{"id":3494,"date":"2020-02-11T00:46:19","date_gmt":"2020-02-11T06:46:19","guid":{"rendered":"http:\/\/latinamericanliteraturetoday.wp\/2020\/02\/tea-augsburg-marvel-moreno\/"},"modified":"2023-06-06T06:22:44","modified_gmt":"2023-06-06T12:22:44","slug":"tea-augsburg-marvel-moreno","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/2020\/02\/tea-augsburg-marvel-moreno\/","title":{"rendered":"&#8220;Una taza de t\u00e9 en Augsburg&#8221; de Marvel Moreno"},"content":{"rendered":"<style type=\"text\/css\">p.p1 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: right; font: 12.0px 'Times New Roman'}<br \/>p.p2 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; font: 12.0px 'Times New Roman'; min-height: 15.0px}<br \/>p.p3 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; font: 12.0px 'Times New Roman'}<br \/>span.s1 {font-kerning: none}<br \/>span.s2 {font-kerning: none; color: #4c5155}<br \/><\/style>\n<div><\/div>\n<p style=\"text-align: right;\"><i>A la memoria de Dar\u00edo Morales<\/i><\/p>\n<p>Miranda Castro fue en su tiempo una de las modelos m\u00e1s cotizadas de los Estados Unidos. Pese a su apellido latino, ten\u00eda el aspecto de una muchacha n\u00f3rdica con sus cabellos rubios que resplandec\u00edan como el trigo en la luz del verano y unos ojos m\u00e1s azules que el mar de las islas del Caribe. Su fotograf\u00eda apareci\u00f3 varias veces ilustrando la portada de <i>Vogue<\/i>. Cuando entraba en un restaurante la gente enmudec\u00eda de inmediato, sigui\u00e9ndola con una mirada de deslumbrado asombro. Su presencia en Park Avenue creaba problemas de circulaci\u00f3n porque los automovilistas, encandilados por su belleza y la tranquila insolencia de su paso, disminu\u00edan la velocidad. Sin embargo, observ\u00e1ndola de cerca, se percib\u00eda en sus pupilas un destello met\u00e1lico que asustaba a los hombres. No hab\u00eda en ellas el m\u00e1s leve rastro de afecto, pero s\u00ed de desd\u00e9n. Miranda no amaba a nadie. Se hab\u00eda casado por despecho con un millonario norteamericano aficionado a las obras de arte, quien, a su turno, la consideraba como un objeto de colecci\u00f3n.<\/p>\n<p>S\u00f3lo dos hombres hab\u00edan contado en la vida de Miranda: Lucio Castro, su padre adoptivo, y Peter, un profesor de matem\u00e1ticas de la Universidad de Massachusetts que hab\u00eda visto en ella algo distinto de la maniqu\u00ed de moda. Ambos le hab\u00edan brindado un afecto profundo, ayud\u00e1ndola a olvidar el pasado. Ambos le hab\u00edan dado la c\u00e1lida sensaci\u00f3n de tener un apoyo cuando la tristeza le oprim\u00eda el coraz\u00f3n. Miranda no estaba segura de haberlos querido, pero su recuerdo se volv\u00eda m\u00e1s intenso a medida que pasaban los a\u00f1os y en torno a sus p\u00e1rpados aparec\u00edan los primeros hilos de la vejez. La muerte de su padre era previsible; el abandono de Peter, en cambio, se le antojaba, a\u00fan entonces, un enigma. A veces le parec\u00eda que el amor de Peter se hab\u00eda enfriado cuando ella le cont\u00f3 su viaje a Alemania, pero no llegaba a comprender las razones de su rechazo, silencioso y definitivamente irremediable.