{"id":28534,"date":"2023-12-01T08:03:31","date_gmt":"2023-12-01T14:03:31","guid":{"rendered":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/?p=28534"},"modified":"2024-03-24T01:49:39","modified_gmt":"2024-03-24T07:49:39","slug":"un-fragmento-de-debimos-ser-felices","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/2023\/12\/un-fragmento-de-debimos-ser-felices\/","title":{"rendered":"Un fragmento de Debimos ser felices"},"content":{"rendered":"<p><span style=\"font-weight: 400;\">Antes de que yo naciera, mi madre ya hab\u00eda escrito una nota de suicidio. La tarde en que la le\u00ed, est\u00e1bamos en su casa y yo ten\u00eda m\u00e1s de veinte a\u00f1os. Ella miraba un documental sobre los fenicios. Yo revisaba una libreta que acababa de encontrar en una caja de madera, donde hab\u00eda cartas y documentos viejos. La libreta, que era de su \u00e9poca de estudiante de literatura, ten\u00eda anotaciones de sus clases, n\u00fameros de tel\u00e9fonos, poemas de amor. En las \u00faltimas hojas, encontr\u00e9 la nota. La le\u00ed en silencio y algo confundida, le dije:<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Mam\u00e1, mir\u00e1 lo que encontr\u00e9.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><span style=\"font-weight: 400;\">***<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Mediante gestos, yo alimentaba osos de peluche y mu\u00f1ecos brillantes, articulados. Con crayones azules pintaba las hojas blancas. Mec\u00eda animales de tela, mu\u00f1ecas de pl\u00e1stico negro. Entonces no pod\u00eda imaginarme qui\u00e9n era, de verdad, mi madre. Para m\u00ed, ella se parec\u00eda a cualquier otra: llevaba el pelo corto, preparaba caramelos con jugo de lim\u00f3n y az\u00facar, pronunciaba suavemente el nombre de ciertas plantas. Con sus labios finos me dec\u00eda: este es el color rojo, este es el n\u00famero cuatro. Me dec\u00eda: esto es un barco de papel, una langosta, una semilla, un dado, una cicatriz.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><span style=\"font-weight: 400;\">***<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Si la historia tuviera un comienzo, podr\u00eda ser este: mi abuela se cas\u00f3 con Amantino el 20 de julio de 1946. Al d\u00eda siguiente se mudaron a un rancho de adobe con techo de chapa, ubicado en un campo de Buena Uni\u00f3n, al norte del departamento de Rivera. Viv\u00edan a cuarenta kil\u00f3metros de Brasil y a m\u00e1s de cuatrocientos de Montevideo. Mi abuela qued\u00f3 a cargo de la casa, \u00e9l de la tierra y los animales. Ella ten\u00eda veintitr\u00e9s a\u00f1os cuando se cas\u00f3 con Amantino, su primo hermano.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><span style=\"font-weight: 400;\">***<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Un a\u00f1o despu\u00e9s naci\u00f3 mi madre. Dos a\u00f1os despu\u00e9s, Braulio, y el tercer hijo, Ernesto, lleg\u00f3 al quinto a\u00f1o. El d\u00eda del casamiento, llov\u00eda. Mi abuela siempre repiti\u00f3 que esa lluvia, la que ca\u00eda mientras se casaba con el \u00fanico hombre de su vida, hab\u00eda sido un mal augurio.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><span style=\"font-weight: 400;\">***<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Sobre el verde que rodeaba el rancho hab\u00eda:<\/span><\/p>\n<p style=\"padding-left: 40px;\"><span style=\"font-weight: 400;\">Naranjos, n\u00edsperos y manzanos para cosechar.<br \/>\n<\/span><span style=\"font-weight: 400;\">Sand\u00edas, zapallos y papas para comerciar.<br \/>\n<\/span><span style=\"font-weight: 400;\">Gallinas, cerdos y vacas para cuidar y matar.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><span style=\"font-weight: 400;\">***<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Mi madre tuvo una yegua que llam\u00f3 Cumparsita. Le puso un nombre tanguero porque naci\u00f3 un 2 de febrero, como Julio Sosa. Ten\u00eda el pelaje casta\u00f1o y una mancha blanca que le empezaba encima de los ojos y terminaba en la nariz, como si le estuviera cayendo un chorro de leche desde la frente. Era ind\u00f3mita: si se pon\u00eda nerviosa amagaba a tirarse contra los alambrados. Mi madre se le acercaba y le susurraba tranquila, tranquila, y le hac\u00eda el mismo ruido, imagino, que me hace a m\u00ed cuando quiere silencio, como si de su boca estuviera cayendo agua.