{"id":1489,"date":"2017-07-20T02:03:35","date_gmt":"2017-07-20T08:03:35","guid":{"rendered":"http:\/\/latinamericanliteraturetoday.wp\/2017\/07\/never-trust-woman-suffers-cristina-rivera-garza\/"},"modified":"2024-04-25T18:46:41","modified_gmt":"2024-04-26T00:46:41","slug":"never-trust-woman-suffers-cristina-rivera-garza","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/2017\/07\/never-trust-woman-suffers-cristina-rivera-garza\/","title":{"rendered":"&#8220;Nunca te f\u00edes de una mujer que sufre&#8221; de Cristina Rivera Garza"},"content":{"rendered":"<div><\/div>\n<div class=\"caption\"><\/div>\n<p>Estoy ya de regreso y \u00e9sta ser\u00e1 mi casa, mi guarida: 72 escalones, una puerta de madera pintada de rojo, una llave solitaria, \u00fanica. Esta tarde la uso por primera vez, dos vueltas a la izquierda, muy despacio, tratando de detectar el sonido del cerrojo cuando cede; mi bienvenida.<\/p>\n<p>La luz es magn\u00edfica, amarilla y temblorosa como un cuerpo. Cae a chorros por las ventanas, las traspasa con un poder inusual, lo inunda todo; y sin embargo es serena tambi\u00e9n, acaso mansa. Parece que esta luminosidad ha estado concentrada aqu\u00ed desde mucho tiempo atr\u00e1s, desde siempre. Estoy en un nido, en el centro mismo de un aposento de luz, viendo de cerca el altar de los reflejos vespertinos.<\/p>\n<p>No hay ruido.<\/p>\n<p>El silencio se esparce, como el polvo, justo dentro del vendaval de luz. Es un revoloteo fr\u00e1gil alterando el parsimonioso estar del aire. Antes de m\u00ed s\u00f3lo hab\u00eda esto: la mudez de la luz y el deambular manso de un aire rancio, delgad\u00edsimo, ajado por el tiempo.<\/p>\n<p>Mi guarida tiene las paredes desnudas, los mosaicos irregulares, los techos altos. Pero sobre todo tiene ventanas y silencio. Vac\u00eda. Peque\u00f1a. Apenas suficiente para una persona. Tan distinta a los lugares en que he vivido los \u00faltimos a\u00f1os. Aqu\u00ed no hay jardines, ni pianos, ni candiles colgando como joyas brillantes de los techos. Aqu\u00ed no hay perros, ni gatos, ni plantas para regar de tarde en tarde. Aqu\u00ed no habr\u00e1 cuadros sobre las paredes blancas, ni tapetes en la entrada, ni espejos. Aqu\u00ed no habr\u00e1 persona alguna. S\u00f3lo yo.<\/p>\n<p>S\u00f3lo la luz y yo. Y estas ventanas listas para abrirse.<\/p>\n<p>Las abro. Los sonidos de la calle entran en bandada, categ\u00f3ricamente. Hay voces, gritos difuminados por la distancia, sirenas, pasos marchando hacia todos lados. Murmullos. Tres pisos abajo, las calles serpentinas se enrollan y desenrollan sin patr\u00f3n alguno, siguiendo una lecci\u00f3n propia, un lenguaje que, de tan obvio, se vuelve incomprensible. Estas calles faro, estas calles arco\u00edris, estas calles \u00bfte acuerdas, Criollo?, por donde trastabillamos y corrimos, donde crecieron nuestros acertijos, donde nos despedimos. Donceles. Los nombres como dulces dentro de la boca, sobre la lengua. Regina. Los nombres como plumas de fais\u00e1n detr\u00e1s de las rodillas. Mesones. Los nombres como abracadabras de membrillo. Tres pisos debajo de mis pies, justo sobre la epidermis del pavimento, hay un mapa de color azul que casi ya no veo.<\/p>\n<p>Creo que he regresado para dibujarlo otra vez. Mi mapa. Para borrarlo.