montado en una yegua zaina, cabestreaba el caballo de mi amigo, que amenazaba encabritarse. Se alejaron al trote rumbo a las comarcas del otro lado de la niebla. Desde mi ventana los segu\u00ed con la mirada, un largo trecho, hasta que desaparecieron en una vuelta del camino. Y, contra mi voluntad, gruesas l\u00e1grimas surcaron mis mejillas. Lloraba la muerte de aquel desconocido, me regocijaba en ella, qui\u00e9n sabe si me solazaba en mi nuevo poder.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Cuarenta d\u00edas despu\u00e9s tuve un sue\u00f1o. Me arrastraba en una zanja cavada entre los \u00e1rboles. Me dol\u00eda la pierna izquierda y sent\u00eda un gran deseo de llorar. Entre los dientes apretaba una navaja espa\u00f1ola que me hac\u00eda sangrar. Hab\u00eda llovido y el barro se pegaba a mi rostro, a mis pesta\u00f1as y a mi ropa haci\u00e9ndome m\u00e1s dif\u00edcil el avance. Yo ya no era un muchacho, me hab\u00eda estirado; ve\u00eda en mis manos cicatrices de antiguas quemaduras, y mi barba crec\u00eda negr\u00edsima y enmara\u00f1ada como las de mis antepasados. S\u00ed, pero \u00bfqui\u00e9n era yo? \u00bfQu\u00e9 hac\u00eda reptando en aquel lodazal? Me preguntaba esto y lo otro cuando escuch\u00e9 el resonar de los cascos de un caballo. Intent\u00e9 levantarme, pero una punzada en la pierna me volvi\u00f3 a tumbar. Mir\u00e9 hacia arriba, y all\u00ed en el camino que corr\u00eda paralelo a la zanja, recortado contra la hilera de \u00e1rboles, estaba el caballo del violinista. El rostro sin sangre del jinete colgaba a nivel de los estribos; sus ojos amarillos, desorbitados, se mov\u00edan como peces en el fondo de un lago. Sus labios, que a\u00fan conservaban un leve tinte amoratado, se movieron tambi\u00e9n. Escuch\u00e9 su voz: \u201cMuchacho, no es esa la mejor manera de enfrentar al jinete sin cabeza. Lev\u00e1ntate, que t\u00fa no eres un reptil\u201d. Las \u00faltimas palabras, casi desdibujadas, las escuch\u00e9 fuera del sue\u00f1o. Despert\u00e9 temblando de fr\u00edo y dando gritos. Luego me calm\u00e9 y me refugi\u00e9 entre las cobijas. Tenues l\u00edneas de claridad se filtraban a trav\u00e9s de las rendijas de la ventana. Amanec\u00eda. Me adormec\u00ed, oscilando entre la dicha y la tristeza, pues mi amigo, desde las comarcas neblinosas de la muerte, hab\u00eda venido para ofrecerme un nuevo enigma.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><span style=\"font-weight: 400;\">***<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Volar, ciertamente, no era f\u00e1cil. Pero \u00bfacaso no es m\u00e1s dif\u00edcil caminar? A la manera de los p\u00e1jaros, yo no volaba. Me hac\u00edan falta las alas. Me levantaba del suelo y flotaba unos instantes, a veces un largo rato hasta que se me cortaba el aliento. En una ocasi\u00f3n memorable me elev\u00e9 hasta el techo de una casa de balc\u00f3n, y al descender vi, a trav\u00e9s de una ventana del segundo piso, a una mujer desnuda abrazada a un oso negro. De los cabellos de la mujer, largos y amarillos, alborotados, brotaban chispas de candela. Yo hab\u00eda o\u00eddo hablar del amor, y lo asociaba con risas, pa\u00f1uelos perfumados, contradanzas y canciones. \u00bfSer\u00eda aquel abrazo desesperado otra de sus manifestaciones? Olvid\u00e9 que volaba, y el olvido casi me mata. Al caer me romp\u00ed la pierna izquierda. Anduve cojeando varios d\u00edas, y, aunque despu\u00e9s supe que el marido de la mujer del oso era un feroz cazador, durante casi un a\u00f1o contuve mis deseos de volar.