{"id":1501,"date":"2017-07-20T21:37:44","date_gmt":"2017-07-21T03:37:44","guid":{"rendered":"http:\/\/latinamericanliteraturetoday.wp\/2017\/07\/hostage-cristina-rivera-garza\/"},"modified":"2024-04-12T02:18:19","modified_gmt":"2024-04-12T08:18:19","slug":"hostage-cristina-rivera-garza","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/2017\/07\/hostage-cristina-rivera-garza\/","title":{"rendered":"&#8220;El reh\u00e9n&#8221; de Cristina Rivera Garza"},"content":{"rendered":"<div><\/div>\n<div class=\"caption\"><\/div>\n<p>Me llam\u00f3 la atenci\u00f3n el anillo que llevaba en el dedo anular de la mano derecha: una gruesa argolla de oro salpicada de peque\u00f1os diamantes. Era ostentosa y femenina y, en la mano del hombre que se sentaba en la fila de enfrente, no muy lejos de m\u00ed, parec\u00eda fuera de lugar. Los mocasines afables. La perfecta raya en el pantal\u00f3n de lana. El saco de pana. El cuello. El ment\u00f3n bien rasurado. S\u00f3lo desvi\u00e9 la vista cuando me percat\u00e9 de que lloraba. El sobrecogimiento cuando eso sucede: ver a un hombre llorar. Recargaba la frente sobre los dedos de la mano izquierda, tratando sin duda de cubrirse el rostro, pero eso no imped\u00eda que se notara la humedad alrededor de los ojos, el recorrido vertical de las l\u00e1grimas. Fing\u00ed ver hacia la gran ventana con el hast\u00edo de quien espera un vuelo retrasado y, cuando eso no funcion\u00f3, abr\u00ed un libro. Me pregunt\u00e9 muchas veces mientras intentaba leer una de sus p\u00e1ginas sin conseguirlo si hab\u00eda puesto el libro en la maleta de mano para eso, para fingir que no ve\u00eda a un hombre llorar en un aeropuerto casi vac\u00edo al filo de la madrugada. En realidad, no pod\u00eda ver otra cosa. Me incorpor\u00e9 con la intenci\u00f3n de caminar por los pasillos alumbrados y solos y, por eso, me sorprend\u00ed cuando, en lugar de avanzar hacia la derecha, di un par de pasos a la izquierda y le roc\u00e9 el hombro.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfNecesita agua? \u2014le pregunt\u00e9.<\/p>\n<p>El hombre elev\u00f3 la cabeza y guard\u00f3 silencio. Me ve\u00eda, es cierto, pero no me ve\u00eda. Sus ojos irritados parec\u00edan recapacitar sobre alguna situaci\u00f3n complicada y oscura. Pasaron minutos as\u00ed. Pas\u00f3 mucho tiempo. Al final, cuando tuvo que aceptar que hab\u00eda, en efecto, alguien enfrente ofreci\u00e9ndole agua, solo asinti\u00f3 con un leve movimiento de cabeza.<\/p>\n<p>Imagin\u00e9 que conseguir el l\u00edquido ser\u00eda f\u00e1cil, pero no fue as\u00ed. Entre m\u00e1s caminaba sobre mosaicos resbalosos y frente a expendios cerrados, sobre cuyos aparadores \u00fanicamente pod\u00eda ver mi propio reflejo, m\u00e1s me convenc\u00eda de lo absurdo que hab\u00eda sido mi ofrecimiento. No s\u00f3lo lo hab\u00eda interrumpido mientras llevaba a cabo un acto \u00edntimo y a todas luces doloroso, sino que tambi\u00e9n lo hab\u00eda obligado a descubrir sus ojos irritados y rotos frente a m\u00ed. Me recrimin\u00e9 mi conducta y, derrotada, regres\u00e9 a la sala de espera. Ten\u00eda ganas de ofrecerle una disculpa o una explicaci\u00f3n, pero dej\u00e9 de pensar en ello tan pronto como lo vi otra vez. El hombre no se hab\u00eda movido. Ah\u00ed estaba su frente, apenas apoyada sobre los dedos de la mano izquierda, y la argolla dorada en el dedo anular de la mano que yac\u00eda sobre su regazo.<\/p>\n<p>A unos pasos de \u00e9l, inm\u00f3vil tambi\u00e9n, sufr\u00ed un espasmo. El agua que no consegu\u00ed cay\u00f3 sobre mis zapatos, formando un peque\u00f1o charco en la alfombra gastada.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>\u2014\u00bfNecesitas agua? \u2014murmuraba y, ante la respuesta apenas audible, me sub\u00eda a un peque\u00f1o banco de madera, extend\u00eda el brazo por sobre mi cabeza y colocaba un vaso de pl\u00e1stico sobre la base de una ventana peque\u00f1a y alta que comunicaba el \u00faltimo cuarto de una casa con el patio trasero de otra. Una mano peque\u00f1a y huesuda tomaba el vaso a toda prisa entonces, como si temiera ser descubierto y, segundos despu\u00e9s, se pod\u00eda o\u00edr c\u00f3mo beb\u00eda el l\u00edquido trago a trago hasta calmarse.