{"id":10757,"date":"2022-02-11T17:17:54","date_gmt":"2022-02-11T23:17:54","guid":{"rendered":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/2022\/05\/lazos-de-claudia-pena-claros\/"},"modified":"2023-05-23T21:06:10","modified_gmt":"2023-05-24T03:06:10","slug":"lazos-de-claudia-pena-claros","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/2022\/02\/lazos-de-claudia-pena-claros\/","title":{"rendered":"&#8220;Lazos&#8221; de Claudia Pe\u00f1a Claros"},"content":{"rendered":"<p>Alumbrada por una luna hambrienta, la perra amarilla finalmente logr\u00f3 soltar los lazos que la sujetaban al poste de alg\u00fan patio. Sus u\u00f1as desesperadas ara\u00f1aron el hueco entre la vieja puerta de tablones y el adobe del muro, hasta ensancharlo. Apret\u00e1ndose, logr\u00f3 escabullirse y emerger victoriosa a la calle fr\u00eda, donde ya se hab\u00edan reunido los machos.<\/p>\n<p>Mientras forcejeaba, ellos hab\u00edan aguardado inquietos, escuchando el jadeo de aquel cuerpo, divisando de a poco cada uno de sus miembros. Cuando estuvo totalmente fuera, hubo un excitado revuelo en torno suyo y la rodearon inmediatamente. La perra tambi\u00e9n los ol\u00eda y ellos le examinaban el pelo, las orejas, el olor en cada uno de sus miembros, adivinando la vejez de las mantas donde dorm\u00eda, los huesos en su comida, los oscuros pasos de sus amos.<\/p>\n<p>Los machos se conoc\u00edan de antes. Alguno ten\u00eda un hermano entre medio, aunque ya olvidado, y otros dorm\u00edan en el mismo patio, o jugaban o peleaban alguna vez juntos o uno en contra del otro. Se conoc\u00edan del mercado o del sol en la plaza. Todos viv\u00edan en la calle y hab\u00edan aprendido por igual a sopesar cada se\u00f1al que les advirtiera de una escoba, de un carajazo antes de que el golpe o el grito sean y lleguen. Sab\u00edan medir su cuerpo y sus propias fuerzas al ver a otro macho delante o junto a ellos y conoc\u00edan los cambios de las estaciones en su propio pelaje y en los campos.<\/p>\n<p>Ellos pod\u00edan moverse en el pueblo a cualquier hora, porque conoc\u00edan las calles y qu\u00e9 casas ten\u00edan guardianes feroces; cu\u00e1les eran aquellas con los muros descuidados, a d\u00f3nde pod\u00edan entrar para robar algo o para husmear (igual atentos a los amos que pudieran acercarse) en la basura. Tambi\u00e9n sab\u00edan distinguir las puertas generosas que de cuando en cuando se abr\u00edan para ofrecer la sobra de la cena o un pocillo de agua fresca, las puertas que dejaban salir una mano que les rascara tras la oreja, antes de volver a cerrarse con el calor y la seguridad retenidos dentro (porque aquello no era algo que estos perros recibieran por costumbre, sino m\u00e1s bien lo que durante los d\u00edas y las noches ellos iban buscando y consiguiendo a veces s\u00ed, a veces no, demasiado poco o apenas por momentos).<\/p>\n<p>Pero todo eso quedaba en suspenso ahora, como si hubiera sido apenas un sue\u00f1o y el olor de la perra los hubiera despertado de repente, borrando la rutina de la sobrevivencia. Este era otro tiempo: avanzaba en espiral constante y lo que suced\u00eda, suced\u00eda dos veces. Primero en sus propios cuerpos, como si nunca antes hubieran tenido uno y la segunda vez suced\u00eda suspendido en el aire, punzante e insistente.