{"id":20300,"date":"2022-12-10T09:43:24","date_gmt":"2022-12-10T15:43:24","guid":{"rendered":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/?p=20300"},"modified":"2023-05-21T18:11:05","modified_gmt":"2023-05-22T00:11:05","slug":"estar-montado","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/2022\/12\/estar-montado\/","title":{"rendered":"Estar montado"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: right;\"><i><span style=\"font-weight: 400;\">A Adriana Mor\u00e1n Sarmiento<\/span><\/i><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">En ese entonces yo caminaba por Maracaibo, actividad que pod\u00eda resultar at\u00edpica, o hasta ser un indicativo de clase. \u00a0 <\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Tan es as\u00ed que en la espera de un sem\u00e1foro, desde la esquina donde deb\u00eda cruzar el peat\u00f3n, raras veces hab\u00eda m\u00e1s de uno; la aglomeraci\u00f3n de desconocidos era extra\u00f1a, y enseguida generaba sospechas. Sobre todo en los que iban en auto, los que deb\u00edan orillarse en la acera, o directamente bajar en la panader\u00eda. <\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Era preferible, para la tranquilidad de quien iba al volante, la calle desierta. Perfectamente iluminada, pero desierta. Y m\u00e1s o menos era as\u00ed entre los mismos peatones, con la salvedad de que estos admit\u00edan la presencia del otro, \u00fanicamente si se conservaba la distancia prudente (m\u00e1s o menos media cuadra), y si el ritmo de los pasos coincid\u00eda; es decir, si ambos (suponiendo que fueran dos los peatones) iban a igual velocidad; a una que no fuera desbocada, porque eso llamaba la atenci\u00f3n de los polic\u00edas.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Recuerdo haber visto, en un d\u00eda nublado y caluroso de abril, a un hombre interceptado por un patrullero. Yo ven\u00eda caminando por la acera de enfrente, cuando las primeras gotas sobre mi paraguas coincidieron con la repentina aceleraci\u00f3n de aquel tipo. El polic\u00eda emiti\u00f3 una advertencia por el altoparlante; baj\u00f3 el vidrio hasta la mitad e intercambi\u00f3 unas palabras con aquel pobre hombre que se llevaba las manos al pecho y luego las alzaba como apuntando a la tormenta que vendr\u00eda, en adem\u00e1n de estar diciendo: \u201cNo me culpe de nada, se\u00f1or polic\u00eda, yo solo busco guarecerme antes de que sea tarde\u201d. Escenas como esta abundaban, en una ciudad con casi dos millones de habitantes; o m\u00e1s bien deber\u00eda decir: con casi dos millones de sentados, adheridos a un interior de vidrio ahumado y de baja temperatura; a una noche artificial sobre ruedas, impulsada por gasolina barata. \u00a0 <\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2026 Y es que, adem\u00e1s de producirles l\u00e1stima, tambi\u00e9n era com\u00fan que se ofendieran: \u201c\u00bfC\u00f3mo vas a caminar siendo casi regalada la gasolina?\u201d, sol\u00edan reclamarte desde sus asientos, con el cuerpo reh\u00e9n del cintur\u00f3n de seguridad. Y aquella frase recurrente \u2013que pod\u00eda decirse de distintas maneras\u2013, era en realidad el par\u00e1sito de una frase mayor, m\u00e1s compleja y ligada a la abundancia del recurso, o en mayor medida a la cultura derivada de la explotaci\u00f3n petrolera: \u201cSiendo algo tan barato, \u00a1\u00bfc\u00f3mo es que no lo consumes?!\u201d Y este criterio aplicaba para casi todo, como si la gasolina no solo colmara los tanques de los autos, sino que adem\u00e1s te vistiera, te alimentara y suministrara entretenimiento. Quiero decir: se tend\u00eda a confundir la abundancia del petr\u00f3leo con la abundancia del dinero, como si no existiese el proceso intermedio hasta la monetizaci\u00f3n, como si al cajero autom\u00e1tico se llegara cavando. <\/span><br \/>\n<span style=\"font-weight: 400;\"><br \/>\n<\/span><span style=\"font-weight: 400;\">Frente a esto, caminar era un acto subversivo, profundamente contracultural. Sin embargo, no todos los que camin\u00e1bamos \u00e9ramos conscientes de esto. Muchos ca\u00edamos f\u00e1cilmente en el pozo de la estigmatizaci\u00f3n; nuestras caras denotaban desventaja; nos dej\u00e1bamos vencer por los sentados. Y pensar que \u00e9ramos nosotros los que m\u00e1s compenetrados est\u00e1bamos con la vida en la ciudad, con el sabor del aire y el peso del sol, con las r\u00e1fagas de viento tibio que soplaba al anochecer\u2026 En fin, con la humana velocidad de las piernas.