{"id":30720,"date":"2024-03-25T14:04:27","date_gmt":"2024-03-25T20:04:27","guid":{"rendered":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/?p=30720"},"modified":"2024-03-26T20:58:43","modified_gmt":"2024-03-27T02:58:43","slug":"las-amigas-de-papa","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/2024\/03\/las-amigas-de-papa\/","title":{"rendered":"Las amigas de pap\u00e1"},"content":{"rendered":"<p><span style=\"font-weight: 400;\">Lydia en abril de 1953 fue encerrada en el pa\u00eds remoto de una cl\u00ednica psiqui\u00e1trica y los blancos, amables amaneceres de su uniforme, no volvieron a ser vistos en la tienda de comestibles de Samuel. A Berta le lleg\u00f3 la prosperidad despu\u00e9s de algunos a\u00f1os de alegre ajetreo al frente del restaurante, propiedad de ella y de Bernardo su marido. Como un vers\u00e1til sof\u00e1 cama que no tiene titubeos en materia de hospitalidad, el restaurante funcionaba, tambi\u00e9n, como pensi\u00f3n. Librada del trabajo, a Berta le dio por las mudanzas a casas l\u00fagubres: ustedes pueden imaginar su \u00faltima l\u00fagubre casa. Se divirti\u00f3 comprando para las diferentes casas, ostentosas vitrinas donde colocaba pulidas cucharitas de plata. Ahora que ten\u00eda dinero pod\u00eda ofrecer mejor servicio. Pero las cucharitas permanecieron sin uso, como monjas en clausura.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">La se\u00f1ora Olinda, pr\u00f3xima a los setenta, se vio obligada a cerrar \u201cOdessa\u201d, la zapater\u00eda que estuvo regentando cerca de medio siglo. Ya no hab\u00eda clientes que compraran zapatos como narices afiladas y tacones delgados como tallos de rosas. Alejada de la zapater\u00eda, descubri\u00f3 en ella una tard\u00eda vocaci\u00f3n religiosa. Empez\u00f3 a encontrarse a gusto en la sinagoga y en los bazares de caridad. Sus labios (como en los juveniles tiempos de \u201cOdessa\u201d), continuaron cubiertos con el retazo palpitante de un terciopelo rojo muy vivo que, a ratos, cubr\u00eda su sonrisa.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">De Amelia o\u00ed decir que la abati\u00f3 una enfermedad incurable que amell\u00f3 su cuerpo, como a una espada que ve morir su caballero en el campo de batalla. Susana engord\u00f3 al igual que una ciudad que se hace grande. En la actualidad vive, con la \u00fanica compa\u00f1\u00eda de su gordura, en un edificio de apartamentos de la ciudad de Miami, donde la mayor\u00eda de las inquilinas son ricas y maduras exiladas sentimentales: viudas originarias de Nueva York o de alguna villa centro o sur americanas.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">En Miami se ha hecho adicta de las vitaminas naturales. Pero con alguna frecuencia, a\u00fan se la encuentra \u2013de vuelta de Florida\u2013\u00a0 con ocasi\u00f3n de las bodas y <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">barmirzav <\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">de sus numerosos parientes. Los viajes, a veces fatigosos para cumplir a tiempo con los festejos de familia, le han hecho decir con quejumbre sard\u00f3nica, en el <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">drugstore<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\"> que la surte con sus tan apreciadas vitaminas: \u201cTodo el tiempo estoy montada en un avi\u00f3n. Anteayer, a causa del matrimonio de Raquelita en Nueva York. En junio, debido a las bodas de oro de Leah e Isaac en Caracas. Para el oto\u00f1o, porque estoy invitada en Tel Aviv, a pasar el a\u00f1o nuevo con Ana Landau, que se ha quedado viuda \u00a1Cu\u00e1nta pompa! No conozco nada que funcione con mayor similitud a un Ministerio de Relaciones Exteriores bien organizado, que una familia jud\u00eda. Ya estoy a punto de tener el rango de embajadora. S\u00f3lo hay que esperar que a los gemelos Kafka les apresten a celebrar los trece a\u00f1os en la ciudad de R\u00edo de Janeiro\u201d.