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">En sue\u00f1os s\u00ed que volaba de verdad. Me estorbaban las alas. Al igual que una flecha, remontaba las nubes y me internaba en los dominios azules de la luz. Planeaba y zigzagueaba, me dejaba arrastrar por el viento del sur. Ve\u00eda ciudades enormes que simulaban jaulas de monos o colmenas. Ve\u00eda canales como los de Marte, batallas campales, puentes sobre el mar. Pero nada comparable al v\u00e9rtigo de la ca\u00edda. Me desprend\u00eda desde una altura imposible y rodaba por el aire sintiendo en la garganta, las axilas y la planta del pie un hormigueo exquisito que me dejaba sin respiraci\u00f3n. Explotaban soles amarillos dentro de mi cabeza mientras mi cuerpo se estremec\u00eda como un \u00e1rbol asaeteado por rel\u00e1mpagos. Luego, vaciado de todo peso, me quedaba tranquilo, flotando en una barca hecha de niebla, que me conduc\u00eda hasta las orillas del despertar.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">A excepci\u00f3n de un primo pendenciero, nadie fue testigo de mis proezas en el aire. Y mi primo, que se jactaba de no s\u00e9 qu\u00e9 haza\u00f1as en un r\u00edo de las llanuras, se negaba a creer en las m\u00edas, aun cuando un par de veces me vio suspendido a varios palmos del suelo. Y a la tercera me elev\u00e9 hasta alcanzar una verada madura, que luego compartimos sin mirarnos a los ojos. Dec\u00eda mi primo que volar es propio de las aves. Y que era indispensable tener aire dentro de los huesos para burlar la ley de gravedad. Mi demostraci\u00f3n no probaba nada. Alg\u00fan truco habr\u00eda, cuerdas invisibles o ilusionismo. No se confiaba \u00e9l en las apariencias. Ya hab\u00eda estado en un circo, y all\u00ed delante de cien personas part\u00edan a una mujer en dos pedazos; y al terminar la funci\u00f3n, la misma mujer, enterita, saludaba al p\u00fablico con una sonrisa. Yo sab\u00eda que el escepticismo de mi primo no era m\u00e1s que envidia, y no me preocupaba en absoluto su opini\u00f3n. Sin embargo, cuando me acus\u00f3 de farsante no me pude contener y lo insult\u00e9 en mi lenguaje de arriero: hijo de mala madre, infeliz, cobarde, fanfarr\u00f3n. Nos ca\u00edmos a golpes. Di vueltas en el aire y le asest\u00e9 una patada en la nuca dej\u00e1ndolo fuera de combate. Al d\u00eda siguiente lo acompa\u00f1\u00e9 hasta el puente de las cabras. Nos despedimos evitando cualquier muestra de afecto o de rencor.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><span style=\"font-weight: 400;\">***<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Hab\u00eda escuchado que los enfermos se ponen graves cuando van a morir. \u00bfSer\u00eda aquella la ley de gravedad? Intrigado, me arm\u00e9 de valor y acud\u00ed a mi padre para pregunt\u00e1rselo. Tuve cuidado de no hacer alusi\u00f3n a los enfermos, pues no quer\u00eda que nadie, ni siquiera mi padre, fuera a re\u00edrse de mi ingenuidad. Le hice la pregunta directamente. Y \u00e9l, con voz pausada, me respondi\u00f3: \u201cEs la fuerza que nos mantiene atados a la tierra\u201d. Luego, como si sus propias palabras lo hubiesen sorprendido, sonri\u00f3 ligeramente \u2014era extra\u00f1o verlo sonre\u00edr\u2014 y coment\u00f3 en un tono menos enf\u00e1tico: \u201c&#8230;Ah, has estado curioseando en los libros de tu abuelo\u201d. \u201cNo\u201d, le dije, \u201c&#8230;fue mi primo el que me habl\u00f3 de esa ley, y \u00e9l mismo no supo explicarla\u201d.