{"id":1853,"date":"2017-10-30T03:23:25","date_gmt":"2017-10-30T09:23:25","guid":{"rendered":"http:\/\/latinamericanliteraturetoday.wp\/2017\/10\/tree-monster-boy-tree-mariana-torres\/"},"modified":"2024-04-15T03:03:56","modified_gmt":"2024-04-15T09:03:56","slug":"tree-monster-boy-tree-mariana-torres","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/2017\/10\/tree-monster-boy-tree-mariana-torres\/","title":{"rendered":"&#8220;\u00c1rbol monstruo ni\u00f1o \u00e1rbol&#8221; de Mariana Torres"},"content":{"rendered":"<div>\n<style type=\"text\/css\">p.p1 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; font: 12.0px Times}<br \/>p.p2 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; font: 12.0px Times; min-height: 14.0px}<br \/>p.p3 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: center; font: 12.0px Times}<br \/>span.Apple-tab-span {white-space:pre}<br \/><\/style>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<\/div>\n<style type=\"text\/css\">p.p1 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify; font: 14.0px Times}<br \/>p.p2 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify; font: 14.0px Times; min-height: 18.0px}<br \/>p.p3 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: center; font: 14.0px Times}<br \/>p.p4 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: center; font: 14.0px Times; min-height: 18.0px}<br \/>span.Apple-tab-span {white-space:pre}<br \/><\/style>\n<p><strong><em>Nota del editor:<\/em><\/strong><\/p>\n<p><em>Bogot\u00e139 es un proyecto del Hay Festival y Bogot\u00e1: Capital Mundial del Libro para nombrar 39 de los escritores latinoamericanos m\u00e1s prometedores menores de 39 a\u00f1os. La primera lista fue armada en 2007, y una nueva lista apareci\u00f3 en 2017. Empezando en el presente n\u00famero,\u00a0<\/em>Latin American Literature Today\u00a0<em>destacar\u00e1 textos de los j\u00f3venes autores seleccionados para este prestigioso reconocimiento. Haz clic\u00a0<a href=\"https:\/\/www.hayfestival.com\/bogota39\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">aqu\u00ed<\/a>\u00a0para ver la lista completa de 2017.<\/em><\/p>\n<p>A\u00fan no sabemos c\u00f3mo \u00d3scar lleg\u00f3 a comerse la semilla, ni llegamos a descubrir de d\u00f3nde la sac\u00f3. Tenemos a\u00fan menos respuestas para explicarnos c\u00f3mo pudo el \u00e1rbol crecerle por dentro, germinar la semilla sin impedimentos, dijo el doctor, en la boca de su est\u00f3mago, regada solamente por los jugos biliares del ni\u00f1o. Y es que a los siete a\u00f1os, tambi\u00e9n nos dijo el doctor, los est\u00f3magos funcionan as\u00ed de bien. El cuerpo de nuestro \u00d3scar \u2014a\u00fan era nuestro \u00d3scar entonces\u2014 permiti\u00f3 que el \u00e1rbol creciera, que las ra\u00edces se extendieran por los intestinos y que el tronco fuera estir\u00e1ndose delgado, ceremonioso, a lo largo del es\u00f3fago hacia la boca, las ramas buscando la luz del sol. Lo que s\u00ed sabemos, o queremos creer, es que el \u00e1rbol no pretend\u00eda hacerle ning\u00fan da\u00f1o, que ese \u00e1rbol monstruo \u2014como lo llamo a solas cuando me miro al espejo, a\u00fan avergonzada por lo que hicimos\u2014 le amaba. De alguna forma, \u00d3scar y el \u00e1rbol monstruo eran una sola cosa, eran parte. Y as\u00ed las ramas que le crecieron por la garganta nunca le atravesaron el pecho sino que, con paciencia, se fueron haciendo hueco. Siempre sin molestar. Siempre sin da\u00f1ar. Aunque desde fuera pareciese lo contrario.