{"id":2043,"date":"2018-04-21T00:42:09","date_gmt":"2018-04-21T06:42:09","guid":{"rendered":"http:\/\/latinamericanliteraturetoday.wp\/2018\/04\/town-survived-massacre-sound-bagpipes-alberto-salcedo-ramos\/"},"modified":"2025-10-14T15:53:03","modified_gmt":"2025-10-14T21:53:03","slug":"town-survived-massacre-sound-bagpipes-alberto-salcedo-ramos","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/2018\/04\/town-survived-massacre-sound-bagpipes-alberto-salcedo-ramos\/","title":{"rendered":"&#8220;El pueblo que sobrevivi\u00f3 a una masacre amenizada con gaitas&#8221; de Alberto Salcedo Ramos"},"content":{"rendered":"<div>\n<style type=\"text\/css\">p.p1 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; font: 12.0px Georgia}<br \/>p.p2 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; font: 12.0px Times; min-height: 14.0px}<br \/>p.p3 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: center; font: 12.0px Georgia}<br \/>p.p4 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: center; font: 12.0px Times; min-height: 14.0px}<br \/><\/style>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<\/div>\n<p>Sucede que los asesinos \u2014advierto de pronto, mientras camino frente al \u00e1rbol donde fue colgada una de las sesenta y seis v\u00edctimas\u2014 nos ense\u00f1an a punta de plomo el pa\u00eds que no conocemos ni en los libros de texto ni en los cat\u00e1logos de turismo. Porque, d\u00edgame usted, y perdone que sea tan crudo, si no fuera por esa masacre, \u00bfcu\u00e1ntos bogotanos o pastusos sabr\u00edan siquiera que en el departamento de Bol\u00edvar, en la costa Caribe de Colombia, hay un pueblo llamado El Salado? Los habitantes de estos sitios pobres y apartados solo son visibles cuando padecen una tragedia. Mueren, luego existen.<\/p>\n<p>Jos\u00e9 Manuel Montes, mi gu\u00eda, un campesino rollizo y taciturno que se ha pasado la vida sembrando tabaco, asiente con la cabeza. Cae la tarde del s\u00e1bado, empieza la sonata de las cigarras. El sol ya se ocult\u00f3 pero su fogaje permanece concentrado en el aire. Mi acompa\u00f1ante cuenta entonces que en este punto en el que estamos ahora, m\u00e1s o menos aqu\u00ed, en la mitad de la cancha de f\u00fatbol, los paramilitares torturaron a Eduardo Novoa Alvis, la primera de sus v\u00edctimas. Le arrancaron las orejas con un cuchillo de carnicer\u00eda y despu\u00e9s le embutieron la cabeza en un costal. Lo apu\u00f1alaron en el vientre, le descerrajaron un tiro de fusil en la nuca. Al final, para celebrar su muerte, hicieron sonar los tambores y gaitas que hab\u00edan sustra\u00eddo de la Casa de la Cultura. En los alrededores desolados de este campo de microf\u00fatbol apenas hay un par de burros l\u00e1nguidos que se rascan entre s\u00ed las pulgas del espinazo. Sin embargo, es posible imaginar c\u00f3mo se ve\u00edan esos espacios aquella ma\u00f1ana del viernes 18 de febrero del a\u00f1o 2000, cuando los indefensos habitantes de El Salado se encontraban apostados all\u00ed por orden de los verdugos.<\/p>\n<p>\u2014Casi toda la gente estaba sentada en ese costado \u2014dice Montes, mientras se\u00f1ala un mont\u00edculo de arena parda que se encuentra perpendicular a la iglesia, a unos veinte metros de distancia.