{"id":2607,"date":"2018-11-01T00:10:06","date_gmt":"2018-11-01T06:10:06","guid":{"rendered":"http:\/\/latinamericanliteraturetoday.wp\/2018\/11\/octavio-armand-and-zequeiras-hat-rafael-rojas\/"},"modified":"2024-04-19T10:09:14","modified_gmt":"2024-04-19T16:09:14","slug":"octavio-armand-and-zequeiras-hat-rafael-rojas","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/2018\/11\/octavio-armand-and-zequeiras-hat-rafael-rojas\/","title":{"rendered":"&#8220;Octavio Armand y el sombrero de Zequeira&#8221; de Rafael Rojas"},"content":{"rendered":"<div>\n<style type=\"text\/css\">p.p1 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; font: 12.0px Helvetica}<br \/>p.p2 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; font: 12.0px Helvetica; min-height: 14.0px}<br \/>p.p3 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: right; font: 12.0px Helvetica}<br \/>span.s1 {font: 12.0px Times}<br \/>span.s2 {text-decoration: underline}<br \/><\/style>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<\/div>\n<p>El neobarroco produjo en los escritores cubanos que m\u00e1s asociamos con diversas asunciones de esa est\u00e9tica, Jos\u00e9 Lezama Lima, Severo Sarduy o Jos\u00e9 Kozer, un raro aire de familia. Aire que no se respira en el texto, mucho menos en el estilo, pero que tiene que ver con la idea del barroco como mirada y despliegue. Una suerte de parentesco forzado del que alguno de ellos, como Kozer, reneg\u00f3, y que otro, como Sarduy, llev\u00f3 al paroxismo con aquella frase a lo T\u00e1cito de \u201cinscribo, en esta patria que es la p\u00e1gina, en min\u00fasculas y sobre una cifra, mi paso por la era Lezama\u201d. Ese aire de familia se vuelve m\u00e1s tangible cuando nos movemos de la escritura a la lectura, de la po\u00e9tica a la pol\u00edtica, de la invenci\u00f3n de una autor\u00eda al contacto con la tradici\u00f3n cubana que esos escritores postulan.<\/p>\n<p>Hay en los tres mencionados, incluso en Kozer, acaso el m\u00e1s exterior o cosmopolita de todos, un impulso de releer la literatura cubana desde una estimativa nueva o descentrada. El mismo impulso que constatamos en un cuarto escritor, Octavio Armand, nacido en Guant\u00e1namo en 1946, quien en algunos ensayos en la revista <i>escandalar<\/i>, que dirigi\u00f3 en Nueva York entre fines de los 70 y principios de los 80, y luego reunidos en el volumen <i>Superficies<\/i> (1980), propuso toda una estrategia de lectura de la literatura cubana que no ha merecido suficiente atenci\u00f3n de la cr\u00edtica. La pelea de Armand con la \u201ctradici\u00f3n del sentido\u201d, que ha descrito Johan Gotera en su ensayo <i>Octavio Armand, contra s\u00ed mismo<\/i> (2012), arranca con su lectura antican\u00f3nica de la literatura cubana.<\/p>\n<p>Como en Sarduy, el punto de partida es Lezama, quien con sus propias valoraciones de la historia de la poes\u00eda cubana abre un itinerario de lectura en la obra de Armand, que obligatoriamente remite a Jos\u00e9 Mart\u00ed y al escape de la centralidad de este \u00faltimo en la cultura cubana. Un escape que tambi\u00e9n pod\u00eda leerse en Sarduy, heredero, en esa fuga, de Virgilio Pi\u00f1era, pero que el autor de <i>Escrito sobre un cuerpo<\/i> (1968) resolvi\u00f3 a favor de la coronaci\u00f3n de Lezama. A diferencia de Sarduy, Armand relee a Lezama cuestionando, de entrada, que <i>Paradiso<\/i> (1966) sea la s\u00edntesis de su po\u00e9tica, es decir, descartando la novela, en buena medida porque el <i>boom<\/i> de la nueva narrativa latinoamericana de los 60 y 70 le parece una variante paralela de la poes\u00eda comprometida. Todo aquello, nueva novela, poes\u00eda narrativa, poes\u00eda conversacional, poes\u00eda comprometida\u2026 le parec\u00eda \u201cuna deserci\u00f3n\u201d.