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Lydia, Amelia, Berta, Olinda, Susana eran las amigas de pap\u00e1. No se trataba de un flirteo concienzudo de parte de ninguna de ellas, tampoco un asunto de pap\u00e1. Nunca hubo esposo m\u00e1s tierno, amoroso y conciliador que \u00e9l. Mam\u00e1 era una peque\u00f1a d\u00e9spota ansiosa y protectora. Gracias al orden, obstinaci\u00f3n y orgullo de su nostalgia \u2013sobre todo a las valijas locas que pudo traerse en el barco\u2013 viv\u00edamos en una lejana comarca de ficci\u00f3n que estuvo movi\u00e9ndose con tal ruda errancia en el atlas, cual si en \u00e9ste s\u00f3lo hubiera cabida para aguas, aguas, mares tenebrosos, barcos de dimensiones gigantescas que transportaban poblaciones enteras como si fuesen ata\u00fades descomunales.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">La ciudad que mi madre levantaba con tal esmero en nuestra casa nunca ten\u00eda sitio verdadero y establecido en el mapa. Tama\u00f1a injusticia me hizo incr\u00e9dula frente a los dise\u00f1os m\u00e1s hermosos de la geograf\u00eda de la cual comenc\u00e9 a sospechar que era como una se\u00f1ora caprichosa, de \u00e1nimo sujeto a muchas variaciones. El paso de los a\u00f1os me afirm\u00f3 en mi convicci\u00f3n de que es dama poco seria, casquivana, que cambia de fronteras al igual que si se tratara de hombres: de amantes de pocos d\u00edas.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Pap\u00e1 era el due\u00f1o de una sorna suave, educada, que tom\u00f3 la realidad con distra\u00edda clemencia. Por eso mismo no serv\u00eda para estar, todo el tiempo, encerrado en la rigurosa comarca inventada por el sue\u00f1o a\u00f1orante de mam\u00e1.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Algunos s\u00e1bados en la ma\u00f1ana (si la maestra daba buenos informes sobre mis estudios en el colegio, a trav\u00e9s de la boleta que deb\u00eda traer a casa), me llevaba consigo en un paseo breve, pero poco convencional por entre las estrechas calles del centro de la ciudad. Sospecho que el paseo, para pap\u00e1, comenzaba mucho antes. M\u00e1s de un viernes a las siete de la tarde, despu\u00e9s de saludar a Dios y tomarse una copita de moscatel (el cuerpo con flux a rayas se hab\u00eda dispuesto como un mantel para recibir las copas), \u00e1gil, contento (con la jarra del coraz\u00f3n algo repleta de vino) corr\u00eda para ver a su amada Lydia, a su desvalida Amelia, antes de que llegasen las ocho (la melancol\u00eda del universo) y cerraran los comercios.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Mam\u00e1 planeaba simulaciones largas de actriz de compa\u00f1\u00eda, con repertorios de comedia de tres actos. Cuando se aproximaban las festividades de \u201cHanuka\u201d ten\u00eda lugar el primero. Pretextando colaborar con el club israelita, elaboraba una tarta a base de miel, nueces y pasas. El club, a ratos, conllevaba una suerte de casa de beneficencia algo bohemia, de hospicio cordial.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Los viernes, protegidos por la clemente m\u00fasica de los rezos, aparec\u00edan hombres con aspecto de no tener donde caerse muertos.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">En el segundo acto las actrices cambian de vestimenta. Alivian los atajos de la intriga, coloc\u00e1ndose lentejuelas, plumas por doquier, vaporosos modelos. Para hacer los honores al segundo acto, mam\u00e1 se pon\u00eda su traje de falda y chaqueta de seda \u201cimprim\u00e9\u201d (as\u00ed llamaban a las telas estampadas las sabihondas empleadas de \u201cEl gallo de oro\u201d), con el firme prop\u00f3sito de dejar ella misma, colgada del brazo de pap\u00e1 en el club israelita, la deliciosa tarta confeccionada con primores de asesina inglesa. A colaci\u00f3n sacaba el argumento de estirar las piernas de ama de casa (tullidas extremidades de esposa, sacrificadas como las de las sirenas en un mar que no ofrec\u00eda viajes a mundanas tierras de disfrute y de placer) para arribar, dignamente, a los fingimientos del tercer acto. Acompa\u00f1ando a pap\u00e1 en la corta traves\u00eda a las tiendas de sus amigas (mientras \u00e9l efectuaba alguna insignificante compra), mam\u00e1 acaso quer\u00eda cerciorarse acerca de si esas visitas no eran una util\u00edsima disculpa para acariciar con la mirada o la voz, con el roce enigm\u00e1tico del amor que no tiene patria en la cama, a Lydia o a Amelia, que detr\u00e1s de sus seguros mostradores de vendedoras, en la dulzura del temprano anochecer, eran como remotas damas ocultas en los torreones de sus castos castillos.