{"id":1932,"date":"2018-01-26T22:50:34","date_gmt":"2018-01-27T04:50:34","guid":{"rendered":"http:\/\/latinamericanliteraturetoday.wp\/2018\/01\/extract-lluvia-rain-victoria-de-stefano\/"},"modified":"2023-06-06T20:03:44","modified_gmt":"2023-06-07T02:03:44","slug":"extract-lluvia-rain-victoria-de-stefano","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/2018\/01\/extract-lluvia-rain-victoria-de-stefano\/","title":{"rendered":"Un extracto de la novela Lluvia de Victoria de Stefano"},"content":{"rendered":"<div>\n<style type=\"text\/css\">p.p1 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; font: 12.0px Times}<br \/>p.p2 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; font: 12.0px Times; min-height: 14.0px}<br \/>span.Apple-tab-span {white-space:pre}<br \/><\/style>\n<\/div>\n<style type=\"text\/css\">p.p1 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; font: 12.0px 'Times New Roman'}<br \/>p.p2 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; font: 12.0px 'Times New Roman'; min-height: 15.0px}<br \/><\/style>\n<p>8 de julio: En la noche ceno en casa de P. Me hab\u00eda llamado para invitarme con mucha anticipaci\u00f3n. P. es viudo desde hace unos tres a\u00f1os: el tiempo que seg\u00fan los chinos debe durar el duelo. A su mujer de un d\u00eda para otro la paraliz\u00f3 una embolia. Una semana despu\u00e9s mor\u00eda, sin que jam\u00e1s a P. le hubiera pasado por la cabeza que alguien, dieciocho a\u00f1os m\u00e1s joven que \u00e9l, pudiera precederlo en ese tr\u00e1nsito. Hasta que el mecanismo de la enfermedad no se puso en marcha jam\u00e1s se hab\u00eda paseado por la eventualidad de que ella pudiera morir antes. P. se adapta con dificultad a la nostalgia nunca apaciguada de la intimidad en que hab\u00eda vivido con la difunta, pero mucho mejor y m\u00e1s humildemente de lo que todos los de su entorno, dado su car\u00e1cter muy sensible y poco pr\u00e1ctico, hubi\u00e9ramos podido imaginar.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de la desgracia, agravada por la miserable circunstancia de que con s\u00f3lo meses de diferencia, su primera esposa, una mujer fr\u00e1gil y desquiciada de la que se hab\u00eda separado varias d\u00e9cadas atr\u00e1s, pero que en m\u00e1s de un aspecto continuaba dependiendo de \u00e9l, se hab\u00eda quitado la vida ingiriendo grandes dosis de barbit\u00faricos, se hac\u00edan apuestas sobre cu\u00e1nto aguantar\u00eda. Los que aventuraban su desplome, se sintieron defraudados, como si el no haberse venido abajo se debiera a una ominosa falta de integridad moral. En cambio, sus amigos m\u00e1s cercanos nos sentimos felizmente sorprendidos de la sobria actitud con que hab\u00eda enfrentado ambas calamidades. M\u00e1s a\u00fan cuando vimos el celo con que se impuso acatar cada uno de los requerimientos que su primera esposa hab\u00eda dejado consignados en su carta testamento. Que le pusiesen sus mejores prendas y la adornasen con sus joyas, que una orquestita de cuerdas le tocase tales y cu\u00e1les piezas musicales, que le llevasen tales y cu\u00e1les flores (nada de crisantemos), que durante sus exequias se leyese la oraci\u00f3n f\u00fanebre que hab\u00eda dejado redactada y firmada, con la misma pasi\u00f3n de su juventud, Dido la Abandonada, o la suerte eterna de la mujer enamorada, que terminadas las formalidades funerarias se celebrase una cena de despedida con sus m\u00e1s fieles y viejos amigos (cuyo listado con algunos pentimentos de \u00faltima hora se encontraba, lo mismo que el men\u00fa, anexado a la carta testamento), que cada uno de ellos la honrase con algunas palabras de salutaci\u00f3n y despedida. Pese al empe\u00f1o que puso en encontrarlas y reunirlas, P. no pudo arrastrar a m\u00e1s de diez o doce personas. De las veinte que figuraban en el elenco, tres hab\u00edan muerto, unas se hab\u00edan ido del pa\u00eds, de algunas no hab\u00eda quien supiera dar noticias y otras se hab\u00edan apresurado a preparar su coartada para excusarse. Sin duda se trataba de personas que hab\u00edan pertenecido a su c\u00edrculo de amistades, pero no en el momento de su muerte, sino en la \u00e9poca en que ella y P. a\u00fan estaban casados.<\/p>\n<p>Con frecuencia se lo ve irritado, molesto, como si la vida le hubiese jugado sucio, y sin embargo entero: esto es, sin dejarse abatir. En los \u00faltimos tiempos ha desarrollado una admirable disposici\u00f3n al orden, se las arregla bastante bien en su vida dom\u00e9stica y cumple sus horarios de trabajo incluso con m\u00e1s rigor que antes. Su deseo de reintegrarse a la vida lo impulsa a renovar los afectos, llama a sus amigos y no espera a que ellos lo llamen. Busca compa\u00f1\u00eda cuando la necesita, pero nunca ruega ni suplica. Ha aprendido si no a cocinar a prepararse una comida caliente, lo que le proporciona placer y no poco orgullo, sobre todo si se piensa que su mujer lo vest\u00eda y desvest\u00eda, lo calzaba y descalzaba, adem\u00e1s de alimentarlo, hacerle de secretaria y, llegado el caso, de enfermera.Ten\u00eda una cierta tendencia a la hipocondr\u00eda a pesar de que pose\u00eda una constituci\u00f3n de hierro.