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Al anochecer el edificio se llena de voces, ecos sordos que se trasminan a trav\u00e9s de las paredes y los techos, junto con los olores de la cena y el humo de los cigarrillos. El ruido mon\u00f3tono de los televisores. Las carcajadas de los muchachos reunidos en la puerta de la entrada y, despu\u00e9s, el tropel de sus pasos por las escaleras oscuras de camino a la azotea. El entrechocar de las cervezas. La botella vac\u00eda que se estrella contra el cemento desnudo de los pasillos. El llanto de los ni\u00f1os. El llanto de los perros. Alguien corriendo a toda prisa, perseguido de cerca por las sirenas rojiazules de la polic\u00eda. Y el sonido seco de alguien m\u00e1s que toca a mi puerta. Tres golpes, silencio. Tres golpes m\u00e1s.<\/p>\n<p>\u2014Buenas noches \u2014la voz detr\u00e1s de los ojos negros es firme y t\u00edmida a la vez\u2014, soy la portera. Vengo a saludarla y a ver qu\u00e9 se le ofrece.<\/p>\n<p>La mujer lleva el su\u00e9ter arremangado arriba de los codos, como si hubiera dejado algo a medio hacer en la cocina, pero su manera de detenerse a un lado de la puerta roja no indica prisa sino curiosidad. Sus ojos apenas se detienen sobre mi rostro para salir volando hacia el espacio vac\u00edo de atr\u00e1s. Indecisos, como sin br\u00fajula, sus ojos se pierden sobre la superficie de las paredes y salen despu\u00e9s a toda prisa por las ventanas abiertas.<\/p>\n<p>\u2014Va a escuchar historias sobre el edificio \u2014dice\u2014, pero no haga caso. Hace mucho que no ocurre nada por ac\u00e1.<\/p>\n<p>\u2014No se preocupe \u2014le respondo, disculpando las historias de antemano, sonriendo como sus ojos antes, sin br\u00fajula.<\/p>\n<p>\u2014De la gente \u2014empieza la oraci\u00f3n y vuelve a detenerse mientras observa el piso con insistencia\u2014. De la gente como rara que a veces se aparece por aqu\u00ed, de \u00e9sa yo me encargo.<\/p>\n<p>Lo dice con orgullo y desaz\u00f3n en la voz, sin saber c\u00f3mo continuar. Finalmente lo hace, en un arranque, aguantando la respiraci\u00f3n y encontrando mis ojos a un mismo tiempo.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfY sus muebles? \u00bfSus cosas? \u2014pregunta.<\/p>\n<p>Un viejo de hombros vencidos se atraviesa entre nosotras, murmura apenas un buenas noches seco, casi inaudible, y abre la puerta contigua con ademanes autom\u00e1ticos. Sus botas con suelas de hule rechinan sobre el piso.<\/p>\n<p>\u2014Despu\u00e9s, con el tiempo \u2014le contesto, pensando en mis cosas, mis muebles: una silla, una bolsa de dormir, una maleta con algo de ropa, una caja llena de papeles.<\/p>\n<p>La portera suspira, decepcionada. En la mirada que me recorre de arriba abajo hay incredulidad. La mujer no puede creer que yo tambi\u00e9n ande contando centavo tras centavo al final de cada mes; que tambi\u00e9n tenga que comprar aceite barato para refre\u00edr las sobras de la comida a la hora de la cena o entretenerme de tarde s\u00f3lo con la radio y los cigarros. Por eso observa mis manos, va de una a la otra sin prisa, tasando el tama\u00f1o de la mentira, las dimensiones de la duda. Y mis manos, finas y suaves como las tuyas, Criollo, con dedos largos y huesudos, me delatan. La portera sonr\u00ede para s\u00ed misma y, a pesar de saber, contin\u00faa trat\u00e1ndome con deferencia.<\/p>\n<p>\u2014De cualquier manera, no tenga miedo \u2014dice en voz baja mientras mueve la cabeza de izquierda a derecha en signo de callado reproche, escondiendo los ojos en los bolsillos de su delantal\u2014, hace mucho que no pasa nada en este edificio. Las historias que oir\u00e1 son viejas.<\/p>\n<p>\u2014Gracias.