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Mam\u00e1 admiraba y al mismo tiempo menospreciaba a Lydia. Las colinas de su displicencia ten\u00edan todos los tama\u00f1os, altos y bajos. Mam\u00e1, la peque\u00f1a d\u00e9spota dom\u00e9stica, a Lydia le envidiaba la habilidad inquietante en el despacho de los diversos pedidos de aceitunas negras, nueces, almendras y quesos de Maracay. El uniforme blanco, limpio de manchas maritales, que le deparaban emancipaci\u00f3n, independencia.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Lydia era de baja estatura, un poco gruesa. El culo era la parte menos animada de su cuerpo. Pero parec\u00eda guardar pajaritos cantores bajo una barriga algo entrometida en el mundo. La imponencia del uniforme pretend\u00eda acallar los indiscretos pajaritos de cierta digesti\u00f3n algo atribulada. La cara, los ojos verdes, eran los de alguna artista de la \u00e9poca. Una Kay Francis, m\u00e1s baja y rechoncha (las rebajas del almac\u00e9n de lujo llevadas a una autorizada expresi\u00f3n de cordialidad), feliz por poder asir a su cintura la blanca bandera de libertad del trabajo estable y seguro.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Kay, contenta de mirar la vida a trav\u00e9s de los cristales untados de niebla amarilla de la mantequilla <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">Kuppermidt<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">. Pero pap\u00e1 hubiera hecho cualquier sacrificio para comprar las butacas necesarias (tambi\u00e9n las innecesarias) de haber sido Lydia, de verdad, la altiva Kay Francis, a quien los maridos de argumento regalaban alhajas divinas ocultas en el lustroso campanario de plata de la vianda de los desayunos, en rendido homenaje a la noche anterior, cuando entre las galas de la fiesta, los zorros de pieles corr\u00edan de un lado a otro de sus hombros, como los copos de nieve que el viento mueve entre las g\u00e1rgolas en la techumbre de un palacio.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">A pap\u00e1 le gui\u00f1aban los ojos de avispas de entusiasmo cuando miraba el remedo dom\u00e9stico de Kay Francis. Lydia, como las otras se\u00f1oras de las ma\u00f1anas de los s\u00e1bados, no hac\u00eda mucho caso de m\u00ed, una ni\u00f1ita flaca, p\u00e1lida, de trenzas bien atadas al igual que cordoncillos de inhibidos zapatos de invierno, con traje rojo de lanilla escocesa a grandes cuadros y de huesos endebles como pasta dent\u00edfrica para los que prescrib\u00edan frascos inmensos, rebosantes como un tanque lleno de agua, de calcio. La vida era una prisa. Para amarse hab\u00eda que correr como los andarines de los estadios. Ellas y pap\u00e1 contaban con esas pocas horas a la semana para poner en calor las chimeneas del azar, para encender los le\u00f1os de ternura fogosa de un \u00e1rbol no demasiado corpulento y duradero.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Yo, por Lydia, ten\u00eda simpat\u00eda y, quiz\u00e1, algo de respetuosa piedad. Mam\u00e1 comentaba con alevos\u00eda (con apote\u00f3sico desd\u00e9n) que se trataba de \u00abuna mujer separada\u00bb. \u00bfQu\u00e9 diablos pod\u00eda significar eso? Ve\u00eda a la gordezuela Lydia agitando su uniforme entre el ir y venir de la tienda de Samuel, como un mar plet\u00f3rico de vida y de olas blanqu\u00edsimas. \u00bfEs que, acaso, lo de la separaci\u00f3n era una enfermedad adulta, distinta a mi desmayada falta de calcio? \u00bfO es que as\u00ed se la tildaba, de mujer separada, porque en su casa ten\u00eda un biombo chino detr\u00e1s del cual se escond\u00eda para colocarse sin que la inquietaran los minutos y los segundos como en la tienda, unas poleas de lencer\u00eda que accionaba para reducir el vasto aposento de su barriga?