{"id":1948,"date":"2018-01-27T00:39:40","date_gmt":"2018-01-27T06:39:40","guid":{"rendered":"http:\/\/latinamericanliteraturetoday.wp\/2018\/01\/mephistos-waltz-sergio-pitol\/"},"modified":"2024-04-26T17:34:23","modified_gmt":"2024-04-26T23:34:23","slug":"mephistos-waltz-sergio-pitol","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/2018\/01\/mephistos-waltz-sergio-pitol\/","title":{"rendered":"&#8220;Vals de Mefisto&#8221; de Sergio Pitol"},"content":{"rendered":"<div>\n<style type=\"text\/css\">p.p1 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: right; font: 12.0px 'Times New Roman'}<br \/>p.p2 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; font: 12.0px 'Times New Roman'}<br \/>p.p3 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; font: 12.0px 'Times New Roman'; min-height: 15.0px}<br \/><\/style>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<\/div>\n<div class=\"caption\"><\/div>\n<p style=\"text-align: right;\">Para Juan Villoro<\/p>\n<p>Al abrir el bolso de mano para buscar sus cremas, el pijama de seda azul que su hermana Beatriz le compr\u00f3 en la India y en cuyo interior tan a gusto se sent\u00eda, las pantuflas y el frasco de somn\u00edferos, cay\u00f3 a sus pies la revista (\u00a1habr\u00eda podido jurar que la ten\u00eda guardada en la maleta negra!) para nuevamente perturbarla y hacerle dif\u00edcil ya el reposo. Volvi\u00f3 a pensar en la coincidencia que hizo que esa misma ma\u00f1ana, cuando trataba por en\u00e9sima vez de persuadir a Beatriz del desgaste de su vida matrimonial y de la certidumbre de que Guillermo opinase lo mismo, e insist\u00eda en que esa tregua les hab\u00eda hecho conocer el sobrio placer de vivir separados, llegara su cu\u00f1ado a entregarle la revista donde aparec\u00eda ese Mephisto-Waltzer que oblicuamente parec\u00eda corroborar sus argumentos y de cuyo eco no hab\u00eda logrado desprenderse en todo el d\u00eda.<\/p>\n<p>Hab\u00eda pensado no volver a leerlo sino hasta que estuviera debidamente instalada en su casa, despu\u00e9s del ba\u00f1o, el desayuno y un poco de reposo. Pero \u00bfc\u00f3mo resistir a la tentaci\u00f3n cuando la revista hab\u00eda vuelto a caer en sus manos? As\u00ed que una vez tendida en la litera, el pelo cepillado, envuelta en su querido pijama azul, el sedante ingerido, volvi\u00f3 a leerlo, y esa relectura ya no s\u00f3lo la molest\u00f3 sino que le produjo una angustia desmedida cuando entre el chirrido reiterado de las ruedas reencontr\u00f3 la voz de Guillermo, su ritmo y su dicci\u00f3n, el jadeo respiratorio, y lleg\u00f3 hasta a percibir las pausas producidas por la aspiraci\u00f3n o la expulsi\u00f3n del humo de un cigarrillo. Lo ley\u00f3 sin interrupciones; era un texto muy breve. Una mezcla de c\u00f3lera y despecho se le fue acercando para insinuarle que asida a esos sentimientos \u00e1speros podr\u00eda escapar de la angustia. Volvi\u00f3 a repetirse que lo natural hubiera sido recibir ese cuento, para, como siempre, ser ella quien lo pasaba a la redacci\u00f3n; hasta donde recuerda, en los a\u00f1os que llevaban de conocerse, a\u00fan antes del matrimonio, cuando eran ese par de estudiantes alegres y un tanto truculentos que asist\u00edan a la Facultad de Filosof\u00eda que a ella tanto le gusta evocar, \u00e9l no hab\u00eda publicado nada que antes no hubiera sido le\u00eddo por ella, comentado y discutido por ella. S\u00ed, era posible que en Viena \u00e9l hubiese llegado a las mismas conclusiones que esa ma\u00f1ana hab\u00eda tratado de hacerle comprender a su hermana, y que la publicaci\u00f3n de ese &#8220;Vals&#8221; sin advertencia alguna fuera el modo de anunci\u00e1rselo. \u00bfUn desaf\u00edo? Tal vez no, sino una manera cort\u00e9s de indicarle que entre ellos las cosas eran ya de otra manera.<\/p>\n<p>Todos los agravios rumiados en casa de su hermana (a los que \u00e9sta pareci\u00f3 no conceder la menor importancia) durante la semana pasada en Veracruz volvieron a hac\u00e9rsele presentes. A la segunda lectura la sensaci\u00f3n de derrumbe fue m\u00e1s aguda. Algo que exist\u00eda en el trasfondo del relato, la meditaci\u00f3n final en torno a una serie de peque\u00f1os n\u00facleos dram\u00e1ticos que hab\u00edan estado a punto de cristalizar, de desarrollar sus propias leyes, de convertirse al fin en forma: m\u00ednimas historias nutridas en los m\u00e1s rampantes lugares comunes de un decadentismo fin de siglo, sedientas de ripios y oropeles (las torneadas formas de una mujer a quien sus des\u00f3rdenes conducen a la muerte, el ritual suministro del veneno, el atractivo criminal de la m\u00fasica, por ejemplo), s\u00ed, esa meditaci\u00f3n que, como posfacio de un aut\u00e9ntico drama