<\/p>\n<p>Diez a\u00f1os contaba Miranda al llegar de Augsburg a Caracas, por el antojo de Lucio Castro, quien, ya entrado en a\u00f1os y no habiendo tenido nunca hijos de su mujer ni de sus numerosas queridas, resolvi\u00f3 un buen d\u00eda adoptar a una ni\u00f1a, con la condici\u00f3n de que fuera rubia y de ojos azules. Lucio Castro era un hombre riqu\u00edsimo, acostumbrado a imponer siempre su voluntad. Las ramificaciones de sus negocios se extend\u00edan a muchos pa\u00edses y le fue f\u00e1cil encontrar en Alemania a un abogado influyente y capaz de satisfacer su capricho. La peque\u00f1a Greta se transform\u00f3 as\u00ed en Miranda y pas\u00f3, del s\u00f3rdido orfelinato donde viv\u00eda desde su nacimiento, al camarote de lujo del transatl\u00e1ntico que la condujo a Venezuela. Cre\u00eda vivir un sue\u00f1o, un cuento de hadas. Ten\u00eda vestidos muy finos, zapatos de charol, montones de juguetes. Los camareros se inclinaban a su paso y el capit\u00e1n la invitaba a cenar a su mesa. As\u00ed mismo, la institutriz enviada por Lucio Castro para servirle de dama de compa\u00f1\u00eda y empezar a ense\u00f1arle el espa\u00f1ol la trataba como si fuera una princesa. Todo deslumbraba a Miranda, el mar, los delfines, el color del cielo a medida que el barco se adentraba en las aguas tropicales. Porque se sent\u00eda torpe, intentaba imitar los gestos y modales de las personas que la rodeaban. Hac\u00eda esfuerzos enormes por contener su voracidad: ella, que siempre hab\u00eda pasado hambre, ve\u00eda desfilar aquellos platos abundantes y deliciosos con la impresi\u00f3n de que, de un momento a otro, pod\u00edan ser reemplazados por la ins\u00edpida sopa del orfelinato. Una noche guard\u00f3 cautelosamente en su bolsillo uno de los bombones colocados sobre la mesa despu\u00e9s del postre. Al d\u00eda siguiente el capit\u00e1n le hizo llegar a su camarote una inmensa caja de chocolates. Fue entonces cuando Miranda tuvo la certeza de haber dejado atr\u00e1s y para siempre el pasado, entrando en un mundo donde sus deseos se volv\u00edan realidad apenas los formulaba.<\/p>\n<p>La agradable impresi\u00f3n de ser importante se confirm\u00f3 al llegar a Maracaibo y conocer a su padre adoptivo. Lucio Castro se prend\u00f3 de ella, qued\u00f3 fascinado por la hermosa ni\u00f1ita de cabellos rubios que lo miraba con devoci\u00f3n pero no sin arrogancia. Desde su salida del orfelinato, Miranda hab\u00eda descubierto que pose\u00eda algo raro y de valor: la belleza. Eso le daba ahora una gran confianza en s\u00ed misma y la hac\u00eda mirar el mundo de modo diferente. Aunque no pod\u00eda expresarlo con palabras, su orfandad empezaba a parecerle un error en el orden natural de las cosas, que Lucio Castro hab\u00eda reparado al adoptarla. Nunca m\u00e1s la promiscuidad de los dormitorios, los largos inviernos sin calefacci\u00f3n. Jam\u00e1s volver\u00eda a vivir la pesadilla de los bombardeos con el chillido de las sirenas y el asfixiante olor a humo y a cosas quemadas que entraba en el s\u00f3tano. Deb\u00eda, no obstante, responder a las aspiraciones de su padre adoptivo, que la quer\u00eda inteligente y con car\u00e1cter. Ella, considerada por sus profesoras del orfelinato como retrasada mental, aprendi\u00f3 a leer y a escribir el espa\u00f1ol en menos de seis meses. Cada lecci\u00f3n comprendida le quitaba un peso del coraz\u00f3n. Del mismo modo, venciendo su terror por los caballos, que le hac\u00eda ensuciarse los pantalones, se convirti\u00f3 en una amazona irreprochable y acompa\u00f1aba a Lucio Castro en sus cabalgatas cuando se le antojaba recorrer sus haciendas. El miedo nunca la abandon\u00f3, pero