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><span style=\"font-weight: 400;\">***<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Cuando el sol desaparec\u00eda, el trabajo acababa y la l\u00e1mpara de queroseno doraba el piso de tierra, los muebles de madera de pino, el cristalero con copas distintas. A la hora de la cena, los ni\u00f1os com\u00edan acodados sobre el mantel de hule los guisos de mi abuela. No era necesario hablar. Amantino prend\u00eda la radio para tapar el silencio de la noche y suavizar los ladridos de Cuidado, el perro que deambulaba afuera.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><span style=\"font-weight: 400;\">***<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">El paisaje era tan vasto que empeque\u00f1ec\u00eda las cosas de adentro. Con el tiempo hasta el rancho se achic\u00f3. El peso de las chapas del techo lo fue aplastando, hundiendo a los cinco cada vez m\u00e1s dentro de la tierra.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><span style=\"font-weight: 400;\">***<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Suelo recordar a mi madre sentada: de piernas cruzadas, hablando por tel\u00e9fono en el sof\u00e1; un poco encorvada, cosi\u00e9ndole rodilleras a mis pantalones; frente a la tele mirando novelas brasileras, noticias a las ocho de la noche; concentrada, anotando en los m\u00e1rgenes de sus libros; acomodada frente a m\u00ed, con los ojos fijos en el damero, comi\u00e9ndome una ficha y despu\u00e9s ri\u00e9ndose.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><span style=\"font-weight: 400;\">***<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Para Amantino sus hijos nunca tuvieron nombre.<\/span><\/p>\n<p style=\"padding-left: 40px;\"><span style=\"font-weight: 400;\">Ernesto era el rengo.<br \/>\n<\/span><span style=\"font-weight: 400;\">Braulio, el pajero.<br \/>\n<\/span><span style=\"font-weight: 400;\">Mi madre, la loca.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><span style=\"font-weight: 400;\">***<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Ernesto coje\u00f3 a partir de los cinco a\u00f1os, desde que tuvo polio y se le deform\u00f3 la columna.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Braulio, a los seis, sufri\u00f3 sus primeras convulsiones de epilepsia.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Mi madre, a los diecisiete, crey\u00f3 por primera vez que vivir no val\u00eda la pena.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><span style=\"font-weight: 400;\">***<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Mam\u00e1&#8230; mam\u00e1, susurro.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Ella est\u00e1 quieta, acurrucada en la cama. Sospecho que tiene los ojos cerrados. Volvi\u00f3 hace poco de dar clases, me salud\u00f3 con un beso y me pregunt\u00f3 c\u00f3mo estaba. Almorz\u00f3 tallarines sin calentar y se acost\u00f3 en la cama de dos plazas a dormir la siesta. Mientras tanto, juego a lo de siempre: que soy veterinaria y curo a Zul\u00fa, a Bresler, a Mimi y al resto de mis perros de peluche. Con mucho cuidado, les doy remedios y leche, los peino y los pongo a descansar en el sill\u00f3n del <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">living<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Cuando termino de curarlos a todos, me acerco al umbral del cuarto. Mi madre es un bulto sobre la cama, al costado de una cartera entreabierta. La llamo, pero no contesta. Desde donde estoy, distingo el borde de su agenda y la bolsita blanca donde guarda las tizas y el borrador.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Mam\u00e1&#8230; mam\u00e1, susurro, pero ella no responde.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><span style=\"font-weight: 400;\">***<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Tres veces viv\u00ed en la misma calle de Montevideo. A los pocos d\u00edas de haber nacido, me llevaron a un apartamento de dos cuartos en Magallanes y Mercedes, donde cada madrugada escuchaba las sirenas del cuartel de bomberos. Tres veces viv\u00ed en Magallanes, que baja hacia el sur, donde muere la tierra frente al mar herrumbrado. Tres veces viv\u00ed, como si fueran distintas, bajo la sombra de sus pl\u00e1tanos y sus luces de sodio que apenas alumbraban la noche.