vislumbrado al azar, no era sino la evidencia del desinter\u00e9s de Guillermo por la realidad en la que ella se afirmaba, la hizo pensar que en las conversaciones con Beatriz no hab\u00eda sabido, o tal vez, \u00bfpor qu\u00e9 no?, no hab\u00eda querido llegar a fondo y por lo mismo hab\u00eda resultado con tanta facilidad refutada y merecido justamente los calificativos de incoherente, caprichosa y superficial, por temor a enfrentarse de verdad a una situaci\u00f3n que le era casi imposible explicar. Tal vez su hermana ten\u00eda raz\u00f3n cuando afirmaba que lo \u00fanico que les ocurr\u00eda era haber dejado atr\u00e1s la edad en que iniciar el d\u00eda, cualquier d\u00eda, pod\u00eda tener un car\u00e1cter de juego, de aventura excepcional, lo que ella aceptaba con la mayor naturalidad, pero que Guillermo, en cambio, se negaba a admitir.<\/p>\n<p>Aquello que quince a\u00f1os atr\u00e1s le hab\u00eda resultado atractivo en su marido comenz\u00f3 a exasperarla de tal modo que, a medida que se fue aproximando el fin del a\u00f1o sab\u00e1tico, empez\u00f3 a intranquilizarse, a temer el regreso, a repetirse que esa separaci\u00f3n hab\u00eda sido necesaria porque as\u00ed, sin dolor, sin agobios, hab\u00eda descubierto que la exaltaci\u00f3n permanente en que \u00e9l pretend\u00eda vivir la amedrentaba y fatigaba, que a su lado no pod\u00eda dedicarse a su trabajo con la pasi\u00f3n que la soledad le produc\u00eda (la monograf\u00eda sobre Agust\u00edn Lazo le hab\u00eda tomado s\u00f3lo medio a\u00f1o; \u00a1ni siquiera se atreve a pensar en el tiempo que le habr\u00eda llevado prepararla de estar \u00e9l a su lado!), y, tal vez, \u00a1pero en ese mismo momento la idea la estremece!, el hecho de que en ninguna de sus cartas hubiera aludido a ese relato significaba que Guillermo hab\u00eda llegado desde hac\u00eda tiempo a la misma conclusi\u00f3n y que se hallaban no a las puertas, como cre\u00eda, sino en el interior de la separaci\u00f3n definitiva. Una cosa era hablar con su hermana sobre esa posibilidad, otra enfrentarse a la evidencia. El coraz\u00f3n comenz\u00f3 a latirle con tal desarreglo que tuvo que levantarse a tomar otro sedante. Hasta desde el otro lado del oc\u00e9ano, \u00a1lo que era de verdad indecente!, Guillermo lograba producirle esos sobresaltos. Durante quince, diecisiete, veinte a\u00f1os, siempre hab\u00eda ocurrido lo mismo: exigencias t\u00e1citas pero desmedidas, tensiones cuya causa hab\u00eda que buscar en el reino de las hip\u00f3tesis, morosas depresiones que la cargaban de una culpa difusa.<\/p>\n<p>Guillermo acostumbraba fechar todo lo que escrib\u00eda. Por eso pudo saber que el cuento hab\u00eda sido escrito ocho meses atr\u00e1s, es decir al poco tiempo de instalarse en Viena. No, de eso est\u00e1 muy segura, nunca le hab\u00eda escrito una l\u00ednea al respecto. Ni siquiera ten\u00eda idea de que se hubiera ocupado de algo que no fuera su ensayo sobre Schnitzler, al que con frecuencia alud\u00eda. En una de sus \u00faltimas cartas le hablaba con entusiasmo de un relato sobre Casanova; insist\u00eda en que al leerlo cambiar\u00eda de opini\u00f3n sobre el autor (a quien por otra parte escasamente conoc\u00eda) y dejar\u00eda de hacerle reproches por no haber elegido como tema a Hoffmansthal (cuya obra, tambi\u00e9n, fuera de algunos libretos de \u00f3pera, desconoc\u00eda por completo, aunque no dejaba de parecerle, por todas las referencias cultas que pose\u00eda: la colaboraci\u00f3n con Strauss, los ensayos de Broch, de Curtius, de Mann, bastante m\u00e1s atractiva).<\/p>\n<p>De lo que s\u00ed est\u00e1 segura es de que en alguna carta \u00e9l aludi\u00f3 al concierto que con toda evidencia fundament\u00f3 el cuento. Lo recuerda porque insist\u00eda en que era el mismo David Divers a quien hab\u00edan o\u00eddo en Par\u00eds cuando dejaba de ser un adolescente prodigioso para convertirse en un m\u00fasico genial. Su memoria apresa no tanto el talento como la belleza del muchacho.<\/p>\n<p>Hay en el relato (abre la revista, busca el p\u00e1rrafo para convencerse de su existencia, y, al comprobarlo, suspira complacida) una referencia pasajera al concierto o\u00eddo por ambos en Par\u00eds despu\u00e9s de su matrimonio y comprueba que su abatimiento ha sido tal que basta ese m\u00ednimo signo para por el momento sentirse homenajeada. El narrador (porque Guillermo crea una distancia entre \u00e9l y su relato a trav\u00e9s de un narrador, mexicano como \u00e9l, y tambi\u00e9n como \u00e9l residente por un breve per\u00edodo en Viena) se refiere al concierto en que oy\u00f3 por primera vez al pianista y recuerda que, en el momento en que se levant\u00f3 para agradecer los aplausos, su mujer \u2014s\u00ed, ella, la que tendida en la litera de un vag\u00f3n de ferrocarril viaja de Veracruz a M\u00e9xico y lee una revista literaria\u2014, al ver las sienes ba\u00f1adas de sudor del pianista, coment\u00f3 (aunque en el momento en que lee est\u00e1 casi segura de no haber dicho tal cosa) que el efecto de esas gotas que se le deslizaban por las sienes y ba\u00f1aban sus mejillas le hac\u00eda pensar en el rostro de un joven fauno que volviera de hacer el amor.