{"id":30750,"date":"2024-03-25T15:00:39","date_gmt":"2024-03-25T21:00:39","guid":{"rendered":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/?p=30750"},"modified":"2024-05-21T06:15:52","modified_gmt":"2024-05-21T12:15:52","slug":"tres-cuentos-de-desvelos-de-verano","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/2024\/03\/tres-cuentos-de-desvelos-de-verano\/","title":{"rendered":"Tres cuentos de Desvelos de verano"},"content":{"rendered":"<h4 style=\"text-align: center;\"><b>El ahogado<\/b><\/h4>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">No pescaba para vender, tampoco para alimentarse. Pescaba para ejercitarse en el arte de la espera, en dejar que el tiempo pase sin fastidio ni ansiedad. Pod\u00eda sacar algo o bien no sacar nada, y volverse hasta su casa igual que como hab\u00eda venido; lo que le importaba no era eso, sino sentirse mejor templado (sentirse y estarlo, en este caso, eran lo mismo). Por ese motivo no iba nunca a la orilla adonde iban todos, esa que quedaba no muy lejos del balneario y en la que el r\u00edo, acatando un recodo, ofrec\u00eda su remanso y algo m\u00e1s de profundidad. Hab\u00eda mejor pique en ese tramo, era evidente. Pero \u00e9l prefer\u00eda estar m\u00e1s solo y arriesgarse a un para nada; iba bastante m\u00e1s abajo, donde el r\u00edo exhib\u00eda m\u00e1s piedras y m\u00e1s correntada, un sitio totalmente despoblado, ni los perros vagabundos del pueblo se aventuraban hasta ah\u00ed.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">En el borde no hab\u00eda playa, sino puras piedras grandes. \u00c9l iba y se acomodaba en alguna, calzaba la ca\u00f1a, echaba la carnada y se quedaba mirando en sosiego las nubes y las monta\u00f1as (que era casi como quedarse con la vista perdida en la nada, por la costumbre de ver esas mismas nubes y esas mismas monta\u00f1as poco menos que desde siempre). El r\u00edo en general corr\u00eda turbio, revuelto de yuyos y de barro; no obstante, la tarde de verano en la que encontr\u00f3 al ahogado, alcanz\u00f3 a distinguirlo apenas se arrim\u00f3 hasta el agua y pens\u00f3 en un lugar donde ubicarse. Lo vio al instante: primero una zapatilla sola (tan sola, tan separada, que hasta pudo suponer que se trataba \u00fanicamente de eso: una zapatilla ca\u00edda y perdida, una cosa sin la menor importancia). Despu\u00e9s de la zapatilla vio la pierna mal plegada, en seguida el cuerpo entero, por fin la cara. Tan s\u00f3lo con la cara comprendi\u00f3: era un muerto, era un ahogado. El r\u00edo lo hab\u00eda arrastrado, hasta que una saliente de piedras alcanz\u00f3 a interceptar su paso, a trabarlo y a dejarlo atascado ah\u00ed.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">El cuerpo estaba hinchado y ten\u00eda un color irreal. Y adem\u00e1s segu\u00eda mayormente sumergido, por lo que la visi\u00f3n se distorsionaba a causa del filtro del agua enrarecida. Pese a eso, pese a todo, llegaba a distinguirse qui\u00e9n era: era el hijo menor de los Peralta, los de la farmacia del pueblo. Un chico tan apocado y silencioso que hasta la muerte (muerte horrible, deformante) parec\u00eda haberlo dejado en su estado de indiferencia perenne. Le hab\u00eda pasado ahogarse como pudo pasarle cualquier otra cosa, o ninguna.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Se lo qued\u00f3 viendo un momento, con menos curiosidad que espanto. Sinti\u00f3 deseos de salir corriendo de ah\u00ed, a los gritos. Y seguir corriendo hasta el pueblo, y en el pueblo hasta la farmacia, a dar aviso del hallazgo horrendo. Pero contuvo ese primer impulso, e hizo bien. \u00bfPor qu\u00e9 iba a meterse en l\u00edos? \u00bfPor qu\u00e9 ten\u00eda que ser \u00e9l el mensajero infausto de esta desgracia tan grande? No hab\u00eda nadie alrededor: ni del muerto ni de \u00e9l. Que le tocara a otro, al que quisiera, hacerse cargo de los chillidos de dolor de una madre, del incordio de los formularios policiales, de tener que acudir como testigo al trance siniestro de sacar el cuerpo del r\u00edo.