nadie lo supo. Antes de montar a caballo sol\u00eda protegerse los pantalones con un pa\u00f1uelo que despu\u00e9s lavaba a escondidas. En Alemania hab\u00eda conocido la desolaci\u00f3n, en Venezuela descubri\u00f3 la angustia. Todo le resultaba un desaf\u00edo. Tirarse del trampol\u00edn a la piscina le daba una sensaci\u00f3n de v\u00e9rtigo, y cuando se zambull\u00eda en el mar los o\u00eddos le zumbaban de dolor. Ara\u00f1as y lagartijas le produc\u00edan n\u00e1useas. Tem\u00eda perderse entre la gente si acompa\u00f1aba a su madre a hacer compras y tem\u00eda m\u00e1s a\u00fan quedarse a solas con esa mujer que la miraba sin el menor asomo de confianza. Por fortuna Lucio Castro la proteg\u00eda. \u00c9l ignoraba quiz\u00e1s sus dificultades para adaptarse a esa nueva existencia, pero ten\u00eda muy presente que hab\u00eda pasado su infancia en un orfelinato. As\u00ed, hab\u00eda decidido que Miranda no pisar\u00eda jam\u00e1s un colegio. El desfile de profesores comenzaba por la ma\u00f1ana y terminaba a la ca\u00edda del sol. Adem\u00e1s de las materias corrientes, Miranda estudiaba griego y lat\u00edn; a los trece a\u00f1os se sab\u00eda de memoria la vida de Bol\u00edvar y a los quince hablaba correctamente el ingl\u00e9s. Sabiendo que a su muerte sus hermanos abrir\u00edan un proceso contra ella, Lucio Castro coloc\u00f3 a su nombre la mayor parte de sus bienes en los Estados Unidos. Por la misma raz\u00f3n empez\u00f3 a presentarle a sus abogados, a ponerla al corriente de sus negocios, a mantenerla al tanto de transacciones especulativas. Miranda descubri\u00f3 que ten\u00eda un talento particular para ganar dinero y, cuando Lucio Castro falleci\u00f3, conoc\u00eda a fondo la trama de sus asuntos y supo librarles un combate sin cuartel a los parientes de su padre que intentaban anular el testamento.<\/p>\n<p>Una vez ganada la batalla jur\u00eddica, Miranda se fue a Nueva York y se inscribi\u00f3 en una agencia de modelos. Hab\u00eda cumplido veinte a\u00f1os y ten\u00eda conciencia de ser lesbiana. Siempre hab\u00eda ocultado esa particularidad para no chocar a su padre ni darles motivos de critica a quienes reprochaban a Lucio Castro el haberla adoptado. Volverse maniqu\u00ed acariciaba su narcisismo y le ofrec\u00eda un terreno de caza ideal. Le gustaban las mujeres, pero no pod\u00eda establecer con ellas ninguna relaci\u00f3n afectiva. El contenido de la palabra amor le era desconocido y bastaba con que una de sus amantes se mostrara posesiva para que la dejase en el acto. Las manifestaciones de ternura se le antojaban rid\u00edculas. A Miranda le excitaba seducir, allanar las resistencias, vencer el pudor. Dejaba de lado a las mujeres demasiado f\u00e1ciles o a las que ten\u00edan un car\u00e1cter similar al suyo. Al cabo del tiempo encontr\u00f3 a Joan, una periodista infinitamente maliciosa que gozaba excitando a las lesbianas y luego, a la hora de la verdad, se escurr\u00eda como una anguila con el pretexto de un nuevo amor o de su pasi\u00f3n por un hombre. Miranda conoc\u00eda la dureza y la mentira, pero no la perversi\u00f3n. Cay\u00f3 en la telara\u00f1a de Joan sin ninguna defensa y sali\u00f3 de ella con el alma maltratada y la penosa impresi\u00f3n de conocer muy poco los misterios del coraz\u00f3n humano. Como el modelaje empezaba a aburrirla, decidi\u00f3 irse de Nueva York y estudiar Psicolog\u00eda en la Universidad de