<\/p>\n<p>Hoy por la ma\u00f1ana, al despuntar el d\u00eda, \u00c9dita Garrido me hab\u00eda mostrado esa misma lomita de tierra. Ella, una aldeana enjuta de tez cetrina, tambi\u00e9n sobrevivi\u00f3 para echar el cuento. Los paramilitares, dijo, llegaron al pueblo un poco antes de las nueve, disparando en r\u00e1fagas y profiriendo insultos. Debajo de su cama, en el piso, donde se hallaba escondida, \u00c9dita oy\u00f3 la algarab\u00eda de los b\u00e1rbaros:<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Partida de malparidos: p\u00e1rense firmes, que somos los paracos y vamos a acabar con este pueblo de mierda!<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Eso les pasa por ser sapos de la guerrilla!<\/p>\n<p>En seguida arrancaron a los pobladores de sus casas y los condujeron como borregos de sacrificio hacia la cancha. All\u00ed \u2014aqu\u00ed\u2014 los obligaron a sentarse en el suelo. En el centro del rect\u00e1ngulo donde normalmente es situado el bal\u00f3n cuando va a empezar el partido se plantaron tres de los criminales. Uno de ellos blandi\u00f3 un papel en el que estaban anotados los nombres de los lugare\u00f1os a quienes acusaban de colaborarle a la guerrilla. En la lista, despu\u00e9s de Novoa Alvis, segu\u00eda Nayibis Osorio. La arrastraron prendida por el pelo desde su casa hasta el templo, acusada de ser amante de un comandante guerrillero. La sometieron al escarnio p\u00fablico, la fusilaron. Y a continuaci\u00f3n, en el colmo de la sevicia, le clavaron en la vagina una de esas estacas filosas que utilizan los campesinos para ensartar las hojas de tabaco antes de extenderlas al sol.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfA qui\u00e9n le toca el turno? \u2014pregunt\u00f3 en tono burl\u00f3n uno de los asesinos, mientras miraba a los aterrados espectadores.<\/p>\n<p>El compa\u00f1ero que manejaba la lista le entreg\u00f3 el dato solicitado: Rosmira Torres Gamarra. Separaron a la se\u00f1ora del grupo, le amarraron al cuello una soga y comenzaron a jalarla de un lado al otro, al tiempo que imitaban los gritos de monte caracter\u00edsticos de la arrier\u00eda de ganado en la regi\u00f3n. La ahorcaron en medio de un nuevo estr\u00e9pito de tambores y gaitas. Luego ametrallaron, sucesivamente, a Pedro Torres Montes, a Marcos Caro Torres, a Jos\u00e9 Urueta Guzm\u00e1n y a un burro vagabundo que tuvo la desgracia de asomar su hocico por aquel inesperado recodo del infierno.<\/p>\n<p>Uno de los paramilitares amenaz\u00f3 a la muchedumbre: al que llore lo desfiguramos a tiros. Otro levant\u00f3 su arma por el aire como una bandera y prometi\u00f3 que no se ir\u00eda de El Salado sin volarle los sesos a alguien.<\/p>\n<p>\u2014D\u00edganme cu\u00e1l es el que me toca a m\u00ed, d\u00edganme cu\u00e1l es el que me toca a m\u00ed \u2014repet\u00eda, mientras caminaba por entre el gent\u00edo con las \u00ednfulas de un guapet\u00f3n de cine.<\/p>\n<p>Hubo m\u00e1s muertes, m\u00e1s humillaciones, m\u00e1s redobles de tambores. Hacia el medio d\u00eda, varios tramos de la cancha se encontraban alfombrados por el reguero de cad\u00e1veres y \u00f3rganos tronchados que hab\u00eda dejado la carnicer\u00eda. Entonces, como al parecer no quedaban m\u00e1s nombres pendientes en la lista, los paramilitares se inventaron un juego de azar perverso para prolongar la pesadilla: pusieron a los habitantes en fila para contarlos en voz alta. La persona a la cual le correspondiera el n\u00famero treinta \u2014advirti\u00f3 uno de los verdugos\u2014 estirar\u00eda la pata. As\u00ed mataron a Hermides Cohen Redondo y a Enrique Medina Rico. Despu\u00e9s llevaron su crueldad, convertida ya en un divertimento, hasta el extremo m\u00e1s delirante: de una casa sacaron un loro y de otra, un gallo