<\/p>\n<p>Mi respuesta va detr\u00e1s de sus pasos cansados, sin saber a ciencia cierta lo que ha acontecido. Pero justo cuando vuelvo a cerrar mi puerta me doy cuenta de que en realidad no tengo miedo, de que ahora ni siquiera puedo recordar c\u00f3mo era, qu\u00e9 se sent\u00eda o en qu\u00e9 momento despareci\u00f3. Ahora s\u00f3lo queda este vac\u00edo suave, liso, abierto de par en par, ilimitado. Todo puede ocurrir ahora, \u00bfverdad, Criollo? El peligro, la locura, las ganas de tomar al mundo entre las manos y exprimirlo sin pausa, sin pausa alguna. Alguien puede detenerse a media calle para decir de repente, con la velocidad de un arma mortal, <i>soy tuyo, ser\u00e9 tuyo siempre. Detenme, por favor, detenme<\/i>.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>El aire. La falta de aire.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Sin miedo abro la puerta roja una vez m\u00e1s y, sin pensarlo, me dirijo a la azotea. Es ya de noche, una noche cerrada, irrespirable, viva como una hiena. Los muchachos est\u00e1n reunidos cerca de la desembocadura de la escalera. Toman cerveza, fuman, cuentan chistes, se carcajean. Y por un momento, justo como la portera, no pueden creer lo que observan: una mujer pasa entre ellos a toda prisa, <i>buenas noches<\/i>, y, d\u00e1ndoles la espalda, recarga los codos sobre la barda de bloques grises, viendo hacia m\u00e1s all\u00e1, hacia. Ellos guardan silencio, la observan sin mirarse entre s\u00ed. Despu\u00e9s, poco a poco, recuperan el habla. Las palabras al principio se escuchan quedas, inc\u00f3modas, asustadas. Pronto, sin embargo, el alcohol y la compa\u00f1\u00eda les regresan el grosor natural, la fuerza y los ecos en sordina. Lo que ensayan son palabras de hombre, historias de albures y mentadas, de peligros insospechados y victorias inadvertidas.<\/p>\n<p>\u201cS\u00ed, mucha lana, muchas viejas, muchas drogas,\u201d enumera el que acaba de llegar de Chicago.<\/p>\n<p>Los otros r\u00eden sin ton ni son, incr\u00e9dulos.<\/p>\n<p>Sobre el barandal de la noche, sin miedo. Nadie puede asustarme esta noche, nada. Ni sus voces, ni el viento, ni la lluvia de luces el\u00e9ctricas y faros veloces que agujeran la oscuridad. Ni la voz del Chicago Boy, como lo llaman, cuando se aproxima con una cerveza en cada mano.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfQuiere tomarse una? \u2014pregunta mientras extiende el brazo con el mismo arrojo contenido de su voz\u2014. Es bueno, a veces, beber de noche.<\/p>\n<p>El Chicago Boy tiene los ojos de alguien que sue\u00f1a, abiertos, sin huellas. Sin miedo de caer, se sienta sobre la barda, cerca. Y calla. No sabe qu\u00e9 decir, ni lo intenta. Los otros muchachos tambi\u00e9n guardan silencio, aburridos tal vez, tal vez a la expectativa de algo nuevo.<\/p>\n<p>\u2014Es un hotel muy viejo \u2014murmura\u2014. Dicen que Villa durmi\u00f3 una noche ah\u00ed, hace muchos a\u00f1os.<\/p>\n<p>\u00c9l est\u00e1 de espaldas al hotel pero yo s\u00ed observo el edificio descolorido, de seis pisos tristes, que se yergue en contra esquina del nuestro. Hace muchos a\u00f1os yo dorm\u00ed ah\u00ed tambi\u00e9n, \u00bfverdad, Criollo? Contigo. Y me asom\u00e9 a la noche por una de esas ventanas, despu\u00e9s, cuando el sue\u00f1o te dej\u00f3 suave, abierto, olvidado de ti mismo, temblando apenas, fr\u00e1gil y dulce como un malvavisco. Y te vi durmiendo con las manos bajo la almohada y las rodillas entremezcladas con las s\u00e1banas como un ni\u00f1o. Blanco t\u00fa y blancas ellas, una luminosidad de alcatraces y luci\u00e9rnagas.<\/p>\n<p>\u2014Yo me s\u00e9 todas sus historias porque mi mam\u00e1 trabaj\u00f3 de recamarera ah\u00ed por muchos a\u00f1os \u2014dice el Chicago Boy como al descuido.