Massachusetts. Nada le fue m\u00e1s f\u00e1cil que cobijarse bajo la protecci\u00f3n de Peter. Como Lucio Castro, \u00e9l se mostraba afectuoso y parec\u00eda saber muy bien lo que quer\u00eda. Era un hombre fino y delgado, de cabellos prematuramente encanecidos. La primera vez que se acostaron juntos qued\u00f3 sorprendido al ver que para poder dormirse, Miranda golpeaba un pie contra el otro. As\u00ed le hab\u00edan ense\u00f1ado a hacer en el orfelinato cuando era apenas un beb\u00e9 a fin de luchar contra el frio. Eso, su condici\u00f3n de hu\u00e9rfana, de ni\u00f1a adoptada por el color de sus ojos, conmov\u00eda profundamente a Peter. \u00c9l hab\u00eda tenido una infancia feliz: un padre diplom\u00e1tico, lo que le hab\u00eda permitido conocer las grandes capitales del mundo, una madre cari\u00f1osa y cuatro hermanos que hab\u00edan sido siempre sus mejores amigos. Todos los domingos se reun\u00edan y pasaban las tardes hablando de arte, de historia y de los acontecimientos pol\u00edticos del momento.<\/p>\n<p>Al lado de ellos, Miranda se sent\u00eda ignorante. De nada le serv\u00eda haber aprendido el griego y el lat\u00edn si no pod\u00eda distinguir entre una estatua sumeria y una escultura romana. Nombres como Gaya y Tiziano le eran desconocidos. Ignoraba todo sobre las dos \u00faltimas guerras mundiales y no ten\u00eda ninguna cultura musical. Decidida a afrontar ese nuevo desaf\u00edo, Miranda empez\u00f3 a frecuentar la biblioteca de la universidad y, al mismo tiempo, se compr\u00f3 todos los discos de m\u00fasica cl\u00e1sica que encontr\u00f3 en un almac\u00e9n. Leyendo la historia del nazismo descubri\u00f3 con asombro que no era una hu\u00e9rfana de guerra, como Lucio Castro le hab\u00eda hecho creer, pues hab\u00eda nacido a comienzos del 38, lo que significaba que su madre la hab\u00eda concebido antes del comienzo de las hostilidades. A partir de ese momento, Miranda quiso saber qui\u00e9n hab\u00eda sido su madre. Poco a poco su deseo se transform\u00f3 en obsesi\u00f3n y, desoyendo los consejos de Peter, que la incitaba a olvidarse del pasado, se fue a Alemania y se puso en contacto con el abogado que catorce a\u00f1os atr\u00e1s la hab\u00eda sacado del orfelinato. Al principio el abogado se mostr\u00f3 reticente, pero los d\u00f3lares ofrecidos por Miranda terminaron acallando sus escr\u00fapulos. Lo m\u00e1s dif\u00edcil era introducirse en el orfelinato y consultar los archivos. Se contrataron detectives privados que recibieron por misi\u00f3n comprar a cuanta persona pudiera dar informaciones precisas. Finalmente, una vieja enfermera se dej\u00f3 convencer ante la enorme suma de dinero prometida, que representaba la mitad del salario ganado a lo largo de toda su existencia, y con el pretexto de reunir una hija y su desdichada madre puso a los detectives sobre la pista de Frieda Pfeiffer.<\/p>\n<p>Frieda sal\u00eda apenas de la adolescencia cuando tuvo a Miranda y ni siquiera pudo verla porque sus padres llevaron de inmediato a la reci\u00e9n nacida al orfelinato de Augsburg. El se\u00f1or Pfeiffer era un comerciante acaudalado que nada quer\u00eda saber de bastardos destinados a poner en duda la virtud de su \u00fanica heredera. Una antigua sirvienta de la familia, refugiada en un asilo de ancianos, cont\u00f3 que la se\u00f1orita Frieda jam\u00e1s se hab\u00eda repuesto de la p\u00e9rdida de su hija. Lloraba contemplando sus senos cargados de leche y los peque\u00f1os baberos cosidos a escondidas durante el embarazo. Hasta el \u00faltimo momento crey\u00f3 que su familia se echar\u00eda para atr\u00e1s y abandonar\u00eda el proyecto de separarla de su beb\u00e9. Nunca revel\u00f3 qui\u00e9n hab\u00eda sido el padre, posiblemente un extranjero conocido en Garmisch durante las vacaciones de Pascua.