<\/p>\n<p>Al llegar lo encontr\u00e9 adobando dos inmensos bist\u00e9s. Ya estaba primorosamente preparada la ensalada de berros y aguacates, espolvoreada con nueces y almendras tostadas, en un recipiente verde en forma de hoja de repollo, a un lado del pur\u00e9, que s\u00f3lo necesitaba ser calentado, y de una bandejita con tomates, perejil y rebanadas de queso fresco. La cocina resonaba con los esplendorosos acordes en mi bemol del final de <i>La flauta m\u00e1gica<\/i>. El ambiente que se respiraba era de s\u00e1bado por la noche. P. vive en la planta baja del mismo viejo caser\u00f3n desde hace algo m\u00e1s de cuarenta y cinco a\u00f1os. Pronto el medio siglo, dice reminiscente. El techo es alto, con vigas al descubierto, la cocina grande en comparaci\u00f3n con las habitaciones, como suele suceder en las casas remendadas a pedazos para sacarle m\u00e1s de una vivienda. De ah\u00ed que gran parte de sus d\u00edas transcurran en la cocina que abre al patio, o en el mismo patio, donde ha instalado, debajo de un artesanal cobertizo de planchas sobrepuestas, muebles de jard\u00edn bonitos y c\u00f3modos. A pesar de que la noche es di\u00e1fana, no cenamos afuera como en otras ocasiones sino en la cocina, a la izquierda de la sala, que originalmente hac\u00eda las veces de porche, y donde s\u00f3lo hay dos butacas, una frente a otra, un viejo piano, y ning\u00fan otro objeto superfluo, aparte de su t\u00edtulo de ingeniero qu\u00edmico, profesi\u00f3n que jam\u00e1s ha ejercido, en un elaborado marco de plata.<\/p>\n<p>P. acaba de salir de una gripe y teme una reca\u00edda. No hay nada peor que los bronquios engrumecidos, me dice mientras quita de la mesa una anticuada m\u00e1quina de escribir que no usa, pues s\u00f3lo consigue concentrarse con su Parker 51, para poner un delicado mantel de batista con mariposas her\u00e1ldicas bordadas a mano. Su padre hab\u00eda gozado de buena posici\u00f3n antes de la quiebra del almac\u00e9n de juguetes, fuente de prosperidad de la familia, aun as\u00ed guarda residuos de su antigua riqueza, como el piano, la vajilla, la manteler\u00eda, los cuadros que ha ido vendiendo (el \u00faltimo, un peque\u00f1o paisaje marino de Boggio de 1909) y la bendici\u00f3n de una renta con la que ha logrado sobrevivir hasta hoy, la que le permite cubrir los gastos del hogar de ancianos en que se encuentra recluida su vieja ni\u00f1era.<\/p>\n<p>A la hora de los postres, frutas, yogur, helado, galletas de almendras, nuestra charla se vio interrumpida por unos extra\u00f1os y quejumbrosos gru\u00f1idos que parec\u00edan provenir de un animal enfermo. Qu\u00e9 es eso, pregunt\u00e9. Nada, problemas arriba, dijo alzando receloso la vista hacia m\u00ed. Los gru\u00f1idos se fueron apagando. P. dobl\u00f3 la servilleta, la alis\u00f3 con cuidado. Continuamos conversando. Unos minutos despu\u00e9s los gru\u00f1idos pasaron a convertirse en una sola nota fea adherida a una garganta, humana, no de un animal, eso estaba claro. Son\u00f3 un portazo. Hubo un silencio. P. tamborile\u00f3 los dedos furiosamente, se levant\u00f3, empez\u00f3 a recoger los platos. Ten\u00eda la cara tensa, los ojos vidrioso, ausentes, le temblaban los omoplatos, la boca se le hab\u00eda puesto blanca. Los sucesivos quejidos, como de alguien que hab\u00eda logrado con todo el poder de sus pulmones liberar por fin el estallido, culminaron en la modulaci\u00f3n de un lamento, largo, largu\u00edsimo. Entr\u00f3 por el ventanal, le dio la vuelta a la cocina, subiendo, bajando, girando sobre s\u00ed mismo, presionando el aire.<\/p>\n<p>Eludiendo mi mirada aterrorizada por la ofensiva del grito, P. insisti\u00f3 en servirme un poco m\u00e1s de helado. Me reh\u00faso, meneo la cabeza. Me da una palmada en el hombro, se lleva un dedo a los labios. \u00bfA qui\u00e9n quiere callar con ese gesto? \u00bfA qui\u00e9n, puesto que yo callo y no se me ocurre decir ni una palabra? Me acuerdo de la inquilina de arriba, una cierta dama rusa, polaca, lituana, todas esas cosas juntas. Lleva m\u00e1s de treinta a\u00f1os viviendo ah\u00ed. S\u00e9 que est\u00e1 medio chiflada, que una sobrina desalmada, quien no pierde la esperanza de que alg\u00fan d\u00eda pueda encontrarla muerta en la cama, la visita de mes en mes para sacarla a pasear en una silla de ruedas.<\/p>\n<p>Recuerdo la soleada ma\u00f1ana en que acompa\u00f1\u00e9 a P. a la azotea a tender la ropa que hab\u00edamos subido en un canasto. Gracias a las ventanas abiertas de par en par, gracias a la oportuna presteza con que la brisa echaba al vuelo las cortinas y a que P. estuviera de espaldas, mis ojos penetraron sin prisa ni distracciones hasta las entra\u00f1as mismas del apartamento. Recuerdo el papel tapiz con ribetes dorados, la alfombra lanuda, las sillas de respaldos tallados, cuadros mitol\u00f3gicos grandes y pesados, estanter\u00edas encristaladas con medallas, pavos reales, pastorcitos y bomboneras revestidas de min\u00fasculos espejos. En una mesita esquinera, debajo de una l\u00e1mpara con soporte de yeso en forma de lira, se ve\u00eda un plato sucio con una naranja pelada y un durazno mordido. Desplaz\u00e1ndome hacia la segunda ventana, pude distinguir la cama de bronce donde, varada de costado sobre dos almohadones y con una mano debajo de la mejilla, dorm\u00eda o parec\u00eda dormir, con los ojos pasmados y entreabiertos, como los tienen a veces los muertos, una mujer con un camis\u00f3n transparente enrollado en la cintura. Vi con horror el cr\u00e1neo desnudo con una coronilla de mechones rojos, vi sus senos fl\u00e1cidos, las piernas muy separadas, los muslos venosos y entre ellos un bulto oscuro con una aureola de vellos cenicientos rodeando lo que deb\u00eda ser su labiado, olvidado y desamparado sexo. La ropa estaba tirada en el suelo, de la silla colgaban unas medias de seda, la atm\u00f3sfera se percib\u00eda acre, densa, sofocante. La \u00faltima cosa que vi, antes de que P. se volviera para decirme que hab\u00eda terminado, fue a un gato, un gato grande, atigrado, aposent\u00e1ndose en la cama enroscado a su cola.