{"id":3315,"date":"2019-11-13T16:26:27","date_gmt":"2019-11-13T22:26:27","guid":{"rendered":"http:\/\/latinamericanliteraturetoday.wp\/2019\/11\/heroes-san-esteban-oscar-nunez\/"},"modified":"2023-06-06T06:45:09","modified_gmt":"2023-06-06T12:45:09","slug":"heroes-san-esteban-oscar-nunez","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/2019\/11\/heroes-san-esteban-oscar-nunez\/","title":{"rendered":"De Los gallos de San Esteban de Oscar N\u00fa\u00f1ez"},"content":{"rendered":"<div><\/div>\n<div class=\"caption\"><\/div>\n<p>Gerardo Montejo despert\u00f3 con un mal presentimiento, una sensaci\u00f3n de vac\u00edo que era estomacal pero que deb\u00eda proceder del alma, dondequiera que \u00e9sta se escondiera. Sali\u00f3 de casa temprano, sin despedirse de su mujer ni tomar el desayuno, persuadido de que ese d\u00eda, mi\u00e9rcoles santo y de can\u00edcula, ser\u00eda el \u00faltimo para el pobre Orfeo, el mejor de sus gallos de pelea. Era un animal espl\u00e9ndido, orgulloso y valiente como pocos, y en otras circunstancias hubiera preferido no exponerlo al sacrificio, pero hay lujos que un hombre no puede permitirse y uno de ellos es jugarse la fama de su hombr\u00eda. As\u00ed lo hab\u00eda cre\u00eddo y repetido siempre y, vea usted, no era momento para desdecirse. Con el gallo bajo el brazo, anduvo a paso apurado las ocho cuadras desde su casa hasta la gallera, el ala del sombrero sobre la cara para no ver a nadie, para no tener que saludar ni entretenerse en pl\u00e1ticas y explicaciones para las que no estaba de humor. De aqu\u00e9llos que toparon con \u00e9l en el trayecto, muchos se apresuraron a correr apuestas a favor del otro, de Narciso Reyes, porque aquella actitud escurridiza de Gerardo dec\u00eda claramente que iba derrotado de antemano. Quien conozca de la materia, sabe que al combate los gallos aportan ala, espuela y pico, pero que la rabia o la ambici\u00f3n necesarias para ganar la adquieren de su amo por contagio, y aquella ma\u00f1ana no parec\u00eda Gerardo el ganador empedernido que sol\u00eda ser, sino un simple hombre que va arrastrado por las circunstancias. No se trata de que dudara de las habilidades del gallo, resultado final de una larga y estudiada serie de cruces, ni de que el bicho no le hubiera dado motivos suficientes para tener confianza: diecinueve victorias por <em>kockout<\/em> en menos de cuatro meses. Era que las pesadillas le hab\u00edan sembrado el coraz\u00f3n de augurios.<\/p>\n<p>Desde que supo que la pelea ser\u00eda ineludible, hab\u00eda tenido el mismo sue\u00f1o en tres ocasiones: se ve\u00eda caminando sobre un valle des\u00e9rtico y fr\u00edo, en direcci\u00f3n a unos cerros de roca descarnada que se recortaban en el horizonte contra un cielo negro de tormenta. De repente, saliendo de entre aquellas elevaciones grises, aparec\u00eda la figura de Orfeo volando con acrobacias de gerifalte. El gallo planeaba largamente sobre el valle, descend\u00eda hacia \u00e9l, giraba sobre su cabeza y cuando estaba a punto de posarse a su lado, las alas grandes y el pico corvo como si fuera de rapi\u00f1a, se revolv\u00eda en convulsiones, cacareaba de una conmovedora manera y acababa explotando en cascadas de sangre y plumas multicolores. En cada ocasi\u00f3n, el sue\u00f1o se repet\u00eda id\u00e9ntico a la anterior y Gerardo despertaba con el pecho a tumbos y una cosa en la garganta que era como ganas de llorar y de salir huyendo. Por eso, por culpa de los sue\u00f1os, estaba convencido de que Narciso Reyes acabar\u00eda humill\u00e1ndolo tambi\u00e9n en la gallera, como hab\u00eda intentado hacerlo en todos los terrenos.