{"id":30804,"date":"2024-03-25T18:03:52","date_gmt":"2024-03-26T00:03:52","guid":{"rendered":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/?p=30804"},"modified":"2024-03-28T19:12:26","modified_gmt":"2024-03-29T01:12:26","slug":"perdido-en-la-catedral-subterranea","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/2024\/03\/perdido-en-la-catedral-subterranea\/","title":{"rendered":"Perdido en la catedral subterr\u00e1nea\u00a0"},"content":{"rendered":"<p><b>Nota del editor: <\/b><span style=\"font-weight: 400;\">En esta secci\u00f3n compartimos textos publicados originalmente por nuestra casa matriz, <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">World Literature Today<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\"> (WLT), ahora en edici\u00f3n biling\u00fce. El presente texto fue publicado originalmente en <\/span><a href=\"https:\/\/www.worldliteraturetoday.org\/2022\/november\/lost-underground-cathedral-philip-metres\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\"><i><span style=\"font-weight: 400;\">World Literature Today<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\"> Vol. 96, Nro. 6 en noviembre de 2022<\/span><\/a><span style=\"font-weight: 400;\">.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Haz click abajo para suscribirte a WLT:<br \/>\n<\/span><span style=\"font-weight: 400;\">\t\t<div data-elementor-type=\"section\" data-elementor-id=\"25586\" class=\"elementor elementor-25586\" data-elementor-post-type=\"elementor_library\">\n\t\t\t\t\t<section class=\"has_ae_slider elementor-section elementor-top-section elementor-element elementor-element-8c88522 elementor-section-full_width elementor-section-height-default elementor-section-height-default ae-bg-gallery-type-default\" data-id=\"8c88522\" data-element_type=\"section\" data-e-type=\"section\">\n\t\t\t\t\t\t<div class=\"elementor-container elementor-column-gap-default\">\n\t\t\t\t\t<div class=\"has_ae_slider elementor-column elementor-col-100 elementor-top-column elementor-element elementor-element-147c027 ae-bg-gallery-type-default\" data-id=\"147c027\" data-element_type=\"column\" data-e-type=\"column\">\n\t\t\t<div class=\"elementor-widget-wrap elementor-element-populated\">\n\t\t\t\t\t\t<div class=\"elementor-element elementor-element-85c0392 elementor-align-left elementor-widget elementor-widget-button\" data-id=\"85c0392\" data-element_type=\"widget\" data-e-type=\"widget\" data-widget_type=\"button.default\">\n\t\t\t\t<div class=\"elementor-widget-container\">\n\t\t\t\t\t\t\t\t\t<div class=\"elementor-button-wrapper\">\n\t\t\t\t\t<a class=\"elementor-button elementor-button-link elementor-size-sm\" href=\"https:\/\/my.worldlit.org\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">\n\t\t\t\t\t\t<span class=\"elementor-button-content-wrapper\">\n\t\t\t\t\t\t\t\t\t<span class=\"elementor-button-text\">SUSCRIBIRME A <i>WLT<\/i><\/span>\n\t\t\t\t\t<\/span>\n\t\t\t\t\t<\/a>\n\t\t\t\t<\/div>\n\t\t\t\t\t\t\t\t<\/div>\n\t\t\t\t<\/div>\n\t\t\t\t\t<\/div>\n\t\t<\/div>\n\t\t\t\t\t<\/div>\n\t\t<\/section>\n\t\t\t\t<\/div>\n\t\t<\/span><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><i><span style=\"font-weight: 400;\">Una mujer barre el subterr\u00e1neo de Mosc\u00fa con una escoba de ramitas, un violinista toca una melod\u00eda de los Beatles y Ch\u00e9jov: Philip Metres reflexiona sobre el tiempo que pas\u00f3 como becario en Mosc\u00fa, sobre 1992 y sobre la nostalgia por la Uni\u00f3n Sovi\u00e9tica.