{"id":17734,"date":"2022-09-20T04:55:36","date_gmt":"2022-09-20T10:55:36","guid":{"rendered":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/?p=17734"},"modified":"2023-05-23T13:21:29","modified_gmt":"2023-05-23T19:21:29","slug":"seeking-publisher-from-what-joan-didion-told-me-new-york-chronicles-por-pedro-plaza-salvati","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/2022\/09\/seeking-publisher-from-what-joan-didion-told-me-new-york-chronicles-por-pedro-plaza-salvati\/","title":{"rendered":"Seeking Publisher: from What Joan Didion Told Me\u2014New York Chronicles por Pedro Plaza Salvati"},"content":{"rendered":"<h3><b>El canto de los mendigos<\/b><\/h3>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">La ciudad <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">bum<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">, la ciudad mendigo. He llegado a la inevitable conclusi\u00f3n de que todo el que vive en Nueva York, en mayor o menor grado, termina convertido a la religi\u00f3n <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">bum<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">. Salvo las excepciones de una minor\u00eda multimillonaria, al vivir en esta ciudad es muy dif\u00edcil que no se empiece a descuidar la vestimenta, que no se impregnen sobre la ropa los olores del metro y de la grasa a la plancha de los puestos ambulantes de fritura de cochino, carne de vaca, o cualquier animal no identificable. La gente se lleva sobras de cualquier parte, algunas para ser consumidas en el metro. Y no hay nada m\u00e1s grotesco y perturbador al olfato que una persona comiendo dentro de un sucio y maloliente vag\u00f3n. La crueldad del invierno suprime ciertos olores. Pero cuando cede el fr\u00edo, se acent\u00faa la diversidad olfativa. Y es casi inevitable no contagiarse. As\u00ed no se mendigue dinero en las esquinas y se tenga un trabajo, la cultura <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">bum <\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">lo invade todo.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Los mendigos son como la primavera neoyorquina. Si alguna estaci\u00f3n pudiera definir c\u00f3mo me siento con respecto a la ciudad es la primavera: un d\u00eda hace sol, otro llueve, al siguiente se nubla, lluvia con viento, vientos castrantes, sol de nuevo, viento con lluvia, baja la temperatura, sube la temperatura. Como una falsa primavera, as\u00ed me siento: un d\u00eda en la c\u00faspide (bueno, no tanto as\u00ed), el otro con las ratas en los andenes del metro, como un <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">bum<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">. Luego salgo de las escaleras de la estaci\u00f3n y el cielo azul, no tan azul como en el invierno, un azul p\u00e1lido. Una corta sonrisa se dibuja en mis labios. Estar en Nueva York es vivir en la incertidumbre de lo imprevisto. Es no saber c\u00f3mo te vas a sentir de un d\u00eda a otro. Como la primavera cambiante. De la exaltaci\u00f3n a la repugnancia. Detestar y admirar al mismo tiempo. Agradecer y querer marcar distancia. \u00a1Qu\u00e9 suerte estar aqu\u00ed!, me dice la raz\u00f3n. El alma est\u00e1 sacudida por los vientos insidiosos y a veces se me pierde de lugar, se me esconde, se me agazapa dentro de las ropas de un harapiento.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Joe Gould, el mendigo m\u00e1s famoso, inmortalizado en el libro de Joseph Mitchell, considerado por muchos como el mejor trabajo de no ficci\u00f3n del siglo XX, aquel graduado de Harvard, nacido de una familia adinerada y de tradici\u00f3n de Boston, ten\u00eda que recitar poemas, hacer actuaciones extravagantes, rogarles a sus amigos bohemios que le dieran algo de dinero para comer: <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">In winter I\u2019m Buddhist \/ and in summer I\u2019m a nudist<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">. Termino de leer por segunda vez <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">Joe Gould\u2019s Secret<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">. Un perfil de ciento cincuenta p\u00e1ginas sobre este hombre que supuestamente escrib\u00eda una recopilaci\u00f3n de frases, oraciones, expresiones idiom\u00e1ticas, chismes, comentarios, todo lo que pudiera escuchar en la calle y que llam\u00f3 <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">Oral History<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">. Este documento, que ser\u00eda m\u00e1s largo que la Biblia, nunca existi\u00f3. Un mendigo intelectual impostado en