<\/p>\n<p>\u00bfY qu\u00e9 pod\u00eda hacer para evitarlo? Eludir la pelea habr\u00eda significado una verg\u00fcenza mayor, puesto que \u00e9l mismo lanz\u00f3 el desaf\u00edo y nadie en San Esteban iba a aceptar como honorable el argumento de que hab\u00eda actuado a la ligera, atra\u00eddo por el cebo de una provocaci\u00f3n\u2026 porque no otra cosa fue lo que la retorcida ma\u00f1a de Narciso Reyes puso en su camino. Otro menos taimado hubiera soltado un reto directo y Gerardo pudo haber respondido \u201cno me interesa\u201d, \u201cno est\u00e1 a mi nivel\u201d o algo por el estilo. Pero Narciso tuvo el tiento de llegar a El Mirador a la hora apropiada, esperar a que estuviera callada la <em>rockola<\/em> y hablar en tono lo bastante alto para que todo el mundo lo escuchara.<\/p>\n<p>\u2014Gerardo Montejo \u2014dijo\u2014 no es m\u00e1s que un boca grande. Se las tira de buen criador, pero hasta el m\u00e1s tierno de mis gallos le quebrar\u00eda el cogote a su famoso Orfeo.<\/p>\n<p>Una hora m\u00e1s tarde, aquellas palabras hab\u00edan llegado a o\u00eddos de Gerardo y recorr\u00edan las calles del pueblo como aguas de aluvi\u00f3n. Una vez derramada la noticia de la ofensa \u00bfqu\u00e9 opciones le quedaban? Ciertamente ninguna, porque bien se puede ignorar un insulto proferido en p\u00fablico, pero de ese modo no se gana respeto y, sin \u00e9ste, dif\u00edcilmente sobrevive un hombre. Es un bien tan esencial como la tierra o la pistola, pero a diferencia de estos dos, que se compran con dinero, el respeto s\u00f3lo se obtiene con valent\u00eda demostrada, con integridad y sentido del honor. Por esas razones, fue l\u00f3gico que Gerardo Montejo respondiera con su natural laconismo y sin pensarlo dos veces:<\/p>\n<p>\u2014El mi\u00e9rcoles a las diez de la ma\u00f1ana, que lleve al m\u00e1s pintao de sus gallos.<\/p>\n<p>Al entrar a la gallera, ese d\u00eda y a esa hora puntual, el barullo de casi un centenar de gargantas se apag\u00f3 de golpe. Levant\u00f3 ligeramente el ala del sombrero que llevaba sobre el rostro, nunca se supo si a modo de saludo para la concurrencia toda o para cruzar con su rival aquella primera mirada dura y fugaz de la que solo los m\u00e1s atentos y observadores pudieron percatarse. Sin m\u00e1s pre\u00e1mbulos se dirigi\u00f3 al centro del redondel, a la peque\u00f1a arena de los emplumados, y de camino estrell\u00f3 contra la alfombra de aserr\u00edn una saliva grande y viscosa, acompa\u00f1ada por un gesto dif\u00edcil de describir pero f\u00e1cil de comprender. No es lo mismo (y eso lo sabe hasta un ni\u00f1o de cuatro a\u00f1os) un escupitajo casual, un desecho simple que la lluvia lava sin consecuencia alguna, y otro expulsado en presencia del enemigo y con el \u00e1nimo consciente de agraviarlo, caminando cadenciosamente y sonriendo s\u00f3lo con la mitad de la boca, de ese modo burl\u00f3n que es un desaf\u00edo en c\u00f3digo olanchano.<\/p>\n<p>Desde hac\u00eda una semana, en el pueblo solo se hablaba del asunto, pues todo el mundo sab\u00eda que, m\u00e1s que de una pelea de gallos rutinaria, se trataba de una revancha vieja, un ajuste de cuentas largamente postergado. La expectativa era grande porque nunca conoci\u00f3 San Esteban una animadversi\u00f3n tan enconada, un rencor tan purulento como aquel entre Narciso Reyes y Gerardo Montejo, un odio que solo puede germinar, como era su caso, entre quienes se han querido a la buena o han tenido muchas cosas en com\u00fan. Todo el mundo sab\u00eda la