<\/span><\/i><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Cras, cras, cras. Como el canto ronco de un p\u00e1jaro, el raspar de la escoba sobre el and\u00e9n hac\u00eda eco en el silencio que se intercalaba entre las llegadas y las salidas del subterr\u00e1neo de Mosc\u00fa. Un pa\u00f1uelo rojo le envolv\u00eda el pelo canoso y una chaqueta de algod\u00f3n acolchada le engrosaba la figura robusta. Parec\u00eda tener la suficiente edad para ser la abuela de alguien, con la espalda ligeramente encorvada incluso cuando se levantaba para limpiarse la frente con el dorso de la manga polvorienta. La escoba estaba hecha de ramitas, ramitas de verdad, atadas con cordel. Es por eso por lo que me acuerdo de ella treinta a\u00f1os m\u00e1s tarde: la escoba hecha de ramitas que rascaba el and\u00e9n vac\u00edo, y ella que manten\u00eda un silencio espeso, estoico mientras limpiaba el suelo por debajo de la tierra. Con esa escoba, levantaba una peque\u00f1a nube de polvo.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Ese era su destino: barrer el polvo con ramas. Como yo hab\u00eda llevado una existencia de u\u00f1as limpias en los relucientes barrios de las afueras de los Estados Unidos, la mir\u00e9 con la boca abierta. El \u00fanico verano en el que barr\u00ed y limpi\u00e9 pasillos del supermercado de mi zona, me iba sintiendo como los relojes derretidos de Dal\u00ed a medida que mi libertad se arrastraba hacia atr\u00e1s, hacia alg\u00fan horizonte infinito. Cuando termin\u00f3 el verano, jur\u00e9 que iba a buscar cualquier trabajo que me volviese menos loco.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">En el subterr\u00e1neo de Mosc\u00fa, en 1992, reci\u00e9n graduado de la universidad con una beca para estudiar poes\u00eda, yo miraba a esta abuela que intentaba mantener los pisos limpios y pensaba en S\u00edsifo. En realidad, el trabajo de ella parec\u00eda peor que el de S\u00edsifo. En la cima de la monta\u00f1a, por lo menos \u00e9l pod\u00eda secarse el sudor de la frente y ver las monta\u00f1as lejanas por un momento. Ella no se detuvo cuando el viento industrial empez\u00f3 a levantarse y esparci\u00f3 el polvo que hab\u00eda barrido, ni cuando se alz\u00f3 el gran rugido, ni cuando se oy\u00f3 el grito de los frenos cuando un tren entr\u00f3 en la estaci\u00f3n a los tumbos. M\u00e1s tarde, esa noche, mientras usaba la m\u00fasica para escaparme de Rusia, escuch\u00e9, por los auriculares, <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">Feels Blind<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\"> de Bikini Kill: <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">Women are well acquainted with thirst <\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">[Las mujeres est\u00e1n muy acostumbradas a la sed]<\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">,<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\"> y volv\u00ed a pensar en aquella mujer que raspaba el piso con los dedos ciegos de un \u00e1rbol sediento.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Al igual que miles de trabajadores del subterr\u00e1neo, ella era un vestigio de la vieja religi\u00f3n sovi\u00e9tica, una servidora que limpiaba su catedral subterr\u00e1nea. El subterr\u00e1neo de Mosc\u00fa, formado por cuatro niveles de t\u00faneles de hasta unos 76 metros de profundidad para el recorrido de las formaciones, es una ciudad dentro de otra ciudad, con m\u00e1s de 320 kil\u00f3metros y m\u00e1s de 250 estaciones. Nada menos que diez millones de personas lo utilizan cada d\u00eda. Las estaciones mismas son obras de arte, con incrustaciones de mosaicos y vitrales y esculturas que retratan las glorias de la Revoluci\u00f3n. Las estaciones de subterr\u00e1neo m\u00e1s hermosas se construyeron durante los tiempos de Stalin, la apoteosis de la arquitectura popular durante la cual se perdieron millones en el archipi\u00e9lago del gulag.