{"id":39133,"date":"2025-03-29T15:25:46","date_gmt":"2025-03-29T21:25:46","guid":{"rendered":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/?p=39133"},"modified":"2025-03-30T16:17:25","modified_gmt":"2025-03-30T22:17:25","slug":"fugados","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/2025\/03\/fugados\/","title":{"rendered":"Fugados"},"content":{"rendered":"<p><span style=\"font-weight: 400;\">No era un aire desligado, no se nadaba en el aire. Nos olvid\u00e1bamos del l\u00edmite de su color, hasta parecer arena indivisible que la respiraci\u00f3n trabajosamente dejaba pasar. Llov\u00eda, llov\u00eda m\u00e1s, y entre lluvia y lluvia lograba imponerse un aire mojado, que aislaba, que hac\u00eda que nos enred\u00e1semos en las columnas, o que mir\u00e1semos a los hombres iguales que pasaban a nuestro lado durante muchos d\u00edas y en muchos cuerpos distintos. Hubo una pausa que fue aprovechada por Luis Keeler, para dirigirse a la escuela apresurando el paso, no obstante se detuvo para contemplar c\u00f3mo el agua lent\u00edsima recorriendo las letras de un escudo que anunciaba una joyer\u00eda hab\u00eda recurvado hacia la \u00faltima letra, pareciendo que all\u00ed se estancaba, adquir\u00eda despu\u00e9s una tonalidad verde cansado, se replegaba, giraba asustada, sin querer bordear el contorno del escudo, donde tendr\u00eda que esperar que la brisa se dirigiese \u2014pod\u00eda tambi\u00e9n coger otro rumbo\u2014 directamente al escudo, cuyas letras desmemoriadas surg\u00edan ya con esfuerzo, ante la nivelaci\u00f3n impuesta por la brisa y por las lluvias, y por \u00faltimo la gota despu\u00e9s de recorrer las murallas y los desiertos desdibujados del escudo saltaba desapareciendo.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Armando Sotomayor hab\u00eda aprovechado tambi\u00e9n la pausa colocada entre las lluvias, para dirigirse al colegio, que ofrec\u00eda un aspecto deslustrado, como si la voz de los profesores hubiera ido formando una costra h\u00fameda que separaba la pared de las miradas. El recuerdo de la lluvia y del agua enfermiza que saltaba de las casas al suelo azafranado, donde se iba borrando, como si la suela de los zapatos limpiase las caras inveros\u00edmiles grabadas sobre el asfalto blanduzco. Era como si una idea se dirigiese recta a adivinar el objeto enfrentado, y al encontrar las paredes, verde, amarillo-escamoso, del colegio, saltase al mar para borrarse a s\u00ed misma.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Luis y Armando se miraron. Armando observ\u00f3 que al mismo tiempo que ya empezaba a sentir la humedad del agua evapor\u00e1ndose de su chaqueta azul oscuro, con rayas blancas, desde lejos grises, vio c\u00f3mo tambi\u00e9n asomaban con nuevos colores que se secaban lentamente, como despu\u00e9s de pensarlo mucho, dejando en las paredes mareadas, patas de moscas, caras viejas, casi resquebrajadas. Armando ya no miraba las paredes h\u00famedas, mareadas, como si la lluvia se hubiese entretenido en extender sobre las paredes piel estirada de gamo, soplado estrellas, trazando una esfumada cartograf\u00eda sideral. Los ojos de Armando giraron lentamente, los dej\u00f3 caer sobre Luis que llegaba. Sin saludarlo le dijo: No entremos, en el malec\u00f3n las olas est\u00e1n furiosas, quiero verlas.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Luis, m\u00e1s joven, alegre por la primera palabra de Armando, lo salud\u00f3 primero con alegr\u00eda disimulada, despu\u00e9s r\u00e1pidamente respondi\u00f3: Vamos.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">La humedad persist\u00eda, se notaba m\u00e1s que en los zapatos h\u00famedos, en el sudor de la cara de Luis. La \u00faltima gota se demoraba en el escudo de la joyer\u00eda, hasta que al fin ca\u00eda tan r\u00e1pidamente que la absorci\u00f3n de la tierra daba un grito. Luis parec\u00eda fijarse en el peligro de la pr\u00f3xima lluvia, en la disculpa que dar\u00eda en su casa si sus padres descubr\u00edan el improvisado paseo. Aunque cualquier pregunta de Armando fuese demasiado brusca, no se fijaba en la cara de \u00e9l, como quien goza la presencia de un espejo empa\u00f1ado o se imagina muy espesa la atm\u00f3sfera lunar o demora la papilla de pur\u00e9 en la lengua. La emoci\u00f3n de escaparse del colegio ten\u00eda demasiada importancia para dirigir su mirada a la cara de Armando, aunque es casi seguro que la fijase en sus ojos. Sin embargo, cada palabra de este era una mirada, hasta casi pensar\u00edamos que hablaba para encontrar en los ojos de Luis la colmaci\u00f3n de sus palabras, m\u00e1s que necesaria respuesta.