{"id":15165,"date":"2022-06-08T15:02:50","date_gmt":"2022-06-08T21:02:50","guid":{"rendered":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/2022\/06\/los-restos-del-banquete\/"},"modified":"2025-01-05T15:16:54","modified_gmt":"2025-01-05T21:16:54","slug":"los-restos-del-banquete","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/2022\/06\/los-restos-del-banquete\/","title":{"rendered":"Los restos del banquete"},"content":{"rendered":"<p><span style=\"font-weight: 400;\">A\u00edda Betanzos, la mujer del 8, da clases de matem\u00e1ticas en una universidad. Vive sola, tiene pocas ocupaciones, familia escasa, una relaci\u00f3n furtiva y ocasional con otro maestro de la universidad, casado. Su vida no es mala: cumple con su trabajo, va al cine, toca el piano, es una <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">gourmette<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">. Estudia con mucho cuidado gu\u00edas de restaurantes, a los que acude a probar nuevos platillos, eso s\u00ed, sin excederse jam\u00e1s, para conservar la figura. Ha probado toda clase de comida: china, japonesa, espa\u00f1ola, danesa, alemana, polaca, argentina e incluso birmana. \u00daltimamente anda un poco ansiosa. Siente que la vida se le va. Su relaci\u00f3n furtiva con el profesor Aldo Podalski, a la que ha dedicado una cantidad inusitada de paciencia, es en realidad poco satisfactoria: el profesor Podalski anda siempre escapando, siempre con el tiempo encima, con el miedo a que lo descubran. Ella misma ha espaciado esas relaciones, que empiezan a estorbarle. Antes pod\u00eda decir, de manera elegante, que le divert\u00edan las situaciones equ\u00edvocas; incluso se burlaba de las pel\u00edculas con romances supuestamente intensos, que no hubieran sobrevivido a una guerra o un cataclismo \u2014los \u00fanicos profundos, a su entender\u2014, pero a \u00faltimas fechas suspira cuando se topa con una de esas historias en las que un par de seres que en apariencia se odian acaban descubri\u00e9ndose unidos por una atracci\u00f3n irresistible. Mientras juguetea en el piano, ha repasado, como quien no quiere la cosa, la lista de hombres a los que detesta o desprecia, pero ninguno parece augurar una pasi\u00f3n oculta, todo lo contrario. Especialmente odia a su colega Heberto Franco, el cl\u00e1sico profesor cincuent\u00f3n devora-jovencitas, atractivo y encantador. No soporta su arrogancia, su talante de sabelotodo, las entradas canosas que le dan un aire a Mastroiani en sus a\u00f1os maduros, su aparente debonnaire, esa fama de semental que lo liga con media facultad. Sobre todo, se pregunta c\u00f3mo, con el sueldo miserable que les pagan, invita a tantas alumnas a los restaurantes m\u00e1s caros y los hoteles m\u00e1s lujosos \u2014se rumora en los pasillos que a alguna de ellas le puso un departamento en Polanco\u2014, am\u00e9n de mantener a los dos hijos de su primer matrimonio, un par de juniors detestables. A ella, jura, nunca le gust\u00f3. Desde que lo vio acercarse por las oficinas de la direcci\u00f3n, casi desliz\u00e1ndose con aires de pr\u00edncipe en medio de un s\u00e9quito de hur\u00edes en pantalones de mezclilla, le pareci\u00f3 odioso: el dizque gran cient\u00edfico, un Einstein de provincia, un reyezuelo tuerto en el pa\u00eds de ciegos.