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Mir\u00f3 en torno, recogi\u00f3 sus cosas, se fue. Se volvi\u00f3 a su casa tomando el camino m\u00e1s largo, es decir, el que rodeaba el pueblo. En su casa se cambi\u00f3 de ropa y no hizo nada, esper\u00f3 a que llegara la noche. Y a la noche sali\u00f3 y fue hasta el centro, listo a encontrarse con la noticia fatal y sus comentarios. Esta clase de cosas, cuando ocurren, abarcan el pueblo entero, y luego ocupan las conversaciones a lo largo de d\u00edas y d\u00edas. Sin embargo, en las calles y en el bar, los temas de conversaci\u00f3n eran otros, los asuntos triviales de siempre; del menor de los Peralta no se dec\u00eda absolutamente nada, de que hab\u00eda aparecido un ahogado tampoco.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">En los d\u00edas que siguieron, las cosas se mantuvieron igual. \u00c9l dej\u00f3 de pescar y aun de acercarse al r\u00edo, a la espera de que a alg\u00fan otro le tocara encontrar al ahogado. Pero no pasaba eso, ni pasaba nada. Nada de nada, incluso una semana despu\u00e9s. Para entonces \u00e9l ya dorm\u00eda muy mal cada noche, y un dolor de est\u00f3mago profundo y lacerante empezaba a partirlo en dos. \u00bfEra una simple excusa o era un motivo v\u00e1lido para ir hasta la farmacia? Daba lo mismo: fue. En la farmacia de los Peralta imperaba sin esfuerzo la m\u00e1s plena normalidad. Lo atendieron, lo aconsejaron, le despacharon unas c\u00e1psulas moradas; del m\u00e1s chico ni se hablaba.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Unos d\u00edas despu\u00e9s, arreglando un mueble, se cort\u00f3 el costado de un dedo: la sangre no paraba de salir, y no hab\u00eda gasas ni un antis\u00e9ptico en el m\u00f3dico botiqu\u00edn de su casa. \u00bfMotivo o excusa? Volvi\u00f3 a la farmacia, con la mano envuelta en un repasador de cocina. Ninguna novedad (salvo la suya) se coment\u00f3 durante la compra. No se supo aguantar y pregunto.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014Y Marianito, \u00bfqu\u00e9 es de la vida? Hace d\u00edas que no lo veo.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Los Peralta se encogieron de hombros.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014Andar\u00e1 por ah\u00ed \u2014dijo uno.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014Andar\u00e1 por ah\u00ed \u2014dijo otro.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">No luc\u00edan preocupados. Tampoco parec\u00edan estar disimulando. Su franqueza y su serenidad eran parejamente indudables. Pasaron m\u00e1s d\u00edas, demasiados d\u00edas. Pas\u00f3 casi un mes. \u00c9l volvi\u00f3 a la farmacia en alguna otra ocasi\u00f3n, para comprar alcohol o aspirinas, para pesarse en una balanza confiable, para conversar un poco de algo. Los Peralta segu\u00edan igual: amables, tranquilos, sonrientes, equilibrados. Del m\u00e1s chico no se sab\u00eda nada.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014Andar\u00e1 por ah\u00ed. En sus cosas, como siempre.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Pens\u00f3 en volver al r\u00edo en la parte que \u00e9l bien sab\u00eda, a fijarse si el cuerpo segu\u00eda ah\u00ed o si alguien lo hab\u00eda retirado, o si el propio r\u00edo, en un arrebato de la corriente, lo hab\u00eda arrancado de las piedras y se lo hab\u00eda llevado lejos, demasiado lejos. Lo descart\u00f3 de inmediato, por supuesto. \u00bfPara qu\u00e9? Lo que hab\u00eda para ver era lo que \u00e9l ya hab\u00eda visto. Y lo que hab\u00eda por saber era el \u00fanico que lo sab\u00eda.