{"id":6472,"date":"2021-11-21T23:03:49","date_gmt":"2021-11-21T23:03:49","guid":{"rendered":"http:\/\/latinamericanliteraturetoday.wp\/book_review\/el-corazon-del-dano-maria-negroni-2\/"},"modified":"2023-05-26T09:26:08","modified_gmt":"2023-05-26T15:26:08","slug":"el-corazon-del-dano-maria-negroni-2","status":"publish","type":"book_review","link":"https:\/\/latinamericanliteraturetoday.org\/es\/rese\u00f1as\/el-corazon-del-dano-maria-negroni-2\/","title":{"rendered":"El coraz\u00f3n del da\u00f1o de Mar\u00eda Negroni"},"content":{"rendered":"<p><b><i>El coraz\u00f3n del da\u00f1o<\/i>. Mar\u00eda Negroni. Argentina: Random House Mondadori. 2021. 144 p\u00e1ginas. <\/b><\/p>\n<p>La literatura se construye con materiales muy similares (palabras, historias, silencios, expresiones) a los que empleamos tambi\u00e9n para labrar nuestra identidad. Quiz\u00e1s por ello la frontera entre narraci\u00f3n y biograf\u00eda se diluye casi por completo en ocasiones. As\u00ed G\u00e9rard de Nerval (<i>Aurelia<\/i>), Leonora Carrington (<i>Memorias de abajo<\/i>), Amos Oz (<i>Una historia de amor y oscuridad<\/i>), Fran\u00e7ois Sagan (<i>T\u00f3xica<\/i>), Philip Roth (<i>Patrimonio<\/i>) o Annie Ernaux (<i>Una mujer<\/i>), por ejemplo. As\u00ed fue siempre. No se trata de contar una an\u00e9cdota, sino de que la an\u00e9cdota se convierta en categor\u00eda a trav\u00e9s del lenguaje. M\u00e1s exactamente: a trav\u00e9s de c\u00f3mo empleamos el lenguaje porque, me parece, lo de menos siempre es lo que se cuenta. Importa el c\u00f3mo. Siempre importa el c\u00f3mo. Por encima de lo dem\u00e1s. Acaso porque la voz descubre la necesidad.<\/p>\n<p>No se olvide que lo que se cuenta nunca es del todo as\u00ed. Por mucho que uno quisiera. No conviene, pues, leer como si el autor hubiera convertido la escritura en un escaparate de intimidades. Nunca \u2014en el caso de la autenticidad del oficio\u2014 suceder\u00eda tal cosa, por lo que lo no se tome nada literal. Es, en todo caso, ficci\u00f3n. Es decir, literatura.<\/p>\n<p>Este territorio conflictivo, el habitado por el binomio literatura y vida (\u201cambas insuficientes\u201d), esa tensi\u00f3n irresoluble a prop\u00f3sito de si la literatura es vicaria de la vida (o al rev\u00e9s), de si la vida es hijuela de la literatura (o al rev\u00e9s), de si el verso es c\u00f3sico de uno o de si la biograf\u00eda es augural del relato, esa delirante intenci\u00f3n de escribir lo que se vive, en definitiva, es el epicentro de la obra de Mar\u00eda Negroni (Rosario, 1951). De un modo casi obsceno aparece en libros como <i>La jaula bajo el trapo<\/i>, <i>La anunciaci\u00f3n<\/i>, <i>Cartas extraordinarias<\/i>, <i>Buenos Aires tour<\/i> u <i>Oratorio<\/i>. Esa pulsi\u00f3n por resolver el enigma, esa distancia en apariencia espeluznante entre la realidad y la representaci\u00f3n de la realidad es el eje seminal de su escritura.