{"id":2867,"date":"2019-02-17T18:01:50","date_gmt":"2019-02-18T00:01:50","guid":{"rendered":"http:\/\/latinamericanliteraturetoday.wp\/2019\/02\/happy-death-william-carlos-williams-marta-aponte-alsina\/"},"modified":"2023-06-06T08:49:13","modified_gmt":"2023-06-06T14:49:13","slug":"happy-death-william-carlos-williams-marta-aponte-alsina","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/2019\/02\/happy-death-william-carlos-williams-marta-aponte-alsina\/","title":{"rendered":"De La muerte feliz de William Carlos Williams de Marta Aponte Alsina"},"content":{"rendered":"<div>\n<style type=\"text\/css\">p.p1 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; line-height: 18.0px; font: 12.0px 'Times New Roman'}<br \/>p.p2 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: right; text-indent: 36.0px; line-height: 18.0px; font: 12.0px 'Times New Roman'; min-height: 15.0px}<br \/>p.p3 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: right; text-indent: 36.0px; line-height: 18.0px; font: 12.0px 'Times New Roman'}<br \/>p.p4 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-indent: 36.0px; line-height: 18.0px; font: 12.0px 'Times New Roman'; min-height: 15.0px}<br \/>p.p5 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-indent: 36.0px; line-height: 18.0px; font: 12.0px 'Times New Roman'}<br \/><\/style>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<\/div>\n<p style=\"text-align: right;\">She is a creature of great imagination. I might say this is her sole remaining quality. She is a despoiled, molted castaway but by this power she still breaks life between her fingers.<\/p>\n<p style=\"text-align: right;\">William Carlos Williams, <i>Kora in Hell: Improvisations<\/i><\/p>\n<p>Tiembla. De un pu\u00f1etazo feroz, hunde las teclas de la m\u00e1quina de escribir. La luz lunar rebota de un lado a otro. El \u00e1tico se inunda de resplandores.<\/p>\n<p>Aquel ay estremecedor volv\u00eda a levantarlas paredes de la casa vieja. En aquel otro tiempo el padre sal\u00eda al pasillo y escup\u00eda una orden seca a los demonios. Gritaban por las bocas de un animal de tres cabezas. La abuela ol\u00eda a sustancias anteriores al cine y a los autom\u00f3viles, incrustadas en el pelo decadente. El t\u00edo Godwin parec\u00eda un monstruo mordiendo sus cadenas. Raquel, la madre escapada de la cama del marido sumaba aullidos al coro de voces par\u00e1sitas en cr\u00e9ole y en espa\u00f1ol.<\/p>\n<p>En una noche de aquel otro tiempo, el padre imparti\u00f3 el latigazo de su autoridad y las voces regresaron al interior de los cuerpos. William Carlos ha practicado el arte del l\u00e1tigo solo entre poetas. En su oficio cotidiano es un virtuoso de la nalgadita seca que provoca el llanto y enciende pulmones. Ha sobado los culitos de miles de reci\u00e9n nacidos agarrados por los tobillos, pero de su voz no sale el grito autoritario del padre.<\/p>\n<p>Cuando escribe es un sol. Es posible seguir escribiendo en el mundo de los animales, al completar las rondas diarias llevando en el malet\u00edn el estetoscopio, las pinzas y las gasas. Ha tatuado tantas p\u00e1ginas que con ellas podr\u00eda empapelar la fachada de la casa, los troncos de los \u00e1rboles, las aceras. Si las alineara una tras otra en una vereda hacia los humedales del r\u00edo Passaic y de ellas se desprendiera una balsa de letras para sortear mares, llegar\u00eda a un pa\u00eds que es otro planeta, ese que solo se deja empapelar en la oreja de un poeta loco.<\/p>\n<p>A\u00f1os atr\u00e1s ocup\u00f3 el espacio del \u00e1tico para pulir sus letras en el silencio de la noche. Y ahora, ante sus ojos, el empapelado de rayas cruzadas se ha convertido en alambre de p\u00faas.<\/p>\n<p>Desfallece. El abismo de la locura de la madre no da se\u00f1ales de cerrarse. Lo persigue al lugar m\u00e1s alejado de la casa.<\/p>\n<p>Con lentitud, reacomoda las varillas de la Underwood. Saca el forro de una gaveta del escritorio y cubre la m\u00e1quina. Se levanta sin enderezar la espalda, apoyando las manos en los bordes de la banqueta. Baja la escalera estrecha, entre la pared del lado del sol naciente y la del cuarto de Raquel, con un paso medido que se opone al desgre\u00f1o de los gritos, cuid\u00e1ndose de no a\u00f1adir ruido. Ya en el rellano del segundo piso, donde est\u00e1n los dormitorios, lo espera Florence cruzada de brazos, en bata y chinelas: el traje de gala. No quiere mirarla ni entrar en conversaciones sensatas con esa pizca de rabia que se muerde el rabo. No quiere mirarla y recordar que ya es el d\u00eda se\u00f1alado para entregar a su madre. Va al encuentro de la otra mujer de la casa.