<\/p>\n<p>En vano el se\u00f1or Pfeiffer se empe\u00f1\u00f3 tanto en resguardar la reputaci\u00f3n de su hija. Frieda no quiso casarse nunca. Se volvi\u00f3 taciturna y s\u00f3lo sal\u00eda de la casa para asistir a los servicios religiosos. Con el tiempo se fue secando como una flor marchita y cuando sus padres desaparecieron era una solterona de humor l\u00e1nguido que no le encontraba ning\u00fan gusto a la vida. Hab\u00eda programado sus d\u00edas con precisi\u00f3n mani\u00e1tica: en invierno o verano se levantaba a las once de la ma\u00f1ana y todav\u00eda en la cama se hac\u00eda servir un vaso de leche acompa\u00f1ado de galletas. Ba\u00f1arse y vestirse le tomaba dos horas y luego se sentaba a mirar la televisi\u00f3n. Al atardecer se iba a un sal\u00f3n de t\u00e9 que quedaba cerca de su casa y beb\u00eda varias tazas observando a los paseantes a trav\u00e9s de sus gruesas gafas de miope. Estaba abonada a una revista de Historia y le\u00eda hasta muy tarde memorias y biograf\u00edas. Miranda resolvi\u00f3 abordarla en el sal\u00f3n de t\u00e9. Sab\u00eda que Frieda ocupaba siempre el mismo lugar y se instal\u00f3 en la mesa contigua a la suya. La vio llegar un poco encorvada y canosa, con una expresi\u00f3n de irremediable melancol\u00eda. Miranda esper\u00f3 a que terminara de tomarse su primera taza de t\u00e9 para pedirle permiso de sentarse a su mesa. Los ojos de Frieda parpadearon de asombro detr\u00e1s de las gafas. Con manos torpes encendi\u00f3 un cigarrillo. Parec\u00eda trastornada. Los labios le temblaban ligeramente y en vano intentaba sonre\u00edr. Daba la impresi\u00f3n de ser un ni\u00f1o que ha visto un p\u00e1jaro posarse sobre su hombro. Y cautelosamente, como si temiera espantar al p\u00e1jaro, lanzaba de vez en cuando a Miranda una mirada furtiva.<\/p>\n<p>\u2014Hace muchos a\u00f1os \u2014dijo al fin en voz muy baja\u2014, conoc\u00eda, bueno, a alguien que se parec\u00eda a usted.<\/p>\n<p>No obtuvo respuesta. Miranda hab\u00eda comprendido que se refer\u00eda a su verdadero padre y se sinti\u00f3 aliviada. No se reconoc\u00eda en esa mujer abrumada por la vida.<\/p>\n<p>\u2014Es su vivo retrato \u2014insisti\u00f3 Frieda con precauci\u00f3n, como asustada de que el p\u00e1jaro echase de pronto a volar.<\/p>\n<p>\u2014Yo soy id\u00e9ntica a mi madre \u2014dijo Miranda\u2014, y ella no ha venido nunca a Alemania.<\/p>\n<p>\u2014Pero usted habla perfectamente nuestra lengua \u2014coment\u00f3 Frieda.<\/p>\n<p>\u2014Mi abuelo era de Berl\u00edn y muy joven se fue a Venezuela. Sus hijos aprendieron el alem\u00e1n con profesores y nosotros, sus nietos, tambi\u00e9n.<\/p>\n<p>De implorante, la mirada de Frieda se volvi\u00f3 abatida. El mesero se acerc\u00f3 para servirle una nueva taza de t\u00e9. Frieda apag\u00f3 el cigarrillo en un cenicero y se encorv\u00f3 m\u00e1s a\u00fan, como si la vejez le hubiera ca\u00eddo encima de repente.<\/p>\n<p>\u2014Eso de los parecidos es muy raro \u2014murmur\u00f3.<\/p>\n<p>\u2014As\u00ed es \u2014dijo Miranda.