\u00a0 \u201cEso ocurre con frecuencia, hijo. La gente habla como los loros\u201d. Atardec\u00eda, y mi padre, sentado en una silla de cuero de becerro, contemplaba la cinta ensangrentada del horizonte. Yo sab\u00eda que aqu\u00e9lla no era su mejor hora; sin embargo, me hab\u00eda llamado hijo \u2014rareza que son\u00f3 en mis o\u00eddos como el canto del gonzalito al amanecer, palabra revestida de cierto fulgor, que abr\u00eda puertas en su pecho convocando claridades\u2014, y no iba yo a desaprovechar la oportunidad de escucharlo en tan privilegiado momento. \u00bfQu\u00e9 pensaba mi padre de los hombres voladores? Se lo pregunt\u00e9. A mi curiosidad nunca respond\u00eda con el silencio. Y no es que lo supiera todo \u2014en otra ocasi\u00f3n hab\u00eda reconocido sus limitaciones: \u201c\u00bfQu\u00e9 es lo que sabemos al lado de lo que ignoramos?\u201d. Quiz\u00e1 consideraba que un padre se debe a su hijo, se prolonga en \u00e9l. Hablar conmigo ser\u00eda entonces una manera de reafirmar su condici\u00f3n, una prueba de su permanencia. Yo atend\u00eda embelesado sus palabras, pues a menudo suger\u00edan nuevos interrogantes, y sus comentarios, m\u00e1s bien pensamientos en voz alta, despertaban en m\u00ed cierta voracidad por abarcarlo todo, un deseo quiz\u00e1 sacr\u00edlego de guardar el mundo dentro de mi cabeza. Esta vez tampoco me defraud\u00f3: \u201cEn el hombre, volar es un anhelo. Vuelan las aves y los \u00e1ngeles y el viento. El hombre ha sido hecho para andar erguido. Volar tal como lo hacen los p\u00e1jaros, arrastrarse como un reptil o saltar al igual que un sapo, son meras figuras, representaciones de su alma\u201d. Yo no entend\u00eda muy bien aquel asunto, pero tampoco estaba seguro de compartir las opiniones de mi padre. Yo volaba y en sue\u00f1os me hab\u00eda arrastrado por una zanja, y mi juego favorito era el salto del sapo. Entonces, \u00bfera yo pura alma y aqu\u00e9llas mis representaciones? Me distrajo la duda y perd\u00ed el hilo del discurso. Atrap\u00e9 una breve frase, desarticulada: \u201c&#8230;nostalgia de la naturaleza\u201d. Luego afin\u00e9 el o\u00eddo: \u201cPero el hombre no es un ser enteramente natural. Aunque viva, por as\u00ed decirlo, a la intemperie, est\u00e1 por encima de la mosca y del buey. El instinto y la necesidad, incluso el azar, lo colocan al nivel de lo natural, pero \u00e9l puede elegir&#8230; Al menos puede elegir su propia muerte\u201d. El hombre volador se hab\u00eda esfumado, y a m\u00ed el nuevo tema no me interesaba. Estuve a punto de dec\u00edrselo. S\u00ed, se\u00f1or, ya lo s\u00e9. Sospecho que mi madre se suicid\u00f3. Y el violinista, al confiarme su secreto, sab\u00eda que iba a morir. Todos morimos, s\u00ed, se\u00f1or. Pero no se trata de eso. \u00bfPor qu\u00e9 no me habla de la vida?\u00a0 \u00bfQu\u00e9 hemos hecho para merecerla? \u00bfPodemos elegirla o es ella la que nos impone sus propias y arbitrarias decisiones?\u00a0 No, no me escucha, se ha vuelto sordo como una tapia. Luego de un silencio que ya me resultaba espantoso, mi padre se levant\u00f3 y con un leve movimiento de su rostro afilado me invit\u00f3 a seguirlo. \u201cSe enfr\u00eda la cena\u201d, coment\u00f3 en tono conciliador. Hac\u00eda rato que el sol se hab\u00eda hundido tras los picachos. Venus parpadeaba como un cocuyo. Y yo quer\u00eda colgarme al cuello de mi padre, sent\u00eda unos deseos terribles de abrazarlo y llorar. No sea ingrato con su hijo, no lo abandone, se\u00f1or. Si usted muere esta noche, \u00bfa qui\u00e9n confiar\u00e9 mis dudas, qui\u00e9n me escuchar\u00e1 sin burlarse de m\u00ed, qui\u00e9n tomar\u00e1 en serio mis preocupaciones?