de ri\u00f1a, y los echaron a pelear en medio de un c\u00edrculo fren\u00e9tico. Cuando finalmente el gallo descuartiz\u00f3 al loro a punta de picotazos, estall\u00f3 una tremenda ovaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Ahora, Jos\u00e9 Manuel Montes me explica que la mortandad de la cancha era apenas una parte del desastre. El pa\u00eds ha conocido despu\u00e9s \u2014gracias a los familiares de las v\u00edctimas, a las confesiones de los verdugos y al copioso archivo de la prensa\u2014 los pormenores de la masacre. Fue consumada por trescientos hombres armados que portaban brazaletes de las Autodefensas Unidas de Colombia (Auc). Los paramilitares comenzaron a acordonar el \u00e1rea desde el mi\u00e9rcoles 16 de febrero de 2000. Mientras estrechaban el cerco sobre El Salado, asesinaban a los campesinos que transitaban inermes por las veredas. No los mataban a bala sino a golpes de martillo en la cabeza, para evitar ruidos que alertaran a los desprevenidos habitantes que se encontraban a\u00fan en el pueblo.<\/p>\n<p>El viernes 18, ya durante la invasi\u00f3n, forzaron las casas que permanec\u00edan cerradas y ametrallaron a sus ocupantes. Cometieron abusos sexuales contra varias adolescentes, obligaron a algunas mujeres adultas a bailar desnudas una cumbiamba. Por la noche les ordenaron a los sobrevivientes regresar a sus moradas. Pero eso s\u00ed: les exigieron que durmieran con las puertas abiertas si no quer\u00edan amanecer con la piel agujereada. Entre tanto, ellos, los b\u00e1rbaros, se quedaron montando guardia por las calles: bebieron licor, cantaron, aporrearon otra vez los tambores, hicieron aullar las gaitas. Se marcharon el s\u00e1bado 19 de febrero casi a las cinco de la tarde. A esa hora los lugare\u00f1os corrieron en busca de sus muertos. El panorama con el cual se toparon era lo m\u00e1s horrendo que hubiesen visto jam\u00e1s: la cancha que con tanto esfuerzo le hab\u00edan construido a sus hijos cinco a\u00f1os atr\u00e1s estaba convertida en una cloaca de matadero p\u00fablico: manchones de sangre seca, enjambres de moscas, atm\u00f3sfera pestilente. Y, para rematar, los cerdos callejeros le ca\u00edan a dentelladas a los cad\u00e1veres, corrompidos ya por el sol.<\/p>\n<p>\u2014Mi marido \u2014me dijo \u00c9dita Garrido esta ma\u00f1ana\u2014 ayud\u00f3 a cargar uno de esos cad\u00e1veres, y cuando termin\u00f3 ten\u00eda las manos llenas de pellejo podrido.<\/p>\n<p>Le reitero a Jos\u00e9 Manuel Montes que mi visita se debe a la mataz\u00f3n cometida por los paramilitares. Si no se hubiese presentado ese hecho infame, seguramente yo andar\u00eda ahora perdiendo el tiempo frente a las vitrinas de un centro comercial en Bogot\u00e1, o extraviado en una siesta indolente. El terrorismo, f\u00edjese usted, hace que algunos de quienes todav\u00eda seguimos vivos pongamos los ojos m\u00e1s all\u00e1 del mundillo que nos toc\u00f3 en suerte. Por eso nos conocemos usted y yo. Y aqu\u00ed vamos juntos, recorriendo a pie los ciento cincuenta metros que separan la cancha del pante\u00f3n donde reposan los m\u00e1rtires. Mientras avanzamos digo que acaso lo peor de estos atropellos es que dejan una marca indeleble en la memoria colectiva. As\u00ed, la relaci\u00f3n que la psiquis establece entre el lugar afectado y la tragedia es tan indisoluble como la que existe entre la herida y la cicatriz. No nos enga\u00f1emos: El Salado es \u201cel pueblo de la masacre\u201d, as\u00ed como San Jacinto es el de las hamacas, Tuch\u00edn el de los sombreros <i>vueltiaos <\/i>y Soledad el de las butifarras.