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Hoy, despu\u00e9s de cuatro semanas de malos entendidos, va a salir con Aldo Podalski. Hab\u00eda tratado de no mostrar ansiedad ni enojo, sino simpat\u00eda y dulzura \u2014sus armas secretas para contrarrestar a la tenaz resistencia de la se\u00f1ora Podalski\u2014, pero a punto estuvo de hacerle una escena la semana pasada en que cancel\u00f3, media hora antes, la cita que hab\u00edan hecho para ir a ver una pel\u00edcula china. Logr\u00f3 contenerse, aunque se qued\u00f3 preocupada: ser\u00e1n las hormonas las que me tienen as\u00ed, pens\u00f3. Ahora quedaron de verse en un restaurant tailand\u00e9s, a reserva de que A\u00edda descubra alguna maravilla gastron\u00f3mica y le avise a \u00faltima hora. Est\u00e1 perdida en su lista habitual de restaurantes, escuchando m\u00fasica, cuando recibe una llamada de tel\u00e9fono: es Heberto Franco, la invita a cenar. Eso no lo esperaba. Desde antes de Semana Santa que no lo ve contone\u00e1ndose por los pasillos de la Facultad, rodeado de sus admiradoras. Se queda muda pregunt\u00e1ndose qu\u00e9 querr\u00e1. \u00bfHas o\u00eddo hablar del Bistrot Parisien?, le pregunta Franco, como si le hubiera dicho que s\u00ed. A\u00edda siente vagos temores. \u00bfCu\u00e1ndo?, le pregunta. \u00bfPuede ser hoy? Hoy no, piensa, hoy ir\u00e9 a cenar con Aldo. Por otra parte, no soporta la curiosidad de saber qu\u00e9 quiere Franco y no se anima a pregunt\u00e1rselo. S\u00ed, responde. Puede ser hoy. Tendr\u00e1 que llamar al profesor Podalski, pero trae apagado el celular y hablar a su casa es imposible, con esa esposa que ya se huele todo el <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">affaire<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">. A las diez y media, le propone a Franco. \u00c9ste acepta, un poco desconcertado. Seguramente sus relaciones habituales con las j\u00f3venes lo tienen acostumbrado a decidir horas, lugares, bebidas y posturas, pero con ella tendr\u00e1 que aguantarse.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">La verdad es que est\u00e1 furiosa consigo misma. No puede creer que la curiosidad le haya jugado semejante trastada. Hab\u00eda planeado ir a la peluquer\u00eda. Decide te\u00f1irse el pelo de un color rojizo y hacerse un corte m\u00e1s juvenil: quiz\u00e1 el cambio de pelo haga que su vida se anime un poco. Ya para salir, se pone el vestido negro de coctel y siente que le aprieta. Y eso que casi no come. Lo cambia por otro vestido color vino, m\u00e1s suelto; el talle alto le da un ligero aire de matrona, lo \u00faltimo que quisiera parecer a su edad. De todas maneras, no va a tener mucho tiempo. Sale corriendo del edificio. El portero est\u00e1 encendiendo apenas las luces de los pasillos. Ella le dice \u201cbuenas noches\u201d; Aristarco le abre la puerta, pero no responde, como si no la reconociera. A\u00edda se pregunta si no se habr\u00e1 pasado con el color de pelo. Sortea un tr\u00e1fico endiablado. En el restaurant la espera ya el profesor Podalski, con el mismo aire misterioso de siempre. Tendr\u00e1 cuarenta a\u00f1os apenas, como A\u00edda, aunque suele verse mayor, quiz\u00e1 debido a su estatura. Mira hacia la puerta un poco nervioso, tom\u00e1ndose una cerveza. Son las nueve de la noche. A\u00edda planea irse a las diez a encontrarse con Heberto Franco. No le gusta la idea. Hace tiempo que no se ha reunido con Aldo a solas: apenas se ha alimentado la relaci\u00f3n de saludos disimulados y roces en los pasillos. Podalski se ha