<\/p>\n<p>Pero si hay un texto en el que esa disociaci\u00f3n cuaje de ra\u00edz es <i>El coraz\u00f3n del da\u00f1o<\/i> (Random House). Pongamos que se trata de una novela (clasificarla no deja de ser un atrevimiento, conociendo c\u00f3mo dinamita los g\u00e9neros la autora). El t\u00edtulo anuncia los ejes sobre los que se sustenta el discurso: por un lado, el coraz\u00f3n y su campo sem\u00e1ntico (dulzura, refugio, apertura, autenticidad); por otro, el da\u00f1o y su estela (dolor, l\u00edmite, fractura, incapacidad, tara, miedo). Y ambas esferas an\u00edmicas van conjugando los dos asuntos centrales, engarzados como si de una cinta de Moebius se tratase: la madre, la escritura. O lo que es lo mismo, vida (autobiograf\u00eda), literatura (ficci\u00f3n).<\/p>\n<p>Da\u00f1o, del lat\u00edn <i>danmus<\/i>. Condena. Adquiere un tiempo verbal casi en gerundio. El da\u00f1o pareciera ser siempre presente. Coraz\u00f3n comparte ra\u00edz con la palabra <i>cordero<\/i>. Pareciera un jerogl\u00edfico que apuntase a un holocausto para redimir cierta sobreabundancia de lo id\u00e9ntico, cierta epifan\u00eda de lo ausente.<\/p>\n<p>De la madre, las palabras (<i>incordio<\/i>, <i>no<\/i>, <i>cuchitril<\/i>, <i>buche<\/i>, <i>atorranta<\/i>, <i>lumbrera<\/i>, <i>trifulca<\/i>). De la madre, las expresiones (<i>All\u00e1 vos<\/i>. <i>M\u00edrame la boca cuando te hablo<\/i>. <i>No sos qui\u00e9n<\/i>. <i>Ni que fueras retardada<\/i>. <i>Vos sabr\u00e1s<\/i>). La hija a\u00f1ade libros a esas palabras y expresiones. Quiz\u00e1s para articularlas. Para sangrarles el significado e insuflarlas sentido. La hija teje frente a las emociones maternas (explosiones viscerales, zarpazos incontenibles) un sentimiento (melod\u00eda m\u00e1s longeva en el tiempo). Si la madre es grandeza, plenitud, totalidad, exceso, la hija escoge el fragmento, la contenci\u00f3n, la sobriedad. Los infra-leves de Duchamp frente a la exuberancia casi asfixiante de <i>Altazor<\/i>.<\/p>\n<p>La lengua (materna) como conflicto vital. Se escribe desde la madre, Isabel. Se la nombra una \u00fanica vez, y no quien narra: \u201cParezco puesta ah\u00ed por el lenguaje\u201d. El lenguaje no sustituye a la madre, la instituye.<\/p>\n<p>Quien ama no echa cuentas. O s\u00ed, pero de otro modo. \u201c\u00bfY si la locura de escribir viene de no aliarnos con las madres?\u201d. <i>El coraz\u00f3n del da\u00f1o<\/i> no es una liquidaci\u00f3n de asuntos pendientes, una cancelaci\u00f3n de nostalgias perfectamente liquidadas, una venganza, la reparaci\u00f3n de un agravio. Lo que no puede hablar, estalla. <i>El coraz\u00f3n del da\u00f1o<\/i> es, ante todo, una historia de amor. \u201cNunca sabr\u00e9 por qu\u00e9 mi vida no es mi vida sino un contrapunto de la suya\u201d, se pregunta Mar\u00eda Negroni, sabiendo que cada texto suyo a su vez es un contrapunto de su biograf\u00eda. <i>El coraz\u00f3n del da\u00f1o<\/i> es un r\u00e9quiem y un aleluya, en un canto en el que lo importante casi no tiene nombre porque todo es carne. O piel. L\u00e9ase cuerpo.