<\/p>\n<p>P. cogi\u00f3 un cuchillo por el mango tallado en hueso, como si empu\u00f1ase un arma, enseguida lo dej\u00f3 caer. Entonces, cogi\u00f3 la copa de vino haci\u00e9ndola girar entre los dedos. Era una bella copa de cristal esculpido de un raro color turquesa. Absorto en los relieves del cristal, frunci\u00f3 los labios y apretando las mand\u00edbulas estir\u00f3 el cuello. De perfil, su pecho se hund\u00eda con un jadeo forzado encima de la incipiente barriga de cuya aparici\u00f3n se hab\u00eda venido quejando en los \u00faltimos meses. En el momento en que los aullidos, pues era en eso en lo que se hab\u00edan convertido, llegaban a su registro m\u00e1s alto, P. arroj\u00f3 la copa contra el gabinete. Cierro los ojos esperando verla saltar en a\u00f1icos, pero s\u00f3lo se ha roto en tres hermosos y refulgentes pedazos. P., un hombre dulce, mesurado, circunspecto, gracias al contacto del cual uno sal\u00eda m\u00e1s sereno, hab\u00eda perdido todo control sobre s\u00ed mismo.<\/p>\n<p>Sale corriendo. Le da la vuelta al patio. Un cuarto de luna lo alumbra. Se sujeta la cabeza, se golpea la frente con la mano abierta. Extiende los brazos r\u00edgidos, implorantes. \u00a1Dios m\u00edo, Dios m\u00edo! \u00bfQu\u00e9 quieres, Wanda, matarme, espantar a mis invitados? \u00bfQuieres que salgan huyendo? Nunca lo hab\u00eda visto as\u00ed. Estaba aterrada. No sab\u00eda qu\u00e9 hacer. No sab\u00eda qu\u00e9 pensar.<\/p>\n<p>Los gritos desfallecen. Se esfumaron, como el ruido de un tren que coge una curva y despu\u00e9s se pierde. P. entr\u00f3 de nuevo. Me mira. No es nada, dice se\u00f1al\u00e1ndome la silla de la que me hab\u00eda levantado. Si\u00e9ntate. Nos sentamos. Tan mudos nos quedamos, mirando nuestras im\u00e1genes reflejadas en ventanal, que no precis\u00e1bamos aguzar los o\u00eddos para sentir los latidos a\u00fan inmitigados de nuestros corazones. Como venido de otro mundo, difundi\u00e9ndose en el silencio se escuchaba el crujido sutil de los muebles, el silbar chirriante de los sapitos en la quietud aturdidora de la noche.<\/p>\n<p>Columbro algo que desciende serpenteando entre un costado de la pared y los mu\u00f1ones de un arbolito, seco, raleado. Por fin logro comprender que se trata de un canasto atado a un cordel. Sin apartar la vista del canasto P. se levanta con un suspiro de resignaci\u00f3n, atraviesa parsimoniosamente el vest\u00edbulo que desemboca en la sala. Parece que sus rodillas bailaran. Se agacha, registra los bajos de un armario, la rigidez y el esfuerzo por mantenerse sereno entorpecen sus movimientos. Una pila de peri\u00f3dicos y cartones se viene abajo. Tintinean botellas y frascos. Del fondo libre de estorbos saca a la superficie una botellita de licor de menta. Corre de dos zancadas a colocarla en la cesta, la avienta hacia arriba de un manotazo. La cesta se mece, es izada. Desaparece.<\/p>\n<p>No se amotina a menudo, carraspe\u00f3 P. Tuvo que toser y carraspear de nuevo para que la voz le saliese. Pero cuando lo hace es insufrible&#8230; Se ha convertido en una vieja decr\u00e9pita, rodeada de suciedad y basura, y pensar que hasta hace pocos a\u00f1os era una beldad que entraba y sal\u00eda en un flamante descapotable color lila, maquillada, perfumada, deslumbrante, llena de quimeras y desmesuras, apost\u00e1ndole al sexo, a los amor\u00edos, a los negocios, insaciable en esos tres rubros hasta perder la cabeza. Se inclin\u00f3 hacia delante con aire confidencial. \u00bfSabes lo que pretende? Pretende que es mi p\u00e1jaro cantor, un p\u00e1jaro que canta canciones de cuna para ablandarme el coraz\u00f3n. S\u00f3lo el licor, cualquier licor la aplaca.<\/p>\n<p>Poco a poco la velada vuelve a ser tan amena y afable como al principio. P. enciende un tabaco, bromea entre sarc\u00e1stico y risue\u00f1o. Mantiene vivo mi inter\u00e9s cont\u00e1ndome de la \u00e9poca en que, muy joven, a ra\u00edz de ciertos enfrentamientos con su tir\u00e1nico padre, cosa que tal como la juzgaba ahora sin ansiedad ni rebeld\u00eda, su pobre padre no era, movido por la ilusi\u00f3n de estar en medio de la realidad de un modo m\u00e1s certero, adem\u00e1s de ver adornada su hoja de vida con una ocupaci\u00f3n pintoresca, hab\u00eda renunciado a las comodidades de la casa paterna para trabajar en una caballeriza. En la noche, sin a\u00fan haber digerido el rancho, con la ropa y las botas puestas, ca\u00eda rendido en la litera de la barraca. Por a\u00f1os conserv\u00f3 la tirantez de los m\u00fasculos que ya no precisaban de ese gasto de fuerzas, pues, ya concluido su per\u00edodo de iniciaci\u00f3n, hab\u00eda vuelto con m\u00e1s tedio que gloria a acogerse a la protecci\u00f3n familiar y a las aulas de clase. Por a\u00f1os le hab\u00eda sido imposible sofocar el tufillo a establo que manaba de cada poro de su cuerpo. \u00bfBueno, y a prop\u00f3sito de qu\u00e9 te contaba eso? \u00a1Ah, s\u00ed, precisamente, ya me acuerdo! Corr\u00eda la voz de que Jacinto, uno de los jockeys, era m\u00e9dium. Como sus compa\u00f1eros no desperdiciaban oportunidad de hostigarlo con pullas y burlas, una noche resolvi\u00f3 reunirlos en el cuarto de las sillas de montar y hacerles una demostraci\u00f3n. Despu\u00e9s de algunas sacudidas y balbuceos incoherentes, empez\u00f3 a respirar con mucha dificultad. De tanto en tanto boqueaba, se paseaba la mano por la frente, se la llevaba al pecho como si lo oprimiera un fuerte dolor. Ten\u00eda las pupilas dilatadas, catal\u00e9pticas, intensas, como ave de rapi\u00f1a. De pronto, brincaba sobre sus piernas arqueadas y las puntas de los pies abiertos proyectadas hacia delante, de pronto se mec\u00eda como para un rezo. Ya est\u00e1bamos por perder la paciencia, cuando saliendo de su hosco silencio comenz\u00f3 a recitar fragmentos, pasajes enteros del <i>Lev\u00edtico <\/i>sobre la prohibici\u00f3n de comer bestia muerta y sajada a cuchillo, pasando, con una voz estrangulada, a detallar los atroces castigos que se le aplicar\u00edan a los reos de glotoner\u00eda y de actos sexuales abominables. Nada extraordinario, puesto que era muy pacato y como le horrorizaba subir de peso se alimentaba exclusivamente de verduras y frutas. Tra\u00eda consigo una tiza con la que pint\u00f3 atropelladamente en la pared una calavera y un objeto parecido a un caldero. Ya fuera del trance, les dijo que no era \u00e9l el autor de esos trazos sino el esp\u00edritu que hab\u00eda venido a ocuparlo. Les asegur\u00f3 que no ten\u00eda ninguna responsabilidad personal en nada de lo que hubiera dicho y hecho, pero que eso que estaba ah\u00ed pintado no pod\u00eda ser otra cosa m\u00e1s que la quinta paila de los infiernos en la que ir\u00edan a arder todos los incr\u00e9dulos y los pecadores. Qued\u00e9 impresionado, dijo P., traspuesto. \u00a1Me parece estar todav\u00eda ah\u00ed cada vez que lo recuerdo! En cuanto a los dem\u00e1s, comprendieron que deb\u00edan andarse con cuidado y tom\u00e1rselo en serio.