instalado, como siempre, en una mesa apartada, temeroso de que lo vea alg\u00fan conocido: es la sombra de Elena, piensa A\u00edda, que parece seguirlo a donde vaya. La saluda y le dice que el pelo as\u00ed le queda muy bien. Se le ve cierta disposici\u00f3n rom\u00e1ntica. Trae un sweater delgado de cuello redondo, azul, sin camisa y un saco. Un poco informal, pero deja ver su cuello tostado, correoso, que a A\u00edda le gusta. Le entran ganas de mord\u00e9rselo; le da rabia no haber sido capaz de decirle a Franco que no, dejarlo para otro d\u00eda. \u00bfPor qu\u00e9 no lo hizo, si tan mal le cae?, no lo entiende. Pide un vodka tonic y el men\u00fa. Le anuncia a su amante que, desgraciadamente, tiene un poco de prisa. Aldo la mira sorprendido y triste. Quer\u00eda estar m\u00e1s tiempo contigo. Despu\u00e9s le toma las manos y le anuncia, con cierta pomposidad, que quiere salir de viaje con ella, escaparse de su esposa, quiere estar con A\u00edda, poder abrazarla en una playa y en todas partes, sin miedo y sin escondites. A\u00edda se queda paralizada. Deber\u00eda sentir j\u00fabilo, satisfacci\u00f3n, y sin embargo est\u00e1 muy preocupada por espiar su reloj, decidiendo si deja o no plantado a Heberto Franco. Se queda en silencio, tomando apresuradamente su vodka tonic. Est\u00e1s muy rara, le dice el profesor, \u00bfte pasa algo?, \u00bfno te alegra? Ella se pone a hablarle de restaurantes internacionales, en lo que les sirven la sopa. Le pregunta si le gustar\u00eda ir a bailar a un lugar magn\u00edfico de rumba. Para celebrar, a\u00f1ade, y un poco iron\u00eda se cuela sin querer en su modo de decir la frase. \u00c9l le responde que s\u00ed y se pone a comer su sopa desconcertado. El mesero trae los platillos principales y les ofrece vino; eligen un vino italiano. A\u00edda come con prisa y deja la mitad de su plato, pues pronto dar\u00e1n las diez. El Bistrot Parisien est\u00e1 del otro lado de la ciudad. Puede llegar tarde para humillar a Franco. Su mente traza rutas y l\u00edneas diagonales que cruzan el Perif\u00e9rico, Insurgentes y Reforma huyendo del tr\u00e1fico. \u00bfQu\u00e9 pretender\u00e1, se pregunta, si en muchos a\u00f1os su relaci\u00f3n nunca ha pasado del saludo o de las juntas de trabajo en las que parece empe\u00f1ado en ignorarla? No debi\u00f3 haber aceptado, pero se conoce bien y sabe que no hubiera podido dormir en toda la semana. Tiene tendencia a padecer insomnio, en su caso puede durar varios d\u00edas, as\u00ed que m\u00e1s vale saber de una vez. De repente se da cuenta de que Aldo la mira irritado. Parece que se fue a otra parte y no se dio cuenta. Cena, cena, por favor, le dice al despertar de sus fantas\u00edas, pero el profesor ya acab\u00f3. Ella imagina este gesto de irritaci\u00f3n, una vida cotidiana con las man\u00edas de Aldo, su tendencia a posponer las cosas, su infinita dependencia, dramas y manipulaciones. Siente un poco de pereza. El cuello pierde el atractivo, se le quita por completo la ilusi\u00f3n. Le pregunta si quiere postre, como si fuera un ni\u00f1o. \u00c9l dice que no gracias, molesto por su falta de entusiasmo frente al anuncio del viaje. Ella pone su mano encima de la de \u00e9l. Por favor disc\u00falpame, hay un asunto que me preocupa, pero tenemos que vernos muy pronto, le dice, \u00bfel s\u00e1bado? \u00c9l no contesta y se queda mirando su taza de caf\u00e9 con profundidad. No s\u00e9 si pueda, yo te hablo, responde al fin. En realidad, es lo que siempre dice.