<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">La diestra operaci\u00f3n, encoger o aflojar \u2013minuciosamente\u2013 las cintas de una fatigosa faja eran como la de un capit\u00e1n de barco en el momento en que iza o baja las velas del bergant\u00edn que le ha sido encomendado.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Pap\u00e1, cargado de sus riquezas mediterr\u00e1neas, de aceitunas negras relucientes cual botones de viuda, con uvas para dientes de hadas y la ni\u00f1a esmirriada al lado, como un trofeo poco agraciado de su matrimonio, entraba veinte o veinticinco minutos despu\u00e9s a la tienduca de corbatas, medias y camisas para caballeros, de Amelia.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Ella lo recib\u00eda con palmoteos de alegr\u00eda, con la melodram\u00e1tica gimnasia de unos brazos abiertos. La sonrisa de pap\u00e1 era un cordial acantilado de dientes luminosos. No recuerdo si Amelia estaba casada o lo decidi\u00f3 despu\u00e9s. No tiene importancia. De todos modos, su coraz\u00f3n albergaba una extraordinaria comprensi\u00f3n y acceso al mundo masculino. La venta de camisas y corbatas de hombres la maduraron para tales facultades.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Algunas veces me sorprend\u00eda que la ansiedad en los saludos, ese bullicio \u00edntimo de los encuentros entre Amelia y pap\u00e1, dependieran de la visita banal, fortuita y sabatina, a la tienda de art\u00edculos para caballeros. Parec\u00eda injusto que la afectuosa vendedora no formase parte de los invitados a nuestras comidas familiares y que la evidente alegr\u00eda que le deparaba la llegada de pap\u00e1 tuviesen marco y tiempo tan reducidos. Mis ojos de ni\u00f1a lo advert\u00edan: un mutuo regocijo quedaba circunscrito a una esmerada efusi\u00f3n que deb\u00eda buscar apoyo en la astucia de los cari\u00f1os rozados por la fr\u00eda nieve de las monta\u00f1as lejanas.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Amelia pon\u00eda empe\u00f1o en lucir bien ataviada durante las horas que le dedicaba a la tienda. Pero las blusas de raso malva o azul, las faldas de lanilla gris, parec\u00edan envejecer r\u00e1pidamente en su cuerpo. S\u00f3lo la encontraba encantadora, con el corpi\u00f1o rumano de seda blanca, cuajada de alforzas y con acicalada profusi\u00f3n de cintas amarillas, azules, rojas y verdes. \u00a1Qu\u00e9 hermoso hubiera sido ver su entrada a casa, vestida con el corpi\u00f1o rumano, para alg\u00fan inocente \u00e1gape dom\u00e9stico y con el le\u00f1o de los ojos quem\u00e1ndose en oro de afecto, entre ramas verdes! Entonces el amor en Amelia, quiz\u00e1, no se hubiera limitado al abrazo mordido por la similitud de la despedida, desde un tren en marcha hacia rutas remotas. En el \u00e9xtasis de estar en una proximidad a pap\u00e1 (distinto del horario escurridizo y heridor que, de pasada en la tienda, \u00e9l le ofrec\u00eda sabatinamente), acaso, Amelia me hubiera dejado tirar de las multicolores cintas de su atav\u00edo, como si se tratara de la tramoya o tel\u00f3n de un teatro peque\u00f1o y fugitivo.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Berta ten\u00eda instalado su restaurante en una casa larga, una manzana m\u00e1s arriba que la tienda de Amelia. Las mesas estaban colocadas al fondo, en una zona algo empinada a la que se acced\u00eda subiendo tres o cuatro desnudos escalones, no protegidos por las fantas\u00edas de la escena. Pero, para m\u00ed, llegar a esa zona erguida de la casa, era como estar instalada en la sedosa colina de un teatro de c\u00e1mara.