<\/p>\n<p>La fetichizaci\u00f3n de <i>Paradiso<\/i> como \u201csumma\u201d del sistema po\u00e9tico de Lezama le parece a Armand una concesi\u00f3n a la demanda de historicidad en la literatura cubana. Al postularse \u00e9l mismo como sujeto dislocado, sin lugar preciso en la historia ni en la literatura cubanas \u2014recordemos su ejemplar ensayo \u201cLa partida de nacimiento como ficci\u00f3n\u201d (1979), en <i>escandalar\u2014<\/i>, la m\u00e1xima lezamiana de \u201ctener novela\u201d, como un imperativo de la identidad nacional, pierde poder de convocatoria. La propia novela que se erige como Libro o documento fundacional, tiene limitaciones, como el hecho de que todos los personajes hablen igual \u2013como en <i>Tres tristes tigres<\/i> de Cabrera Infante, anota Armand\u2013, o que el supuesto desaf\u00edo de la causalidad aristot\u00e9lica o el \u201corden sucesivo\u201d termine en el cap\u00edtulo XII en una perfecta simetr\u00eda, que quiere ser barroca desde premisas clasicistas.<\/p>\n<p>Pero hay algo que Armand celebra en Lezama y es que a veces \u201cviola el lenguaje\u201d, como \u201ccuando le impone una endiablada sexualidad a lo que nunca antes hab\u00eda rebasado una inocentona nominalidad, una normalidad\u201d. Es en esa \u201csensualidad barroca\u201d, donde Armand, en contra de su amigo Lorenzo Garc\u00eda Vega, encuentra la raz\u00f3n de ser del discipulado de Severo Sarduy, especialmente, en la novela <i>Cobra<\/i> (1972). En todo caso, al final de aquella lectura agon\u00edstica, de Lezama contra Lezama, de <i>Paradiso contra Muerte de Narciso<\/i>, Armand concluye reconociendo el efecto letal de la mirada. La lectura como mirada esencialmente barroca, basada en el despliegue, produce la muerte de Lezama: \u201ces curioso. Es muy curioso. Acabo de leer <i>Paradiso<\/i>; Lezama muere. Vamos a conversar sobre <i>Paradiso<\/i>; Lezama muere. Lorenzo escribe, en estos d\u00edas, sobre Lezama; Lezama muere\u201d.<\/p>\n<p>Por debajo de aquel magnicidio letrado, sucede otro, de mayores implicaciones. Armand tambi\u00e9n lee a Jos\u00e9 Mart\u00ed y descubre que la identificaci\u00f3n del poeta y pol\u00edtico cubano como apoteosis de la escritura y la historia, de lo end\u00f3geno y lo ex\u00f3geno, de la naci\u00f3n y el exilio en la historia de Cuba es una \u201cdesmesura\u201d. Tanta desmesura como la del poeta habanero Manuel de Zequeira y Arango, nacido a fines del siglo XVIII, autor de la conocida \u201cOda a la pi\u00f1a\u201d. Zequeira se gradu\u00f3 de teolog\u00eda en el Seminario de San Carlos y San Ambrosio, donde tom\u00f3 clases con el padre F\u00e9lix Varela. Luego emprendi\u00f3 la carrera militar y alcanz\u00f3 el grado de coronel, adem\u00e1s de dedicarse al periodismo, interviniendo en la fundaci\u00f3n de dos publicaciones fundamentales del cambio de siglo: el <i>Papel Peri\u00f3dico de La Habana<\/i> y <i>El Critic\u00f3n de La Habana<\/i>.<\/p>\n<p>El poeta form\u00f3 parte del ej\u00e9rcito borb\u00f3nico que pele\u00f3 contra las tropas de Sim\u00f3n Bol\u00edvar en la Nueva Granada, bajo el mando del general y virrey Francisco Montalvo y Ambulodi, quien por cierto tambi\u00e9n era habanero. Lleg\u00f3 a ser gobernador de R\u00edo Hacha, de Mompox y presidente de la Real Junta de Hacienda de Cartagena. A su regreso a Cuba, en 1821, fue destacado en la guarnici\u00f3n de Matanzas como coronel, donde comenz\u00f3 a dar s\u00edntomas de locura. Armand observ\u00f3 que, con m\u00e1s raz\u00f3n que Casal, Zequeira podr\u00eda ser pensado como el AntiMart\u00ed: un poeta, un te\u00f3logo, un militar realista, cuya \u201cprofunda tradici\u00f3n es no tenerla. No tenerla ni imponerla. Y solo por estar despose\u00eddo de toda tradici\u00f3n puede llegarnos con un asombroso grado de modernidad\u201d.<\/p>\n<p>Si Mart\u00ed, seg\u00fan Armand, es la \u201cdesmesura que logra pasar del delirio al poder\u201d, Zequeira es la desmesura inversa, que \u201cpasa del poder al delirio\u201d. La preferencia de Armand es evidente: \u201cyo escribo este m\u00ednimo ensayo para indicar mi parcialidad: con Manuel de Zequeira me siento menos solo que con Jos\u00e9 Mart\u00ed. Si exagero, no exagero\u201d.