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">No deber\u00edamos, pensaba, nada m\u00e1s que ir al colegio por la ma\u00f1ana, todo lo dem\u00e1s sobra. Es cierto que las ma\u00f1anas casi siempre son h\u00famedas, que ablandan las cosas, que inutilizan las palabras. Cuando veo venir a mi t\u00eda, oleaginosa blancura y humedad de la ma\u00f1ana, con los ojos pinchados, con la ropa bruscamente lanzada contra el cuerpo inm\u00f3vil, me parece que la veo llegar montando en una vaca y descendiendo muy lentamente \u2014como si quit\u00e1semos pa\u00f1os sudorosos de una estatua de yeso\u2014 del globo de la ma\u00f1ana. La contemplaci\u00f3n del caf\u00e9 con leche ma\u00f1anero produce una voluptuosidad dividida, que se convierte en poca cosa cuando los garzones van penetrando en las academias. Un sabor espeso va penetrando por cada uno de los poros que se resisten, una paloma muere al chocar con la columna de humo de un cigarro, las aguas algosas van alzando el cad\u00e1ver de un marinero ciego que deja caer pesadamente las manos, ostentando en las narices tatuadas el esfuerzo por querer sobrevivir en aquellas aguas espesadas por las salivas y por los papeles mojados.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Hab\u00edan llegado ya al lugar esperado, las olas entraban por la mirada, luego se produc\u00eda una desesperada oquedad ocupada r\u00e1pidamente por las nubes. El paisaje estrenaba una apariencia distinta frente al estilo o la manera distinta de las miradas. Las olas saltaban aceradas alrededor de un pu\u00f1o que les prestaba un esqueleto f\u00e9rreo y algoso. Se formaba el p\u00fablico que sobra siempre en las ciudades para bostezar en los incendios, para encender un quinqu\u00e9 en las inundaciones. Luis y Armando hab\u00edan llegado frente a las olas un tanto desmemoriados, aquello parec\u00eda no ser su finalidad. Moment\u00e1neamente hab\u00eda servido, pero les golpeaba un secreto m\u00e1s escurridizo. Las huidas del colegio son el grito interior de una crisis, de algo que abandonamos, de una piel que ya no nos disculpa. Hab\u00edan perdido una tarde de colegio, ahora dejaban caer las manos, ladeaban un poco la cabeza, todos corr\u00edan y Luis se dejaba mojar los zapatos sin levantar la mirada de la pr\u00f3xima ola. Comprend\u00eda que el d\u00eda era gris, que se hab\u00edan fugado de la escuela, que Armando estaba a su lado ocupando un espacio maravilloso, doblemente cerrado, espacio r\u00edtmico, pues de vez en cuando se llevaba la mano a los cabellos como para obligarlos a mantener una postura irreal, movediza. Los cabellos le desobedec\u00edan, hu\u00edan, como si aquel no fuese el sitio indicado para su sue\u00f1o, rehusando el dominio de la mano que no reconoc\u00edan como suya. Luis adivinaba que unas cuantas gotas eran poca cosa para sus zapatos. No hab\u00eda o\u00eddo los gritos, los menudos papeles blanqu\u00edsimos que al huir le tiraban a la ola, que cort\u00e9s volv\u00eda despu\u00e9s a olvidar y a recogerlos. La curvatura de las olas, la grosera asimilaci\u00f3n de la ola por otra ola produc\u00eda una onda de vapores exenta de recuerdos. Como si las nubes se fuesen extendiendo entre ellos y convirtiesen a los ni\u00f1os fugados en unos archipi\u00e9lagos h\u00famedos. Un barco los golpea suavemente y se ve lentamente rechazado por las manecillas de un reloj. Cambiaron de rumbo, la finalidad que los hab\u00eda unido se perd\u00eda invisiblemente. Se iban a mantener m\u00e1s tensas y secretas las palabras que los enlazaban. Los dos se fueron replegando, ignor\u00e1ndose. Se alejaban de las olas creyendo que cansadas de estilizar el litoral se perder\u00edan en una aventura m\u00e1s comprometedora. M\u00e1s que ver las olas las hab\u00edan adivinado entrando en la atm\u00f3sfera acuosa que desalojaban, les llegaba un ruido lejano, una ola empujaba a la otra, impulsando curvados sonidos que se adelgazaban para penetrar en la bah\u00eda algodonosa de los o\u00eddos. Ya hab\u00edan decidido pasear. La incitaci\u00f3n primera se hab\u00eda convertido en el tedio llevadero del tener que pasear. Armando se fijaba en uno de