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Justo despu\u00e9s de la ca\u00edda de la Uni\u00f3n Sovi\u00e9tica, su catedral subterr\u00e1nea segu\u00eda zumbando, aunque ahora por el tumulto del comercio. Pero la desesperaci\u00f3n alimentaba a la multitud ahora que el tiempo era oro. Le hac\u00eda a uno querer volver a los viejos tiempos, aunque todos sab\u00edamos que el comunismo era una idea que hab\u00eda salido mal. Un d\u00eda, iba caminando apurado por un pasillo del subterr\u00e1neo para encontrarme con mi amigo John cuando o\u00ed un viol\u00edn que tocaba <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">Yesterday, <\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">de los Beatles.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">La versi\u00f3n del violinista, talentoso, aunque con la ropa ra\u00edda, de repente pareci\u00f3 rusa. Estaba completamente impregnada de nostalgia. Qu\u00e9 extra\u00f1o y a la vez qu\u00e9 apropiado, ahora que la Revoluci\u00f3n se hab\u00eda derrumbado finalmente, a\u00f1orar el periodo sovi\u00e9tico. Hab\u00eda tantos rusos a mi alrededor (no solo los nost\u00e1lgicos mentecatos que andaban con carteles de Stalin frente a la Plaza Roja, sino los miembros decentes y trabajadores de las generaciones m\u00e1s viejas) que deseaban volver a una \u00e9poca en la que las cosas ten\u00edan sentido, en la que la gente no se robaba todo lo que les hab\u00eda pertenecido a todos\u2026<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Yo me preguntaba si esa nostalgia persist\u00eda en el n\u00facleo del car\u00e1cter ruso. A fin de cuentas, un siglo antes, el narrador de Ch\u00e9jov en \u201cLa estepa\u201d dijo: \u201cNinguno de sus nuevos conocidos (&#8230;) ten\u00eda ning\u00fan punto en com\u00fan que los hiciera a todos iguales: todos eran personas con un pasado espl\u00e9ndido y un presente muy pobre. Del pasado, todos, cada uno de ellos, hablaban con entusiasmo, mientras que la actitud que ten\u00edan ante el presente era casi de desprecio. El ruso ama recordar la vida, pero no ama vivir\u201d. Para el ruso, por lo menos en el relato de Ch\u00e9jov, el presente era una disminuci\u00f3n: \u201cAhora los caminos eran m\u00e1s cortos, los comerciantes eran m\u00e1s taca\u00f1os, los campesinos eran m\u00e1s pobres, el pan era m\u00e1s caro; todo se hab\u00eda encogido y estaba a menor escala\u201d.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Incluso si en el presente se percib\u00eda una sensaci\u00f3n de disminuci\u00f3n, esa escala menor no se percib\u00eda en el subterr\u00e1neo. En pleno invierno, la temperatura era casi la del Hades. Yo llegaba carcomido por la escarcha y tiritando por venir de la intemperie, entraba en el vag\u00f3n y se me abr\u00edan todos los poros de la espalda al mismo tiempo y me lustraban con sudor. Si el viaje era de m\u00e1s de un par de paradas, me convert\u00eda en mi propia versi\u00f3n de las cataratas del Ni\u00e1gara, escondido bajo capas de plum\u00f3n invernal, hasta que lograba bajarme el cierre y desplomarme en un asiento para no desmayarme. A mi alrededor, los rusos no se sacaban los abrigos y no transpiraban, como si fueran inmunes al cambio de temperatura. O como si no los afectara el infierno.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Varias veces me hab\u00edan golpeado con el pu\u00f1o todo tipo de moscovitas mientras me abr\u00eda paso entre la multitud para subirme a un tren o para volver a ascender a la tierra. \u00bfEra yo un im\u00e1n que atra\u00eda la ira ajena por tener un aspecto distinto? \u00bfO era solo uno m\u00e1s de la multitud que transitaba por el rito de paso habitual en el paso m\u00e1s importante de lugar a lugar de esa ciudad brutal y poderosa? Yo era distinto y, a pesar de que hab\u00eda querido borrar esa diferencia (hab\u00eda recurrido a pedir prestado un viejo abrigo azul oscuro de una marca sovi\u00e9tica, a vestirme con ropa anodina, a mantener la cabeza gacha), no pod\u00eda ocultar de d\u00f3nde ven\u00eda ni qui\u00e9n era. No una vez, sino varias, otros pasajeros me perforaron con la mirada las botas de monta\u00f1a estadounidenses, como si fijar la vista les fuera a permitir quit\u00e1rmelas de los pies con los ojos.