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfQuieres que haga algo? \u2014le preguntaba entonces, todav\u00eda en voz baja. Al inicio sol\u00eda responder que no, que no quer\u00eda que yo hiciera algo en especial, pero a medida que pasaban los d\u00edas y los golpes no cesaban empez\u00f3 a comunicarse a trav\u00e9s de una extra\u00f1a forma de balbuceo. Preguntaba cosas absurdas. Ten\u00eda curiosidad sobre cosas que a m\u00ed sol\u00edan pasarme desapercibidas. Quer\u00eda que le describiera mi cuarto, los juegos de mesa que me entreten\u00edan de tarde, la m\u00fasica que escuchaba por la radio. Con susurros, tratando de evitar que se percataran de que alguien lo consolaba del otro lado de la pared, respond\u00eda a sus preguntas en todo detalle. Le contaba m\u00e1s.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Hubo una vez un hombre que lloraba en un aeropuerto, le dec\u00eda.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Lo o\u00eda llorar por lo menos una vez a la semana. Como en un ritual primitivo, la ceremonia de su llanto sol\u00eda dar inicio con un grito: un estertor femenino que se abr\u00eda paso con suma lentitud desde un lugar oscuro y cerrado. Pensaba, en esos momentos, en una cueva. Pensaba en los esqueletos cubiertos de musgo que se ocultaban, con toda seguridad, bajo un pu\u00f1ado de hojas muertas y podridas. Pensaba en la palabra <i>origen<\/i>. Luego dejaba de pensar y escuchaba, uno a uno, los golpes. Mano contra espalda, cuero contra muslo, cuerda contra mejilla. Algo duro y firme contra la mansedumbre de la piel. Algo s\u00f3lido y puntiagudo contra la blandura de la carne. Algo contra \u00e9l. El ruido siempre me paralizaba. Estuviera donde estuviera dentro de la casa, cuando ese ruido me alcanzaba deten\u00eda el juego o la pl\u00e1tica o el proceso de digesti\u00f3n. Abr\u00eda los ojos, desmesurados. Apretaba los dientes. Cruzaba los brazos sobre el est\u00f3mago s\u00fabitamente vac\u00edo. Luego iba a la cocina para servir el vaso de agua al que se iba acostumbrando poco a poco.<\/p>\n<p>\u2014Cu\u00e9ntame de tu cuarto \u2014ped\u00eda, con gran timidez, despu\u00e9s de cinco a seis tragos. Y yo, con una voz muy baja, una voz con vocaci\u00f3n de venda o ung\u00fcento, le contaba.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Ten\u00eda un cuarto amplio, donde cab\u00edan dos camas gemelas y un escritorio y una tienda de campa\u00f1a. Hab\u00eda una ventana que abr\u00eda con frecuencia para ver las estrellas o para dejar salir a las palomillas nocturnas que a veces se colaban en la casa entre los pliegues de la ropa seca. Hab\u00eda, entre las almohadas de tama\u00f1o normal, una redonda, de color amarillo, con una gran l\u00ednea curva en forma de sonrisa, que no era en realidad una almohada sino una bolsa a donde se guardaban los pijamas. Hab\u00eda una radio que encend\u00eda de noche, invariablemente. El croar de las ranas, le describ\u00eda eso.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfHay una rana en tu cuarto? \u2014me preguntaba con asombro mientras se sonaba la nariz.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1C\u00f3mo crees! \u2014le contestaba, ir\u00f3nica, olvid\u00e1ndome por un momento que deb\u00eda hablar en voz muy baja.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>En una feria, alguna vez, una vidente me hab\u00eda anunciado muchas l\u00e1grimas. L\u00e1grimas masculinas. Hab\u00eda dicho: tu vida est\u00e1 llena de l\u00e1grimas que no son de mujer. Record\u00e9 eso frente al hombre del aeropuerto. Lo record\u00e9 cuando me sent\u00e9 a su lado y le ofrec\u00ed en silencio el vaso de agua que no recordaba haber encontrado pero que llevaba, de manera inexplicable, entre las manos.