{"id":3573,"date":"2020-02-16T03:49:18","date_gmt":"2020-02-16T09:49:18","guid":{"rendered":"http:\/\/latinamericanliteraturetoday.wp\/2020\/02\/dostoevsky-theorem-graciela-goldchluk\/"},"modified":"2023-06-06T06:19:51","modified_gmt":"2023-06-06T12:19:51","slug":"dostoevsky-theorem-graciela-goldchluk","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/2020\/02\/dostoevsky-theorem-graciela-goldchluk\/","title":{"rendered":"&#8220;El teorema Dostoyevski&#8221; de Graciela Goldchluk"},"content":{"rendered":"<style type=\"text\/css\">p.p1 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; font: 12.0px Times}<br \/>p.p2 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; font: 12.0px Times; min-height: 14.0px}<br \/>p.p3 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: right; font: 12.0px Times; min-height: 14.0px}<br \/>p.p4 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: right; font: 12.0px Times}<br \/><\/style>\n<div><\/div>\n<style type=\"text\/css\">p.p1 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; font: 12.0px 'Times New Roman'}<br \/>p.p2 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; font: 12.0px 'Times New Roman'; min-height: 15.0px}<br \/><\/style>\n<p>La obra de Mario Bellatin nos pone, como lectores, en un callej\u00f3n sin salida. Es una obra con muchas puertas: podemos entrar por un cuento japon\u00e9s, una falsa biograf\u00eda o el relato de un moridero, es decir de un lugar donde van a morir en compa\u00f1\u00eda quienes est\u00e1n en la \u00faltima etapa de un mal incurable o han sido golpeados brutalmente. Como sucede con los que entran en ese espacio, sabemos que una vez adentro no vamos a salir. Al terminar la lectura de un libro nos vemos impelidos a leer otro y entonces entendemos que la \u00fanica posibilidad es quedarnos a <i>vivir<\/i> ah\u00ed, porque algo vivo hay en esa escritura que nos ha contado las cosas m\u00e1s terribles como si fueran normales. Entremos entonces por el ep\u00edgrafe de Kawabata que da comienzo a <i>Sal\u00f3n de Belleza<\/i>: \u201ccualquier clase de inhumanidad se convierte, con el tiempo, en humana\u201d. Este es el n\u00facleo de una escritura descentrada: si el tiempo normal hace que los humanos aceptemos cualquier cosa, hay que escribir de manera que el tiempo quede suspendido, hay que robar tiempo a la vida.<\/p>\n<p>La escritura de Mario Bellatin logra eso y no se parece en nada a las series que se pueden ver en streaming, sino m\u00e1s bien a esas pel\u00edculas extra\u00f1as que nos hacen preguntar por qu\u00e9 las estamos mirando. Alejada de toda pretensi\u00f3n de novedad, esta escritura suele contar una historia perfectamente comprensible, con un lenguaje que tiene como modelo la lengua sin atributos de un traductor. La lectura s\u00f3lo es perturbada por aquello que sucede: la presencia de un ave de rapi\u00f1a en una jaula ubicada en el ba\u00f1o de un hombre inm\u00f3vil o la conferencia brindada por Mishima despu\u00e9s de su muerte. Al contrario de las ficciones que dominan la industria del entretenimiento donde los personajes sufren, se sobreponen y act\u00faan en una realidad cada vez m\u00e1s feroz donde tomar actitudes aparentemente inhumanas se vuelve una necesidad, en las ficciones de Bellatin los personajes act\u00faan por impulsos y creencias propias, seg\u00fan rituales que les son necesarios, y nada aten\u00faa el horror de las buenas intenciones, como las que persiguen las mujeres protectoras de animales que alimentan una jaur\u00eda de perros salvajes proclives a atacar hasta la muerte a internos de una instituci\u00f3n psiqui\u00e1trica. No es algo que nace y se desarrolla durante la novela, es algo que ya exist\u00eda cuando comienza el relato y no se soluciona ni empeora. En esos ambientes, sin embargo, hay personajes que se desenvuelven con naturalidad y aceptan lo que, debido a que la narraci\u00f3n impone sus propias reglas, se torna inaceptable para los lectores.