<\/p>\n<p>Los machos escuchaban, por ejemplo, c\u00f3mo desde dentro iban brotando gota a gota sus flujos, aliment\u00e1ndose unos a otros y luego sent\u00edan su arremeter espeso, escuchaban el rumor cuando se hac\u00eda torrente y se pon\u00eda en marcha, impregn\u00e1ndoles los m\u00fasculos y los huesos, llegando esos mismos flujos, ahora calientes, al hocico y a las patas. Percib\u00edan entonces, como por primera vez, los dulces aromas de la pajarilla en la vereda, el picante de las hormigas escondidas bajo la piedra, la lluvia que terminar\u00eda de llegar al amanecer y las patas que avanzaban golpe\u00e1ndose contra el fr\u00edo de la tierra y los peque\u00f1os pedruscos.<\/p>\n<p>Ahora, girando \u00e1vidos alrededor de la perra, los machos sent\u00edan tambi\u00e9n unas olas pesadas que iban y ven\u00edan en sus vientres, en sus pescuezos urgidos de gru\u00f1ir enronqueciendo el aire, atrayendo a la hembra, due\u00f1a absoluta del olor que apagaba todos los otros, hasta solamente existir aquello que del cuerpo amarillo brotaba.<\/p>\n<p>Ah\u00ed estaban, a su alcance, la perra y su sudor, y ellos acud\u00edan ciegos a cualquier cosa que osara interponerse y que deb\u00eda ser anulada con urgencia, de manera sucia y feroz, con traiciones y dentelladas inmisericordes. Los c\u00f3digos de la convivencia, que obedec\u00edan a las viejas jerarqu\u00edas trabajadas y defendidas con sangre, fueron borr\u00e1ndose a medida que se hab\u00edan ido acercando a la casa. La existencia de la hembra y lo que ella hiciera, era todo lo que contaba para los machos, desde el momento mismo en que la esencia penetrante e inextinguible los convoc\u00f3 desde sus diferentes refugios hasta aquella calle solitaria, esa noche en medio del invierno.<\/p>\n<p>Alrededor de la perra se empujaban entre s\u00ed. Amenazantes, parec\u00edan crecer de un momento a otro, como en oleadas de furor: el cuerpo macho de repente estancado en su rigidez, el pelo del lomo erguido, las patas estiradas, los dientes fuera a punto de atacar, busc\u00e1ndose unos en contra de otros.<\/p>\n<p>A salvo dentro de sus muros, arrebujados entre sus hornillas y sus mantas, los amos no escuchaban aquellos ritos primigenios y ella, con la agilidad que da el ansia, atravesado de avidez su cuerpo, logr\u00f3 pasar por en medio de todos y se alej\u00f3 trotando, el viento nocturno desparram\u00e1ndose por su cara, sin rumbo fijo.<\/p>\n<p>Las garras le dol\u00edan pero no era eso lo importante. Su coraz\u00f3n lat\u00eda con fuerza, y escuchaba que los perros la segu\u00edan, sorteando el callej\u00f3n que ella tambi\u00e9n acababa de esquivar, doblando ellos a la izquierda despu\u00e9s de que ella girara unos segundos antes, tensa, esper\u00e1ndoles y dej\u00e1ndose alcanzar, permiti\u00e9ndoles olerla para luego trotar otra vez entre gru\u00f1idos y amenazas, sabiendo que ven\u00edan tras ella, la luna llena quebr\u00e1ndose en los peque\u00f1os charcos que sus patas romp\u00edan entre las piedras irregulares de la calle.<\/p>\n<p>Toda ella era un impulso para aquellos perros. Su cuerpo liviano avanzaba por avanzar, cada vez m\u00e1s lejos, llevado enteramente de s\u00ed mismo, sin sentir el fr\u00edo, sin ubicar la distancia hasta su casa ni preocuparse por eso, sin pensar en detenerse. Una fuerza extra\u00f1a la llevaba y s\u00f3lo sab\u00eda, sin temor, que ya quer\u00eda llegar, que ansiaba algo desde siempre, y que estaba a punto de suceder.