<\/p>\n<p>El hombre del aeropuerto se volvi\u00f3 a verme con gran dificultad. Dijo:<\/p>\n<p>\u2014No te preocupes. Ni siquiera s\u00e9 si quiero agua \u2014yo encog\u00ed los hombros y volv\u00ed a sacar el libro de mi equipaje de mano, disponi\u00e9ndome a hojear sus p\u00e1ginas a sabiendas de que no ser\u00eda capaz de leerlas. Vi las manecillas en mi reloj de pulsera: las dos treinta de la ma\u00f1ana. Mov\u00ed las rodillas de arriba abajo a gran velocidad hasta que me di cuenta de lo que hac\u00eda. Entonces me detuve. Me mord\u00ed las u\u00f1as con mucho cuidado y, cuando termin\u00e9, lim\u00e9 los bordes mal trechos una y otra vez contra la tela del pantal\u00f3n de mezclilla. Cuando ya no pude m\u00e1s pens\u00e9 en esa casa. Era, sin duda alguna, una construcci\u00f3n extra\u00f1a. Desde afuera parec\u00eda normal: un jard\u00edn de buenas dimensiones, al que coronaba un cipr\u00e9s de muchos a\u00f1os, anteced\u00eda la aparici\u00f3n del porche. Y en el porche estaban la banca de hierro y las macetas de colores que embonaban perfectamente con el vecindario de avenidas amplias y construcciones s\u00f3lidas. Esa impresi\u00f3n cambiaba cuando se abr\u00eda la puerta de entrada. Detr\u00e1s de ella, imperial y sinuoso, daba inicio el pasillo. Para alguien peque\u00f1o, sin embargo, aquello no pod\u00eda ser un pasillo sino un t\u00fanel: algo estrecho y largo que parec\u00eda no terminar nunca y que ocasionaba, por lo mismo, zozobra. En aquel entonces no conoc\u00eda la palabra pero s\u00ed la sensaci\u00f3n. El pasillo era tambi\u00e9n un eje a cuyos costados se abr\u00edan o cerraban puertas: hacia la izquierda, la del comedor; hacia la derecha, la de la sala. Sobre el lado izquierdo y de manera consecutiva: la cocina; luego, un patio interior. Luego mi rec\u00e1mara. El ba\u00f1o. Sobre el lado derecho y de manera consecutiva: otra rec\u00e1mara, otro ba\u00f1o. Al final de todo se encontraba el \u00faltimo cuarto: una habitaci\u00f3n h\u00fameda, de grandes mosaicos cuadrados de color gris, que s\u00f3lo ten\u00eda una peque\u00f1a ventana a la que le hab\u00edan puesto un vidrio blancuzco que dejaba pasar algo de luz pero no permit\u00eda ver del otro lado. La ventana, adem\u00e1s, no se abr\u00eda. No, al menos, en un sentido estricto. Yo empujaba la parte inferior y entonces se hac\u00eda una peque\u00f1a apertura triangular, un \u00e1ngulo de cuarenta y cinco grados o menos, por donde iba y ven\u00eda el vaso de agua. Iban y ven\u00edan las palabras. El llanto.<\/p>\n<p>\u2014Mi infancia \u2014murmur\u00e9 de la nada, sin aviso alguno, sorprendi\u00e9ndome sobre todo a m\u00ed misma\u2014. Mi infancia estuvo marcada por unos corazones que aparec\u00edan sobre el pavimento, justo frente a la puerta del jard\u00edn de mi casa.<\/p>\n<p>El hombre sac\u00f3 un pa\u00f1uelo de su bolsillo izquierdo y, despu\u00e9s de sonarse la nariz, se volvi\u00f3 para verme una vez m\u00e1s. Parec\u00eda haberse dado cuenta apenas de que alguien a su lado hab\u00eda pronunciado un pu\u00f1ado de palabras. Parec\u00eda que el haber entendido esas palabras lo llenaba de un gusto euf\u00f3rico y extra\u00f1o.<\/p>\n<p>\u2014Debi\u00f3 haber sido halagador \u2014dijo, abriendo la posibilidad de la conversaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Le contest\u00e9 que no.<\/p>\n<p>\u2014Era vergonzoso en realidad \u2014el libro abierto sobre mi regazo, la mirada sobre el ventanal\u2014. Todo eso lo era. Los corazones de tiza. Mi nombre. El nombre de un desconocido. La flecha entre los dos. Las gotas de sangre o de qu\u00e9 supurando por una de sus orillas hasta caer al suelo.<\/p>\n<p>El hombre sac\u00f3 una libreta del bolsillo derecho de su saco. Luego, sac\u00f3 una pluma del bolsillo interior del mismo e, inclinado sobre su propio regazo, con el trazo titubeante, dibuj\u00f3 algo en una de las hojas cuadriculadas.