<\/p>\n<p>De todos los compa\u00f1eros de la cuadra, dijo, cruzando el tobillo sobre la rodilla, hab\u00eda sido el \u00fanico con quien hab\u00eda llegado a tener alguna intimidad. Era un hombre muy imaginativo, dibujaba caballitos en cualquier papel que tuviera a la mano, no le gustaba juntarse con todo tipo de gente. Como hab\u00eda empezado con suerte su carrera de jinete, si bien su buena fortuna no durar\u00eda mucho, estaba lleno de an\u00e9cdotas de cuando viajaba a los hip\u00f3dromos americanos o canadienses y se alzaba con alg\u00fan triunfo. Sus dos hermanos ejerc\u00edan un gran poder sobre \u00e9l. Cada vez que iban a visitarlo le vaciaban los bolsillos para pagar sus deudas y continuar con sus juergas. Tiempo despu\u00e9s, vol\u00f3 a Col\u00f3n en el m\u00e1s estricto secreto para casarse con una paname\u00f1a que hab\u00eda tratado solo un fin de semana, y de la que hab\u00eda recibido en los d\u00edas subsiguientes fotos y cartas. Primero una foto muy peque\u00f1a, y como le rogara por otra m\u00e1s grande, ella se apresur\u00f3 a envi\u00e1rsela con una efusiva dedicatoria. Hubo m\u00e1s fotos, m\u00e1s cartas, \u00e9stas, tanto como el que el momento fuera propicio para poner Canal de por medio entre \u00e9l y sus hermanos, lo hab\u00edan alentado a dar el paso.<\/p>\n<p>Poco despu\u00e9s de su partida, P. recibi\u00f3 una carta en la que le contaba que la boda hab\u00eda sido por todo lo alto, que su mujer era tierna, hacendosa, que eran felices a m\u00e1s no poder, que se instalar\u00edan en Balboa, donde lo hab\u00edan contratado como maestro de equitaci\u00f3n en una escuela militar. En la posdata le comunicaba que una sociedad de espiritistas con sede en Cartagena lo hab\u00eda invitado a la sesi\u00f3n que celebraban todos los a\u00f1os con lo m\u00e1s granado de sus miembros, que acud\u00edan de todas partes del mundo. Por un largo tiempo no supo m\u00e1s de \u00e9l. Pero hac\u00eda unos a\u00f1os se hab\u00eda enterado, por un viejo veterinario de la cuadra, que ten\u00eda dos hijas, nietos, que viv\u00eda en Springfield, Illinois, que hab\u00eda formado un hermoso hogar y que gozaba de la reputaci\u00f3n de curar a distancia. \u00c9l lo hab\u00eda querido como se quiere a la gente sencilla, que cuando se la conoce m\u00e1s de cerca resulta no ser tan sencilla. Conforme a la visi\u00f3n tan propia de la fase de rebeld\u00eda por la que estaba pasando, para \u00e9l encarnaba una cierta enjundia vital. Enjundia que asociaba, ahora se ruborizaba por ello, a las personas poco elaboradas intelectualmente, <i>quiero que se me entienda esta frase de la mejor manera posible<\/i>, y por lo mismo libres de prejuicios mezquinos y angostos. Por supuesto, un punto de vista ingenuo, por no decir rid\u00edculo. De cualquier modo, lo admirable en \u00e9l, a\u00f1adi\u00f3, no era tanto su simplicidad, cuanto la obstinaci\u00f3n, el estoicismo, la sibilina paciencia que hab\u00eda empleado en sortear, as\u00ed, como quien no quiere la cosa, los grandes y peque\u00f1os dobleces de la vida. Pese a una madre, no del todo, pero casi alcoh\u00f3lica, de un padre infame desaparecido en buena hora, de unos hermanos facinerosos, de una barriada miserable, de un medio adverso, de unas circunstancias abyectas, de las humillaciones que no le hab\u00edan sido escatimadas, nada, lo que se dice nada, hab\u00eda conseguido minar su fe. \u00bfSu fe en qu\u00e9? En s\u00ed mismo, en sus poderes, en su destino, en su suerte&#8230; S\u00ed, su fe, su candorosa e inmellable fe en que saldr\u00eda de todo eso y por a\u00f1adidura, como de hecho result\u00f3, m\u00e1s o menos puro y liviano de coraz\u00f3n. Y eso, dijo P., al voraz indagador de los enigmas caracterol\u00f3gicos que era yo en aquel tiempo no pod\u00eda sino interesarme, digo m\u00e1s, seducirme.<\/p>\n<p>En aquel tiempo, \u00bfy ahora?, sonre\u00ed. Cerr\u00f3 un ojo, aspirando profundamente de su tabaco. \u00bfAhora? Bueno, a decir verdad, el d\u00eda de hoy, lo mismo que antes. Infl\u00f3 los carrillos degustando el humo y lo expuls\u00f3 por la boca tosiendo. Hoy es todav\u00eda siempre, dijo entre dientes. Era un verso de Samuel Beckett que acud\u00eda a sus labios frecuentemente.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<h6>Victoria de Stefano, escritora venezolana.\u00a0Foto: Martha Via\u00f1a.<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>8 de julio: En la noche ceno en casa de P. Me hab\u00eda llamado para invitarme con mucha anticipaci\u00f3n. P. es viudo desde hace unos tres a\u00f1os: el tiempo que seg\u00fan los chinos debe durar el duelo. A su mujer de un d\u00eda para otro la paraliz\u00f3 una embolia. Una semana despu\u00e9s mor\u00eda, sin que jam\u00e1s a P. le hubiera pasado por la cabeza que alguien, dieciocho a\u00f1os m\u00e1s joven que \u00e9l, pudiera precederlo en ese tr\u00e1nsito. Hasta que el mecanismo de la enfermedad no se puso en marcha jam\u00e1s se hab\u00eda paseado por la eventualidad de que ella pudiera morir antes. P. se adapta con dificultad a la nostalgia nunca apaciguada de la intimidad en que hab\u00eda vivido con la difunta, pero mucho mejor y m\u00e1s humildemente de lo que todos los de su entorno, dado su car\u00e1cter muy sensible y poco pr\u00e1ctico, hubi\u00e9ramos podido imaginar.