{"id":1674,"date":"2017-10-17T17:54:24","date_gmt":"2017-10-17T23:54:24","guid":{"rendered":"http:\/\/latinamericanliteraturetoday.wp\/2017\/10\/art-vanishing-felipe-restrepo-pombo\/"},"modified":"2024-04-15T05:11:41","modified_gmt":"2024-04-15T11:11:41","slug":"art-vanishing-felipe-restrepo-pombo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/2017\/10\/art-vanishing-felipe-restrepo-pombo\/","title":{"rendered":"&#8220;Formas de evasi\u00f3n&#8221; de Felipe Restrepo Pombo"},"content":{"rendered":"<style type=\"text\/css\">p.p1 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify; font: 12.0px Arial}<br \/>p.p2 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify; font: 12.0px Arial; min-height: 14.0px}<br \/>p.p3 {margin: 0.1px 0.0px 0.1px 0.0px; text-align: justify; font: 12.0px Arial}<br \/>span.s1 {font: 12.0px Times}<br \/>span.Apple-tab-span {white-space:pre}<br \/><\/style>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Uma\u00f1a y Herrera part\u00edan hacia los campamentos paramilitares en medio de la noche, antes del amanecer. A veces viajaban en bus, otras veces en una camioneta de segunda mano de un familiar de Herrera o, s\u00f3lo a veces, en la motocicleta. Tomaban la carretera serpenteante que los sacaba de la sabana, entre matas de pl\u00e1tano, hasta entrar al ca\u00f1\u00f3n, y luego bajaban a orillas del r\u00edo m\u00e1s caudaloso de la regi\u00f3n. Cuando llegaban al pueblo, a la ma\u00f1ana siguiente, buscaban un lugar donde guardar sus cosas, un hospedaje mugriento pero tranquilo. Uma\u00f1a se duchaba con agua fr\u00eda para quitarse la pesadez del viaje, y volv\u00edan al camino sin perder un segundo. Los pueblos a los que iban hab\u00edan sido escenarios de masacres salvajes o viv\u00edan con el temor de serlo. Durante esas traves\u00edas apenas com\u00edan y dorm\u00edan \u2014o trataban de hacerlo\u2014 unas pocas horas. Alguna vez Uma\u00f1a me dijo que en esos d\u00edas &#8220;dormir no era m\u00e1s que esperar a que amaneciera sin hablar y con los ojos cerrados&#8221;.<\/p>\n<p>En muy pocas ocasiones ten\u00edan tiempos muertos. Durante esos escasos momentos de ocio, Uma\u00f1a le ense\u00f1\u00f3 a jugar ajedrez a Herrera. El alumno empez\u00f3 muy lento. Pero, poco a poco, fue tomando un buen ritmo. Hasta el punto en que se convirti\u00f3 en un adversario respetable. Mientras jugaban nadie hablaba: s\u00f3lo fumaban y tomaban ron sin levantar la cabeza del tablero.<\/p>\n<p>A veces tomaban un taxi que los llevaba por carreteras destapadas en cuyas orillas hab\u00eda extensiones inmensas de campo sin sembrar, y m\u00e1s all\u00e1, como espejismos, m\u00e1quinas extractoras de petr\u00f3leo. El calor era denso, como una capa de vapor que costaba atravesar; los dos hombres sudaban profusamente y sent\u00edan las correas de los estuches fotogr\u00e1ficos quem\u00e1ndoles la piel. Nadie hablaba. El taxista sol\u00eda verlos a trav\u00e9s del espejo retrovisor con curiosidad y terror, pues sab\u00eda perfectamente ad\u00f3nde los estaba conduciendo. Antes de llegar a la entrada de la finca a la que se dirig\u00edan \u2014donde operaba el campamento\u2014 ve\u00edan a dos o tres muchachos, unos ni\u00f1os, con metralletas. Ellos estaban informados de la visita y por eso los dejaban pasar.<\/p>\n<p>En una ocasi\u00f3n los j\u00f3venes no recibieron la orden y cercaron a los que cre\u00edan intrusos. Eran m\u00e1s de quince muchachos que sal\u00edan de la maleza, cada uno con su metralleta, apuntando a la cabeza de los tres ocupantes del taxi.