\u00a0\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Siempre me qued\u00f3 un sentimiento de frustraci\u00f3n con relaci\u00f3n a estas visitas a Berta. Pap\u00e1 y yo lleg\u00e1bamos en los momentos que estaban teniendo lugar los \u00faltimos preparativos para la comida del mediod\u00eda. En las mesas ya se hab\u00edan colocado grandes platos rebosantes de ensalada de papa, remolacha, cebolla y tomates. Los trozos de lechuga eran verdaderos jardines.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Cuando pap\u00e1 se desped\u00eda de Berta, me parece que perd\u00edamos la funci\u00f3n, el entretenimiento: la presumible actividad de los actores, el sorpresivo instante de los comensales. \u201cHay que irse ya\u201d. Pap\u00e1 miraba la vida en los celosos espejos del apresuramiento. A las doce y media en punto nos esperaba la tirana de mam\u00e1 en el sitio del comedor, con la persiana en alto, reluciente de sol y una fuente repleta de ensalada de picadillos de huevo, papa y cebolla. Es as\u00ed que, en ninguna ocasi\u00f3n, llegu\u00e9 a tropezarme con los comensales de Berta. Nunca com\u00ed en su establecimiento. Un restaurante era aventura prohibida: una magnitud de muy altas olas. Para aproximarse a aguas tan orgullosas, acaso, era necesario hacer una traves\u00eda que se tomaba todo el tiempo de la ni\u00f1ez.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">En la parte baja de la casa estaban las habitaciones donde los hu\u00e9spedes taciturnos encontraban cobijo. Berta ten\u00eda un marido delgado y simp\u00e1tico, con cuerpo de bailar\u00edn que s\u00f3lo usaba para llamar a los actores a escena: golpes leves en las puertas para ofrecer analg\u00e9sicos, llavines de calle, correspondencia procedente de comarcas remotas o difusos recados. De resto pasaba las horas en un rinc\u00f3n, la silla en dif\u00edcil equilibrio contra la pared, detr\u00e1s de las escaleras que conduc\u00edan a las mesas, vigilante perezoso (a cuestas de su delgado cuerpo, el insomnio que florece en las casas de pensi\u00f3n y tambi\u00e9n en los teatros).\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">A veces dejaba rodar por las escaleras el peri\u00f3dico que hab\u00eda tenido entre las manos, mientras murmuraba con voz entrecortada:\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u00a1Ay Leivale! \u00a1Leivale! Dios santo, el \u00fanico entre nosotros que lleg\u00f3 tan alto y no han descansado hasta buscar el \u00faltimo rinc\u00f3n del mundo para matarlo.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Pap\u00e1 me apretaba fuerte, muy dulcemente de la mano, tratando de apaciguar con su sonrisa el infortunio del mundo. Pero una bruma muy triste nublaba la piedra triunfal de su dentadura.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Recuerdo que Bernardo, el marido de Berta, cog\u00eda una servilleta de alguna de las mesas y no era sudor lo que quitaba del rostro. Eran l\u00e1grimas fr\u00e1giles y peque\u00f1as como l\u00e1pices de ni\u00f1o. Al igual que si \u00e9l ya se hubiera servido de la ensalada, sin esperar compa\u00f1\u00eda por parte de los comensales, su nuez de Ad\u00e1n se hinchaba desordenadamente. Como si las espinas de un pescado mal\u00e9fico se le hubieran incrustado en la garganta.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">En este restaurante suspendido como en el sue\u00f1o de una alta terraza, las mesas ven\u00edan cubiertas de un hule que, generalmente, se reserva para muebles de cocina. Yo estaba encantada con el c\u00e1ndido zool\u00f3gico, las dalias escolares, el estampado de hule.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">La peque\u00f1a d\u00e9spota materna nunca supo lo que eran los materiales groseros sobre una mesa. Ahora lo comprendo: para ella prescindir de los manteles blancos almidonados, hubiera sido como renunciar a la nieve de su ciudad natal.