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Pero en los pueblos cualquier cambio se nota y se comenta. Y el menor de los Peralta estaba faltando desde hac\u00eda bastante. En la farmacia la cosa se desestimaba, s\u00ed. Pero una noche \u00e9l se sent\u00f3 en el bar a tomar una cerveza, mientras la tarde ca\u00eda y el calor brutal no dejaba respirar a nadie, y oy\u00f3 que se hablaba del tema. Mascaba unos man\u00edes ins\u00edpidos, con el vaso a medio vaciar a un costado. No dijo nada, pero mostr\u00f3 inter\u00e9s. Alz\u00f3 la vista y propuso un gesto de mesa a mesa. Consigui\u00f3 al final que le hablaran, que lo hicieran parte del asunto.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">En la otra mesa estaba Andrada, el del puesto de diarios.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014El m\u00e1s chico de los Peralta \u2014le dijo\u2014. Hace tiempo que no lo vemos.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">A unos pasos estaba Enrique, que hac\u00eda las veces de mozo. La camisa blanca la ten\u00eda empapada de sudor.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014Marianito, \u00bfvio? El menor de los cuatro. No hay se\u00f1ales desde hace d\u00edas.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u00c9l sab\u00eda que ten\u00eda que sonar difuso, ni ansioso ni displicente, y contestar algo sensato, atinado, neutro. Pod\u00eda decir cualquier cosa, una frase hecha, algo f\u00e1cil de ser pasado por alto, f\u00e1cil de olvidar. Se oy\u00f3 hablar, como si hablara otro. Se oy\u00f3 decir as\u00ed: &#8220;Andar\u00e1 por ah\u00ed&#8221;. Y se oy\u00f3 agregar, de inmediato: &#8220;En sus cosas, como siempre&#8221;. Y aunque la respuesta result\u00f3 completamente adecuada y calz\u00f3 en la charla a la perfecci\u00f3n, \u00e9l se sinti\u00f3 de pronto tan mal, tan sin aire y tan miserable, que tuvo que poner una excusa cualquiera, pagar con apuro y salir a la calle; la botella de cerveza apenas empezada, los man\u00edes casi sin tocar, la noche y el calor tan agobiantes e impiadosos como en todos los veranos.<\/span><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<h4 style=\"text-align: center;\"><b>Los dolientes<\/b><\/h4>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">La noticia corri\u00f3 de una punta a la otra del colegio; seg\u00fan compararon todos, como un reguero de p\u00f3lvora. La madre de Pablo Qui\u00f1\u00f3nez, ese chico m\u00e1s bien callado de segundo a\u00f1o, estaba muy mal, ya se mor\u00eda. Lo supieron en dos minutos los directivos y los profesores, los preceptores y los alumnos de todos los cursos. Una enfermedad solapada pero fulminante la estaba destruyendo. \u00bfCu\u00e1nto pod\u00eda llegar a quedarle de vivir, de existir? \u00bfAlgunos d\u00edas? \u00bfUn par de meses, con suerte? El cuerpo se le iba deshaciendo en una agon\u00eda sin consuelo ni esperanza. En el pueblo, de boca en boca, la desgracia se fue murmurando: la mujer de Qui\u00f1\u00f3nez se muere. En el colegio reson\u00f3, en cambio, como un estruendo de sorpresa y de congoja.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Nadie sab\u00eda del todo bien c\u00f3mo comportarse con Pablo Qui\u00f1\u00f3nez: c\u00f3mo mirarlo, qu\u00e9 decirle (y es que no hab\u00eda nada que decirle, as\u00ed de terrible y de simple era todo). Los profesores se esmeraron en palmearle la cabeza o los hombros, el profesor de gimnasia lo apret\u00f3 en un abrazo fuerte. Sus compa\u00f1eros de curso trataron de ponerse cerca, sentarse al lado de \u00e9l o merodearlo para quedar a su alcance. La directora del establecimiento hizo que lo llevaran hasta su despacho; una vez ah\u00ed, entre la l\u00e1mina a todo color de San Mart\u00edn y un crucifijo tallado en madera, le ofreci\u00f3 agua y le habl\u00f3 de Dios.