historia \u2014detalles m\u00e1s, detalles menos\u2014 de aquella buena amistad y de c\u00f3mo y por qu\u00e9 desemboc\u00f3 en un aborrecimiento mort\u00edfero. Nadie en el pueblo desconoc\u00eda este trasfondo s\u00f3rdido ni ignoraba que el origen de la rivalidad hab\u00eda sido una mujer y que esa mujer, Angelina Erazo, era la desdichada esposa de Gerardo Montejo. Andar\u00edan ambos por los diecinueve cuando la manzana de la discordia lleg\u00f3 al pueblo procedente de Catacamas y se instal\u00f3 en medio de los dos como un obst\u00e1culo insalvable. A partir de entonces, lo que hab\u00eda sido una amistad a prueba de naufragios deriv\u00f3 en una competencia descarnada por sus favores de amor y, poco despu\u00e9s, cuando se hizo evidente que Gerardo hab\u00eda ganado la batalla, en una hostilidad abierta y arrasante.<\/p>\n<p>Era una historia harto conocida en San Esteban y a ello se deb\u00eda la concurrencia inusual y la atm\u00f3sfera de curiosidad malsana que se respiraba aquel mi\u00e9rcoles santo en la gallera. Casi un centenar de hombres\u2026 y si no hab\u00eda m\u00e1s no fue por falta de inter\u00e9s, sino porque muchos tem\u00edan deso\u00edr las advertencias del padre Vicente, que llevaba dos a\u00f1os tratando de erradicar del pueblo las peleas de gallos. Una pr\u00e1ctica \u201cde inspiraci\u00f3n sat\u00e1nica\u201d, dec\u00eda el p\u00e1rroco para asustar un poco, aunque bastante claro ten\u00eda \u2014porque en su oficio lo constataba a diario\u2014 que trat\u00e1ndose de concebir ruindades, la mente humana dispone de recursos propios e inagotables.<\/p>\n<p>Los ritos iniciales fueron expeditos porque hab\u00eda en la gallera un \u00e1nimo de mucha prisa, de una cierta ansiedad de resultados. Puestos en la romana, los dos animales pesaron aproximadamente lo mismo; r\u00e1pidamente les fueron colocadas las espuelas; masajeados la pechuga y los muslos desnudos (enti\u00e9ndase sin plumas); y en el suelo sometidos a un breve zarandeo, para comprobar su sentido de orientaci\u00f3n y de equilibrio. Para completar la ceremonia, antes de lanzarlos a la arena, el juez y su ayudante presentaron al p\u00fablico las aves: el canelo Orfeo, ganador de diecinueve batallas, y el albo Blancanieves, vencedor de catorce justas, un encuentro de campeones.<\/p>\n<p>Avanzando a saltos, erizada la cola, abiertas las alas y el pescuezo erguido, los gallos corrieron desde puntos extremos del peque\u00f1o redondel y se encontraron m\u00e1s o menos en el centro, con una sacudida brutal que produjo una explosi\u00f3n de plumas y un griter\u00edo de novilleros \u00e1vidos. Luego de este choque inaugural, los combatientes dieron muestras de mutuo respeto y empezaron a moverse en c\u00edrculos, lanz\u00e1ndose espor\u00e1dicos y estudiados picotazos, las alas y la cola desplegadas, levantando mucho las patas al caminar para no herirse a s\u00ed mismos con los sables de las espuelas. Por momentos semejaban estilizados bailarines de academia ejecutando una danza de guerra precolombina. El aire de la gallera, mientras tanto, se iba llenando con los gritos de las apuestas. \u201cDoy cien a Morfeo\u201d, vocifer\u00f3 un hombre ense\u00f1ando los billetes desde la grader\u00eda. \u201cCiento cincuenta a la Bella Durmiente\u201d, respondi\u00f3 otro m\u00e1s abajo, siguiendo la costumbre de confundir deliberadamente, por simple guasa, el nombre de los animales. No acababa el apostador de hacer su oferta cuando el gallo de Narciso Reyes ejecut\u00f3 un salto espectacular, trab\u00f3 el pescuezo de Orfeo cerca del