{"id":3828,"date":"2020-08-08T00:32:40","date_gmt":"2020-08-08T06:32:40","guid":{"rendered":"http:\/\/latinamericanliteraturetoday.wp\/2020\/08\/all-al-qaeda-marcelo-damonte\/"},"modified":"2023-06-03T21:55:17","modified_gmt":"2023-06-04T03:55:17","slug":"all-al-qaeda-marcelo-damonte","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/2020\/08\/all-al-qaeda-marcelo-damonte\/","title":{"rendered":"&#8220;Todo talib\u00e1n&#8221; de Marcelo Damonte"},"content":{"rendered":"<div><\/div>\n<p style=\"text-align: right;\"><i>Mi propia sangre est\u00e1 triste en mis venas. La siento que fluye como una sombr\u00eda, larga, lenta lluvia reptil, desde esa fuente de cabellos amargos, mi coraz\u00f3n, r\u00edo arriba abierto, cerrado r\u00edo abajo. Mi sangre se va a la deriva, a lo largo de las ramas de mis venas, a lo largo de mis miembros, hasta los dedos.<\/i><\/p>\n<p style=\"text-align: right;\">Jacques Stephen Alexis<\/p>\n<p>Estoy solo y se me cae la piel y de a uno los dientes por esta p\u00e9rfida enfermedad, de la cual ignoro el nombre, y que se ha desatado sobre mi miserable existencia desde hace m\u00e1s de una semana. Ya no queda ni uno de los trescientos africanos que salimos de la costa mauritana con destino a las Canarias. La traves\u00eda fue larga. Primero a pie, desde la frontera de Mal\u00ed con Mauritania, y en autob\u00fas hasta Nuadib\u00fa. Desierto, peste, sed, hambre y gente sucia. El precio ya era alto. Varios muertos. El calor demencial, la falta de agua, los malos tratos. Sobre todo eso, los malos tratos. Mujeres, hombres y ni\u00f1os, para todos es lo mismo. Estafados, comprados, abandonados, violados y apaleados; menos que animales, en un tr\u00e1nsito lento, m\u00e1s que nada por lo cruel y despiadado de las almas de los gu\u00edas de turno.<\/p>\n<p>La llegada a la playa no fue mejor. El barco grande que nos hab\u00edan prometido se convirti\u00f3 ante nuestros ojos imp\u00e1vidos en un desvencijado cayuco de menos de diez metros de eslora; fr\u00e1gil estructura, ferruginosa hasta en sus bordes no met\u00e1licos, parchada por todas partes y mal calafateada, con arte de brocha gorda. La paga en d\u00f3lares, exagerada hasta el rid\u00edculo, termin\u00f3 en los bolsillos de Ignacio y Mohamed, dos inescrupulosos tunecinos, capos de una de las tantas mafias que regentean el tr\u00e1fico de negros entre el continente africano y toda la costa europea, desde Atenas hasta las islas espa\u00f1olas.<\/p>\n<p>El mar est\u00e1 embravecido, aunque ya pas\u00f3 el vendaval. A la mayor\u00eda se los llev\u00f3 esa espantosa tormenta que arras\u00f3 con todo lo vivo hace unos d\u00edas. Gente arracimada cayendo al mar oscuro que se revolv\u00eda como una bestia enfurecida alrededor del lanch\u00f3n, aullando al un\u00edsono con las personas. All\u00ed se perdi\u00f3 al capit\u00e1n, o lo que fuese ese mierda de marroqu\u00ed que cumpl\u00eda la funci\u00f3n de maniobrar la inmunda embarcaci\u00f3n, especie de fantasma crepitante y con olor a podrido que enfrentaba con m\u00edseras posibilidades el pi\u00e9lago furioso e interminable.<\/p>\n<p>Al diablo con \u00e9l.<\/p>\n<p>Esa no fue una p\u00e9rdida.<\/p>\n<p>Hace un rato arroj\u00e9 al agua al \u00faltimo de los ni\u00f1os; Tijan, me dijo su abuela que se nombraba, antes de morirse de fr\u00edo, dos d\u00edas atr\u00e1s, despu\u00e9s de sobrevivir milagrosamente a la tormenta que convirti\u00f3 al mar en derredor en una especie de sombra helada minada de cad\u00e1veres y de tiburones. Ella se llamaba Ang\u00e8le, y la acabaron, entre las dos, la hipotermia y la tristeza de saber que el ni\u00f1o pronto morir\u00eda. Ella sab\u00eda con fr\u00eda claridad, por otra parte, era consciente de ocupar un lugar rid\u00edculo en aquella embarcaci\u00f3n. Una pobre vieja est\u00fapida, sin futuro, all\u00e1 donde eventualmente arribara el cayuco; pero el ni\u00f1o no ten\u00eda a nadie, solamente a ella; sus progenitores hab\u00edan quedado sepultados bajo una nube de escombros en la guerrilla de Puntlandia, en el Cuerno de \u00c1frica. \u00bfQu\u00e9 otra cosa pod\u00eda hacer? Alguien ten\u00eda que intentar salvarlo, me dijo, antes de cerrar los ojos y despedirse con un beso en la cabeza del ni\u00f1o.