los dos botones que se apartaban de la coloraci\u00f3n azul con rayas blancas del traje de Luis, invariablemente uno le parec\u00eda distinto, despu\u00e9s empezaba el nuevo agrado descubriendo que los dos eran iguales. Ya no esperaba la pr\u00f3xima ola, sino la cambiante atracci\u00f3n de los botones azulosos, iguales, desiguales, aparec\u00edan, se sumerg\u00edan. La ola que se tend\u00eda, despu\u00e9s la fijeza de uno de los botones, el otro era tan improbable. La mirada humedecida alargaba peces asfaltados. Era como si una grulla, ave blanda, fuese absorbida por el asfalto exigente que pod\u00eda lucir as\u00ed su nueva marca de grulla asfaltada. Todo tan diluido que no se dir\u00eda la grulla escudo sobre el asfalto, como aquel que demoraba la \u00faltima gota en el anuncio de la joyer\u00eda. Luis se estremeci\u00f3, como si hubiese chocado con una nube o como si se hubiese despertado. Se oy\u00f3 una voz m\u00e1s espesa, menos infiltrada de humedad. Se sinti\u00f3 aterrorizado como cuando nos enteramos que el escaro, pescado exquisito, solo tiene los intestinos comestibles. Luis sent\u00eda la humedad invisible en su paseo con Armando. Ning\u00fan punto fijo pod\u00eda obligarlo, cualquier l\u00ednea clareadora era tan alargada que mor\u00eda en el agua electrizada. Verde de luna palustre, adivinando verdor de juncos enlunados. Hab\u00eda surgido Carlos \u2014la obligaci\u00f3n con el nombre, la esclavitud a la l\u00ednea y al punto\u2014, mayor que Armando, dici\u00e9ndole imperiosamente, era esa la palabra que Luis no dec\u00eda, pero que sent\u00eda, pero que o\u00eda desgarr\u00e1ndole: \u00bfNo hab\u00edamos quedado en ir al cine? Todav\u00eda podemos ir. Armando, secamente, sin mirar a Luis, que ha tomado una figura insignificante, le dice: Adi\u00f3s, me voy. Secamente, sin la mirada decisiva, sin intentar por \u00faltima vez discriminar el colorido de los botones de su chaqueta azul con rayas blancas. Nuevos p\u00e1jaros nevados dejan caer sus picos sobre las mandolinas que silabean numeradas eleg\u00edas. El sue\u00f1o se va espesando en el recuerdo de aquella \u00faltima ola que definitivamente se marmoliz\u00f3. La ola es el monstruo que busca el taz\u00f3n de alabastro cuando dos manos viajeras deciden desembarcar a la misma hora.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Sigui\u00f3 con la mirada la curva de los paredones, que parec\u00edan in\u00fatiles, pues las olas desmemoriadas se deten\u00edan en un punto prefijado, trazado en el v\u00e9rtice de la ola y de la gaviota. Vio tambi\u00e9n c\u00f3mo su brazo giraba, se perd\u00eda, hasta que adormecido lentamente se iba curvando, obligado por el girar de las gaviotas que trazaban c\u00edrculos invisibles, no tan invisibles, pues al querer extender el brazo sent\u00eda las picadas de los peces-ara\u00f1as, y al alzar los ojos ve\u00eda a la gaviota esconderse en un punto geom\u00e9trico, o entrar como flecha albina en un gran globo de cristal soplado. Ya no pod\u00eda aislar el recuerdo de los peces-ara\u00f1as, ni el brazo lentamente curvado de la mansa compasi\u00f3n de las gaviotas. No pod\u00eda aislar en su cajita de n\u00edquel cromo los f\u00f3sforos de las agujas. Ni el libro de las preguntas de las respuestas madreselvas, de los grupos de corales, de las m\u00e1s podridas an\u00e9monas. Las nubes se abr\u00edan r\u00e1pidamente mostrando el castillo que se desangraba. Las nubes destetadas hac\u00edan un poco m\u00e1s rosado el n\u00e1car de aquella agon\u00eda. Siguiendo las vueltas de las gaviotas aparec\u00edan una docena de adolescentes ocultando en las arenas sus flautas cremosas, dejando en recuerdo sus orejas enterradas. En el centro de la pecera se ven flotar, diminutos, otra docena de guerreros romanos.