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">A\u00edda cruza la ciudad para llegar al Bistrot Parisien. Cuando era joven, recuerda, alg\u00fan hombre la llev\u00f3 a ese restaurant; estaba de moda\u00a0 y serv\u00eda para impresionar a las universitarias pobres. Le molesta que Heberto Franco la haya convidado al mismo lugar al que, seguramente, lleva a sus alumnas. \u00bfPues qu\u00e9 se ha cre\u00eddo? Deber\u00eda tenerle m\u00e1s respeto. Para colmo, acaba de cenar. Pasa lista a los platillos franceses que recuerda: todos pesados, desde la sopa de cebolla hasta el \u00faltimo volov\u00e1n. Quiz\u00e1 una ensalada. Tomar\u00e1 vino, eso har\u00e1. Le dir\u00e1 que no tiene hambre. As\u00ed lo pondr\u00e1 un poco en su lugar: que se d\u00e9 cuenta de que en su est\u00f3mago no hay espacio para \u00e9l. Le da gusto cuando se encuentra con un embotellamiento: que la espere. Enciende la radio. En el fondo de su alma aparece una peque\u00f1a chispa, aunque no quiere aceptarlo, una cosquilla porque la llam\u00f3 Heberto Franco, que despu\u00e9s de todo es una persona importante, y ella lo har\u00e1 esperar. No demasiado, eso s\u00ed, no se vaya a ir.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Cuando por fin llega al Bistrot Parisien, situado en una encantadora calle peque\u00f1a y arbolada en la que es muy dif\u00edcil estacionarse, Heberto Franco no est\u00e1 ah\u00ed todav\u00eda. Su primer impulso es largarse, pero decide esperar un poco. Se tomar\u00e1 una copa y se ir\u00e1. Algo digestivo, de preferencia agua mineral. Se sienta en una mesa al fondo. Pide una copa de vino blanco. Se encuentra ya levemente mareada por lo que bebi\u00f3 en el tailand\u00e9s. Por lo visto, el encanto y las atenciones que Heberto Franco cultiva con las jovencitas no son algo que a ella le pueda corresponder. Piensa que, en el fondo, Franco le tiene miedo. Seguramente la invit\u00f3 porque necesita pedirle algo. Eso le da una sensaci\u00f3n de poder. O quiz\u00e1 s\u00f3lo le iba a pedir algo, pero como ya no la necesita, se da el lujo de plantarla. Ya ver\u00e1 ella c\u00f3mo vengarse. Al terminar la copa, se levanta para marcharse. Si Franco le habla para disculparse, le dir\u00e1 que ella tampoco pudo llegar, que no lleg\u00f3 nunca y se deshar\u00e1 en disculpas hip\u00f3critas, de esas que hieren. Cuando se dispone a tomar el bolso, ve acercarse a ella una figura que cojea. Es Heberto Franco, quien hace un mes se ve\u00eda saludable a unos grados insultantes, y ahora es poco m\u00e1s que una piltrafa.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Tuve que dejar el coche a diez cuadras y camino muy despacio, perd\u00f3n, le dice con franqueza. Ella se deja caer de nuevo en la silla. Nunca lo hab\u00eda visto as\u00ed, est\u00e1 muy desmejorado: p\u00e1lido, ojeroso, delgado, las mejillas pegadas a la mand\u00edbula partida. Le han salido unos cabellos amarillentos en el cogote que arruinan el efecto de sus atractivas canas en las sienes. Y esa manera de caminar como jorobado. Junto a esto, Aldo Podalski es un Adonis. Ya llego, ya llego, avisa pat\u00e9ticamente, y A\u00edda no puede contenerse de ir a tomarle el brazo para ayudarle a sentarse. Le pregunta si quiere ordenar de una vez una copa o un poco de agua. Un t\u00e9 quiz\u00e1 te siente bien Heberto, a\u00f1ade, reproch\u00e1ndose en seguida ese tono maternal. \u00c9l pide un Sidral y resopla un poco, mientras se recupera en la silla. Menea la cabeza. Un virus espantoso, qu\u00e9 te digo, un problema hep\u00e1tico. Me mand\u00f3 al hospital. No sab\u00eda, le dice A\u00edda, sinti\u00e9ndose culpable de ser, quiz\u00e1, la \u00fanica en la Facultad que no se hab\u00eda preocupado por su salud. Es una enfermedad muy mala, apenas la est\u00e1n estudiando, sigue \u00e9l. Te deja como fulminado. Y que lo diga: parece diez a\u00f1os m\u00e1s viejo.