<\/p>\n<p>Llegamos as\u00ed a lo que sorprende en esta obra, es decir al juego que nos propone, porque algo del orden del juego tiene que estar presente para que sigamos leyendo, algo familiar que viene de la infancia como ese espacio que se abre cuando las reglas inventadas de \u201cy si hacemos de cuenta que\u201d [If we realize that] reemplazan las otras reglas de un mundo recibido que nos aburre y abren ese tiempo que convierte la siesta en cualquier otra cosa. Hacer de cuenta transforma inmediatamente una cosa en otra sin vuelta atr\u00e1s: durante el tiempo del juego \u201cel piso es lava\u201d, no es <i>como si <\/i>fuera lava, nos guste o no es lava y para que vuelva a ser piso hay que cerrar el libro, cesar el juego. No hay met\u00e1fora sino transformaci\u00f3n. Eso mismo pasa con los libros de Bellatin y acaso por eso todas las referencias que parecen apuntar hacia fuera de la literatura son desmentidas: Jap\u00f3n no es Jap\u00f3n, pero tampoco M\u00e9xico; Mishima cometi\u00f3 seppuku y tambi\u00e9n escribi\u00f3 <i>Sal\u00f3n de belleza<\/i>; los hermanos ciegos y sordos se encuentran encerrados en una instituci\u00f3n mental sin padecer locura alguna y al mismo tiempo se encuentran en un barco atacado por piratas de la manera m\u00e1s feroz. Vale decir, eso que pasa ah\u00ed es exactamente lo que pasa adentro del juego que es real.<\/p>\n<p>Por otra parte, esa realidad no deja de existir cuando cerramos el libro porque no fue resuelta en el mundo ficcional. Al cerrar el libro quedamos frente a un vac\u00edo, y es entonces que advertimos que todo el tiempo estuvimos solos ante lo narrado. La funci\u00f3n del narrador, o m\u00e1s a\u00fan la funci\u00f3n-autor, se ocup\u00f3 de quitar el suelo donde se asienta nuestro modo de estar en el mundo, tabl\u00f3n por tabl\u00f3n, como si de un dibujo animado se tratara. Sin embargo, no olvidemos esto, toda la literatura de Bellatin est\u00e1 abierta de manera generosa al lector: una de sus caracter\u00edsticas es que la operaci\u00f3n de sustracci\u00f3n a la que somete todos sus textos nunca afecta la posibilidad de seguir la trama, por m\u00e1s extra\u00f1a que esta sea. Puede tratarse incluso de una sucesi\u00f3n de fragmentos en apariencia sin relaci\u00f3n alguna, en ese caso estamos seguros de que cada relato abandonado se retomar\u00e1 con las se\u00f1as necesarias para que lo podamos recuperar, de modo que no son esos los andamios que han sido retirados. La conmoci\u00f3n que un texto de Bellatin nos produce no se relaciona con el descubrimiento de algo nuevo, raro, y entonces monstruoso, sino con hechos con los que convivimos de manera cotidiana pero que sometidos a la costumbre parecemos olvidar. De ese modo y en virtud del modo de narrar, no pudimos conmovernos frente a un hijo dispuesto a entregar a sus padres su cuerpo muerto, ni tampoco indignarnos ni ejercer ning\u00fan sentimiento reparador que nos haga sentir buenas personas; m\u00e1s bien quedamos en suspenso, como las figuras del comienzo en <i>Jacobo el mutante<\/i>. Este modo de suspender el juicio, as\u00ed como el tiempo de lo cotidiano o la relaci\u00f3n metaf\u00f3rica con la realidad, es la apuesta \u00e9tica m\u00e1s seria de la escritura de Mario Bellatin, que sabe que as\u00ed como un poeta debe recordar que su poes\u00eda es la culpable de la trivialidad de la vida, el hombre de la vida debe recordar que su falta de exigencia y seriedad en sus problemas existenciales es culpable de la esterilidad del arte. Esta tesis pertenece a Bajtin, y su demostraci\u00f3n es el conjunto de la obra de Fi\u00f3dor Dostoyevski, autor que nuestro escritor ley\u00f3 minuciosamente durante su adolescencia, esos a\u00f1os en que la infancia queda atr\u00e1s como modo de vida y se convierte en un modo de mirar.