<\/p>\n<p>Hemos llegado por fin al monumento erigido en honor a las personas acribilladas. En el centro del redondel donde yacen las osamentas se levanta una enorme cruz de cemento. La pusieron all\u00ed como el t\u00edpico s\u00edmbolo de la misericordia cristiana, pero en la pr\u00e1ctica, como no hay a la entrada de El Salado ning\u00fan cartel de bienvenida, esta cruz es la se\u00f1al que le indica al forastero d\u00f3nde se encuentra, el moj\u00f3n que demarca el territorio del pueblo. Porque en muchas regiones olvidadas de Colombia, f\u00edjese usted, los l\u00edmites geogr\u00e1ficos no son trazados por la cartograf\u00eda sino por la barbarie. Al distinguir los nombres labrados en las l\u00e1pidas con caligraf\u00eda primorosa, soy consciente de que camino por entre las tumbas de compatriotas con quienes ya no podr\u00e9 conversar. Habitantes de un pa\u00eds terriblemente injusto que s\u00f3lo reconoce a su gente humilde cuando est\u00e1 enterrada en una fosa.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">***<\/p>\n<p>Domingo de rutina en El Salado: Nubia Urueta hierve el caf\u00e9 en una hornilla de barro. Vitaliano C\u00e1rdenas les echa ma\u00edz a las gallinas. Eneida Narv\u00e1ez amasa las arepas del desayuno. Miguel Torres hiende la le\u00f1a con un hacha. Juan Arias se apresta a sacrificar una novilla. Juan Antonio Ram\u00edrez cuelga la angarilla de su burro en una horqueta. Hugo Montes viaja hacia su parcela con un talego de semillas de tabaco. \u00c9dita Garrido pela yucas con un cuchillo de punta roma. Eusebia Castro machaca panela con un martillo. J\u00e1milton C\u00e1rdenas compra aceite al menudeo en la tienda de David Montes. Y Oswaldo Torres, quien me acompa\u00f1a en este recorrido matinal, fuma su tercer cigarrillo del d\u00eda. Los dem\u00e1s lugare\u00f1os seguramente est\u00e1n dentro de sus moradas haciendo oficios dom\u00e9sticos, o en sus cultivos agrandando los surcos de la tierra. A las ocho de la ma\u00f1ana el sol flamea sobre los techos de las casas. Cualquier visitante desprevenido pensar\u00eda que se encuentra en un pueblo donde la gente vive su vida cotidiana de manera normal. Y hasta cierto punto es as\u00ed. Sin embargo \u2014me advierte Oswaldo Torres\u2014, tanto \u00e9l como sus paisanos saben que despu\u00e9s de la masacre nada ha vuelto a ser como en el pasado. Antes hab\u00eda m\u00e1s de seis mil habitantes. Ahora, menos de novecientos. Los que se negaron a regresar, por tristeza o por miedo, dejaron un vac\u00edo que todav\u00eda duele.<\/p>\n<p>Le digo a Oswaldo Torres que el sobreviviente de una masacre carga su tragedia a cuestas como el camello su joroba, la lleva consigo adondequiera que va. Lo que se encorva bajo el pesado bulto, en este caso, no es el lomo sino el alma, usted lo sabe mejor que yo. Torres expulsa una bocanada de humo larga y parsimoniosa. Luego admite que, en efecto, hay traumas que perduran. Algunos de ellos atacan a la v\u00edctima a trav\u00e9s de los sentidos: un olor que permite evocar la desgracia, una imagen que renueva la humillaci\u00f3n. Durante mucho tiempo los habitantes de El Salado esquivaron la m\u00fasica como quien se aparta de un garrotazo. Como vieron agonizar a sus paisanos entre ramalazos de cumbiamba improvisados por los verdugos, sent\u00edan, quiz\u00e1, que o\u00edr m\u00fasica equival\u00eda a disparar otra vez los fusiles asesinos. Por eso evitaban cualquier actividad