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Qu\u00e9 absurdo era mantener esa distancia entre nosotros, ese espacio de media cuadra lo suficientemente holgado como para que entraran dos autos en fila. \u00bfAcaso camin\u00e1bamos como si fu\u00e9ramos en autos invisibles? \u00bfTanto hab\u00eda calado ese objeto en nuestras mentes de a pie? La verdad no lo creo. Lo que s\u00ed creo es que tal vez no era desconfianza \u2013o la sospecha de que nos hici\u00e9ramos alg\u00fan da\u00f1o entre nosotros\u2013 lo que nos separaba tanto al andar, sino cierto respeto basado en la incredulidad; nos costaba reconocernos como lo que \u00e9ramos: una comunidad de peatones en ciernes, apartada del giro limitado que ofrece un volante.\u00a0 <\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Prefer\u00edamos que la piel se nos tostara con el sol, llegar empapados de sudor a destino, con los p\u00e1rpados ca\u00eddos de cansancio\u2026 Prefer\u00edamos eso porque la experiencia era otra, la ciudad era otra; se suced\u00edan episodios min\u00fasculos en cada paso, detalles dif\u00edciles de apreciar desde la ortogonal ventanilla. Como, por ejemplo, el olor de los materiales en pleno hervor, cuando la temperatura alcanzaba cuarenta grados o m\u00e1s a la sombra; el olor \u2013y acaso el crujido\u2013 de la corteza de los \u00e1rboles y de las hojas, de los limones y de los mangos esparcidos, tan com\u00fan sobre el olor a cemento en las aceras. El olor a fundici\u00f3n de todo lo met\u00e1lico; a pelo quemado, a brazos quemados\u2026 Y el rumor inflamable de la gasolina, esa pel\u00edcula adicional sobre todo lo existente. <\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Me gustaba caminar por Maracaibo, a pesar de correr el riesgo de incinerarme, a pesar de su agobiante sensorialidad. Y porque creaba un estilo de vida alternativo, socialmente incorrecto; la norma era el relato lineal que impon\u00eda el autom\u00f3vil, emparentada a la noci\u00f3n de progreso, de que al hundir el acelerador te alejabas del pasado, el cual se asociaba a una vida sin estatus, una vida de sudor y de transporte p\u00fablico; en fin, una vida de a pie.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Curiosamente, si pertenec\u00edas a una clase media o moderadamente alta, y eleg\u00edas caminar, te tildaban de \u201ceuropeo\u201d; y si te cazaban haciendo uso de los tel\u00e9fonos p\u00fablicos de la calle, todav\u00eda m\u00e1s; al mote europeo le agregaban un \u201crom\u00e1ntico\u201d; si llevabas monedas para hacer una llamada en la esquina, eras un \u201ceuropeo rom\u00e1ntico\u201d, aunque dependiendo de qui\u00e9n viniera, tambi\u00e9n pod\u00edas ser un \u201ceuropeo marico\u201d, y m\u00e1s si sab\u00edan que no solo te gustaba caminar y hablar por tel\u00e9fono a pleno sol o a plena lluvia, sino que de paso le\u00edas e intentabas escribir poes\u00eda. Ignoro de d\u00f3nde ven\u00eda esa asociaci\u00f3n con los europeos, que adem\u00e1s ol\u00eda a obvio clich\u00e9. Pero as\u00ed era para los sentados: los europeos caminaban, los americanos manejaban. Por lo tanto, yo era un europeo, sin haber estado nunca en Europa. <\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Tener un auto en Maracaibo reafirmaba tu masculinidad, tu poder de macho y de \u201chombre de la casa\u201d. Significaba establecer un pacto con el petr\u00f3leo, con el modelo de vida heredado de los primeros explotadores norteamericanos; tra\u00eda a colaci\u00f3n algo mucho m\u00e1s fuerte, de un rudo pragmatismo sin concesiones, muy al estilo del <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">american way of life<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">, o sea, de un ideal que presuntamente garantizaba la prosperidad y el \u00e9xito, y, por ende, el ascenso en la escala social. En suma: lo que contribu\u00eda a \u201cmontarte\u201d.