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Las veces que se desplegaron manteles blancos en el restaurante de Berta, las huellas del crimen y de la sangre (la salsa de tomate <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">Del Monte<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\"> vertida por comensales negligentes), termin\u00f3 por oscurecerlos. De todas maneras, la due\u00f1a del establecimiento nunca hubiera tenido la paciencia de hojear una revista femenina, para orientarse en el decorado del mobiliario.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Y fue Berta la del triunfo. Brinc\u00f3 sobre las mesas como un caballo de raza por encima de las vallas. No se detuvo en obstinadas delicadezas. A mam\u00e1 la enfermedad la amortajar\u00eda \u2013temprano\u2013 entre sus impolutos manteles de a\u00f1oranzas.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Berta era ligeramente fornida y a su rostro asomaban los gestos de una mundanidad perspicaz y fiera. Los ojos los ten\u00eda vivarachos y fogosos. Era imposible que esas pupilas fueran v\u00edctimas de la miop\u00eda o de cualquier otro padecimiento visual. El carb\u00f3n de lujuria de esa mirada hubiera hecho a\u00f1icos el vidrio de los espejuelos \u00a1Violetas imperiales!\u00a0 Su pelo era un ensortijado bullicioso como el de Imperio Argentina o alguna otra cupletista. Regocijo de negros bucles.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">El garbanzo tranquilo de un lunar, cocido a fuego lento sobre la piel y ubicado entre la nariz y el labio superior, anunciaba beligerantes noticias relativas a una boca grande y brutal que soltaba risas viriles e imprecaciones jocundas a modo de saludo.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">A veces las risas corales, las insolencias guasonas parec\u00edan abandonar un cuerpo tan ocupado en vaivenes de men\u00fa, en coloquios con hu\u00e9spedes poco atractivos, de dientes como una verja herrumbrada. Y, de verdad, que las broncas y fiestas de la altisonante garganta se iban a otro lugar m\u00e1s lejano y libre del cuerpo, se marchaban a los brazos. Las toscas travesuras de Berta recorr\u00edan sus propios miembros superiores hasta llegar a las manos, en un gesto de rozar (de abrazar) a pap\u00e1. S\u00f3lo que ella, en breve plazo, deb\u00eda volver a la cocina por m\u00e1s fuentes de comida, pronto habr\u00edan de llegar los comensales y el aceite y el vinagre se regar\u00edan, entre las mesas, como el incienso en las iglesias. A pap\u00e1 le esperaban los horarios perfectamente gubernamentales de la tirana del hogar.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Acaso porque iba de visitas a un restaurante donde no llegu\u00e9 a atisbar a ninguno de los se\u00f1ores que ven\u00edan por los platos, comenc\u00e9 a tener sue\u00f1os con un comensal que, en medio de los calores torrenciales del mediod\u00eda, entraba todo orondo, trajeado de esmoquin negro y con suav\u00edsimos zapatos de charol. Un hombre de espaldas corpulentas y de maneras galantes, de bigote y sienes encanecidas como el actor Arturo de C\u00f3rdoba.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Hac\u00eda chasquear sus dedos al igual que un timbre de mando y les expresaba a Berta y a su marido:<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u201c\u2013\u00bfVeis mi lujoso traje? S\u00edrvanme. Pero, por el amor de Dios, no m\u00e1s ensalada de papa con remolacha. He triunfado. Es fiesta desde el amanecer. \u00bfQu\u00e9 platos recomiendan para hoy? Que no falte el vino para todos. Para Leivale, nuestro infortunado hermano, tambi\u00e9n. A su memoria. \u00bfDespu\u00e9s de todo, ah Berta, qu\u00e9 somos nosotros? Comercio y memoria. Un \u00faltimo favor: que venga el limpiabotas de la esquina a lustrarme los zapatos. As\u00ed se dar\u00e1n cuenta de que no me arrastro m\u00e1s por las cunetas y las calles. Quiero que todos adviertan que mis zapatos son de charol, de sala de fiesta\u201d.