que pudiese derivar en fiesta: nada de reuniones sociales en los patios, nada de carreras de caballo. Pero en cierta ocasi\u00f3n un psic\u00f3logo social que escuch\u00f3 sus testimonios en una terapia de grupo, les aconsej\u00f3 exorcizar el demonio. Resultaba injusto que los tambores y gaitas de los ancestros, s\u00edmbolos de emancipaci\u00f3n y deleite, permanecieran encadenados al terror. As\u00ed que esa misma noche bailaron un fandango apote\u00f3sico en la cancha de la matanza. Fue como renacer bajo aquel firmamento tachonado de velas prendidas que anunciaban un sol resplandeciente.<\/p>\n<p>En este momento, parad\u00f3jicamente, el sol se ha escondido. El cielo encapotado amenaza con desgajarse en un aguacero. Torres recuerda que cuando ocurri\u00f3 la masacre, en febrero de 2000, todos los habitantes se marcharon de El Salado. No se quedaron ni los perros, dice. Pues, bien: \u00e9l, Torres, fue una de las ciento veinte personas \u2014cien hombres y veinte mujeres\u2014 que encabezaron el retorno a su tierra en noviembre del a\u00f1o 2002. Cuando llegaron \u2014cuenta\u2014 El Salado se hallaba extraviado bajo un boscaje de m\u00e1s de dos metros de alto. Uno de los paisanos se encaram\u00f3 en el tanque elevado del acueducto para precisar d\u00f3nde quedaba la casa de cada quien. En seguida se entregaron a la causa de rescatar al pueblo de las garras del caos. Un d\u00eda, tres d\u00edas, una semana enfrascados en una lucha primitiva contra el entorno agresivo, como en los tiempos de las cavernas: corte un bejuco por aqu\u00ed, queme un panal de avispas furiosas por all\u00e1, mate una serpiente cascabel por el otro lado. La proliferaci\u00f3n de bichos era desesperante.<\/p>\n<p>\u2014Si uno bostezaba \u2014dice Torres\u2014 se tragaba un pu\u00f1ado de mosquitos.<\/p>\n<p>Para defenderse de las oleadas de insectos, todos, inclusive los no fumadores, manten\u00edan un tabaco encendido entre los labios. Adem\u00e1s, fumigaban el suelo con querosene, armaban fogatas al anochecer.<\/p>\n<p>Dorm\u00edan apretujados en cinco casas contiguas del Barrio Arriba, pues tem\u00edan que los b\u00e1rbaros regresaran. Reunidos \u2014dec\u00edan\u2014 ser\u00edan menos vulnerables. Su consigna era que quien quisiera matarlos, tendr\u00eda que matarlos juntos. Tan grande era el miedo en aquellos primeros d\u00edas del retorno, que algunos dorm\u00edan con los zapatos puestos, listos para correr de madrugada en caso de que fuera necesario. Al principio subsistieron gracias a la caridad de los pueblos vecinos \u2014Canutal, Canutalito, El Carmen de Bol\u00edvar y Guaimaral\u2014, cuyos moradores les regalaban v\u00edveres, frazadas y pesticidas. Cuando terminaron de segar la mara\u00f1a, cuando quemaron el \u00faltimo mont\u00f3n de ramas secas, se dedicaron a poner en su sitio, otra vez, los elementos perdidos del universo: el caney del patio, el establo, la burra baya, el garabato, la alacena de las hojas de tabaco, el canto del gallo, el ladrido de los perros, los juegos de los ni\u00f1os, los amores furtivos en los callejones oscuros, la ollita tiznada del caf\u00e9, la visita del compadre. Entonces volvieron los sobresaltos: la guerrilla de las Farc (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) los acus\u00f3 de ser colaboradores clandestinos de los paramilitares. \u00bfHabrase visto iron\u00eda m\u00e1s grande? \u00a1Si los masacraron, precisamente, porque se les consideraba compinches de los guerrilleros!