<\/p>\n<p>Entonces la luna alumbr\u00f3 en una cierta direcci\u00f3n y la perra divis\u00f3 el tejado de aquella casa, un tejado viejo y vulnerable, y todo lo rugiente se detuvo. Ese techo, aquellas tejas\u2026 El hocico le trajo un olor antiguo: el del horno para hacer el pan y alg\u00fan duraznero, ah\u00ed mismo, en el fondo de ese patio que, a\u00fan sin ver, supo que estaba. Hab\u00eda all\u00ed algo que hace mucho tiempo hab\u00eda sido suyo: detr\u00e1s de ese muro a medio caer florec\u00eda un huerto, despu\u00e9s otro patio, el segundo; al final, adelante y frente a la plaza, ella intu\u00eda unos cuartos, una parra y su sombra, el agua fresca con una cocina y un jard\u00edn.<\/p>\n<p>Pero aquello se le vino por apenas un instante y fue m\u00e1s una punzada que un pensamiento, entremezclada con el jadeo y la prisa de los perros detr\u00e1s suyo. Ya iba a retomar la hembra el trote, pero entonces, despejando m\u00e1s las nubes, la luna insisti\u00f3 iluminando el adobe. Ese adobe y ning\u00fan otro. Todo fue repentino. Incapaces de resistirse, las patas traseras se impulsaron sobre las piedras de la calle, y la perra salt\u00f3 por encima del muro. Detr\u00e1s suyo dudaron, pero al instante tambi\u00e9n los machos estuvieron dentro.<\/p>\n<p>La luz plateada lo ba\u00f1aba todo, haciendo renacer los olores y los sonidos hasta ese instante perdidos, como si lo que ya no era pudiera ser otra vez, solamente porque ella cruz\u00f3 el muro y penetr\u00f3 en esa casa. All\u00ed encontr\u00f3 el huerto y el duraznero, insistentes a pesar del espacio bald\u00edo y del tronco seco, y ella ol\u00eda los pimentones que ya no estaban, el esti\u00e9rcol desparramado entre los surcos, las flores que hab\u00edan dejado de bendecir el suelo.<\/p>\n<p>Entonces percibi\u00f3 que bajo sus garras esta tierra permanec\u00eda extra\u00f1amente caliente. Sus patas adoloridas, que hab\u00edan venido de las piedras de la noche y de los charcos del invierno, descansaban ahora sobre un calor suave. En aquel traspatio, en aquel huerto de \u00e1rbol y hortalizas hac\u00eda a\u00f1os muertos, la tierra respiraba y lat\u00eda, como si en su seno cobijara alg\u00fan muriente que a\u00fan tuviera fuerza para reto\u00f1ar.<\/p>\n<p>Hubo un v\u00e9rtigo en alg\u00fan lugar de su cuerpo, un trastabillar ligero, que el negro y el oso interpretaron como una debilidad. Ambos se abalanzaron contra ella, que reaccion\u00f3 rabiosa, hundiendo los dientes en la paleta oscura del m\u00e1s grande. El negro aprovech\u00f3 aquello y atac\u00f3 \u00e9l tambi\u00e9n, directo al cuello del agredido. Fue la se\u00f1al que todos hab\u00edan estado aguardando. Brillaron los colmillos, llenando el patio de ladridos y garras que atrapaban y hend\u00edan, levantando polvo, tumb\u00e1ndose, perdidos.<\/p>\n<p>Chillidos de dolor y furia, pero ella husmeaba en medio del caos. Segura, emprendi\u00f3 carrera hacia el port\u00f3n que sab\u00eda estaba al otro lado del huerto, lo empuj\u00f3 presintiendo que ceder\u00eda, y cuando cedi\u00f3, continu\u00f3 con trote ligero, ajena al ciclo vital, llevada por la voluntad de la luna y al cruzar un pasillo oscuro, oli\u00f3 el ma\u00edz que sol\u00eda guardarse ah\u00ed arriba en el entretecho pero que ya no estaba (ni sus granos y chalas, ni el olor del sudor de aquellos amos sobre cuyas espaldas hab\u00eda llegado el ma\u00edz hasta all\u00ed arriba), y sigui\u00f3 hasta el segundo patio.