<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">As\u00ed las llamaba: preocupaciones. Hab\u00eda elaborado una lista, que inclu\u00eda, entre otras, el suicidio de mi madre, las costumbres de las sirenas y la existencia de Dios. Los argonautas, el jinete sin cabeza. El hom\u00fanculo. La peste negra. Y tambi\u00e9n el significado de algunas palabras como ambros\u00eda, felon\u00eda y fol\u00eda. Pero aquella noche la raci\u00f3n se hab\u00eda agotado y, a pesar de mi apetito insatisfecho, tuve que conformarme. Segu\u00ed a mi padre con pasos de buey camino al matadero. El no muri\u00f3 esa noche, ni al d\u00eda siguiente, a\u00fan le quedaban once meses de vida.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><span style=\"font-weight: 400;\">***<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">La lagartija se pasea por el muro. Se detiene en un trozo soleado y observa inquieta en todas direcciones. Parece que presiente alg\u00fan peligro, o acaso es \u00e9sa su manera de orientarse. Qu\u00e9 importa, pues al entrar en mi \u00e1ngulo de visi\u00f3n est\u00e1 ya condenada. Se desprende desde lo alto del muro trazando en su ca\u00edda una l\u00ednea fugaz que relumbra con reflejos de un verde tornasolado. No s\u00e9 por qu\u00e9 tengo que andar asesinando a esas peque\u00f1as bestias. Deber\u00eda guardarme para un encuentro verdaderamente peligroso. Desafiar cara a cara a un b\u00fafalo de las praderas o a un poderoso drag\u00f3n. Me fastidia este juego sin riesgos: mirar, disparar la mirada, matar. \u00bfPor qu\u00e9 lo hago?\u00a0 Quiz\u00e1 encuentro en el dibujo de la ca\u00edda algo hermoso que me produce placer. Ef\u00edmero placer, pues la memoria no lo incorpora a su caudal. Si mi padre supiera de mi oficio de cazador dir\u00eda que se trata de otra figura. Planos, campos, espacios cerrados. Representaciones. Lecciones de geometr\u00eda. \u00bfPor qu\u00e9 el alma tiene que adoptar tantas m\u00e1scaras? \u00bfAcaso no puede manifestarse n\u00edtida y desnuda como una saeta?\u00a0 Yo miro y mato con la mirada. \u00bfCu\u00e1l es el problema?\u00a0 Soy un basilisco.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Viajar en sue\u00f1os es m\u00e1s riesgoso, hay siempre un peligro de muerte. Encontrarse con otro que tambi\u00e9n sue\u00f1a puede ser fatal. Y esos perros sarnosos acechando en los portales resultan un estorbo. Te reconocen y te amenazan con sus ladridos lastimosos. Retroceden erizados de terror como si vieran al demonio. Pobres criaturas acosando a una figura m\u00e1s ligera que el aire. Qu\u00e9 susto les dar\u00eda si pudiera viajar acompa\u00f1ado por alguno de mis perros salvajes. Lo peor, al regreso, es la fatiga. Despiertas empapado en sudor y al mismo tiempo temblando de fr\u00edo, la garganta reseca y esa sensaci\u00f3n angustiosa de ausencia de piernas. \u00bfQu\u00e9 juego es \u00e9ste?\u00a0 Caminas sobre un campo minado s\u00f3lo para ver un paisaje evanescente, en el cual, con mucha suerte, logras reconocer alg\u00fan objeto familiar: un trompo hundido en una charca, un \u00e1rbol, una pared blanca surcada por una grieta. En el fondo no es m\u00e1s que eso: un juego, in\u00fatil, temerario. Y si renuncio al juego de so\u00f1ar, \u00bfqu\u00e9 me queda?