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Diego Montoya, el mejor amigo de Pablo, era el m\u00e1s afectado de todos, casi tanto (o puede que tanto) como lo estaba el propio de la mujer que se mor\u00eda. Ante la noticia reaccion\u00f3 muy mal, y despu\u00e9s, pasado un rato, no se calmaba. Se entend\u00eda la reacci\u00f3n, o los profesores y los preceptores creyeron poder entenderla: Diego Montoya, desde siempre tan amigo de Pablo, frecuentaba m\u00e1s que nadie la casa de los Qui\u00f1\u00f3nez, a la se\u00f1ora Leticia la hab\u00eda tratado infinidad de veces.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">El revuelo fue general y las clases se suspendieron de hecho, pero los estudiantes se quedaron en el colegio a cumplir el horario del d\u00eda, cavilando o arrastrando los pies. El que no se qued\u00f3 en el colegio, ni a cumplir el horario ni a nada, fue Diego Montoya. Aprovech\u00f3 un sencillo descuido, de los muchos que hubo en ese d\u00eda tan especial, y se escap\u00f3 hacia la calle por una reja algo inclinada que hab\u00eda en el patio de atr\u00e1s. De ah\u00ed se pasaba a un descampado, del descampado al dep\u00f3sito de chatarra de los Pozzi, y de ah\u00ed a la calle Catamarca, que llevaba directamente a la plaza principal.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Diego Montoya cruz\u00f3 corriendo el pueblo, sin temor de que lo vieran (ni verg\u00fcenza de que lo vieran llorar). Lleg\u00f3 hasta la casa de los Qui\u00f1\u00f3nez, golpe\u00f3 la puerta de chapa con la mano abierta primero, con la mano casi cerrada despu\u00e9s. Pas\u00f3 un tiempo corto, que a \u00e9l se le hizo largo, y por fin abri\u00f3 la puerta esa chica a la que le dec\u00edan Moni, que trabajaba en la casa desde hac\u00eda unos pocos meses.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014Vengo a ver a Leticia \u2014le dijo Diego Montoya.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">La chica mene\u00f3 la cabeza.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014La se\u00f1ora est\u00e1 descansando.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014And\u00e1, fijate, decile \u2014la apur\u00f3 Diego Montoya.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">La chica a la que le dec\u00edan Moni asinti\u00f3, cerr\u00f3 la puerta, lo dej\u00f3 esperando afuera, fue a fijarse y tal vez a decirle. No tard\u00f3 en volver, aunque s\u00ed en hablar.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014Dice el se\u00f1or que te vayas de ac\u00e1 y que no se te ocurra volver a aparecer.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Leticia Qui\u00f1\u00f3nez muri\u00f3 apenas tres d\u00edas despu\u00e9s; seg\u00fan se dijo, entre dolores horribles, apenas atemperados con la morfina que le proporcion\u00f3 el doctor Arizu. Un cura venido especialmente desde Luj\u00e1n alcanz\u00f3 a confesarla y a darle paz. La velaron en casa Rispo, la \u00fanica casa de sepelios del pueblo. Pablo Qui\u00f1\u00f3nez luc\u00eda aturdido, ausente, incr\u00e9dulo, como si no pudiese entender (no ya admitir, sino entender) que su madre no exist\u00eda m\u00e1s y no iba nunca m\u00e1s a verla. La velaron a caj\u00f3n cerrado para olvidar la mueca siniestra que le provoc\u00f3 la muerte al llegar, y esa circunstancia reforz\u00f3 la impresi\u00f3n general de que no pod\u00eda ser verdad todo eso que hab\u00eda ocurrido.