&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de la desgracia, agravada por la miserable circunstancia de que con s\u00f3lo meses de diferencia, su primera esposa, una mujer fr\u00e1gil y desquiciada de la que se hab\u00eda separado varias d\u00e9cadas atr\u00e1s, pero que en m\u00e1s de un aspecto continuaba dependiendo de \u00e9l, se hab\u00eda quitado la vida ingiriendo grandes dosis de barbit\u00faricos, se hac\u00edan apuestas sobre cu\u00e1nto aguantar\u00eda. Los que aventuraban su desplome, se sintieron defraudados, como si el no haberse venido abajo se debiera a una ominosa falta de integridad moral. En cambio, sus amigos m\u00e1s cercanos nos sentimos felizmente sorprendidos de la sobria actitud con que hab\u00eda enfrentado ambas calamidades. M\u00e1s a\u00fan cuando vimos el celo con que se impuso acatar cada uno de los requerimientos que su primera esposa hab\u00eda dejado consignados en su carta testamento. Que le pusiesen sus mejores prendas y la adornasen con sus joyas, que una orquestita de cuerdas le tocase tales y cu\u00e1les piezas musicales, que le llevasen tales y cu\u00e1les flores (nada de crisantemos), que durante sus exequias se leyese la oraci\u00f3n f\u00fanebre que hab\u00eda dejado redactada y firmada, con la misma pasi\u00f3n de su juventud, Dido la Abandonada, o la suerte eterna de la mujer enamorada, que terminadas las formalidades funerarias se celebrase una cena de despedida con sus m\u00e1s fieles y viejos amigos (cuyo listado con algunos pentimentos de \u00faltima hora se encontraba, lo mismo que el men\u00fa, anexado a la carta testamento), que cada uno de ellos la honrase con algunas palabras de salutaci\u00f3n y despedida. Pese al empe\u00f1o que puso en encontrarlas y reunirlas, P. no pudo arrastrar a m\u00e1s de diez o doce personas. De las veinte que figuraban en el elenco, tres hab\u00edan muerto, unas se hab\u00edan ido del pa\u00eds, de algunas no hab\u00eda quien supiera dar noticias y otras se hab\u00edan apresurado a preparar su coartada para excusarse. Sin duda se trataba de personas que hab\u00edan pertenecido a su c\u00edrculo de amistades, pero no en el momento de su muerte, sino en la \u00e9poca en que ella y P. a\u00fan estaban casados.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Con frecuencia se lo ve irritado, molesto, como si la vida le hubiese jugado sucio, y sin embargo entero: esto es, sin dejarse abatir. En los \u00faltimos tiempos ha desarrollado una admirable disposici\u00f3n al orden, se las arregla bastante bien en su vida dom\u00e9stica y cumple sus horarios de trabajo incluso con m\u00e1s rigor que antes. Su deseo de reintegrarse a la vida lo impulsa a renovar los afectos, llama a sus amigos y no espera a que ellos lo llamen. Busca compa\u00f1\u00eda cuando la necesita, pero nunca ruega ni suplica. Ha aprendido si no a cocinar a prepararse una comida caliente, lo que le proporciona placer y no poco orgullo, sobre todo si se piensa que su mujer lo vest\u00eda y desvest\u00eda, lo calzaba y descalzaba, adem\u00e1s de alimentarlo, hacerle de secretaria y, llegado el caso, de enfermera.Ten\u00eda una cierta tendencia a la hipocondr\u00eda a pesar de que pose\u00eda una constituci\u00f3n de hierro.&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Al llegar lo encontr\u00e9 adobando dos inmensos bist\u00e9s. Ya estaba primorosamente preparada la ensalada de berros y aguacates, espolvoreada con nueces y almendras tostadas, en un recipiente verde en forma de hoja de repollo, a un lado del pur\u00e9, que s\u00f3lo necesitaba ser calentado, y de una bandejita con tomates, perejil y rebanadas de queso fresco. La cocina resonaba con los esplendorosos acordes en mi bemol del final de <i>La flauta m\u00e1gica<\/i>. El ambiente que se respiraba era de s\u00e1bado por la noche. P. vive en la planta baja del mismo viejo caser\u00f3n desde hace algo m\u00e1s de cuarenta y cinco a\u00f1os. Pronto el medio siglo, dice reminiscente. El techo es alto, con vigas al descubierto, la cocina grande en comparaci\u00f3n con las habitaciones, como suele suceder en las casas remendadas a pedazos para sacarle m\u00e1s de una vivienda. De ah\u00ed que gran parte de sus d\u00edas transcurran en la cocina que abre al patio, o en el mismo patio, donde ha instalado, debajo de un artesanal cobertizo de planchas sobrepuestas, muebles de jard\u00edn bonitos y c\u00f3modos. A pesar de que la noche es di\u00e1fana, no cenamos afuera como en otras ocasiones sino en la cocina, a la izquierda de la sala, que originalmente hac\u00eda las veces de porche, y donde s\u00f3lo hay dos butacas, una frente a otra, un viejo piano, y ning\u00fan otro objeto superfluo, aparte de su t\u00edtulo de ingeniero qu\u00edmico, profesi\u00f3n que jam\u00e1s ha ejercido, en un elaborado marco de plata.&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>P. acaba de salir de una gripe y teme una reca\u00edda. No hay nada peor que los bronquios engrumecidos, me dice mientras quita de la mesa una anticuada m\u00e1quina de escribir que no usa, pues s\u00f3lo consigue concentrarse con su Parker 51, para poner un delicado mantel de batista con mariposas her\u00e1ldicas bordadas a mano. Su padre hab\u00eda gozado de buena posici\u00f3n antes de la quiebra del almac\u00e9n de juguetes, fuente de prosperidad de la familia, aun as\u00ed guarda residuos de su antigua riqueza, como el piano, la vajilla, la manteler\u00eda, los cuadros que ha ido vendiendo (el \u00faltimo, un peque\u00f1o paisaje marino de Boggio de 1909) y la bendici\u00f3n de una renta con la que ha logrado sobrevivir hasta hoy, la que le permite cubrir los gastos del hogar de ancianos en que se encuentra recluida su vieja ni\u00f1era.