{"id":2799,"date":"2019-02-13T20:19:51","date_gmt":"2019-02-14T02:19:51","guid":{"rendered":"http:\/\/latinamericanliteraturetoday.wp\/2019\/02\/here-maria-jose-navia\/"},"modified":"2023-06-06T08:43:33","modified_gmt":"2023-06-06T14:43:33","slug":"here-maria-jose-navia","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/2019\/02\/here-maria-jose-navia\/","title":{"rendered":"&#8220;Aqu\u00ed&#8221; de Mar\u00eda Jos\u00e9 Navia"},"content":{"rendered":"<div><\/div>\n<div class=\"caption\"><\/div>\n<p style=\"text-align: right;\">A Liliana y Edmundo<\/p>\n<p>Nunca imagin\u00f3 que fueran tantos. Viene llegando con retraso as\u00ed que no alcanza a contarlos, pero dir\u00eda que al menos quince. Y eso que es s\u00e1bado por la noche. Y hace un fr\u00edo rid\u00edculo. Est\u00e1n todos sentados en un c\u00edrculo, como pens\u00f3 que estar\u00edan, cada quien con una etiqueta autoadhesiva con su nombre. No se miran mucho entre ellos. Una chica hace anotaciones en una libreta, un hombre mayor se mira fijamente los cordones de los zapatos. No se los imaginaba as\u00ed. Pens\u00f3 que ser\u00edan m\u00e1s j\u00f3venes, m\u00e1s raros. Rebeca se sirve caf\u00e9 en un vaso de papel. Vasos, en realidad. Usa dos para no quemarse las manos.<\/p>\n<p>En su chaqueta pesa el llavero con las llaves de la casa. Lo quita de all\u00ed. Lo guarda en su bolso. Un oso de metal. No es feo pero ella jam\u00e1s habr\u00eda comprado algo semejante. Y, claro: no lo compr\u00f3.<\/p>\n<p>Esta semana est\u00e1 durmiendo en el subterr\u00e1neo de un periodista. Un se\u00f1or que se gan\u00f3 el Pulitzer hace unos a\u00f1os (Rebeca lo google\u00f3 por semanas) y que ahora, de sab\u00e1tico, se divierte arrendando su <i>basement<\/i> a turistas y extra\u00f1os. Tal vez ella no era m\u00e1s que eso: una turista extra\u00f1a.<\/p>\n<p>Su apartamento se conectaba con la casa principal por medio de una escalera. Por lo general, la puerta entre ambos mundos estaba cerrada. Viv\u00eda solo y la mujer de la limpieza solo ven\u00eda tres veces por semana. Rebeca se hab\u00eda ganado su confianza (y un descuento sustancioso de la renta) diciendo que necesitaba el espacio para poder trabajar en su nuevo libro. Acabo de terminar con mi novio y a\u00fan no s\u00e9 qu\u00e9 hacer con mi vida. Mientras lo pienso, quiero trabajar en mi novela. Algo as\u00ed le dijo y Robert asinti\u00f3 como diciendo: Yo tambi\u00e9n pas\u00e9 por eso. La verdad es que Rebeca no ten\u00eda novio hace al menos dos a\u00f1os y nunca hab\u00eda escrito una l\u00ednea de ficci\u00f3n en su vida. Trabajaba de mesera y <i>babysitter<\/i> y drenaba de a sorbitos la herencia que le hab\u00eda dejado una t\u00eda abuela que la ten\u00eda en gracia porque era la \u00fanica sobrina pelirroja en la familia (como ella).<\/p>\n<p>Rebeca disfrutaba viviendo en casas de extra\u00f1os. Tomando el caf\u00e9 en tazas con fotos, algo pixeladas, de sobrinas desconocidas, durmiendo entre s\u00e1banas pasadas de moda, acostumbr\u00e1ndose a la llegada del sol o la falta total de \u00e9l. Se paseaba por <i>basements<\/i> oscuros, por casas de familia que arrendaban un solo cuarto (y entonces estaba el placer de tomar desayunos diferentes, de conocer los ritmos del resto de los habitantes), por apartamentos enormes en los cuales le tocaba regar plantas o acompa\u00f1ar a un gato. Por un par de d\u00edas o semanas, Rebeca armaba una peque\u00f1a vida. Jugaba a ser el fantasma que penaba en casas con m\u00e1s o menos ruidos, siendo part\u00edcipe y testigo de todo tipo de discusiones y arrebatos.