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><span style=\"font-weight: 400;\">***<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Amantino dorm\u00eda con un rev\u00f3lver bajo la almohada, un Smith and Wesson calibre 38. Lo utiliz\u00f3 en ciertas ocasiones: para afinar la punter\u00eda tirando contra un par de latas, para ense\u00f1arle a mi madre c\u00f3mo disparar, para apuntarlo, un d\u00eda, contra la frente de mi abuela.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><span style=\"font-weight: 400;\">***<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Cuando Ernesto ten\u00eda doce a\u00f1os, mi abuela lo llev\u00f3 a Montevideo, al Hospital de Cl\u00ednicas, para tratar de enderezarlo. Lo devolvieron al rancho de Buena Uni\u00f3n con el cuerpo enyesado: durante los seis meses siguientes, intent\u00f3 calmar los picores que sent\u00eda bajo el yeso rasc\u00e1ndose con agujas de tejer. El procedimiento no sirvi\u00f3 de mucho: al poco tiempo, volvi\u00f3 a doblarse. A\u00f1os antes, le hab\u00edan operado los ojos negros, estr\u00e1bicos, pero tampoco hab\u00eda servido. Amantino no siempre le dec\u00eda <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">el<\/span><\/i> <i><span style=\"font-weight: 400;\">rengo<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">, a veces lo llamaba <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">el<\/span><\/i> <i><span style=\"font-weight: 400;\">bizco<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><span style=\"font-weight: 400;\">***<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">En las noches, mi madre va hasta mi cama y me acaricia la cabeza. En un susurro, como si apenas quisiera que la escuchara, me canta:<\/span><\/p>\n<p><i><span style=\"font-weight: 400;\">Hab\u00eda una vez un lobito bueno,<br \/>\n<\/span><\/i><i><span style=\"font-weight: 400;\">al que maltrataban todos los corderos.<br \/>\n<\/span><\/i><i><span style=\"font-weight: 400;\">Hab\u00eda tambi\u00e9n un pr\u00edncipe malo,<br \/>\n<\/span><\/i><i><span style=\"font-weight: 400;\">una bruja hermosa y un pirata honrado.<\/span><\/i><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Pasa su mano sobre mi oreja y siento un ruido casi marino, como una ola que vuelve a mis o\u00eddos una y otra vez.<\/span><\/p>\n<p><i><span style=\"font-weight: 400;\">Todas esas cosas hab\u00eda una vez<br \/>\n<\/span><\/i><i><span style=\"font-weight: 400;\">cuando yo so\u00f1aba un mundo al rev\u00e9s.<\/span><\/i><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><span style=\"font-weight: 400;\">***<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Un mediod\u00eda, mi abuela picaba cebolla, mientras Cuidado, el cusco marr\u00f3n de patas cortas, daba vueltas por la cocina. Mi madre llevaba a Ernesto y Braulio de la mano. Mi abuela le hab\u00eda encargado cuidar a Amantino, porque durante la ma\u00f1ana hab\u00eda dicho:<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Hoy me mato.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Mi madre, de ocho a\u00f1os, lo persigui\u00f3 por el comedor, lo vigil\u00f3 a la altura de su cintura, estuvo detr\u00e1s de \u00e9l cuando entr\u00f3 al galp\u00f3n del fondo, sac\u00f3 una cuerda de entre las herramientas, camin\u00f3 hasta un \u00e1rbol y la enganch\u00f3 a la rama. Entonces, mi madre apret\u00f3 la mano de sus hermanos y con la vista fija en su padre, empez\u00f3 a aullar:<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u00a1Mam\u00e1, mam\u00e1, mam\u00e1!<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><span style=\"font-weight: 400;\">***<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">La ciudad de Rivera le debe su nombre a un genocida. En abril de 1831 el coronel Bernab\u00e9 Rivera cit\u00f3 a decenas de charr\u00faas en el coraz\u00f3n del pa\u00eds, a orillas del arroyo Salsipuedes. Siguiendo las instrucciones de su t\u00edo, el primer presidente de Uruguay, les dijo que quer\u00eda convocarlos para recuperar ganado al sur de Brasil, pero una vez all\u00ed, los asesin\u00f3 con la ayuda de una tropa de m\u00e1s de mil hombres. A las mujeres y ni\u00f1os los vendieron como esclavos en Montevideo. A los charr\u00faas que escaparon, Rivera los persigui\u00f3 durante meses hasta que lo tomaron como reh\u00e9n en una batalla. Se dice que le cortaron la nariz, que le arrancaron las venas del brazo derecho y que con ellas envolvieron la lanza del primero que lo hab\u00eda herido. Despu\u00e9s, hundieron su cara en un pozo con agua.