{"id":21580,"date":"2023-03-07T13:01:34","date_gmt":"2023-03-07T19:01:34","guid":{"rendered":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/?p=21580"},"modified":"2024-05-16T08:45:36","modified_gmt":"2024-05-16T14:45:36","slug":"trance","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/2023\/03\/trance\/","title":{"rendered":"Trance"},"content":{"rendered":"<p><span style=\"font-weight: 400;\">Le pasa con frecuencia. Los ojos se detienen tratando de enfocar algo en la distancia. Por m\u00e1s tranquilo que parezca, casi sin pesta\u00f1ear, los espasmos de sus p\u00e1rpados delatan que no lo logra; que por m\u00e1s que se esfuerce, ese punto lejano \u2014una visi\u00f3n, un pensamiento, un recuerdo\u2014 permanece borroso en la distancia. A veces, cuando su mirada levita en aquel lugar, escucha la voz de su madre: \u201cOtra vez so\u00f1ando despierto\u201d; o en los momentos de premura oye a\u00fan m\u00e1s claro: \u201c\u00a1Espab\u00edlate, muchacho!\u201d, como un afable llamado a tierra.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Tierra tiene entre sus u\u00f1as mientras mira parco por la ventana de Miss Sue. Cuando congela la vista a trav\u00e9s del cristal sus lagunas espaciales se alargan, como si el reflejo de las cosas sobre el vidrio lo invitaran a adentrarse en m\u00e1s de un portal al mismo tiempo. Si miraras de cerca en el preciso momento en el que Erasmo se pierde de nuevo en un sopor ilusorio, ver\u00edas sus pupilas bailar y el iris achicarse y crecer a un ritmo preciso, casi imperceptible, y que se acopla a sus manos mientras trasplanta una costilla de Ad\u00e1n que ha desbordado el pote donde la sembr\u00f3 hace solo un par de meses.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Erasmo tiene \u201cbuena mano\u201d. No conoce la clasificaci\u00f3n de las plantas ni sabe su categor\u00eda taxon\u00f3mica, pero posee un instinto maternal para recuperarlas, cuidarlas y hacerlas reverdecer. A sus clientas les gusta mirarlo cuando pasa la yema de sus dedos por las hojas tiernas y arranca las secas con gracia, ejerce presi\u00f3n sobre los tallos endebles y propicia en la savia el don de fluir; ambas manos abarcan el follaje, lo sopesa entre sus palmas callosas, lo bate r\u00e1pido entre sus dedos, dedos que finalmente hunde sobre la superficie de la maceta para remover los nutrientes, as\u00ed como Miss Sue remueve la espuma que corona su caf\u00e9 marr\u00f3n con una cucharita de plata diminuta mientras observa a Erasmo querer a sus plantas.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Erasmo no es un jardinero. Es un cuidador de matas, un ni\u00f1ero de la vida verde que crece en macetitas y porrones, un amante de la flora dom\u00e9stica, un <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">connoisseur<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\"> de la vegetaci\u00f3n de interiores. Descubri\u00f3 su don poco despu\u00e9s de llegar a este pa\u00eds \u2013al cual vino a parar como una cayena en los pirineos\u2013 gracias a sus oficios dom\u00e9sticos en el albergue donde viv\u00eda junto a una docena de inmigrantes desgraciados como \u00e9l. Revivi\u00f3 una mata de cannabis que de vez en cuando supl\u00eda a la comuna. En cuesti\u00f3n de meses su esmero hab\u00eda convertido el balconcito inh\u00f3spito en un pr\u00f3spero jard\u00edn de marihuana. Jorge, uno de los diversos individuos que frecuentaba las juergas en el albergue, fue testigo de la proeza de Erasmo con las matas del balc\u00f3n, y un buen d\u00eda, mientras compart\u00edan una botella de licor anisado, le pidi\u00f3 el favor de visitar a su abuela y hacer la misma siembra en su balc\u00f3n.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Do\u00f1a Carmen, una vieja espa\u00f1ola gord\u00edsima con voz de fumadora y ataviada sin falta en traje flamenco, se negaba a poner un pie fuera de su edificio desde hace casi una d\u00e9cada. Para una de sus tantas dolencias consum\u00eda marihuana, y con insistencia inquebrantable le ped\u00eda a su nieto que le consiguiera su propia matita de mota. No quer\u00eda depender de \u00e9l ni de sus amigos mala facha para que le suplieran la demanda.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Erasmo fue el siguiente domingo a hacer la primera siembra. Le dej\u00f3 varias indicaciones y la promesa de visitarla semanalmente para echarle una mano y hacerla crecer. Lo que empez\u00f3 como una planta de cannabis solitaria, se convirti\u00f3 en una farmacia herbolaria viva poblando la terracita de do\u00f1a Carmen \u2013aloe vera para la urticaria, or\u00e9gano antibi\u00f3tico, romero digestivo y antiespasm\u00f3dico, cilantro diur\u00e9tico, hierba de San Gerardo para el reuma y la ci\u00e1tica, flores amarillas para el alma. Do\u00f1a Carmen le pagaba a Erasmo por visita un monto que nunca acordaron mutuamente, pero al que ambos se habituaron porque les ca\u00eda bien. Con el tiempo, se convirti\u00f3 en un contrato de compa\u00f1\u00eda silenciosa a sueldo m\u00e1s que el salario a destajo de un cuidador de matas. Erasmo pas\u00f3 de visitarla s\u00f3lo los domingos, a atender las plantas dos veces por semana, y luego tres, incluidos los viernes por la tarde, d\u00eda del juego de baraja en el edificio.