<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">El m\u00e1s dif\u00edcil, el m\u00e1s elaborado, es el juego del escondite. Jugarlo con un solo jugador requiere un entrenamiento riguroso, un conocimiento detallado del terreno y una fuerte dosis de imaginaci\u00f3n. Los laberintos en los cuales puedes extraviarte resultan tan sencillos como una l\u00ednea recta o imprevisibles como los caminos trazados en la noche por un enjambre de luci\u00e9rnagas. Falsas voces te desorientan, un llanto dulce te confunde. Tropiezas con un monigote, en el cual reconoces tus propias facciones, y te abalanzas sobre \u00e9l dando voces, crey\u00e9ndote ganador. Tu rival se dobla y cae como un espantap\u00e1jaros relleno de aserr\u00edn. Los loros levantan vuelo entre el maizal. Huyen chillando y parloteando. \u00bfSe burlan de ti?\u00a0 T\u00fa tambi\u00e9n te alejas. Abres trincheras, levantas empalizadas y cimientos, remachas las ventanas de tu cuarto con clavos de acero y l\u00e1minas de lat\u00f3n. Colocas balizas y se\u00f1uelos a lo largo del camino que conduce a la colina, y all\u00e1 en la cima clavas banderas desgarradas. Si s\u00f3lo t\u00fa conoces las reglas de este juego maldito, \u00bfa qui\u00e9n pretendes enga\u00f1ar? A\u00fan no te basta. Te ocultas en un hueco entre dos rocas, te aferras como una sanguijuela a las paredes de piedra que se entibian con tu calor. Te sientes bien ah\u00ed, \u00bfverdad?\u00a0 S\u00ed, pero se te hace un nudo en la garganta cuando te asomas por la rendija, y all\u00e1 lejos, entre los matorrales, te ves venir. Quisieras entonces cavar una fosa con tus manos, y enterrarte en ella hasta sentir el peso de la tierra sobre tu pecho y el sabor acre del limo en la punta de tu lengua. Hundido como un topo en la m\u00e1s pura oscuridad, all\u00e1 donde no puedas encontrarte.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><span style=\"font-weight: 400;\">***<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Una noche de octubre so\u00f1\u00e9 con un halc\u00f3n. Planeaba sobre una espesa selva alumbrada por la luna, y el brillo plateado de las copas de los \u00e1rboles me enceguec\u00eda. Sobrevolaba aquel vasto y refulgente mar ignorando el prop\u00f3sito de mi viaje. En realidad, no me importaba. Estaba feliz con mi destino: aceptaba ser un halc\u00f3n. Hac\u00eda ya mucho rato que volaba cuando descubr\u00ed entre los \u00e1rboles un extenso claro rectangular, tan amplio que podr\u00eda dar cabida a las casas de mi aldea y a\u00fan sobrar\u00eda espacio. Aminor\u00e9 la velocidad, descend\u00ed un tramo y luego vol\u00e9 a ras del suelo. Me sorprendi\u00f3 la superficie desnuda, arenosa, recubierta por una capa blanquecina como de cal. En el centro mismo de aquel campo arrasado se levantaba un monumento. Una especie de pir\u00e1mide truncada, que no pod\u00eda ser sino una tumba. Tuve la certeza de que all\u00ed, bajo el m\u00e1rmol negro, encerrada en un caj\u00f3n de cedro, envuelta en un largo camis\u00f3n de tela blanca \u2014que la humedad habr\u00eda marcado con manchas de or\u00edn\u2014 descansaba mi madre.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Despert\u00e9 sudando fr\u00edo, boqueando como un pez. Y anduve intranquilo todo el d\u00eda, a ratos alelado, sensible a los ruidos y a la luz. Pensaba en el comentario del violinista acerca de mi fortuna por carecer de madre. \u00bfSu ausencia me convert\u00eda acaso en un ser privilegiado?\u00a0 \u00bfCu\u00e1l ser\u00eda la suerte que conllevaba aquella carencia? Por primera vez me preocup\u00e9 al recordar que nunca hab\u00eda visitado la tumba de mi madre. Haberla visto en sue\u00f1os, enmarcada dentro de un paraje ins\u00f3lito, a trav\u00e9s de los ojos de un halc\u00f3n, constitu\u00eda quiz\u00e1 una gracia inmerecida. Tal vez un castigo. De cualquier manera, no me sent\u00eda culpable. A ella, mi madre, no llegu\u00e9 a conocerla. Ning\u00fan recuerdo me ligaba a su existencia. Me intrigaba, s\u00ed, todo lo que se relacionara con su muerte. Indagaba en aquel suceso de la misma manera que me interesaba por el funcionamiento de una victrola. Pero era una curiosidad pura, ajena a los sentimientos.