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Diego Montoya pasaba la noche al lado de Pablo Qui\u00f1\u00f3nez, sin decirse una sola palabra, como s\u00f3lo es posible entre amigos. En un momento dado, tal vez hacia la madrugada, pens\u00f3 en acercarse hasta el caj\u00f3n robusto donde todav\u00eda estaba, en cierta forma, Leticia. Pero antes de decidirse a hacerlo, y como si desde afuera pudiese verse lo que era apenas una intenci\u00f3n, su mirada se cruz\u00f3 con la mirada de Qui\u00f1\u00f3nez. Qui\u00f1\u00f3nez, el padre de Pablo. Que alcanz\u00e1ndolo de un lado al otro, con la fijeza indiferente del que no tiene otra cosa de que ocuparse, ensay\u00f3 un movimiento seco y preciso con una parte de la cabeza (ni siquiera con toda) y con la parte de abajo de la cara (ni siquiera con toda), un gesto fiero y elocuente que no pod\u00eda significar m\u00e1s que una cosa: que se fuera. Diego Montoya se qued\u00f3 quieto y pareci\u00f3 no comprender, pero Qui\u00f1\u00f3nez de inmediato repiti\u00f3 el gesto, m\u00e1s tajante y perentorio todav\u00eda: que se fuera. Que se fuera.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Diego Montoya se incorpor\u00f3 y se fue, sin siquiera despedirse de Pablo. Esa noche, por supuesto, no consigui\u00f3 dormir. En el desvelo sin tregua que no lo dej\u00f3 ni llorar, alcanz\u00f3 a pensar que era mejor no asistir al entierro de Leticia Qui\u00f1\u00f3nez. Alguna excusa encontrar\u00eda y le servir\u00eda de justificaci\u00f3n. Pero al final no hizo falta inventarla: a primera hora del d\u00eda la madre se le acerc\u00f3, creyendo que ten\u00eda que despertarlo, y se encontr\u00f3 con que volaba de fiebre. Casi cuarenta de temperatura, y apenas a la ma\u00f1ana; un infierno dentro de \u00e9l, la ropa de cama empapada, los ojos lejanos y empeque\u00f1ecidos, ajados y sin luz, como huecos. Al entierro entonces falt\u00f3, y con un motivo tan visible que en nada se parec\u00eda a una excusa.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Anduvo los siguientes d\u00edas teniendo miedo de Qui\u00f1\u00f3nez. En el pueblo se comentaba que hab\u00eda quedado muy mal, medio ido, medio loco. Al lo mand\u00f3 a la casa de unos t\u00edos y al parecer \u00e9l se encerr\u00f3 sin dejarse ver por nadie. Pas\u00f3 una semana, pasaron diez d\u00edas, pasaron dos semanas. Qui\u00f1\u00f3nez por fin sali\u00f3 y luc\u00eda m\u00e1s sosegado; mucho m\u00e1s viejo, s\u00ed, m\u00e1s rugoso y ensombrecido, pero aplacado en su actitud. Pablo volvi\u00f3 a vivir con \u00e9l. Se dispon\u00edan a restablecer, en su pena, alguna clase de normalidad que les permitiera seguir adelante. No eran de frecuentar la iglesia, no lo hab\u00edan sido jam\u00e1s; pero ahora acud\u00edan cada domingo a cada misa, a buscar y puede que a encontrar alguna forma de aceptaci\u00f3n para las cosas que hab\u00edan pasado.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Una tarde de jueves iba Diego Montoya cruzando la plaza del pueblo hacia la ferreter\u00eda de Heredia, ah\u00ed ten\u00eda que comprar siete metros de alambre y seis arandelas por encargo de su padre. Al dejar la plaza y cruzar la avenida, mientras pasaba delante del bar de la esquina, oy\u00f3 que desde adentro le chistaban. \u00bfA \u00e9l? A \u00e9l, s\u00ed. \u00bfLo llamaban? Lo llamaban, s\u00ed. Se asom\u00f3 a fijarse: era Qui\u00f1\u00f3nez. Sentado en la mesa que desde la ochava daba a la calle, lo vio pasar y lo llam\u00f3. Con una mano somera y puede que con un ladeo en la frente lo invit\u00f3 a que se sentara. Diego Montoya vacil\u00f3, pero Qui\u00f1\u00f3nez apart\u00f3 una silla y se la se\u00f1al\u00f3. Hasta donde era capaz de sonre\u00edr, le sonri\u00f3.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014\u00bfYa tom\u00e1s ginebra, vos? \u00bfVino fr\u00edo? \u00bfUna cerveza?<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014Una cerveza, s\u00ed. Una cerveza.