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Dig\u00e1moslo de una vez: el mote europeo acompa\u00f1ado del adjetivo que fuere, los sentados lo agotaban al primer avistaje. Si te volv\u00edan a pescar en la intemperie, o bien jugabas a \u201cser pobre\u201d o de verdad lo eras. De la mirada curiosa del descubrimiento, pasaban a la de la indignaci\u00f3n y la l\u00e1stima. Les era inadmisible que uno pudiera compartir territorio con los que no manejaban, ya fuera simplemente por imposibilidad o elecci\u00f3n. O que uno hiciera seis cuadras para llegar a la farmacia o la licorer\u00eda; o unas veinte para llegar a un museo, sin la intermediaci\u00f3n de un carburador.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Recuerdo ahora un paseo que me encantaba. Consist\u00eda en ir del Centro Comercial Costa Verde al Museo de Arte Contempor\u00e1neo. El primero quedaba a dos cuadras del apartamento familiar, donde transcurri\u00f3 buena parte de mi adolescencia. De modo que all\u00ed comenzaba mi recorrido, no sin antes dar una vuelta por los pasillos y el patio arbolado de aquel edificio de hormig\u00f3n (dise\u00f1ado por arquitectos locales y uruguayos exiliados en la dictadura), y de accesos abiertos a la calle, sin rejas o puertas de vidrio que pudieran aminorar la caminata; uno pod\u00eda entrar y salir de aquel Centro Comercial sin detenerse, y eso era raro; era raro porque contradec\u00eda las normas de los centros comerciales que luego se asentar\u00edan en Maracaibo, esas cajas inmensas y acondicionadas completamente desentendidas del contexto, dise\u00f1adas <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">ex profeso<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\"> para alentar el consumo fuera del paso de las horas, sin visi\u00f3n de los cambios en el cielo. <\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">El llamado <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">mall<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\"> (que no era otra cosa que \u201ccentro comercial\u201d en ingl\u00e9s), era una hip\u00e9rbole del sagrado autom\u00f3vil, considerablemente mejor porque adem\u00e1s de pas\u00e1rtela sentado, protegido por guardias que reservaban el derecho de admisi\u00f3n, pod\u00edas eventualmente ir al cine, comprar lo que se te antojara o comer algo y continuar adherido a la silla, envuelto por el mismo clima de invierno artificial. <\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Aquellas caracter\u00edsticas a gran escala, resultaron tan seductoras que la mayor parte de la poblaci\u00f3n \u2013sentada y no sentada\u2013 acab\u00f3 volc\u00e1ndose en masa a los malls, los cuales comenzaron a proliferar como hoy lo hacen las iglesias evang\u00e9licas; uno \u2013o varios\u2013 en cada zona cardinal de la ciudad.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Por supuesto, el fen\u00f3meno acab\u00f3 castigando al Costa Verde, en cuyo nombre conviv\u00edan casualmente los elementos de los que Maracaibo adolec\u00eda: el contacto con el lago y con la sombra. Lo primero se hab\u00eda reducido a una cuesti\u00f3n contemplativa, puesto que los reiterados derrames de crudo acabaron contaminando las aguas; y lo segundo se refer\u00eda a la escasez de follaje en las alturas, que tamizara el sol en las calles, ya de por s\u00ed recalentadas por los autos.