{"id":15238,"date":"2022-06-03T19:10:03","date_gmt":"2022-06-04T01:10:03","guid":{"rendered":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/2022\/06\/postal-de-invierno\/"},"modified":"2023-05-23T20:31:06","modified_gmt":"2023-05-24T02:31:06","slug":"postal-de-invierno","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/2022\/06\/postal-de-invierno\/","title":{"rendered":"Postal de invierno"},"content":{"rendered":"<p><span style=\"font-weight: 400;\">Melchor no conoc\u00eda la nieve. En las tardes calurosas de Veracruz su madre le hablaba de ella. Le prometi\u00f3 que alg\u00fan d\u00eda ir\u00edan al norte a visitar a los abuelos, que a ella le hab\u00edan contado lo hermoso que eran las nevadas, la magia que proyectaba el fr\u00edo y lo blanco: \u201ctodito mi ni\u00f1o, todito se cubre de blanco, los \u00e1rboles pelones, los techos de las casas, las calles. S\u00ed mi ni\u00f1o, como en las tarjetas pues, m\u00e1s bonito pues, porque lo puedes tocar.\u201d Entonces Melchor pod\u00eda ver en los ojos de Sara la ilusi\u00f3n del fr\u00edo y sentir en sus brazos la calidez protectora que lo abrigar\u00eda en aquellas heladas. So\u00f1ando con los paisajes navide\u00f1os y el fr\u00edo de Chihuahua varias veces durmi\u00f3 ba\u00f1ado con transpiraci\u00f3n del <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">huele de noche<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\"> y la brisa marina que arrastraba tambi\u00e9n el olor de los platanares, los mangales y los huertos de papaya en una casa muy distinta a donde vive hoy.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Ahora, que ha cumplido los cinco a\u00f1os de edad, est\u00e1 en la vivienda de los abuelos con la nariz pegada a la ventana, los ojos negros, redondos como de mu\u00f1eco, bien abiertos ante el espect\u00e1culo mil veces imaginado. La casa est\u00e1 en sordina, todos duermen arropados con monta\u00f1as de cobertores. El \u00fanico testigo del prodigio es Melchor y su mirada que abarca el patio y la calle, los copos de nieve que caen suavemente como danzantes gordos que juegan competencias, revent\u00e1ndose en silencio al encontrar una superficie. Alguien dibuja la vida para Melchor frente a su vista. Poco a poco el ocre de las hojas de los \u00e1rboles va cediendo a la blancura que ha dejado de ser lluvia y ahora cae inclinada como a grandes pinceladas. Un gorri\u00f3n salpicado de nieve que hac\u00eda su nido en lo alto de la mora, parece una pelota oscura cuando vuela nervioso buscando comida en el piso antes de que todo quede cubierto de hielo, finalmente se detiene en una rama y desaparece en un revoltijo de hierbas que seguramente forman su casa. El cielo m\u00e1s all\u00e1 del patio ya perdi\u00f3 el azul y es cada vez m\u00e1s albo, solamente falta que la gente despierte en las casas vecinas y encienda las estufas, Melchor ans\u00eda ver el humo saliendo de las troneras de los techos confundirse suavemente en la inmensidad del paisaje lechoso, pero aqu\u00ed no parece vivir nadie m\u00e1s que \u00e9l y su milagro. Ante sus ojos los maceteros del patio y los \u00e1rboles ya quedaron transformados en extra\u00f1os seres de nieve. La noche anterior toda la familia sali\u00f3 al patio a cubrirles el tronco y las ramas con pl\u00e1sticos para protegerlos de la helada. La abuela fue la primera en descubrir los signos en el cielo, un cielo como nunca hab\u00eda visto Melchor en Veracruz. Aqu\u00ed la noche negra se ray\u00f3 de rosas en todos los tonos, de girones colorados y el aire fr\u00edo de pronto se sinti\u00f3 tibio. La abuela les pidi\u00f3 a los nietos que lo sintieran y luego como si ella hubiera sido avisada por alguien en el cielo, les dijo: \u201cvamos a preparar las tuber\u00edas y las plantas, ma\u00f1ana amanece nevando.