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Ay, Rusia, t\u00fa y tus escaleras mec\u00e1nicas infinitas, iluminadas tenuemente por extra\u00f1as l\u00e1mparas verticales, como si fueran tubos de l\u00e1piz de labios gigantes prendidos desde dentro. \u00bfCu\u00e1ntas veces, bajando hacia tus profundidades, dirig\u00eda la mirada hacia la escalera que sub\u00eda y me encontraba con una cara p\u00e1lida y hermosa enmarcada por una bufanda, y quedaba rid\u00edcula y absurdamente enamorado? En el breve per\u00edodo transcurrido entre el comunismo y el capitalismo, los anuncios gr\u00e1ficos no llenaban las cavernas de las escaleras mec\u00e1nicas. Solo hab\u00eda esas caras, como libros cerrados y abiertos, y esos cuerpos inm\u00f3viles en movimiento, mitad humanos, mitad estatuas. Yo estaba tan solo que anhelaba que alguien por lo menos se apoyara en m\u00ed en un vag\u00f3n abarrotado y as\u00ed poder sentir el calor robusto y fragante de otro cuerpo humano pegado contra el m\u00edo.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Despu\u00e9s de un par de meses en Rusia, John y yo nos encontramos en la estaci\u00f3n del subterr\u00e1neo de la plaza Pushkin para intercambiar impresiones de nuestros a\u00f1os de becarios. John estudiaba la Iglesia ortodoxa rusa, y le resultaba tan compleja y frustrante como a m\u00ed la poes\u00eda. En la entrada, una mujer mayor vend\u00eda gatitos que se acurrucaban dentro de su abrigo, mientras que otra mujer vend\u00eda pepinillos encurtidos caseros, tomates encurtidos y, s\u00ed, peras encurtidas, al lado de un jubilado ciego con su ruego mudo expresado por un cartel hecho a mano, con el gorro de piel abierto como unas fauces hambrientas. S\u00ed, peras en vinagre, peras ba\u00f1adas en una salmuera con ajo, como si quisiera decir que lo dulce y lo amargo siempre van de la mano.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2013No me puedo dormir \u2013confes\u00e9\u2013. Y cuando me despierto, siento la cabeza tan pesada que apenas la puedo levantar. Tal vez es el choque cultural.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Decir \u201cchoque cultural\u201d no hac\u00eda que mis sentimientos fueran m\u00e1s comprensibles ni que el mundo fuera m\u00e1s explicable. Llegu\u00e9 a Rusia con un ruso apenas rudimentario, sin conocer a nadie, a un pa\u00eds que sufr\u00eda la peor inflaci\u00f3n que jam\u00e1s hab\u00eda tenido, con un capitalismo cuya impactante llegada abrumaba a todo y a todos. Toda la sociedad estaba en el borde de un puente entre un comunismo zombi y un capitalismo despiadado, y todos luchaban por mantenerse en pie. Mis problemas se volvieron totalmente prosaicos una vez que el nimbo de profundo asombro ante este misterioso pa\u00eds se desvaneci\u00f3 y me qued\u00e9 con peras en vinagre y mi propia incapacidad de juntar dos palabras para explicarme ante los dem\u00e1s. No soportaba al jubilado ciego, al veterano sin piernas ni al borracho que se marinaba en su propia orina. Ni el hecho de que todos (me incluyo) pasaban de largo sin inmutarse, o peor: empujaban a cualquiera que se detuviera a pensar qu\u00e9 deber\u00edamos hacer con los ejemplos individuales de la miseria humana.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2013Ya me pas\u00f3 \u2013dijo John mientras miraba a la multitud del subterr\u00e1neo que se amontonaba para bajar por las escaleras, evadiendo al ciego con la mirada\u2013. No quiero volver a vivir como un ruso.