\u00a0 <\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">R\u00e1pidamente el Costa Verde fue perdiendo visitantes, porque las opciones de compra y entretenimiento se mudaban a los malls. Sin embargo, algunos segu\u00edamos yendo. Yo lo visitaba por distintas razones: all\u00ed entr\u00e9 por primera vez a una sala de cine, creo que a ver la primera <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">King Kong<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">. All\u00ed iba con algunos amigos a \u201cCalle Vieja\u201d, un inmenso local atiborrado de juegos de video en que pas\u00e1bamos tardes enteras toqueteando botones, apostando la precaria mesada que nos daban nuestros padres en torneos de <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">Super Sidekicks<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">. All\u00ed compr\u00e9 mis primeros libros en una librer\u00eda llamada, quiz\u00e1s no casualmente, \u201cEuropa\u201d, libros que luego le\u00eda all\u00ed mismo, echado en alg\u00fan banco del patio bajo un largo cocotero, apretando las p\u00e1ginas con fuerza para que la brisa natural no las volara. <\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u00bfEra acaso el Costa Verde la playa insular de los caminantes? Aquel centro comercial iba quedando vac\u00edo, y era como si se borrara una parte de la infancia. Tal vez por eso me gustaba comenzar all\u00ed mi recorrido, porque en los pasillos cada vez m\u00e1s desolados, persist\u00eda un aire de resistencia, de lucha secreta y milenaria contra el \u201cestar montado\u201d, aunque el Costa Verde lo hubiera estado alguna vez. <\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Con aquella sensaci\u00f3n impregnada en la memoria (en la memoria que reescrita se reescribe), sal\u00eda a la Avenida Cecilio Acosta por donde arremet\u00eda el bullicioso Ruta 6, suerte de fiesta vallenata m\u00f3vil en cuyo exterior de la roja carrocer\u00eda, sonre\u00edan dos grandes cabezotas (sonrisa t\u00edpica del montado): el presidente Hugo Ch\u00e1vez y el alcalde de turno; como si adem\u00e1s de la m\u00fasica de Rafael Orozco aquel tambi\u00e9n fuera un <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">bus-propaganda<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">, un <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">bus-te recordamos que el Estado soy yo, y eventualmente el de al lado, si se monta<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">. Yo pod\u00eda ahorrarme las veinte cuadras y subir al estridente Ruta 6, y en quince minutos estar a un paso del Museo. Sin embargo, prefer\u00eda sortear los charcos de lubricante de motor que los cientos de autos estacionados a ambos lados de la avenida arrojaban (el de lubricante de motor era tambi\u00e9n un olor caracter\u00edstico), en vez de convertirme en otro pasajero en la performance, porque el Ruta 6 era sin duda una performance, una que alguien alguna vez presentar\u00e1 en la <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">documenta<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">, en Kassel.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Prefer\u00eda toparme de nuevo con ese cambio s\u00fabito de escala, a partir del cruce con Avenida Las Delicias, y a baja velocidad ir bordeando los ladrillos huecos de la Facultad de Ingenier\u00eda, Arquitectura y Dise\u00f1o; la torre multicolor del Rectorado; el Hospital Universitario importado de Suecia, en que mi padre atend\u00eda en las ma\u00f1anas; la construcci\u00f3n abandonada del Aula Magna, sobre incontables a\u00f1os de arena, falta de presupuesto y corrupci\u00f3n. Y finalmente la mole gris clara del Museo, construida en las inmediaciones del antiguo aeropuerto, en el coraz\u00f3n de la Ciudad Universitaria; un espacio de abundantes hect\u00e1reas al que la densidad urbana se negaba a penetrar, como si la pista a\u00fan se conservara para un futuro e inesperado aterrizaje. <\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Aquella larga franja en desuso (desde el a\u00f1o del primer alunizaje, como consecuencia de un avi\u00f3n que se precipit\u00f3 tras el despegue), se manten\u00eda extra\u00f1amente intacta, a poco m\u00e1s de una cuadra del Museo, como si aquello se tratase de una obra instalada en la intemperie, una pieza de Land Art que recordaba la pipa de