<\/p>\n<p>La mujer que preside la sesi\u00f3n parece cansada hace siglos. Apenas parpadea. Como pose\u00edda. Pide que se presenten los nuevos. Hola, soy Enrique y tengo un problema. Todos asienten. No puedo vivir en mi casa. Rebeca espera su turno. Otra chica se adelanta. Hola, soy Jennifer y llevo seis meses viviendo en casas de otros.<\/p>\n<p>Hola, soy Rebeca. Llevo tres a\u00f1os sin tener mi propio apartamento.<\/p>\n<p>(Cree intuir algunos gestos de preocupaci\u00f3n en la sala, alguien la observa fijamente).<\/p>\n<p>Mis pap\u00e1s creen que estoy haciendo un doctorado.<\/p>\n<p>Para padres que no preguntan mucho y creen en la inquebrantable privacidad de sus hijos, basta solo con un par de emails al mes y unas llamadas por Skype para construir cualquier realidad. Basta con comprarse el poler\u00f3n de la universidad, con colocar libros y apuntes a vista de la c\u00e1mara. Basta con parecer cansada. Tiene un par de a\u00f1os para que sea necesario esquivar el problema de la inexistente graduaci\u00f3n y diploma. Pero esos dos a\u00f1os se sienten eternos.<\/p>\n<p>Una amiga, la \u00fanica que sabe de su paradero, le envi\u00f3 el link al art\u00edculo. \u201cLa vida de los otros\u201d, se llamaba. Poco original, pero Rebeca lo ley\u00f3 de todas formas. Ah\u00ed supo de las reuniones semanales, de la cantidad de gente adicta a revisar <i>Craig&#8217;s list<\/i> y otros anuncios de <i>sublets<\/i>. De la adrenalina de entrevistarse con los due\u00f1os de casa y anticipar lo mullido de la cama, lo ruidoso del barrio. Sonre\u00edrle a los ni\u00f1os, siempre. Mirar a los ojos. No vestir muy provocativa ni muy tradicional. Era un arte pero solo algunos lo entend\u00edan.<\/p>\n<p>Enrique ha empezado a llevarse cosas. Nada muy grande: un libro, una funda de coj\u00edn, un taz\u00f3n. Nadie nunca se ha dado cuenta, nadie lo ha contactado para preguntar. Tal vez porque \u00e9l siempre se preocupa de dejarle un regalo a los due\u00f1os: una nueva cafetera, un ventilador, toallas. As\u00ed, no siente ninguna culpa por sus robos: el universo se mantiene en orden. A Jessica, en cambio, le gusta escribir algo peque\u00f1o en alg\u00fan rinc\u00f3n de la casa o apartamento. En una esquina bajo la cama, en el borde de una puerta que da a una bodega. En l\u00e1piz y casi ilegible, pero inevitable.<\/p>\n<p>Rebeca no hace nada parecido, pero vivir con extra\u00f1os s\u00ed le ha tra\u00eddo algunos problemas. Las parejas no le duraban m\u00e1s de un par de mudanzas. Si bien a las primeras dos citas todo iba bien y el cambio de escenario contribu\u00eda a mayores despliegues amorosos, ya despu\u00e9s de un par de meses todos comenzaban a encontrarlo raro y dejaban de llamarla y contestar a sus mensajes. \u00bfNo te cansas? Le dec\u00edan. \u00bfNo preferir\u00edas tener tu propio lugar? (esto \u00faltimo ven\u00eda siempre acompa\u00f1ado de una mueca como de asco).<\/p>\n<p>Rebeca no se daba por enterada. Ninguno de los pretendientes parec\u00eda valer la pena el sacrificio (porque as\u00ed se sent\u00eda pensar en dejar el nomadismo: como un sacrificio), pero ya todos en la sala la miraban con algo de alarma. La verdad, ella no buscaba apoyo para cambiar de comportamiento sino una comunidad de iguales. Y \u00e9sta parec\u00eda ser la reuni\u00f3n de los arrepentidos, de los culposos que se golpeaban en el pecho cada vez que enviaban un email preguntando que cu\u00e1nto sal\u00edan las <i>utilities<\/i> y si pod\u00edan enviarle fotos de ese apartamento tan bonito.