<\/p>\n<p>Y una vez localizada la cita, comenz\u00f3 a releer el cuento desde el inicio y pudo disfrutar de la belleza de ciertas frases, trenzar los hilos, observar que la an\u00e9cdota, como en casi todo lo que escrib\u00eda, era un mero pretexto para establecer un tejido de asociaciones y reflexiones que explicaban el sentido que para \u00e9l revest\u00eda el acto mismo de narrar. En sus primeros cuentos las asociaciones eran m\u00e1s libres, un surtidero de im\u00e1genes y acontecimientos por lo general unidos con una sutura muy enterrada y cuya conexi\u00f3n el lector no lograba advertir hasta bien avanzada la lectura; en los posteriores, el discurso serpenteaba por un cauce m\u00e1s lento, m\u00e1s espacioso tambi\u00e9n, donde con deliberaci\u00f3n se dejaba sentir el eco de ciertos autores alemanes y sobre todo austr\u00edacos que lo hab\u00edan entusiasmado desde sus a\u00f1os de estudiante. En los \u00faltimos tiempos s\u00f3lo escrib\u00eda ensayos. De ah\u00ed tambi\u00e9n su sorpresa ante la aparici\u00f3n de ese cuento.<\/p>\n<p>Nada de lo que Guillermo ha escrito la ha dejado satisfecha en una primera lectura. Hay en ella una necesidad de convertirse, frente a su marido, en abogado del diablo, de buscar errores, detectar inconsecuencias, determinar blanduras y adiposidades en su prosa. Por eso \u00e9l la estimaba como lectora. Ella, por ejemplo, habr\u00eda desdibujado la figura de la catalana que aparece en una de las historias. Siente all\u00ed un exceso de curvas, de redondeces, una figura demasiado plena que la hace evocar caderas como \u00e1nforas y pechos iguales a mascarones de edificios en exceso barrocos. Hay una obsesi\u00f3n de brocados, terciopelos y encajes, de &#8220;veroneser\u00eda&#8221;, como exclam\u00f3 una vez en un momento de hartura, que siempre le molesta en sus personajes femeninos, y que ese d\u00eda percibe como una manera de combatirla, como un reto a su cabello corto, a sus pechos peque\u00f1os, a sus caderas angostas, a su estilo lineal de vestir.<\/p>\n<p>El relato posiblemente no sea memorable; su marido lo abandona en el momento en que a ella m\u00e1s pod\u00eda interesarle. \u00bfC\u00f3mo comparar, se dice, ese conjunto de suposiciones que rozan siempre lo par\u00f3dico con el drama real del anciano y el pianista que con tanta soberbia descarta? El inicio era una especie de cr\u00f3nica musical sobre el concierto de un famoso solista en la sala mayor del Conservatorio de Viena. La primera parte del programa estaba compuesta por la Sonata en Si Menor y el Vals Mefisto de Liszt; la segunda se integraba exclusivamente con Estudios de Chopin. El relator describe la Sonata y para ello Guillermo debi\u00f3 haber utilizado los datos del programa de mano o extraerlos de un libro de popularizaci\u00f3n musical o alguna biograf\u00eda de Liszt, pues, por incre\u00edble que pueda parecer, en ese terreno sus conocimientos eran nulos y jam\u00e1s lograba identificar el acorde m\u00e1s simple. Aunque hayan ido durante a\u00f1os con regularidad a los conciertos y en apariencia (lo que no s\u00f3lo imagina posible sino que est\u00e1 convencida de que en el fondo es cierto) goce de ellos, la frecuentaci\u00f3n y ese placer que le atribuye no le han afinado de ninguna manera el o\u00eddo. En cierta ocasi\u00f3n oyeron a Richter tocar en Roma el Carnaval de Schumann gracias a los billetes que por milagro les obsequi\u00f3 una amiga de su madre de paso por la ciudad, la cual, despu\u00e9s de movilizar a medio mundo, logr\u00f3 conseguir tres entradas a precio de oro pero en el \u00faltimo momento prefiri\u00f3 ver la pel\u00edcula de una artista que adoraba, quien seg\u00fan el secretario de su marido se le parec\u00eda de manera pasmosa. Fueron con Ignazio, y recuerda la ocasi\u00f3n como una de las muy raras en todos los a\u00f1os de casados en que no pudo contenerse cuando, con el desparpajo de un experto, Guillermo declar\u00f3 que Richter se hab\u00eda definitivamente equivocado en Schumann a pesar de la ovaci\u00f3n tributada por esa multitud de ricachos ignorantes, que lo hab\u00eda tocado militarmente, casi como si fuera una marcha, que el Romanticismo alem\u00e1n era otra cosa, que ten\u00eda infinidad de entretelas