<\/p>\n<p>La mam\u00e1, como la literatura, exige mansedumbre y desacato. \u201cTe pregunta adentro: \u00bfComiste, lobo? Como si fuera a sublevarme. Qu\u00e9 esperanza. Enseguida obedec\u00eda. No s\u00e9 hacer otra cosa. Nunca supe\u201d. Mansedumbre para recibir el amor (que no hubo o s\u00ed, pero defectuoso) y para ser vasija cuando se escribe; desacato tanto para dar un portazo e irse de casa a los 18 como para hacer hablar a Melville, Poe o Dickens. Para ser una misma, a pesar de. Desacato y mansedumbre suficientemente en\u00e9rgicas como para contar en voz alta su historia (es decir, su escritura) para que el miedo no sea. Escribir: \u201creemplazar lo que no hay por la alegr\u00eda acaso incongruente de intentar nombrarlo\u201d. Madre, palabra. Ambas, origen de uno mismo. Ambas (literatura, mam\u00e1), la misma cosa confundida: \u201cMi madre me ajusta el cuello del abrigo no porque empieza a nevar, sino para que empiece a nevar\u201d.<\/p>\n<p>Todo ello contado desde lo po\u00e9tico, porque lo po\u00e9tico en Mar\u00eda no es una actitud sino un estado. Se reconoce su campo sem\u00e1ntico (exilio, n\u00f3made, infancia, cuerpo, noche, isla. Tambi\u00e9n p\u00e1jaro. Sobre todo p\u00e1jaro: aparece 32 veces en el texto \u2014Cirlot, en su <i>Diccionario de s\u00edmbolos<\/i>, recuerda que es alegor\u00eda de la deidad creadora\u2014). Asimismo, tan reconocible su manera de decir: \u201cmadre de m\u00ed\u201d, \u201cHab\u00eda una vez un antes. Se perdi\u00f3\u201d, \u201cVi vago el delante de la noche\u201d, \u201ca las rar\u00edsimas veces\u201d, \u201cte embravec\u00edas muy peor\u201d; sus aparentes paradojas (\u201ctodo es traducible menos el lenguaje\u201d); su exquisito sentido del humor (\u201csi no me falla la memoria, yo tambi\u00e9n morir\u00e9\u201d), su reconocimiento constante a los maestros (Baudelaire, Hesse, Gelman, Balzac, Dickinson, Celan, Mark Twain, Pizarnik, Orozco, Yourcenar\u2026) y por supuesto sus adverbios imposibles: \u201cmeditaba m\u00edamente\u201d, \u201cmadremente humano\u2026\u201d. Bestiarios de no acabar.<\/p>\n<p>En la vida, como en la escritura, se trata de \u201chacer pie en lo incomprensible\u201d. Con el otro (la madre), con la palabra y lo que ambas dicen en nosotros. Con la vida y con la escritura, a traque barraque. Siempre y en cualquier caso. El problema, tal vez, no sea la vida, sino el vivir. Lo de menos son los extremos. Lo importante es la cuerda. Y el amor.<\/p>\n<p style=\"text-align: right;\">Esther Pe\u00f1as<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La literatura se construye con materiales muy similares (palabras, historias, silencios, expresiones) a los que empleamos tambi\u00e9n para labrar nuestra identidad. Quiz\u00e1s por ello la frontera entre narraci\u00f3n y biograf\u00eda se diluye casi por completo en ocasiones. As\u00ed G\u00e9rard de Nerval (<i>Aurelia<\/i>), Leonora Carrington (<i>Memorias de abajo<\/i>), Amos Oz (<i>Una historia de amor y oscuridad<\/i>), Fran\u00e7ois Sagan (<i>T\u00f3xica<\/i>), Philip Roth (<i>Patrimonio<\/i>) o Annie Ernaux (<i>Una mujer<\/i>), por ejemplo. As\u00ed fue siempre. No se trata de contar una an\u00e9cdota, sino de que la an\u00e9cdota se convierta en categor\u00eda a trav\u00e9s del lenguaje. M\u00e1s exactamente: a trav\u00e9s de c\u00f3mo empleamos el lenguaje porque, me parece, lo de menos siempre es lo que se cuenta. Importa el c\u00f3mo. 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