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><span style=\"font-weight: 400;\">***<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">En la cara de mi madre todo era suave: su nariz era chica, puntiaguda, y sus cejas imperceptibles. Sus labios eran finos y rectos, y hab\u00eda cierta belleza en eso, en que su boca fuera como una ranura, como un buz\u00f3n donde uno pudiera dejar mensajes. De ni\u00f1a ve\u00eda sus brazos cargar kilos de arroz y fideos, botellas de agua mineral y macetas con malvones desde la feria. Por ese entonces, a\u00fan ten\u00eda la barriga suave debajo de los vestidos y de las blusas floreadas que compraba en tiendas de segunda mano.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><span style=\"font-weight: 400;\">***<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">A mi madre le gustaba perseguir gallinas y serpientes, pescar mojarritas en el arroyo, esconderse entre las plantas de hinojo, canturrear tangos frente al espejo de mi abuela. Le gustaba, sobre todo, aparecer en el comedor cuando estaban todos, tomar un sorbo de agua y empezar a tambalearse de un lado a otro, choc\u00e1ndose contra las paredes como si estuviera borracha, mientras sus hermanos se mor\u00edan de la risa. Incluso Amantino se re\u00eda del descaro con que balbuceaba frases sin sentido, con que revoleaba los ojos y ca\u00eda desplomada sobre una silla.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><span style=\"font-weight: 400;\">***<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Por las sonrisas de mis padres, por el entusiasmo con el que se acercan, s\u00e9 que detr\u00e1s de su espalda esconden mi regalo de cumplea\u00f1os. Sin decir nada, me ponen en las manos una caja de sandalias Azaleia. Me desilusiono un poco porque son sandalias y porque no est\u00e1n envueltas en papel de regalo, pero cuando abro la caja se levanta hacia m\u00ed una cabeza con una nariz como dos pinchazos y unos ojos negros y chiquitos que son de tortuga pero parecen de p\u00e1jaro.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><span style=\"font-weight: 400;\">***<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">En realidad, mi abuela qued\u00f3 embarazada cuatro veces.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Poco despu\u00e9s de que naci\u00f3 mi madre \u2013una ni\u00f1a rubia, de ojos verdes\u2013 y antes de Braulio, entibi\u00f3 a otro hijo adentro de su vientre. Mi madre ten\u00eda doce a\u00f1os cuando escuch\u00f3, por \u00fanica vez, hablar sobre ese aborto. Mi abuela se lo cont\u00f3 como solo puede contarse algo as\u00ed: sin dar detalles.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">El resumen es este: mi madre tiene dos hermanos, otro que no naci\u00f3 y dos m\u00e1s \u2013un hombre, una mujer\u2013 que no conoci\u00f3 nunca.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><span style=\"font-weight: 400;\">***<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Mi padre remoja una camiseta blanca en un balde con agua y cloro. Encaramado a la escalera, protegi\u00e9ndose las manos con guantes de goma, limpia los hongos del techo. Las ventanas est\u00e1n abiertas y los muebles despegados de las paredes, como si una fuerza los hubiera atra\u00eddo hacia el centro del <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">living<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">. El espejo grande est\u00e1 apoyado en el piso y por primera vez refleja mis piernas flacas, mi pantal\u00f3n verde manchado de mermelada. Podr\u00eda irme a mi cuarto, protegerme de este olor fuerte, casi picante, y del fr\u00edo del invierno, pero me quedo mirando la estela blanca que queda detr\u00e1s del trapo, el movimiento que borra los lunares del techo.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Creo que todas las paredes del mundo son como las de mi casa, que todos los padres, a veces, se suben a una escalera para blanquearlas. No s\u00e9 todav\u00eda que hay algo en este apartamento, en esta ciudad, que hace que todo se eche a perder m\u00e1s r\u00e1pido: el az\u00facar, las galletas, las paredes, los huesos, los pulmones.