<\/p>\n<p>Los hicieron bajar, entre insultos. El taxista, con los brazos en la nuca, apenas pod\u00eda sostenerse en pie, lo que provoc\u00f3 las risotadas de sus captores. Uma\u00f1a guard\u00f3 silencio, aturdido por el calor. Herrera intent\u00f3 explicarles que \u00e9l era conocido de &#8220;los se\u00f1ores&#8221; y les mostr\u00f3 su carnet de fot\u00f3grafo. Era la primera vez que Uma\u00f1a ve\u00eda ese carnet. El que parec\u00eda el l\u00edder, de unos diecis\u00e9is a\u00f1os, con una profunda cicatriz en el cr\u00e1neo rapado, acept\u00f3 comunicarse con la finca. Entonces, del radiotel\u00e9fono sali\u00f3 una voz salvadora: eran amigos y no se les deb\u00eda hacer ni un rasgu\u00f1o. As\u00ed como hab\u00edan aparecido, los muchachos volvieron a su escondite en el monte.<\/p>\n<p>Tras las rejas de la entrada a la finca hab\u00eda otra carretera, m\u00e1s angosta, cuyo final no se alcanzaba a ver. Tampoco se ve\u00eda nada a los lados, m\u00e1s que alg\u00fan \u00e1rbol dando sombra sobre una vaca. El taxista lloraba en silencio cuando otro grupo de hombres los volvi\u00f3 a parar. Esta vez eran mayores, vestidos de camuflado, con metralletas y machetes en la cintura. Uno de ellos subi\u00f3 al taxi, junto a Herrera \u2014Uma\u00f1a iba adelante con el taxista\u2014, e inici\u00f3 una conversaci\u00f3n trivial sobre la sequ\u00eda que azotaba la regi\u00f3n.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de varias visitas a la zona, lograron concretar un encuentro con un jefe a quien le dec\u00edan El Halc\u00f3n. El bloque de autodefensas que comandaba hab\u00eda sembrado el terror en varios departamentos, dejando a su paso centenares de muertos, desaparecidos y desplazados. En nuestras conversaciones, Uma\u00f1a lo usaba, de manera algo infantil, para explicar lo que \u00e9l llamaba &#8220;malos de nacimiento&#8221;. Estos, seg\u00fan su teor\u00eda, eran personas que no se volv\u00edan malas movidas por la ambici\u00f3n del dinero y el poder, como tantas otras, sino por puro placer. La idea se le ocurri\u00f3 tras escuchar la respuesta a la \u00fanica pregunta que hizo ese d\u00eda.<\/p>\n<p>El Halc\u00f3n no era intimidante. Pod\u00eda pasar por un campesino normal. Pero, al fijarse detenidamente, Uma\u00f1a constat\u00f3 que su mirada estaba vac\u00eda y que la expresi\u00f3n de su rostro era est\u00e1tica. Ten\u00eda cara de nada, mirada de nada, sonrisa de nada. Como de alguien que ha estado frente a la crueldad inexplicable y ahora la contempla con absoluta indiferencia.<\/p>\n<p>Tomaron una cervezas calientes, apoyados contra la baranda del p\u00f3rtico de lo que parec\u00eda la casa principal. Uma\u00f1a le se\u00f1al\u00f3 a Herrera cuatro estacas de concreto clavadas en la tierra con una cadena alrededor junto a un \u00e1rbol seco. El fot\u00f3grafo le dijo que no ten\u00eda idea de qu\u00e9 era. El Halc\u00f3n, que los hab\u00eda custodiado todo el tiempo, se apresur\u00f3 a responder. &#8220;\u00bfNunca han visto a un hombre devorado por hormigas?&#8221;, dijo. Luego les explic\u00f3 que en el centro de las estacas hab\u00eda un hormiguero, bajo tierra. &#8220;Hormigas rojas, de las bravas&#8221;, a\u00f1adi\u00f3. Sobre el agujero pon\u00edan a alg\u00fan prisionero, enemigo o traidor, a quien quisieran castigar. Ataban sus extremidades a las estacas y le untaban miel o az\u00facar en el cuerpo. Lo dejaban por tres o cuatro d\u00edas, lo que hiciera falta, para que los insectos lo devoraran lentamente. Al principio usaban cuerdas, pero al darse cuenta de que la gente lograba desatarse estremecida por el dolor, cambiaron a las cadenas. &#8220;Ustedes no saben la puta fuerza que hacen esos tipos mientras se retuercen. A veces tumban las estacas y toca volver a armar todo&#8221;. Algunos soportaban hasta cinco d\u00edas, pero no m\u00e1s. Todo el tiempo, recordar\u00eda Uma\u00f1a, el hombre hablaba de &#8220;nosotros&#8221;, como contando una haza\u00f1a grupal.