sitio donde alguna vez tuvo la cresta, y en un movimiento imperceptible para el ojo humano le clavo la espuela en el costado, bajo el muslo izquierdo. Al campe\u00f3n se le dobl\u00f3 ligeramente la pata, trastrabill\u00f3 un segundo y antes de que Blancanieves intentara el golpe de gracia, retrocedi\u00f3 con el cuerpo ladeado, en un movimiento instintivo de sobrevivencia. El heridor pareci\u00f3 estimulado con el olor de la sangre que empez\u00f3 a manar por la carne abierta y arreci\u00f3 el ataque: su pico buscaba enloquecidamente el pescuezo del enemigo, pero \u00e9ste se le escurr\u00eda bajo el ala, lo que dio pie a muchos comentarios elogiosos sobre la astucia del gallo de Gerardo Montejo.<\/p>\n<p>\u2014Si \u00e9ste fuera boxeador, ser\u00eda Muhamed Al\u00ed \u2014dijo un jornalero\u2014, qu\u00e9 bien esquiva los golpes.<\/p>\n<p>\u2014Pero si no ataca, es gallo muerto \u2014acot\u00f3 su compa\u00f1ero.<\/p>\n<p>\u2014Doy doscientos a Blancanieves \u2014se atrevi\u00f3 otro apostador, estimulado por la evidente superioridad que empezaba a mostrar el gallo de Narciso.<\/p>\n<p>En un rinc\u00f3n del redondel, el espect\u00e1culo empezaba a cambiar de tono\u2026 literalmente. Las plumas de Blancanieves eran suavemente rosadas y los hermosos matices entre el gris y el casta\u00f1o de Orfeo se asimilaban al bermell\u00f3n. Unas seis veces intent\u00f3 este \u00faltimo responder al asedio de su rival, pero el bicho era escurridizo y las espuelas se agitaron en el aire sin llegar a su objetivo. La batalla empezaba a prolongarse y el volumen de los gritos, que alentaban en su mayor\u00eda al gallo de Narciso, sub\u00eda por momentos. No s\u00f3lo los apostadores de oficio alentaban al gallo blanco, sino tambi\u00e9n los amigos de Narciso que eran muchos y bochincheros y que hab\u00edan acudido en masa. Al calor de aquellas excitativas, Blancanieves logr\u00f3 inmovilizar una vez m\u00e1s el pescuezo de Orfeo y en un \u00e1gil vuelo alcanz\u00f3 a rasgarle la piel bajo las alas. El animal cay\u00f3 con una intensa hemorragia y ya se le daba por muerto, pero el juez principal, habituado a la ma\u00f1a de algunos emplumados, no se dej\u00f3 impresionar por los clamores de quienes ped\u00edan detener la pelea y puso a correr el cron\u00f3metro que colgaba atado a una cuerda desde el techo, a un lado del rendondel.<\/p>\n<p>\u2014Hay que dar los dos minutos de ley \u2014dijo\u2014, si no se levanta, entonces s\u00ed\u2026 est\u00e1 fuera.<\/p>\n<p>Pero Orfeo no daba signos de poder levantarse. Varias veces le picote\u00f3 Blancanieves las alas y la cola, como queriendo cerciorarse de que su victoria era total e inapelable y el otro animal apenas si mov\u00eda la cabecilla, de un aspecto intensamente sangu\u00edneo. Sin embargo, estaba el juez a punto de dar por concluida la pelea, cuando Orfeo surgi\u00f3 de sus cenizas y vol\u00f3 en forma espectacular sobre el enemigo. El pico se clav\u00f3 con fuerza atroz en el cogote del otro y sus espuelas de carey penetraron blanda y profundamente los ojillos redondos y asustados que ya no habr\u00eda de necesitar nunca m\u00e1s el gallo de Narciso Reyes. La cabeza de Blancanieves se derrumb\u00f3 como un colgajo in\u00fatil antes de que el resto del cuerpecillo cayera r\u00edgido al suelo, convertido en una masa de plumas bermejas y viscosas.