que el pianista ni siquiera hab\u00eda logrado intuir, y ella que no hab\u00eda salido a\u00fan del asombro que le hab\u00eda producido el concierto, le solt\u00f3 un &#8220;por favor, Guillermo, no digas tonter\u00edas&#8221; que lo sumi\u00f3 en un silencio resentido y sombr\u00edo durante el tiempo que estuvieron en la Trattoria del Trastevere adonde los condujo Ignazio. Fue una situaci\u00f3n excepcional. Por lo general \u00e9l espera que ella d\u00e9 la pauta, que diga las primeras palabras, las que contienen la clave, y entonces, con bastante coherencia, y quiz\u00e1s hasta con brillo, elabora una serie de reflexiones sobre el tema. Le divierte cuando entra en su estudio y la encuentra oyendo un disco; siempre se apresura a preguntar qu\u00e9 es, y si se trata de algo que ser\u00eda vergonzoso no reconocer (cuando la verdad es que, fuera de la Polonesa, el Emperador, la Primera de Mahler o la Quinta de Beethoven, por lo general est\u00e1 perdido) ella responde con tono casual, sin levantar apenas los ojos de la m\u00e1quina de escribir o del libro en que por el momento se sepulta: &#8220;\u00a1la Sinfon\u00eda de C\u00e9sar Franck, por supuesto!&#8221;, o bien, &#8220;\u00a1el concierto para flauta de Mozart que tanto te gusta!&#8221;, y \u00e9l hace la finta de concentrarse hasta reconocer tal o cual frase mel\u00f3dica que musita en voz muy baja, y luego prosigue satisfecho su tarea y hasta disfruta de la m\u00fasica en los epis\u00f3dicos momentos en que advierte su presencia. Al recordar todo esto, mientras lee lo que escribe sobre la complejidad estructural de la Sonata en si menor, &#8220;tan combatida en su momento, repudiada hasta por el propio Schumann no obstante ser, seg\u00fan los estudios contempor\u00e1neos, el monumento pian\u00edstico m\u00e1s extraordinario de su \u00e9poca&#8221;, se llena de buena disposici\u00f3n, de afecto hacia el ausente.<\/p>\n<p>El relator, un joven literato mexicano de nombre Manuel Torres, llega pues al concierto del solista, que en el cuento en vez de Divers se llama Gunther Prey. Ha conseguido, a saber por obra de qu\u00e9 azar, un asiento de primera fila, a una distancia m\u00ednima del piano. El brillo de la sala, la tiesura del p\u00fablico, su pasmo religioso ante la m\u00fasica lo impresionan, pero sobre todo la actitud del artista. El joven parece mantener con el piano una relaci\u00f3n sangu\u00ednea, casi umbilical. A momentos la exacta correspondencia con su instrumento y con los sonidos que de \u00e9l extrae lo hace parecer casi inhumano. Manuel Torres comienza a escribir notas en la p\u00e1gina en blanco del programa, pensando que podr\u00e1n serle de alguna utilidad en el futuro. Tiene esa man\u00eda. Ha hecho apuntes en toda clase de papeles, en men\u00fas de restaurantes, en facturas de pago, en cuanto papel ha ca\u00eddo en sus manos, para casi invariablemente perderlos a los pocos d\u00edas, a las cuantas horas, a veces en el momento mismo de salir del lugar donde los ha esbozado. Anota algo sobre la lejan\u00eda del pianista, el magnetismo que desprende, la sobriedad de los ademanes, la fuerza del ment\u00f3n, la manera en que los p\u00f3mulos descienden hasta la boca, se ahogan en ella para luego renacer en unos labios m\u00ednimos y crueles, lo que hace pensar en un galgo, un galgo con un toque felino, s\u00ed, un galgo que fuera a la vez un gato de Egipto. A ella, que vagamente recuerda el rostro descrito, ese dibujo le parece absurdo y confuso, la t\u00edpica mara\u00f1a en que caen los varones cuando quieren decir que uno de sus protagonistas es hermoso. \u00a1Dichoso Tolst\u00f3i, se dice, recordando una discusi\u00f3n con su cu\u00f1ado, quien libre de toda inhibici\u00f3n \u2014y de cualquier sospecha\u2014 describe con gozosa naturalidad los labios, los dientes o el talle de Vronski!<\/p>\n<p>De pronto algo gana la atenci\u00f3n de Torres. Es posible que un gesto furtivo del pianista haya dirigido su mirada hacia un palco situado en el costado derecho del teatro, casi sobre el escenario. A primera vista el palco podr\u00eda parecer vac\u00edo, pero si se observa con atenci\u00f3n es posible descubrir una figura en el fondo, un hombre sentado de tal manera que s\u00f3lo cuatro o cinco espectadores de la primera fila, \u00e9l entre ellos, pueden advertir su presencia. Es un rostro que le resulta vagamente conocido. Sus ojos siguen la ejecuci\u00f3n del pianista como en un trance hipn\u00f3tico. Hay algo tr\u00e1gico en la manera en que aquel anciano escucha a Prey tocar el Vals Mefisto. En ese momento a Torres se le desvanece casi la presencia del pianista. Comienza a interrogarse sobre el porqu\u00e9 de la imantaci\u00f3n con que las manos err\u00e1ticas del virtuoso atraen esos ojos, con tal fijeza que parecieran desear inmovilizarlas. Anota en el programa:<\/p>\n<p style=\"margin-left: 40px;\">a) un abuelo militar que intenta una reconciliaci\u00f3n con su nieto,<\/p>\n<p style=\"margin-left: 40px;\">b) un maestro a punto de morir que trata de encontrar en ese concierto un posible sentido a su vida.