&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>A la hora de los postres, frutas, yogur, helado, galletas de almendras, nuestra charla se vio interrumpida por unos extra\u00f1os y quejumbrosos gru\u00f1idos que parec\u00edan provenir de un animal enfermo. Qu\u00e9 es eso, pregunt\u00e9. Nada, problemas arriba, dijo alzando receloso la vista hacia m\u00ed. Los gru\u00f1idos se fueron apagando. P. dobl\u00f3 la servilleta, la alis\u00f3 con cuidado. Continuamos conversando. Unos minutos despu\u00e9s los gru\u00f1idos pasaron a convertirse en una sola nota fea adherida a una garganta, humana, no de un animal, eso estaba claro. Son\u00f3 un portazo. Hubo un silencio. P. tamborile\u00f3 los dedos furiosamente, se levant\u00f3, empez\u00f3 a recoger los platos. Ten\u00eda la cara tensa, los ojos vidrioso, ausentes, le temblaban los omoplatos, la boca se le hab\u00eda puesto blanca. Los sucesivos quejidos, como de alguien que hab\u00eda logrado con todo el poder de sus pulmones liberar por fin el estallido, culminaron en la modulaci\u00f3n de un lamento, largo, largu\u00edsimo. Entr\u00f3 por el ventanal, le dio la vuelta a la cocina, subiendo, bajando, girando sobre s\u00ed mismo, presionando el aire.&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Eludiendo mi mirada aterrorizada por la ofensiva del grito, P. insisti\u00f3 en servirme un poco m\u00e1s de helado. Me reh\u00faso, meneo la cabeza. Me da una palmada en el hombro, se lleva un dedo a los labios. \u00bfA qui\u00e9n quiere callar con ese gesto? \u00bfA qui\u00e9n, puesto que yo callo y no se me ocurre decir ni una palabra? Me acuerdo de la inquilina de arriba, una cierta dama rusa, polaca, lituana, todas esas cosas juntas. Lleva m\u00e1s de treinta a\u00f1os viviendo ah\u00ed. S\u00e9 que est\u00e1 medio chiflada, que una sobrina desalmada, quien no pierde la esperanza de que alg\u00fan d\u00eda pueda encontrarla muerta en la cama, la visita de mes en mes para sacarla a pasear en una silla de ruedas.&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Recuerdo la soleada ma\u00f1ana en que acompa\u00f1\u00e9 a P. a la azotea a tender la ropa que hab\u00edamos subido en un canasto. Gracias a las ventanas abiertas de par en par, gracias a la oportuna presteza con que la brisa echaba al vuelo las cortinas y a que P. estuviera de espaldas, mis ojos penetraron sin prisa ni distracciones hasta las entra\u00f1as mismas del apartamento. Recuerdo el papel tapiz con ribetes dorados, la alfombra lanuda, las sillas de respaldos tallados, cuadros mitol\u00f3gicos grandes y pesados, estanter\u00edas encristaladas con medallas, pavos reales, pastorcitos y bomboneras revestidas de min\u00fasculos espejos. En una mesita esquinera, debajo de una l\u00e1mpara con soporte de yeso en forma de lira, se ve\u00eda un plato sucio con una naranja pelada y un durazno mordido. Desplaz\u00e1ndome hacia la segunda ventana, pude distinguir la cama de bronce donde, varada de costado sobre dos almohadones y con una mano debajo de la mejilla, dorm\u00eda o parec\u00eda dormir, con los ojos pasmados y entreabiertos, como los tienen a veces los muertos, una mujer con un camis\u00f3n transparente enrollado en la cintura. Vi con horror el cr\u00e1neo desnudo con una coronilla de mechones rojos, vi sus senos fl\u00e1cidos, las piernas muy separadas, los muslos venosos y entre ellos un bulto oscuro con una aureola de vellos cenicientos rodeando lo que deb\u00eda ser su labiado, olvidado y desamparado sexo. La ropa estaba tirada en el suelo, de la silla colgaban unas medias de seda, la atm\u00f3sfera se percib\u00eda acre, densa, sofocante. La \u00faltima cosa que vi, antes de que P. se volviera para decirme que hab\u00eda terminado, fue a un gato, un gato grande, atigrado, aposent\u00e1ndose en la cama enroscado a su cola.&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>P. cogi\u00f3 un cuchillo por el mango tallado en hueso, como si empu\u00f1ase un arma, enseguida lo dej\u00f3 caer. Entonces, cogi\u00f3 la copa de vino haci\u00e9ndola girar entre los dedos. Era una bella copa de cristal esculpido de un raro color turquesa. Absorto en los relieves del cristal, frunci\u00f3 los labios y apretando las mand\u00edbulas estir\u00f3 el cuello. De perfil, su pecho se hund\u00eda con un jadeo forzado encima de la incipiente barriga de cuya aparici\u00f3n se hab\u00eda venido quejando en los \u00faltimos meses. En el momento en que los aullidos, pues era en eso en lo que se hab\u00edan convertido, llegaban a su registro m\u00e1s alto, P. arroj\u00f3 la copa contra el gabinete. Cierro los ojos esperando verla saltar en a\u00f1icos, pero s\u00f3lo se ha roto en tres hermosos y refulgentes pedazos. P., un hombre dulce, mesurado, circunspecto, gracias al contacto del cual uno sal\u00eda m\u00e1s sereno, hab\u00eda perdido todo control sobre s\u00ed mismo.&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Sale corriendo. Le da la vuelta al patio. Un cuarto de luna lo alumbra. Se sujeta la cabeza, se golpea la frente con la mano abierta. Extiende los brazos r\u00edgidos, implorantes. \u00a1Dios m\u00edo, Dios m\u00edo! \u00bfQu\u00e9 quieres, Wanda, matarme, espantar a mis invitados? \u00bfQuieres que salgan huyendo? Nunca lo hab\u00eda visto as\u00ed. Estaba aterrada. No sab\u00eda qu\u00e9 hacer. No sab\u00eda qu\u00e9 pensar.