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfTe acuerdas de alguna?<\/p>\n<p>Supongo que se trata de las historias que mencion\u00f3 la portera.<\/p>\n<p>\u2014Hubo, una vez, una muchachita francesa \u2014inicia el muchacho con una sonrisa sarc\u00e1stica entre dientes\u2014, que se pasaba los d\u00edas encerrada en su cuarto mientras su amante celoso andaba en la ciudad arreglando negocios. Nosotros la ve\u00edamos de tarde en tarde, desde la banqueta; la avent\u00e1bamos besos, o dulces, o piedras. Y la francesita nos mandaba avioncitos de papel con mensajes secretos.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfY qu\u00e9 dec\u00edan?<\/p>\n<p>\u2014Como ninguno de nosotros hablaba franc\u00e9s, nunca supimos. Lo que s\u00ed qued\u00f3 claro es que era francesa.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfNada m\u00e1s? \u2014le pregunto.<\/p>\n<p>\u2014S\u00ed, s\u00f3lo eso \u2014dice mir\u00e1ndose la punta de los tenis\u2014. \u00bfNo es chistoso?<\/p>\n<p>Y el Chicago Boy se r\u00ede y regresa a platicar con sus amigos.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Estas son tus notas, Criollo, todos tus recados. Servilletas, pedazos de papel, hojas arrancadas de cuadernos escolares. Ahora que las leo parecen tan amargas como entonces, cuando las dejabas pegados sobre la puerta sin que yo me diera cuenta. Sorprendida de verdad al encontrarlas. Pero, tambi\u00e9n como entonces, suenan divertidas, palabras apresuradas describiendo el tr\u00e1fico, los sue\u00f1os de algunas noches, <i>noches muy largas, noches sin ti<\/i>; el cielo amarillo de ciertas tardes, tardes de oto\u00f1o, sucias como huevo; y mi cuerpo, tan cerca, y s\u00ed, al final, como siempre, <i>tuyo, el Criollo, de ti<\/i>. Cuando levanto el rostro la ciudad desaparece, tus palabras y el sol me dejan deslumbrada, ciega. No s\u00e9 cu\u00e1ndo empezaste a usar el nombre que te di. Pero pas\u00f3 de alguna manera, sin que yo lo notara. As\u00ed como pasan todas las cosas algunas veces, de repente y naturales a la vez; sin alternativa y azarosas, el destino y la suerte dop\u00e1ndose de frente, sin memoria.<\/p>\n<p>Bajo la luz de la ma\u00f1ana observo mis rodillas morenas, la piel oscura de mis brazos, y s\u00e9, de repente, c\u00f3mo surgi\u00f3. C\u00f3mo naci\u00f3 tu nombre, una noche, en el \u00faltimo vag\u00f3n del tren, en la cola de todos los deseos. Esta es la historia, as\u00ed ocurri\u00f3:<\/p>\n<p>Descubrimos la estaci\u00f3n perdida a orillas del pueblo y nos quedamos ah\u00ed, husmeando los cuartos de adobe, haciendo malabares sobre los rieles en desuso, vi\u00e9ndonos de lejos. Est\u00e1bamos hechizados por el olor a madera carcomida, por los reflejos de los rostros a trav\u00e9s de los cristales rotos de la taquilla.<\/p>\n<p>\u2014Este viaje cambiar\u00e1 mi vida \u2014dijiste\u2014. Voy a recordar esta luz oblicua siempre, siempre, \u2014a\u00f1adiste como al descuido, con la voz tersa de las profec\u00edas.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s guardaste silencio y, dentro del silencio, como obligado por algo autom\u00e1tico, abriste la boca varias veces. Estabas listo para decir algo y listo, tambi\u00e9n, para callar por siempre. Entonces lleg\u00f3 el tren y lo abordamos. El tren del sue\u00f1o. Un grupo de campesinos viejos e indias de mirada adusta subi\u00f3 con nosotros al vag\u00f3n. Los miramos con timidez, con s\u00fabita incomprensi\u00f3n. Era dif\u00edcil saber qu\u00e9 transcurr\u00eda detr\u00e1s de esos ojos, qu\u00e9 ceremonias o qu\u00e9 masacres se ocultaban detr\u00e1s de sus velos pardos. Pero cuando ellas te rehuyeron la mirada, cuando bajaron la vista y aprisionaron con temor el cuerpo de los corderos bajo sus brazos, entonces supe que t\u00fa no eras como nosotras. El nombre apareci\u00f3 de inmediato, entero. <i>Criollo<\/i>. Entonces tom\u00e9 tu rostro entre mis manos y lo atraje hacia el marasmo del rostro m\u00edo. Te obligu\u00e9 a mirarme de frente.