<\/p>\n<p>Para Rebeca, el asunto hab\u00eda empezado por necesidad. El supuesto doctorado era en realidad un hombre que la hab\u00eda dejado encantada y que la abandon\u00f3 a las pocas semanas de que ella llegara a verlo. Y entonces no qued\u00f3 otra que buscar d\u00f3nde quedarse. Y as\u00ed conoci\u00f3 a Megan, que reci\u00e9n hab\u00eda perdido a su compa\u00f1era de cuarto y necesitaba a alguien por el verano. Y luego a Marc que buscaba a quien alimentara a su gato y cuidara la casa mientras \u00e9l se iba de gira (era m\u00fasico) por varias semanas. A algunos les cost\u00f3 dejarlos: a Sof\u00eda, por ejemplo, cuyo novio acababa de morir y que la esperaba siempre con una taza de t\u00e9 cada vez que ella volv\u00eda del trabajo y que, cuando la vio hacer maletas, le ofreci\u00f3 quedarse sin pagar por todo el tiempo que quisiera. Tambi\u00e9n a la se\u00f1ora Davis que se sentaba a escuchar todas sus historias junto a la chimenea de la casa en la que Rebeca ocupaba el altillo. Le pregunt\u00f3 si no quer\u00eda quedarse y ser su asistente, pero Rebeca se hab\u00eda negado. Lo importante era encontrar el momento exacto para marcharse. Antes de que el espacio se volviera familiar, de que los ni\u00f1os de la casa la invitaran a sus cumplea\u00f1os o le regalaran una toalla o un coj\u00edn nuevo y solo para ella.<\/p>\n<p>Una vez tuvo miedo. Al abrir los ojos en medio de la noche, el due\u00f1o de la casa la estaba mirando desde el umbral de la puerta. No se dio por aludido, solo le pregunt\u00f3 si ten\u00eda hambre. Ella dijo que no y simul\u00f3 seguir durmiendo. A la ma\u00f1ana siguiente dej\u00f3 el pago que deb\u00eda sobre la mesa y se fue.<\/p>\n<p>Robert, en cambio, parec\u00eda no demostrar mucha curiosidad por ella. La dejaba ser. Si se la encontraba en la calle apenas le preguntaba por su d\u00eda. Por las noches, ella lo escuchaba escribir hasta la madrugada. Cada tanto se o\u00edan sus pasos en la cocina (\u00bfleche? \u00bfJugo de naranja? \u00bfVino?) y luego volv\u00eda a su escritorio a seguir trabajando. Ella tampoco hac\u00eda preguntas. Si escrib\u00eda un nuevo libro o correos furiosos a una ex, no pod\u00eda saberlo y, francamente, no le interesaba. Su rol no era el del fantasma celoso.<\/p>\n<p>Los domingos se levantaba temprano (\u00e9l, ella lo escuchaba desde su cama), iba a la ducha (se tomaba su tiempo) y luego sal\u00eda de casa (\u00bfal supermercado?, \u00bfa correr? Tampoco sab\u00eda). Esas eran sus horas felices (siempre m\u00e1s de una, a veces incluso tres), horas en que Rebeca sub\u00eda a la casa principal y recorr\u00eda la vida de Robert como si se tratara de su museo favorito. Aqu\u00ed duerme Robert Stain: f\u00edjense en la cantidad de almohadones que usa, en los cinco libros apilados en la mesita de noche y el vaso de agua a medio tomar. En el suelo est\u00e1n sus zapatos (bastante peque\u00f1os) y una bata con sus iniciales grabadas en el pecho. Aqu\u00ed escribe Robert Stain. Podemos ver su computadora abierta en una p\u00e1gina en blanco y un par de libretas de apuntes (Moleskine, negras, con l\u00edneas). Los libros, en los estantes, est\u00e1n ordenados alfab\u00e9ticamente. Podemos ver su Ipod conectado a un equipo de m\u00fasica (Rebeca no necesita prenderlo, sabe que estuvo escuchando <i>Las Variaciones Goldberg<\/i> de Bach y eso le trae un gusto indescriptible). Aqu\u00ed descansa Robert Stain: \u00e9se en la esquina es su sill\u00f3n favorito.