<\/p>\n<p>Nos encontramos entonces con una herramienta para pensar esa voz narrativa que la cr\u00edtica ha coincidido en se\u00f1alar como desafectada, insensible y hasta mineral. Esa desafecci\u00f3n es una cautela, un esfuerzo por no simpatizar y tampoco permitir al lector que simpatice con los personajes o con el escritor que los presenta. En particular, no resulta sencillo ubicar una voz solidaria en su entonaci\u00f3n, ya sea que el personaje est\u00e9 realizando acciones que podr\u00edan considerarse heroicas, como cuidar enfermos, o reprobables, como ahogar ni\u00f1os en una fuente. Recu\u00e9rdese que esta acci\u00f3n que aparece en <i>La escuela del dolor humano de Sechu\u00e1n<\/i>\u00a0 est\u00e1 encomendada a la peor disc\u00edpula de esta instituci\u00f3n que tiene como objetivo \u201csacar partido de la representaci\u00f3n de los estados de \u00e1nimo\u201d y que habr\u00eda funcionado en una \u201crep\u00fablica popular, que como se se\u00f1al\u00f3 hizo del dolor individual de los ciudadanos una tragedia colectiva\u201d. Las muertes de los ni\u00f1os ahogados frente a hombres p\u00e1jaro que contemplan inm\u00f3viles no son caprichosas: es el destino de todo tercer hijo var\u00f3n (lo ideal es que haya uno solo, el segundo debe ser castrado y el tercero llevado a la plaza) y responden a un ritual preciso que se completa con ejercicios tales como realizar una peque\u00f1a genuflexi\u00f3n, poner los brazos en cruz y contener la respiraci\u00f3n. Conmoverse frente al destino de esos ni\u00f1os no est\u00e1 en el horizonte de la ejecutante, que nunca se presenta como verdugo. Estas muertes horribles, ni\u00f1os que se resisten a ser ahogados, son parte de una racionalidad burocr\u00e1tica y s\u00f3lo nos enteramos de su existencia porque se aprovechan como un espect\u00e1culo que se lleva a cabo en la plaza central a la hora de mayor afluencia de p\u00fablico. Estas escenas \u2014nada dice que sean reales, se nos ha advertido que se trata de un teatrillo \u00e9tnico\u2014 est\u00e1n intercaladas con otras que son reconocibles en la vida cotidiana, como la de una hija lavando los pies de su padre moribundo, o la de un padre que sufre por la ineptitud de su hijo en el colegio y en consecuencia lo castiga con brutalidad.<\/p>\n<p>El problema Dostoyevski, c\u00f3mo lograr escribir de manera que la existencia deje de trivializarse, atraviesa la obra de Bellatin y construye de manera pol\u00e9mica su modo de existencia literaria. Hubo un tiempo en que los escritores se dedicaron a denunciar el dolor como si fuera una forma de acci\u00f3n y eso los convirti\u00f3 en seres nobles; los lectores pod\u00edan identificarse y simpatizar no s\u00f3lo con los personajes, sino fundamentalmente con los autores. Ese tiempo ha pasado: en la literatura que propone Bellatin no hay lugar para la compasi\u00f3n, pero tampoco es una literatura del cinismo que proponga el disfrute consumista por encima de las contradicciones como el personaje de una pel\u00edcula que conserva obras de arte en un espacio de contemplaci\u00f3n que da la espalda al estado del mundo. No se cambia una certeza por otra certeza, la desescritura que opera Bellatin a trav\u00e9s del tono y de las innumerables elisiones que contienen sus textos tiende a construir un espacio de libertad creadora para el lector a la vez que le recuerda que la libertad es una zona de conflictos donde cada uno est\u00e1 obligado a tomar decisiones. Es as\u00ed que los lectores entramos en el teorema: un juego, un callej\u00f3n aparentemente sin salida, una posibilidad de creaci\u00f3n.<\/p>\n<h6>Mario Bellatin. Foto: Ana HOP.<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La obra de Mario Bellatin nos pone, como lectores, en un callej\u00f3n sin salida. Es una obra con muchas puertas: podemos entrar por un cuento japon\u00e9s, una falsa biograf\u00eda o el relato de un moridero, es decir de un lugar donde van a morir en compa\u00f1\u00eda quienes est\u00e1n en la \u00faltima etapa de un mal incurable o han sido golpeados brutalmente. Como sucede con los que entran en ese espacio, sabemos que una vez adentro no vamos a salir. Al terminar la lectura de un libro nos vemos impelidos a leer otro y entonces entendemos que la \u00fanica posibilidad es quedarnos a <i>vivir<\/i> ah\u00ed, porque algo vivo hay en esa escritura que nos ha contado las cosas m\u00e1s terribles como si fueran normales. Entremos entonces por el ep\u00edgrafe de Kawabata que da comienzo a <i>Sal\u00f3n de Belleza<\/i>: \u201ccualquier clase de inhumanidad se convierte, con el tiempo, en humana\u201d. 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