<\/p>\n<p>Mientras chupa su eterno cigarrillo Oswaldo Torres advierte que los problemas de orden p\u00fablico en El Salado se deb\u00edan al simple hecho de pertenecer geogr\u00e1ficamente a los Montes de Mar\u00eda, una regi\u00f3n agr\u00edcola y ganadera disputada durante a\u00f1os por guerrilleros y paramilitares. En los periodos m\u00e1s cr\u00edticos de la confrontaci\u00f3n los habitantes viv\u00edan atrapados entre el fuego cruzado, hicieran lo que hicieran. Y siempre parec\u00edan sospechosos aunque no movieran ni un dedo. Ciertamente, algunos paisanos \u2014 bajo intimidaci\u00f3n o por voluntad propia\u2014 le cooperaron a un bando o al otro. Tal circunstancia resultaba inevitable dentro de un conflicto corrompido en el cual los combatientes tomaban como escudo a la poblaci\u00f3n civil. Hugo Montes, un campesino que ni siquiera termin\u00f3 la educaci\u00f3n primaria, me explic\u00f3 el asunto, anoche, con un brochazo del sentido com\u00fan que les hered\u00f3 a sus antepasados ind\u00edgenas.<\/p>\n<p>\u2014Es que donde hay tanta gente, nunca falta el que mete la pata.<\/p>\n<p>En seguida encogi\u00f3 los hombros, me mir\u00f3 a los ojos y me ret\u00f3 con una pregunta:<\/p>\n<p>\u2014\u00bfY qu\u00e9 pod\u00edamos hacer los dem\u00e1s, compa, qu\u00e9 pod\u00edamos hacer?<\/p>\n<p>\u2014Lo \u00fanico que pod\u00edamos hacer \u2014responde Torres ahora\u2014 era pagar los platos rotos.<\/p>\n<p>Su respiraci\u00f3n es afanosa porque vamos subiendo una senda empinada. De pronto, mira hacia el cielo como si suplicara clemencia, pero en realidad \u2014seg\u00fan me dice, jadeante\u2014 est\u00e1 inquieto por un nubarr\u00f3n que parece a punto de romperse encima de nuestras cabezas. Torres retoma una idea que planteamos al principio de nuestra caminata: en este momento cualquier visitante desprevenido pensar\u00eda que los pobladores de El Salado viven otra vez, venturosamente, su vida diaria. Y hasta cierto punto es as\u00ed \u2014repite\u2014, porque ellos han retornado al terru\u00f1o que aman. Mal que bien, hoy cuentan con la opci\u00f3n de disfrutar en forma tranquila los actos m\u00e1s entra\u00f1ables de la cotidianidad, como se percibe en esta calle por la cual avanzamos: una ni\u00f1a escruta el horizonte con su mon\u00f3culo de juguete, un ni\u00f1o retoza en el piso con sus bolitas de cristal, una muchacha peina a un anciano pl\u00e1cido. Sin embargo, ya nada ser\u00e1 tan bueno como en la \u00e9poca de los abuelos, cuando ning\u00fan hombre levantaba la mano contra el pr\u00f3jimo, y los seres humanos se mor\u00edan de puro viejos, acostados en sus camas. La violencia les produjo muchos da\u00f1os irreparables. Espant\u00f3, a punta de bombazos y extorsiones, a las dos grandes empresas que compraban las cosechas de tabaco en la regi\u00f3n. Enraiz\u00f3 el p\u00e1nico, la muerte y la destrucci\u00f3n. Provoc\u00f3 un \u00e9xodo pavoroso que dej\u00f3 el pueblo vaciado, para que lo desmantelaran las alima\u00f1as de toda \u00edndole. Cuando los habitantes regresaron, casi dos a\u00f1os despu\u00e9s de la masacre, descubrieron con sorpresa que la mayor parte de la tierra en la que antes sembraban ten\u00eda otros due\u00f1os. Ya no hab\u00eda ni maestros ni m\u00e9dicos de planta, y ni siquiera un sacerdote dispuesto a abrir la iglesia cada domingo.<\/p>\n<p>El nubarr\u00f3n suelta por fin una catarata de lluvia que rebota enardecida contra el suelo arenoso.