<\/p>\n<p>Lleg\u00f3 y por un instante se detuvo. All\u00ed estaba el horno de barro y presinti\u00f3 que el barro estar\u00eda a\u00fan tibio, que latir\u00eda tambi\u00e9n, y la tierra en este patio como en el anterior. Se acerc\u00f3 olfateando. Una gata y sus cr\u00edas de ojos desorbitados la miraban desde la rendija de alguna puerta, pero a ella no le interesaba. En su cuerpo las corrientes persist\u00edan: en ese momento, sobre la tierra caliente de esa casa, suced\u00eda algo m\u00e1s.<\/p>\n<p>Ante ella, el patio y todo lo en \u00e9l contenido, se abri\u00f3 y se comb\u00f3, recibi\u00e9ndola y las l\u00edneas rectas, las esquinas que construyen torpes los hombres, se difuminaron. Ahora todo era curvo y palpitante, como una matriz. La luz distante de la luna iluminaba ese mundo cerrado, y lo que estaba hecho de tierra (el horno, las paredes de adobe, el patio) parec\u00eda desperezarse y abrirse para recibir lo que desde arriba le llegaba. S\u00ed, tambi\u00e9n la hembra era parte del c\u00edrculo, por eso el mundo c\u00f3ncavo la recib\u00eda, y ella se dej\u00f3 estar, maravillada.<\/p>\n<p>La perra cerr\u00f3 los ojos, pens\u00f3 que iba a caer. Luego los abri\u00f3 y mir\u00f3 los rastros del pasar de los amos: alguna silla rota por el piso, que s\u00f3lo reten\u00eda dos patas y parte del espaldar. Hab\u00eda pedazos de cosas que ya no eran, que yac\u00edan irreconocibles entre medio de las hierbas, recubiertas del barro que salpicaba al llover. A un costado del patio, contra una medianera, observ\u00f3 tres cuartos en hilera, de techo bajo y peque\u00f1as ventanas rotas. Eran cuartos hace muchos a\u00f1os deshabitados, con rajaduras en las paredes, por donde emerg\u00edan t\u00edmidas hierbas y enredaderas.<\/p>\n<p>La luna le mostr\u00f3 las sombras que esas plantas provocaban sobre las paredes magulladas, le mostr\u00f3 los peque\u00f1os ojos brillantes puestos sobre ella, un mundo c\u00f3ncavo que todav\u00eda lat\u00eda, y las grietas en el viejo semic\u00edrculo de barro, como llam\u00e1ndola. La perra se acerc\u00f3 a la tibieza del horno y se le erizaron los pelos: ah\u00ed estaban el fuego y el pan. Le provoc\u00f3 entrar en ese vientre, recostarse junto a la ceniza (aunque ya no hab\u00eda cenizas y ella sab\u00eda), y dormir.<\/p>\n<p>Sin embargo la luna no estaba sola, y hab\u00eda ciclos desatados en los vientres de las bestias, que galopaban inapelables. Tres perros, liberados de la batalla, hab\u00edan seguido a la hembra. El que estaba menos lastimado se arrim\u00f3 a ella para imponer su cuerpo. Ella se tens\u00f3 y ense\u00f1\u00f3 los dientes, rabiosa. Una fuerza extra\u00f1a la pose\u00eda, que no era la de la cr\u00eda, y el macho retrocedi\u00f3.<\/p>\n<p>Enseguida lleg\u00f3 el resto de la jaur\u00eda. Los machos estaban alterados y todo el tiempo se atacaban entre s\u00ed.