<\/p>\n<p>Uno de los s\u00edntomas de Zequeira era que se cre\u00eda invisible tras ponerse su sombrero. Como un paciente de Oliver Sacks o como un personaje de Ren\u00e9 Magritte, el poeta habanero se imaginaba como un espectro bajo un sombrero ambulante. Esa invisibilidad y esa locura, seg\u00fan Armand, constitu\u00edan una forma de exilio m\u00e1s radical que la que encarnaban Heredia y Mart\u00ed en el siglo XIX. Zequeira, el coronel borb\u00f3nico y antibolivariano, era un perfecto antih\u00e9roe, cuya \u201causencia de tradici\u00f3n\u201d se volv\u00eda, parad\u00f3jicamente, fundadora de una extraterritorialidad mayor en la literatura cubana. La condici\u00f3n fantasmal de Zequeira en la literatura cubana era una met\u00e1fora de su desaparici\u00f3n f\u00edsica y mental, de su destierro de la raz\u00f3n y de la poes\u00eda.<\/p>\n<p>Siguiendo a Lezama, para luego descarriarse por el camino, Octavio Armand lee en el neoclasicismo de Manuel de Zequeira el origen del barroco cubano. Pero su mayor inter\u00e9s no est\u00e1 en la \u201cOda a la pi\u00f1a\u201d, que tanto celebraron Vitier, Garc\u00eda Marruz y los origenistas, sino en las d\u00e9cimas irregulares o imperfectas de \u201cEspa\u00f1a libre\u201d, \u201cLa batalla naval de Cort\u00e9s en la laguna\u201d, o de composiciones como \u201cPrimer sitio de Zaragoza\u201d o \u201cPoema de la coronaci\u00f3n de Fernando VII\u201d, poemas antiseparatistas, pero tambi\u00e9n \u201c\u00e9picos, convencionales, artificiosos, ampulosos y ret\u00f3ricos\u201d. Y, sin embargo, en esa decadencia encuentra Armand una nueva \u201cestatura verbal\u201d, \u201calgo pat\u00e9ticamente l\u00f3gico\u201d, \u201cuna tenaz simetr\u00eda o delirante asimetr\u00eda, como marcas verbales o pl\u00e1sticas, que suelen trazar l\u00edneas reconocibles entre arte y esquizofrenia\u201d.<\/p>\n<p>Si el neobarroco es pensado como una plataforma de lectura, que permite desafiar la tradici\u00f3n del sentido en la literatura cubana, la preferencia de Octavio Armand por Manuel de Zequeira podr\u00eda vislumbrarse como un desplazamiento de la recepci\u00f3n cultural hacia la invisibilidad y la locura. Mirada y despliegue que Severo Sarduy oper\u00f3 por medio de su inscripci\u00f3n kepleriana en la \u00f3rbita del planeta Lezama y que Jos\u00e9 Kozer intent\u00f3 resolver, en su juventud, imitando a Jos\u00e9 Mart\u00ed, es decir, domesticando al maestro, transformando el modelo en instrumento. En todos los casos, la lectura se manifiesta como una estaci\u00f3n de la escritura, como un elemento del texto que, a pesar de describir estimativas distintas o antag\u00f3nicas, aligera la tradici\u00f3n o la vuelve port\u00e1til. Hace del gran Libro de la Cubanidad un bolsilibro para llevar al mercado o a la playa.<\/p>\n<p>Algo muy parecido ha propuesto Giorgio Agamben en uno de sus \u00faltimos libros, <i>El fuego y el relato<\/i> (2016). Sostiene el fil\u00f3sofo italiano que la lectura debe ser entendida como un momento de la escritura que permite relatar que alguna vez existi\u00f3 el fuego, a pesar de que la historia lo haya apagado. Manuel de Zequeira, invisible bajo su sombrero, es la imagen que permite devolver el misterio a una historia de la literatura cubana que siempre remite a un despu\u00e9s del fuego, a un tiempo que ha convertido el arte literario en una notar\u00eda del fracaso.<\/p>\n<p style=\"text-align: right;\">Rafael Rojas<\/p>\n<h6>La Habana, Cuba. Foto: Gerardo S\u00e1nchez, Unsplash.<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El neobarroco produjo en los escritores cubanos que m\u00e1s asociamos con diversas asunciones de esa est\u00e9tica, Jos\u00e9 Lezama Lima, Severo Sarduy o Jos\u00e9 Kozer, un raro aire de familia. Aire que no se respira en el texto, mucho menos en el estilo, pero que tiene que ver con la idea del barroco como mirada y despliegue. Una suerte de parentesco forzado del que alguno de ellos, como Kozer, reneg\u00f3, y que otro, como Sarduy, llev\u00f3 al paroxismo con aquella frase a lo T\u00e1cito de \u201cinscribo, en esta patria que es la p\u00e1gina, en min\u00fasculas y sobre una cifra, mi paso por la era Lezama\u201d. 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