<\/p>\n<p>El chico dur\u00f3 muy poco m\u00e1s, lo que ten\u00eda que durar su esperanza, ni m\u00e1s ni menos. Tijan ten\u00eda unos doce a\u00f1os, aproximadamente. De todos modos, poco importa; \u00e9l acaba de ir a por ella, donde quiera que est\u00e9.<\/p>\n<p>Seg\u00fan mis c\u00e1lculos, hace m\u00e1s de treinta d\u00edas que estamos a la deriva.<\/p>\n<p>Que estoy.<\/p>\n<p>Treinta d\u00edas fueron los estipulados por el pest\u00edfero marroqu\u00ed, antes de ser devorado por la boca gigante del mar angurriento que prefiere carnes africanas.<\/p>\n<p>Mi nombre es Faris Abu, si es que eso importa en algo. Otro Faris Abu, como los habr\u00e1 tantos en \u00c1frica. Soy egipcio, pero creo que eso tampoco resulta trascendente, porque podr\u00eda ser senegal\u00e9s, sirio, sudan\u00e9s, somal\u00ed o de Eritrea.<\/p>\n<p>Como dije, ya no queda nadie.<\/p>\n<p>S\u00f3lo el mapa y yo.<\/p>\n<p>El mapa. Observo esa hoja de papel r\u00fastico que confeccion\u00e9 con mal pulso, antes de montarnos a la balsa. Comienza a hacerse a\u00f1icos, lo mismo que este viaje, que su gente y la esperanza. Falso. Yo ya no tengo esperanza.<\/p>\n<p>No me hace falta.<\/p>\n<p>El mapa. Lo hice como pude, en plena oscuridad, copiando un pliego pegajoso y harto de manchas que le sustraje a uno de los osos horribles que nos encerraron en ese galp\u00f3n en que nadie durmi\u00f3 y muchos so\u00f1aron, antes de que arremetieran contra nosotros como si fu\u00e9semos ganado, a empujones y a punta de pistola, para hacernos subir violentamente en la maldita barcaza que deb\u00eda llevarnos m\u00e1s all\u00e1 del agua, hacia la libertad, hacia la tierra prometida. Hoy lo s\u00e9: hacia el infierno.<\/p>\n<p>Como dije, no era un barco grande, como mintieron cuando pagamos la ominosa cifra en d\u00f3lares que por adelantado nos exigi\u00f3 el traficante. Repito, era un jodido y apestoso cayuco mauritano con menos oportunidades de mantenerse a flote que una mosca en una pecera llena de sapos hambrientos.<\/p>\n<p>Un mapa no era esa hoja ruinosa, babienta, en la que apenas resultaban legibles esos simples garabatos hechos a l\u00e1piz sin punta; una geograf\u00eda rara, fractal, deforme, que apenas distingu\u00eda algunos puntos gordos: los puertos europeos de Canarias, Lampedusa y Malta, en las costas ib\u00e9ricas e italianas, y unas rayas meridianas que remedaban el ir y venir de las mareas. Ese dato me lo hab\u00eda suministrado Faiza, uno de los negros j\u00f3venes, nacido en Somalia. A Faiza le faltaban dedos de la mano. Se los hab\u00edan cortado por robar suministros a un cami\u00f3n del Ej\u00e9rcito para darle de comer a sus hijitos.<\/p>\n<p>Tengo las manos mojadas y temblorosas, por eso el viento acaba de llevarse un pedazo grande de mapa, que fue a perderse en el agua salada. Si fuera por este mapa que permanece a\u00fan entre mis dedos, s\u00f3lo quedan dos puertos: Lampedusa y Malta. Canarias ya no es una opci\u00f3n visible, esa es la puta realidad. Atenas ha volado tambi\u00e9n, a perderse en el agua revuelta que todo lo rodea. Me hurgo la boca y despego otro diente, junto con un pedazo de carne de la enc\u00eda. Mi comedia se va con ellos, con los dientes, con el mapa, con las costras de piel muerta que levanto cada vez que me rasco la cabeza o debajo de los brazos.