<\/p>\n<p>Imagina a un abuelo solitario, un militar retirado que observa c\u00f3mo su \u00fanico descendiente produce esa magia que mantiene a quinientas personas reunidas, por obra de sus manos, en una \u00f3rbita al margen de cualquier contingencia. Se opuso con fervor a su carrera, cre\u00f3 toda clase de obst\u00e1culos hasta llegar a la ri\u00f1a violenta que produjo la fuga del joven, m\u00e1s dolorosa para \u00e9l que la muerte de sus hijos. Al final ha vuelto a implorar una reconciliaci\u00f3n que todos, \u00e9l el primero, consideraban hasta hac\u00eda unos cuantos meses irrealizable, de lo que en cierto momento de la ejecuci\u00f3n adquiere total conciencia. La mirada furtiva del joven, la misma que descubri\u00f3 Torres y que le hizo interesarse en el palco, parece ser el inicio de un desaf\u00edo. Cada acorde del Vals se vuelve burl\u00f3n, sarc\u00e1stico, escarnecedor. El viejo general comprende que no hay puente posible, que nunca podr\u00e1 perdonarle a su nieto haber descendido a ese mundo de juglares, hechiceros y bufones que ofende todo lo que a \u00e9l lo sustenta. Hay un violento combate de abstracciones, aquellas que se resumen en el uniforme que a\u00fan viste para asistir a ciertas ceremonias, en las cruces que con mano temblorosa cuelga de su pechera, en el macizo espad\u00edn que contempla algunas veces con mirada velada y que se oponen a las que inundan el alma de su nieto, las que con feroz virtuosismo le lanza esa noche a la cara. De ah\u00ed la expresi\u00f3n burlona y desafiante del muchacho y el ce\u00f1o hostil b\u00e1rbaramente vejado del anciano. Pero a Torres ese drama se le convertir\u00eda en la simple historia de un conflicto entre generaciones; no conoce los resortes del alma militar; jam\u00e1s podr\u00eda escribir desde dentro la historia que pretende; se empantanar\u00eda en zonas ignoradas que har\u00edan muy dif\u00edcil a su imaginaci\u00f3n ponerse en movimiento.<\/p>\n<p>\u00bfY si fuera un maestro? Un profesor a punto de caer demolido por el c\u00e1ncer, que a duras penas se ha levantado del camastro en que agoniza y ha salido para o\u00edr por \u00faltima vez al alumno en quien se siente realizado, cuyo adiestramiento lo alej\u00f3 de todo lo que en cierto momento le hicieron creer que era importante: su carrera personal, la fama, sus otros alumnos, una esposa, dos sobrinas, y cuya ejecuci\u00f3n esa noche justifica su vida y le permite esperar sin sobresaltos una muerte que sabe inevitable e inmediata. Aunque agn\u00f3stico, en ese momento implora el milagro de morir all\u00ed, en el palco, antes de escuchar la \u00faltima nota del Mefisto. No quiere ya entrevistarse con su disc\u00edpulo, lo que menos se le antoja es conversar con \u00e9l y preguntarle por qu\u00e9 ha acentuado el tono de mofa que parece advertir en la ejecuci\u00f3n de la pieza. Prefiere pensar que es una especie de tributo, de reconfortaci\u00f3n; un mensaje que le indica que, enfrentado a la esfera del arte, cualquier drama personal es insignificante, que Liszt muri\u00f3 y su obra contin\u00faa, que morir\u00e1 tambi\u00e9n \u00e9l y despu\u00e9s el virtuoso ejecutante pero habr\u00e1 nuevas notas que sorprender\u00e1n a nuevos o\u00eddos; que el amor, las desdichas, el olvido son meras palabras. Pero el tono de burla se desborda y en su empe\u00f1o produce el instante que le revela (\u00a1y su estupefacci\u00f3n es entonces inmensa!) que nada tiene ni ha tenido sentido, ni siquiera la m\u00fasica, que su vida ha sido apenas una broma miserable, que el dolor que aqueja su costado izquierdo al grado de apenas permitirle respirar es tambi\u00e9n parte de esa broma infame, y siente deseos de abolir el mundo que en ese momento s\u00f3lo se le aparece a trav\u00e9s de un par de manos que recorren el teclado y se burlan de \u00e9l, de su agon\u00eda, de su costado izquierdo, y tambi\u00e9n de la m\u00fasica que emana de ellas y de Liszt y de cualquier aspiraci\u00f3n que aliente en el hombre. Querr\u00eda levantarse y gritar que todo y nada es lo mismo, querr\u00eda sobre todo morir para cortar de tajo el pavor de ese instante. Pero Torres sabe que tampoco por all\u00ed podr\u00eda llegar demasiado lejos.