<\/p>\n<p>\u2014Este viaje cambiar\u00e1 tu vida \u2014augur\u00e9 en un murmullo\u2014. Y la luz anaranjada de este atardecer en la ladera de la monta\u00f1a te acariciar\u00e1 despu\u00e9s con el filo de una espada.<\/p>\n<p>\u00cdbamos de regreso a la ciudad, a la ciudad de las ruinas intactas, a la ciudad del centro. Esta ciudad que ahora me rodea mientras leo todas tus notas, todos tus recados bajo la luz torrencial del mediod\u00eda. Aqu\u00ed est\u00e1 el tr\u00e1fico, la desesperaci\u00f3n de algunos sue\u00f1os a solas, la vastedad ilimitada, la tibieza de mi cuerpo. <i>Tu criollo<\/i>, doblado en avioncitos de papel que vuelan sobre las sombras de los mendigos cabizbajos, <i>tuyo<\/i>, sobre el recorrer inseguro de los perros cojos, <i>criollo de ti<\/i>, sobre el jugar algarabioso de los ni\u00f1os que se persiguen descalzos en las orillas de las banquetas.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Apenas se escuchan las campanadas vespertinas de la iglesia y ya hay alguien aqu\u00ed, tocando despacio ante mi puerta. Es el Chicago Boy, con una sonrisa y una cerveza.<\/p>\n<p>\u2014Las seis de la tarde y todo sereno \u2014dice bajo el dintel de la puerta, haci\u00e9ndose el chistoso.<\/p>\n<p>No le pregunto qu\u00e9 hace aqu\u00ed o qu\u00e9 es lo que est\u00e1 buscando. S\u00f3lo lo observo, sus piernas cubiertas de mezclilla agujerada, su cintura estrecha, sus ojos traviesos, sus rodillas a medio flexionar. Como su madre, \u00e9l tambi\u00e9n esp\u00eda la desnudez brillante de mi casa y guarda un silencio inc\u00f3modo antes de preguntarme por mis muebles.<\/p>\n<p>\u2014Nosotros le podemos ayudar a cargar sus cosas \u2014ofrece con una sonrisa que parece sincera.<\/p>\n<p>Entonces lo invito a pasar, a beber su cerveza conmigo. Mientras el muchacho recorre el departamento vac\u00edo con la mirada, yo me sirvo un poco de agua en una taza. Despu\u00e9s nos sentamos sobre el piso, en extremos contrarios. El sol de la tarde deja un d\u00e9bil brillo azuloso sobre su cabello despeinado. De repente no es m\u00e1s que un cuervo callado y t\u00edmido, un ave oscura acostumbrada al silencio.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfY esos papeles? \u2014me pregunta se\u00f1alando el tropel de avioncitos de papel con el pico de su botella.<\/p>\n<p>\u2014Notas en franc\u00e9s \u2014le respondo.<\/p>\n<p>Sonr\u00ede en silencio, mueve la cabeza como su madre lo hiciera antes: de derecha a izquierda, como un p\u00e9ndulo, reprobando el detalle.<\/p>\n<p>\u2014La historia que le cont\u00e9 anoche no es cierta. La invent\u00e9 toda \u2014dice\u2014. Pas\u00f3, pero de otra manera \u2014a\u00f1ade.<\/p>\n<p>Fue en Chicago. \u00c9l escribi\u00f3 las notas. Muchas notas en espa\u00f1ol para la muchacha del segundo piso. En lugar de dejarlas bajo su puerta, usaba el papel para envolver piedras muy peque\u00f1as que despu\u00e9s arrojaba hacia su ventana. Luego corr\u00eda entre la ventisca de hielo, arrepentido de su arrojo y a la vez feliz por haberle dado rienda suelta al miedo. Pero siempre las encontraba entre los mont\u00edculos de nieve sucia al d\u00eda siguiente, la tinta despint\u00e1ndose bajo la humedad y las hojas navegando sobre riachuelos de agua fr\u00eda hasta que se hund\u00edan en las alcantarillas. Ella no entend\u00eda espa\u00f1ol de cualquier manera.