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><span style=\"font-weight: 400;\">***<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">El juego era sencillo: cada uno sal\u00eda por turnos a disparar al campo, mientras el resto esperaba adentro del rancho. El blanco lo eleg\u00eda cada jugador: pod\u00eda ser un palo, una lata o la fruta de un \u00e1rbol. Esa vez, Amantino fue el primero en salir. Llevaba un reloj en la mu\u00f1eca, un pantal\u00f3n oscuro, una camisa a rayas y por debajo dos camisetas que, a pesar del calor, usaba para verse m\u00e1s fornido. Odiaba parecer un hombre flaco. Con pasos firmes y su rev\u00f3lver cargado, enfil\u00f3 hacia atr\u00e1s de la casa, mientras Braulio y mi madre, los otros jugadores, lo miraban desde la ventana. Amantino apunt\u00f3 hacia lo alto y dispar\u00f3. Una manzana se despedaz\u00f3 en el aire.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><span style=\"font-weight: 400;\">***<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Despu\u00e9s sali\u00f3 mi madre con una escopeta de aire comprimido. Llevaba el pelo corto, un <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">jean<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\"> gastado y un <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">soutien<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\"> rosado \u2013uno de los primeros que usaba\u2013 que se trasluc\u00eda debajo de su camiseta blanca. Se alej\u00f3 de la casa, mirando hacia todos lados. Se fij\u00f3 en un \u00e1rbol y apunt\u00f3 con firmeza, imitando la postura de su padre. Inm\u00f3vil, con la mirada afilada, sinti\u00f3 el peso del arma, la adrenalina antes del disparo. Apret\u00f3 el gatillo. De una rama se desplom\u00f3 un benteveo. Mi madre sigui\u00f3 petrificada, como si a\u00fan no hubiera disparado. Luego dio la vuelta hacia la casa y camin\u00f3 sin mirar atr\u00e1s, d\u00e1ndole la espalda al pecho amarillo del p\u00e1jaro que apuntaba al cielo.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><span style=\"font-weight: 400;\">***<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Solo una calle. Eso es lo que separa Rivera de la ciudad brasilera Santana do Livramento. Para llegar desde Montevideo hay que viajar seis horas hacia el norte y pasar frente a su cementerio, frente a sus paredones altos, algo azulados durante la noche. Si uno se adentra por la calle Anoll\u00e9s, por sus hileras de casas sin antejard\u00edn, de techos bajos y rectos, ver\u00e1 en una esquina una casa color salm\u00f3n con celos\u00edas blancas, rozada por la sombra de una acacia.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">La casa tiene pisos de madera que crujen al pisarlos, un reloj cuc\u00fa, frascos de vidrio con especias, un televisor a todo volumen que destella programas brasileros y una cotorra verde, con un ala cortada, que da pasos cortos en un patio min\u00fasculo. En esa, la casa de la calle Anoll\u00e9s, la que est\u00e1 casi cay\u00e9ndose del pa\u00eds, es donde mi abuela vivi\u00f3 sola por primera vez.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><span style=\"font-weight: 400;\">***<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Una madrugada, Amantino llam\u00f3 a mi madre desde su cuarto. Ella, medio dormida, sobresaltada, camin\u00f3 hasta la cama donde estaba acostado junto a mi abuela. \u00c9l la hizo sentarse a su lado y le cont\u00f3 sin pre\u00e1mbulos que ella ten\u00eda dos hermanos, dos hijos que tuvo antes de casarse. Le habl\u00f3 de la carta. Le dijo que ellos le hab\u00edan escrito pidiendo que los reconociera, pero que \u00e9l los ignor\u00f3, porque sus verdaderos hijos eran ellos. El rengo, el pajero, la loca.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">No hay que andar desparramando el apellido, le dijo, y nunca m\u00e1s volvi\u00f3 a hablar del tema.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><span style=\"font-weight: 400;\">***<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">No me doy cuenta si es cielo o mar. Sostengo una pieza de <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">puzzle<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\"> celeste, le doy vueltas en mi mano, le paso el dedo por los bordes. A veces interrumpo a mi madre, que mira el informativo a mi lado, para preguntarle si las piezas ir\u00e1n por encima o por debajo de los barcos.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Un ni\u00f1o de siete a\u00f1os est\u00e1 desaparecido desde ayer en el norte de Montevideo. Levanto la vista hacia la televisi\u00f3n. Un polic\u00eda dice que no hay pistas, pero est\u00e1n rastrillando la zona junto a familiares y vecinos. La madre del ni\u00f1o llora. Tiene el pelo largo, los ojos hinchados, y una camiseta vieja a rayas rojas y blancas. Dice hacia la c\u00e1mara: necesito encontrarlo, por favor. Es muy chiquito, por favor.