<\/p>\n<p>De golpe cae en otra posibilidad m\u00e1s apta para el desarrollo de lo que han dado en llamar su estilo. Anota en el programa:<\/p>\n<p style=\"margin-left: 40px;\">c) Barcelona, Palau de la M\u00fasica. Efectos de Art Nouveau; prolongaci\u00f3n o, mejor dicho, revivificaci\u00f3n de un instante a trav\u00e9s de la m\u00fasica. Lucha sin tregua para mantener viva en la memoria la historia de unos d\u00edas&#8230; los que precedieron a (y culminaron en) un crimen.<\/p>\n<p>La acci\u00f3n transcurrir\u00eda en Barcelona, porque es un lugar que conoce bien, y aunque para nada necesita el exterior de la ciudad, la atm\u00f3sfera paralela de ciertos cuadros, de cierto sentido ornamental, las ligas entre el Sezessionstil de Viena y el Modernismo catal\u00e1n le proporcionan el tono de interiores que requiere. Ve casi los muebles de un espacioso departamento, las l\u00e1mparas con pantallas de cretonas espesas, el estuco rosado de los muros, la calidad del terciopelo de las cortinas. Un joven bi\u00f3logo descubre a los pocos meses de casado que, tras la pl\u00e1cida y un tanto vacua fachada en que se oculta su mujer, fluye una lava que la calcina y la entrega a pr\u00e1cticas inenarrables bajo la tutela de un aventurero italiano. En una ocasi\u00f3n, al regresar de Figueras, donde pasa varios d\u00edas a la semana haciendo investigaciones en los laboratorios de su padre, conoce de manera circunstancial ciertos detalles que lo llevan a descubrir la trama canallesca que tiene por escenario su casa. Sabe que su mujer, y eso es lo torturante, jam\u00e1s podr\u00e1 amarlo, que el matrimonio le ha servido s\u00f3lo de cobertura para continuar una vida que en casa de sus padres le resultaba cada vez m\u00e1s dif\u00edcil. Se decide a probar con ella un t\u00f3xico vegetal que ha recibido de Luz\u00f3n, en cuyas propiedades por el momento trabaja. El efecto ser\u00e1 lento. Con regularidad comienza a proporcionarle la p\u00f3cima; la ve decaer pausadamente, le hace patente una preocupaci\u00f3n que desde luego siente pero por razones distintas, la interroga sobre su salud, le toma el pulso en los momentos m\u00e1s imprevistos, le recomienda reposo, pasar varias horas al d\u00eda en cama, tomar algunos tranquilizantes; interroga a sus suegros sobre pasadas enfermedades; habla con algunos colegas; hace que un c\u00e9lebre especialista la visite y ausculte. Los resultados son previsibles: el cardi\u00f3logo recomienda medidas radicales, no se puede decir nada con entera seguridad, el cuadro cl\u00ednico es en extremo complicado, lo \u00fanico que podr\u00eda decirse es que los s\u00edntomas no son nada tranquilizadores, que existe una fuerte descompensaci\u00f3n card\u00edaca. Es necesario someterla a un tratamiento estricto. La mujer va extingui\u00e9ndose a ojos vistas. Por las tardes se levanta, se sienta al piano e invariablemente toca el Vals Mefisto que, \u00e9l lo sabe, de cierta manera la comunica con el amante a quien ya no puede ver, al que no ver\u00e1 nunca. Cuando llega la muerte, a nadie se le ocurre sospechar que se trat\u00f3 de un crimen; el dolor del joven viudo es aut\u00e9ntico, tanto que sus familiares, preocupados por su salud, lo obligan a realizar un largo viaje; \u00e9l elige, de todos los lugares posibles, quiz\u00e1s como contraveneno, pasar una temporada en Luz\u00f3n. Durante cuarenta a\u00f1os o m\u00e1s, pocas veces se ha perdido la ejecuci\u00f3n de esa pieza que escucha agazapado en la penumbra de un palco solitario. Mientras flota la m\u00fasica en torno suyo sigue percibiendo el aliento emponzo\u00f1ado de su infiel amada, ve los brazos desnudos bellamente torneados, la carne demasiado blanca que baja del cuello y se levanta, enloquecedora, transparente, opulenta, en el pecho; y en esa ocasi\u00f3n, en la que Torres lo escruta con la atenci\u00f3n m\u00e1s \u00e1vida, le parece percibir por momentos un modo de ejecuci\u00f3n que ya cre\u00eda olvidado. Era \u00e9sa la manera en que su mujer interpretaba el Vals, comenzando con una languidez sombr\u00eda, una desgana enorme para en cierto momento afianzarse, hacer sentir la individualidad del ejecutante y revelar un trasfondo equ\u00edvoco que le hac\u00eda comprender que \u00abella sab\u00eda\u00bb, que estaba enterada de todo, de la causa de su enfermedad, pero que de cualquier manera era superior a \u00e9l por el mero hecho de no amarlo, por no preocuparse siquiera ya en fingir, y que a fin de cuentas se re\u00eda porque pasara lo que pasara ya ella hab\u00eda vivido la experiencia que le era necesaria y de la que \u00e9l siempre estar\u00eda ausente, en la que ni entonces ni ahora ni nunca podr\u00eda alcanzarla. Y a cada nota vuelve a maldecirla y a maldecir la vida. Sin ninguna piedad, haciendo uso de los calificativos m\u00e1s soeces que encuentra, se reprocha su cobard\u00eda por no