<\/p>\n<p>Luego los llev\u00f3 a ver la fiera. Era una pantera a la que dejaban sin comida durante tres d\u00edas para luego arrojarle personas. El animal estaba encadenado y miraba con horror \u2014y apetito\u2014 a cualquiera que se le acercara. El mismo m\u00e9todo funcionaba con caimanes. De hecho ten\u00edan m\u00e1s de una decena en cautiverio s\u00f3lo destinados a comer cad\u00e1veres. Eran tantos cuerpos que no ten\u00edan forma de deshacerse de ellos. Perfeccionaron una m\u00e1quina de eliminaci\u00f3n y desaparici\u00f3n sistem\u00e1tica de personas. Una f\u00e1brica de asesinatos masivos en medio de la selva tropical.<\/p>\n<p>Durante los d\u00edas que vivieron en el campamento, El Halc\u00f3n demostr\u00f3 que su m\u00e9todo era m\u00e1s refinado y no s\u00f3lo utilizaba animales. Les ense\u00f1\u00f3 t\u00e9cnicas de tortura con elementos quir\u00fargicos. Tambi\u00e9n les mostr\u00f3 varios videos, sus favoritos, de desmembramientos con hachas. Le gustaba ver c\u00f3mo sus hombres encadenaban a otros y los iban tajando con absoluta sangre fr\u00eda. Se quej\u00f3 amargamente de la leyenda negra seg\u00fan la cual jugaban f\u00fatbol con las cabezas de sus enemigos. Pero dec\u00eda que le conven\u00eda que se dijeran esas cosas porque &#8220;El sistema funciona con terror, hermano&#8221;, repet\u00eda como un mantra macabro.<\/p>\n<p>Muy cerca de aquella finca fue donde Uma\u00f1a escuch\u00f3 el sonido de una balacera por primera vez. Fue un fuego cruzado entre guerrilleros y paramilitares. Herrera y \u00e9l regresaban de una entrevista, en una canoa que cruzaba el r\u00edo. Como de costumbre, s\u00f3lo se dirig\u00edan la palabra para lo necesario, no porque se cayeran mal sino, al contrario, para preservar la distante armon\u00eda que les permit\u00eda estar juntos. Estaban revisando las fotos que Herrera hab\u00eda tomado a un bloque armado cuando empezaron a disparar de ambos lados. Era una serie de r\u00e1fagas lejanas pero intensas. &#8220;Tin, tin, tin, como ma\u00edz reventando en una olla&#8221;, me lo describir\u00eda luego.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de varias semanas de convivencia, Uma\u00f1a regres\u00f3 a su casa. Se enclaustr\u00f3 en la penumbra y agrup\u00f3 notas, mapas, descripciones, algunas grabaciones y las fotos tomadas por su compa\u00f1ero. Sali\u00f3 de su encierro y se dirigi\u00f3 a <i>Hoy es hoy<\/i>. Bernardo Ponce lo recibi\u00f3 con sorpresa: nunca pens\u00f3 que fuera a regresar. Uma\u00f1a le explic\u00f3 poco. Apenas le entrego todo el material, con la \u00fanica condici\u00f3n de que le pagaran a Herrera, y muy bien, las fotos.<\/p>\n<p>Ponce acept\u00f3 la propuesta. De nuevo revis\u00f3 minuciosamente con su equipo y prepar\u00f3 una serie de informes que causaron un revuelo previsible. Nadie hab\u00eda contado nunca lo que pasaba all\u00ed. El pa\u00eds qued\u00f3 pasmado ante el horror y Ponce se ba\u00f1\u00f3 de nuevo de gloria, bajo la forma de halagos, premios y m\u00e1s y m\u00e1s ventas. Gracias a la informaci\u00f3n de Uma\u00f1a su revista era cada vez m\u00e1s respetada y exitosa. Pas\u00f3 de ser una publicaci\u00f3n marginal a un referente nacional. Pero nunca nadie mencion\u00f3 a Uma\u00f1a.<\/p>\n<p>\u00c9l regres\u00f3 a su encierro. Estaba agotado. No pod\u00eda moverse pero tampoco dormir. Beb\u00eda litros de alcohol, que acompa\u00f1aba con varias dosis de Clonazepam. El coctel lo atontaba: pero no conciliaba el sue\u00f1o. Cuando empezaba a hacerlo, so\u00f1aba que se ca\u00eda y despertaba con un sobresalto involuntario del cuerpo. Era una tortura, frenar su cabeza era imposible, pasaba de una idea a una imagen a un recuerdo sin parar. Trataba de calmar la ansiedad con la nicotina. Pero una vez empezaba a fumar ven\u00edan los dolores de cabeza. A veces eran pulsantes y largos. Otras veces aparec\u00edan por r\u00e1fagas, peque\u00f1as descargas el\u00e9ctricas, que lo cegaban. No sent\u00eda las piernas. Sus manos temblaban y no las pod\u00eda controlar ni siquiera para servirse un trago.