\u00a0 En mis investigaciones \u2014que, por lo dem\u00e1s, se limitaban a recoger conversaciones ajenas a trav\u00e9s de una ventana entornada, o pegando el o\u00eddo a una puerta, o bien haci\u00e9ndome el dormido\u2014 me enter\u00e9 de tantas y tan distintas maneras de morir que tuve que elegir, entre todas, la que yo mismo hubiera deseado para ella. Cerraba los ojos y ve\u00eda su piececito enredado en el estribo de la montura. Ve\u00eda su cuerpo menudo arrastrado por el caballo desbocado dejando un rastro de sangre en la superficie de las piedras, su larga cabellera negra barriendo el polvo del camino. Libre de su carga ligera, la bestia regresaba a su querencia. Y en el centro del patio relinchaba. Justo ah\u00ed daba un corte a mis pensamientos, pues no quer\u00eda ver la sombra de rabia e impotencia que velaba el rostro de mi padre al acercarse con pasos vacilantes desde el corredor.\u00a0\u00a0\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Muertes sucesivas. Resurrecciones. Yo mismo elabor\u00e9 y perfeccion\u00e9 mi propia versi\u00f3n. La otra, aunque atractiva, no me pertenec\u00eda. \u00c9sta le conced\u00eda una oportunidad a la vida, y ni siquiera dejaba un resquicio para la condena. Tampoco para el perd\u00f3n. Deslumbrada por los malabarismos de una banda de gitanos \u2014que hab\u00edan plantado sus tiendas de lona agujereada en las afueras de la aldea\u2014, mi madre huy\u00f3 tras ellos. Su afici\u00f3n al canto y sus dotes de trapecista, sin hablar de su rara belleza y de su juventud \u2014apenas hab\u00eda cumplido los diecisiete\u2014, fueron credenciales suficientes para que aquella pandilla de vagabundos la adoptara. Mi padre acept\u00f3 la deserci\u00f3n, la hizo rotunda. Reserv\u00f3 para la fugitiva un estrecho espacio debajo de la tierra, por si alg\u00fan d\u00eda decid\u00eda regresar. Llegu\u00e9 a creer en mi fantas\u00eda hasta el punto de negarme a visitar la tumba, pues \u00bfqu\u00e9 sentido tendr\u00eda echarme a llorar encima de un t\u00famulo que ocultaba el vac\u00edo?\u00a0 Tambi\u00e9n cancel\u00e9 el proyecto de cavar un t\u00fanel desde mi habitaci\u00f3n hasta el cementerio de la colina: se habr\u00eda deshecho mi mundo si en el lugar reservado para la muchacha que me aliment\u00f3 con su leche envenenada tropezaba yo con un mont\u00f3n de huesos blanqueados por los gusanos.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Aun cuando volara en el trapecio, la daba ya por muerta. Agon\u00eda a plazos, muerte lenta. Y si ahora, en el sue\u00f1o del halc\u00f3n, cobraba cierta forma de vida, no me iba a dejar seducir por aquella estratagema. \u00a1Qu\u00e9 me importaba so\u00f1arla! Vamos, la so\u00f1ar\u00eda en cada nuevo sue\u00f1o para olvidarla al despertar.