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">El mesero les pregunta qu\u00e9 van a ordenar. Heberto Franco pide un caldo de pollo; A\u00edda olvida la gordura y el vestido, m\u00e1s lo que ha cenado y bebido, y encarga un filete casi crudo. Cuando se pone nerviosa, le da por comer carne. No hay cosa peor que ver al enemigo vencido prematuramente, y no por obra de uno. Tambi\u00e9n, en alg\u00fan rinc\u00f3n de su alma, anida un poco de l\u00e1stima, que le molesta. Ella no es mujer de l\u00e1stimas. Sin embargo se aferra a ese sentimiento para exclamar: qu\u00e9 barbaridad, con gesto compungido. Es algo terrible, a\u00f1ade, no me lo imaginaba. Heberto Franco comienza a darle detalles de la enfermedad, un poco escabrosos: habla de v\u00f3mitos y diarreas, debilidades infinitas y p\u00e9rdida del apetito sexual. A\u00edda se pregunta, cuando le traen su carne, si realmente le deseaba esas cosas horribles a este hombre. No puede olvidar, por otra parte, el gesto de irritaci\u00f3n de Podalski cuando ella no respondi\u00f3 de inmediato a su gran anuncio del viaje, \u00bfpues qu\u00e9 esperaba, despu\u00e9s de tanto tiempo, una escena hollywoodense en el restaurant? Mientras devora el filete, contin\u00faa hablando: no te hubieras molestado en venir, me hubieras dicho, yo iba a verte con mucho gusto, si necesitabas algo te lo llevaba. Heberto Franco suspira sobre su caldo de pollo, que parece durarle eternidades: Las primeras semanas recib\u00ed muchas visitas, pero la gente dej\u00f3 de ir a verme. S\u00e9 que no soy bien apreciado entre los profesores. A\u00edda tiembla un poco, pero lo disimula. Eso no es posible; toda la facultad te admira; adem\u00e1s, tus alumnas te adoran. Franco acusa la pulla con gesto de paciencia infinita. La cosa no es as\u00ed, afirma, pero bueno, ese no es el caso. T\u00fa s\u00ed eres una gente seria, A\u00edda. Y se la queda mirando a los ojos. Lo \u00fanico que conserva fuerza en aquel cuerpo es la mirada. A\u00edda se sorprende. \u00c9l comienza a rendirle un inusitado testimonio de su admiraci\u00f3n, habla de sus alumnos tan brillantes y bien preparados, rememora con detalle los tres art\u00edculos que A\u00edda \u2014sin que nadie la ayude, por cierto\u2014 ha publicado en revistas acad\u00e9micas. T\u00fa deber\u00edas estar en Harvard, a\u00f1ade, no aqu\u00ed. Adem\u00e1s, ese color de pelo te queda muy bien. El rostro de A\u00edda se ilumina. La peque\u00f1a l\u00e1stima que siente por este hombre comienza a dirigirse hacia la simpat\u00eda, pero se detiene: hay que ser prudentes. Lo cierto es que tanto comer y beber la ha mareado. Le avisa a Heberto que tiene que ir al tocador, se encierra, orina, se lava; al mirarse al espejo se descubre un poco ojerosa. Hace lo que puede por recomponerse con el poco maquillaje que trae y arregla su vestido. Pero le brillan los ojos: despu\u00e9s de todo, hoy es una gran noche. Un hombre ha decidido escapar de su esposa por ella, otro le da un regalo a su vanidad, un regalo que no esperaba.