{"id":1555,"date":"2017-07-23T22:20:49","date_gmt":"2017-07-24T04:20:49","guid":{"rendered":"http:\/\/latinamericanliteraturetoday.wp\/2017\/07\/gorilla-answers-brenda-lozano\/"},"modified":"2024-04-25T19:27:00","modified_gmt":"2024-04-26T01:27:00","slug":"gorilla-answers-brenda-lozano","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/2017\/07\/gorilla-answers-brenda-lozano\/","title":{"rendered":"&#8220;Un gorila responde&#8221; de Brenda Lozano"},"content":{"rendered":"<style type=\"text\/css\">p.p1 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify; font: 12.0px 'Times New Roman'}<br \/>p.p2 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; font: 12.0px 'Times New Roman'}<br \/><\/style>\n<div><\/div>\n<div class=\"caption\"><\/div>\n<p dir=\"ltr\"><em><strong>Nota del editor:<\/strong><br \/>\nBogot\u00e139 es un proyecto del Hay Festival y Bogot\u00e1: Capital Mundial del Libro para nombrar 39 de los escritores latinoamericanos m\u00e1s prometedores menores de 39 a\u00f1os. La primera lista fue armada en 2007, y una nueva lista apareci\u00f3 en 2017. Empezando en el presente n\u00famero, Latin American Literature Today destacar\u00e1 textos de los j\u00f3venes autores seleccionados para este prestigioso reconocimiento. Haz clic<a href=\"https:\/\/www.hayfestival.com\/bogota39\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\"> aqu\u00ed<\/a> para ver la lista completa de 2017.<\/em><\/p>\n<p>El gorila, desparramado sobre una enorme piedra, observa el trapeador dentro de la cubeta que olvid\u00f3 el empleado del zool\u00f3gico. De ser m\u00e1s temprano, de estar frente a un grupo de ni\u00f1os, el gorila los golpear\u00eda con el trapeador, pero ya es tarde. Adem\u00e1s, hace tiempo que los ni\u00f1os tienen prohibido acercarse a su jaula. Bajo la cubeta, una rama seca. Exhala. Observa el trapeador, la rama seca bajo la cubeta. Exhala. Lento baja de la piedra. Avanza hasta la cubeta, la desliza con la precisi\u00f3n de un viejo que mueve una pieza de ajedrez, toma la rama y regresa a la piedra. D\u00edas atr\u00e1s, el gorila lanz\u00f3 esa rama contra un min\u00fasculo hombre que lo fotografiaba. El hombre trat\u00f3 de vengarse arroj\u00e1ndola de nueva cuenta, apenas regres\u00f3 la rama dentro de la jaula. El gorila detesta a los hombres de baja estatura. En realidad, detesta todo lo que se mueve y es un tanto m\u00e1s bajo que \u00e9l. De ser un anciano, por la calle golpear\u00eda con su bast\u00f3n a los diminutos, golpear\u00eda a todos los cortos de estatura sin importar que sean ni\u00f1os, ancianos o chaparros. Al poco tiempo de entrar al zool\u00f3gico, le lanz\u00f3 una piedra a un ni\u00f1o, lo descalabr\u00f3. Hubo, de inmediato, un esc\u00e1ndalo en la prensa. Los padres del ni\u00f1o, junto con otros padres de familia, exigieron que se colocara una placa en la entrada del zool\u00f3gico prohibiendo a los ni\u00f1os acercarse a esa jaula. Si fuera un viejo, habr\u00eda narrado entre risas, una y otra vez, la an\u00e9cdota del ni\u00f1o herido. Echado en su piedra observa las tres, cuatro jaulas frente a \u00e9l, al tiempo que mastica la rama. Saliva. De ser un anciano, de estar con su hijo en un auto estancado en el tr\u00e1fico, recordar\u00eda en voz alta sus historias en esa calle. Esa, la de la rama bajo la cubeta, no le causar\u00eda gracia a su hijo, pero \u00e9l, desde el asiento del copiloto, se reir\u00eda solo. Parpadea. Cada vez m\u00e1s lento parpadea. No percibe movimiento en las otras jaulas. Oscurece. El zool\u00f3gico est\u00e1 vac\u00edo. Parpadea m\u00e1s lento, son m\u00e1s pesados sus p\u00e1rpados. Comienza a quedarse dormido, saliva con la rama en la boca, como un abuelo que se queda dormido en el sof\u00e1 con las pantuflas puestas.