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Berta y Bernardo aparec\u00edan rodeados de mesoneros en ropa tan almidonada, como miembros del ej\u00e9rcito. En homenaje al cort\u00e9s comensal, mi fantas\u00eda se trasladaba al gran sal\u00f3n del restaurante \u201cPar\u00eds\u201d con su comedor vasto como un camposanto. El elegante comensal eleg\u00eda un plato de <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">filet mignon<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Olinda en la zapater\u00eda \u201cOdessa\u201d permanec\u00eda de pie, anfitriona sin fiestas, atenta a la puerta y a las maniobras de la caja registradora. Su pelo era movido por una gorda nube dorada. Reinaba en la tienda con su gracia petulante y virtuosa, vestida con blusa de seda rematada con la excelente caligraf\u00eda de un lazo de ordenado primor, faldas patas de gallo o pr\u00edncipe de Gales. Pero en la tez blanqu\u00edsima, la boca pintada, inesperadamente, de un rojo descarado, era la de una mujer de atrevimientos. Capaz de emplear a fondo la noche como a una casa grande, algo desconocida, tupida de cortinones de terciopelo, rodeada de verjas doradas. Una mansi\u00f3n a la que era necesario dome\u00f1ar, de la que hab\u00eda que adue\u00f1arse en plena juventud y vigor, cuando sobran fuerzas para la acometida y la decisi\u00f3n.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">La rotunda d\u00e9spota casera gimoteaba de despecho cuando ve\u00eda llegar a su ni\u00f1ita con una bolsa que conten\u00eda los zapatos comprados en \u201cOdessa\u201d<\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">. <\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">Tambi\u00e9n sollozaba de amargura, al notar que pap\u00e1 entraba con el paquete de aceitunas y mortadela, adquirido en el comercio donde Lydia despachaba o, con las medias compradas, apresuradamente, en el bazar de Amelia. Pero a mam\u00e1 las visitas a \u00abOdessa\u00bb le tra\u00edan m\u00e1s fastidio.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Olinda, la encargada de \u201cOdessa\u201d, era una mujer lo suficientemente audaz como para haberse embarcado sola a Am\u00e9rica. Las clientes de la tienda (sobre todo en los d\u00edas que hubo una subida en los precios) murmuraban: en La Habana dej\u00f3 plantado al novio que, quiz\u00e1, le habr\u00eda comprado el pasaje del largo viaje. All\u00ed se hab\u00eda dedicado a bailar la rumba y, entre baile y baile, conoci\u00f3 al zapatero ruso art\u00edfice de \u201cOdessa\u201d.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Pero ir donde Olinda era como aficionarse a una amante cara. Por lo que aparecieron los s\u00e1bados en que pap\u00e1 me condujo hasta una zapater\u00eda con menos pretensiones, la de Susana, vecina al mercado.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Susana era voluminosa y grande, pero el \u00e9nfasis en la nariz le ofrec\u00eda caminos ciertos a su figura. Ella misma, sin acudir a los dependientes (de rostros melanc\u00f3licos y vestidos de telas oscuras, como en la celebraci\u00f3n de un sepelio), se sentaba en un peque\u00f1o taburete para probarme los botines. Era generosa, complaciente y diestra. Sus rodillas, jugosas como naranjas reci\u00e9n tra\u00eddas del campo, rozaban sin melindres las piernas de pap\u00e1, mientras disimulaba una lucha ardua con mi calzado.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Pero yo creo que \u00e9l prefer\u00eda a Olinda, la del alto precio, junto a las palomas que encontraron un ma\u00edz perfecto bajo la lazada de una blusa de seda. Esas palomas que la noche de La Habana ech\u00f3 a volar sobre el cuerpo del artesano ruso.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Con el transcurso de los a\u00f1os \u2013al parecer\u2013\u00a0 me he convertido en Lydia, Berta, Olinda y Susana: en momentos de coqueter\u00eda humillante, soy Amelia. Las fugitivas ilusiones de los s\u00e1bados de su juventud, son hoy mis anhelos.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Un hombre afable y t\u00edmido, en rachas breves y afectuosas, corre de su marm\u00f3reo matrimonio a mi casa, azarosa como el naipe que un ciego elige. Y de mi casa casual, otra vez, al m\u00e1rmol fr\u00edo e imponente de su domicilio conyugal donde, a la hora del aperitivo, se nutren de almendras col\u00e9ricas.