<\/p>\n<p>Lo deja hablar por largo rato y despu\u00e9s callar, tambi\u00e9n por mucho tiempo. Los ruidos del edificio crecen poco a poco, alguien camina apresurado por el pasillo y mi vecino canta bajo la poca agua que cae de la regadera. Es un d\u00eda feliz, parece. El Chicago Boy tambi\u00e9n sonr\u00ede. Lo hace en silencio mientras desdobla mis avioncitos de papel.<\/p>\n<p>\u2014Son bonitos \u2014murmura\u2014, los recados.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de leerlos despacio, los ha ido apilando uno sobre otro, formando una torre de papel maltrecha y fr\u00e1gil. Cuando finalmente termina me mira con la boca abierta y los ojos interrogantes.<\/p>\n<p>El Chicago Boy debe pensar que estoy sufriendo.<\/p>\n<p>Cierro las ventanas, recojo los papeles del piso y, como no s\u00e9 d\u00f3nde colocarlos, doy vueltas en c\u00edrculo casi sin notarlo. \u00c9l me ve hacer pero no pregunta nada y tampoco se inmuta. Al final, cuando no encuentro mejor alternativa, los pongo debajo de una pata de la silla como si temiera que se escaparan en la cola del aire.<\/p>\n<p>\u2014Tienes manos de hombre \u2014me dice de repente, seguramente sin pensarlo, cambiando de tema.<\/p>\n<p>Yo las observo: mis manos, tus manos, como si nunca lo hubiera hecho antes, y asiento en silencio. El eco de su tuteo inesperado me hace cosquillas detr\u00e1s de las orejas.<\/p>\n<p>\u2014La cantina de abajo est\u00e1 abierta ya \u2014menciona al incorporarse, invitando a su manera.<\/p>\n<p>La luz del alumbrado p\u00fablico ilumina las ventanas con su brillo mortecino y nost\u00e1lgico. Una llovizna delicada cae a oleadas lentas sobre la ciudad. Sin contestarle, me incorporo con una agilidad inusitada y lo sigo.<\/p>\n<p>\u2014En realidad la historia no iba as\u00ed \u2014susurra en el caj\u00f3n oscuro de las escaleras\u2014, los papeles los encontraba yo en la calle, revueltos entre la nieve. Y no los entend\u00eda porque estaban en ingl\u00e9s. Eso fue todo.<\/p>\n<p>Entonces nos abrochamos las chamarras y nuestras sombras dan vuelta a la esquina, con el balanceo de los vagos y de los cinturitas.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Es la misma cantina, Criollo. La misma m\u00fasica norte\u00f1a llenando el aire de pasiones malsanas y rid\u00edculas. Los mismos espejos sucios sobre la barra, justo atr\u00e1s de las botellas.<\/p>\n<p>Y es tan distinta.<\/p>\n<p>\u2014Hay lugares que nunca cambian y hay otros que s\u00f3lo lo hacen dentro de la cabeza. Uno nunca reconoce a los que en realidad cambian \u2014menciona el Chicago Boy, con los ojos de alguien que ha estado en muchos lados.<\/p>\n<p>La m\u00fasica de los acordeones, tan fuerte, tan lasciva, no me deja escuchar su siguiente comentario.<\/p>\n<p>El mesero lo saluda.<\/p>\n<p>Una pareja se besa en el sill\u00f3n de la esquina.<\/p>\n<p>De espaldas al barullo del lugar, una mujer envuelta en un vestido color bermell\u00f3n empieza a llorar muy lento, observ\u00e1ndose a s\u00ed misma en el reflejo del espejo de la barra. Una estatua. Algo detenido en un trozo de tiempo. Sus cabellos negros contrastan con el encendido carm\u00edn de los labios y la transparencia s\u00fabita de las l\u00e1grimas que caen una a una por las mejillas, como joyas peque\u00f1\u00edsimas.