<\/p>\n<p>No era un \u00e1rbol al uso, con hojas y madera corriente, la madera del \u00e1rbol monstruo era tan flexible como un m\u00fasculo esquivo, de un color que se asemejaba a las v\u00edsceras. Las hojas eran fin\u00edsimas y tan verdes como deben ser las hojas, pero solo hasta la mitad, desde el pec\u00edolo estaban regadas por unos capilares microsc\u00f3picos que, sin notarse apenas, te\u00f1\u00edan la mitad inferior de la hoja con un tono rojizo, como un atardecer.<\/p>\n<p>Tardamos bastante en darnos cuenta de todo esto porque a nuestro \u00d3scar la invasi\u00f3n del \u00e1rbol monstruo no parec\u00eda producirle m\u00e1s que alegr\u00eda. Aquellos primeros d\u00edas muchos de nosotros lo vimos hermoso y m\u00e1s saludable que nunca. El ni\u00f1o aburrido y enfermizo que era se convirti\u00f3 en un ni\u00f1o espl\u00e9ndido, lleno de energ\u00eda. No paraba quieto. Sus mejillas, habitualmente p\u00e1lidas, estaban m\u00e1s que rosadas, los ojos le brillaban como nunca. Es cierto que la piel, si le mir\u00e1bamos a ciertas horas del d\u00eda, ten\u00eda un leve tono verduzco, pero no quisimos preocuparnos por una nimiedad de ese tipo. Fue el primero de nuestros errores. Tampoco quisimos obligarle a quitarse ese gorro que llevaba encajado en la cabeza, del que no se separaba ni para dormir y ya apestaba un poco a humedad. Interpretamos todo aquello como las rarezas habituales de un ni\u00f1o corriente.<\/p>\n<p>Descubrimos el \u00e1rbol el d\u00eda que \u00d3scar abri\u00f3 la boca para gritarnos y, en lugar de un grito, le sali\u00f3 una flor. Era una flor dorada y h\u00fameda, a\u00fan peque\u00f1a y cerrada, como si tuviera miedo a abrirse. En cuanto \u00d3scar se dio cuenta de que quer\u00edamos cortarla cerr\u00f3 la boca y se neg\u00f3 a decir nada m\u00e1s. Hasta que no escondimos las tijeras de podar y nos alejamos a una distancia prudente, no volvi\u00f3 a abrir la boca. Cuando lo hizo la flor volvi\u00f3 a salir, algo m\u00e1s atrevida esta vez, y se abri\u00f3 solo un poco, comprobando que nadie quer\u00eda arrancarla del ni\u00f1o. Ese mismo d\u00eda \u00d3scar se quit\u00f3 el gorro que llevaba semanas calzado a la cabeza para mostrarnos las ramas que ya le sal\u00edan de las orejas, flexibles y j\u00f3venes, con brotes de hojas nuevas.<\/p>\n<p>\u2014Necesitan luz.<\/p>\n<p>Es todo lo que nos dijo, toda la explicaci\u00f3n que nos dio. Sacudi\u00f3 la cabeza feliz de poder agitar sus ramas sin pudor. Nosotros est\u00e1bamos tan sorprendidos que debimos incluso dejar de respirar. Algunos de nosotros vomitamos. Los dem\u00e1s nos echamos a llorar. \u00d3scar fue consol\u00e1ndonos a todos, como si de repente los papeles se hubieran invertido y nosotros fu\u00e9ramos los ni\u00f1os a los que hab\u00eda que cuidar. Sobre todo nos hizo prometer que nunca, pasara lo que pasara, le llevar\u00edamos a ver a ning\u00fan m\u00e9dico. Que nunca ning\u00fan doctor le examinar\u00eda.