&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Los gritos desfallecen. Se esfumaron, como el ruido de un tren que coge una curva y despu\u00e9s se pierde. P. entr\u00f3 de nuevo. Me mira. No es nada, dice se\u00f1al\u00e1ndome la silla de la que me hab\u00eda levantado. Si\u00e9ntate. Nos sentamos. Tan mudos nos quedamos, mirando nuestras im\u00e1genes reflejadas en ventanal, que no precis\u00e1bamos aguzar los o\u00eddos para sentir los latidos a\u00fan inmitigados de nuestros corazones. Como venido de otro mundo, difundi\u00e9ndose en el silencio se escuchaba el crujido sutil de los muebles, el silbar chirriante de los sapitos en la quietud aturdidora de la noche.&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Columbro algo que desciende serpenteando entre un costado de la pared y los mu\u00f1ones de un arbolito, seco, raleado. Por fin logro comprender que se trata de un canasto atado a un cordel. Sin apartar la vista del canasto P. se levanta con un suspiro de resignaci\u00f3n, atraviesa parsimoniosamente el vest\u00edbulo que desemboca en la sala. Parece que sus rodillas bailaran. Se agacha, registra los bajos de un armario, la rigidez y el esfuerzo por mantenerse sereno entorpecen sus movimientos. Una pila de peri\u00f3dicos y cartones se viene abajo. Tintinean botellas y frascos. Del fondo libre de estorbos saca a la superficie una botellita de licor de menta. Corre de dos zancadas a colocarla en la cesta, la avienta hacia arriba de un manotazo. La cesta se mece, es izada. Desaparece.&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>No se amotina a menudo, carraspe\u00f3 P. Tuvo que toser y carraspear de nuevo para que la voz le saliese. Pero cuando lo hace es insufrible&#8230; Se ha convertido en una vieja decr\u00e9pita, rodeada de suciedad y basura, y pensar que hasta hace pocos a\u00f1os era una beldad que entraba y sal\u00eda en un flamante descapotable color lila, maquillada, perfumada, deslumbrante, llena de quimeras y desmesuras, apost\u00e1ndole al sexo, a los amor\u00edos, a los negocios, insaciable en esos tres rubros hasta perder la cabeza. Se inclin\u00f3 hacia delante con aire confidencial. \u00bfSabes lo que pretende? Pretende que es mi p\u00e1jaro cantor, un p\u00e1jaro que canta canciones de cuna para ablandarme el coraz\u00f3n. S\u00f3lo el licor, cualquier licor la aplaca.&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Poco a poco la velada vuelve a ser tan amena y afable como al principio. P. enciende un tabaco, bromea entre sarc\u00e1stico y risue\u00f1o. Mantiene vivo mi inter\u00e9s cont\u00e1ndome de la \u00e9poca en que, muy joven, a ra\u00edz de ciertos enfrentamientos con su tir\u00e1nico padre, cosa que tal como la juzgaba ahora sin ansiedad ni rebeld\u00eda, su pobre padre no era, movido por la ilusi\u00f3n de estar en medio de la realidad de un modo m\u00e1s certero, adem\u00e1s de ver adornada su hoja de vida con una ocupaci\u00f3n pintoresca, hab\u00eda renunciado a las comodidades de la casa paterna para trabajar en una caballeriza. En la noche, sin a\u00fan haber digerido el rancho, con la ropa y las botas puestas, ca\u00eda rendido en la litera de la barraca. Por a\u00f1os conserv\u00f3 la tirantez de los m\u00fasculos que ya no precisaban de ese gasto de fuerzas, pues, ya concluido su per\u00edodo de iniciaci\u00f3n, hab\u00eda vuelto con m\u00e1s tedio que gloria a acogerse a la protecci\u00f3n familiar y a las aulas de clase. Por a\u00f1os le hab\u00eda sido imposible sofocar el tufillo a establo que manaba de cada poro de su cuerpo. \u00bfBueno, y a prop\u00f3sito de qu\u00e9 te contaba eso? \u00a1Ah, s\u00ed, precisamente, ya me acuerdo! Corr\u00eda la voz de que Jacinto, uno de los jockeys, era m\u00e9dium. Como sus compa\u00f1eros no desperdiciaban oportunidad de hostigarlo con pullas y burlas, una noche resolvi\u00f3 reunirlos en el cuarto de las sillas de montar y hacerles una demostraci\u00f3n. Despu\u00e9s de algunas sacudidas y balbuceos incoherentes, empez\u00f3 a respirar con mucha dificultad. De tanto en tanto boqueaba, se paseaba la mano por la frente, se la llevaba al pecho como si lo oprimiera un fuerte dolor. Ten\u00eda las pupilas dilatadas, catal\u00e9pticas, intensas, como ave de rapi\u00f1a. De pronto, brincaba sobre sus piernas arqueadas y las puntas de los pies abiertos proyectadas hacia delante, de pronto se mec\u00eda como para un rezo. Ya est\u00e1bamos por perder la paciencia, cuando saliendo de su hosco silencio comenz\u00f3 a recitar fragmentos, pasajes enteros del <i>Lev\u00edtico <\/i>sobre la prohibici\u00f3n de comer bestia muerta y sajada a cuchillo, pasando, con una voz estrangulada, a detallar los atroces castigos que se le aplicar\u00edan a los reos de glotoner\u00eda y de actos sexuales abominables. Nada extraordinario, puesto que era muy pacato y como le horrorizaba subir de peso se alimentaba exclusivamente de verduras y frutas. Tra\u00eda consigo una tiza con la que pint\u00f3 atropelladamente en la pared una calavera y un objeto parecido a un caldero. Ya fuera del trance, les dijo que no era \u00e9l el autor de esos trazos sino el esp\u00edritu que hab\u00eda venido a ocuparlo. Les asegur\u00f3 que no ten\u00eda ninguna responsabilidad personal en nada de lo que hubiera dicho y hecho, pero que eso que estaba ah\u00ed pintado no pod\u00eda ser otra cosa m\u00e1s que la quinta paila de los infiernos en la que ir\u00edan a arder todos los incr\u00e9dulos y los pecadores. Qued\u00e9 impresionado, dijo P., traspuesto. \u00a1Me parece estar todav\u00eda ah\u00ed cada vez que lo recuerdo! En cuanto a los dem\u00e1s, comprendieron que deb\u00edan andarse con cuidado y tom\u00e1rselo en serio.