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">El edificio de damas jubiladas donde vive do\u00f1a Carmen es en un barrio acomodado pero venido a menos. Viudas retiradas, pensionadas o herederas de peque\u00f1as y devaluadas fortunas; viejitas ya casi olvidadas del todo por familias que intentan fallidamente recrear o revivir la bonanza de anta\u00f1o.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Durante el primer viernes de baraja que presenci\u00f3 Erasmo en casa de do\u00f1a Carmen, fue abordado por una jaur\u00eda de ancianas que quer\u00edan lo mismo que ahora ten\u00eda la Carmen; aquello que se rumoraba en el edificio desde que Bruna, la conserje brasile\u00f1a, se encarg\u00f3 de diseminar que do\u00f1a Carmen se ve\u00eda mejor desde que el jovencito de las matas la empez\u00f3 a visitar.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Do\u00f1a Carmen se debat\u00eda entre el orgullo colonialista de haber descubierto a Erasmo, y los celos y el reconcomio de verse en la obligaci\u00f3n de compartirlo, pues en un desliz no record\u00f3 que la partida de cartas tocaba en su casa y coincidi\u00f3 con la poda de un bons\u00e1i. Comprometida como estaba y tras mucho evitarlo, tuvo que presentarle a sus vecinas a Erasmo, el cuidador de matas, y a \u00e9l, esa misma noche, le llovieron las ofertas de trabajo; sali\u00f3 del edificio con un horario repleto de visitas agendadas para ir a querer las plantas de otras.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Cuidar las plantas de se\u00f1oras mayores es ahora su trabajo a tiempo completo, el que le provee un ingreso fijo, que le ha permitido salir del albergue y rentar una habitaci\u00f3n digna a unas veinte cuadras de donde viven sus catorce clientas en un edificio viejo y enano de solo siete pisos. Edificio del cual ahora tiene llaves y acceso a sus apartamentos para as\u00ed seguir queriendo a las plantas de las abuelas que se ausentan para visitar a los nietos o a una hermana que vive en un pueblo junto al mar, que son internadas en el hospital por temporadas, o que son raptadas por sus parientes para celebrar un cumplea\u00f1os, el d\u00eda de la madre, o asistir a un funeral.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Erasmo carga hasta la azotea sacos de tierra h\u00fameda que le huelen a su hogar, y los resguarda de la lluvia bajo el cobertizo que esconde la escalinata que atraviesa la estructura como una m\u00e9dula en espiral. Recorre la azotea desierta bajo la llovizna fr\u00eda divisando el caser\u00edo que se extiende sobre la colina y desciende a una entretejida red de calles, veredas y mara\u00f1as de cables que anudan a la ciudad como las luces de un pesebre. Saltan a su vista los parches verdes, las copas de los \u00e1rboles que pareciera que en un brinco quisieran huir del caos de alrededor, as\u00ed como sus ojos escapistas de cuando en cuando se hunden en la laguna turbia de su mente, desandando los caminos que lo trajeron a esta azotea donde pronto har\u00e1 crecer un vivero floreado que se podr\u00e1 ver desde los edificios m\u00e1s altos del vecindario; un vivero que ser\u00e1 techo de su futura casa de conserje del edificio cuando Bruna se marche con un polaco que conoci\u00f3 en internet; un vivero desde donde se asomar\u00e1 para cruzar con la vista la ciudad entera y hallar el aeropuerto, volar a una costa lejana, abordar el ferry lento de \u00f3xido y sal, y desde el puerto dejarse llevar por la brisa entre las calles estrechas hasta el portal de la casa donde guindan los helechos, donde lo espera, desvencijado, su columpio bajo el mango. Se mece y mira las nubes. Se mece y mira la tierra. Mira las nubes. Mira la tierra. Las nubes. La tierra. Nubes. Tierra.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Miras las nubes y sue\u00f1as con atravesarlas, salir del pueblo y crecer. Miras la tierra y escuchas esa voz afable, \u201c\u00a1Espab\u00edlate, muchacho!\u201d, que te hace levantar una nube de polvo con los pies descalzos cuando frenas y volteas la vista al p\u00f3rtico desde donde te llama tu mam\u00e1. Tierra que hoy cargas h\u00fameda sobre tus hombros hasta lo que ser\u00e1 tu vivero en la cima, y donde desde ahora, sumido en un trance, la recuerdas.<\/span><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<h6><span style=\"font-weight: 400;\">Foto: Gabriel Jimenez, Unsplash.<\/span><\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Le pasa con frecuencia. Los ojos se detienen tratando de enfocar algo en la distancia. 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