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">***<\/p>\n<p>Los dos \u00fanicos centros educativos que quedan en el pueblo funcionan en una casa esquinera de paredes descoloridas. Uno es la Escuela Mixta de El Salado, due\u00f1a de este inmueble, y otro, el Colegio de Bachillerato Alfredo Vega. Varios chiquillos contentos corretean por el patio esta ma\u00f1ana de lunes. En el primer sal\u00f3n que uno encuentra tras el port\u00f3n los ni\u00f1os se aplican a la tarea de elaborar un cuadro sin\u00f3ptico sobre las bacterias y otro sobre las algas. El n\u00famero de alumnos ni siquiera sobrepasa el centenar, pero el problema mayor es otro: el bachillerato apenas est\u00e1 aprobado hasta noveno grado. Los estudiantes interesados en cursar los dos grados restantes deben mudarse para El Carmen de Bol\u00edvar, lo que demanda unos gastos que no se compadecen con la pobreza de casi todos pobladores. En consecuencia, muchos j\u00f3venes renuncian a concluir su educaci\u00f3n y se convierten en jornaleros, como sus padres.<\/p>\n<p>Tal es el caso de Mar\u00eda Magdalena Padilla, veinte a\u00f1os, quien a esta hora hierve leche en una olla descascarada. En 2002, cuando retornaron los habitantes tras la masacre, Mar\u00eda Magdalena fue noticia nacional de primera p\u00e1gina. En cierta ocasi\u00f3n, una mujer que deb\u00eda ausentarse de El Salado dej\u00f3 a su hija de cinco a\u00f1os bajo la custodia de Mar\u00eda Magdalena. Para matar el tiempo, las dos criaturas se pusieron a jugar a las clases: Mar\u00eda Magdalena era la maestra, y la ni\u00f1a m\u00e1s peque\u00f1a, la alumna. Una vecina que vio la escena tambi\u00e9n envi\u00f3 a su hijo chiquito, y luego otra se\u00f1ora le sigui\u00f3 los pasos, y as\u00ed se alarg\u00f3 la cadena hasta llegar a treinta y ocho ni\u00f1os. Como no hab\u00eda escuelas, el divertimento se fue tornando cada vez m\u00e1s serio. En esas apareci\u00f3 una periodista que qued\u00f3 maravillada con la historia, una periodista que, folcl\u00f3ricamente, le estampill\u00f3 a la protagonista el mote de \u201cSe\u00f1o Mayito\u201d, dizque porque Mar\u00eda Magdalena sonaba demasiado formal. El novel\u00f3n cal\u00f3 en el alma de los colombianos. A Mar\u00eda Magdalena la retrataron al lado del presidente de la rep\u00fablica, la ensalzaron en la radio y en la televisi\u00f3n, la pasearon por las playas de Cartagena y por los cerros de Bogot\u00e1. Le concedieron \u2014vaya, vaya\u2014 el Premio Portafolio Empresarial, un trofeo que hoy es un trasto in\u00fatil arrinconado en su habitaci\u00f3n paup\u00e9rrima. Los industriales le mandaron telegramas, los gobernadores exaltaron su ejemplo. Pero en este momento, Mar\u00eda Magdalena se encuentra triste porque, despu\u00e9s de todo, no ha podido estudiar para ser profesora, como lo so\u00f1\u00f3 desde la infancia. \u201cNo tenemos dinero\u201d, dice con resignaci\u00f3n. Lejos de los reflectores y las c\u00e1maras no resulta atractiva para los falsos mecenas que la saturaron de promesas en el pasado. Pienso \u2014pero no me atrevo a dec\u00edrselo a la muchacha\u2014 que ah\u00ed est\u00e1 pintado nuestro pa\u00eds: nos distraemos con el s\u00edmbolo para sacarle el cuerpo al problema real, que es la falta de oportunidades para la gente pobre. Le damos alas a los personajes ilusorios como \u201cla Se\u00f1o Mayito\u201d, para despu\u00e9s arranc\u00e1rselas a los seres humanos de carne y hueso como Mar\u00eda Magdalena. En el fondo, creamos a estos h\u00e9roes ef\u00edmeros, simplemente, porque necesitamos montar una parodia de solidaridad que alivie nuestras conciencias.