haber sucumbido tambi\u00e9n \u00e9l al veneno, por haberla sobrevivido durante a\u00f1os y a\u00f1os que han sido un puro simulacro. Por eso, la mirada cadav\u00e9rica del anciano que contempla al pianista tiene una carga de voluptuosidad y otra igualmente poderosa de odio. La dosis de erotismo que hay en el Vals parece cristalizarse en la rigidez del rostro de aquel viejo, m\u00e1s siniestramente a\u00fan por ligarse a recuerdos de algo que en un momento tuvo que ver con el amor. Manuel Torres, el narrador (y ah\u00ed Guillermo vuelve a mostrarse erudito), recuerda que esa pieza, compuesta por Liszt durante su estancia en Weimar, es un comentario a la escena en que Fausto y Mefist\u00f3feles entran en una taberna y el viol\u00edn de Mefist\u00f3feles precipita a los aldeanos en una especie de paroxismo amoroso. Gunther Prey lo toca en esos momentos con tan concentrada perversidad que aquel cad\u00e1ver viviente vuelve a percibir en rededor suyo esa mezcla putrefacta de perfumes, medicamentos y tufo de encierro que desprend\u00eda el cuarto de la moribunda la \u00faltima vez que a\u00fan pudo dirigirse al piano.<\/p>\n<p>La ovaci\u00f3n es cerrada. El pianista se levanta casi de un salto, tiene las sienes empapadas de sudor. Es ah\u00ed donde Torres apunta que cuando lo oy\u00f3 por primera vez en Par\u00eds su esposa coment\u00f3 que ese rostro tenso y empapado le hac\u00eda pensar en un joven fauno que acabara de hacer el amor. En el momento en que Prey se sit\u00faa frente al p\u00fablico y acoge el aplauso la electricidad desaparece de sus m\u00fasculos, la intensidad se pierde, su arrogancia se ablanda y casi parece convertirse en un bailar\u00edn de coro de alg\u00fan centro nocturno un tanto ambiguo. El escritor eleva una vez m\u00e1s la mirada y ve que el palco que para \u00e9l fue el verdadero escenario de esa noche ha quedado vac\u00edo.<\/p>\n<p>En el entreacto vuelve a descubrir al anciano en un extremo del vest\u00edbulo, rodeado por un grupo de personas que lo escuchan en actitud de total vasallaje. Un fot\u00f3grafo se le acerca y dispara un flash; luego el personaje furtivamente desaparece. Torres tuvo tiempo de preguntarle a una acomodadora que contemplaba la escena con delectaci\u00f3n qui\u00e9n era aquel individuo, y al o\u00edr el nombre, pronunciado con devoci\u00f3n untuosa y no sin cierto desprecio ante su ignorancia, se sorprende por no haberlo reconocido antes. Se trata de un eminente director de orquesta cuya fotograf\u00eda ha visto innumerables veces en la prensa y en la portada de decenas de discos. Fue \u00e9l, les comentaron en aquella ocasi\u00f3n en Par\u00eds, quien descubri\u00f3 al pianista, quien lo apoy\u00f3 con denuedo en el concurso internacional que lo lanz\u00f3 a la fama. En aquella \u00e9poca se trataba de un muchacho de dieciocho o diecinueve a\u00f1os y de un hombre de cincuenta y tantos, un verdadero amo del mundo en la plenitud de su carrera. Su despotismo, su arbitrariedad, sus caprichos lo hac\u00edan antip\u00e1tico a algunos, pero aumentaban considerablemente su popularidad. \u00abEstas ruinas que ves&#8230;\u00bb, musita, y de inmediato le fastidia la aparici\u00f3n en su conciencia de ese lugar com\u00fan. El narrador hace mentalmente sus c\u00e1lculos; el pianista deb\u00eda tener en la actualidad unos treinta o treinta y dos a\u00f1os aunque representaba menos, y el viejo director, a quien un accidente nunca aclarado del todo hab\u00eda retirado del p\u00f3dium, rozaba los setenta, pero parec\u00eda tener muchos m\u00e1s.<\/p>\n<p>La segunda parte del concierto estaba por comenzar. El narrador vuelve a su puesto, trata de atender s\u00f3lo a la m\u00fasica, el palco ha dejado de interesarle, la situaci\u00f3n se ha despose\u00eddo de todo <i>pathos<\/i>, se ha convertido, a pesar del prestigio social que envuelve a los personajes, de su importancia art\u00edstica, en una mera historia privada, s\u00fabitamente anodina. La realidad ha destruido todo el misterio que para \u00e9l pose\u00eda aquella especie de di\u00e1logo que la m\u00fasica estableci\u00f3 entre la escena y el palco. Las eventuales preguntas se vuelven de un realismo insoportable ya que sabe qui\u00e9nes son los protagonistas y la posible relaci\u00f3n existente entre ellos. \u00bfHabr\u00e1 la diferencia de edades creado infiernos sin salida, delirios de posesi\u00f3n, laberintos de trampas y mentiras abyectas?, se pregunta. Y el accidente en Marruecos del que tanto habl\u00f3 la prensa, \u00bfen qu\u00e9 habr\u00eda consistido realmente? Todo se mueve ya dentro del campo de la baja murmuraci\u00f3n y de las moralejas f\u00e1ciles. La realidad, por lo visto, se dice, es rica en golpes bajos, no en grandes haza\u00f1as. El cuerpo, es cierto, puede volverlo todo lamentable. Algo de verg\u00fcenza, de rubor, la sensaci\u00f3n de fisgar por una cerradura le impide levantar la cabeza para contemplar al anciano, y el Chopin de Prey le parece aburrido, equivocado, pusil\u00e1nime. De haber estado en un lugar menos visible habr\u00eda abandonado la sala.