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfAs\u00ed? \u2014pregunt\u00f3, mostr\u00e1ndome un coraz\u00f3n dentro del cual se encerraban dos nombres inveros\u00edmiles: Hnjk\u00f6 y Jsartv. Una flecha entre los dos.<\/p>\n<p>Lo vi de reojo. El ruido cada vez m\u00e1s cercano de aspiradora me distrajo. No muy lejos de ah\u00ed, un hombre de overol azul pasaba un trapo h\u00famedo sobre los asientos vac\u00edos de la sala de espera. El olor a amoniaco.<\/p>\n<p>\u2014Deben venir de muy lejos \u2014dije para toda respuesta\u2014. De otro planeta \u2014a\u00f1ad\u00ed mientras tragaba saliva.<\/p>\n<p>El hombre sonri\u00f3: una leve inflexi\u00f3n del labio superior, una sutil inclinaci\u00f3n de cabeza. Me mir\u00f3. El aterrizaje de un avi\u00f3n nos despabil\u00f3.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfC\u00f3mo lo sabes? \u2014pregunt\u00f3, extra\u00f1ado, cuando se volvi\u00f3 a verme. Iba a decirle que no lo sab\u00eda, por supuesto, que nadie podr\u00eda saberlo, pero en lugar de hacer eso le relat\u00e9, con una facilidad que me tom\u00f3 por sorpresa, aquella tarde fresca, una tarde de jueves si mal no recordaba, en que los hab\u00eda conocido. Est\u00e1bamos en un r\u00edo. Yo segu\u00eda de cerca a mi padre, saltando de piedra en piedra hasta encontrarme casi en el centro de la corriente, y ellos, paralizados en la orilla, me ve\u00edan avanzar. M\u00e1s tarde, cuando mi padre me mostraba la manera exacta de lanzar piedrecillas lisas y planas para que rozaran apenas la superficie del agua y siguieran, sin embargo, avanzando, se aproximaron. Algo les hab\u00eda ganado: sus ganas de saber.<\/p>\n<p>\u2014Hnjk\u00f6 y Jsartv \u2014murmur\u00f3 el hombre, vi\u00e9ndome a m\u00ed y al techo del aeropuerto al mismo tiempo, viendo tambi\u00e9n el r\u00edo y las piedras y el reflejo de la luz sobre nuestras huellas: todo el cielo azul sobre su cara\u2014. Siempre me los imagin\u00e9 as\u00ed \u2013a\u00f1adi\u00f3.<\/p>\n<p>Sospech\u00e9. La observ\u00e9 con cuidado: las bolsas bajo los ojos. Los labios rosas. El nacimiento de la barba. Dud\u00e9, ciertamente. Me volv\u00ed a ver las caras ajadas de los pasajeros que aparec\u00edan, en lo m\u00e1s hondo de la madrugada, por la estrecha puerta de arribo.<\/p>\n<p>\u2014Fueron ellos los que descubrieron todo ese asunto de los corazones \u2014le inform\u00e9, aprovechando que tambi\u00e9n se hab\u00eda distra\u00eddo con la llegada de los pasajeros. Hay ojos que se alumbran de inmediato, cegadores, y otros que, como el caracol sobre la pared h\u00fameda, se toman su tiempo. Los del hombre que lloraba eran de los segundos. Su transformaci\u00f3n fue pausada pero notoria. Poco a poco, la mirada se desliz\u00f3 hasta posarse, \u00e1vida, sobre el pavimento desigual de una calle sobre el que aparec\u00eda, cada ma\u00f1ana, un coraz\u00f3n pintado con tiza blanca.<\/p>\n<p>\u2014Lo vieron una madrugada \u2014le dije\u2014. Justo antes del amanecer.<\/p>\n<p>Algo muy cercano al gozo me invadi\u00f3 cuando comprob\u00e9 que el hombre del aeropuerto manten\u00eda ese silencio palpitante que invita a la continuaci\u00f3n de los relatos.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Me preguntaba como resist\u00eda todo aquello. Cuando o\u00eda el estertor que marcaba el inicio de la golpiza, pod\u00eda ver sus brazos sobre la cabeza, tratando de protegerse de lo inevitable, su cuerpo arrinconado en una esquina del patio trasero de su casa. Pod\u00eda aspirar el aroma de su miedo. Y ver sus l\u00e1grimas, eso pod\u00eda hacer desde el otro lado de la pared, mientras me quedaba inm\u00f3vil, conteniendo la respiraci\u00f3n. Sobrecoger significa horrorizar, en efecto, pero lo que suced\u00eda en esos momentos no era un contacto con el horror sino un proceso m\u00e1s \u00edntimo y callado. Algo me avasallaba y me obligaba a cruzar los brazos sobre el est\u00f3mago en actitud de abrazo o defensa. Un movimiento inmemorial. Algo me sobrecog\u00eda y me dejaba a un lado de la pared, in\u00fatil y espantada, el hombro y la cabeza recargados contra su superficie plana. El dedo que se desliza, sin conciencia, por la mirada. Luego: el agua. Luego: las palabras.