<\/p>\n<p>Eso s\u00ed: los problemas persisten, se agrandan. La vecina de Mar\u00eda Magdalena se llama Mayolis Mena Palencia y tiene veintitr\u00e9s a\u00f1os. Est\u00e1 sentada, adolorida, en un taburete de cuero. Ayer, despu\u00e9s del tremendo aguacero que cay\u00f3 en El Salado, resbal\u00f3 en el patio fangoso de la casa y cay\u00f3 de bruces contra un pe\u00f1asco. Perdi\u00f3 el beb\u00e9 de tres meses que ten\u00eda en el vientre. Y ahora dice que todav\u00eda sangra, pero que en el pueblo, desde los tiempos de la masacre, no hay ni puesto de salud ni m\u00e9dico permanente. Yo la miro en silencio, cierro mi libreta de notas, me despido de ella y me alejo, procurando pisar con cuidado para no patinar en la bajada de la cuesta. Veo las calles barrosas, veo un perro sarnoso, veo una casucha con agujeros de bala en las paredes. Y me digo que los paramilitares y guerrilleros, pese a que son un par de manadas de asesinos, no son los \u00fanicos que han atropellado a esta pobre gente.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Sucede que los asesinos \u2014advierto de pronto, mientras camino frente al \u00e1rbol donde fue colgada una de las sesenta y seis v\u00edctimas\u2014 nos ense\u00f1an a punta de plomo el pa\u00eds que no conocemos ni en los libros de texto ni en los cat\u00e1logos de turismo. Porque, d\u00edgame usted, y perdone que sea tan crudo, si no fuera por esa masacre, \u00bfcu\u00e1ntos bogotanos o pastusos sabr\u00edan siquiera que en el departamento de Bol\u00edvar, en la costa Caribe de Colombia, hay un pueblo llamado El Salado? Los habitantes de estos sitios pobres y apartados solo son visibles cuando padecen una tragedia. Mueren, luego existen.<\/p>\n","protected":false},"author":3,"featured_media":2040,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_acf_changed":false,"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[28,2963,4459],"genre":[2015],"pretext":[2036,2039],"section":[2380],"translator":[],"lal_author":[3172],"class_list":["post-2043","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-uncategorized","tag-chronicle","tag-colombia-es","tag-numero-6","genre-chronicle-es","pretext-chronicle-es","pretext-cronica-es","section-featured-author-alberto-salcedo-ramos-es","lal_author-alberto-salcedo-ramos-es"],"acf":[],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/2043","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/users\/3"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=2043"}],"version-history":[{"count":1,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/2043\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":42636,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/2043\/revisions\/42636"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/media\/2040"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=2043"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=2043"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=2043"},{"taxonomy":"genre","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/genre?post=2043"},{"taxonomy":"pretext","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/pretext?post=2043"},{"taxonomy":"section","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/section?post=2043"},{"taxonomy":"translator","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/translator?post=2043"},{"taxonomy":"lal_author","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/lal_author?post=2043"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}