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">***<\/p>\n<p>Desde el descubrimiento del \u00e1rbol algunas de nuestras costumbres cambiaron. Los horarios, por ejemplo, las horas de luz eran tan necesarias para \u00d3scar que aprendimos a repartirnos los paseos al exterior entre todos para que el ni\u00f1o siempre estuviera acompa\u00f1ado de un adulto. A veces uno de nosotros sorprend\u00eda a \u00d3scar acarici\u00e1ndose suavemente el est\u00f3mago. Nunca se quej\u00f3 de ning\u00fan dolor, y hasta hoy nos preguntamos si por miedo a una posible visita al m\u00e9dico, o porque era un dolor de esos tan intr\u00ednsecos a la vida que llegan a fascinar y sufrirse por partes iguales. En los siguientes meses el \u00e1rbol creci\u00f3 much\u00edsimo, m\u00e1s de un metro por encima de su cabeza. El gorro, perdido ya en la parte m\u00e1s alta del \u00e1rbol, debi\u00f3 llegar a albergar un nido de p\u00e1jaros. El ni\u00f1o incluso ten\u00eda que doblarse para entrar en su habitaci\u00f3n. A pesar de las ramas y las hojas y todo lo que no pod\u00edamos a ver a causa de la altura, aquello no parec\u00eda pesarle a \u00d3scar. Nunca llegamos a entender esa simbiosis. Era solo como si el mundo se le hubiera hecho, de repente, m\u00e1s peque\u00f1o.<\/p>\n<p>Por las noches entr\u00e1bamos a su habitaci\u00f3n sin que nos viera para observarlo mientras dorm\u00eda. Nos lleg\u00f3 a gustar asistir a ese momento previo al sue\u00f1o profundo, cuando las flores cerradas sal\u00edan de su boca y se acomodaban a ambos lados de la cabeza de \u00d3scar, abrazando y protegiendo. Si el ni\u00f1o era v\u00edctima de un mal sue\u00f1o y se mov\u00eda agitado, en seguida una de las flores se despertaba para acariciarle la mejilla, calm\u00e1ndolo. Tambi\u00e9n \u00e9ramos testigos de c\u00f3mo, todas las noches, cuando el ni\u00f1o ya estaba total y profundamente dormido, empezaba a llorar. \u00d3scar lloraba sin aspavientos durante horas, sin ruidos, sin mocos. De sus ojos ca\u00edan r\u00edos de agua salada que empapaban las s\u00e1banas y las ramas del cuello y las hojas bajas. Y, aunque \u00d3scar parec\u00eda dormir tranquilo, ten\u00edamos la permanente sensaci\u00f3n de que en cada una de esas l\u00e1grimas se le escapaba un poco de vida. Eso s\u00ed, cada ma\u00f1ana nada malo parec\u00eda haber ocurrido, el ni\u00f1o solicitaba varios vasos de agua fresca, echaba un bostezo largo y despu\u00e9s se frotaba los ojos y las hojas y todo el cuerpo, sin el m\u00e1s leve rastro de l\u00e1grimas.<\/p>\n<p>Nunca supo que le observ\u00e1bamos dormir. Regres\u00e1bamos a nuestras habitaciones al amanecer, est\u00e1bamos seguros de que no le hubiera gustado saber que hac\u00edamos aquello.<\/p>\n<p>La enfermedad lleg\u00f3 de repente. No sabemos si fue el fr\u00edo, o la ventana abierta, o la falta de gorro, o el cambio de estaci\u00f3n. O era el \u00e1rbol monstruo que, llegados a ese punto, sin poder crecer mucho m\u00e1s, sin hueco dentro para alargar sus ra\u00edces, empez\u00f3 a enfermar. Las hojas se fueron cayendo a pares, el riego habitual que las alimentaba dej\u00f3 de ser suficiente y se desprend\u00edan, amarronadas, como hojas de oto\u00f1o. Las ramas parec\u00edan encoger. Y a cada paso de \u00d3scar iban perdi\u00e9ndose m\u00e1s hojas, ca\u00edan solas, por su propio peso. Nosotros a veces las barr\u00edamos sin que se diera cuenta el ni\u00f1o. Pero lo sab\u00eda, claro que se daba cuenta. Por mucho que le explic\u00e1bamos que en determinadas \u00e9pocas del a\u00f1o hay \u00e1rboles que pierden las hojas, \u00e9l intu\u00eda que su \u00e1rbol no era de esos, y que perder las hojas no era bueno.