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Sigo dando vueltas la pieza en mi mano. Ya no quiero preguntarle a mi madre d\u00f3nde va. Ella sigue mirando la televisi\u00f3n, ahora con la boca m\u00e1s ca\u00edda y cansada. Trato de encajar la pieza en el mar. No puedo. Intento m\u00e1s all\u00e1 y tampoco. Pruebo m\u00e1s arriba y el cielo se ensancha.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><span style=\"font-weight: 400;\">***<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Se acercaba la tormenta. Las nubes, como un algod\u00f3n sucio, cubr\u00edan todo el cielo. Braulio galopaba sobre el lomo negro de Camb\u00e1, a contramano de un viento que castigaba a los \u00e1rboles. A sus once a\u00f1os no conoc\u00eda el mar, pero se imaginaba que deb\u00eda sonar as\u00ed: como el viento azotando en oleadas las altas hojas. De pronto, sinti\u00f3 un gusto met\u00e1lico. Se tir\u00f3 del caballo, sabiendo lo que ven\u00eda, y se retorci\u00f3 con la espalda contra la maleza y los ojos blancos apuntando hacia el cielo blanco. Cuando volvi\u00f3 en s\u00ed, Camb\u00e1 segu\u00eda quieto a su lado. Durante la mitad de su vida hab\u00eda sufrido de ataques de epilepsia que lo hab\u00edan derribado sobre el piso o la maleza, que hab\u00edan obligado a mi abuela a arrodillarse y destrabarle la lengua con los dedos. Tres a\u00f1os despu\u00e9s, Braulio se cur\u00f3. A causa de la edad, seg\u00fan los m\u00e9dicos, y por la gracia de Dios, seg\u00fan mi abuela.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><span style=\"font-weight: 400;\">***<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">En los veranos, cuando visito la casa de Anoll\u00e9s, me mandan a dormir sola en el cuarto m\u00e1s chico, que da hacia la calle y tiene un retrato grande colgado en la pared, un retrato en blanco y negro de un anciano: un pariente lejano, decr\u00e9pito, que para mostrarlo erguido en la foto lo ataron al respaldo de una silla.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">El silencio absoluto de la noche se raja por el ruido potente, horizontal, de una moto que pasa. A la misma altura de mi cama, antes de cerrar los ojos, veo una mu\u00f1eca antigua, enorme, de ojos duros y perversos.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><span style=\"font-weight: 400;\">***<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Amantino no sab\u00eda de d\u00f3nde diablos hab\u00eda salido ese crucifijo que colgaba sobre su cama de matrimonio y que durante las noches de insomnio lo obligaba a cruzar la mirada con Jes\u00fas. Mientras daba vueltas en calzoncillos, alumbrado por la l\u00e1mpara de queroseno, repasaba en su mente las \u00f3rdenes que al otro d\u00eda dar\u00eda a Braulio y a los peones. En alg\u00fan momento mi abuela despertaba y le extend\u00eda una mano. En ella anidaba, como a un animalito, una pastilla blanca. \u00c9l la tragaba sin agua, con un golpe hacia atr\u00e1s de la cabeza. Despu\u00e9s se recostaba sobre la almohada, sobre el arma corta que hab\u00eda debajo, y dorm\u00eda hasta el mediod\u00eda.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">A Amantino le perturbaba que Jes\u00fas inclinara su cara ag\u00f3nica hacia \u00e9l. Siempre crey\u00f3 que eran de mal augurio tres cosas: los tangos de Gardel, que no dejaba que nadie escuchara; los sombreros blancos, que nunca usaba; y ese crucifijo que nunca se atrevi\u00f3 a descolgar.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><span style=\"font-weight: 400;\">***<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">A los diecisiete a\u00f1os, mi madre sinti\u00f3 por primera vez en su vida unas ganas brutales y distintas de llorar. Llor\u00f3 en su cama, sin poder levantarse, sin entender por qu\u00e9 lloraba.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><span style=\"font-weight: 400;\">***<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">En la casa de Anoll\u00e9s me paso las tardes masticando caramelos brasileros. Las pocas palabras que s\u00e9 en portugu\u00e9s las aprend\u00ed de sus envoltorios: <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">abacaxi<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">, <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">morango<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">, <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">p\u00eassego<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">. Suelo rasparme el paladar con esos dulces baratos mientras las manos de las se\u00f1oras \u2014mi madre, mi abuela, mis t\u00edas\u2014 preparan postres almibarados, tejen, cosen, pintan servilletas, repasadores y pa\u00f1uelos de tela.