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Entonces Qui\u00f1\u00f3nez gir\u00f3 hacia el mostrador y pidi\u00f3 una cerveza de litro; Uriarte la trajo helada y con dos vasos altos. Qui\u00f1\u00f3nez sirvi\u00f3: primero el vaso de Diego, despu\u00e9s el suyo. Se quedaron mirando la espuma, la calle, la plaza, los \u00e1rboles de la plaza, las ramas de esos \u00e1rboles. Diego Montoya se inquiet\u00f3 por las cosas que ir\u00eda a decirle Qui\u00f1\u00f3nez, pero pronto descubri\u00f3 que no hab\u00eda raz\u00f3n alguna para inquietarse, que no iba a decirle nada. Que ah\u00ed se iban a quedar los dos, en esa mesa del bar de Uriarte, compartiendo esa cerveza y acaso, despu\u00e9s de \u00e9sa, otra m\u00e1s, viendo afuera caer la tarde y despu\u00e9s de eso llegar la noche, sin hablarse y sin mirarse. Al fin y al cabo, cada uno desde su mundo, cada uno desde su edad, uno a causa de veinte a\u00f1os en com\u00fan y el otro apenas por el arrebato impensado de una tarde de verano, estaban los dos sufriendo la misma ausencia, los dos lidiando con las mismas cosas.<\/span><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<h4 style=\"text-align: center;\"><b>La siesta<\/b><\/h4>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Es un recodo m\u00e1s bien apartado de la playa que bordea el r\u00edo: apenas un resquicio de arena oscura entre las piedras enormes y mal apiladas. Casi nadie llega hasta ah\u00ed, todos prefieren el balneario municipal o, a lo sumo, sus aleda\u00f1os. Por eso es inevitable que Mara repare en el tipo que, nada lejos, y encaramado en una roca un tanto aplanada, se asoma a mirarla. Tiene el aire absurdo de un h\u00e9roe en malla y ojotas. Pero \u00e9l evidentemente no lo sabe, ni lo sospecha: infla el pecho y se acomoda los anteojos de sol, y puede que hasta le sonr\u00eda. Mara no le devuelve la sonrisa, claro, y aparta la vista al instante. Pero para entonces ya lo ha mirado y, seg\u00fan parece, dado que se acerca, \u00e9l interpreta esa mirada como un gesto de admisi\u00f3n o de inter\u00e9s. Trepa una piedra, baja, despu\u00e9s lo mismo con otra, despu\u00e9s lo mismo con otra. Hace tanto calor que aturde.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014Qu\u00e9 buen lugar encontraste \u2014le dice cuando la tiene a su alcance, al de su voz.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Mara no dice nada.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014\u00bfSos de ac\u00e1? \u2014le pregunta\u2014. \u00bfDe ac\u00e1, del pueblo? \u2014agrega, not\u00e1ndose impreciso.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014S\u00ed \u2014contesta Mara: la cara hacia el sol.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014Ah, qu\u00e9 bien \u2014comenta \u00e9l, no se entiende por qu\u00e9\u2014. \u00bfY c\u00f3mo te llam\u00e1s?<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Mara duda.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014Mika \u2014le dice.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014\u00bfMica? \u2013consulta \u00e9l\u2014. \u00bfMicaela?<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014No \u2014replica ella\u2014, Mika.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014Yo me llamo Alberto \u2014Mara no le pregunt\u00f3.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Alberto echa su lona de colores (a Mara le parece ver el estampado de una moto) fatalmente cerca de ella, y s\u00f3lo despu\u00e9s de hacerlo le pregunta a Mara, o le pregunta a Mika, si le molesta que la acompa\u00f1e. Suelta las ojotas, un bronceador con palmeras, una remera enroscada, una toalla de mano, antes de que ella alcance a contestar.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014\u00bfAs\u00ed que viv\u00eds ac\u00e1? \u2014se recuesta.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014S\u00ed \u2014dice ella.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014\u00bfY por d\u00f3nde? \u2014se apoya en un codo, mir\u00e1ndola.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014Cerca de la terminal de micros \u2014dice ella.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">El pueblo es chico: nada queda lejos de nada. Y quien quiera cruzarse con alguien, o encontr\u00e1rselo por puro azar, podr\u00e1 lograrlo f\u00e1cilmente.