<\/p>\n<p>Gerardo Montejo tom\u00f3 a Orfeo entre sus brazos y le acarici\u00f3 la pechuga, buscando evitar que la rabia asesina, que a\u00fan le hac\u00eda retorcerse, le provocara su propia muerte. El hombre, por su parte, se sent\u00eda invadido de una felicidad enconosa, pero tuvo el cuidado de hacer que no se le notara, de mantener la compostura y actuar como si solo hubiese despachado un asunto de rutina. Eso \u2014cre\u00eda\u2014 redondeaba su imagen de vencedor y acrecentaba la humillaci\u00f3n de su enemigo. No habl\u00f3 con nadie y apenas si acept\u00f3 con un r\u00e1pido apret\u00f3n de manos las varias felicitaciones que recibi\u00f3 mientras se dirig\u00eda a la salida. Lamentaba haber cre\u00eddo con tanta ingenuidad en el poder premonitorio de los sue\u00f1os y se promet\u00eda a s\u00ed mismo no volver a dejarse influir por supersticiones tontas, cuando una voz fuerte, insuflada de amargura, se elev\u00f3 por encima del bullicio.<\/p>\n<p>\u2014Muy bueno el gallito \u2014le espet\u00f3 Narciso\u2014, ahora ech\u00e1selo a tu mujer para que le haga el favor.<\/p>\n<p>Gerardo se detuvo en seco, inseguro de haber escuchado lo que le pareci\u00f3 escuchar. A veces las palabras, lo mismo que las representaciones en los sue\u00f1os, se nos empastelan en la cabeza y nos arrojan por el despe\u00f1adero de los significados equ\u00edvocos. Pod\u00eda tratarse tambi\u00e9n de un error de los sentidos: tal vez hab\u00eda dicho \u201cllev\u00e1selo a tu mujer para que lo haga en guiso\u201d, o \u201chac\u00e9 el favor de decirle a tu mujer que el gallito es muy bueno\u201d o cualquier otra frase inofensiva. Todo esto lo pens\u00f3 en fracciones de segundo, pero hubo algo que lo convenci\u00f3 de que nada bueno ni inocente pod\u00eda haber emitido el alma emponzo\u00f1ada de Narciso, y fue aquel silencio f\u00fanebre que dejaron sus palabras y ese movimiento instintivo de quitarse del medio con que, al un\u00edsono, reaccionaron los espectadores.<\/p>\n<p>Gerardo Montejo cre\u00eda que era un secreto celosamente guardado por \u00e9l y su mujer, pero la situaci\u00f3n del matrimonio era de dominio p\u00fablico. La misma Angelina Erazo hab\u00eda cometido la infidencia, aunque sin mala fe, buscando en su mejor amiga un poco de la compasi\u00f3n que todos necesitamos para vivir.<\/p>\n<p>\u2014Deber\u00edas buscar un buen doctor \u2014le hab\u00eda aconsejado la amiga\u2014, andan muchos comentarios de que sos una mujer incompleta, que ya deber\u00edas haberle dado nietos a don Lucio.<\/p>\n<p>Lo cual no era novedad para Angelina, porque a diario recib\u00eda presiones de la familia de su marido y de la suya propia. Pero que fuera Lucrecia, su entra\u00f1able amiga, quien llegara a reproch\u00e1rselo por ignorancia, le pareci\u00f3 la m\u00e1s acabada de las injusticias.<\/p>\n<p>\u2014Ya me han visto doctores \u2014le salieron las palabras del fondo de su aflicci\u00f3n\u2014, y estoy perfectamente. El problema es \u00e9l.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfGerardo es est\u00e9ril? \u2014la mir\u00f3 Lucrecia con ojos de huevo frito.<\/p>\n<p>\u2014Ojal\u00e1 \u2014estall\u00f3 en l\u00e1grimas Angelina Erazo\u2014, es impotente.<\/p>\n<p>Fueron palabras de desahogo. Despu\u00e9s de todo, ya hab\u00eda guardado silencio por cerca de cuatro a\u00f1os. \u00bfQu\u00e9 perjuicio pod\u00eda derivarse de que una tercera persona, la m\u00e1s cercana a sus afectos, le ayudara a cargar su pesadumbre? Ella pens\u00f3 que todo acabar\u00eda en aquella conversaci\u00f3n bals\u00e1mica, lo mismo que\u00a0 Lucrecia imagin\u00f3 que su hermana Angelita ser\u00eda la \u00faltima en saberlo&#8230;<\/p>\n<p>\u2014Muy bueno el gallito, ahora ech\u00e1selo a tu mujer para que le haga el favor \u2014grit\u00f3 Narciso Reyes y casi