<\/p>\n<p>No pod\u00eda hacer m\u00e1s que sentarse al sol, quedarse tan quieto como le fuera posible, y extender las ramas y los brazos firmes para atrapar los rayos de un sol que, all\u00e1 arriba, posaba cada vez m\u00e1s apagado o cubierto de nubes. Las flores, y esa era nuestra esperanza, no se cayeron. Permanec\u00edan tibias y grandes, eran un total de cuatro las que le sal\u00edan, hermosas, por la boca, y se acomodaban detr\u00e1s de la cabeza, como una corona dorada. Cuando \u00d3scar tomaba el sol inm\u00f3vil y le iluminaban la cara y las flores los rayos en oblicuo, parec\u00eda el rey de los \u00e1rboles, un rey con una corona de flores doradas. Era algo \u00fanico de ver.<\/p>\n<p>Pero el sol iba perdiendo fuelle a medida que avanzaba el oto\u00f1o, cada vez se repet\u00edan m\u00e1s a menudo los d\u00edas nublados. \u00d3scar ten\u00eda, por tanto, que pasar cada vez m\u00e1s horas en el exterior, quieto, con las ramas estiradas, para aprovechar cada brizna de luz. Tambi\u00e9n cada noche dorm\u00eda m\u00e1s y lloraba r\u00edos abundantes de agua salada. Ten\u00edamos, en aquella \u00e9poca del a\u00f1o, cada d\u00eda menos horas de luz.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">***<\/p>\n<p>Cuando termin\u00f3 de llegar el invierno decidimos avisar al doctor. Lo camuflamos lo bastante para que el ni\u00f1o nunca supiera qui\u00e9n era. Se lo presentamos como alguien que hab\u00eda tenido tambi\u00e9n un \u00e1rbol dentro y el ni\u00f1o se crey\u00f3 a pie juntillas la historia. Lo cierto es que el doctor lo hizo muy bien, se invent\u00f3 un personaje muy coherente, aprovechando esa cara de helecho que ten\u00eda, esa barba que parec\u00eda musgo, y con ayuda de unas hierbas que utiliz\u00f3 para te\u00f1irse la lengua de verde. Calculamos que \u00d3scar ya estaba cansado, llevaba muchos d\u00edas as\u00ed, con las ramas y los brazos estirados para captar el poco sol que quedaba en el exterior. Est\u00e1bamos seguros de que deseaba volver a ser como los dem\u00e1s ni\u00f1os, que no pod\u00eda con la carga de un \u00e1rbol ya tan grande, y tan enfermo. O tal vez fue un error quererle convertir en uno de los nuestros. C\u00f3mo saberlo.<\/p>\n<p>Aun as\u00ed lo hicimos. \u00c9ramos los adultos. El doctor falso \u00e1rbol le cont\u00f3 c\u00f3mo extraer la planta sin que ninguno de los dos sufriera. Se bas\u00f3 en su experiencia, con lujo de detalles nos cont\u00f3 c\u00f3mo lo hab\u00eda conseguido \u00e9l, incluso le ense\u00f1\u00f3 al ni\u00f1o fotos de su supuesto \u00e1rbol, creciendo ahora feliz en las orillas de un r\u00edo, tan alto y frondoso como cualquier otro. El doctor le cont\u00f3 a \u00d3scar que su \u00e1rbol, con los a\u00f1os, lleg\u00f3 a dar frutos y que ahora alimentaba a una familia entera. El ni\u00f1o escuchaba con todo el ah\u00ednco del que era capaz, no le quedaban ya fuerzas ni para hablar, pero le brillaban inmensamente los ojos mientras se acariciaba las ramas y los brazos y las flores doradas.<\/p>\n<p>As\u00ed que, esa misma noche, antes de dormir, \u00d3scar nos dej\u00f3 podarle. Con toda la delicadeza de la que fuimos capaces cortamos sus ramas, con sumo cuidado de no quebrar los brotes de las ramas altas, unos brotes hermosos que pod\u00edan conservarse en agua para, tal vez, generar nuevas hojas. Le podamos despacio, entre todos. \u00d3scar no dejaba de temblar. Dos de nosotros le sujet\u00e1bamos las manos y otros dos le sec\u00e1bamos las l\u00e1grimas que le ca\u00edan al suelo a goterones desde la nariz. El ni\u00f1o se qued\u00f3 blanco cuando, para terminar, le cortamos las flores de la boca y se las pusimos en las manos. Las tom\u00f3 con respeto y las deposit\u00f3 en agua junto a las ramas. Las flores permanec\u00edan, a\u00fan, erectas y bellas, igual de doradas que siempre.