<\/p>\n<p>El empleado del zool\u00f3gico, desparramado en el sof\u00e1, mira la televisi\u00f3n cuando escucha el timbre del tel\u00e9fono. Debe ser su exmujer, piensa. De ser m\u00e1s temprano, hablar\u00eda solo al limpiar una jaula, maldecir\u00eda a su exmujer, de ser posible le lanzar\u00eda una piedra, pero esto no pasa por su mente, en realidad la extra\u00f1a. El timbre suena de nuevo, desea que sea ella. Contesta. Es ella, baja el volumen de la televisi\u00f3n con el control remoto, se acomoda, cambia de postura en el sof\u00e1, como si su voz melodiosa anticipara que saldr\u00eda de la cocina sec\u00e1ndose las manos en la falda, como sol\u00eda hacerlo. Escucha su voz mientras la imagina en una casa m\u00e1s grande, en una cocina m\u00e1s grande, al lado del hombre por el que lo dej\u00f3. Su exmujer le avisa que pasar\u00e1 al d\u00eda siguiente por la secadora de pelo, al parecer lo \u00fanico que olvid\u00f3 en la gaveta del ba\u00f1o. Aprovechar\u00e1 la visita, dice, para dejarle las llaves. \u00c9l se altera, le reclama el haber olvidado la secadora. Olvidaste m\u00e1s cosas, dice, y le sale un gallo en la \u00faltima palabra. Ella interrumpe, le pide que se calle, no quiere escucharlo, y cuelga. Sabe que no volver\u00e1 a llamar. La conoce, cree conocerla, lo mejor ser\u00eda decir que cre\u00eda conocerla. Ahora la desconoce. Ahora se siente como un simio, pero, a diferencia de uno en peligro de extinci\u00f3n, sabe que a diario nacen muchos como \u00e9l. Imagina, sabe casi con seguridad que el hombre al lado de su exmujer es m\u00e1s grande. \u00c9l es como cualquier simio. Acaso libre, s\u00ed, pero un simio como cualquiera. El hombre al lado de su exmujer es como un gorila protegido por el zool\u00f3gico, atendido por una fundaci\u00f3n, admirado por la prensa, fotografiado por los visitantes. Imagina, sabe casi con seguridad que ese hombre gana m\u00e1s dinero que \u00e9l. Entonces, \u00bfpor qu\u00e9 no le compra una secadora nueva, una menos escandalosa, una con m\u00e1s botones de colores? A \u00e9l le gustaba todo de ella, piensa, todo exceptuando su ocasional copete. Un cilindro de cabellos r\u00edgidos, estilizados con spray. De manera que regresarle la secadora contribuye a la conservaci\u00f3n del copete. El hombre que lo sustituye merece conocer los defectos de su exmujer, ese en especial. Aunque su exmujer tiene otros defectos, \u00e9l apenas puede pensar ahora en eso. No est\u00e1 seguro de que ese sea un defecto, pero su exmujer tiene la frente tan peque\u00f1a que ese copete le sienta fatal. As\u00ed que est\u00e1 dispuesto a entregarle la pistola de aire, pero se niega a recibir las llaves. No le gusta la idea. Quisiera pedirle que se quede con las llaves, que, por favor, al menos, que por lo menos se quede con eso. Como un recuerdo, piensa, algo que le recuerde todos esos a\u00f1os juntos. Est\u00e1 bien, piensa, que deje las llaves pero que se quede con el llavero, uno que compraron juntos a un vendedor ambulante durante un paseo por el centro de la ciudad. Ese fue un buen domingo, recuerda. De ser un gorila, de poder hacerlo, raptar\u00eda a su exmujer, trepar\u00eda con ella a la cima de un rascacielos, amenazar\u00eda con soltarla si no se queda con el llavero, pero no tiene otra salida m\u00e1s que deglutir las decisiones de su exesposa como una banana. Lo mejor es imitarla. No buscarla. No encontrarla, no verla en su departamento, a la ma\u00f1ana siguiente. Postrado en el sof\u00e1, planea llegar al trabajo m\u00e1s temprano de lo habitual, regresar al departamento m\u00e1s tarde de lo normal, encontrar las llaves sobre la mesa, desea, sin el llavero. No quiere encontrarla, no quiere verla, no quiere saber m\u00e1s de ella. Sube el volumen de la televisi\u00f3n. En realidad, la extra\u00f1a. Quisiera mirar la televisi\u00f3n con ella, que estuviera sentada en ese lugar vac\u00edo.