simult\u00e1neamente se fue arrepintiendo de lo que hab\u00eda dicho. El desenfado verbal fue causa de muchas de sus desdichas; la imprudencia era en \u00e9l como un torrente interior que se le desbordaba sin aviso, pero nunca lo hab\u00eda colocado como ahora en una encrucijada tan temible. Si hubiera sido de alguna utilidad, si hubiera podido evitar lo que sab\u00eda que estaba a punto de suceder, se habr\u00eda disculpado, pero hay caminos que no tienen retorno y uno de ellos es la virilidad ultrajada de un hombre que se precia de tal, aunque sea un estropajo.<\/p>\n<p>Gerardo se detuvo en seco, gir\u00f3 lentamente sobre los talones, al tiempo que su mano derecha soltaba el ala del gallo y se enrumbaba hacia la funda del rev\u00f3lver. Casi no ve\u00eda ni escuchaba; los sentidos se le hab\u00edan embotado de golpe y todo su cuerpo se hund\u00eda lentamente en un tremedal de rencor y de verg\u00fcenza. Sin embargo, cuando estuvo frente a Narciso, el arma apuntando al sitio de su coraz\u00f3n, un sentimiento imprevisto lo hizo titubear: fue un destello del pasado, una escena ef\u00edmera de aquella vieja amistad, que le hizo pensar que no obstante las encarnizadas competencias y las ofensas rec\u00edprocas, Gerardo segu\u00eda siendo su hermano y que al matarlo a \u00e9l morir\u00eda una parte de s\u00ed mismo. Fueron dos segundos de duda, el tiempo suficiente para que Narciso acabara de sacar su arma e hiciera un \u00fanico disparo.<\/p>\n<p>Presa de convulsiones, Gerardo Montejo cay\u00f3 de espaldas mientras un chorro de sangre brotaba de su garganta como de un grifo abierto. Lo \u00faltimo que sus ojos vieron fue un aleteo enloquecido y una lluvia de plumas ensangrentadas cayendo inconteniblemente sobre su pecho agonizante.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Gerardo Montejo despert\u00f3 con un mal presentimiento, una sensaci\u00f3n de vac\u00edo que era estomacal pero que deb\u00eda proceder del alma, dondequiera que \u00e9sta se escondiera.<\/p>\n","protected":false},"author":3,"featured_media":3312,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_acf_changed":false,"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[45,4452],"genre":[2012],"pretext":[],"section":[2349],"translator":[2622],"lal_author":[3495],"class_list":["post-3315","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-uncategorized","tag-honduras","tag-numero-12","genre-fiction-es","section-fiction-es","translator-edward-waters-hood-es-2","lal_author-oscar-nunez-es"],"acf":[],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/3315","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/users\/3"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=3315"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/3315\/revisions"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/media\/3312"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=3315"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=3315"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=3315"},{"taxonomy":"genre","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/genre?post=3315"},{"taxonomy":"pretext","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/pretext?post=3315"},{"taxonomy":"section","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/section?post=3315"},{"taxonomy":"translator","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/translator?post=3315"},{"taxonomy":"lal_author","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/lal_author?post=3315"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}