<\/p>\n<p>\u2014Deber\u00edas llorar as\u00ed \u2014me dice el Chicago Boy con un reto fugaz en cada ojo, lleno de reprobaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Los dos la miramos sin querer, con la ambivalencia de quien quiere ver m\u00e1s y a la vez se muere de pena propia y ajena.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfPor qu\u00e9 no? \u2014lo reto a mi vez\u2014. Las mujeres, a falta de alternativa, se rehacen sufriendo.<\/p>\n<p>Pero no lloro. El Chicago Boy se entretiene observando el l\u00edquido de su vaso. No quiere mirar a la mujer bermell\u00f3n y no quiere mirarme.<\/p>\n<p>\u2014Todo vuelve al lugar de antes, como la marea \u2014dice, se\u00f1alando el ir y venir del licor sobre las paredes del vidrio empa\u00f1ado.<\/p>\n<p>Tal vez tiene raz\u00f3n, \u00bfc\u00f3mo saberlo? Luego, sin poder evitarlo, vuelve a mirar a la mujer de la barra.<\/p>\n<p>\u2014Mi mam\u00e1 se duerme as\u00ed algunas veces \u2014me dice sin quitarle la mirada de encima a la mujer bermell\u00f3n\u2014, por el cansancio. Yo tambi\u00e9n lo hac\u00eda, all\u00e1 en Chicago. No ten\u00eda donde dormir y en las cocinas no se molesta a nadie de noche.<\/p>\n<p>Miro sus manos, las imagino recorriendo a tientas la piel dorada de la muchacha del segundo piso que no hablaba espa\u00f1ol. Imagino sus labios h\u00famedos sobre sus hombros, sus senos. Y los ojos abiertos, brillando como luci\u00e9rnagas solitarias detenidas en la noche. Las luces de una ciudad extra\u00f1a col\u00e1ndose por entre las rendijas de las cortinas. Y el silencio. Y los gemidos quedos, muy quedos.<\/p>\n<p>Pero todos sabemos ya que eso no es cierto.<\/p>\n<p>\u2014De seguro la abandonaron \u2014sentencia el muchacho, hastiado de tanto espect\u00e1culo.<\/p>\n<p>Espantando ante la visi\u00f3n de las mujeres dormidas sobre las barras, el Chicago Boy enrolla los ojos con exasperaci\u00f3n. Parece que la fuerza, la imposici\u00f3n gratuita de la desdicha, le da asco. N\u00e1useas. Ganas de salir corriendo y respirar aire fresco. O ganas de caer bajo su encanto.<\/p>\n<p>\u2014S\u00ed, quiz\u00e1 la abandonaron \u2014le respondo, dud\u00e1ndolo.<\/p>\n<p>Porque tal vez hoy ella se levant\u00f3 tranquila, sabiendo que algo se acababa. Y se puso a beber con calma peque\u00f1os sorbos de tequila hasta ver la tarde toda en llamas, sin reconocer un placer que no conoc\u00eda pero que la hizo sentir contenta, casi sexy, envuelta en su mejor vestido entallado. Y tal vez se ha puesto a llorar m\u00e1s tarde porque dol\u00eda, o porque no dol\u00eda, verse sola y hermosa, perenne como una d\u00e1diva.<\/p>\n<p>\u2014Pero nunca te f\u00edes de una mujer que sufre \u2014a\u00f1ado.<\/p>\n<p>La mujer bermell\u00f3n ha dejado de llorar y, trastabillando de mesa en mesa, ha brindado con hombres y mujeres por igual. Por un momento me imagino que esa mujer tan esbelta, tan maltratada, es s\u00f3lo una muda que se dedica a vender im\u00e1genes religiosas, o llaveros o dulces, todo a cambio de algunos tragos y algunos pesos.<\/p>\n<p>Pero me equivoco.<\/p>\n<p>Cuando se acerca a nuestra mesa, la mujer habla.<\/p>\n<p>\u2014S\u00f3lo les voy a quitar unos minutos \u2014dice mientras nos gui\u00f1a un ojo\u2014, les prometo que se van a divertir.<\/p>\n<p>Entonces, extrae un mont\u00f3n de fotograf\u00edas manoseadas de su bolso de pl\u00e1stico rojo. Son instant\u00e1neas coloridas de un cuerpo de hombre. Close-ups. Una rodilla, la boca, las manos sobre el sexo, los pies desnudos, los cabellos. Una a una, a intervalos regulares, las va pasando frente a nuestros ojos.