su propio personaje, ensimismado en su ego dentro de su miseria, famoso en el mundo del Village. En ese libro se palpa la din\u00e1mica de la vida del <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">bum<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">, dedicado a obtener d\u00e1divas para poder subsistir. Escrib\u00eda siempre sobre lo mismo una y otra vez, pero hac\u00eda creer con su ret\u00f3rica que se tra\u00eda entre manos algo muy importante. Igual que a Joe Gould, le ocurre a los que tienen su trabajo pero no desprecian una comida gratis o el valor de unas sobras. De una manera u otra, esta ciudad es la ciudad de los mendigos. <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">A bum city. A bum<\/span><\/i> <i><span style=\"font-weight: 400;\">culture. Oh my God: It\u00b4s so trendy! <\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">Quiz\u00e1s todos tengamos un poco de Joe Gould en nuestros corazones.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Joe Gould vino a Nueva York para convertirse en escritor. Pienso en el mendigo de la esquina de West 4 y Green St., con su pedazo de <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">real estate<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">, ese cuadril\u00e1tero-rejilla que emana calor hacia la calle sobre el que se sienta durante horas, a semejanza de un buda con su capa marr\u00f3n y su gorro, como si estuviese a punto de encontrar una suerte de iluminaci\u00f3n. He o\u00eddo decir que el viento de la rejilla calienta solo la mitad del cuerpo; la parte superior permanece helada. Cruza los brazos, apoya la cabeza y pareciera que durmiera con los ojos abiertos. Nunca lo veo de malhumor o con mala actitud. Es negro y viste como un cham\u00e1n. Anda rondando entre las calles de los edificios de la universidad y habla como si tuviera que hacer una presentaci\u00f3n acad\u00e9mica en pocos minutos, a punto de sacar su carnet violeta e ingresar a alguno de los edificios de NYU, y repite lo que memoriza en apariencia, o como si al hablar para s\u00ed mismo estuviese develando una f\u00f3rmula o alguna teor\u00eda filos\u00f3fica. Tiene un andar pausado. En los ojos lleva una sabidur\u00eda inalcanzable. Debo hablarle alg\u00fan d\u00eda. Creo que tendr\u00e1 cosas importantes que decirme. No s\u00e9 si me atrever\u00e9. Es un hombre sagrado. Me pregunto si lo que cuenta este cham\u00e1n a s\u00ed mismo no tiene que ver con la invenci\u00f3n de las apariencias. A diferencia de la verborrea de Gould, no habla con nadie. Si establecemos un paralelismo entre Gould y el cham\u00e1n, todo es un fraude. \u00bfEs la vida misma un fraude? \u00bfQui\u00e9n est\u00e1 en lo correcto? \u00bfQu\u00e9 superioridad moral acarrea lograrse las cosas por los propios medios o tener que rogar y pedir? \u00bfSe puede ser un Buda con hambre?<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Nueva York es sin\u00f3nimo, entre tantas otras cosas, de soledad. Hoy es mi \u00faltimo d\u00eda de este primer a\u00f1o en la biblioteca. Es fin de semana de Memorial Day, una celebraci\u00f3n de a\u00f1oranza y respeto por aquellos que han dado la vida por la naci\u00f3n. Entro al piso 9 de Bobst donde he estado trabajando los \u00faltimos meses. Hay poca gente. Se cierran ciclos. Ana tuvo que partir antes. Me he quedado solo para resolver algunos asuntos, hacer entrega del apartamento a nuestro casero, Gene, y a su esposa, Hisako, y dejar nuestras cosas en un <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">Mini Storage <\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">durante el verano. A nuestra vuelta, Sonia, una amiga, nos recibir\u00e1 en su casa mientras encontramos un apartamento en alquiler. Nos ha dicho que podemos quedarnos el tiempo que sea necesario. Esa es la vida en Nueva York, por alg\u00fan motivo u otro, siempre cambiando de vivienda como mendigos que cambian de esquina. Quedan algunos compa\u00f1eros que, poco a poco, se van desvaneciendo como si nunca hubieran existido. La ciudad me somete a otra prueba: la soledad absoluta. Escribir siempre solo. Comer solo. Hacer ejercicio solo. \u00a1Solo como un <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">bum<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">! Llegar tarde a la casa solo, esperando estar lo suficientemente cansado para que no me atrape el insomnio, ese insomnio del que nunca padec\u00ed pero que, en Nueva York, se ha apoderado de m\u00ed como una gripe cr\u00f3nica. Dormir bien se convierte en un acto de azar. No he hablado con casi nadie en d\u00edas, salvo algunos