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Al mediod\u00eda, almorzamos los animales que Braulio trae de Buena Uni\u00f3n y el sabor de la carne asada se mezcla, a intervalos, con buches azucarados de guaran\u00e1. A la hora de la siesta, detr\u00e1s de las cortinas cerradas, la luz del sol se desparrama y la ciudad se vuelve demasiado blanca para mis ojos. Durante la tarde, se reavivan los colores y a m\u00ed me sorprende el perfume de mis primos, el olor a pelo limpio de los ni\u00f1os reci\u00e9n ba\u00f1ados.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><span style=\"font-weight: 400;\">***<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">El hombre mayor que la trataba suavemente le recet\u00f3 a mi madre los primeros medicamentos y le dijo algo que la marc\u00f3 para siempre: que su angustia, as\u00ed como las enfermedades de sus hermanos, hab\u00eda sido causada por el incesto de sus padres. En el fondo, le dijo, era eso: un castigo que se hab\u00eda autoimpuesto de forma inconsciente.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Cuando me lo cont\u00f3, d\u00e9cadas despu\u00e9s, me pareci\u00f3 una idea curiosa, pero con los a\u00f1os not\u00e9 que se hab\u00eda convertido en una especie de defensa y de destino, y me pareci\u00f3 tremendamente est\u00fapida. Ella dec\u00eda que el tema era dif\u00edcil de dejar atr\u00e1s y en eso s\u00ed ten\u00eda raz\u00f3n: sus apellidos id\u00e9nticos la hab\u00edan obligado a dar explicaciones durante toda su vida.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><span style=\"font-weight: 400;\">***<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Desplegamos los vasos y los platos sobre la cama de dos plazas. A veces, mi madre no se levanta de la siesta y con mi padre vamos al cuarto para cenar con ella. Yo escribo progresiones de n\u00fameros para la escuela, de dos en dos, de tres en tres, hasta que llegan las empanadas fritas de at\u00fan que los tres devoramos mientras en la tele pasan series alemanas como <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">El<\/span><\/i> <i><span style=\"font-weight: 400;\">viejo<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">, series inglesas de Agatha Christie, documentales sobre ciervos y cebras que mueren despedazados bajo el peso de manadas de leones, mientras yo pregunto: mam\u00e1, pap\u00e1, por qu\u00e9 los que filman se quedan quietos, por qu\u00e9 no los salvan, por qu\u00e9, d\u00edganme, dejan morir as\u00ed a esos pobres animalitos.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><span style=\"font-weight: 400;\">***<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">De ni\u00f1a, mi madre quer\u00eda ser domadora de caballos o cantante de tangos, pero a los diecisiete a\u00f1os decidi\u00f3 estudiar literatura. Para su cumplea\u00f1os de quince, una t\u00eda le hab\u00eda regalado <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">Ant\u00edgona<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\"> y a ella le hab\u00eda impresionado la lealtad a su hermano muerto, su destino de sepultada viva. Desde entonces, aunque no las entend\u00eda del todo, hab\u00eda rele\u00eddo varias tragedias griegas.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">A mi abuela y a Amantino les extra\u00f1\u00f3 su decisi\u00f3n, e incluso los decepcion\u00f3 un poco, pero no le dijeron nada. Al a\u00f1o siguiente, mi madre viaj\u00f3 sola a Montevideo. Como apenas pod\u00edan enviarle dinero, se instal\u00f3 en un pensionado de un colegio de monjas donde trabajaba como recepcionista de ocho a dos de la tarde.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><span style=\"font-weight: 400;\">***<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Ernesto se convirti\u00f3 en m\u00e9dico.<br \/>\n<\/span><span style=\"font-weight: 400;\">Braulio, un hombre de campo.<br \/>\n<\/span><span style=\"font-weight: 400;\">Mi madre, en profesora de literatura.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Ernesto lleg\u00f3 a ser director del Hospital de Minas de Corrales, una villa minera de Rivera conocida como la capital del oro.