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Describi\u00f3 su primer a\u00f1o ah\u00ed, con los ojos fijos en una distancia que conten\u00eda un pasado que yo no pod\u00eda ver. Sacudi\u00f3 la cabeza rubia, como si quisiera espantar los pensamientos, como t\u00e1banos invisibles que lo picaban, como si quisiera que se fueran volando.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Lo envidiaba. Como \u00e9l ya hab\u00eda estado ah\u00ed, sab\u00eda a lo que se iba a enfrentar. Hablaba ruso muy bien, e incluso cuando se equivocaba, no se pon\u00eda nervioso ni perd\u00eda el hilo de la conversaci\u00f3n por acalorarse de la verg\u00fcenza, como me hubiera pasado a m\u00ed. Y hay m\u00e1s. Durante su visita anterior, se hab\u00eda enamorado de una chica rusa. Al parecer, \u00e9l hab\u00eda salido perdiendo: ella le hab\u00eda cortado el coraz\u00f3n por la mitad como una fruta y lo hab\u00eda dejado a su suerte. Se sinti\u00f3 humillado, y con raz\u00f3n. Pero despu\u00e9s de una serie de primeras citas que no llevaron a ning\u00fan lado durante mi \u00faltimo a\u00f1o de universidad, para m\u00ed eso era la vida real. \u00c9l hab\u00eda pasado del reino del romance, a trav\u00e9s del pa\u00eds del amor, al valle de los corazones rotos.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2013La gente de ac\u00e1 es animalesca \u2013dijo mientras camin\u00e1bamos, acosados por vendedores callejeros y por el jubilado que yo ve\u00eda casi todos los d\u00edas, un hombre sin vista que, sin embargo, puedo jurar que me ve\u00eda tal como era. Todos pasaban a nuestro lado, ajetreados, demorados por nuestra conversaci\u00f3n.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2013Pero est\u00e1s mirando la situaci\u00f3n como un estadounidense \u2013dije\u2013. Ellos tienen pocas opciones. Tratan de sobrevivir, de vivir el d\u00eda a d\u00eda.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2013Puede ser \u2013dijo\u2013. Pero yo no quiero vivir as\u00ed.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">La vehemencia de John me asust\u00f3. Entend\u00eda su postura, pero no quer\u00eda creerle. Los rusos no eran animales: solo eran personas que luchaban contra una situaci\u00f3n inhumana. Solo trataban de arregl\u00e1rselas para subsistir. Pararse ante cada diorama de sufrimiento humano ser\u00eda convertirse en una estatua de sal para siempre.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Intent\u00e9 combatirlo en mi interior, ese deseo de distanciarme de esa sociedad y de juzgarlos a todos como inhumanos. Al fin y al cabo, hab\u00eda ido porque quer\u00eda presenciar la forma de vida de aqu\u00ed y entenderla desde adentro, no para emitir juicios desde la distancia. Pero vivir como un ruso, soportar las indignidades diarias sin quejarme, me parec\u00eda imposible. Era demasiado sensible, demasiado permeable, estaba demasiado acostumbrado a la comodidad.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">John se detuvo ante un tipo sin afeitar con un conjunto deportivo, con pinta de mafioso de segunda que ofrec\u00eda cambiar monedas fuertes por rublos. El tipo de cambio era mejor que el del banco, as\u00ed que John le dio su dinero.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">El tipo vestido de Adidas cont\u00f3 los rublos, los dobl\u00f3 por la mitad y se los dio a John; luego se volvi\u00f3 a escabullir entre la multitud.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">En la ventanilla de Pizza Hut, John sac\u00f3 los rublos. Con cara de desconcierto, volvi\u00f3 a contar.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2013Pero \u00bf\u00a1qu\u00e9 carajo!?