<\/p>\n<p>La perra deb\u00eda continuar. Seguida por dos perros, tom\u00f3 el angosto corredor que la llevar\u00eda al patio de adelante. Iba avanzando por la oscuridad, sigilosa, y hacia el final ve\u00eda una luz indecisa que la llamaba, hasta hacerla emerger en el centro. Ah\u00ed estaba, alrededor de ese patio, el coraz\u00f3n mismo de la casa. Reconoci\u00f3 la puerta de la cocina, donde estar\u00eda la olla de hervir los choclos; el aljibe con los l\u00edquenes antiguos, que todav\u00eda lam\u00edan su base; el jardincito con la parra, ahora muerta, igual que el agua verdosa y maloliente, igual que los trastos y las herramientas, las paredes y las ventanas. Los cuartos, unos al lado de otros, continuaban iguales, oscuros pero todav\u00eda conteniendo los aromas, las rutinas que hac\u00eda mucho ella hab\u00eda sabido reconocer.<\/p>\n<p>Persiguiendo a los que llegaron antes, los otros machos llegaron tambi\u00e9n al frente, confundiendo su rabia y peleando una supremac\u00eda enclenque, que ella podr\u00eda desbaratar en cualquier momento.<\/p>\n<p>Ya estaban todas all\u00ed, las fieras. Hab\u00edan venido desde el barro de la calle, cruzando los patios desde el \u00faltimo hasta este primero. Entraron en tropel, pero pronto percibieron la quietud y se desperdigaron recelosas, intuyendo los pasos, las bocas, las tardes acalladas. Era una casa. Aqu\u00ed vivieron unos amos. Los hocicos buscaban rastros: alg\u00fan sendero, un eco que hubiera podido permanecer. Husmeaban el tronco hueco de la parra, rastreaban en el suelo los caminos de los insectos, la hojarasca amarillenta, escuchaban el viento que bajando se arremolinaba fr\u00edo contra las paredes y contra las ventanas verdes que todav\u00eda resist\u00edan, gimiendo.<\/p>\n<p>Aparte, la perra amarilla buscaba m\u00e1s all\u00e1 de los gru\u00f1idos que los machos todav\u00eda intercambiaban entre s\u00ed. Aqu\u00ed el empedrado tambi\u00e9n era caliente, apoyado como estaba sobre el regazo de la tierra que por debajo suyo lat\u00eda. \u00bfD\u00f3nde se esconde, de d\u00f3nde sale el aliento vivo?<\/p>\n<p>Ya casi nada ol\u00eda a gente: las noches, el viento y la lluvia hab\u00edan ido borrando las voces. Y sin embargo, la tibieza persist\u00eda. Parec\u00eda que alguna corriente, como un r\u00edo o una sangre dormida, todav\u00eda respirara cada tanto. Adentro de los muros, bajo las piedras, en el coraz\u00f3n de las macetas abandonadas, en el mismo pozo de agua quieta y sobre todo en la tierra el suelo, algo esperaba y dormitaba, calentando las cosas.<\/p>\n<p>La perra rastreaba, la perra buscaba la fuente del latido, como si esa fuente la hubiera convocado hasta all\u00ed, en esa noche fr\u00eda, habiendo llegado el tiempo fecundo.<\/p>\n<p>Arriba, nubes oscuras espesaban el cielo, ocultando tras sus aguas la luz.<\/p>\n<p>Pero ya todo estaba desatado. El oso, descontrolado, intent\u00f3 otra vez dominarla, y al abalanz\u00e1rsele \u00e9l y hacerle lance ella, la hembra empuj\u00f3 con el cuerpo una puerta, y esa puerta, tantas veces lavada por el agua y secada por el sol, cedi\u00f3 chirriando, rompi\u00e9ndose alg\u00fan gozne, tropezando la perra hacia el interior, de repente en el cuarto, adentro, y tras de ella la luna (apresurada disipando la tormenta) salvaje y llena, que finalmente logr\u00f3 irrumpir colosal, hambrienta de secretos, revelando sin piedad todas las cosas hasta entonces negadas a cualquier mirada.