\u201d Aunque sus hermanos no lo creyeron, \u00e9l comienza a tener fe en la abuela, en sus palabras que ahora confirma mientras se mira a s\u00ed mismo como un dibujito en una tarjeta postal: un ni\u00f1o que sonr\u00ede dentro de una casa, que se asoma a una ventana de cuatro cristales, que pinta su aliento en el cristal de la ventana en una casa sentada sobre un cerro de az\u00facar. Pero cuando el cuadro casi ha quedado completo, la casa despierta por dentro, sus hermanos emocionados con el espect\u00e1culo se atropellan con sus palabras y sus cuerpos en un ir y venir buscando los gorros, los guantes, las botas, los abrigos. Con dos o tres consejos para cuidarse los pies y las manos, armados con tapaderas de botes de basura que servir\u00e1n como deslizadores salen en tropel a la calle. No les preocupa el fr\u00edo, van gozando con el crujir de sus pasos en la nieve, con la suavidad con que sus pies se entierran en lo blanco, con la textura que perciben al amasar bolas con sus manos. Alguno de los vecinos que ha salido de la casa de enfrente lanza la primera bola, es una guerra de todos contra todos, no hay equipos ni perdedores, las balas se reciben a carcajadas aunque se estrellen a pleno rostro, luego a subir con dificultad las lomas deslizarse desde arriba. Sus hermanas mayores le ayudan un poco porque ac\u00e1 afuera \u00e9l es el m\u00e1s peque\u00f1o. Los dos beb\u00e9s, el reci\u00e9n nacido y el ni\u00f1o que apenas comienza a andar, no pueden salir a jugar todav\u00eda. Melchor se deja guiar por los m\u00e1s grandes o los que tienen experiencia. Aprende a rodar adentro de una llanta, a deslizarse sobre un trozo de pl\u00e1stico duro, pasan las horas y se alejan de la casa para buscar un llano puro porque van a disfrutar de la \u00faltima lecci\u00f3n.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u2015Mira Mechito para hacer angelitos te tiras as\u00ed con cuidado en el piso y comienzas a abrir las piernas y los brazos.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">El ni\u00f1o se paraliza ante su sue\u00f1o, el espect\u00e1culo es real, un campo enorme de crema <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">chantilly<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\"> como le dec\u00eda su madre, una \u201calfombra de caramelo de almendras\u201d y s\u00ed, claro que Melchor quiere tener su propio \u00e1ngel y no le importa medio congelarse haciendo uno, dos, tres, cuatro, los que sean, prueba a hacerlo lejos de todos, en un espacio inmaculado sin pisadas cercanas, pero ninguno es el \u00e1ngel que \u00e9l desea aunque los dem\u00e1s ni\u00f1os le aseguren que todos sus \u00e1ngeles son perfectos porque son blancos, tienen alas y un vestido hermoso en forma de copa. Exhausto y helado se detiene frente a sus obras. El aire es ahora una densa cortina de niebla, Melchor observa su propia respiraci\u00f3n en delicados caminos que flotan y desaparecen. Atento a los dibujos que ha hecho en el suelo, espera unos segundos. Su mirada va de uno a otro pero ninguno cobra una tercera dimensi\u00f3n, todas las figuras permanecen planas, sumidas en la nieve y cada vez m\u00e1s cristalinas, duras, fr\u00edas. Melchor revienta un llanto de becerro sin madre, no puede parar, grita y solloza en el silencio que ha formado con la tragedia que no explica a nadie. Los otros ni\u00f1os asustados lo llevan en vilo a casa como si fuera el m\u00e1s chico de todos. Cuando los abuelos lo miran encendido de las mejillas, mojado y cubierto de blanco hasta la punta de los pies se imaginan que el ni\u00f1o del tr\u00f3pico llora de fr\u00edo, que no debi\u00f3 hacerle caso a los otros \u201clocos\u201d en eso de andar revolc\u00e1ndose y haciendo angelitos, que por poco y lo congelan. Mientras lo cambian y tratan de darle calor, el ni\u00f1o deja que el llanto le arrastre hasta donde nunca m\u00e1s llorar\u00e1. A nadie le dice Melchor que Sara no es un \u00e1ngel, que por fin entendi\u00f3 lo que es la muerte, que el d\u00eda que llevaron a su madre a un hospital all\u00e1 en su tierra caliente fue el \u00faltimo d\u00eda que pudieron mirarse y tocarse, que los brazos c\u00e1lidos de Sara no lo arropar\u00e1n jam\u00e1s ni dentro de esta tarjeta postal como le hab\u00eda prometido, que ya no importan las chimeneas ni los campos de az\u00facar fr\u00eda, que tendr\u00e1 que aprender a vivir los veranos y los inviernos sin mam\u00e1.<\/span><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<h5 style=\"text-align: right;\">Del libro\u00a0<em>Sobrada inocencia<\/em><\/h5>\n<h6><\/h6>\n<h6 style=\"text-align: left;\"><span style=\"font-weight: 400;\"><strong>Foto<\/strong> de Tim Tiedemann, Unsplash.<\/span><\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Melchor no conoc\u00eda la nieve. En las tardes calurosas de Veracruz su madre le hablaba de ella. 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