<\/p>\n<p>Cierra la revista, apaga la luz. Trata de dormir. Siente hasta d\u00f3nde ella debe defraudarlo con el sentido de realidad que ha deseado impartir a su vida y hasta d\u00f3nde la edad ya no le permite a \u00e9l construir el tinglado necesario para vivir creativamente. Para ella la parte m\u00e1s interesante comenzaba en el punto donde su marido cerraba el relato. Piensa que por primera vez comprende por qu\u00e9 escribe tan poco, por qu\u00e9 sus neurastenias, sus depresiones. Piensa o cree pensar en la realidad y casi siente v\u00e9rtigo. \u00bfQu\u00e9 es? \u00bfEst\u00e1 en ese compartimiento que su hermana consider\u00f3 un capricho reservar, ya que, seg\u00fan ella, se pod\u00eda viajar con igual comodidad en una simple litera?, \u00bfo en la conferencia que tiene que revisar sobre los suprematistas?, \u00bfo en sus perros que la esperan y a los que quisiera ba\u00f1ar esa semana? \u00bfPor qu\u00e9, siendo a fin de cuentas lo que fuera, a ella no le resulta insatisfactorio y a \u00e9l, en cambio, lo va transformando en un hombre seco, esquinado y amargo? Oye grandes palabras girar en su cerebro como si trataran de encontrar un cauce o la conexi\u00f3n adecuada, pero ya la tableta ha comenzado a producir sus efectos. Trata de recordar alguna frase musical de Liszt y no lo logra. Fatigada, sumida en una torpeza que no deja de serle agradable, va qued\u00e1ndose poco a poco dormida.<\/p>\n<p style=\"text-align: right;\">Mosc\u00fa, junio de 1979<\/p>\n<h6>Sergio Pitol, escritor mexicano\u00a0(derecha) con el editor espa\u00f1ol Jorge Herralde.<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Al abrir el bolso de mano para buscar sus cremas, el pijama de seda azul que su hermana Beatriz le compr\u00f3 en la India y en cuyo interior tan a gusto se sent\u00eda, las pantuflas y el frasco de somn\u00edferos, cay\u00f3 a sus pies la revista (\u00a1habr\u00eda podido jurar que la ten\u00eda guardada en la maleta negra!) para nuevamente perturbarla y hacerle dif\u00edcil ya el reposo. Volvi\u00f3 a pensar en la coincidencia que hizo que esa misma ma\u00f1ana, cuando trataba por en\u00e9sima vez de persuadir a Beatriz del desgaste de su vida matrimonial y de la certidumbre de que Guillermo opinase lo mismo, e insist\u00eda en que esa tregua les hab\u00eda hecho conocer el sobrio placer de vivir separados, llegara su cu\u00f1ado a entregarle la revista donde aparec\u00eda ese Mephisto-Waltzer que oblicuamente parec\u00eda corroborar sus argumentos y de cuyo eco no hab\u00eda logrado desprenderse en todo el d\u00eda.<\/p>\n","protected":false},"author":3,"featured_media":1945,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_acf_changed":false,"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[2956,4460,3729],"genre":[2012],"pretext":[2040,2037],"section":[2375],"translator":[],"lal_author":[3037],"class_list":["post-1948","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-uncategorized","tag-mexico-es","tag-numero-5","tag-short-fiction-es","genre-fiction-es","pretext-ficcion-es","pretext-fiction-es","section-featured-author-sergio-pitol-es","lal_author-sergio-pitol-es"],"acf":[],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/1948","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/users\/3"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=1948"}],"version-history":[{"count":2,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/1948\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":32341,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/1948\/revisions\/32341"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/media\/1945"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=1948"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=1948"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=1948"},{"taxonomy":"genre","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/genre?post=1948"},{"taxonomy":"pretext","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/pretext?post=1948"},{"taxonomy":"section","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/section?post=1948"},{"taxonomy":"translator","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/translator?post=1948"},{"taxonomy":"lal_author","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/lal_author?post=1948"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}