<\/p>\n<p>Unos azorados ojos de animal vieron estantes y cajas (y adivinaron dentro los libros, las fotos olvidadas, un diploma y documentos ciegos), vieron pobres ropas (y sus colores, los bracitos dentro, las peque\u00f1as bocas derramando la sopa) tantos a\u00f1os quietas, la cama del ni\u00f1o (ese ni\u00f1o y ning\u00fan otro despu\u00e9s) a\u00fan tendida, y en sobre el velador alg\u00fan joyero vac\u00edo y, olvidado, un pedazo de pan. Aterrado ante ese mundo que hab\u00eda estallado ante la luz, el oso ladr\u00f3 desaforado, medio llorando, y las cosas que hasta entonces dorm\u00edan se arrebataron y temblaron, se desordenaron, gimieron. Son torpes los cuerpos angustiados de las bestias, y empujaron cajas y velador.<\/p>\n<p>Lo que yac\u00eda quieto sobre el peque\u00f1o cuadrado de madera tambi\u00e9n fue empujado y resbal\u00f3 hacia abajo, cayendo al vac\u00edo abierto en medio del caos, primero el joyero estrell\u00e1ndose contra el fondo oscuro, luego el dulce trozo de pan con su horno, el barro y las manos de moldear ese barro, con el agua fresca, el trigo guardado y su harina, con la levadura, la batea y el tronco del que estaba hecha, el az\u00facar y la alacena donde se guardaba, con la le\u00f1a y los brazos de cortarla, los muros tiznados, el hambre y la cama donde esa hambre hab\u00eda dormido, en fin, con todo y la casa en ese todo, todo cay\u00f3, astill\u00e1ndose en cientos, desparram\u00e1ndose.<\/p>\n<p>La luna, redonda y plena, revel\u00f3 tal cual aquella fragilidad. Era apenas un pan viejo, que, como lo que guardamos oculto pero latente, al alumbrarlo se resquebraja y muere, as\u00ed lo que \u00e9l conten\u00eda empez\u00f3 tambi\u00e9n a resquebrajarse y morir.<\/p>\n<p>La perra, nido y trueno, jam\u00e1s palabra, mir\u00f3 todo lo alumbrado y sinti\u00f3 el crujir arcaico y rec\u00f3ndito. El terror la recorri\u00f3 por completo. El fr\u00edo, liberado, extendi\u00f3 sus finos dedos invadiendo rincones, anulando \u00ednfimos restos, apretujando piedras y tierra, repasando el pelaje de las fieras, y en el patio los perros empezaron a aullar, olvidando sus odios y sus impulsos, deseando alejarse del silencio que empezaba a cubrir las ventanas y las sombras.<\/p>\n<p>Ahora corr\u00edan las bestias, fren\u00e9ticas, los lomos mecidos sobre las patas en galope, las colas antes recias ahora encogidas, la pelambre alerta, traspasando portones y pasillos, tropezando entre ellas, sorteando sillas despedazadas, buscando el muro que hab\u00edan sorteado para entrar. La perra, orejas gachas, retrasada pero tambi\u00e9n huyendo, mir\u00f3 al cielo buscando luna. Pero la magn\u00edfica, olvidada de ella, por fin satisfecha, ocult\u00f3 su cara y desat\u00f3 la noche.<\/p>\n<h6><strong>Foto:<\/strong> Perros en la azotea, La Paz, Bolivia. <a href=\"https:\/\/unsplash.com\/@jpprommel\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Jack Prommel, Unsplash<\/a>.<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Alumbrada por una luna hambrienta, la perra amarilla finalmente logr\u00f3 soltar los lazos que la sujetaban al poste de alg\u00fan patio. Sus u\u00f1as desesperadas ara\u00f1aron el hueco entre la vieja puerta de tablones y el adobe del muro, hasta ensancharlo. 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