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>La noticia apareci\u00f3 en las p\u00e1ginas interiores del peri\u00f3dico, le dec\u00eda. Un hombre llorando, efectivamente, en la sala vac\u00eda de un aeropuerto. Una madrugada.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfY \u00e9l por qu\u00e9 llora? \u2014me preguntaba a susurros, trag\u00e1ndose los mocos y colocando el vaso ya sin agua en el borde oxidado de la peque\u00f1a ventana.<\/p>\n<p>\u2014Supongo que por lo mismo que t\u00fa \u2014le contestaba despu\u00e9s de un rato, dubitativa\u2014. Porque alguien le est\u00e1 pegando.<\/p>\n<p>\u2014Pero la sala est\u00e1 vac\u00eda, eso dijiste.<\/p>\n<p>Guard\u00e9 silencio. Un silencio avergonzado.<\/p>\n<p>\u2014No te preocupes \u2014balbuce\u00f3 con una voz apenada, contrita, despu\u00e9s de un rato\u2014. Yo nunca he viajado en avi\u00f3n.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Las paredes estaban pintadas de blanco: un color iridiscente. Eso le contaba. Hab\u00eda cucarachas que volaban de una esquina a otra de mi cuarto, especialmente en el verano. Esperaba impresionarlo con ese tipo de informaci\u00f3n, sobre todo con el tono fr\u00edo y cient\u00edfico con que lo contaba. Hab\u00eda hormigas: largas hileras. Los mosaicos del piso eran de color verde: un verde dif\u00edcil de describir. Eso le dec\u00eda. Un verde de may\u00f3lica. Ah\u00ed ca\u00edan, ruidosas, las canicas. Sobre ellos bailaba al comp\u00e1s del tocadiscos con zapatos de gamuza. Beb\u00eda limonadas en grandes vasos de pl\u00e1stico. Los p\u00e1jaros hac\u00edan muchos nidos en las ramas del cipr\u00e9s. Cuando uno pasaba bajo su fronda vertical pod\u00eda darse cuenta de que esos p\u00e1jaros no cantaban, sino que emit\u00edan gritos punzantes, chillidos en realidad. El eco de una sirena lejana. Como si sus patas estuvieran pegadas a los troncos, abr\u00edan los picos m\u00e1s para quejarse o para pedir auxilio, que para entretener al viento. So\u00f1aba con salir de ah\u00ed: so\u00f1aba con convertirme en la hormiga que por fin se pierde dentro de la grieta correcta o el p\u00e1jaro que logra, por casualidad o convicci\u00f3n, zafar la pata del pegamento.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfY para qu\u00e9 querr\u00edas desaparecer? \u2014me preguntaba a susurros del lado de su pared. Eso me pon\u00eda pensativa. Encontrar una respuesta a esa pregunta se convirti\u00f3 en una obsesi\u00f3n de la infancia, una hormiga. Una hilera. Un p\u00e1jaro. Una desaparici\u00f3n. \u00bfPara qu\u00e9 querr\u00eda uno una cosa as\u00ed?<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>El \u00faltimo cuarto de la casa era, sobre todo, un suplicio. Eso le contaba tambi\u00e9n. Aunque estaba planeado para los invitados, los pocos que nos visitaban prefer\u00edan dormir en el m\u00edo, en la peque\u00f1a cama gemela que no ocupaba nadie, a pasar una noche en esa habitaci\u00f3n h\u00fameda y oscura. Todos lo evit\u00e1bamos en realidad. Pensaba que con esto lo impresionar\u00eda. Ah\u00ed se guardaba la ropa de invierno o los viejos juguetes de mesa o los adornos de navidad. No sab\u00eda por qu\u00e9, siendo la m\u00e1s peque\u00f1a, era usualmente yo quien ten\u00eda que ir hasta el final del pasillo para buscar un par de botas o bolas de unicel. Cuando iba, cuando no ten\u00eda otro remedio m\u00e1s que ir al \u00faltimo cuarto, avanzaba con cuidado, deslizando el dedo sobre la pared del pasillo como si no quisiera perder contacto con algo que dejaba atr\u00e1s. Una vez adentro, me deten\u00eda, paralizada. El olor era distinto ah\u00ed. Musgo. Naftalina. Polvo. El sol, que iluminaba el resto de la casa, no entraba en esa habitaci\u00f3n. Era otro mundo. Ah\u00ed era siempre de noche. Siempre hacia