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">\u00bfY cu\u00e1ndo regresar\u00e1s a la facultad?, le pregunta nada m\u00e1s sentarse a la mesa de nuevo. Heberto Franco se encuentra absorto, su torso encorvado sobre el caldo, como si quisiera leer en \u00e9l una revelaci\u00f3n. Tan flaco est\u00e1 que la camisa le queda enorme; el cuello flaco y arrugado sale de la corbata como el de un p\u00e1jaro. Los ojos no tienen brillo. No s\u00e9, responde, quiz\u00e1 un par de semanas para dejar todo listo, o m\u00e1s. La verdad no s\u00e9 cu\u00e1nto tarde esto, a\u00f1ade con una sonrisa pat\u00e9tica, eso si me recupero. A\u00edda no quisiera, pero de sus labios sale la frase esperada: claro que te vas a recuperar, Heberto, no digas eso. Y tambi\u00e9n le toma la mano. La verdad, no s\u00e9 qu\u00e9 va a pasar conmigo, murmura Franco sin dejar de mirar el consom\u00e9 en el que flota, cadav\u00e9rica, una rebanadita de zanahoria: me he quedado solo. A la memoria de A\u00edda acude el nombre de la \u00faltima conquista de Heberto Franco, una alumna suya a la que llevaba del brazo a todas partes: \u00bfY qu\u00e9 pas\u00f3 con Linda?, \u00bftus hijos, te ayudan?, pregunta como al azar. Heberto Franco le responde con una sonrisa amarga, mezcla de dolor y de fastidio: los j\u00f3venes no te tienen paciencia cuando est\u00e1s jodido. Por fin te has dado cuenta, dice una voz adentro de la matem\u00e1tica, y ahora vienes a m\u00ed llorando. No sabe qu\u00e9 le pasa, pero de alguna manera est\u00e1 contenta de que Franco acuda a ella: es un asunto de profundidad, de saber con qui\u00e9n se puede contar verdaderamente. Se relaja y pide un capuchino espumoso y cargado. El trago caliente le cae de maravilla. Franco pide al mesero que se lleve su consom\u00e9 y le traiga un t\u00e9 de manzanilla. No sabe en qu\u00e9 momento, con gesto pausado, Franco ha tomado su servilleta, pero antes de limpiarse con ella se cae de las manos; qu\u00e9 d\u00e9bil est\u00e1. Ella la recoge y al d\u00e1rsela, se rozan sus manos. Quiz\u00e1 a veces la vida trae alguna sorpresa. \u00bfQuieres pedir un postre?, le pregunta Franco, \u00bfuna mousse?, aqu\u00ed son muy buenas. Tr\u00e1igale a la se\u00f1orita la mousse de chocolate. Lo de se\u00f1orita no pasa desapercibido. Ese vestido te queda muy bonito, dice \u00e9l, y el color de pelo te ilumina la cara. Despu\u00e9s la mira a los ojos: la verdad, siempre me gustaste. Te lo quer\u00eda decir, porque no s\u00e9 cu\u00e1nto durar\u00e9. La verdad es que a A\u00edda tambi\u00e9n, para qu\u00e9 ocult\u00e1rselo; fue la primera en caer bajo el encantamiento de sus aires de cincuent\u00f3n interesante. En las primeras \u00e9pocas ley\u00f3 de sus descubrimientos con avidez y hubiera dado cualquier cosa porque se fijara en ella, hasta que lo vio con una alumna, luego otra y otra. Tanto odio, siente, finalmente no encubr\u00eda sino un gran amor, como en las pel\u00edculas. Escuchan embebidos, en silencio, al pianista del restaurant, quien ahora toca \u201cLa vida en rosa\u201d. Despu\u00e9s de todo, piensa, Heberto \u2014ya lo llama Heberto\u2014 no se ve tan mal. Recuerda sus art\u00edculos, sus entrevistas \u2014el matem\u00e1tico de los medios, le llamaba\u2014, y acepta que es un hombre admirable, inteligente y encantador. Debajo de aquel ser amarillento que la mira como so\u00f1ando atisba la guapura del Heberto de siempre y ella se pregunta si no estar\u00e1 so\u00f1ando tambi\u00e9n. Le habla de una novela que ley\u00f3, luego le acaricia la mano como si la escena de amor ya hubiera ocurrido y fueran ahora un viejo matrimonio que disfruta de una noche en calma.