<\/p>\n<p>En la jaula est\u00e1 el gorila. El empleado, a la distancia, nota que olvid\u00f3 la cubeta y el trapeador. Corre impulsado por el temor, quiere evitar el destrozo de sus utensilios de trabajo. Al abrir la puerta de la jaula piensa en la llamada de su exmujer, piensa en la secadora de pelo que recoger\u00e1 su exmujer, piensa en que lo mejor ser\u00eda haber llegado m\u00e1s temprano. Por fortuna, piensa, el zool\u00f3gico a\u00fan no abre sus puertas al p\u00fablico. El empleado cierra los candados cuando escucha a sus espaldas que la cubeta cae. A unos pasos, el gorila est\u00e1 con el trapeador en las manos. Intuye que el gorila ceder\u00e1 el trapeador, pero no sabe c\u00f3mo acercarse. El gorila, sentado en el piso, juega con las mechas mojadas. El empleado imagina las leyes de la monta\u00f1a, del h\u00e1bitat del gorila, y le arrebata el trapeador haciendo un rugido que, piensa, se parece al de un simio. El gorila responde con el enojo de un viejo al que le arrebatan su peri\u00f3dico, hace justicia y se apodera del trapeador de nueva cuenta. El gorila se levanta, impone distancia con su tama\u00f1o, consigue alejar al empleado unos metros. El empleado se dirige, de a poco, hacia la puerta. El gorila comienza a trapear el piso, imita con precisi\u00f3n los movimientos circulares, copia el estilo con el que el empleado asea diariamente la jaula. El empleado sonr\u00ede, se reconoce en los movimientos del gorila. Cree haber ganado su empat\u00eda, se acerca a los barrotes. Mira los c\u00edrculos de agua que el gorila dibuja con el trapeador. El empleado nota que se desdibujan los primeros c\u00edrculos h\u00famedos en el piso. Se pregunta si el animal de ciento ochenta kilos est\u00e1 empe\u00f1ado en limpiar toda la jaula. El empleado le acerca la cubeta al gorila, este remoja el trapeador y contin\u00faa. El empleado est\u00e1 seguro de haber ganado la simpat\u00eda del gorila. Se recarga en los barrotes, recarga un codo sobre una mano, recarga la barbilla sobre la otra mano, desea que alguien los mire, quiz\u00e1s un visitante, quiz\u00e1s una c\u00e1mara de televisi\u00f3n, cualquier c\u00e1mara de tel\u00e9fono ser\u00eda \u00fatil. Una c\u00e1mara, la que sea, ahora ser\u00eda ideal. Su exmujer lo reconocer\u00eda en el noticiario que ve\u00edan por las noches, se enorgullecer\u00eda de haber compartido tanto tiempo con \u00e9l, de haber compartido tantas cosas con \u00e9l, le llamar\u00eda por tel\u00e9fono para felicitarlo por su labor en el zool\u00f3gico. Pero sabe que nadie observa la escena, sabe que su exmujer no volver\u00e1 a llamar. Parece, m\u00e1s bien, estar al lado de un c\u00f3mplice. Imagina, sabe casi con seguridad que est\u00e1 al lado de un compadre, de modo que, desde los barrotes, se cruza de brazos al tiempo que le pregunta: \u201c\u00bfCrees que deber\u00eda haber una placa en la puerta de mi edificio que proh\u00edba la entrada a las mujeres?\u201d El gorila responde remojando una, dos, tres veces, el trapeador en la cubeta.<\/p>\n<h6>Brenda Lozano, autora mexicana.\u00a0Foto de\u00a0Ana Hop.<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El gorila, desparramado sobre una enorme piedra, observa el trapeador dentro de la cubeta que olvid\u00f3 el empleado del zool\u00f3gico. De ser m\u00e1s temprano, de estar frente a un grupo de ni\u00f1os, el gorila los golpear\u00eda con el trapeador, pero ya es tarde. Adem\u00e1s, hace tiempo que los ni\u00f1os tienen prohibido acercarse a su jaula. Bajo la cubeta, una rama seca. Exhala. Observa el trapeador, la rama seca bajo la cubeta. Exhala. 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