fr\u00edo en ese planeta. No hab\u00eda ning\u00fan ruido. Ah\u00ed, del otro lado, alguien lloraba. Eso le contaba. Un ni\u00f1o. Alguien que ped\u00eda agua. Nadie hablaba de \u00e9l, aunque sus gritos y gimoteos entraban en la casa por la ventanita y, luego, se escurr\u00edan, como el agua que tomaba para calmarse, por el pasillo, por el t\u00fanel que era el pasillo, hasta encontrar la puerta de entrada, nadie hablaba de \u00e9l. Eso le dec\u00eda. Mis padres se miraban de reojo cuando todo aquello empezaba y guardaban un silencio bien educado, un silencio compasivo y p\u00e9treo que me produc\u00eda, m\u00e1s que alivio, miedo. Yo me abrazaba a m\u00ed misma y me inclinaba. El llanto del ni\u00f1o, el llanto que ven\u00eda de la otra casa, se deten\u00eda solo un segundo bajo el cipr\u00e9s del jard\u00edn y, ah\u00ed, se confund\u00eda con los gritos de los p\u00e1jaros enloquecidos. Luego todo volv\u00eda a empezar. No sab\u00edamos en qu\u00e9 momento se volver\u00eda a desgajar la atm\u00f3sfera de la casa, pero s\u00ed ten\u00edamos certeza de que pasar\u00eda otra vez. Una y otra vez. Una m\u00e1s. Un vaso de agua.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>\u2014Hnjk\u00f6 ten\u00eda los ojos azules \u2014le expliqu\u00e9 al hombre\u2014, y Jsartv, que siempre estaba a su lado, tambi\u00e9n. Parec\u00edan gemelos \u2014titube\u00e9\u2014. Creo que lo eran.<\/p>\n<p>\u2014Apuesto a que les gustaba jugar con eso \u2014dijo\u2014. Con su parecido. Confundir a la gente, ya sabes. Las bromas.<\/p>\n<p>\u2014S\u00ed.<\/p>\n<p>\u2014Pero Jsartv ten\u00eda los ojos caf\u00e9s \u2014a\u00f1adi\u00f3 luego de un rato\u2014. Ojos caf\u00e9s como los tuyos \u2014dijo, mir\u00e1ndome de frente y, cuando no vio ninguna reacci\u00f3n, tom\u00e1ndome el rostro entre sus dos manos con una violencia apenas contenida\u2014. No trates de enga\u00f1arme.<\/p>\n<p>Me sonre\u00ed en silencio. Baj\u00e9 la vista. Hay un hombre que llora en un aeropuerto, le contaba yo a alguien a quien nunca vi. El hombre lleva una daga dentro.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfDentro de qu\u00e9? \u2014me preguntaba la voz infantil.<\/p>\n<p>\u2014Dentro de su cuerpo \u2014le dec\u00eda\u2014. Naturalmente, s\u00ed.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>La representante de la aerol\u00ednea que se acerc\u00f3 a darnos informes sobre el estado del vuelo retrasado, llevaba el r\u00edmel corrido y, cada vez que abr\u00eda la boca para ofrecer una nueva explicaci\u00f3n, nos ba\u00f1aba con el aliento viciado de alguien que no ha comida en d\u00edas.<\/p>\n<p>\u2014Parece que terminaremos pasando toda una vida aqu\u00ed \u2014dijo el hombre, ensayando un humor triste, a medias derrotado.<\/p>\n<p>\u2014Es el clima \u2014repiti\u00f3 la encargada una vez m\u00e1s, apenas compungida\u2014. Causas fuera de nuestro control.<\/p>\n<p>Desde el \u00faltimo cuarto del que no pod\u00eda salir, me pregunt\u00e9 si exist\u00edan otras causas. Otro tipo de causas. Si exist\u00eda algo que en realidad estaba o pudiera estar bajo nuestro control. El clima. Los corazones que aparecen sobre el pavimento. El llanto. Una parvada de p\u00e1jaros que graznan, enloquecidos. Hnjk\u00f6. Jsartv. El amor.<\/p>\n<p>\u2014Toda una vida juntos aqu\u00ed \u2014repiti\u00f3 el hombre cuando la encargada hubo partido. Suspir\u00f3. En ese momento el silencio en el aeropuerto vac\u00edo fue total. La luz, esa luz. El reflejo. Abr\u00ed la ventana. La oscuridad. Luego regres\u00f3 el eco de la aspiradora, el rumor de algunos pasos.<\/p>\n<p>\u2014Llevamos toda una vida juntos \u2014susurr\u00f3\u2014. Toda una vida juntos, aqu\u00ed \u2014se se\u00f1al\u00f3 las venas en la parte posterior de las mu\u00f1ecas. Luego volvi\u00f3 a colocar las yemas de los dedos de la mano izquierda sobre su frente y, una vez m\u00e1s, fue incapaz de ocultar lo que hac\u00eda: algo \u00edntimo e impostergable y vergonzoso. Algo roto a la mitad.