intercambios de palabras en un caf\u00e9 al pedir, en el gimnasio de la universidad, en el <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">Health Center<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">, al que fui por el bendito polen primaveral que me tiene el ojo izquierdo de color sangrante, como cuando a un toro le clavan la espada, una astilla incrustada en la retina: amanece el ojo como un edificio en llamas. Solo falta que el cami\u00f3n de los bomberos se refleje en ella. Me he cruzado en la calle con Gene. Capto la ciudad de una manera distinta. Antes ve\u00eda a los mendigos y me preguntaba c\u00f3mo pod\u00edan sobrevivir sin hablar con nadie. Ahora me aproximo a esa experiencia. Empiezo a entender por qu\u00e9 los <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">bums <\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">hablan solos. Estoy en la casa y resuelvo problemas en mi cabeza y me encuentro, sin darme cuenta, hablando solo. Entiendo a las personas mayores solas que abundan en la ciudad: si consiguen a alguien con quien conversar no se detienen, y uno piensa que son simp\u00e1ticos y lo que ocurre es que est\u00e1n solos: el canto de los mendigos, mendigos de compa\u00f1\u00eda. Por eso hay tantos perros en la ciudad, para que la gente est\u00e9 acompa\u00f1ada. Le\u00ed un art\u00edculo en <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">The New York Times <\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">que indicaba que el 47% de los neoyorquinos viven solos. Hoy almorc\u00e9 en Cos\u00ed y hab\u00eda unas veinte mesas ocupadas casi todas por personas solas. Ya llevo diez comidas en Cos\u00ed. La pr\u00f3xima es gratis. Entonces observo y tomo conciencia de esa Nueva York tan solitaria; la paradoja de que haya tanta gente pero cada quien anda en lo suyo, como si hubieran encontrado una zona de confort antisocial. Entonces veo personas solas en todas partes en esta ciudad como si hubiese descubierto una nueva raza, una secta de la que hab\u00eda aprendido a reconocer sus s\u00edntomas y cualidades expresivas, mi percepci\u00f3n se expande al encontrarme entre ellos; reconocerme con verg\u00fcenza entre los solitarios, como extranjeros de una naci\u00f3n distante. En los restaurantes, en las aceras, en los parques, en el metro; en todos lados: yo soy uno de ellos. Los d\u00edas se me hacen pesados e interminables. Empiezo a aborrecer un poco m\u00e1s la ciudad. La soledad es como una mujer transparente que va por las calles.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Sigo \u00edngrimo en el piso 9 de Bobst. Nada que llegan los asi\u00e1ticos. Esto del Memorial Day es bien serio. La ciudad se enlentece desde el viernes mismo hasta el martes que termina la fiesta, se asemeja a una capital del Tercer Mundo con sus excusas para no trabajar. Por primera vez en mucho tiempo hace buen clima. Luego de este interminable invierno y la falsa primavera, se asoma, de golpe, el inicio del verano. Entonces la gente sale a caminar por las calles, a los caf\u00e9s al aire libre, otros se emborrachan, los mendigos alterados, los locos gritando m\u00e1s duro: es la llegada del buen clima. La vulgaridad surge y la ciudad no parece para nada la glamorosa de Uma Thurman, con la que me top\u00e9 por azar en el cine Angelika. Algunos no pierden la costumbre de andar en chancletas, como si estuvieran en una playa en Florida, todo se ve rid\u00edculo y banal. Las se\u00f1oras mayores andan mostrando los retorcidos, callosos y deformados dedos de los pies y me doy cuenta de lo feo que se ponen los dedos de los pies con la vejez. Quiz\u00e1s lo vea peor porque estoy solo, pero no creo que est\u00e9 distante de la realidad. Entonces Nueva York se despide del clima fr\u00edo y comienza la org\u00eda de las altas temperaturas, el calor insoportable que se adentra en los andenes del metro, un brutal calor que seguro encontrar\u00e9 de nuevo a finales de agosto cuando regrese. Ma\u00f1ana la biblioteca no abre. Este es mi \u00faltimo d\u00eda. Luego tomo un avi\u00f3n. Qu\u00e9 manera de despedirse; con esta soledad que pesa como todas las vigas del Empire State.<\/span><\/p>\n<h6><\/h6>\n<h6><span style=\"font-weight: 400;\">Foto: Calles de la Ciudad de Nueva York, por Diogo Fagundes, Unsplash.<\/span><\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El canto de los mendigos La ciudad bum, la ciudad mendigo. He llegado a la inevitable conclusi\u00f3n de que todo el que vive en Nueva York, en mayor o menor grado, termina convertido a la religi\u00f3n bum. 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