<\/p>\n<p>Debo decir que lo supe, un poco bastante, con anterioridad a la salida de Nuadib\u00fa, creo que mientras dorm\u00eda en aquel galp\u00f3n, o mientras me empujaban a culatazos esas ratas tunecinas. Lo sab\u00eda cuando me sub\u00ed al lanch\u00f3n y reconoc\u00ed el olor de la muerte en cada uno de los rostros de esos negros, ni\u00f1os, mujeres y hombres. El primer desv\u00edo debi\u00f3 avisarnos a todos, cuando tuvimos que sortear la vigilancia de una de las patrullas de la Operaci\u00f3n Trit\u00f3n, de Frontex, que merodean las aguas del Mediterr\u00e1neo en busca de lanchones africanos para hundir. Esa chicana nos alej\u00f3 demasiado, al fin y al cabo, ahora lo entiendo, cual destino inexorable, hacia la tormenta, la maldita tormenta que se hizo cargo de buena parte del trabajo del patrullaje que ten\u00eda la misi\u00f3n de amancebarnos en las profundidades con los pulpos y la cangrejada, aliviando, asimismo, de peso al lanch\u00f3n que nos transportaba.<\/p>\n<p>Creo que el mapa, mi cuerpo y lo que queda de mi antigua expectativa son la misma cosa: desechos de una idea que se hace mierda. Rasco la superficie de madera del tim\u00f3n y caen virutas de material podrido, igual que lo que sucede con la piel de mi cr\u00e1neo, y por lo que veo de las u\u00f1as. Organismos disolvi\u00e9ndose, cuerpos que ya no sirven para nada. Como dije, estoy a la deriva, en el m\u00e1s amplio de los sentidos.<\/p>\n<p>Aun as\u00ed, recuerdo d\u00edas mejores en que el mundo se disolv\u00eda m\u00e1s lentamente. Los d\u00edas de mi infancia de colores en el distrito de Karmouz, el mercado de frutas de Adofo, los tuk tuks zigzagueando entre transe\u00fantes en las calles de barro angostas de mi Alejandr\u00eda natal. Entonces, la ma\u00f1ana era una esponja maravillosa que absorb\u00eda los sonidos de la gente, los olores de las viandas, los destellos del sol en las suaves texturas de las telas de colores que colgaban en los puestos de venta de la calle.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de pasado el mediod\u00eda, el tiempo se iba deshaciendo progresivamente, hasta derretirse como una pel\u00edcula borrosa en el eje solitario del atardecer.<\/p>\n<p>Aqu\u00ed y ahora la p\u00e9rdida es mayor.<\/p>\n<p>Por un lado, el mar redondo, insondable, harto de amenaza; del otro lado, mi cabeza, mi conciencia, igual de arrebatada y profanada, abandonada a presagios de aniquilaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Estoy apoyado con los codos sobre una de las barras del tim\u00f3n, que logr\u00e9 atar con varios nudos a una argolla que oficia de suerte de amarra en el piso de madera sucia de la embarcaci\u00f3n. Un rayo de sol provoca la agon\u00eda imperativa que ronda en el aire en derredor. Nubes oscuras se deshilachan all\u00e1 arriba, en el firmamento; las veo emborronarse y anudarse a medida que nacen algunos retazos de azul celeste. Si la vista no me enga\u00f1a, se vislumbra a lo lejos una franja amarronada que podr\u00eda significar la presencia de tierra firme. Qui\u00e9n sabe. Tal vez lo sea. Seg\u00fan mi c\u00e1lculo ya van m\u00e1s de treinta d\u00edas de viaje. Ese dato lo hace posible. Ya lo dije, lo s\u00e9, pero es que no hay otra cosa.<\/p>\n<p>Acabo de perder el mapa o algo as\u00ed. No tengo la menor idea de lo que fue de \u00e9l, quiz\u00e1s se cay\u00f3 al mar cuando intent\u00e9 meter mis manos en los bolsillos, o tal vez simplemente se deshizo por la humedad. Da igual. Ya no serv\u00eda para nada.<\/p>\n<p>Me duele la boca.<\/p>\n<p>Acabo de perder dos dientes m\u00e1s. Los arrojo por la borda del cayuco. No hay nada para comer. Tampoco sirven para nada.<\/p>\n<p>A lo lejos escucho el sonido de un motor.