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Nunca le pregunt\u00e9 c\u00f3mo hab\u00eda llegado ah\u00ed. Tampoco le pregunt\u00e9 su nombre o su edad. Durante todo ese tiempo, me limit\u00e9 a hacer lo que me ped\u00eda: describirle mi cuarto, hablarle de la casa, contarle historias que acontec\u00edan en lugares muy lejanos y raros. Un aeropuerto. Un r\u00edo. Una playa. Cuando terminaba, cuando todo volv\u00eda al silencio inicial, regresaba a trav\u00e9s del pasillo al mundo real. Me colocaba bajo las ramas del cipr\u00e9s hasta que el graznido de los p\u00e1jaros me obligaba a correr. A veces corr\u00eda alrededor de la cuadra, buscando su casa. Tratando de identificarla. Todas me parec\u00edan igual: eran construcciones solidas en cuyos jardines de buenas dimensiones crec\u00edan rosales y geranios. Casi todas ten\u00edan un \u00e1rbol de tronco grueso en cuyas frondas viv\u00edan, pegadas las patas a sus ramas, los mismos p\u00e1jaros. A veces solo corr\u00eda por correr. Corr\u00eda para escapar sin saber, en realidad, por qu\u00e9 querr\u00eda hacer algo as\u00ed. Corr\u00eda hasta que el aire explotaba dentro del cuerpo y los pies se volv\u00edan ligeros y, en lugar de correr, levitaba. Eres real, quer\u00eda decirle. Para eso lo buscaba, para decirle que hab\u00eda un mundo fuera del \u00faltimo cuarto de la casa. Que el r\u00edo y el aeropuerto y la playa eran reales. Que yo lo era.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Hay un hombre que llora en un aeropuerto, le repet\u00eda. Trataba de consolarlo mencionando que incluso alguien mayor, un hombre adulto y de traje que, adem\u00e1s, se transportaba en avi\u00f3n, pod\u00eda hacer aquello que \u00e9l estaba haciendo: llorar. Pensaba que su debilidad o su terror, as\u00ed, podr\u00edan adquirir dimensiones humanas. Algo conmensurable.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfPero por qu\u00e9 llora \u00e9l? \u2014insist\u00eda en su pregunta como si cada causa provocara un llanto distinto.<\/p>\n<p>\u2014Por lo mismo que t\u00fa \u2014replicaba con el latido del coraz\u00f3n zumb\u00e1ndome en los o\u00eddos\u2014. Siempre es por lo mismo, \u00bfno lo entiendes?<\/p>\n<p>No lo entend\u00eda as\u00ed: eso me transmit\u00eda su silencio. Hab\u00eda causas ajenas y causas bajo control y causas fuera de control. El clima. El amor. La zozobra. No las hubiera podido llamar as\u00ed en esos a\u00f1os: carec\u00eda del vocabulario. Eso lo fui comprendiendo o imaginando s\u00f3lo despu\u00e9s, con el tiempo. S\u00f3lo aqu\u00ed.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>\u2014Los corazones los pintaba \u00e9l \u2014le dije\u2014. Lo hac\u00eda de madrugada, como ahora \u2014recapacit\u00e9\u2014. El d\u00eda en que lo descubrieron sent\u00ed un malestar tremendo. Sent\u00ed verg\u00fcenza.<\/p>\n<p>El hombre que lloraba en un aeropuerto guard\u00f3 silencio. Trataba de contener la respiraci\u00f3n, no hab\u00eda duda. No retir\u00f3 la mano de su cara ni cambi\u00f3 de posici\u00f3n. Su \u00fanico cambio era invisible: el resuello. Un resuello largo y suave, como de tarde gris.<\/p>\n<p>\u2014Lo agarraron in fraganti \u2014continu\u00e9\u2014.\u00a0 Cuando elev\u00f3 la vista bajo el c\u00edrculo de luz que formaba la linterna todo qued\u00f3 al descubierto: un hombrecillo peque\u00f1o y flaco, de gruesas gafas verdes, con el pedazo de tiza en la mano. Eso era. Un ni\u00f1o viejo. Una criatura p\u00e1lida y temblorosa. La saliva acumulada en las comisuras de su boca. Un par de adultos lo jalaron del brazo y, cuando ya se lo llevaban, les grit\u00f3 con una voz gangosa y aguda, una voz que nunca hab\u00eda escuchado antes y que me llen\u00f3 de terror, que no pod\u00eda ir con ellos. Que pronto saldr\u00eda su avi\u00f3n. Que se le hac\u00eda tarde para llegar al aeropuerto.<\/p>\n<p>Me volv\u00ed a ver al hombre de junto y comprob\u00e9 que nada hab\u00eda cambiado. La mano izquierda sobre el rostro, la derecha sobre el regazo. El llanto.