Magritte. <\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Pero no. La realidad es que aquella pista se redujo a un lugar de piques y de clases de manejo, pues hasta ah\u00ed hab\u00edan llegado los autos: los aprendices con sus instructores durante el d\u00eda, los adoradores de la velocidad durante la noche. <\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Y es que, en Maracaibo, cualquier horizonte vacante pod\u00eda convertirse en un vulgar estacionamiento, o en la continuaci\u00f3n de una gris carretera. En la ciudad prevalec\u00eda el <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">horror vacui<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">. Incluso era extra\u00f1o que el Museo no fuera un AutoMac; que en vez de recorrer sala a sala caminando, no se hiciera con la caja de cambios en neutro; o sacando levemente el croche, avanzando en l\u00ednea recta por una \u00fanica sala tubular\u2026 En fin. El Museo de Arte Contempor\u00e1neo hab\u00eda sido pensado para recorrerse erguido, y eso hac\u00edamos los caminantes. Avanzaba sin detenerme por sus anchas rampas y pasillos descubiertos que bordeaban, por un lado, el gran patio central que lo emparentaba con el Costa Verde, poblado de esculturas y de espejos de agua, de intensa luz solar y de esbeltas palmeras; y, por el otro, los accesos a las salas que recuerdo casi todas cerradas, sin obras en exhibici\u00f3n. <\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Me acuerdo de los guardasalas de las dos o tres que permanec\u00edan abiertas, echados en el suelo en posici\u00f3n fetal, abatidos por el aburrimiento que les proporcionaba el no tener que vigilar a nadie. Por en\u00e9sima vez, yo entraba a aquellas salas y me topaba con esos amantes de Pompeya que, al verme, enseguida se despabilaban, se trepaban a la silla esquinada, y enronquecidos me dec\u00edan \u201cBuenas tardes\u201d. Y era tal la soledad, est\u00e1bamos tan solos en aquellas salas inmensas, que cualquier intento de formalidad resultaba rid\u00edculo. Adem\u00e1s de que en el fondo ya nos conoc\u00edamos, de tanto despabilamiento y de tanta intrusi\u00f3n. Porque, al fin y al cabo, eso mismo me sent\u00eda: un intruso, quien perturbaba la siesta de los guardasalas, quien comet\u00eda la falta cada vez.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u00bfPor qu\u00e9 entonces me empe\u00f1aba en visitar un lugar que pr\u00e1cticamente no cambiaba? \u00bfQu\u00e9 sentido ten\u00eda formar parte de la risible cantidad de visitantes del entonces museo m\u00e1s grande de arte contempor\u00e1neo en Latinoam\u00e9rica? Los miles de metros cuadrados evidenciaban la intenci\u00f3n de \u201cmontar\u201d el arte, pero la gente no acompa\u00f1aba esa ambici\u00f3n. Era raro el haber destinado tanto espacio a tal prop\u00f3sito en una ciudad culturalmente tan ap\u00e1tica como Maracaibo. El p\u00fablico masivo al que pod\u00eda aspirar aquel Museo de generosas instalaciones, ocupaba su vida en estar montado en otras cosas, o en los intentos desesperados por estarlo. Y quiz\u00e1s era eso lo que me atra\u00eda: la empresa desproporcionada para un p\u00fablico casi inexistente, o un p\u00fablico futuro determinado por un cambio de paradigma social; o, dicho de otro modo: la fe, la creencia casi fitzcarraldiana de que en unos a\u00f1os habr\u00eda miles haciendo fila bajo cuarenta grados a la sombra, y que en esos miles habr\u00eda turistas que, por supuesto, pagar\u00edan su entrada, como hemos tenido que pagar la nuestra en museos de Par\u00eds o de Nueva York. <\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Sin duda, era esa una jugada de riesgo: construir un museo con las proporciones de un mall, en una ciudad donde lo abstracto aburr\u00eda, ya fuera por \u201ceuropeo\u201d o demasiado exigente. <\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Ir del Centro Comercial Costa Verde al Museo de Arte Contempor\u00e1neo era unir dos lugares que pod\u00edan desaparecer por su falta de vigencia, porque no estaban \u201cmontados\u201d sobre la nueva o la vieja realidad, sobre la europea o la americana realidad, sino sobre lo indeterminado. Del mismo modo que caminar es administrar la incertidumbre paso a paso, aquellos dos lugares administraban la inestabilidad d\u00eda a d\u00eda. Uno sobreviv\u00eda por la fidelidad de los nost\u00e1lgicos, por los que a\u00fan ve\u00edan s\u00edmbolos de una parte de la infancia y de la temprana adolescencia, entonces lejos de las m\u00e1ximas presiones para estar montado\u2026 Y el otro sobreviv\u00eda por la obstinaci\u00f3n de los minoritarios, los que sab\u00edan que apostaban a la p\u00e9rdida, los que buscaban con urgencia huir del montaje, aunque el fin consistiera en que el arte se montara. Es decir, que el arte alcanzara \u2013o acaso superara\u2013 el nivel de importancia que ten\u00eda el petr\u00f3leo en la sociedad. Que el arte \u2013y no las prestaciones del oro negro\u2013 fuera lo que emancipara. Pero claro, montar el arte supon\u00eda el riesgo de banalizarlo, como en efecto se hab\u00eda banalizado el petr\u00f3leo, y el estilo de vida que derivaba de este. <\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Incluir el arte en los intereses comerciales del petr\u00f3leo, le otorgar\u00eda a este un deber que no le corresponder\u00eda. Lo cierto es que lo que menos caracteriza a este es la abundancia de dinero que lo sostenga, que lo deje derrochar a sus anchas cuando le plazca.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">El arte siempre est\u00e1 en crisis, porque ofrece una abundancia simb\u00f3lica, porque parte de la vida a secas; y por eso los montados se alejaban. Porque estar montado o en v\u00edas de estarlo implicaba ir por \u201clo seguro\u201d, rechazando la tensi\u00f3n constante de vivir con un pie en la vida y con otro en la muerte, prefiriendo el molde probado a la improvisaci\u00f3n; una calle perfectamente iluminada para estar tranquilos, pero desierta de sueltos caminantes.<\/span><\/p>\n<h6><span style=\"font-weight: 400;\"><br \/>\nFoto: Manejando en Caracas, Venezuela, por Luisana Zerpa, Unsplash.<\/span><\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>A Adriana Mor\u00e1n Sarmiento &nbsp; En ese entonces yo caminaba por Maracaibo, actividad que pod\u00eda resultar at\u00edpica, o hasta ser un indicativo de clase. \u00a0 Tan es as\u00ed que en la espera de un sem\u00e1foro, desde la esquina donde deb\u00eda cruzar el peat\u00f3n, raras veces hab\u00eda m\u00e1s de uno; la aglomeraci\u00f3n de desconocidos era extra\u00f1a, [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":5,"featured_media":20340,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_acf_changed":false,"footnotes":""},"categories":[4303],"tags":[4304],"genre":[],"pretext":[],"section":[],"translator":[],"lal_author":[3550],"class_list":["post-20300","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-cronica","tag-numero-24-es","lal_author-ricardo-montiel-es"],"acf":[],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/20300","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/users\/5"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=20300"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/20300\/revisions"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/media\/20340"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=20300"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=20300"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=20300"},{"taxonomy":"genre","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/genre?post=20300"},{"taxonomy":"pretext","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/pretext?post=20300"},{"taxonomy":"section","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/section?post=20300"},{"taxonomy":"translator","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/translator?post=20300"},{"taxonomy":"lal_author","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/lal_author?post=20300"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}