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Las corredur\u00edas de mi amante son\u00a0 tan r\u00e1pidas y esforzadas para poder estar justamente a tiempo, de regreso al castillo tenebroso de sus bodas que, en la primavera, tropez\u00f3 y tuvo, durante meses, el brazo derecho en cabestrillo. Otra vez \u2013ya era invierno\u2013 se rompi\u00f3 el tal\u00f3n de Aquiles. Una escayola enemiga de la acci\u00f3n y de la aventura (monta\u00f1as de nieve sobre el jard\u00edn, el parque vecino, los senderos amigos), lo tienen arrumbado en el fracasado asiento mon\u00e1rquico de una silla de ruedas.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Adoro en mi amante la exquisitez de sus modales, la excelsa higiene de su cuerpo rociado con agua de colonia <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">Lo\u00ebwe<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">. Por lo dem\u00e1s, estas fracturas son parte de las costumbres de nuestro apasionado amor.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">El volver\u00e1 a m\u00ed, la pr\u00f3xima primavera, cargado de muletas (de valijas de invalidez), dispuesto a perder una u otra pierna, como en una guerra antigua. Porque nunca dejar\u00e1 de correr entre su matrimonio de edredones solitarios y el amor que le ofrecemos Lydia, Amelia, Berta, Olinda y Susana.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: right;\"><span style=\"font-weight: 400;\"><br \/>\nMadrid, 1989<\/span><\/p>\n<h5 style=\"text-align: right;\"><span style=\"font-weight: 400;\">Relato incluido en el volumen de cuentos <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">Homenaje a la estrella<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\"> (2002)<\/span><\/h5>\n<h6><\/h6>\n<h6><span style=\"font-weight: 400;\">Foto: Martin Adams, Unsplash.<\/span><\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Lydia en abril de 1953 fue encerrada en el pa\u00eds remoto de una cl\u00ednica psiqui\u00e1trica y los blancos, amables amaneceres de su uniforme, no volvieron a ser vistos en la tienda de comestibles de Samuel. A Berta le lleg\u00f3 la prosperidad despu\u00e9s de algunos a\u00f1os de alegre ajetreo al frente del restaurante, propiedad de ella [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":5,"featured_media":30672,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_acf_changed":false,"footnotes":""},"categories":[4897],"tags":[4906],"genre":[],"pretext":[],"section":[],"translator":[],"lal_author":[4898],"class_list":["post-30720","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-dossier-elisa-lerner-es","tag-numero-29","lal_author-elisa-lerner"],"acf":[],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/30720","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/users\/5"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=30720"}],"version-history":[{"count":3,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/30720\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":31275,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/30720\/revisions\/31275"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/media\/30672"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=30720"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=30720"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=30720"},{"taxonomy":"genre","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/genre?post=30720"},{"taxonomy":"pretext","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/pretext?post=30720"},{"taxonomy":"section","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/section?post=30720"},{"taxonomy":"translator","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/translator?post=30720"},{"taxonomy":"lal_author","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/lal_author?post=30720"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}