&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>De todos los compa\u00f1eros de la cuadra, dijo, cruzando el tobillo sobre la rodilla, hab\u00eda sido el \u00fanico con quien hab\u00eda llegado a tener alguna intimidad. Era un hombre muy imaginativo, dibujaba caballitos en cualquier papel que tuviera a la mano, no le gustaba juntarse con todo tipo de gente. Como hab\u00eda empezado con suerte su carrera de jinete, si bien su buena fortuna no durar\u00eda mucho, estaba lleno de an\u00e9cdotas de cuando viajaba a los hip\u00f3dromos americanos o canadienses y se alzaba con alg\u00fan triunfo. Sus dos hermanos ejerc\u00edan un gran poder sobre \u00e9l. Cada vez que iban a visitarlo le vaciaban los bolsillos para pagar sus deudas y continuar con sus juergas. Tiempo despu\u00e9s, vol\u00f3 a Col\u00f3n en el m\u00e1s estricto secreto para casarse con una paname\u00f1a que hab\u00eda tratado solo un fin de semana, y de la que hab\u00eda recibido en los d\u00edas subsiguientes fotos y cartas. Primero una foto muy peque\u00f1a, y como le rogara por otra m\u00e1s grande, ella se apresur\u00f3 a envi\u00e1rsela con una efusiva dedicatoria. Hubo m\u00e1s fotos, m\u00e1s cartas, \u00e9stas, tanto como el que el momento fuera propicio para poner Canal de por medio entre \u00e9l y sus hermanos, lo hab\u00edan alentado a dar el paso.&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Poco despu\u00e9s de su partida, P. recibi\u00f3 una carta en la que le contaba que la boda hab\u00eda sido por todo lo alto, que su mujer era tierna, hacendosa, que eran felices a m\u00e1s no poder, que se instalar\u00edan en Balboa, donde lo hab\u00edan contratado como maestro de equitaci\u00f3n en una escuela militar. En la posdata le comunicaba que una sociedad de espiritistas con sede en Cartagena lo hab\u00eda invitado a la sesi\u00f3n que celebraban todos los a\u00f1os con lo m\u00e1s granado de sus miembros, que acud\u00edan de todas partes del mundo. Por un largo tiempo no supo m\u00e1s de \u00e9l. Pero hac\u00eda unos a\u00f1os se hab\u00eda enterado, por un viejo veterinario de la cuadra, que ten\u00eda dos hijas, nietos, que viv\u00eda en Springfield, Illinois, que hab\u00eda formado un hermoso hogar y que gozaba de la reputaci\u00f3n de curar a distancia. \u00c9l lo hab\u00eda querido como se quiere a la gente sencilla, que cuando se la conoce m\u00e1s de cerca resulta no ser tan sencilla. Conforme a la visi\u00f3n tan propia de la fase de rebeld\u00eda por la que estaba pasando, para \u00e9l encarnaba una cierta enjundia vital. Enjundia que asociaba, ahora se ruborizaba por ello, a las personas poco elaboradas intelectualmente, <i>quiero que se me entienda esta frase de la mejor manera posible<\/i>, y por lo mismo libres de prejuicios mezquinos y angostos. Por supuesto, un punto de vista ingenuo, por no decir rid\u00edculo. De cualquier modo, lo admirable en \u00e9l, a\u00f1adi\u00f3, no era tanto su simplicidad, cuanto la obstinaci\u00f3n, el estoicismo, la sibilina paciencia que hab\u00eda empleado en sortear, as\u00ed, como quien no quiere la cosa, los grandes y peque\u00f1os dobleces de la vida. Pese a una madre, no del todo, pero casi alcoh\u00f3lica, de un padre infame desaparecido en buena hora, de unos hermanos facinerosos, de una barriada miserable, de un medio adverso, de unas circunstancias abyectas, de las humillaciones que no le hab\u00edan sido escatimadas, nada, lo que se dice nada, hab\u00eda conseguido minar su fe. \u00bfSu fe en qu\u00e9? En s\u00ed mismo, en sus poderes, en su destino, en su suerte&#8230; S\u00ed, su fe, su candorosa e inmellable fe en que saldr\u00eda de todo eso y por a\u00f1adidura, como de hecho result\u00f3, m\u00e1s o menos puro y liviano de coraz\u00f3n. Y eso, dijo P., al voraz indagador de los enigmas caracterol\u00f3gicos que era yo en aquel tiempo no pod\u00eda sino interesarme, digo m\u00e1s, seducirme.&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>En aquel tiempo, \u00bfy ahora?, sonre\u00ed. Cerr\u00f3 un ojo, aspirando profundamente de su tabaco. \u00bfAhora? Bueno, a decir verdad, el d\u00eda de hoy, lo mismo que antes. Infl\u00f3 los carrillos degustando el humo y lo expuls\u00f3 por la boca tosiendo. Hoy es todav\u00eda siempre, dijo entre dientes. Era un verso de Samuel Beckett que acud\u00eda a sus labios frecuentemente.<\/p>\n","protected":false},"author":3,"featured_media":1929,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_acf_changed":false,"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[4460,3,2991],"genre":[2012],"pretext":[2040,2037],"section":[2376],"translator":[2509],"lal_author":[3648],"class_list":["post-1932","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-uncategorized","tag-numero-5","tag-venezuela","tag-venezuela-es","genre-fiction-es","pretext-ficcion-es","pretext-fiction-es","section-dossier-victoria-de-stefano-es","translator-christina-macsweeney-es","lal_author-victoria-de-stefano-es"],"acf":[],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/1932","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/users\/3"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=1932"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/1932\/revisions"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/media\/1929"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=1932"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=1932"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=1932"},{"taxonomy":"genre","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/genre?post=1932"},{"taxonomy":"pretext","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/pretext?post=1932"},{"taxonomy":"section","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/section?post=1932"},{"taxonomy":"translator","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/translator?post=1932"},{"taxonomy":"lal_author","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/lal_author?post=1932"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}