\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2013\u00bfQu\u00e9? \u2013dije.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2013Ese hijo de puta me dio menos rublos. Qu\u00e9-pa\u00eds-de-mierda \u2013dijo, sacudiendo los brazos en el aire.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Despu\u00e9s de las porciones, que comimos en silencio, nos despedimos en la boca del subterr\u00e1neo, donde la gente cargada de bolsas se arrastraba y se tambaleaba, como si apenas estuviera viva. Lo hab\u00eda visto, y hab\u00eda empezado a sentirlo en las venas: vivir al borde de la supervivencia llevaba a la insensibilidad y a la crueldad, a una dureza que es ira y desesperanza en partes iguales.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Unos meses m\u00e1s tarde, en un and\u00e9n helado, trataba de comprar boletos para que mi familia y yo volvi\u00e9ramos a Mosc\u00fa desde Zagorsk, donde hab\u00edamos visto las sublimes iglesias llenas de oro de Sergu\u00e9i Posad y sus mendigos irritables. Est\u00e1bamos muertos de fr\u00edo, ya en las primeras fases del entumecimiento, y la boletera que estaba del lado de adentro, detr\u00e1s de la diminuta rejilla met\u00e1lica, calentita e indiferente, cual diosa ap\u00e1tica, no pod\u00eda disimular la secreta satisfacci\u00f3n que le generaba que hubi\u00e9ramos perdido el \u00faltimo tren. Que no pudiera ayudarme. Que pudiera volver a sus asuntos m\u00e1s importantes. Como si estuvi\u00e9ramos jugando al p\u00f3quer y la cara se le iluminara por el placer que sent\u00eda ante la mano que le hab\u00eda tocado. Una mano que iba a arruinarme el d\u00eda, o incluso la vida entera.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">La furia se apoder\u00f3 de m\u00ed.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2013No soy un animal: soy un ser humano \u2013repliqu\u00e9 enojado, lo que provoc\u00f3 que la multitud de la estaci\u00f3n de tren, que en general era ap\u00e1tica, se diera vuelta y me mirara alarmada. Me acerqu\u00e9 a los empujones hasta la ventanilla de una segunda boletera y negoci\u00e9 boletos para otro tren.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Mi madre se qued\u00f3 ah\u00ed parada, asombrada por lo que me hab\u00eda ocurrido: su hijo, t\u00edmido y abnegado, hab\u00eda hecho un esc\u00e1ndalo en p\u00fablico.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">De nuevo en el subterr\u00e1neo, al pasar junto a la mujer mayor y su escoba, el pasillo que bajaba al siguiente piso estaba tan abarrotado que solo pod\u00edamos avanzar de a pasitos. Cientos de personas sin espacio, avanzando de a cent\u00edmetros. Fue gracioso por un minuto, y luego fue aterrador. Con que una persona perdiera la calma, bastaba para provocar p\u00e1nico, una estampida humana. No hac\u00eda falta ser claustrof\u00f3bico para sentir que no pod\u00edas respirar. Pero s\u00ed respirabas, ten\u00edas que recordarte a ti mismo que ten\u00edas que respirar, y respirabas, tambale\u00e1ndote hacia delante, sin chocarte ni lastimar a los dem\u00e1s. Te arrastrabas a ti mismo y a todos los dem\u00e1s, como si fu\u00e9ramos los sirgadores del Volga, arrastrando un peso enorme pero invisible detr\u00e1s de nosotros, sin re\u00edr ni refrenarnos ante la imposibilidad de la situaci\u00f3n. Y en medio de esa ignominia, un silencio se extendi\u00f3 por el pasillo, como una ola muda sobre nosotros, y nos ba\u00f1\u00f3 con su falta de palabras. Intent\u00e9 mirar por encima de las cabezas de los que ten\u00eda enfrente, con la esperanza de ver un espacio en el oc\u00e9ano humano, pero, hasta donde llegaba a ver, solo hab\u00eda gente; cada uno de nosotros daba pasitos en esa catedral subterr\u00e1nea, moviendo las caderas de un lado al otro de manera vacilante como los que avanzan en fila por el pasillo de una iglesia, esperando una hostia cartonosa que quer\u00edamos creer que era el cuerpo de Dios.