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Cansado de los bares y de seguir col\u00e1ndose en fiestas para emborracharse sin pagar \u2014ambas cosas le exig\u00edan contacto humano\u2014, Uma\u00f1a decidi\u00f3 comprar licor de contrabando. Lo consegu\u00eda en una zona comercial dedicada a la pirater\u00eda de todo tipo de productos: desde esmalte para u\u00f1as hasta computadores de \u00faltima generaci\u00f3n. Para evitar que la vendedora, una muchacha reci\u00e9n llegada del campo que trabajaba para el due\u00f1o del local, continuara pregunt\u00e1ndole si \u00e9l solo se iba a tomar todo eso, invent\u00f3 que ten\u00eda un restaurante y necesitaba la bebida. En una visita pod\u00eda llevarse varias decenas de botellas de whisky, lo \u00fanico que a esas alturas no le destrozaba la \u00falcera p\u00e9ptica, por las que pagaba un precio irrisorio.<\/p>\n<p>La chica las pon\u00eda en cajas que sellaba con cinta gruesa, las sub\u00eda a una carretilla, acompa\u00f1aba a Uma\u00f1a hasta la camioneta que Herrera le hab\u00eda prestado y le ayudaba a descargarlas. Las cajas permanec\u00edan en la camioneta, Uma\u00f1a sacaba dos o tres botellas cada d\u00eda y las iba bebiendo en una cantimplora de boy scout que siempre llevaba encima. Lo bueno de esa cantimplora era que nadie sospechaba que adentro hab\u00eda whisky en lugar de agua. No le importaba en lo m\u00e1s m\u00ednimo la opini\u00f3n que la gente pudiera tener de \u00e9l, pero detestaba que le dieran consejos sobre su vida, y de esa forma los evitaba.<\/p>\n<p>Tomar as\u00ed tambi\u00e9n le aseguraba no meterse en peleas callejeras con desconocidos. Hab\u00eda tenido muchas y prefer\u00eda descargar su rabia solo en el cuarto de la pensi\u00f3n donde viv\u00eda. Cuando despertaba, ve\u00eda un rastro de vasos, ropa y papeles. Una vez encontr\u00f3 un cuchillo clavado en el coj\u00edn de una silla a la que le hab\u00eda arrancado las patas. Por m\u00e1s que intent\u00f3, no record\u00f3 qu\u00e9 hab\u00eda ocurrido.<\/p>\n<p>Cuando la muchacha no estaba en el local, lo atend\u00eda el hijo del due\u00f1o. Un veintea\u00f1ero precoz que conoc\u00eda a la perfecci\u00f3n el negocio del contrabando. Ten\u00eda una moto bmw y andaba, como todos en aquel lugar, armado. Fue \u00e9l quien se qued\u00f3 mirando a Uma\u00f1a y le pregunt\u00f3 con voz cortante si no quer\u00eda algo m\u00e1s fuerte que el whisky. Para entonces, Uma\u00f1a tomaba tres o cuatro comprimidos de Clonazepam al d\u00eda, que lo ayudaban a dormir por lo menos tres horas seguidas, y diur\u00e9ticos para los c\u00e1lculos renales. Hab\u00eda dejado las drogas recreativas, pero desde hac\u00eda un tiempo pensaba que deb\u00eda mezclar el alcohol con algo m\u00e1s, algo que aliviara los dolores y, sobre todo, las pesadillas.<\/p>\n<p>El primero de esos malos sue\u00f1os ocurri\u00f3 tras haber asistido a la exhumaci\u00f3n de cad\u00e1veres en una fosa construida por narcotraficantes. Se trataba de un procedimiento rutinario de la Fiscal\u00eda, que iba tras la pista de uno de los jefes. Los agentes estimaban que encontrar\u00edan unos cinco cuerpos, pero tras varias horas de trabajo se dieron cuenta de que eran muchos, cientos m\u00e1s, desmembrados. Esa noche Uma\u00f1a so\u00f1\u00f3 con una pantera, negra y feroz, que lo persegu\u00eda, no para atacarlo sino para mostrarle algo que llevaba en su mand\u00edbula: era el hijo de Z\u00e1rate, calcinado por aquel incendio que hab\u00eda guardado en un pliegue de su memoria.