<\/p>\n<p>Le abrazamos entre todos, por fin sin clavarnos las ramas, qu\u00e9 alegr\u00eda, le subimos un palmo del suelo, despu\u00e9s a dos, conseguimos incluso levantarle entre todos. \u00d3scar intentaba re\u00edr como nosotros, pero de la boca le sal\u00eda algo m\u00e1s parecido a un sonido gutural, una especie de eructo de madera. Era tan agradable poder abrazar a \u00d3scar sin pincharse con una rama que no pens\u00e1bamos en otra cosa. C\u00f3mo lo hab\u00edamos echado de menos. Se tom\u00f3 sin rechistar el brebaje que le hab\u00eda preparado el doctor falso \u00e1rbol para expulsar, cuanto antes y lo m\u00e1s enteras que fuera posible, las ra\u00edces de sus intestinos.<\/p>\n<p>Nos fuimos todos a dormir. Al d\u00eda siguiente ir\u00edamos a plantar con cuidado los restos del \u00e1rbol, tal y como nos hab\u00eda explicado el doctor que deb\u00edamos hacer. Esa noche el ni\u00f1o cerr\u00f3 la puerta de su habitaci\u00f3n y, por primera vez, no pudimos espiarle en sue\u00f1os. Pasamos la noche, en cambio, vigilando las ramas del \u00e1rbol en agua hasta quedarnos dormidos. Est\u00e1bamos tranquilos. Cansados.<\/p>\n<p>Dormimos tanto que nos sorprendi\u00f3 el mediod\u00eda. Pero casi nos hundimos de amargura al abrir los ojos y comprobar c\u00f3mo las flores del \u00e1rbol en agua, horas atr\u00e1s doradas, hermosas y h\u00famedas, estaban ahora ca\u00eddas, deprimidas, mustias. Las ramas hab\u00edan perdido toda la flexibilidad que ten\u00edan el d\u00eda anterior, y ahora, separadas de \u00d3scar, no eran m\u00e1s que madera dura y llena de astillas. Corrimos hacia la habitaci\u00f3n del ni\u00f1o, tuvimos cuidado de no derribar entre todos la puerta. \u00d3scar estaba tumbado en su cama, en posici\u00f3n fetal, parec\u00eda dormir tranquilo. No le hab\u00edan crecido m\u00e1s ramas ni flores. Nos cogimos de las manos con emoci\u00f3n contenida y nos acercamos despacio. Le acariciamos suavemente las mejillas, los brazos, las piernas, el pecho. Incluso su piel hab\u00eda recuperado el color p\u00e1lido de anta\u00f1o, antes de la semilla. \u00d3scar respiraba tranquilo, ajeno a nuestra alegr\u00eda. Se fue despertando poco a poco, no lo incitamos a ello, le esperamos, disfrutando de cada uno de sus movimientos de ni\u00f1o.<\/p>\n<p>Pero se nos debi\u00f3 de helar la sonrisa en la cara cuando \u00d3scar abri\u00f3 los ojos. Eso lo cambi\u00f3 todo. Sus ojos, aparentemente los de siempre, con el mismo color y la misma forma, eran irreconocibles. Estaban apagados, sin brillo alguno, opacos. Tan vac\u00edos que daba una aprensi\u00f3n desgastada mirarle directamente. Al tomar contacto con esos ojos nos invadi\u00f3 una tristeza profunda, una tristeza tan grande, tan contagiosa, que solo quisimos morirnos. Como si la tristeza de \u00d3scar estuviera en el aire y nos impregnara la piel y las v\u00edsceras. De repente solo ten\u00edamos ganas de enterrarnos los unos a los otros, escondernos, taparnos y cubrirnos con mucha tierra por encima, aplastarnos bien abajo del todo, en la oscuridad. Echar ra\u00edces y dejarnos comer por los gusanos. De eso tuvimos ganas a partir de entonces.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Es todo lo que nos dijo, toda la explicaci\u00f3n que nos dio. Sacudi\u00f3 la cabeza feliz de poder agitar sus ramas sin pudor. 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