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Afuera del subterr\u00e1neo, de regreso a la tierra, con el d\u00eda que ya escurr\u00eda el cielo, yo no pod\u00eda creer cu\u00e1n liviano y libre que me sent\u00eda. Y cu\u00e1n perdido. Mir\u00e9 para los dos lados de la calle extra\u00f1a, sin saber qu\u00e9 direcci\u00f3n tomar. Una mujer mayor, pero \u00e1gil para su edad, detuvo su paso r\u00e1pido al percatarse de mi mirada confundida, que iba de un lado a otro. \u00bfLa biblioteca? La biblioteca, s\u00ed, dijo, la biblioteca, dijo, me encanta leer, dijo, mientras me agarraba del brazo y me hablaba como a un ni\u00f1o, lenta y amablemente, y me guiaba. Es bueno perderse en un libro, dijo, cuando todo lo dem\u00e1s se pone dif\u00edcil. Asent\u00ed con la cabeza. Como un buen nieto, le llev\u00e9 la bolsa, repleta de papas; por arriba se asomaban las hojas silvestres de las zanahorias. Podr\u00eda haber sido mi abuela; me estaba dando un empujoncito para avanzar por las confusas calles, encontraba las palabras para calmarme y darme \u00e1nimo. Esa amabilidad tan repentina que naci\u00f3\u2026 como si hubiera percibido que yo era un forastero, un mero ni\u00f1o, pero que hab\u00eda estado entre los suyos, con el peso al hombro, como si fuera m\u00edo.<\/span><\/p>\n<h5 style=\"text-align: right;\"><span style=\"font-weight: 400;\">Traducci\u00f3n de Agustina Mar\u00eda Gamba<\/span><\/h5>\n<h6><span style=\"font-weight: 400;\">Foto: Estaci\u00f3n de subterr\u00e1nea de Arbatskaya, Mosc\u00fa.<\/span><\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Nota del editor: En esta secci\u00f3n compartimos textos publicados originalmente por nuestra casa matriz, World Literature Today (WLT), ahora en edici\u00f3n biling\u00fce. El presente texto fue publicado originalmente en World Literature Today Vol. 96, Nro. 6 en noviembre de 2022. Haz click abajo para suscribirte a WLT: &nbsp; Una mujer barre el subterr\u00e1neo de Mosc\u00fa [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":5,"featured_media":30685,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_acf_changed":false,"footnotes":""},"categories":[2891],"tags":[4906],"genre":[],"pretext":[],"section":[],"translator":[4839],"lal_author":[4838],"class_list":["post-30804","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-de-world-literature-today","tag-numero-29","translator-agustina-maria-gamba","lal_author-philip-metres-es"],"acf":[],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/30804","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/users\/5"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=30804"}],"version-history":[{"count":5,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/30804\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":31938,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/30804\/revisions\/31938"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/media\/30685"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=30804"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=30804"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=30804"},{"taxonomy":"genre","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/genre?post=30804"},{"taxonomy":"pretext","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/pretext?post=30804"},{"taxonomy":"section","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/section?post=30804"},{"taxonomy":"translator","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/translator?post=30804"},{"taxonomy":"lal_author","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/lal_author?post=30804"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}