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Al parecer la mousse le ha ca\u00eddo un poco pesada, no debi\u00f3 com\u00e9rsela. Todo ese hormigueo, el saber que la noche continuar\u00e1 en otra parte m\u00e1s \u00edntima, la conduce a una intensa punzada en el est\u00f3mago. Siempre ha sabido que no es bueno cenar tanto si no se est\u00e1 acostumbrada, pero lo hab\u00eda olvidado; se dej\u00f3 llevar por la situaci\u00f3n, no sabe qu\u00e9 le pas\u00f3. Le pide a Heberto que la disculpe un momento y otra vez va al ba\u00f1o, ahora a luchar contra un verdadero desastre estomacal. Se ha puesto p\u00e1lida, sudorosa, tiembla sentada en la taza y no puede levantarse de ah\u00ed. Al cabo de un rato, la empleada que entrega el papel higi\u00e9nico le pregunta si se siente bien, si\u00a0 puede ayudarla en algo. Un Alka-Seltzer, murmura ella, mareada. Despu\u00e9s logra salir, echarse agua en la cara, esperar a la se\u00f1orita con el Alka-Seltzer, que tarda a\u00f1os, mientras todo parece darle vueltas. Finalmente se lo toma, se deja caer en la silla de la empleada, esperando a sentirse mejor. La chica es muy amable al principio, pero despu\u00e9s comienza a impacientarse. \u00bfQuiere que venga el se\u00f1or que est\u00e1 con usted?, \u00bfquiere que le llamemos un taxi? A\u00edda se da cuenta de que no podr\u00e1 permanecer mucho tiempo m\u00e1s en el ba\u00f1o. Se vuelve a echar agua, se estropea el maquillaje; para colmo, con la prisa del malestar se olvid\u00f3 el bolso. Tendr\u00e1 que limpiarse como pueda, pero el resultado no es muy alentador. Tampoco se siente bien todav\u00eda. Cruza el restaurante sinti\u00e9ndose observada: seguramente algunas se\u00f1oras entraron al ba\u00f1o y escucharon su debacle, qu\u00e9 verg\u00fcenza.\u00a0<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Cuando llega a la mesa, Heberto est\u00e1 serio, malhumorado, la mira con un poco de decepci\u00f3n. Tuve que pagar la cuenta, le dice en un tono agrio. A\u00edda toma su bolso y busca maquinalmente la cartera. Disculpa, algo no me cay\u00f3 bien, \u00bfcu\u00e1nto fue? No importa, responde \u00e9l, lo que pasa es que con los tratamientos tan caros ando un poco mal, financieramente. Una A\u00edda a la que apenas empieza a conocer comienza a sentir los efectos ben\u00e9ficos del Alka-Seltzer y le pregunta a Heberto si necesita dinero: d\u00e9jalo, d\u00e9jalo, quiz\u00e1 despu\u00e9s, responde \u00e9l, d\u00e1ndole el brazo, \u00bfya est\u00e1s mejor?, \u00bfqu\u00e9 te pas\u00f3? Mientras sale del brazo con aquel hombre, y lo sube en su coche para llevarlo al departamento, A\u00edda se da cuenta de que aquello va para largo: habr\u00e1 que cuidarlo, y es probable que no vuelva a ser el mismo. Un resto, quiz\u00e1, sombra de lo que fue. Un poco como ella.\u00a0<\/span><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<h6><strong>Foto:<\/strong>\u00a099-films, Unsplash.<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>A\u00edda Betanzos, la mujer del 8, da clases de matem\u00e1ticas en una universidad. 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