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014Yo estoy de vacaciones \u2014contesta Alberto a la pregunta que Mara no le hizo\u2014. Paro en el hotel de la colonia, el que est\u00e1 frente al correo.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">La aclaraci\u00f3n es in\u00fatil, se entiende que Mara conoce el hotel, conoce d\u00f3nde queda. Alberto empieza a tirar de las palabras para no terminar cayendo en el silencio.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014El aire de ac\u00e1 no se compara con nada \u2014propone.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Mara se calla.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014\u00bfSal\u00eds a bailar a la noche, vos? \u00bfC\u00f3mo se llama el boliche de ac\u00e1?<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014El Capricho \u2014dice Mara.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Alberto asiente.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014Y sos de salir a bailar, \u00bfno?<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014No \u2014corta Mara.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Llega el silencio. Mara comprende que no va a durar demasiado, porque Alberto se incomoda.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014\u00bfY el r\u00edo te gusta? \u2014pregunta y mira el r\u00edo. El r\u00edo oscuro y revuelto que baja desde las monta\u00f1as, caudaloso porque hubo lluvias.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014S\u00ed \u2014dice Mara.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014\u00bfSab\u00e9s nadar? \u2014inquiere\u2014. \u00bfTe gusta nadar? \u2014se corrige.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014S\u00ed, mucho \u2014dice ella.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Alberto se entusiasma, como si hablaran de \u00e9l y no del r\u00edo.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014A m\u00ed tambi\u00e9n \u2014exclama.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Mara no hace caso.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014Queda mal que yo lo diga, pero soy muy bueno nadando. Hago veinte piletas por ma\u00f1ana, no falto al club por nada del mundo.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Se hace otro silencio, que dura un poco m\u00e1s que el anterior. Se oye el r\u00edo pasar, se oyen las quejas de los insectos por el castigo del sol. Curiosamente, es Mara la que habla.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014No es lo mismo la pileta que el r\u00edo \u2014comenta.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Alberto se r\u00ede, se encoge de hombros.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014El agua siempre es el agua \u2014replica.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014En el r\u00edo es distinto \u2014alega ella\u2014, hay que saber seguir las corrientes.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014El agua siempre es el agua \u2014especifica Alberto, como si lo dijera por primera vez.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Mara abre los ojos, se incorpora, se ata el pelo, se estira.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014A nadar, entonces \u2014dice.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Da dos pasos, o acaso uno, y salta hacia el agua. Entra de cabeza, casi sin salpicar, y aflora con aire resuelto, puede que desafiante. Alberto va detr\u00e1s de ella. Empiezan a nadar.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Es cierto lo que dijo Mara, y Alberto, que va detr\u00e1s, lo ha de estar comprobando: en el r\u00edo el agua tira para un lado o para el otro, l\u00edneas de fuerza que empujan de pronto y ayudan a avanzar m\u00e1s r\u00e1pido y mejor. Y es cierto eso otro que dijo: que hay que saber seguir esas corrientes cuando se nada en un r\u00edo. Claro que hay una corriente en este r\u00edo que Mara no mencion\u00f3, que brota de pronto a la izquierda y chupa con fuerza al nadador; esa corriente no s\u00f3lo empuja: tambi\u00e9n envuelve; esa corriente enrosca y tira hacia abajo. De ah\u00ed no se puede salir.