<\/p>\n<p>La escena se repet\u00eda con ligeras variaciones. En ocasiones el ni\u00f1o era sustituido por el padre, tambi\u00e9n atenazado por la pantera pero vivo, que lo miraba con profundo desprecio. O \u00e9l mismo entre las fauces del animal, gritando un mensaje que nunca pod\u00eda descifrar. Cre\u00eda haber sido un buen hijo, nunca dio problemas a sus padres ni los involucr\u00f3 en sus asuntos, pero lo obsesionaba la idea de que su trabajo consistiera, precisamente, en perseguir a los grandes amigos de su pap\u00e1, los polic\u00edas que lo hab\u00edan visto crecer. En algunas alucinaciones et\u00edlicas ve\u00eda caminar por su casa cuerpos descompuestos, le parec\u00eda que en las paredes hab\u00eda manchas de sangre y sesos desparramados por el piso blanco de la cocina.<\/p>\n<p>Cuando ni\u00f1o visit\u00f3 el antiguo edificio del servicio nacional de inteligencia donde trabajaba su pap\u00e1. A decir verdad, conoci\u00f3 lo que hab\u00eda quedado en pie tras la explosi\u00f3n de una poderosa bomba. Uma\u00f1a acompa\u00f1\u00f3 a su padre al d\u00eda siguiente de la explosi\u00f3n para intentar recuperar su carro y se encontr\u00f3 con muros en pedazos, archivadores calcinados, m\u00e1quinas de escribir rotas y restos de pelo en las paredes. Las im\u00e1genes regresaban y bailaban ante sus ojos ahora.<\/p>\n<p>Cuando despertaba corr\u00eda al ba\u00f1o a vomitar, fumaba y beb\u00eda hasta que saliera el sol. Tomaba una ducha y se iba a buscar m\u00e1s informaci\u00f3n.<\/p>\n<p>El muchacho contrabandista lo condujo hasta una bodega con paredes tapizadas de botellas de licor y comida enlatada. Fue como ir al m\u00e9dico: el muchacho anot\u00f3 los s\u00edntomas de Uma\u00f1a en una libreta y al final le recet\u00f3 una droga para cada malestar. Uma\u00f1a las hab\u00eda probado todas y estaba consciente de que volver a usarlas, a su edad, lo llevar\u00eda a tocar fondo. Era justo lo que quer\u00eda: un revoltijo de pastillas para caer en una placentera embriaguez eterna. Lo primero fueron los analg\u00e9sicos: Code\u00edna para los problemas respiratorios \u2014ten\u00eda tos cr\u00f3nica desde hac\u00eda seis meses\u2014 y el dolor de la pierna coja, Oxicodona para la \u00falcera, el colon y los c\u00e1lculos, Tramadol para la lumbalgia. Y tambi\u00e9n las Benzodiacepinas: Lorazepam, Zolpidem y Alprazolam para controlar la ansiedad y relajar los m\u00fasculos. A eso sumaron dosis espor\u00e1dicas de Ketamina y Propofol por su acci\u00f3n sedante, y un jarabe de Hidrocodona para las enc\u00edas, que se le hab\u00edan vuelto un suplicio. Se inflamaban, sangraban, dol\u00edan como tenazas hirvientes en su boca. Todo a ra\u00edz del golpe que un \u00e1rabe le dio en una estaci\u00f3n de metro en Par\u00eds tantos a\u00f1os atr\u00e1s. Era de madrugada. Uma\u00f1a volv\u00eda a su casa despu\u00e9s de una fiesta de tres d\u00edas. Estaba exhausto, lo \u00fanico que quer\u00eda era dormir por otros tres d\u00edas, se recost\u00f3 sobre una de las bancas del vag\u00f3n a tomar una siesta. Un par de \u00e1rabes se le acercaron y le pidieron un cigarrillo. De inmediato Uma\u00f1a advirti\u00f3 que era una excusa para buscar l\u00edo y, sin embargo, se puso de \u00e1nimo. Les dijo que estaba prohibido fumar en las estaciones de metro. Uno de ellos lo insult\u00f3 en \u00e1rabe mientras se retiraba. El otro, en cambio, se abalanz\u00f3 contra Uma\u00f1a y le peg\u00f3 en los dientes frontales, casi fractur\u00e1ndolos, con una manopla de acero. Cuando volvi\u00f3 en s\u00ed, en esa misma estaci\u00f3n, se dio cuenta de que alguien lo hab\u00eda empujado a un rinc\u00f3n para que no obstaculizara el paso de los peatones que se dirig\u00edan a sus trabajos.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Tomar as\u00ed tambi\u00e9n le aseguraba no meterse en peleas callejeras con desconocidos. 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