<\/p>\n<p>Se mete de perfil en el dormitorio. Cuando sus rodillas tocan el borde de la cama de pilares, la vieja se alza: el torso enarcado, los brazos al aire, la carita sudorosa, el pelo blanco erizado. Despertar\u00e1 atontada,\u00a0 boqueando en el pantano donde se hunde y al cual, alargando la mano hasta el cuello del hijo, pretende llev\u00e1rselo. \u00c9l vuelve a recordar el grito autoritario del padre, el hombre que, si no supo quererla con la vehemencia que tanta fuerza reclamaba, s\u00ed ten\u00eda una forma resistente de cuidarla y un protocolo de comportamientos dom\u00e9sticos. Ante el cuerpo de la madre, un conocimiento silvestre lo empuja hacia el m\u00e9todo que el viejo les disputaba a las curas parlantes del Dr. Freud.<\/p>\n<p>\u00bfQui\u00e9n habla? \u00bfQui\u00e9n eres?<\/p>\n<p>Quejidos, contorsiones. Se le acerca sabiendo que una vez escuche la voz del hijo no correr\u00e1 peligro de muerte. No conf\u00eda en el hijo, pero respeta al m\u00e9dico que hay en \u00e9l. Moja en Agua de Florida el pa\u00f1uelo que un mec\u00e1nico de autom\u00f3viles guardar\u00eda en el bolsillo trasero del pantal\u00f3n y se lo pasa a la vieja por las sienes. Ella manotea su rechazo, \u00e9l aprieta el pa\u00f1uelo, dejando caer una gotita del perfume en los ojos desorbitados con una delicadeza cruel que lo compensa un poco de estar perdido en los caminos del infierno.<\/p>\n<p>La vieja grita su espanto de ojos lastimados. \u00c9l le refresca las sienes con el pa\u00f1uelo. Acerca una oreja. Cree escuchar la palabra casa. A veces piensa que ya no es posible recibir una imagen viva de aquel cuerpo.<\/p>\n<p>Escuchar y apuntar son h\u00e1bitos. Suele llevar papeles en los bolsillos. Echar a la basura un papelito equivale a despreciar a los humildes. Por m\u00e1s que los hubieran destinado a la esclavitud de los recibos, al dorso estaban en blanco. Un dorso en blanco puede salvarle la vida a un poema. Le parece demasiado solemne el cuaderno de apuntes, casi tan almidonado como T. S. Eliot, el poeta que ha detestado con lealtad.<\/p>\n<p>Desde las cartas que se hab\u00edan cruzado antes de la muerte del padre, cuando \u00e9l era un estudiante de medicina y ella una mujer todav\u00eda deseosa, \u00e9l se dedicaba a consolarla con descripciones apresuradas del d\u00eda y declaraciones de que estaba dispuesto a ser, m\u00e1s que hijo, hermano y amante. Ella se dejaba adorar; el mundo, salvo Par\u00eds y algunos parajes de Mayag\u00fcez, era una porquer\u00eda. Pero se volvi\u00f3 m\u00e1s hura\u00f1a al regreso de aquel verano en la costa. Su mano temblorosa se agotaba en escribir notitas pidiendo dinero con que pagar los impuestos y al carpintero. Pies hinchados, sordera. Rota la corriente de palabras, el hijo y su madre se enfrentan, chocan, sufren.<\/p>\n<p>\u00c9l sabe de palabras, \u00e9l no cesa de intentar consolarla con palabras. Su aprendizaje fue en aquella casa de voces dolientes. Pero las madres no necesitan que los hijos hablen. A las madres no les interesa escucharlos. La madre sabe que los hijos no son del padre, sino suyos. Si son varones alargan el dominio de ella, porque el padre ausente no tiene m\u00e1s potestad sobre sus hijos que la otorgada por la madre. \u00c9l reconoce a veces, en sus propios desamparos, que siempre fue el hijo de las mujeres de la familia. A la madre ni siquiera le interesaba que el hijo conservara sus palabras. Quer\u00eda arrebat\u00e1rselo a las artima\u00f1as de la otra seductora de la familia. La abuela. La madre sabe lo que se trae entre manos el hijo. Una trampa. Quiere escribirla, no porque la quiera, sino para poder quererla. El hijo solo quiere lo que le sale de los dedos a las teclas. El destilado de su insufrible vanidad de optimista.