<\/p>\n<p>\u2014Esta es su boca, \u00bfbonita, verdad? Estas son sus manos, ay para qu\u00e9 les cuento, sus piernas tan claras. Esta es la mata de sus cabellos, la acarici\u00e9 tanto, tantas veces, sus anteojos, las cinco u\u00f1as de sus pies, todas parejitas. Y esta cosita ah\u00ed, colg\u00e1ndole en el centro, es la que me volvi\u00f3 loca \u2014se r\u00ede, pone un dedo \u00edndice sobre la sien derecha\u2014, bien loquita \u00bfno? de remate. Incre\u00edble \u00bfverdad? Qu\u00e9 chiquita \u00bfno? con tantos plieguitos, tan fragilita, como que no sirve para nada, \u00bfno?<\/p>\n<p>Y la vemos bien, su cosita.<\/p>\n<p>\u2014Esta es su lengua estriada, ay su lengua \u2014contin\u00faa la mujer\u2014, y estos son sus ojos cerrados cuando los hombres cierran los ojos, en ese momento, ustedes me entienden, \u00bfno? Este es su ombligo, justo en el centro del universo. Y estas son sus dos nalgas, lisitas, blancas, suavecitas como almohadas.<\/p>\n<p>El Chicago Boy no tiene otro remedio. Con el rictus muy serio, mira a la mujer bermell\u00f3n y me mira a m\u00ed. Nuestras risas lo amedrentan; parece que no entiende pero de todas maneras tiene miedo. Sus manos est\u00e1n en la entrepierna, no con el gesto de hombre que se acomoda el sexo, sino tr\u00e9mulas casi, protegi\u00e9ndose a escondidas la bragueta.<\/p>\n<p>\u2014Bola de viejas vulgares \u2014dice finalmente, pero el resto de sus palabras se pierden entre el sonido de los acordeones y la m\u00fasica estridente de nuestras carcajadas.<\/p>\n<p>\u2014Bueno, \u00e9l quer\u00eda pertenecerle a todo el mundo y ahora lo est\u00e1 haciendo, finaliza la mujer.<\/p>\n<p>Le da un \u00faltimo trago a su vaso de agua, nos vuelve a gui\u00f1ar el ojo, y sale de la cantina balanceando la cadera.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Seguramente la mujer va a tener una cruda b\u00e1rbara ma\u00f1ana, pero ahora, mientras camina sin sandalias sobre las banquetas, brincando en todos los charcos de la media noche, ella se siente extra\u00f1amente bien. Libre y encendida a la vez. Si alguien le preguntara su edad en este instante, ella contestar\u00eda sin dudar: \u00abtengo 17 a\u00f1os.\u00bb Una sonrisa traviesa dentro de cada ojo gigantesco. Luego, continuar\u00eda con su camino a toda prisa, sin volver la vista atr\u00e1s, como si se le estuviera acabando el tiempo. Al llegar frente a las escaleras, subir\u00eda los 72 escalones con movimientos de gacela. Sus manos de piel suave e in\u00fatil encontrar\u00edan con facilidad la \u00fanica llave dentro del bolso repleto. Si alguien le preguntara del otro lado de la puerta \u00bfde d\u00f3nde vienes?, ella mirar\u00eda hacia lo alto, diciendo: \u00ablo importante es saber a d\u00f3nde voy. \u00bfNo te parece?\u00bb Las briznas de una coqueter\u00eda vieja empa\u00f1ando el ambiente. Entonces, desmaquill\u00e1ndose frente al espejo, la mujer se encontrar\u00eda los ojos.<\/p>\n<p>\u2014No eres el Chicago Boy \u2014se dir\u00eda a s\u00ed misma.<\/p>\n<p>\u2014No eres la mujer bermell\u00f3n \u2014le contestar\u00eda el reflejo.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La luz es magn\u00edfica, amarilla y temblorosa como un cuerpo. Cae a chorros por las ventanas, las traspasa con un poder inusual, lo inunda todo; y sin embargo es serena tambi\u00e9n, acaso mansa. Parece que esta luminosidad ha estado concentrada aqu\u00ed desde mucho tiempo atr\u00e1s, desde siempre. 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