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><span style=\"font-weight: 400;\">***<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Temprano se dibujaron en el cielo signos aciagos. Aquel ser\u00eda el a\u00f1o de la peste. El primero de enero, a medianoche, vimos pasar un jinete sin cabeza. Galopaba un caballo de fuego. Vir\u00f3 violentamente en la esquina norte de la plaza, trep\u00f3 la calle empinada de los cabreros, y relumbr\u00f3 como una centella all\u00e1 arriba en el Alto de la Cruz. Mis sue\u00f1os se ti\u00f1eron con el color de la candela. Y me olvid\u00e9 de volar. A horcajadas en un gigantesco caballo de Troya ve\u00eda mi aldea sitiada por un ej\u00e9rcito de ratas, que hab\u00edan establecido su cuartel general en una nave vikinga varada en el r\u00edo. Las muy asquerosas devoraban el aire: se hab\u00edan propuesto rendirnos por asfixia. Clav\u00e9 las espuelas en el costillar de Rocinante y cargu\u00e9 contra una columna enemiga que avanzaba por el puente. Sali\u00f3 a enfrentarme una rata p\u00e1lida, vestida con un uniforme deste\u00f1ido de sargento. Desenvain\u00e9 mi espada de bamb\u00fa, y mientras me ajustaba el yelmo se hizo la oscuridad. Desconcertado me pregunt\u00e9 qu\u00e9 hab\u00eda sido de mi cabeza. Desgajada de mi cuerpo reposaba sangrante en el fondo de una cesta. Escuch\u00e9 una voz muy dulce, para m\u00ed desconocida. Puse atenci\u00f3n a la melod\u00eda, hablaba de una isla encantada, de muchachas con flores en el cabello atrapando peces entre sus dientes de marfil. \u00bfQui\u00e9n me arrullaba con tan bella canci\u00f3n?<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">El d\u00eda de Reyes, una pandilla de forajidos, armados de pu\u00f1ales mellados y escopetas, irrumpi\u00f3 en el templo paralizando la ceremonia. Un bandido de aspecto feroz, que se hac\u00eda llamar Melchor, menudo y \u00e1gil, pelo largo y ojos de miel, arrastrando la pierna izquierda se abri\u00f3 paso entre los feligreses. De un salto preciso \u2014que nos record\u00f3 el movimiento final de una danza de guerra o la arremetida del puma monta\u00f1\u00e9s\u2014 se apoder\u00f3 de una muchacha. Enred\u00f3 su mano de huesos de cuchillo en la larga trenza negra de la elegida, y hal\u00f3 de ella con delicadeza como si se tratara de una mansa bestia atada por un cabestro. La muchacha lo sigui\u00f3, d\u00f3cil, la mirada fija en alg\u00fan punto de luz que brillaba delante de sus ojos. Afuera, en el atrio, montaron en el mismo caballo. Ella, en el anca, apoyando su mejilla radiante en la espalda sucia de sudor del antiguo rey. Mientras desaparec\u00edan entre una nube de polvo, seguidos por aquella hueste de desalmados, maldije tres veces al jinete. Melchor envuelto en humo de mirra, reyecito de mierda, desertor.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">A fin de mes los trigales se convirtieron en holl\u00edn. Y por si fuera poco, el d\u00eda de la Candelaria ardieron los graneros. Nos aguardaban meses de hambre. Dorm\u00edamos con pu\u00f1ales como almohadas, abrazados a una garrafa de agua. Desempolvamos las escopetas y salimos a cazar urracas y lagartos negros.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">En marzo cumpl\u00ed once a\u00f1os y lo celebr\u00e9 encaramado en mi \u00e1rbol, contemplando el cielo requemado, viendo pasar zamuros, imaginando valles f\u00e9rtiles surcados por caminos en zigzag y regados por canales. Un ruido de cascabeles me distrajo, y ca\u00ed del \u00e1rbol astill\u00e1ndome el brazo derecho. Un curandero de El Volc\u00e1n vino a sobarme. Me unt\u00f3 manteca de culebra, me dio de beber s\u00e1bila endulzada con miel, y me entablill\u00f3 el brazo con cortezas de aliso. El dolor se hizo llevadero, s\u00f3lo agudizado por el relente del atardecer. Tuve sue\u00f1os de zurdo.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">D\u00edas despu\u00e9s, el domingo de Ramos, apalearon a un idiota en la calle Real. Y el viernes santo, ya de noche, una infeliz mujer, concubina de un boyero, pari\u00f3 una criatura con pezu\u00f1as de macho cabr\u00edo.