<\/p>\n<p>\u2014Su llanto, como siempre, me dobl\u00f3 en dos \u2014continu\u00e9\u2014. Esa vez vomit\u00e9 \u2014susurr\u00e9, la voz cada vez m\u00e1s baja, cada vez m\u00e1s ajena\u2014. Por la verg\u00fcenza \u2014afirm\u00e9\u2014. Por la verg\u00fcenza que me dio verlo ah\u00ed, sobre la calle, dibujando corazones.<\/p>\n<p>El hombre de junto se descubri\u00f3 el rostro. Las dos manos ahora sobre su regazo.<\/p>\n<p>\u2014Y entonces sali\u00f3 Jsartv y se sent\u00f3 bajo el cipr\u00e9s y trat\u00f3 de despegar el p\u00e1jaro de la rama y, al no lograrlo, lo despedaz\u00f3. \u00bfNo es cierto?<\/p>\n<p>Le contest\u00e9 que s\u00ed. No lo dije, en efecto, pero mov\u00ed la cabeza de arriba abajo, asintiendo. Un movimiento inmemorial. La mano que toma el ave y jala, una a una, las plumas de sus alas. La mano que rompe, horada, mutila. La mano que entierra, sentimental. No le pregunt\u00e9 c\u00f3mo sab\u00eda eso pero, con sumo cuidado, cerr\u00e9 la ventana. Cuando ya iba rumbo al avi\u00f3n, me descubr\u00ed deslizando el dedo \u00edndice sobre las paredes del estrecho pasillo que nos llevar\u00eda hasta la puerta de entrada. Lo vi a lo lejos: los hombros ca\u00eddos, los pasos lentos, el saco de pana.\u00a0 Iba delante de m\u00ed, desliz\u00e1ndose sobre el suelo m\u00e1s que caminando. Pens\u00e9 que el amor nunca ha dejado de darme verg\u00fcenza. Miedo. Y pens\u00e9, con alivio, que pronto estar\u00eda en el \u00faltimo cuarto.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Me llam\u00f3 la atenci\u00f3n el anillo que llevaba en el dedo anular de la mano derecha: una gruesa argolla de oro salpicada de peque\u00f1os diamantes. Era ostentosa y femenina y, en la mano del hombre que se sentaba en la fila de enfrente, no muy lejos de m\u00ed, parec\u00eda fuera de lugar. Los mocasines afables. La perfecta raya en el pantal\u00f3n de lana. El saco de pana. El cuello. El ment\u00f3n bien rasurado. S\u00f3lo desvi\u00e9 la vista cuando me percat\u00e9 de que lloraba.<\/p>\n","protected":false},"author":3,"featured_media":1498,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_acf_changed":false,"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[3727,2956,4462,3729],"genre":[2012],"pretext":[2040,2037],"section":[2358],"translator":[2475],"lal_author":[1410,3275],"class_list":["post-1501","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-uncategorized","tag-borders-es","tag-mexico-es","tag-numero-3","tag-short-fiction-es","genre-fiction-es","pretext-ficcion-es","pretext-fiction-es","section-featured-author-cristina-rivera-garza-es","translator-aviva-kana-es","lal_author-cristina-rivera-garza-es","lal_author-cristina-rivera-garza-es-2"],"acf":[],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/1501","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/users\/3"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=1501"}],"version-history":[{"count":3,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/1501\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":32216,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/1501\/revisions\/32216"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/media\/1498"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=1501"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=1501"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=1501"},{"taxonomy":"genre","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/genre?post=1501"},{"taxonomy":"pretext","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/pretext?post=1501"},{"taxonomy":"section","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/section?post=1501"},{"taxonomy":"translator","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/translator?post=1501"},{"taxonomy":"lal_author","embeddable":true,"href":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/lal_author?post=1501"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}