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Apenas se la siente cerca, hay que zafarse; pero de eso Mara no habl\u00f3. En vez de plegarse y entregarse a ella, hay que hacer justamente lo contrario: patear y bracear hacia el lado opuesto, antes de que la voluntad del agua se vuelva irreversible, antes de que atrape y trague, antes de que anude y ahogue. Es eso lo que hace Mara, alej\u00e1ndose del remolino negro y siniestro que los forasteros por lo general desconocen. Alberto viene detr\u00e1s de ella, ella el tema no lo toc\u00f3.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Sale del r\u00edo un poco m\u00e1s adelante. Su cuerpo ahora brilla al sol. Remonta lo nadado a buen paso, de a trechos por la arena y de a trechos entre piedras. Llega casi seca al punto de partida: as\u00ed de fuerte pega el sol. Recoge sus pocas cosas (la lona azul, las sandalias, el libro, el pareo) y se aleja hacia su casa. Su casa queda, en efecto, muy cerca de la terminal de micros. Entra tratando de no hacer ruido: ni Mario ni los chicos se han despertado todav\u00eda de la siesta.<\/span><\/p>\n<h5 style=\"text-align: right;\"><span style=\"font-weight: 400;\">Del libro <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">Desvelos de verano<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\"> (2021)<\/span><\/h5>\n<h6><span style=\"font-weight: 400;\">Foto: Mart\u00edn Kohan, escritor argentino, de Agence Opale \/ Alamy Stock Photo.<\/span><\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El ahogado No pescaba para vender, tampoco para alimentarse. Pescaba para ejercitarse en el arte de la espera, en dejar que el tiempo pase sin fastidio ni ansiedad. Pod\u00eda sacar algo o bien no sacar nada, y volverse hasta su casa igual que como hab\u00eda venido; lo que le importaba no era eso, sino sentirse [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":5,"featured_media":30748,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_acf_changed":false,"footnotes":""},"categories":[4900],"tags":[4906],"genre":[],"pretext":[],"section":[],"translator":[4790],"lal_author":[4788],"class_list":["post-30750","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-ficcion-martin-kohan","tag-numero-29","translator-tim-benjamin-es","lal_author-martin-kohan-es"],"acf":[],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/30750","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/users\/5"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=30750"}],"version-history":[{"count":6,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/30750\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":34202,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/30750\/revisions\/34202"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/media\/30748"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=30750"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=30750"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=30750"},{"taxonomy":"genre","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/genre?post=30750"},{"taxonomy":"pretext","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/pretext?post=30750"},{"taxonomy":"section","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/section?post=30750"},{"taxonomy":"translator","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/translator?post=30750"},{"taxonomy":"lal_author","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/lal_author?post=30750"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}