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Braulio, durante toda su vida, se estrope\u00f3 las manos cortando madera, sand\u00edas y zapallos, enterr\u00e1ndolas en la tierra y en el pelaje de los animales.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Mi madre, en liceos de Montevideo, les habl\u00f3 a los adolescentes sobre Shakespeare y Baudelaire, sobre L\u00edber Falco y Lautr\u00e9amont, y durante d\u00e9cadas acumul\u00f3 libros y, encima de ellos, polvo y marcadores fluorescentes.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><span style=\"font-weight: 400;\">***<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Mi madre me acaba de llamar para que vea, a trav\u00e9s de la puerta de vidrio, el gato que cay\u00f3 de la azotea. Est\u00e1 en el centro de nuestra terraza, lami\u00e9ndose el cuerpo gris\u00e1ceo entre las flores rosadas, impecables, de nuestros malvones. Es uno de los primeros gatos que veo de cerca y me sorprende su ojo entrecerrado, lastimado, como si hubieran querido arranc\u00e1rselo. Lo vigilo durante minutos, por detr\u00e1s de la mancha de vaho que voy dejando sobre la puerta.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Salgamos, dice mi madre.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Cuando nos acercamos el gato desconf\u00eda, pero no se mueve. Yo tambi\u00e9n desconf\u00edo. Ella toma mi mano min\u00fascula y me hace pasarla por su pelaje.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u00bfVes? As\u00ed se acaricia a un animal, me dice.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">El gato tensa el cuerpo, gira la cabeza, me mira con una sola pupila vertical.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><span style=\"font-weight: 400;\">***<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Una ma\u00f1ana, mi abuela salud\u00f3 con la mano a un militar que pas\u00f3 a caballo frente al rancho. Amantino, fuera de s\u00ed, fue a su cuarto, sac\u00f3 la Smith &amp; Wesson de abajo de su almohada y la apret\u00f3 contra la frente tibia de mi abuela. Desde hac\u00eda tiempo \u00e9l cre\u00eda que, de tanto verlo pasar, ella se hab\u00eda enamorado de ese hombre uniformado, serio pero amable, que le devolv\u00eda el saludo con un gesto. Esa misma tarde, mi abuela huy\u00f3 del rancho. En un par de minutos guard\u00f3, casi sin mirar, algunos vestidos, dos pares de zapatos, un perfume, las medallitas. A los sesenta a\u00f1os resumi\u00f3 su vida en una valija. Con ella viaj\u00f3 hasta la calle Soriano, en Montevideo, donde viv\u00eda mi madre. Nunca m\u00e1s pis\u00f3 el rancho. Nunca m\u00e1s volvi\u00f3 con Amantino.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><span style=\"font-weight: 400;\">***<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Ahora mi madre, ensimismada, sostiene una foto en su mano: aparece junto a mi abuela, sentada sobre un tronco en las orillas de la playa. Yo soy una ni\u00f1a de dos a\u00f1os, con el pelo h\u00famedo y un <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">short <\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">amarillo, que corre hacia ellas. Mi abuela me mira. Mi madre, vestida con una malla azul salpicada por las olas, parece que sonr\u00ede a la c\u00e1mara.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Despu\u00e9s, como si acabara de descubrir algo muy triste, me dice:<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u201cDebimos ser felices.\u201d<\/span><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p style=\"text-align: right;\"><span style=\"font-weight: 400;\">De la novela in\u00e9dita <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">Debimos ser felices<\/span><\/i><\/p>\n<p><!-- HTML !--><\/p>\n<p><center><a class=\"bookshop-button\" role=\"button\" href=\"https:\/\/bookshop.org\/lists\/issue-28?\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Compra los libros destacados en este n\u00famero en nuestra p\u00e1gina de Bookshop<\/a><\/center><br \/>\n<!-- HTML !--><\/p>\n<h6><span style=\"font-weight: 400;\">Foto: Romina Mosquera, Unsplash.<\/span><\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Antes de que yo naciera, mi madre ya hab\u00eda escrito una nota de suicidio. La tarde en que la le\u00ed, est\u00e1bamos en su casa y yo ten\u00eda m\u00e1s de veinte a\u00f1os. Ella miraba un documental sobre los fenicios. 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