<\/p>\n<p>El ruido pertenece a una sombra blanca que se acerca entre relentes, a menos de un kil\u00f3metro de donde flota el cayuco. Aguzo la vista, pero no logro concretar una imagen definida. No tengo pesta\u00f1as, tal vez sea por eso. Tengo los ojos duros, quiz\u00e1s quemados por el resplandor y el salitre. Debe ser una de las patrullas costeras de Lampedusa, de Malta, de Canarias, de Atenas, no lo s\u00e9, y tampoco me interesa. La nave se acerca. El sonido retumba en mis o\u00eddos como un mill\u00f3n de explosiones, ecos desesperados que pugnan por abarrotar mi cabeza con artificios de hecatombe. El motor de la patrulla se oye de manera n\u00edtida, y tambi\u00e9n el sonido de un altavoz que brama en una lengua irreconocible, al menos para m\u00ed.<\/p>\n<p>Miro a mi alrededor. All\u00ed est\u00e1 el ancla. No es muy grande, no servir\u00eda para mantener la lancha a flote un d\u00eda de tormenta; pero no hay tormenta ahora, el mar parece haberse calmado definitivamente, como si me esperara, como si acompasara su fr\u00edo continente invisible, con la elocuencia del silencio infinito que se proyecta desde mi cerebro.<\/p>\n<p>El ancla.<\/p>\n<p>Escucho los gritos que lanza el altavoz desde la patrulla italiana, pero no entiendo nada. Es italiana; la bandera que flamea en su proa lo explicita, la veo, aunque me duelan los ojos, aunque se me dificulte tragar la saliva sin devorar mis propios dientes y la piel de mis labios. Yo soy egipcio, de Karmouz, de la tierra de Alejandr\u00eda, como la biblioteca quemada en esa tierra conquistada por Alejandro el Grande.<\/p>\n<p>El ancla.<\/p>\n<p>Ato la cuerda a mi pie.<\/p>\n<p>Me trepo a la borda y los veo desesperarse detr\u00e1s de su altavoz, enjaretados en sus uniformes de marinerito cort\u00e9s. No les importa, siguen un protocolo: el protocolo de la mentira, que es el mismo que el de la diplomacia. Ya no quieren negros, ya no quieren m\u00e1s inmigrantes, la gente se queja, que no hay trabajo, gritan que los negros se vuelvan a sus pa\u00edses. Lo escuch\u00e9 y lo le\u00ed un millar de veces, en los diarios, en los noticieros. Deb\u00ed saberlo, y lo supe, lo sab\u00eda incluso antes de iniciar este periplo mar\u00edtimo est\u00fapido, que no lleva a ninguna parte, o a un mar de cad\u00e1veres.<\/p>\n<p>Lanzo el ancla y me arrojo detr\u00e1s. Me dejo hundir. El agua fr\u00eda me calma, es como un b\u00e1lsamo. El sonido del altavoz de la patrulla se hace m\u00e1s fuerte y profundo, como en una c\u00e1mara de ecos, aunque ya comienza a disolverse, a desintegrarse, a medida que avanzo, o retrocedo, no lo s\u00e9, sigo el mapa. La piel se alivia, eso s\u00ed lo s\u00e9, el silencio es enorme y uterino, cierro los ojos, descanso las mand\u00edbulas, abro los brazos, muevo los dedos de los pies, sigo el ancla, y pienso en ellos.<\/p>\n<h6><\/h6>\n<h6>Foto: \u00c0lex Folguera, Unsplash.<\/h6>\n<p><b id=\"docs-internal-guid-a6c88b1e-7fff-91fb-2631-f2356fc27d72\"><a href=\"https:\/\/bookshop.org\/shop\/LALT\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Visita nuestra p\u00e1gina de Bookshop y apoya a las librer\u00edas locales.<\/a><\/b><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Estoy solo y se me cae la piel y de a uno los dientes por esta p\u00e9rfida enfermedad, de la cual ignoro el nombre, y que se ha desatado sobre mi miserable existencia desde hace m\u00e1s de una semana. Ya no queda ni uno de los trescientos africanos que salimos de la costa mauritana con destino a las Canarias. La traves\u00eda fue larga. Primero a pie, desde la frontera de Mal\u00ed con Mauritania, y en autob\u00fas hasta Nuadib\u00fa. Desierto, peste, sed, hambre y gente sucia. El precio ya era alto. Varios muertos. El calor demencial, la falta de agua, los malos tratos. Sobre todo eso, los malos tratos. Mujeres, hombres y ni\u00f1os, para todos es lo mismo. 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