<\/p>\n<p>A Rebeca siempre le ha gustado visitar las casas de gente famosa. Escritores, actores, y sacarle fotos a camas, sillas y vistas desde la ventana del ba\u00f1o. Flash, flash, flash. La cotidianeidad congelada. Aqu\u00ed vivi\u00f3, aqu\u00ed durmi\u00f3, aqu\u00ed muri\u00f3. Y llevarse un par de postales para dejarlas olvidadas para siempre en un caj\u00f3n. En cambio, si alguien quisiera recorrer la vida de Rebeca, tendr\u00eda que armarse de un mapa e improvisar el museo en distintas estaciones, con marcadores temporales cada vez m\u00e1s breves. <em>Aqu\u00ed vivi\u00f3 Rebeca N. desde el 15 al 19 de mayo. Aqu\u00ed vivi\u00f3 Rebeca N. desde el 19 de mayo al 15 de junio.<\/em> Sus \u201caqu\u00ed\u201d no marcaban el tiempo. No lo suficiente. Apenas un subrayado hecho con l\u00e1piz grafito (y que se pod\u00eda borrar con solo apoyar un poco la mano o pasarlo a llevar con el brazo).<\/p>\n<p>Al terminar la sesi\u00f3n todos se comprometen a cumplir peque\u00f1as metas. La de Rebeca es contarle, al menos a una persona m\u00e1s, la verdad de su situaci\u00f3n. La idea es, de a poquito, ir llegando hasta los padres. Y quiz\u00e1s volver a casa. A una casa. A <i>su<\/i> casa.<\/p>\n<p>Todos se comprometen. Todos aplauden. Probablemente pocos piensan en cumplir.<\/p>\n<p>Rebeca camina hacia la parada de autob\u00fas. Enrique avanza junto a ella. No se miran. Enciende un cigarro y ella se pregunta si acaso no lo habr\u00e1 robado de su \u00faltimo apartamento. Sonr\u00ede pero \u00e9l no alcanza a verla.<\/p>\n<p><i>Rebeca N. estuvo aqu\u00ed de las seis a las siete y media de la tarde<\/i>.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>She never imagined there\u2019d be so many. She\u2019s running late so she isn\u2019t able to count them, but she\u2019d say there\u2019s at least fifteen. Even though it\u2019s a Saturday night. And it\u2019s ridiculously cold. Everyone is sitting around a circle, like she thought they would be, each wearing a self-adhesive badge with their name on it. They don\u2019t look at each other that much. One girl writes in a notebook, an older man stares at his shoelaces. No, she didn\u2019t imagine them like this. She thought they\u2019d be younger, weirder. Rebecca serves herself coffee in a paper cup. Cups, actually. She uses two to avoid burning her hands.<\/p>\n","protected":false},"author":3,"featured_media":2796,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_acf_changed":false,"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[2960,4456],"genre":[2012],"pretext":[],"section":[2349],"translator":[2583],"lal_author":[3452],"class_list":["post-2799","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-uncategorized","tag-chile-es","tag-numero-9","genre-fiction-es","section-fiction-es","translator-sergio-waisman-es-2","lal_author-maria-jose-navia-es"],"acf":[],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/2799","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/users\/3"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=2799"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/2799\/revisions"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/media\/2796"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=2799"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=2799"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=2799"},{"taxonomy":"genre","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/genre?post=2799"},{"taxonomy":"pretext","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/pretext?post=2799"},{"taxonomy":"section","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/section?post=2799"},{"taxonomy":"translator","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/translator?post=2799"},{"taxonomy":"lal_author","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/lal_author?post=2799"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}