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">El verano persist\u00eda. En mayo murieron las \u00faltimas vacas. Algunos bueyes, alimentados con tierra y paja seca, a\u00fan resist\u00edan. Llov\u00edan p\u00e1jaros. Y el d\u00eda de San Juan no hubo fogatas ni ponche ni banquete: saboreamos un mezquino hervido de ra\u00edces amargas y carne correosa de caballo.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">A finales de julio cay\u00f3 un aguacero. Llovi\u00f3 a c\u00e1ntaros hasta las cinco de la tarde. Volvi\u00f3 el sol; y el aire, a unos palmos del suelo, se cubri\u00f3 con una suave neblina. Desde mi ventana vi las siluetas de siete hombres flotando entre la niebla, plantados como estacas en el centro del patio. Sus largos gabanes color plomo se agitaban como banderas empujadas por el viento. Aquellos se\u00f1ores de la lluvia me eran totalmente desconocidos. Como si so\u00f1ara vi caminar a mi padre, a paso lento, despreocupado, en direcci\u00f3n a los forasteros. Escuch\u00e9 un estruendo, que en un primer momento confund\u00ed con un trueno. El humo de las escopetas, de un azul cielo lavado, me sac\u00f3 de mi ensue\u00f1o. Luego me vi a m\u00ed mismo abrazado al cuerpo sangrante de mi padre, rebuscando en sus ojos la \u00faltima chispa de vida, intentando borrar la imagen siniestra de los asesinos, sustituy\u00e9ndola por \u00e9sta de mi rostro dulce, acongojado. Mientras lo abrazaba con toda la ternura y con toda la rabia de que era capaz, le susurraba palabras de agradecimiento. Me desped\u00eda de \u00e9l. Adi\u00f3s, jinete, se\u00f1or de la monta\u00f1a. Adi\u00f3s. Y cuando sent\u00ed que me apartaban de su lado \u2014con voces livianas, de consuelo\u2014 supe que era libre, pues mi \u00fanica atadura a la tierra se hab\u00eda roto. Y no iba yo a cumplir trabajos de vengador. Los matadores de mi padre, tarde o temprano hallar\u00edan su recompensa. No me convertir\u00eda en halc\u00f3n para buscarlos. Yo no era un cazador sino un guerrero.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Sentado en la piedra azul llor\u00e9 hasta la \u00faltima l\u00e1grima. Luego, aliviado, le confi\u00e9 a la piedra mi decisi\u00f3n de abandonar aquel territorio de suelo est\u00e9ril y orfandad. No aguardar\u00e9 los ritos f\u00fanebres. Me ir\u00e9 esta misma noche. Mi equipaje es ligero, cabe en esta talega de sisal. Un pedazo de carne y un trozo de pan duro. Mi navaja puntiaguda, un espejo, una aguja y un dedal. El mapa de la Atl\u00e1ntida y mis cuadernos a rayas se los dejo de herencia a los ratones, al igual que la br\u00fajula, el dos de oros y las cartas de marear.\u00a0<\/span><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<h5><span style=\"font-weight: 400;\">Fragmento de la novela <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">La danza del jaguar<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\"> (Monte \u00c1vila Editores, 1991)<\/span><\/h5>\n<h6><span style=\"font-weight: 400;\">Foto: Daniel Sealey<\/span><\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>para Leda, mi hija Las condiciones del p\u00e1jaro solitario son cinco. La primera, que se va a lo m\u00e1s alto; la segunda, que no sufre compa\u00f1\u00eda aunque sea de su naturaleza; la tercera, que pone el pico al aire; la cuarta, que no tiene determinado color; la quinta, que canta suavemente. 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