<\/p>\n<p>En ning\u00fan momento le vino la idea de revelarle a su madre la verdad, de darle la alegr\u00eda de saberla viva y gozando de una situaci\u00f3n privilegiada. Para Frieda habr\u00eda sido maravilloso descubrir que su hija hab\u00eda escapado al tr\u00e1gico destino de los ni\u00f1os abandonados y que era inteligente, bella y rica. Cu\u00e1ntas veces habr\u00eda so\u00f1ado con reconocerla en la calle, entre las muchachas que pasaban frente al sal\u00f3n de t\u00e9. Frieda hab\u00eda imaginado probablemente varios escenarios: su hija convertida en prostituta, trabajando como obrera; y ella le daba el dinero necesario para construirse una vida mejor. O al contrario, bien acomodada, llevando una existencia feliz; y ella, Frieda, se retiraba en puntas de pie a fin de no perturbarla. Habr\u00eda supuesto todo, salvo creer encontrarla en el sal\u00f3n de t\u00e9 que sol\u00eda frecuentar, hier\u00e1tica y dura, pidi\u00e9ndole permiso de sentarse a su mesa con el pretexto de practicar el alem\u00e1n. Pero la muchacha instalada frente a ella, que tanto le recordaba a su \u00fanico amor, ten\u00eda una familia y hab\u00eda nacido en otras tierras. El parecido era simple coincidencia y una l\u00e1pida ca\u00eda de pronto sobre sus esperanzas.<\/p>\n<p>Miranda adivinaba los pensamientos de su madre, pero le importaban muy poco. Solamente se preguntaba si Frieda representaba un peligro para ella. Despu\u00e9s de observarla un rato se dijo que no: dada la timidez de su car\u00e1cter, Frieda nunca intentar\u00eda imponerle su presencia. De conocer su identidad, habr\u00eda murmurado una frase afectuosa, habr\u00eda derramado tal vez algunas l\u00e1grimas. Y eso ser\u00eda todo. Quiz\u00e1s le habr\u00eda pedido que le contara un poco su vida o que le enviara cada a\u00f1o una tarjeta de Navidad para tener noticias suyas y saber si estaba bien. Con esas migajas Miranda pod\u00eda aligerar el coraz\u00f3n de Frieda y permitirle envejecer en paz. Pero no lo hizo; en realidad no ve\u00eda razones para hacerlo, le dijo a Peter cuando regres\u00f3 a Massachusetts y Peter quiso saber si le hab\u00eda contado a Frieda que ella era su hija.<\/p>\n<p>La pregunta de Peter y su aire consternado dejaron a Miranda perpleja. No entend\u00eda su reacci\u00f3n ante un relato tan banal. Hab\u00eda viajado a Alemania para conocer a su madre, la hab\u00eda visto y sopesado. No hab\u00eda m\u00e1s vueltas que darle. Peter, sin embargo, la miraba con una expresi\u00f3n de inexorable tristeza, como si ella no perteneciera ya a este mundo. Se volvi\u00f3 cada vez m\u00e1s evasivo y distante. No respond\u00eda a sus llamadas telef\u00f3nicas y nunca m\u00e1s la invit\u00f3 a pasar los domingos con su familia. Finalmente, Miranda se vio obligada a reconocer que Peter hab\u00eda dejado de amarla. Pero ni entonces ni despu\u00e9s, a medida que los a\u00f1os iban acartonando la fina piel de su rostro, comprendi\u00f3 por qu\u00e9 Peter, as\u00ed como otros hombres y algunas mujeres que la amaron, se pon\u00edan tan extra\u00f1os, tan ariscos cuando ella les contaba aquel encuentro con su madre en un sal\u00f3n de t\u00e9 de Augsburg.<\/p>\n<p style=\"text-align: right;\">Par\u00eds, abril 5 de 1988<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Miranda Castro fue en su tiempo una de las modelos m\u00e1s cotizadas de los Estados Unidos. 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