<\/p>\n<p>\u00c9l se sienta en el borde de la cama, acaricia el pelo de la mujer. Ella solloza, habla con los ojos cerrados. Podr\u00eda maldecirlo. Otras madres maldicen a los hijos crueles, pero Raquel no es capaz de olvidar el empaque de su dama interior. En un escenario teatral no sabr\u00eda interpretar la fragilidad de una desvalida com\u00fan. Es una reina expulsada de su reino y sabe pesar cada palabra con una intensidad que la poes\u00eda del hijo envidia. Recoges mis palabras, ni que fueran muestras de excreta, le dice la vieja, que ha liberado en su locura senil un sentido grotesco de la vida. Y lo mira con los ojos bien abiertos, sin parpadear, con la escler\u00f3tica dominando el centro del terror. Cuando \u00e9l se le acerca a tomarle el pulso, ella se levanta sin esfuerzo y le planta en el o\u00eddo un beso ruidoso. Fr\u00edo.<\/p>\n<p>Entonces la inyecta. Despertar\u00e1 tarde, cuando \u00e9l suba con el desayuno y las medicinas. \u00c9l desayunar\u00e1 con Floss. Floss entender\u00e1 que el tema de la madre no forma parte del cereal y las ciruelas fr\u00edas, de las citas, de los pacientes, de la limpieza de la casa, de la decisi\u00f3n inaplazable. Porque ese mismo d\u00eda entregar\u00e1 a su madre cuando los del asilo vengan a buscarla.<\/p>\n<p>Regresa al \u00e1tico. Piensa que escribir\u00e1 \u201cgracias a Dios por la poes\u00eda viva. Es el \u00fanico motivo de satisfacci\u00f3n\u201d. Pero en la calma loca no es posible escribir. El aire no circula. Reorganizado para abrir un espacio sin perder la funci\u00f3n de dep\u00f3sito de sobrantes familiares, el \u00e1tico sigue repleto de ba\u00fales, cajas de cart\u00f3n, muebles desencolados, \u00e1lbumes de fotos, marcos. Se siente ni\u00f1o en el refugio del \u00e1tico. Le averg\u00fcenza, en momentos de debilidad, la ambientaci\u00f3n pueril. La idea de morirse de repente, sin antes recoger sus juguetes. Ha decorado las paredes con cartulinas: avisos de exposiciones, tarjetas postales con vistas de Par\u00eds o del campo ingl\u00e9s, enviadas por el poeta loco \u2013 \u00a1cabr\u00f3n, aqu\u00ed es donde tendr\u00edas que estar! \u2013. El poeta loco nunca tuvo problemas de identidad. Era hijo de una arist\u00f3crata y nieto de un aventurero. Ezra Pound. En el nombre llevaba la raza. En cambio, \u00bfqu\u00e9 raza lleva el nombre de William Carlos?<\/p>\n<p>El \u00e1tico es el lugar de la locura femenina, pero para William Carlos, que es mujer solo en parte, es la habitaci\u00f3n propia que rescat\u00f3 y mantiene. Mientras \u00e9l escribe, sus hijos combaten. Abre la ventana que da al jard\u00edn, se consuela saludando las ramas altas del arce, respira el aire fr\u00edo. Se toma el pulso. Ya es tarde para alargar la parte negra del d\u00eda en los comienzos del siguiente. Se acuesta en el piso, mirando el \u00e1rbol. Era joven cuando compraron la casa y se ve menos gastado que \u00e9l, porque no se enfrenta con la misma urgencia al placer y al espanto.<\/p>\n<p>Desde aquellas noches fue la poes\u00eda. Naci\u00f3 vestida de terrores. Le ha costado, cuando escribe, deshacerse de esa carga. Tambi\u00e9n ha pagado el precio de la compasi\u00f3n que le inspira la m\u00fasica de las palabras d\u00e9biles, esos gatitos enfermos que exigen la vida que no merecen. Anota palabras, no podr\u00eda dar un paso sin llevarlas a la tinta. Persigue una poes\u00eda que no se contenta con ser lo radicalmente hermosa que es, como si el cuerpo m\u00e1s agraciado del mundo no se resignara a la belleza y prefiriera vestir andrajos. Anota las voces de cuanto le rodea: de las casas de los pobres en sus cortinas, pisos sucios, vasos rotos, olores e infamias; de las flores cuyo suelo nutricio ha visto desaparecer ahogado por desperdicios que ti\u00f1en el r\u00edo de colores venenosos, a lo largo de una vida que ha tenido el pie del nacimiento por all\u00e1 lejos, cuando no exist\u00edan ni la luz el\u00e9ctrica en cada hogar ni el autom\u00f3vil que ahora lo transporta casi a la velocidad con que lo invaden las palabras. Pero hay voces invencibles y tambi\u00e9n ha sabido dejarlas en paz.<\/p>\n<p>No quisiera saberlo, pero sabe que Raquel, la madre, ese cuerpo desordenado por los esp\u00edritus, es lo m\u00e1s cercano al contacto po\u00e9tico.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>She is a creature of great imagination. I might say this is her sole remaining quality. 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