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Se sent\u00f3 en el muro, el agua ya no rebotaba en las piedras. Se dirig\u00eda a los o\u00eddos con pasos secretos, rebotando contra el castillo, sin timbre o lebrel que partiesen aquella humedad, que avivasen la oportunidad de aquel secreto oleaje. Vio como la uniformidad marina se abr\u00eda en un remolino somnoliento, vislumbr\u00f3 un alga verde cansado, gris perla, adivinanza congelada, secreto que fluye. Llegaba una olita, fabricada por los juncos tejidos, guiada tan solo por el ruido que forman los peces al virarse para pellizcarse el cuello; parec\u00eda que avisada el alga, ya empezaba a o\u00edr su nombre indistinto, iba a incrustarse en la piedra. Insatisfecho momento y el alga diferenciada, un tanto mareada, volv\u00eda a ocupar el mismo sitio. Luis Keeler sinti\u00f3 la fijeza del alga, sinti\u00f3 tambi\u00e9n su carrera invisible hacia el pared\u00f3n musgoso. Quedando as\u00ed el alga, como una corona que desciende hasta la ra\u00edz del castillo que se desangra sobre el r\u00edo. El alga clamaba por la monarqu\u00eda del sue\u00f1o interminable. Entre los pasos de la codorniz y la ra\u00edz del castillo, la fotograf\u00eda tomada a la sombra del h\u00famedo ruido y a la ligereza, pod\u00eda garantizar el surgimiento de las algas diferenciadas.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Cuando el alga rebot\u00f3 por \u00faltima vez contra la piedra ablandada, Luis Keeler se fue hundiendo en el sue\u00f1o. Un sue\u00f1o blando, rodeado de algas, algodones, de manos que tocan blandamente un saco de arena y de puntillas. Cartas persas, las codornices de servicios dom\u00e9sticos, las peceras volcadas despu\u00e9s del crimen. En su af\u00e1n de buscar la \u00faltima palabra y el nivel del sue\u00f1o la codorniz tiraba desesperadamente de los labios. En el para\u00edso el agua corr\u00eda de nuevo y se fabrica el cielo. La l\u00ednea del pared\u00f3n se alargaba, y \u00e9l fue tambi\u00e9n estirando, adelgazando. Sinti\u00f3 que el pensamiento se le escapaba como hab\u00eda sentido los pasos de la codorniz, para ocupar el centro de aquella alga nombrada, diferente, que pod\u00eda ostentar su orgullo y sus voluntarios paseos. El tacto insatisfecho ya no pod\u00eda prolongarse en la mirada o en aquel \u00faltimo fragmento de sus labios. Espeso sue\u00f1o como de quien pudiese hablar con la boca llena de agua. Absolutista alga que separaba el cristal de la divagaci\u00f3n de los recuerdos y de las nubes.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Traspas\u00f3 una l\u00ednea marinera, que hab\u00eda sido trazada por los juncos antes de convertirse en p\u00e1jaromoscas. La \u00faltima se extendi\u00f3 por el cuerpo de Luis Keeler, quedando tambi\u00e9n adormecida en la arborescencia de sus nervios. Uno de sus ojos, traspasando el globo de porcelana, que hab\u00eda sido tra\u00eddo junto con el taladro de los granates, se fij\u00f3 en la punta del dedo de un bandolero agil\u00edsimo. Triunf\u00f3, una ruedecilla recorr\u00eda la distancia que separaba la mirada del objeto ceniciento.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Despu\u00e9s el otro ojo se fij\u00f3 en la condecoraci\u00f3n dejada por el carapacho de las aguas quemantes, de las lavas y de los punzones. Puesto ya de pie, todas las algas huidas y borrado el l\u00edmite de los paredones, la noche le empapaba las entra\u00f1as, creciendo como un \u00e1rbol que sacude la tinta de sus ramas. Hubiera sido decoroso dar un grito, pero en aquel momento se vaciaba la jaula de los cines y de la vida clamante de las algas hab\u00eda surgido un absoluto sistema de iluminaci\u00f3n. Dar un grito le hubiera costado partirse un pie o adivinar los \u00faltimos cabeceos de las algas o como circula la sangre en los granates.<\/span><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<h6><span style=\"font-weight: 400;\">Publicado originalmente en <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">La cantidad hechizada<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\"> (1970)<br \/>\n<\/span><span style=\"font-weight: 400;\">Reproducido con el permiso de la Agencia Literaria Latinoamericana<br \/>\n<\/span><span style=\"font-weight: 400;\">\u00a9 Agencia Literaria Latinoamericana<\/span><\/h6>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<h6><span style=\"font-weight: 400;\">Foto: De izquierda a derecha, el escritor cubano Jos\u00e9 Lezama Lima, el escritor espa\u00f1ol Juan Mars\u00e9, el escritor y pol\u00edtico guatemalteco Mario Monteforte Toledo y el escritor argentino Julio Cort\u00e1zar en la Casa de las Am\u00e9ricas de La Habana, 1968. Por Alamy Stock Photo.<\/span><\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>No era un aire desligado, no se nadaba en el aire. Nos olvid\u00e1bamos del l\u00edmite de su color, hasta parecer arena indivisible que la respiraci\u00f3n trabajosamente dejaba pasar. 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